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sábado, 18 de septiembre de 2010

POESÍA. "De cuando nos nevaba y te reías", de Ángel García López (Rota, Cádiz, 1935)

Ángel García López

De cuando nos nevaba y te reías

Llueve la nieve y llueve en tu mirada.
La nieve nieva y llueve tan deshora,
que a tus ojos, tan negros, los decora
de una pequeña ruta de nevada.

Está nevando nieve enamorada.
La nieve por tus ojos se enamora
nevando tu mirar, que nieva y llora
la aurora del nevero deshojada.

Te ha nevado la voz, y, de repente,
tu risa abre a la tarde la alegría
saltando de tu boca como un copo.

Me has lanzado una bola hacia la frente.
Y ha vuelto a sonreír tu niñería
mientras beso tu risa y te la arropo.

viernes, 17 de septiembre de 2010

POESÍA. "No me hagas enfermar", de Ángel García López (Rota, Cádiz, 1935)

Ángel García López

[No me hagas enfermar]

No me hagas enfermar
que no me podré curar.

Si curas de tu cuidado,
cuídate de lo vedado
y lo oculto no enseñado
no me lo des a mirar,
que no me podré curar.

Pues quien pudo así gozar
en lo secreto mirado
de amor vive condenado,
poseso de aquel lugar.
Y no se podrá curar.

jueves, 16 de septiembre de 2010

POESÍA. "Si hace calor...", de Ángel García López (Rota, Cádiz, 1935)

Ángel García López

[Si hace calor, igual que si hace frío]

Si hace calor, igual que si hace frío,
a las siete, o así, de la mañana,
los padres, sin piedad, tocan diana
del sueño secuestrando al pobre crío.

Y Pablo mira sin decir ni pío
y se deja vestir de mala gana
para unirse a la triste caravana
que destierra en el cole al niñerío.

E igual si le hace bueno o si le nieva,
que le tueste el calor o que le llueva,
y siempre así a partir del quinto mes,

a Pablo, el pequeñín llamado a filas,
colocan en la espalda las mochilas
y lo aparcan, llorando, hasta las tres.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

POESÍA. "Un coche a toda velocidad sólo es hermoso si te lleva donde hacerle el amor a la Victoria de Samotracia", de Ángel García López (Rota, Cádiz, 1935)

Ángel García López

Un coche a toda velocidad sólo es hermoso si te lleva donde hacerle el amor a la Victoria de Samotracia

Íbamos en vehículo, como las madreselvas
al llegar el verano. Parecía que fuese
a quedar solitaria la ciudad. Porque huíamos
millares de inocentes a encontrar un domingo
donde al fin no escondernos, en busca de la muerte
que se hallaba en el campo.
Tus piernas comprendían
por qué al verlas cantaban todas las autoescuelas
y también los semáforos. Pues eran el prodigio
que iba dando a las ruedas el lugar donde el tiempo
caminaba a ser joven. Y por ellas andaba
el camino y el sitio al que yo dirigía
mi insistencia y mi alma para llegar temprano
al calor de esa tarde.

Corrías como loca,
como desesperándote. La calle trasladaba
su sonido a tus ojos. Yo besaba tu cuello,
que, al igual que una espiga, volaba hasta esa frente
donde yo andaba oculto.

En la larga avenida
preguntaban quién era aquella luz con gafas
que llevaba el volante.
Y el aire nos cegaba
sin poder distraernos. Ya que tú conducías
apoyada en mis labios. Y al fondo había un paseo
al que correr sin riesgos que no fuesen la muerte
a que nos dirigíamos. Algo así como un cuerpo
del que fue deseado, como un monte no visto
que se fuese acercando a explicar cuántos iban
a morir aquel día.
Porque el auto iba ardiendo
de los dos. Y los pinos estaban situados
invisibles y adrede, para que nuestras vidas
dejaran contra ellos lo que nos desahuciaba.
O tal vez lo que entonces simuló desahuciarnos
para no confundirnos.
Que no era cosa alguna
sino la carretera, las urbanizaciones
por las que, rodeando, dimos vueltas a nada.
O a la fuente sin agua que bebió de nosotros
y compró en ti la lluvia.

Lo cierto es que esa tarde
íbamos a matarnos preguntándonos cómo
hallar el gran momento en el que consumirnos.
Si mejor en los pinos o en tu hoguera cercana,
junto a la gasolina. Porque al fondo había un muro
que tú, la conductora, ya habías colocado
sin saber que existía.
Por eso entendí era
el momento oportuno de intentar el suicidio.
Y pedí desnudarte. Y fui bajo tu blusa
descubriendo el verano.

Así que me di muerte
sin que me equivocara. Y me maté de pronto,
pero muy despacito. Meditando en que el golpe
fue mortal. Y tan grave que debe repetirse
si quieres resucite de este estado de muerto
del que vengo muriéndome.
Porque sé desde entonces
que he muerto en esas curvas que llevaban al parque.
Aunque estés indicándome con tus ojos de viernes
que no hay curvas ni parque, que es tan sólo tu cuerpo.
Y, en verdad, al mirarte, soy el canto glorioso
de los resucitados. Y, aun difunto, conozco
mi fortuna es tan grande que no cabe en tu auto
y al suicidio hace corto.

Por eso fui conforme
de morir tanto rato.
Así que me di muerte
sin que me lastimaras. Y elegí no matarte
para no morir mucho. Y poder otro día
pedirte que me mueras, pero aún más despacito.

lunes, 13 de septiembre de 2010

POESÍA. "Palabras para colgar de una ventana de Rota", de Ángel García López (Rota, Cádiz, 1935)

Ángel García López

Palabras para colgar de una ventana de Rota

Este balcón da al mar. Toco la espuma
viajera, inagotable, de la orilla.
Sobre el balcón, volcado en La Costilla,
mis ojos dan al mar.
Lejos, la bruma
dibuja un horizonte que navega
mi corazón.
Conozco cada grano
de esa arena, su nombre, su verano,
su apellido. Y el agua se me entrega
joven y dulce en la mañana. Y canta
su septiembre de sol.
En los cristales
crece la flor de luz de los corales,
ruge lo azul de la escolar garganta
del día.
Y aquel niño, aquel desvelo
que antaño fui, se asoma. Y ve.
Y en Rota
esta ventana es mar. Y gaviota
que le devuelve lo mejor del cielo.

domingo, 12 de septiembre de 2010

POESÍA. "Es elocuente cuanto no te diga...", de Ángel García López (Rota, Cádiz, 1935)

Ángel García López

[Es elocuente cuanto no te diga, pues ninguna]

Es elocuente cuanto no te diga, pues ninguna
palabra clarifica
como el silencio.
Decirte adiós es esta copa larga
con un sabor a nunca. Sin embargo,
perdido entre el alcohol, hay en su fondo
un verso.
Ése es el tuyo. Bébelo
no despacio, pero no tampoco
con la aceleración de quien se marcha
y envenena el cristal. Deja que el vaso
pueda hablar en tu boca. Y, aunque al fin vacío,
mantenga su temblor. Ya que quien ama
para siempre lo hace.