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domingo, 28 de agosto de 2011

POESÍA. "Meditación del árbol", de Ángel Paniagua (Plasencia, 1965)


Ángel Paniagua

Meditación del árbol

Soy eterno
porque no me preocupo del silencio
que anida en mis entrañas,
de la luz que recorre los ocultos
senderos de mis hojas,
porque apelo a la noche y voy hundiendo
despacio mis raíces, voy hundiéndome
en esta misma tierra, en este mismo
destino sin historia, regresando
a mi sangre desde el día primero,
desde todos los años que soporto
sin meta y sin cansancio.
                                        Cada noche
es la noche, cada día es el día,
esta tierra es la tierra y mi destino
ni siquiera soy yo: no soy destino
ni lucha ni impaciencia.
                                       Y cuando vuelva
definitivamente al seno que me trajo
seguiré caminando hacia mi adentro,
seré presencia quieta,
silencio ensimismado y ansiedad
del final inequívoco de todo.

sábado, 27 de agosto de 2011

POESÍA. "Variación sobre un tema de Cavafis", de Ángel Paniagua (Plasencia, 1965)


Ángel Paniagua

Variación sobre un tema de Cavafis

¿De dónde nos trajeron? Imposible
saberlo. Sólo el tiempo
que nos guarde y la sombra de aquel árbol
conocen el origen
de aquellos tristes vientos borrascosos.

Pero al fin, ¿nos importa de verdad
conocerlo? La vida que llevábamos
y la historia que ha ido sucediéndose
ya nada significan. Como locos
en la isla desierta,
podemos ir nadando a cualquier sitio:
alrededor el mar está presente
en todas direcciones,
y no importa cuál sea la elegida
para saber que puede acabar todo
al poco de alejarnos de la costa.

O podemos llegar hasta otra isla,
destrozados y hambrientos,
y quedarnos algunos años más
allí, tan solos como antes…

No importa, pues, mañana,
como no importa ayer
o estar aquí o marcharnos.
El mar es infinito y la verdad
-si existe- está tan lejos de nosotros
como nosotros mismos.

viernes, 26 de agosto de 2011

POESÍA. "Las monedas del tiempo", de Ángel Paniagua (Plasencia, 1965)


Ángel Paniagua

Las monedas del tiempo

Ya llegará el momento feliz en que acabemos
de juntar hasta el fondo estas miradas,
de unir hasta el final estas pequeñas sonrisas
y de hacer que tus brazos y los míos comprendan
las palabras que no nos hemos dicho.

Ya llegará el momento de mirarnos de cerca,
tan de cerca como para tocarnos
con los ojos la piel desnuda y limpia, hablarnos
con los labios tan juntos que apenas se nos oiga
susurrar las palabras que ya nos hemos dicho,
por ejemplo, esta tarde, o la última vez
que coincidimos, ya no me acuerdo cuándo.

Tal vez no llegue nunca a existir entre nosotros
esa conformidad que hace largo el transcurso
de las noches, esa dulce trabazón
que se extiende en el tiempo como las estaciones
del tren en que viajamos; pero habrá un día juntos
y una noche contigua y una huella
que irá aplastando el tiempo, como el tren la moneda
que de niños poníamos encima del raíl, entusiasmados,
por ver si se fundía al final con el acero...

Y al cogerla de nuevo sentiremos
aquella quemazón que dejaba entre las manos.

jueves, 25 de agosto de 2011

POESÍA. "Tierra adentro", de Ángel Paniagua (Plasencia, 1965)

Ángel Paniagua

TIERRA ADENTRO

Ya es hora de partir de algún crepúsculo
al crepúsculo, es hora de llenarse
de grava los zapatos y aprender
a caminar, desligando
de métrica y prosodia los andares,
los ríos y los olmos;
deslizando entre métrica y prosodia
unas gotas de sangre,
brotadas de la piel herida al paso
de arbustos y ramajes;
dejando los jirones de camisa
abandonados,
                      quizás enrojecidos
por el líquido tierno, pero solos
y atrás, en el olvido de los árboles.

Ya es hora de dejar que la poesía
se apodere del tiempo
que intento descifrarme y expresar,
dejar que me desnude y me distraiga
de tantas distracciones,
que me centre y me empuje a recibirme,
a presentarme a mí mismo
y conocerme.

miércoles, 24 de agosto de 2011

POESÍA. "Razón de la impostura", de Ángel Paniagua (Plasencia, 1965)

Ángel Paniagua

RAZÓN DE LA IMPOSTURA

Ahora que ya tienes la certeza
de haber pertenecido -amado, roto,
ganado, recompuesto y, al final,
perdido siempre-, puedes reclamarle
a la tierra un lugar donde fingir
que tu vida fue bella, tierna, hermosa,
y que nada te puso nunca al borde
de las acostumbradas deserciones.

Debes fingir, si quieres que las horas
te miren con piedad y no voceen
tus pérdidas, publiquen tus caídas
ni se ensañen con los espacios blancos
que empiezan a entreverse en tu mirada,
la nostalgia de viajes que no hiciste,
los libros sin leer que en los estantes
recelan de entregarte sus secretos.

Ahora debes fingir, no cabe duda,
habitar el silencio de una oscura
terraza, donde sólo tus deseos
no cumplidos y el fuego de las lágrimas
por esas tantas horas imposibles
iluminen tu vida, mientras buscas
en todos esos libros la respuesta
al enigma perdido de estos años.

martes, 23 de agosto de 2011

POESÍA. "Declaración de un mercenario", de Ángel Paniagua (Plasencia, 1965)

Ángel Paniagua

DECLARACIÓN DE UN MERCENARIO

     [Transcrita -con los mínimos retoques imprescindibles- de un reportaje sobre la guerra emitido en un canal de televisión por cable. Las preguntas del periodista -occidental- se han eliminado por evidentes.]

He visto cuerpos muertos saltando por los aires,
cuerpos muertos de jóvenes de apenas veinte años,
destrozados, desnudos, amputados. Sus rostros
no tenían ni tienen expresión, no tenían
entonces ni la tienen ahora en mi recuerdo;
y he visto cuervos, buitres, milanos, disputándose
su carne.
               De las cuencas vacías de sus ojos
sale humo del fuego que ha abrasado sus miembros,
sus entrañas despiden un hedor que me alcanza
todavía. Las armas junto a ellos parecen
tener vida: señalan hacia un punto que nunca
llegarán a tocar las balas que aún conservan…

He visto hombres desnudos dispararse en la frente
ante las mismas puertas de la ciudad que guardan
después de haber matado a sus familias. Mujeres
huir despavoridas de una nube de polvo
creyendo que eran ellos, los otros, esos otros
que siempre son los mismos para ellas.
                                                               He visto
tantas casas arder, tantos niños y viejos
con un mudo sollozo en la mirada, con esa
mirada que me alcanza como el hedor de cuerpos
todavía.
             No puedo decir cuántos han sido
los lechos que he encontrado aún calientes, los hornos
con pan a medio hacer, las bolsas con dinero
o ropa abandonadas para huir más deprisa.
No recuerdo las veces que he golpeado a alguna
muchacha rezagada para poder tenerla…

La guerra es un camino sin final ni principio
para mí, para todos los que siguen con vida;
si aquí termina vamos a otra parte, no importa
qué defienden los unos o los otros, importa
morir o seguir vivo…
                                   ¿Ideales? Basura.

lunes, 22 de agosto de 2011

POESÍA. "La mirada de Ulises", de Ángel Paniagua (Plasencia, 1965)

Ángel Paniagua

LA MIRADA DE ULISES

Hay guerra a unos kilómetros de aquí,
alguien está luchando contra el mundo
sin fe que le rodea, contra el aire
que llena sus pulmones y las nubes
que descargan el odio de sus padres
y la rabia iracunda de sus hijos,
contra la lluvia ácida del tiempo
que cae sobre su rostro y va dejando
sin pelo su cabeza, borra el brillo
de sus ojos y le hace comprender
su papel de comparsa.
                                    Alguien empuña,
a sólo unos kilómetros de aquí,
un oxidado máuser cuyas balas
de miedo, humedecidas, ya no pueden
librarle de la imagen de esas máscaras
que le ocultan los rostros enemigos;
alguien cerca de aquí nos amenaza
con un horror que quiere compartir,
se siente solo y quiere envenenarnos
con la angustia de su existencia pobre,
con el desprecio antiguo que ha heredado
de sus antepasados por la vida.
Alguien cerca, muy cerca de nosotros,
quiere hacernos entrega de sus dientes
partidos en la lucha, de sus dedos
cortados, sin falanges y sin uñas,
o hacernos prisioneros e incautarse
de las nuestras, para poder seguir
escarbando hacia el centro de la nada.