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lunes, 14 de marzo de 2016

PRENSA. "¿Hacia una era digital oscura?"

   En "El País":

¿Hacia una era digital oscura?

Buena parte de la información generada en esta era será inaccesible para las generaciones futuras por el deterioro de los datos, la obsolescencia tecnológica o las leyes del 'copyright'


Una cantidad creciente de la vida de las personas se desarrolla en la red y se guarda en enormes centros de datos como este de Google. / GOOGLE


En las pocas décadas que la humanidad lleva inmersa en la era digital ha creado datos como para llenar la memoria de tantos iPad que, apilados, casi llegarían a la Luna. El ritmo de creación de información es tal que, según un estudio de la corporación EMC y la consultora IDC, se dobla cada dos años. Para antes de que acabe la década, habrá 44 zettabytes de datos (un ZB es igual a un billón de gigabytes) y el montón de tabletas habrá ido y vuelto al satélite más de tres veces. Lo paradójico es que buena parte de esa información se perderá para las generaciones futuras.
El vicepresidente de Google y uno de los padres de internet, Vinton Cerf, alertaba en una conferencia de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia hace unos días del peligro de que lo creado por esta generación no deje apenas rastro. En la creencia de su eternidad, el homo digitalis ya no imprime fotos, las guarda en formato digital, no escribe cartas, sino que envía email, no almacena discos, sube las canciones a la nube. Una creciente parte de su vida se desarrolla en la red: juega en línea, publica selfies en Facebook y comparte sus pasiones en tuits. Pero lo digital no es tan eterno.
El deterioro de los soportes donde se almacena la información, la desaparición de los programas para interpretarla o las limitaciones impuestas por el copyright harán que, para los humanos del futuro, sea inaccesible. De hecho, ni siquiera habrá que esperar a que los arqueólogos del futuro descubran que, como decía Cerf al Financial Times, los comienzos del siglo XXI son "un agujero negro de información". Los primeros efectos de lo que los anglosajones llaman era digital oscura ya se están notando.
El caso de los disquetes ejemplifica el problema planteado por el vicepresidente de Google en toda su complejidad. Fueron el sistema de almacenamiento básico en los años 80. En ellos cabían tanto las fotos familiares como el trabajo hecho para la clase o los documentos del trabajo. La mayor parte de toda esa información ya se ha perdido. Y si aún queda algún disquete, es cuando empiezan de verdad los problemas: Habrá que encontrar una disquetera que lo lea, rezar para que los datos no se hayan corrompido por el paso del tiempo para que, probablemente, descubrir que el programa para abrir el archivo hace años que no existe.

Los disquetes de los 80 ejemplifican la complejidad y los riesgos reales de la pérdida de información
"Conservo viejos disquetes de 3,5 pulgadas que alojan archivos de texto escritos con un programa que ya no existe y que funcionaba con un Macintosh de 1986", dice el consultor tecnológico Terry Kuny. Este archivista digital canadiense fue uno de los primeros en hablar de este tiempo como una posible edad digital oscura hace ya casi 20 años. "¿Qué opciones tengo de que yo, o cualquiera, pueda acceder a esos datos hoy? Incluso si consigo una vieja disquetera, conseguir el sistema operativo y los programas no sería nada fácil en la actualidad. Y si uno no está para decirle a quien lo intente qué hay en esos discos y en qué formato está, el problema ya sería enorme", añade.
En 1997, cuando la actual era digital apenas comenzaba, cuando los ordenadores personales solo estaban al alcance de los más pudientes e internet era para una casta, cuando aún no existía Google y mucho menos Facebook o Twitter, y Microsoft dominaba el mundo con su Windows 95, Kuny, entonces asesor de la Biblioteca Nacional de Canadá dio una conferencia para la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecas. Su título era premonitorio: ¿Una era digital oscura? Retos para la conservación de la información electrónica. La visión de Kuny, como la actual de Cerf, está más vigente que nunca.
"No creo que exista un riesgo de que la información de nuestro tiempo vaya a quedar inaccesible, creo que es una certeza. Ya está pasando, cada día, en todo tipo de organización, para todas las clases de datos", afirma Kuny. De hecho, cree que todo lo relacionado con la conservación digital está yendo a peor.  "Hay mucha más información nacida digital que antes y apenas hay unas pocas instituciones públicas o privadas que estén activamente implicadas en lidiar con este problema".

Enemigos de la memoria digital

El primer reto tiene que ver con la física. Cualquiera con una edad que haya intentado ver la cinta VHS con el vídeo de su boda sabe del deterioro de los soportes donde se almacenan los datos. La grabación magnética de la información ha sido la dominante en las primeras décadas de la era digital. Aún hoy, los discos duros guardan los datos jugando con la polaridad de las partículas y, por esas cosas del magnetismo, los datos acaban por perderse.
Si le pasó a la NASA, ¿por qué no iba a pasar con el vídeo de la boda? La agencia espacial estadounidense vio como buena parte de las imágenes tomadas por las sondas de la Misión Viking enviadas a Marte en los años 70 eran irrecuperables. Aunque la NASA transfirió los datos desde las cintas magnéticas originales a soportes ópticos, hasta el 20% del material no se pudo recuperar.

Solo en 2014 la industria ha cerrado los servidores para jugar en línea a 65 juegos
El caso de las sondas Viking ilustra otro de los peligros de que este tiempo se convierta en una edad digital oscura. El 80% de la información enviada desde Marte se pudo salvar, pero se guardó en un formato y con unos programas que ya no existen. Solo hace un par de años, una empresa canadiense pudo volver a extraer las imágenes. Hay formatos que parecen que van a durar toda la vida y después de ella. Es el caso de las imágenes guardadas en formato JPEG o la música en mp3. Pero ¿y si aparece un nuevo formato mejor y los anteriores caen en desuso?
Y es que confiar la preservación de los datos a la buena fe de las compañías que los crean tiene sus peligros. Como denunció el mes pasado la Fundación Fronteras Electrónicas (EFF, por sus siglas en inglés) gigantes de los juegos como Electronic Arts cierran los servidores para jugar en línea con sus títulos en apenas un año y medio si el juego no ha tenido el éxito que esperaban. Solo en 2014, la industria abandonó 65 juegos. Pero, al mismo tiempo, las leyes de copyright impiden que los jugadores mantengan sus propios servidores.
Pero el mayor riesgo de que la información de este tiempo desaparezca en el futuro está en internet. Como muestra el estudio de IDC sobre el universo digital de 2014, la mayor parte de los datos son alojados en la red. Desde los millones de selfies hasta cada minuto de vídeo subido a YouTube, pasando por los comentarios en Facebook, cada vez más, la mayor parte de la vida de una persona se encuentra en algún servidor de alguna empresa y no ya en su álbum familiar de fotografías.

El 20% de los mensajes en Twitter ya han desaparecido
Se supone que ni Google ni Facebook van a cerrar mañana. Incluso cuando cierran algún servicio, como hizo el buscador con Wave, dan un tiempo razonable para que sus usuarios se descarguen todo lo que allí tenían. Google, por ejemplo, cuenta con Takeout, un sencillo sistema para hacer una copia de todos los datos creados y alojados en sus servicios. Pero no siempre es así.
A comienzos de la década pasada, había una red social mucho más importante y conocida que Facebook. Se llamaba Friendster y en su mejor momento llegó a tener 100 millones de usuarios. Sin embargo, errores propios y la popularidad de otras alternativas, hicieron que Friendster se hundiera y, con ella, todas las historias, conversaciones, amores y momentos que compartieron sus usuarios. Hoy, la empresa languidece como plataforma de juegos en el sudeste asiático.
"Tuvimos mucha suerte de que Internet Archive reaccionara a tiempo y capturara una copia de toda la información pública en Friendster justo antes de que la desactivaran", comenta el experto en redes sociales de la de la Escuela Técnica Federal de Zúrich (ETH), el español David García. La relevancia que tienen las redes sociales en la vida de hoy, las ha convertido para los científicos sociales en herramientas fundamentales para estudiar las sociedades humanas. Solo esa copia ha servido a García y otros investigadores estudiar fenómenos sociales que afectan a la privacidad, por ejemplo.
Uno de esos investigadores sociales es Alan Mislove, de la Universidad Northeastern (EE UU). Mislove ha estudiado a fondo Twitter. En un artículo publicado el año pasado, comprobó que casi el 20% de los tuits publicados en esta red social se habían esfumado. "Es difícil proyectar que pasará con los tuits perdidos en el futuro", aclara. Para Mislove, "los datos de sitios como Twitter y Facebook ofrecen a los investigadores una capacidad sin precedentes para estudiar la sociedad a una escala y granularidad que simplemente eran imposibles antes".

Luces contra la edad digital oscura

Si existen tantos riesgos, ¿qué se está haciendo para afrontarlos? Las soluciones son tanto tecnológicas como organizativas y hasta legislativas. Lo más urgente parece ser el problema de la longevidad de los datos, cómo conservarlos para los que vengan después.
Las tecnologías de almacenamiento no han variado mucho en todo este tiempo. O se graba la información en soportes magnéticos o, con la ayuda del láser, en discos ópticos. Aunque pudiera parecer que el DVD o el Blu-ray son las mejores alternativas, el futuro seguirá siendo magnético.


En IBM Research, Mark Lantz y su equipo trabajan en cintas magnéticas para la preservación de los datos a largo plazo. / IBM
"La primavera pasada, IBM y FUJIFILM lograron una densidad de almacenamiento sobre cinta de 85,9 gigabytes por pulgada cuadrada lo que permitiría una capacidad de 154 terabytes [un terabyte son 1.000 gigabytes] en un cartucho que cabe en la palma de la mano. Eso es el texto de 154 millones de libros", recuerda el responsable de tecnologías avanzadas de cinta de IBM Research, Mark Lantz.
Quizá por eso de que IBM es la única empresa tecnológica con más de un siglo de vida, saben de la importancia de la preservación de los datos. Para Lantz, la cinta magnética no está muerta ni muchos menos. "En nuestro laboratorio de Zúrich estamos trabajando sobre una tecnología de cinta para la preservación de los datos a largo plazo", asegura. Con el mantenimiento y conservación adecuados, la grabación en soportes magnéticos mantiene la información intacta durante décadas.
Otra cuestión es la de poder reproducirlos con el paso del tiempo. Ese es el mayor temor que expresó Vinton Cerf en su conferencia. Sin las herramientas adecuadas que den contexto a los datos, aunque se conservaran, estos serían ilegibles. Cerf mencionó como solución un proyecto en el que también participa IBM. El gigante informático, junto a la universidad Carnegie Mellon tiene en marcha el proyecto Olive. Su objetivo es crear una especie de imágenes que incluyan todo, los datos del archivo, el programa con el que se creó y hasta el código. Por medio de máquinas virtuales, el contenido se podría ejecutar en cualquier sistema que apareciera en el futuro.
A iniciativas como esta ayudaría lo que está pidiendo la EFF a las autoridades de EE UU: que en la legislación sobre copyright se incluya una excepción que obligue a las empresas que crearon un programa o un juego a liberar su código cuando lo abandonen o, al menos, permitir su obtención mediante ingeniería inversa.

"Todos nosotros debemos convertirnos en nuestros propios bibliotecarios", dice el archivista digital Terry Kuny 
Pero el mayor reto es conservar toda la información acumulada en algo tan grande y dinámico como es la web. Internet Archive es el mayor intento que hay para conservar la memoria de la red. Los robots de esta organización rastrean periódicamente la web haciendo copias de las páginas que encuentra y las van guardando. Así, si alguna página desaparece, siempre habrá la posibilidad de recordar como fue.
En España, la Biblioteca Nacional ha venido haciendo lo mismo con la ayuda de Internet Archive desde hace años. Pero el año pasado fue el primero que, con su propio robot, empezaron a escanear la red española. Ya han copiado 140 terabytes entre recursos, páginas web, blogs... Sin embargo, La BNE está a la espera de la aprobación de un reglamento sobre el depósito legal de publicaciones electrónicas que le permita conservar todo lo que la tecnología permita de la internet en español.
Pero evitar que esta sea una edad digital oscura es cosa de cada uno. "Todos nosotros debemos convertirnos en nuestros propios bibliotecarios. Cada uno deber ser el responsable de su vida digital. No podremos salvarlo todo y las cosas que decidamos salvar, deberemos hacerlo con cuidado", alerta Terry Kuny, el mismo que ya lo hacía hace 20 años, mucho antes que Vinton Cerf.

sábado, 5 de marzo de 2016

PRENSA. "Memorias de puño y letra"

   En "El País Semanal":

Memorias de puño y letra

La correspondencia particular se ha convertido en un objeto de museo, pero siguen siendo una de las principales fuentes de información de historiadores y biógrafos.

Un viaje a los últimos descubrimientos que los expertos han encontrado buceando en los epistolarios de personajes ilustres.

Correo
Simone, una francesa de los años veinte, le escribe a su amante Charles. / SEIX BARRAL


“El recuerdo de aquellas caricias me trastorna de forma extraña. (…) Quiero que me ames con todo el ardor de tu deseo, que me hagas gozar violentamente bajo tus abrazos perversos”. En una letra redonda, perfecta, Simone, una francesa de la década de los veinte, imploraba a su amante Charles poder verlo cuanto antes. Durante dos años de relación con él rompió los tabúes sociales y sexuales de la época; se entregó completamente para mantener satisfecho al hombre que amaba, casado y más joven que ella. Su historia quedó grabada en un fajo de cartas, hallado el año pasado por un diplomático francés en el sótano de la casa de un amigo al que estaba ayudando a limpiar. Un descubrimiento novelesco que seguramente no tenga equivalente el siglo que viene, porque ya casi nadie escribe cartas.
La nostalgia ha despertado el ánimo de conservación del periodista inglés Simon Garfield. Colaborador con medios como The GuardianThe Observer o la revista Intelligent Life de The Economist, ha escrito libros de documentación de todo tipo, desde el origen del tinte púrpura artificial hasta la evolución de la tipografía. Ahora se ha adentrado en la memoria histórica epistolar: se acaba de publicar en español su historia de la correspondencia, titulada Postdata (Taurus), y en inglés, una colección de misivas en las que dos trabajadores ingleses de correos se enamoraron durante la II Guerra Mundial. Esta última se titula My Dear Bessie (Mi querida Bessie; Canongate Books). Ambas obras son reivindicaciones de la carta tradicional, homenajes al acto de sentarse, pensar y escribir a mano.
“No me opongo en absoluto a la tecnología moderna”, explica Garfield. “Utilizo el e-mail, incluso tuiteo un poco. Con mi hijo, que vive en México, mantengo el contacto por Whats­App. Me encanta la inmediatez. Pero dentro de diez años no creo que conservemos ninguno de esos mensajes. Tendremos recuerdos vagos, no un registro concreto de dónde se ha estado y lo que se ha visto”. Su afán investigador, que le ha llevado a recopilar decenas de misivas históricas, nace de la idea de que el mundo del futuro está perdiendo parte de su historia: “Cuando trabajas en el archivo de una universidad grande o de un museo” –él es administrador del de la Universidad de Sussex (Inglaterra)–, “te das cuenta de que todo el mundo está muy preocupado con lo que va a ocurrir. ¿Cómo contaremos nuestra historia? ¿Cómo trabajarán los biógrafos?”.

Dentro de 10 años no conservaremos los correos electrónicos sobre determinados sucesos. ¿Cómo contaremos entonces nuestra historia?”
A principios de 2000 desembarcaron en los hogares los programas de mensajería instantánea y los blogs de MySpace, precursores de las redes sociales. Ahora Facebook y los mensajes del móvil han motivado un descenso en la utilización del e-mail entre jóvenes y adolescentes. De 2010 a 2011, el número de menores de edad en Estados Unidos que utilizaban el correo electrónico de forma habitual descendió un 31%, según publicó la empresa de marketing digital ComScore en 2012. El año anterior el uso había caído ya un 59%. Este cambio de hábito se traduce en una pérdida de la pura costumbre de escribir un mensaje largo. Un biógrafo del futuro tendrá que bucear por una hemeroteca infinita de pequeños textos instantáneos y superar contraseñas y cortafuegos de todo tipo para acceder al material. Encontrar un fajo de cartas en un sótano no será suficiente.
“El correo electrónico se está convirtiendo en una obligación; lo usamos prácticamente solo en el trabajo”, continúa Garfield. “Todavía registramos nuestras vidas de diversas formas, y es cierto que existen los blogs, pero ese contenido está escrito para que lo lea todo el mundo. Nos revelamos a un público de forma confesional; queremos que la gente piense lo mejor de nosotros”.
Jean-Yves Berthault, el diplomático francés que encontró las cartas eróticas de Simone en un sótano, decidió publicarlas como La pasión de la señorita S. (Seix Barral). La versión traducida llegará a España en otoño, aprovechando el revuelo mediático de la película Cincuenta sombras de Grey. Pero, a diferencia de las fantasías de bondage blando que ofrece la taquillera película, la correspondencia de Simone es la expresión del deseo de una mujer real, que vivió una época en la que la sexualidad femenina no solo era tabú, sino sencillamente invisible. “Una voz tan desinhibida y desafiante a su tiempo, que habla tan explícitamente desde el yo y no bajo la apariencia de un narrador, solo se consigue en epistolarios o diarios”, resume la editora del volumen en castellano, Mar García Puig. Simone nunca hubiera revelado su deseo en un blog; habría terminado proscrita, y a Charles seguramente no le hubiera hecho ninguna gracia.


Margaret Atwood, escritora canadiense, contesta peticiones de colegas y fans con cartas en formato 'collage'.
Es esa verdad la que engancha al lector, la que alimenta una fascinación por vidas ajenas auténticas, no de muro de Facebook. “El acceso a la esfera íntima no ha sido sustituido por nuevas formas de comunicación”, explica Joan Tarrida, director de Galaxia Gutenberg. Por eso los epistolarios clásicos mantienen un público fiel. “La correspondencia de Octavio Paz con intelectuales como Pere Gimferrer, o entre Nabokov y Edmund Wilson, en las que dos grandes hablan sobre la literatura y la creación… eso es una fuente de conocimiento”, añade. Garfield subraya el valor académico del género. “La carta sobre la erupción del Vesubio en el año 79 que escribió Plinio el Joven al historiador Tácito es la única descripción escrita que tenemos del acontecimiento”. La produjo años después; su tío Plinio el Viejo supuestamente había muerto a consecuencia del desastre, por inhalación de gases, tras acudir en barco para socorrer a las víctimas en la primera fase de la erupción. Plinio explica a Tácito que él pudo haber acompañado a su tío, pero que se quedó estudiando en casa, desde la que veía el humo que se elevaba sobre el volcán. “Al ser una retrospectiva, podemos dudar de su precisión. Y los hechos los conoceríamos igual, porque hay otro tipo de registros, pero es el aspecto personal lo que otorga peso al documento. Esa tensión, ‘¿deberíamos navegar para ponernos a salvo?’. Es algo único, totalmente inestimable. Traslada perfectamente el horror de la situación”. Garfield se pregunta si el mismo tipo de descripción hubiera sobrevivido como un e-mail. “Quizá sí, pero la cuestión es si se habría molestado en escribirlo Plinio”.
¿Y se habría molestado Simone en describirle a Charles con tanto detalle todo lo que anhelaba hacerle si hubiera tenido acceso a una comunicación directa? “Antes habría afirmado sin dudarlo que las cartas, frente al teléfono o el correo electrónico, proporcionaban un cierto sosiego temporal”, reflexiona Puig, de Seix Barral. “Cuando uno escribía una, sabía que esta no sería leída hasta días o semanas después, y la respuesta estaría mediada por el tiempo, que supuestamente lo templa todo. Pero al leer las misivas de la Señorita S., el lector se da cuenta de que la desesperación se mantiene intacta durante días. Tampoco parece que poner por escrito sus sentimientos le hiciera matizarlos, un tópico que se usa al valorar la pérdida de la correspondencia escrita a mano”.

Existe un renovado interés por la carta como objeto fetiche, un proceso nostálgico que algunos expertos comparan con el ‘revival’ del disco de vinilo
Mientras, la carta manuscrita da los coletazos que puede: existen revistas literarias que facilitan suscripciones de misivas de escritores, clubes de correspondencia que solo utilizan el papel y románticos que buscan amigos por carta a través de sus blogs. “Cualquier iniciativa es buena. Está muy bien que haya quien intenta preservar la costumbre. Pero es como querer volver al coche de caballos; resulta muy agradable, es un viaje más lento que te permite ver el paisaje, pero está superado. No solo por la velocidad, sino por el coste. ¿Por qué gastar un euro en un sello si puedo enviar lo mismo gratis?”, dice Garfield. Según el Sindicato Universal de Correos, en 2013 se enviaron 339,8 billones de artículos por correo en el mundo, un 2,9% menos que el año anterior, en muchos casos paquetes de compras por Internet. Una tendencia a la baja que se mantiene cada año. “Canadá, por ejemplo, va a dejar de repartir el correo personal en las casas”, prosigue Garfield. Quien quiera recibir una postal tendrá que ir a la oficina de correos o a su biblioteca local para recogerla. La decisión, anunciada en 2013, será implantada gradualmente y supondrá el despido de unos 8.000 trabajadores, según la televisión canadiense Cbc News.
El interés que resurge ahora por la correspondencia escrita tiene algo de fetichista. El papel nos resulta precioso: “Quizá ahora abunden más las antologías de cartas, que muestran un interés por ellas como objeto o concepto”, afirma Puig. El blog Letters of Note, en el que su autor, Shaun Usher, publica cartas históricas desde 2009, recibe millones de visitas diarias y dio origen a otro grueso libro recopilatorio hace dos años, que fue financiado por crowdfunding. Garfield compara el fenómeno con el revival del disco de vinilo. “Nos gusta porque suena distinto y trae las letras en la funda, pero la música en realidad la escuchamos en Spotify o iTunes. El teatro no perdió tanto con la llegada del cine”, opina, “porque es una experiencia única. El proceso de adaptación no es comparable a lo que le ha ocurrido a la correspondencia escrita con Internet”.


Jack Kerouac escribe a Ed White mientras redacta 'En el camino'. / TAURUS
No todos los expertos comparten su pesimismo. El calígrafo Ewan Clayton se resiste a una visión rupturista; él mismo se considera un símbolo de continuidad. De joven, en los ochenta, vivió cuatro años en un monasterio; fue un fraile copista del siglo XX. Tras dejar la vida religiosa se convirtió en asesor de Xerox PARC, el laboratorio californiano que inventó el ordenador personal en red, la idea de Windows, el Ethernet y la impresora láser, y donde Steve Jobs vio por primera vez una interfaz gráfica con la que el usuario interactuaba con la máquina. “La experiencia transformó mi visión de lo que es escribir”, explica en su Historia de la escritura (Siruela). Si no hubiera sido por su afición a la caligrafía clásica, sostiene Clayton, Jobs nunca habría revolucionado el diseño informático. Además, la generación digital escribe compulsivamente. Cada segundo se publican 6.000 tuits; 70.000 millones de caracteres por minuto. Clayton considera a su padre el mejor ejemplo de evolución: supera los 80 años y lleva 47 escribiendo una carta a sus hijos cada lunes. Al principio lo hacía con pluma y membrete; en los setenta las mecanografiaba y copiaba con papel carbón, y hoy envía un e-mail con copia desde su ordenador. Lo que no cambia es el contenido. “Cada generación tendrá que replantearse lo que significa leer y escribir”, sentencia Clayton; la responsabilidad no recae solo sobre los archivistas.
“Pego mis labios a los tuyos, en un beso profundo en el que pongo todo mi corazón…”. A pesar de su pasión incansable, la historia de Simone con Charles acabó en ruptura. Las demandas sexuales de ella, que culminaron en un intercambio de roles de género, terminaron por alejar a su amante definitivamente. Quizá volviera saciado a su vida de casado, o avergonzado por sus transgresiones morales. La lectura de su historia no se limita a la observación o al viaje en el tiempo; representa la oportunidad de meterse en otra piel.

jueves, 18 de febrero de 2016

ENTREVISTA a Julia Cagé, economista

   En "El País":

Julia Cagé: “La información es un bien público”

La economista francesa, autora del ensayo 'Salvar los medios de comunicación', defiende un modelo innovador para la prensa tradicional

Julia Cagé.
Julia Cagé.
Economista especializada en medios de comunicación, Julia Cagé (Metz, Francia, 1984) es profesora del Instituto de Estudios Políticos de París y doctora por la Universidad de Harvard. En estos tiempos convulsos para la prensa tradicional, Cagé expone en su ensayo Salvar los medios de comunicación (Anagrama) las claves de un modelo económico alternativo que debería permitir su supervivencia, y que no pasa necesariamente por abandonar el papel. Thomas Piketty, economista estrella –y marido de Cagé–, afirma en el prólogo del libro que sus teorías invitan “a repensar la noción de propiedad privada y la posibilidad de una superación democrática del capitalismo”.
P. ¿Llegaremos a vivir algún día en un mundo sin medios de comunicación?
R. Siempre habrá plataformas dedicadas al entretenimiento, pero no necesariamente a la información. Lo que me da miedo es terminar viviendo en un mundo en el que no haya un mínimo de contenidos sobre lo que sucede en el mundo o en el que nadie investigue sobre nuestros políticos. Seguramente nunca lleguemos a ese extremo, pero sí tendemos cada vez más a eso. Nunca ha habido tantos medios de comunicación, pero tampoco han sido nunca tan frágiles como ahora.
P. Pese a todo, en su libro se opone al fatalismo. Recuerda que, con cada innovación tecnológica, se ha producido una crisis que los medios siempre han superado.
R. La prensa sobrevivió a la radio y a la televisión. La caída de la publicidad en los periódicos no es un fenómeno tan reciente como solemos creer. En realidad, comienza a partir de los años 50, cuando empieza a emitirse publicidad en la televisión. Incluso antes, los periódicos se negaban a publicar la programación de la radio, porque no querían dar espacio a la competencia. La diferencia que presenta Internet es que no solo supone más competencia, sino que también es un soporte nuevo que puede permitir que se desarrolle. El desafío es más complejo que otras veces.

Nunca ha habido tantos medios de comunicación, pero tampoco han sido nunca tan frágiles como ahora
JULIA CAGÉ

P. Se niega a diferenciar entre periodismo impreso y digital. ¿Por qué?
R. La mayoría de lectores ya no prestan atención a esas cosas. Yo leo indistintamente en papel, en el móvil, en la tableta o en la pantalla del ordenador, en función del lugar donde me encuentre. Se ha dado un peso excesivo a internet porque, en un momento dado, se creyó que iba a revolucionar la manera de elaborar la información. Es cierto que permite hacer cosas distintas que el papel, como el hipertexto, los vídeos o la infografía móvil, que convierten el resultado en un poco más interactivo. Todo lo que cuenta es el contenido, y hay que decir que es muy parecido en ambos formatos.
P. ¿No ha habido una relación innegable entre el soporte y el contenido? Muchos medios digitales han apostado por contenidos generadores de clics que, en una mayoría de casos, no hubieran tenido cabida en su versión impresa.
R. Es cierto, pero se trata de un error del que todo el mundo se empieza a dar cuenta. Siguiendo el modelo de The New York Times, la mayoría de grandes medios de comunicación tienden hacia modelos de subscripción digital, al darse cuenta de que es difícil monetizar los clics recibidos. Ha habido una proliferación de contenidos ligeros en una serie de medios que persiguen la viralidad a través de algoritmos, pero diría que se inscriben más en el entretenimiento que en la información. Además, tienen una economía distinta que los grandes medios: disponen de menos periodistas y hacen menos investigación, incluso cuando parte de sus contenidos son periodísticos.
P. La mayoría de observadores dan por muerta la prensa en papel, pero movimientos recientes dan señales contrarias. El fundador de Amazon, Jeff Bezos, compró The Washington Post, mientras que, en Francia, magnates de las telecomunicaciones salvaban a Le Monde y Libération de la quiebra.
R. Es innegable que el dinero ha vuelto a la prensa tradicional. De entrada, porque muchas cabeceras están en venta, y por cantidades no muy altas. Poseer un diario se sigue percibiendo como una forma de tener influencia política. Además, existe un efecto de contagio, un tipo moda y posicionamiento. Si Xavier Niel no hubiera comprado Le Monde en 2010, Patrick Drahi no habría adquirido Libération en 2014 y Bernard Arnault tampoco se habría interesado por Le Parisien el año pasado. Pero todo esto no es necesariamente una buena noticia. Esos accionistas externos son necesarios, porque cuesta mucho dinero que un diario haga bien su trabajo, pero hay que impedir que esas adquisiciones tengan un coste en la independencia de los medios.
P. Defiende que un medio de comunicación no es una empresa como las demás, y que tiene que estar protegida por el Estado.
R. Los medios producen información de interés general, que debería ser considerada un bien público y tendríamos que proteger. Igual que nadie se plantea privatizar completamente la educación, no entiendo por qué no sucede lo mismo con la información. En la mayoría de países democráticos, consideramos que la transmisión de un mínimo de conocimientos es algo necesario, a lo que todo el mundo debe acceder gratuitamente. Por eso el Estado protege el sistema educativo, porque se considera que no debe estar sometido a la compraventa. Con la información es lo mismo: tener acceso a ella resulta imprescindible para el buen funcionamiento de una democracia.

Poseer un diario se sigue percibiendo como una forma de tener influencia política. Además, existe un efecto de contagio
JULIA CAGÉ

P. Usted propone un nuevo modelo: la fundacción, a medio camino entre las fundaciones sin ánimo de lucro y las sociedades participadas.
R. Hay que inventar un nuevo sistema que permita repartir más el poder. En el modelo que propongo, a diferencia de lo que sucede en las sociedades con accionariado, no habría una distribución de dividendos y el capital estaría congelado. A cambio, el Estado concedería una deducción fiscal a los donantes. El accionariado estaría formado también por periodistas y lectores, que podrían participar a partir de pequeñas cantidades. La propiedad se renovaría cada año, a diferencia de lo que sucede en las fundaciones sin ánimo de lucro, donde a menudo es una sola familia la que escribe los estatutos y se perpetúa en el poder.
P. Pero su modelo parece irrealizable sin el acuerdo de los actuales propietarios de los medios. ¿No resulta algo utópico?
R. No. Todo es cuestión de voluntad política. Por ejemplo, el Estado francés concede ayudas públicas a los medios de comunicación. Podría proponerse limitarlas a los medios que adopten este sistema. Suena un poco extremo, pero se podría hacer si hubiera voluntad. Si se quiere salvar los medios, hay que encontrar soluciones.
P. Precisamente, el Gobierno francés ha aprobado una exención fiscal para las empresas de comunicación sin ánimo de lucro. Charlie Hebdo es el primer medio que ha adoptado ese nuevo estatus. ¿No le convence la medida?
R. Va en la buena dirección, pero me parece demasiado tímida: solo permite donar cantidades pequeñas. Es una lástima que no hayan ido más allá, porque tras el atentado contra Charlie Hebdo había cierto margen de maniobra. La confianza de los ciudadanos en los medios aumentó por primera vez desde hacía años, aunque estoy segura de que no tardará en volver a bajar. Me pareció curioso que en la gran manifestación que sucedió al atentado, se escuchara “soy judío, “soy policía” o “soy Charlie”, pero nunca “soy periodista”…

lunes, 22 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "Verbos calificativos". Álex Grijelmo

Ál,ex Grijelmo

   En "El País":

Verbos calificativos

Una afirmación como “soy licenciado en Derecho” puede reproducirse así: “Fulano se jacta de ser licenciado en Derecho”


Las opiniones no se expresan sólo con los adjetivos: “bueno”, “feo”, “impresentable”, “hermoso”…, o con los adverbios ( “falsamente”, “acertadamente”…, “mal”, “bien”). También existen los verbos calificativos.
Nos centraremos aquí, por razones de espacio, en los verbos del habla.
Un periodista puede escribir “el presidente de la empresa dijo que los resultados de este año serán mejores que los del anterior”. Y con el verbo “decir” no le cabrá mayor ecuanimidad, lo mismo que con sinónimos como “manifestó”, “expresó”, “enunció”…

Las opiniones no se expresan sólo con los adjetivos o con los adverbios 
No obstante, los redactores suben a veces un escalón al emplear verbos que dan información adicional: "El presidente de la empresa anunció que"... (pues dijo algo nuevo), o “el presidente matizó”, o “corrigió” (antes había expresado algo distinto), o "pronosticó que"... (su afirmación se adelantó a los hechos), o "insistió en que"... (porque repitió sus ideas)…
El siguiente peldaño, el tercero de nuestro relato, supone otro salto cualitativo: ya no se trata sólo de verbos que añaden información sobre lo dicho, sino que describen la manera en que fue expresado. Por ejemplo, aseguró (el hablante dio por cierto algo y lo hizo con convicción), o balbuceó (discurso entrecortado, actitud insegura), o musitó, vociferó…
En un cuarto y último escalón figuran ya los verbos que, con acierto o sin él, no sólo interpretan o describen, sino que se adentran en el espíritu de quien habla. Así ocurriría en casos como “el presidente de la empresa se ufanó de que los resultados de este año serán mejores que los del anterior” (o se jactó, o presumió, aventuró, osó decir, fantaseó…).
Ahí tenemos ya los auténticos verbos calificativos, los que incorporan dos significados: uno objetivo (alguien dijo algo) y otro subjetivo (juzgamos a quien lo dijo). De ese modo, puede ocurrir que una persona exponga en su currículo con toda sencillez “soy licenciado en Derecho” y que luego lo vea reproducido así: “Fulano se jacta de ser licenciado en Derecho”.
En las últimas semanas hemos podido leer o escuchar en prensa y radio frases como éstas: “La ministra Ana Pastor se vanaglorió ayer de que su departamento licitará (…)”. “El Rey conmina a los becados de La Caixa a ayudar al resto de la sociedad”. “Renzi suplicó ayer la convocatoria de un Consejo Europeo extraordinario”.
Y quizás Pastor, el Rey o Renzi no se reconozcan en el verbo que alguien adjudicó a esas maneras de decir algo. Porque suplicar equivale a “pedir con sumisión”, conminar significa “amenazar” o “imponer”, y vanagloriarse implica “alabarse presuntuosamente”.
Vale la pena por ello prevenirse ante los verbos calificativos, que pueden ser tan discutibles, manipuladores o injustos como un adjetivo, sobre todo si se cuelan en un texto de aparente objetividad.

jueves, 4 de junio de 2015

PRENSA. Entrevista a Darío Villanueva, director de la RAE

   En "El País Semanal":

El director de la RAE: “Necesitamos un diccionario de nativos digitales”

Darío Villanueva busca el nuevo rumbo que debe encauzar la institución que limpia, fija y da esplendor al idioma español


Darío Villanueva, director de la Real Academia Española. / JORDI SOCÍAS

Aunque lo cuenta en ese tono medidamente sosegado, la determinación que Darío Villanueva muestra para el futuro de la Real Academia Española (RAE) no carece de ambición. Habla de refundación, de digitalización, de elaborar el primer diccionario para nativos digitales. Habla de paridad, de continuar con la lógica de las cosas en cuanto a incorporar mujeres y, por supuesto, como sus tres inmediatos antecesores, de América… Ingresó en la RAE con 57 años, cree que la institución necesita de un equilibrio de edades y un amplio espectro de saberes. Fue rector de la Universidad de Santiago de Compostela, mezcla entre sus disciplinas la pasión por la literatura y la pulsión por la semiótica, la retórica y la sociedad de la información. Astur-galaico, luce un talante de humildad determinante y una medida ambición que transborda al futuro.
Ya ha pasado casi seis meses en el cargo. ¿Con qué se ha encontrado como sorpresa? Fundamentalmente, la importancia que tiene la dimensión americana del puesto. La Real Academia Española preside la Asociación de Academias y eso significa que es la voz de todas ellas ante determinadas instancias. Por ejemplo, los Gobiernos de aquellos países que cuentan con una. Ahora somos 22, a la espera de la incorporación de la nueva institución ecuatoguineana, que se constituirá antes de final del año.
La dimensión americana es lo que más asombra a los que han ejercido este cargo en pleno siglo XXI. Pero pensaba que pese a haber sido secretario unos años y conocer a fondo las cuentas, lo que más le había sorprendido era el dinero. ¿Cómo van esos recursos? Yo conocía la situación a fondo, tenía información de primera mano. Por lo tanto, si hablamos de sorpresas, en ese sentido, ninguna.
Los antiguos directores podían haberse guardado algún secreto. No, en este caso, nada. La información era de mi dominio.
¿Cuál es esa situación? Que la RAE tiene tres fuentes de financiación: una asignación del Estado que en el momento más boyante nunca superó el 50% del total del presupuesto. En los últimos tres años, esa asignación ha decrecido un 60%, unos dos millones de euros. Otra fuente de financiación eran las obras de la Academia, diccionarios, ortografías, gramáticas y de otro tipo, incluidas las literarias. También en relación con esto nos enfrentamos a un escenario de crisis. Todos sabemos lo que está ocurriendo dentro del mundo editorial… Las ventas son muy inferiores a lo que eran 12 o 13 años antes. Por último, otra fuente de ingresos es la que procede de la Fundación Pro-Rae, en la que están metidas desde las empresas del Ibex a las comunidades autónomas y también benefactores particulares. Los rendimientos de dicha fundación también han disminuido.

Tenemos que abordar el diccionario de los nativos digitales”
Mal momento, entonces. Es una situación de crisis que compartimos con el resto de los españoles, no íbamos a permanecer al margen. Pero, en suma, la RAE no se encuentra endeudada. De la época de las vacas gordas, digamos, con una gestión muy eficaz y muy austera porque esta institución nunca fue manirrota, gozamos de unos remanentes propios para poder sortear esta etapa en la que vivimos una situación de déficit entre ingresos y gastos que asciende a unos dos millones de euros.
Pero ha dicho que las cifras de venta son muy malas. Del último Diccionario, desde octubre a esta parte, se ha vendido en España la quinta parte de ejemplares de los anteriores en el mismo periodo en el año 2001.
¿Cuánto hace que no abre usted un diccionario de papel?Lo sigo haciendo porque en las reuniones que tenemos trabajamos con un ejemplar de papel.
Sí, pero si está usted trabajando en su despacho con el ordenador…, ¿cuánto tiempo hace que no lo abre? Claro, claro que sí, es evidente. Nosotros en ese sentido no mostramos una actitud plañidera. Hicimos un simposio sobre la situación de los diccionarios en la era digital el pasado noviembre. Los editores europeos nos dijeron que el mercado de la lexicografía había experimentado un decrecimiento del 60% en los últimos años. En ese sentido, estamos contentos por haber tomado la decisión –en su momento controvertida– de digitalizar nuestro diccionario y dejarlo en línea gratuitamente. Hoy está posicionado como el más visitado, tenemos ese espacio ocupado con una cantidad de visitas espectacular que está en más de 45 millones de visitas en el mes de abril, más que en 2014, cuando tuvimos 41 millones. Rozamos los 10 millones de visitantes únicos. A través de los datos que nos proporciona Google Analytics, sabemos de dónde proceden esas consultas. Y a través de qué dispositivo se hacen. En este momento, los teléfonos inteligentes están casi a la altura de los ordenadores.
¿Los smartphones? Sí, pero yo los llamo teléfonos inteligentes.
Como también ha dicho Google Analytics… Porque es un nombre de marca, en ese caso no tiene traducción. El caso es que entre los teléfonos inteligentes y los ordenadores suman un 84%.
Dios mío, la tecnología. ¿Nos va a dar muchos disgustos lingüísticos? Tendremos que encajarlos. Lo que no toca es adoptar posturas numantinas ni apocalípticas.
¿Por dónde habría que empezar? Por el Diccionario. Para ello, aparentemente, la tarea es muy sencilla. Hace 10 años agarramos uno gutemberiano, es decir, un libro, y lo adaptamos en la Red. Ahora se trata de lo contrario.
Así que, en su caso, si hacemos un paralelismo entre aquello que Fernando Lázaro Carreter le dijo a su sucesor, Víctor García de la Concha, de que se centrara en América, a usted, su antecesor Blecua le habrá encomendado: “Darío: digitalización”. Francamente, eso es algo que yo aporté modestamente como secretario. No necesitaba que nadie me lo dijera. Soy un gran admirador de Marshall McLuhan, a mí siempre me ha fascinado vivir un cambio de paradigmas tan profundo como el presente.
¿Cuál es el nexo de McLuhan a Valle-Inclán, a quien usted también ha estudiado? O de Valle-Inclán a McLuhan… Pues fíjese, si debo elegir al escritor español que más pronto se dio cuenta de cuál iba a ser la revolución que traería consigo el cine, no solo en el ámbito del propio invento, sino también en su vertiente estética en relación con la literatura, le diré que fue Valle-Inclán. Hasta el extremo de que no se puede entender su teatro ni su narrativa desde fuera de una concepción cinematográfica.


Darío Villanueva: "La academia se nutre del prestigio de sus miembros". / JORDI SOCÍAS
Y como estudioso del Quijote antes del cine, materia de su discurso de ingreso en la RAE, ¿no cree que la RAE tendría una buena adaptación a la pantalla? ¿Por qué? 
Es la guinda, el reconocimiento del prestigio en muchos sentidos, con poder e influencia probados dentro de la sociedad, e interesante en ese aspecto. Siempre que rejuvenezcamos un poco el reparto, porque las dos últimas incorporaciones –Clara Janés y Manuel Gutiérrez Aragón– ya han cumplido los 70 años. Pero no los anteriores, ni Aurora Egido, ni Inés Fernández-Ordóñez, ni Pedro Álvarez de Miranda. Los dos últimos, es cierto, pero ha habido académicos que entraron muy jóvenes.
El récord de Muñoz Molina sigue vigente, pero ya se remonta a 1996. En ese sentido no existe ninguna disposición tácita o expresa a favor de que en la Academia entren personas de una trayectoria muy consolidada.
¿Ocurre que al entrar, quizá porque imponga mucho la solemnidad del lugar, se les amansa un poco la fiereza?Depende de las personas. No veo que le ocurra a un Javier Marías o a un Arturo Pérez-Reverte, un José Luis Sampedro, tan ligado a movimientos juveniles… Yo no generalizaría. Quizá el problema está en la cierta pompa, no excesiva, que se vive en el acto de ingreso. La Academia se nutre del prestigio de sus miembros, que responden a ese lema: limpia, fija y da esplendor. Yo no soy de los que limpian ni dan esplendor, pero aquí estoy. Esos grandes nombres de letras probablemente den más a la institución de lo que ellos reciben.
Ahí ha sufrido un ataque de humildad galaico-asturiana. Si quiere llamarlo así…
No concuerda con su currículo. Ha sido usted muchísimas cosas ya, aparte de lo que nos ocupa: rector de la Universidad de Santiago, presidente de la Sociedad General de Literatura Comparada, de la de Teoría de Literatura, de la Sociedad Española de Semiótica, de la Twentieth Century Spanish Association of America… Sí, llevo una vida bastante cumplida. Aunque yo entré en la Academia a los 57 años, que no es una edad juvenil, pero tampoco excesivamente avanzada. Ese equilibrio es bueno, los grandes lingüistas son los que contribuyen a fijar, pero los grandes escritores e intelectuales son los que le dan el esplendor. Y en nuestra sociedad de medios, ese esplendor es absolutamente necesario. Los que no lo damos no tenemos por qué sentirnos acomplejados por eso, sino reconocer las cosas como son. Lo más sublime que se puede hacer con las palabras es la creación. Quienes disponen de ese don me resultan realmente admirables.
¿Por qué suele existir esa reserva por parte de los grandes teóricos de la literatura de no meterse en la creación? Para mí, la creación tiene técnica, oficio y algo de prodigio. Las dos primeras se aprenden; la última, no. Pero no son incompatibles.
A esas tres cualidades, ¿hay que añadir también la inconsciencia de atreverse? Sí, efectivamente, un cierto impulso vital, con mucha seguridad en uno mismo, para dar un paso porque no nos olvidemos que durante mucho tiempo los escritores fueron una especie de parias sociales, con los estigmas de muerto de hambre, una desgracia para cualquier familia que le saliera un hijo escritor cuando prometía para otras cosas.
¿Cómo se gobierna a estos señores tan suyos? Poetas, dramaturgos, novelistas, cineastas, filólogos, arquitectos, médicos, científicos, juristas, periodistas… En fin. Se les gobierna en la medida en que ellos se dejan. Esa es la clave. Una tarea que parte de la concepción humilde de donde viene la autoridad que el director de la RAE tiene. Hablo de mí, no por falsa humildad galaico-asturiana, cuando miro atrás y veo nombres de antecesores, se me encoge el ombligo. Prefiero no pensar en el parangón.
Tengo que preguntarle por la cuota femenina en la RAE. Siete mujeres de 46 integrantes no parece equilibrado. Sí, pero desde que entré, aunque ya estuviera previsto, el porcentaje de hombres y mujeres ha estado al 50%.
¿Y lo va a conservar? No es una paridad escrita ni acordada estatutariamente, pero responde a la lógica de las cosas. No hay por qué pensar que regresemos a la ilógica de una situación como la que se produjo desde la creación de la Academia hasta el ingreso de Carmen Conde en 1979. Aunque, por cierto, en la francesa, la primera mujer en entrar fue Marguerite Yourcenar, después de Carmen Conde aquí… Lo que debo decir es que las académicas son extraordinariamente activas. Una vez que se ha alcanzado la velocidad de crucero hacia el sentido común en ese ámbito, no tengo motivos para pensar que se nos vaya a torcer el camino.

Darío Villanueva

Vilalba, Lugo, 1950. Se doctoró en Filología Románica (por la Universidad de Santiago de Compostela) y Española (por la Autónoma de Madrid). Ejerció como rector en la Universidad gallega (arriba, imagen de aquellos tiempos) e ingresó en la Real Academia Española en 2007 con un discurso sobre El Quijote. En 2010 fue designado secretario de esta y desde 2015 la preside. Experto en literatura, ha ahondado en el estudio de Valle-Inclán, así como en campos que tienen que ver con la semiótica y la sociedad de la información. En su labor como presidente de la Asociación de Academias de la Lengua, que reúne a 22 pertenecientes a América, España y Filipinas, se propone ahondar en la unidad del español.
¿No resulta más útil cualquier veinteañero creador de apps que un filólogo en ese nuevo rumbo hacia la digitalización?Unos y otros. Independientemente de que los filólogos y los no filólogos han asimilado perfectamente las nuevas tecnologías. Ya contamos con lingüistas como Guillermo Rojo, especialista en informática desde los años setenta. Yo lo recuerdo trabajando con fichas perforadas, viene de allá. No hay que pensar que esta es una alquimia exclusivamente accesible a los veinteañeros.
Pero mueven el mundo con su nueva mentalidad. Por eso debemos abordar ahora el diccionario de los nativos digitales.
Mal irán si en las sesiones siguen pasando páginas y no incorporan tabletas. ¿O sí?Muchos nos lo llevamos en los dispositivos. Pero el pleno es la quintaesencia del trabajo académico. Ahí discutimos cuestiones últimas o primeras sobre qué incluimos. Entre una cosa y otra queda un trabajo larguísimo en el que intervienen los académicos y quienes no lo son, el personal con que contamos. Desde los años noventa, utilizamos la tecnología a tumba abierta. El corpus del español del siglo XXI consiste en que cada año introducimos unos 25 millones de formas en las memorias de nuestros ordenadores. No de palabras, sino de realizaciones de estas en todo el mundo. Fuentes orales y escritas. Disponemos de un repertorio que está llegando a los 300 millones de formas solo desde que lo registramos. Es lo que nos sirve para debatir.
¿Dónde gravita hoy la órbita del poder del español? ¿No se muestran en América recelosos por aumentar su influencia? Hay Gobiernos que apuestan más por ese campo. El español, con un recorte del 60% en apoyo tanto a la RAE como al Cervantes, ¿no se muestra, como mínimo, rácano? Es un problema complejo. A veces detectamos por parte de los Estados poco interés en cumplir los acuerdos, aunque estos se basan en la austeridad. Lo que dices es así. Pero institucionalmente las Academias están regidas por la española gracias a un acuerdo válido desde que se formó la institución en 1951.
¿Desde entonces nadie lo ha querido cambiar? De manera formal, no.
¿Y en el ámbito conspirativo? Estoy aterrizando como presidente de la asociación de academias. Desde esa posición es desde la que tendré más información al respecto. Claro que cabe esa posibilidad, pero eso tendría que pasar por una transformación profunda de sus estatutos que requeriría prácticamente unanimidad. Y, por el momento, no creo que sea posible. Nuestra tarea presente en la asociación consiste en ejercer una política panhispánica. No todo es la demografía, no podemos dejarnos influir por el número de hablantes de los países más poblados o no. Nuestras decisiones se toman dentro de un amplio consenso, que por el momento no se ha roto. El resultado ha sido muy beneficioso. Yo creo que la unidad del idioma, que es en este momento altísima, se ha conseguido, en parte, gracias a esa labor de las Academias.
¿Qué quería ser de niño? Creo que quería ser sencillamente niño, estaba tan imbuido en ello que no pensaba en nada más.

No debe torcerse el rumbo de ingresos con paridad en la RAE”
¿Carpe diem? Viví con mucha intensidad mi infancia.
¿Y con espacio para los libros?Sí, desde luego. Tuve la suerte de que mis padres eran grandes promotores de la lectura. Recuerdo como primeros regalos importantes, aparte de la bicicleta, el balón de baloncesto o la raqueta de tenis, libros como la suscripción a la colección Crisol, a los seis o siete años.
¿Los conserva? Sí, los conservo. Los Crisol y los Crisolín, de la editorial Aguilar.
¿Junto a cuántos ejemplares en su biblioteca? Unos 30.000, en varias bibliotecas…
Eso es un sedimento para alguien especial, ¿cómo se ve usted a sí mismo? No como algo extraño. La conclusión que viene de unas premisas previamente asentadas: un niño lector, un estudiante de filología, un profesor de literatura y, ahora, un director de la RAE.
¿Un director de la RAE que lo disfruta? Enormemente, de las sesiones, de las travesuras de los académicos.
O de las batallas campales. No diría campales. Mantenemos un juego elegante, pero lo vivimos con intensidad. Es emocionante ver cómo nos enzarzamos en discusiones.
¿La última palabra que ha provocado más tensión? Selfie.
¿Qué hacemos con ella? Creo que conviene esperar un poco porque se trata de una moda reciente. Hay palabras globo, que suben con fuerza y luego se desinflan. Aunque esta ya genera sus adminículos, como palo selfie.
¿Y la que más consenso? Tableta, aunque parezca algo un poco ridículo. Como comprenderá, en eso no nos hemos herniado.