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jueves, 2 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Bioy Casares, año 101". Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas

   En "El País":

Bioy Casares, año 101

El escritor creó a un lector activo, muy moderno, curtido en la sospecha constante


Le preguntaron un día a Adolfo Bioy Casares cuál era el sentido de su obra. Y él acusó el golpe (que diría un cronista de boxeo) y salió del paso alegando que tales aclaraciones no incumbían a un narrador. Pero por la noche volvió a la pregunta y se dijo que un posible sentido para sus escritos sería el de “comunicar al lector el encanto de las cosas que le inducían a querer la vida, a sentir hasta pena de que pudiera llegar la hora de abandonarla para siempre”.
Al retornar a Bioy, recordamos nuestro derecho como lectores a soñar otras vidas posibles. “Cuando soy muy feliz escribo novelas”, declaró en cierta ocasión. Quizás Bioy, como dice Rodrigo Fresán, es más completo que Borges, pues en él hay una felicidad que no se halla en su gran amigo. Es una alegría que sólo conocen las mentes que, con la ayuda del tiempo, saben transformar la ira, el rencor o la angustia en humorismo. Aunque a veces ese humorismo en Bioy es el causante de no siempre comunicar el encanto de las cosas, porque su afán de lucidez le lleva a descubrir el lado absurdo del mundo, y el afán de veracidad le impide silenciarlo.
Le gustaba citar el caso de Svevo que, minutos antes de morir, pidió un cigarrillo al yerno, que se lo negó. Svevo murmuró: “Sería el último”. En esta anécdota solía condensar su idea de que el humorismo es la más alta forma de la cortesía.
Pero tanto el humorismo como “el encanto de las cosas” iban a borrarse la última vez que Borges le llamó desde Ginebra. Bioy le dijo que estaba deseando verle y abrazarle y Borges, con una voz extraña, le contestó: “No voy a volver nunca más”. La comunicación se cortó. Días después, Bioy supo que se había producido un equívoco: Borges estaba llorando, había llamado para despedirse.
En sus textos más admirables el centro secreto lo construye un equívoco. Eso sucede en El sueño de los héroes, en el cuento En memoria de Paulina, en la elegancia de Una magia modesta, en La aventura de un fotógrafo en La Plata, en ese genial pero todavía increíblemente poco valorado libro que es Borges, en el muy contemporáneo La invención de Morel. Inventor de tramas que profundizan en la ambigüedad de la realidad, Bioy creó a un lector activo, muy moderno, curtido en la sospecha constante. Y ese centro oculto es precisamente el que hoy le distancia de los clásicos del “género fantástico” y le hace tan vigente y actual.
¿También es una broma infinita que, situados ya más allá del centenario de Bioy, siga sin llegarle el pleno reconocimiento a su obra? ¿Llegaremos a ver cómo finalmente se produce este acto de absoluta justicia literaria?
Impacientes en una reunión porque Bioy no llegaba a tiempo, Borges les dijo a los nerviosos: “Hay dos cosas seguras: una que Adolfo llegará; otra, que llegará tarde. Cuanto más tarde sea, más segura es su llegada; si llegara ahora, quizá no llegue”.
Es probable que siga por mucho tiempo sin llegarle a Bioy el reconocimiento que merece su inmodesta magia elegante. Pero uno también adivina que, cuanto más tarde llegue, más segura será su llegada.

lunes, 22 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Bioy, centenario". Antonio Muñoz Molina

   En "Babelia":

Bioy, centenario

Sin ningún énfasis, escribió una literatura en gran medida intemporal, que tenía simultáneamente la pureza de las fábulas y un arraigo muy poderoso en la realidad.


Adolfo Bioy Casares. / GORKA LEJARCEGI
Es raro pensar en la celebración del centenario de Bioy Casares. Un centenario es una cosa póstuma y marmórea, y en Bioy hay una liviandad que elude todo lo solemne, una transparencia que hace visible la hondura, pero que excluye la pompa. Bioy parecía un caballero porteño de otra época, y cuando fue viejo se veía irónicamente a sí mismo como un viajero del pasado sin máquina del tiempo. Pero lo cierto es que, sin ningún énfasis, escribió una literatura en gran medida intemporal, que tenía simultáneamente la pureza de las fábulas y un arraigo muy poderoso en la realidad que él conocía y recordaba, en la vida de Buenos Aires y de las capitales interiores del país, en los paisajes del campo y en esas ciudades europeas por las que se movían volublemente sus viajeros argentinos de clase alta.
En su primera obra maestra, La invención de Morel, el espacio y los personajes son tan abstractos como en un cuento de Kafka o en algunas historias de Wells. A partir de entonces, según se hacía mayor y más sabio, sus ficciones fueron acercándose a los lugares precisos de la realidad y a las variedades del habla argentina, que percibía y escuchaba con un oído a la vez exacto y paródico, que revelaba en él un instinto natural para la comedia. Pero su talento cordial para la observación del mundo quedaba siempre matizado por la atracción de lo extravagante y lo fantástico, por su devoción hacia las simetrías y las formas perfectas de las tramas policiales. En la mejor de sus novelas, El sueño de los héroes, esos dos impulsos de Bioy alcanzan un equilibrio insuperable. Debajo del azar de la vida actúa sobre los personajes la geometría del destino. El sueño masculino del coraje está hecho de mezquindad, de jactancia grosera, de fuerza bruta. La lectura es un ejercicio de indagación equivalente a la búsqueda en la que acaba extraviándose ese pobre héroe de clase trabajadora, Emilio Gauna, émulo incompetente de esos malevos de arrabal que fascinaban tan literariamente a Borges. (Entre Borges y Bioy, contra lo que pueda pensarse, las diferencias son mucho mayores que las semejanzas).

Cuando fue viejo se veía
irónicamente a sí mismo
como un viajero del pasado
sin máquina del tiempo
El sueño de los héroes es una de esas raras novelas a las que uno vuelve y vuelve sin desilusión a lo largo de la vida, con una familiaridad casi como la de un poema aprendido de memoria. Hay que decir de memoria y en voz alta la primera frase: "Durante tres días y tres noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logró su primera y misteriosa culminación". La última frase no es menos digna de recuerdo, pero sí mucho más triste. Uno la olvida y cuando llega a ella siempre lo deja para después del final con su punzada de amargura. Hace 100 años que nació en Buenos Aires Adolfo Bioy Casares y 60 años justos que se publicó El sueño de los héroes, pero la novela se mantiene tan tersa como si el tiempo no pasara por ella, dispuesta a revelar nuevos tesoros escondidos a cada lectura, a sumergirlo a uno en sus extrañas claridades de amaneceres y ensueños, en sus tierras de nadie entre el suburbio y el campo, entre el recuerdo y el olvido, el éxtasis y la desgracia. Frases que uno subrayó hace muchos años en ejemplares perdidos de la novela vuelven a brillar con toda su belleza intacta: "Un momento lila y abstracto, con anticipaciones del alba"; "Aquellas conversaciones con Larsen eran la patria de su alma".
Ahora cuesta explicar lo que para un aspirante a escritor significaba descubrir una literatura así en la poco ventilada atmósfera española de mediados de los años setenta. En una época propensa a los potingues espesos —ideológicos, literarios, hasta psicotrópicos—, leer a Bioy era como beber un agua transparente y muy fresca, como escuchar a Bill Evans después de haberse abotargado con Pink Floyd. Yo me acuerdo de ir por el centro de Granada leyendo por primera vez La invención de Morel en aquel volumen de tapas negras de Alianza, y la limpia luz matinal que me devuelve la memoria no sé si procede de mi caminata por la ciudad o de la pura irradiación de las palabras de la novela. Luego vinieron los cuentos, el humorismo y la agudeza de las historias policiales en colaboración con Borges, las otras novelas mayores: Diario de la guerra del cerdoPlan de evasiónDormir al solLa aventura de un fotógrafo en La Plata. Bioy, tan escéptico de la grandilocuencia, tan partidario de las formas breves, permaneció inmune a la tentación catedralicia y hasta cosmológica de una parte de la novela latinoamericana de aquellos años. Le gustaba inventar tramas cuidadosas, mecanismos narrativos de alta precisión, y al mismo tiempo, supimos después, cultivó con asiduidad durante toda su vida la escritura más fragmentaria y abierta de todas, la del diario íntimo y la anotación suelta en un cuaderno, el apunte, el borrador, la observación instantánea, la cita, el collage.
De las 20.000 páginas de ese diario que dejó al morir proceden algunas de las alegrías que ha seguido dándonos Bioy. Hace unos siete años, Destino publicó el tomo formidable de los apuntes de sus conversaciones con Borges, anotadas con fidelidad cada noche, durante media vida, frescas todavía en la memoria inmediata. En Páginas de Espuma salió después, en un volumen editado muy cuidadosamente, el diario de un viaje breve a Brasil que hizo Bioy en 1960. Lo cotidiano, lo menor, lo olvidable, lo que casi no sucede, son la materia valiosa de la literatura.
Pero de ese Bioy póstumo, confesional, pudoroso, el libro que yo prefiero es Descanso de caminantes, que publicó Sudamericana en Buenos Aires en 2001, en una edición de Daniel Martino. Qué pocos libros así hay en español. Es el diario de Bioy entre 1975 y 1989: los años de la llegada de la vejez y de la enfermedad, para un hombre que había sido vigoroso y muy atractivo para las mujeres, muy enamoradizo de ellas; los años sórdidos de la descomposición política en Argentina, la dictadura militar, el regreso inseguro de la democracia. El español, lo mismo el de aquí que el de América, no parece un idioma propicio a la confesión en voz baja, a los matices de lo íntimo en primera persona. O nos ponemos solemnes, o nos ponemos hipócritas o pudibundos, por miedo al ridículo y al viejo qué dirán provinciano, por pánicos a parecer sentimentales, por una falta congénita de naturalidad. En Bioy hay una desenvoltura de escritor de diarios inglés, con toda su ironía y su melancolía. Anota encuentros amorosos furtivos, percances de salud, conversaciones oídas sobre la marcha, monólogos de taxistas, sueños, ideas para cuentos. En 1976 asiste en la calle a un asesinato cometido a plena luz del día por policías de paisano. Una mañana de marzo de 1985, a pesar de la decadencia física y los desengaños de la edad, se despierta feliz: "Suena el despertador y siento el júbilo de estar vivo, de empezar un día nuevo. Es un júbilo minúsculo y nítido, como la moneda de cinco centavos de los buenos tiempos".
Júbilo es la palabra exacta que define la literatura de Bioy Casares.

PRENSA CULTURAL. "Cinco pistas sobre Adolfo Bioy Casares". Alberto Manguel

Bioy Casares

   En "Babelia":

Adolfo Bioy Casares

Guía urgente para celebrar al escritor argentino, autor de la novela "perfecta", en su centenario

1. Un cuento. En 1944, después de publicar La invención de Morel (novela que Borges famosamente calificó de "perfecta"), Bioy escribió El perjurio de la nieve, una historia sobre el tiempo detenido, como en La Bella Durmiente. Hablando del cuento, Bioy hizo un listado de textos que trataban de este tema: el Rip Van Winkle de Washington Irving, la leyenda del emperador Barbarroja, el Huis clos de Sartre. Y agregó: “Detener el tiempo, repetir el instante sería para mí no tanto demorar la muerte, sino prorrogar la sorpresa de los primeros momentos de una pasión amorosa”.
2. Una novela. Un año después, Bioy escribió una novela quizá más profunda, más extraña, más lograda. Plan de evasión es la gran novela moderna sobre la ilusión de la libertad. Los prisioneros imaginados por Bioy, que no saben que lo son, reflejan el ilusorio libre albedrío que el universo nos permite imaginar.
3. Una confesión. "Yo escribí para que me quisieran; en parte para sobornar y, también en parte, para ser víctima de un modo interesante; para levantar un monumento a mi dolor y para convertirlo, por medio de la escritura, en un reclamo persuasivo".
4. Una lista. Una tarde de 1939, Bioy, junto con Silvina Ocampo (su mujer) y Borges, imaginó una historia acerca de un escritor cuya gran fama no coincide con su escasa obra. Después de su muerte, un joven admirador descubre una suerte de arte poética que el escritor ha compilado bajo el título "En literatura hay que evitar…". La lista incluye las precauciones siguientes:
— Las curiosidades y paradojas psicológicas: homicidas por benevolencia, suicidas por contento. ¿Quién ignora que psicológicamente todo es posible?
— Las interpretaciones muy sorprendentes de obras y de personajes. La misoginia de Don Juan, etcétera.
— Parejas de personajes burdamente disímiles: Quijote y Sancho, Sherlock Holmes y Watson.
— Diferenciación de personajes por manías. Cf.: Dickens.
— Méritos por novedades y sorpresa: Trick-stories. La busca de lo que todavía no se dijo parece tarea indigna del poeta de una sociedad culta; lectores civilizados no se alegrarán en la descortesía de la sorpresa.
— En el desarrollo de la trama, vanidosos juegos con el tiempo y con el espacio: Faulkner, Priestley, Borges, etcétera.
— El descubrimiento de que en determinada obra el verdadero protagonista es la pampa, la selva virgen, el mar, la lluvia, la plusvalía.
— La enumeración caótica.
— Poemas, situaciones, personajes con los que se identifica el lector.
— Frases de aplicabilidad general o con riesgo de convertirse en proverbios o de alcanzar la fama (son incompatibles con un discours cohérent).
— Personajes que pueden quedar como mitos.
— Metáforas en general. En particular, visuales; más particularmente, agrícolas, navales, bancarias. Véase Proust.
— Libros que fingen ser menús, álbumes, itinerarios, conciertos.
— Lo que puede sugerir ilustraciones. Lo que puede sugerir filmes.
— La vanidad, la modestia, la pederastia, la falta de pederastia, el suicidio.
5. Una frase. En su Breve diccionario del argentino exquisito(1971) puede leerse:
"El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez".

lunes, 15 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre Adolfo Bioy Casares

   En "El Día de Córdoba":

Adolfo Bioy Casares: el lado de la sombra

Mañana se cumple un siglo del nacimiento en Buenos Aires del gran escritor argentino, un autor que ensanchó el territorio de la imaginación y a cuya figura y obra dedicamos estas páginas
IGNACIO F. GARMENDIA | ACTUALIZADO 14.09.2014 
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El escritor argentino Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 15 de septiembre de 1914 - 8 de marzo de 1999).
El centenario de Adolfo Bioy Casares coincide con el de Julio Cortázar, estricto coetáneo y compatriota con quien compartió la devoción por el género fantástico, pero aunque el primero vivió para lograr la consagración del Cervantes y es reconocido como uno de los grandes narradores argentinos del siglo XX, su obra, apenas aludida en las monografías dedicadas al boom, no ha suscitado el mismo número de adhesiones. Consta que ambos, pertenecientes a mundos muy distintos, se admiraban, más allá de que profesaran ideologías difícilmente compatibles, y este reconocimiento mutuo -o el mero sentido común- debería bastar para disolver los prejuicios de los lectores con anteojeras. Nacido de una familia patricia y hombre de gustos refinados, Bioy Casares tuvo una vida agraciada con todos los dones. Era rico, inteligente y apuesto, cultivaba el hedonismo sin remordimientos y no necesitaba trabajar para salir adelante, pero el caso es que lo hizo a conciencia. Alejado de las tópicas estampas del autor bohemio o el intelectual comprometido, escribía por placer y eso se nota en sus libros, pero no había frivolidad ni diletantismo, sino un rigor extremo y una conciencia muy clara de sus propósitos e instrumentos, en su forma de entender la literatura.

Puede que sea injusto referirse siempre a Borges cuando se habla de Bioy, pero lo cierto es que los dos formaron una sociedad duradera y que el influjo, como concedía el autor de El Aleph, fue recíproco. A finales de 1931, un todavía adolescente Bioy -Adolfito- había conocido a Borges en la casa de Victoria Ocampo, que acababa de fundar la legendaria revista Sur. "Entre ambos, y pese a la diferencia de edad, comenzaría una gran amistad. La profeticé, pero no pude imaginarme que sería tan vigorosa", dejó dicho la matriarca de las letras argentinas. Esa "caudalosa amistad", basada en la admiración y en una vasta red de complicidades, fructificó en una estrecha colaboración que se remonta a la redacción de un folleto publicitario -Leche cuajada La Martona- sobre las propiedades de "un alimento más o menos búlgaro". Juntos editaron la efímera revista Destiempo y compilaron, con Silvina Ocampo, una célebre antología de la literatura fantástica. Juntos emprendieron prólogos y traducciones, selecciones de poesía o de relatos policiacos, colecciones de libros, "ficciones anotadas" y guiones de cine. Juntos redactaron las maravillosas e hilarantes páginas atribuidas a Bustos Domecq y otras muchas, concebidas en incontables sobremesas, que no pasarían del esbozo.

Cuando apareció La invención de Morel, "primera" novela de Bioy -antes había publicado otros libros, hasta seis, que él mismo consideraba fallidos: un olvidable "curso de aprendizaje"-, hubo quienes maliciaron que había sido escrita al dictado de Borges, una acusación persistente pero inverosímil, teniendo en cuenta la sobriedad del estilo. Andando el tiempo, este último expresaría en términos inequívocos lo que debía a su joven amigo y confidente: "Oponiéndose a mi gusto por lo patético, lo sentencioso y lo barroco, Bioy me hizo entender que la quietud y la mesura son más deseables (...) me llevó gradualmente hacia el clasicismo". Por su parte, el maestro había enseñado a su discípulo a desprenderse de la superstición -que él mismo había padecido en los años ultraicos- de lo nuevo: "Borges abogaba por el arte deliberado, tomaba partido con Horacio y con los profesores, contra mis héroes, los deslumbrantes poetas y pintores de vanguardia". Compartían la pasión por los libros y por las ideas, un cierto orgullo de clase y sobre todo el humor, pero sus personalidades respectivas eran bien diferentes e incluso opuestas en determinados aspectos. Borges, por ejemplo, aunque enamoradizo, era proverbialmente reticente o refractario al sexo, desdeñaba la novela como género y no apreciaba en exceso la literatura francesa. Bioy era un mujeriego compulsivo que encadenaba las conquistas, ejercía como narrador genuino y alternaba la anglofilia con el culto de Francia. La relación entre ambos está recogida en un libro monumental, el Borges de Bioy, donde este dejó minuciosa constancia de las décadas de intimidad compartida.

Fuera de los múltiples trabajos e intereses en común, sin embargo, Bioy siguió un camino propio, claramente diferenciado. Tras La invención de Morel (1940), una novela deslumbrante donde anticipaba la realidad virtual, siguió cultivando el género fantástico en obras de corte casi metafísico como la menos citada pero muy valiosa Plan de evasión (1945), inspirada por la filosofía idealista. Lo hizo asimismo en sus relatos -con La trama celeste (1948) iniciaría una serie de memorables recopilaciones que lo convirtieron en un maestro de la distancia breve-, pero a partir de la que el propio Bioy -y también Borges- consideraba su obra más lograda, El sueño de los héroes (1954), sin abandonar la predilección por las "historias desaforadas", su narrativa se hizo menos puramente especulativa y más apegada a los contextos cotidianos. Suele hablarse de una evolución hacia el costumbrismo, a menudo, como en la inquietante Diario de la guerra del cerdo (1969), en clave de sátira o parodia, pero Bioy, que gustaba de elegir personajes corrientes -"gente modesta", dice en sus Memorias (1994), como la que protagoniza Dormir al sol (1973)- para enfrentarlos a sucesos extraordinarios, nunca dejó de lado su inclinación a explorar el "lado de la sombra".

El amor perdurable, las fracturas del tiempo, la vigencia de los mitos antiguos, las realidades paralelas, los desvaríos de la percepción, son algunos de los temas que reaparecen en la obra de Bioy, pero en ella, dándole una coloración muy especial, está también la ironía, que actúa a modo de contrapunto o antídoto frente a cualquier forma de solemnidad. Como Borges y como Cortázar, igualmente tachados de extranjerizantes por sus compatriotas más obtusos, Bioy ensanchó el territorio de la imaginación sin renunciar a retratar las peculiaridades de la realidad criolla, antes bien, demostrando que era posible partir de ella para abordar asuntos universales. Algunos no le perdonaron que fuera y pareciera un hombre feliz, que en los miles de páginas de sus diarios, seleccionados por Daniel Martino en el póstumo Descanso de caminantes (2001), se muestra como un desinhibido observador, malévolo pero autocrítico, del entorno que lo rodeaba. En la última entrada del volumen, el septuagenario vividor -genio y figura- anotaba con desparpajo: "Haz mañana, Bioy / lo que puedas hoy".

LITERATURA. CUENTO. "Margarita o el poder de la farmacopea", de Adolfo Bioy Casares (Argentina, 15 septiembre 1914-1999)


Margarita o el poder de la farmacopea
No recuerdo por qué mi hijo me reprochó en cierta ocasión:
-A vos todo te sale bien.
El muchacho vivía en casa, con su mujer y cuatro niños, el mayor de once años, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas traslucían resentimiento, quedé preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le decía:
-No me negarás que en todo triunfo hay algo repelente.
-El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho 
-contestaba.
-Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad.
-No el triunfo -me interrumpía- sino el deseo de triunfar. Condenar el triunfo me parece un exceso de romanticismo, conveniente sin duda para los chambones.
A pesar de su inteligencia, mi nuera no lograba convencerme. En busca de culpas examiné retrospectivamente mi vida, que ha transcurrido entre libros de química y en un laboratorio de productos farmacéuticos. Mis triunfos, si los hubo, son quizá auténticos, pero no espectaculares. En lo que podría llamarse mi carrera de honores, he llegado a jefe de laboratorio. Tengo casa propia y un buen pasar. Es verdad que algunas fórmulas mías originaron bálsamos, pomadas y tinturas que exhiben los anaqueles de todas las farmacias de nuestro vasto país y que según afirman por ahí alivian a no pocos enfermos. Yo me he permitido dudar, porque la relación entre el específico y la enfermedad me parece bastante misteriosa. Sin embargo, cuando entreví la fórmula de mi tónico Hierro Plus, tuve la ansiedad y la certeza del triunfo y empecé a botaratear jactanciosamente, a decir que en farmacopea y en medicina, óiganme bien, como lo atestiguan las páginas de "Caras y Caretas", la gente consumía infinidad de tónicos y reconstituyentes, hasta que un día llegaron las vitaminas y barrieron con ellos, como si fueran embelecos. El resultado está a la vista. Se desacreditaron las vitaminas, lo que era inevitable, y en vano recurre el mundo hoy a la farmacia para mitigar su debilidad y su cansancio.
Cuesta creerlo, pero mi nuera se preocupaba por la inapetencia de su hija menor. En efecto, la pobre Margarita, de pelo dorado y ojos azules, lánguida, pálida, juiciosa, parecía una estampa del siglo XIX, la típica niña que según una tradición o superstición está destinada a reunirse muy temprano con los ángeles.
Mi nunca negada habilidad de cocinero de remedios, acuciada por el ansia de ver restablecida a la nieta, funcionó rápidamente e inventé el tónico ya mencionado. Su eficacia es prodigiosa. Cuatro cucharadas diarias bastaron para transformar, en pocas semanas, a Margarita, que ahora reboza de buen color, ha crecido, se ha ensanchado y manifiesta una voracidad satisfactoria, casi diría inquietante. Con determinación y firmeza busca la comida y, si alguien se la niega, arremete con enojo. Hoy por la mañana, a la hora del desayuno, en el comedor de diario, me esperaba un espectáculo que no olvidaré así nomás. En el centro de la mesa estaba sentada la niña, con una medialuna en cada mano. Creí notar en sus mejillas de muñeca rubia una coloración demasiado roja. Estaba embadurnada de dulce y de sangre. Los restos de la familia reposaban unos contra otros con las cabezas juntas, en un rincón del cuarto. Mi hijo, todavía con vida, encontró fuerzas para pronunciar sus últimas palabras.
-Margarita no tiene la culpa.
Las dijo en ese tono de reproche que habitualmente empleaba conmigo.