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viernes, 8 de enero de 2016

OPINIÓN. "¿Qué literatura ante el horror?". Juan Goytisolo

   En "El País":

¿Qué literatura ante el horror?

Califato Islámico, desembarco masivo de refugiados, atentados sangrientos… Cuando la sucesión de acontecimientos dramáticos sobrepasa los límites de la comprensión quien esto escribe se refugia en la lectura de Bouvard y Pécuchet

¿Qué literatura ante el horror?
NICOLÁS AZNÁREZ

Uno. Decía Borges, el mejor lector moderno de Las mil y una noches:“No hay acto que no sea coronación de una infinita serie de causas y manantial de una infinita serie de efectos”, y su reflexión abarca tanto el orden literario como el real. Por tomar un ejemplo reciente, sin la inmolación por el fuego el 17 de diciembre de 2011 en la localidad tunecina de Sidi Bouzid del joven informático en paro Mohamed Buazid, cuyo puesto de verduras fue tumbado brutalmente por la policía por carecer de autorización para vender su mercancía, el movimiento popular de indignación que barrió la satrapía de Ben Alí no se hubiera producido y su contagio a la Libia de Gadafi y al Egipto de Mubarak —todo cuanto se conoce hoy con el nombre de la primavera árabe—no habría sido el detonante del caos en el que actualmente se halla sumido todo el Oriente Próximo y sus secuelas de violencia en Europa: masacre diaria de civiles en Irak y Siria, emergencia del autotitulado Califato Islámico, huida de millones de civiles, desembarco masivo de refugiados en Italia y Grecia, ataques de la coalición a los yihadistas, atentados sangrientos de estos contra los denominados apóstatas y cruzados… ¿Qué habría ocurrido, me pregunto, si en la mañana del 17 de diciembre Mohamed Buazid no hubiera ido al mercado a causa de un resfriado o la agente de policía hubiese permanecido de guardia en la comisaría? Las cosas no se habrían encadenado en la manera en que lo fueron o lo habrían hecho de forma y en tiempos distintos. La combinación del azar y la fatalidad que guían la vida y destino de los seres humanos confirma a diario el análisis borgiano del genio narrativo de Sherazad.
 Dos.La guerra sin límites contra el terrorismo exige la permanente realidad del terror y su comercialización en cuanto imprescindible mercancía. La próspera industria armamentista que crea a escala mundial centenares de miles de empleos requiere como premisa indispensable la existencia de guerras como las que asuelan hoy a Siria e Irak, Libia y Sudán, Malí y Afganistán, Nigeria y Yemen. Las tensiones regionales constituyen también un excelente mercado de cara a los países árabes aliados de Occidente, países respetuosos al máximo, como sabemos, de los valores democráticos y de los derechos humanos como son Arabia Saudí y los Emiratos petroleros del Golfo. Las armas que llegan a las manos de los grupos yihadistas solo pueden ser combatidas mediante los substanciosos contratos firmados con aquellos y su suministro secreto a intermediarios de doble juego como los que se enfrentan en nombre de un credo religioso o nacional: suníes contra chiíes, kurdos contra turcos, partidarios y víctimas del tirano El Asad. De nuevo Borges: laberinto sin salida de la guerra al terrorismo y círculo vicioso de ataques y respuestas en el que Obama, Putin y Hollande se hallan atrapados.

La combinación del azar y la fatalidad guían la vida y destino de los seres humanos
Tres. Cuando la sucesión de acontecimientos dramáticos sobrepasa los límites de la comprensión quien esto escribe se refugia en la lectura de Bouvard y Pécuchet: imagina a los héroes (por cierto, muy poco heroicos) de Flaubert enzarzados en elucubraciones producto de su lectura de una abundante bibliografía centrada en el tema terrorismo e islam. Han discutido la conveniencia de visitar los barrios sensibles de la Banlieu para contactar con los jóvenes seducidos por el discurso yihadista, estudiar sus manuales de educación islámica, indagar las razones de su desafección de los valores republicanos y laicos de Francia. Bouvard sugiere entrevistar a un imán radical a fin de recabar su opinión sobre el choque de civilizaciones profetizado por Huntington. Pécuchet prefiere un estudio exhaustivo de la historia de Oriente Próximo desde la caída del califato otomano y las fronteras artificiales de los nuevos Estados creadas por los acuerdos Sykes-Picot. La transformación del credo religioso en ideología belicista es el quid del problema, dice Bouvard. ¿Qué pasa por la mente de quien se inmola con un cinturón de explosivos?, se pregunta Pécuchet. La docena de libros escritos sobre el tema no nos lo aclara. Quizás un psiquiatra pueda procurarnos algunas pistas (Bouvard). ¿Qué diferencias hay entre los jóvenes de la segunda generación de inmigrantes y los conversos al islam? (Pécuchet). Las familias conflictivas, el abandono escolar, el trapicheo con drogas… (Bouvard). En su mayoría son chicos en apariencia integrados que de la noche a la mañana asumen el discurso integrista (Pécuchet). ¿Cómo hacer frente a la avalancha de refugiados que se dirigen a la Unión Europea como en la época de las invasiones de mongoles y tártaros? ¿No asistimos acaso a la decadencia de Occidente, al ocaso de las naciones blancas? (Bouvard). ¿Los valores de fraternidad y tolerancia de nuestras sociedades son compatibles con las barreras de alambre de espino alzadas en Hungría, Croacia, Eslovenia y Austria? ¿Cómo distinguir entre aquella muchedumbre de refugiados a los auténticos cristianos de los de origen musulmán? (Pécuchet) ¿Por qué no ofrecerles a su llegada un sándwich de jamón? (Bouvard). Acabo de leer en mi diccionario que en caso de gran amenaza o peligro pueden recurrir a la takiya, bueno, el disimulo de su fe y comerse el sándwich (Pécuchet). ¿Qué hacer entonces en caso de nuevos atentados? ¿Cuáles son los países más seguros? (Bouvard). Los dos personajes flaubertianos intercambian conjeturas. Cuanto más alejados de Eurabia y sus infiltrados mejor. Noruega les atrae, pero la presencia de inmigrantes magrebíes y turcos les llena de dudas. Islandia es más segura, mas la severidad del clima les desanima. Ambos consultan la oferta de destinos turísticos a paraísos remotos y plácidos. Con un sobresalto descubren que Sharm el Sheikh figura entre ellos. Abatidos, evocan las islas del Pacífico cuyos habitantes profesan el cristianismo. Únicamente allí pueden sentirse a salvo. Aunque que quizás…

¿La fraternidad y la tolerancia son compatibles con las barreras de alambre?
Cuatro. “No estés donde no deberías estar. Ni en las terminales de aeropuerto de vuelos nacionales o a otros puntos de destino, ya sean comunitarios o al resto del mundo. Ni en las líneas de metro, trenes y autobuses, por muy seguras que te parezcan. Ni en cafés, discotecas y otros locales de esparcimiento nocturno. Ni en oficinas, talleres, fábricas y demás lugares de trabajo. Tampoco en edificios administrativos, bancos y hospitales habitualmente atestados. Ni en estadios, conciertos raperos ni sitios incluidos por las agencias de viaje en sus circuitos turísticos. Las horas punta y los atascos urbanos son particularmente peligrosos. Como los ascensores, rascacielos, grandes almacenes y aparcamientos subterráneos. Sobre todo, no te quedes en casa a hojear los periódicos, seguir la tele o follar con tu cónyuge. Éste será siempre nuestro objetivo estratégico primordial”.
(El lector de este manifiesto premonitorio publicado hace ocho años en las páginas del Exiliado de aquí y de allá lo hallará en dicha novela junto a otras predicciones sombrías del futuro que nos aguarda en el mundo globalizado de hoy).
Juan Goytisolo es escritor.

domingo, 7 de julio de 2013

PRENSA. Sobre el golpe de Estado en Egipto. "Los errores de los Hermanos". Eva Sáenz-Díez Jaccarini

Foto en internet

   En "El País":

Los errores de los Hermanos

Autoritarismo, sectarismo, descuido de las redes de asistencia social y crecimiento del paro han desgastado a los Hermanos Musulmanes

 6 JUL 2013 

Pan, libertad y justicia social. Estas eran las reivindicaciones populares de la Revolución en Egipto de enero-febrero 2011. Siguieron 18 largos y difíciles meses de gobierno militar. Este periodo transitorio culminó en elecciones presidenciales. Por primera vez en la historia egipcia, tomaba las riendas del poder un miembro de la Hermandad de los Hermanos Musulmanes (HM). Pasaron, por así decir, de la cárcel al palacio presidencial. Perseguidos por los sucesivos gobiernos desde su creación en 1928, el éxito electoral de junio de 2012 fue para ellos la culminación de más de 80 años de lucha y de perseverancia. Pero poco les duró este éxito tan esperado y deseado.
Los Hermanos Musulmanes en el poder (2012-2013). En junio del 2012, el candidato HM, Mohamed Morsi, toma las riendas del país. Además del camino político transcurrido a lo largo de estas décadas, los HM han sabido cubrir el vacío dejado por el régimen de Mubarak y desarrollaron una labor social impresionante en todo el país; eso sí, llevando a cabo también una tarea de adoctrinamiento. Debido a su trayectoria histórica y política, se trataba, y de hecho sigue siendo, el grupo político mejor organizado y preparado. Gozaban por lo tanto del apoyo, o por lo menos de la simpatía, de buena parte de la sociedad. Pero poco a poco, este a priori positivo —y digo a priori porque nunca habían tenido la oportunidad de ejercer el poder— fue degradándose hasta alcanzar la situación a la que hemos asistido en estos últimos días.
Pero ¿cómo consiguieron gastar y erosionar este capital en un tiempo récord? Las principales razones de orden político son un comportamiento altamente autocrático, que ya no era aceptable en la sociedad egipcia post-2011. El establecimiento de un sistema sectario, basado esencialmente en la exclusión de los oponentes, aludiendo razones teológico-religiosas colaboró al descontento. Es decir que los miembros de la oposición, activistas o manifestantes enfrentados a su política, eran “acusados” de ser infieles y ateos. Además, esta retórica incrementó las ya existentes tensiones inter-confesionales, sobre todo dirigidas en contra de los coptos, pero que culminaron hace poco en el linchamiento público de cuatro chiíes.
La ausencia de estrategia, bien por falta de visión política, por incompetencia o por voluntad de inmovilismo, tuvieron igualmente un efecto pésimo sobre la sociedad egipcia. A nivel social, hemos de destacar el abandono por parte de la Hermandad de la red de ayudas sociales cuidadosamente tejida a lo largo de varias décadas. Parece que el acceso al poder les impedía seguir llevando a cabo su labor social y caritativa. Este desinterés creciente les restó una vez más credibilidad.
En cuanto a la situación económica, tampoco estuvieron a la altura. La tasa de desempleo siguió disparándose, las reservas de divisas cayeron a niveles alarmantes. La crisis energética (cortes de luz y graves problemas de abastecimiento en carburantes) aumentó el descontento. Sin hablar de la galopante inflación que no pudieron frenar.
Tamarrud. El movimiento de Rebelión, Tamarrud en árabe, tenía como principal objetivo, pedir la renuncia del presidente Morsi. Y según las cifras facilitadas por el movimiento, consiguieron recaudar 22 millones de firmas. Habían convocado manifestaciones multitudinarias para el domingo 30 de junio, primer aniversario de la llegada al poder de Mohamed Morsi, y varios millones de manifestantes acudieron a la cita. Tres días más tarde, ¡era informado el presidente Morsi de su destitución!
¿Golpe de estado militar o sublevamiento popular? Desde entonces, un debate prevalece en Egipto, y fuera de Egipto. ¿Se trata de un golpe de estado militar o de un sublevamiento popular y democrático logrado gracias a la ayuda del Ejército?
Sería interesante detenerse un instante sobre el significado, la percepción, el sentido del término democracia/democrático.
Lo que está claro es que democracia/democrático implica la voluntad del pueblo. Y se podría decir sin lugar a duda que los diversos procesos electorales que tuvieron lugar en Egipto desde 2011 no corresponden totalmente al término “democrático”.
Hemos asistido a campañas de referendos o elecciones parlamentarias y legislativas en las cuales habían sido presentados argumentos de peso, de peso pesado para un país como Egipto: aquél que no rellene la casilla indicada, será considerado como hereje o infiel. Campañas electorales durante las cuales son distribuidos productos de gran consumo —sacos de arroz, de harina o de azúcar— en contrapartida de tomar la buena decisión a la hora de votar, ¿releva de un proceso democrático? Igualmente, el hecho de intimidar, véase impedir el acceso a los colegios electorales a cierta parte de la población —los coptos en zonas del Alto Egipto concretamente—, ¿podría definirse como siendo democrático?
Supuestamente no, y muchos egipcios lo saben. De alguna manera, lo que ha pasado estos últimos días, revela una voluntad de decir Kefaya!, ¡Basta ya!, a este supuesto parecer democrático. La democracia no pasa únicamente por las urnas. La democracia supone un gobierno incluyente, un presidente que sirva los intereses del pueblo y no de la Hermandad a la que pertenece. Implica un presidente que respete un estado de derecho y que no se comporte con la sociedad, como con sus siervos.
La situación actual y las perspectivas. Poco se puede decir todavía sobre lo que espera el país. Abdel Fatah el Sisi, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, y actual hombre fuerte del país, es más bien desconocido. En un clima altamente inestable, donde una dinámica revolucionaria prevalece, ¿qué opciones tendrá este nuevo gobierno de transición? ¿De qué margen de maniobra dispondrá el presidente interino de Egipto, Adli Mansur frente al Ejército? Poco se sabe de esta figura. Presidente del Consejo Constitucional desde el día 1 de junio, Mansur parece ser una persona pausada y de consenso. Desde luego la tarea que tiene que llevar a cabo no será de las más envidiables tanto a nivel económico-social, como para llegar a un consenso político. Y eso sí. Si Egipto quiere encaminarse realmente hacia una democracia, el pueblo tendrá que estar atento y no permitir nuevas derivas autocráticas y excluyentes. ¡Todo un reto que será ciertamente difícil de conseguir
Eva Sáenz-Díez Jaccarini es Doctora e investigadora sobre el Mundo árabe y musulmán en la Universidad Autónoma de Madrid y en la Universidad de París 8. Es autora del libro "D'une revolution à l'autre. Politiques d'enseignement et changements sociaux" (Publisud, París, 2013).

PRENSA. Sobre el golpe de Estado en Egipto. "Más democracia". Francisco G. Basterra

Foto en internet

   En "El País":

Más democracia

Lo ocurrido estos dramáticos días en Egipto es la continuación del dominio ininterrumpido ejercido por los militares. La vuelta a la clandestinidad de los islamistas sería un desastre, no solo para Egipto

 5 JUL 2013

El Ejército egipcio no es el salvador de la patria ni la conciencia de la nación, como ha afirmado el nuevo presidente títere de la mayor nación árabe, sino el autor de un golpe de Estado de libro que ha puesto fin a un Gobierno elegido democráticamente por primera vez en la milenaria historia del país del Nilo. Lo ocurrido estos dramáticos días en Egipto es la continuación del dominio ininterrumpido ejercido por los militares desde que el coronel Nasser y sus jóvenes oficiales derrocaron a la monarquía en 1952. Desde entonces gobiernan el país lucrándose con su corrupto manejo de sectores importantes de la economía. No está de más viendo las ambiguas e hipócritas reacciones de bastantes países democráticos, equidistantes entre los golpistas y Morsi, recordar lo elemental. Obama, satisfecho sin poder decirlo, se ha mostrado “profundamente preocupado” por la acción militar pero no lo suficiente para condenar el golpe. Es impensable que el general Al Sissi se lanzara a darlo sin el placet de Washington, que suministra a los militares egipcios 1.000 millones de euros anuales de ayuda. La democracia implica sobre todo el respeto a la voluntad expresada mayoritariamente en las urnas, son exclusivamente los ciudadanos quienes deciden su futuro y no los militares, subordinados al poder civil. En España necesitamos un 23-F para resolverlo. Los pretorianos egipcios se han creído los intérpretes del pueblo y han decidido que Morsi no cumplía lo que la calle esperaba. ¿Cuántos gobiernos democráticos aguantarían esta prueba del algodón de promesas incumplidas? Una ola de indignación en España saca del poder a Rajoy con su mayoría absoluta, por el incumplimiento de su programa electoral, el control del poder judicial, la insufrible tasa de paro, y los recortes en sanidad y educación. Y este tsunami populista es ejecutado por el Ejército.
La ignominia democrática perpetrada en Egipto: abolición de la Constitución, arresto del presidente legítimo, y de decenas de dirigentes políticos islamistas, el cierre de tres canales de televisión partidarios de Morsi, ha contado con un gran apoyo popular siendo celebrada con fuegos artificiales en la plaza Tahir. Ocurrió lo mismo en Chile en 1973 donde Allende pagó con su vida el golpe de Pinochet. Morsi a última hora también prometió pagar con su sangre la defensa de la legitimidad. No fue necesario. Los mismos policías que torturaron y asesinaron a los jóvenes que hace dos años se levantaron contra el dictador Mubarak, otro militar, y el mismo Ejército que intentó hasta el final defender al antiguo rais, para finalmente abandonarlo y convertirse en Junta Militar conservando su gran poder en el nuevo régimen, son lo que ahora han permitido la quema de la sede de los Hermanos Musulmanes en el Cairo sin intervenir, y las violaciones en la plaza Tahrir para demostrar el caos que justificaba su intervención. El Ejército fue una mala comadrona de la democracia en 2011 y volverá a serlo ahora. Las masas hoy ebrias de contento se desencantarán, lo mismo que lo lamentarán los políticos laicos que no fueron capaces de ganar las elecciones y ahora vergonzantemente se han prestado a la mascarada anticonstitucional, posando junto al golpista general Al Sissi, para salvar presuntamente al país de una guerra civil.
En la primavera democrática de El Cairo, la calle pedía pan, trabajo y dignidad. Morsi no ha dado al pueblo ni pan ni trabajo. La situación económica es caótica, uno de cada dos egipcios están bajo el nivel de la pobreza, establecido en 1,54 euros al día; el turismo, la principal fuente de ingresos, se ha desplomado; la criminalidad se dispara; sube el precio de la gasolina a pesar de estar subvencionada; los cortes de electricidad son frecuentes; se retrae la inversión exterior, compensada en parte por generosos fondos saudíes y de Catar, los hermanos suníes. La nueva democracia no ha dado de comer. Morsi ha incumplido sus promesas de reconciliación polarizando al país. Se arrogó poderes extraordinarios y fabricó una constitución excluyente a medida del islamismo.
¿Quién debe adaptarse, la sociedad moderna al Corán o al revés? Morsi no quiso o no pudo poner en su sitio al Estado profundo, los servicios de inteligencia y seguridad, el poder judicial contaminado por los nostálgicos de Mubarak, que vieron siempre a los hermanos musulmanes como unos intrusos ilegítimos. Pero su incompetencia no justifica la sustitución de las urnas por las bocachas de los fusiles. La vuelta a la clandestinidad de los islamistas sería un desastre no solo para Egipto. Conviene recordar: en 1991 se produjo por primera vez el triunfo democrático de una opción política islámica, la del FIS en Argelia, las elecciones fueron anuladas y una guerra civil de diez años se saldó con 200.000 muertos. ¿Son compatibles el islamismo y la democracia? ¿Qué hacer cuando solo la democracia no basta? Más democracia.

lunes, 17 de junio de 2013

PRENSA. "Irán, desgarrado por poderes intransigentes". Antoni Segura


   En "El País":

Irán, desgarrado por poderes intransigentes

La verdadera lucha no se libra en las calles, sino en el corazón del núcleo religioso-militar que se consolidó tras la revolución de 1979. Entre unos y otros pueden ahogar las aspiraciones de una población en gran parte joven

 11 JUN 2013

La primavera árabe empezó en Irán, un país musulmán pero no árabe. Fue en junio de 2009, tras la discutida reelección de Mahmud Ahmadineyad, cuando la oposición reformista utilizó las redes sociales para convocar manifestaciones denunciando el fraude electoral. Pero los manifestantes fueron reprimidos por los matones del régimen (basiyís) y por los Guardianes de la Revolución (pasdarán), un cuerpo paramilitar creado por el ayatolá Jomeini tras la revolución de 1979 y cuyo Consejo tiene la facultad de decidir los candidatos que finalmente pueden presentarse a las elecciones presidenciales.
De los 686 aspirantes inscritos solo ocho han pasado el filtro, aunque la última palabra la tiene el líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei. Dos de los excluidos, el expresidente del Parlamento (1980-1989) y de la República (1989-1997) Ali Akbar Hachemi Rafsanyaní, uno de los hombres más ricos del país y determinante en la consolidación del régimen a principios de los ochenta —pero que abrió las puertas al reformismo y apoyó a Mir Hosein Musavi (primer ministro entre 1981 y 1989) en las elecciones de 2009—, y Esfandiar Rahim Mashaei, el protegido de Ahmadineyad, indican que el núcleo duro del régimen ha cerrado filas en torno a Jamenei, cuyo poder absoluto había sido contestado en los últimos años por el actual presidente. Al final han quedado solo cinco candidatos de demostrada fidelidad al líder supremo, los denominados principalistas, y tres candidatos con pocas opciones y entre los que destaca Hasan Rohani, que habían ocupado cargos durante la presidencia del reformista Mohamed Jatamí (1997-2005) y gozan de su confianza. De los ocho, Said Yalilí, actual jefe de las negociaciones del programa nuclear iraní con los organismos internacionales, es quien cuenta con el apoyo más claro de Jamenei, hasta el punto de que el resto de candidatos principalistas posiblemente se retirarán. Rafsanyaní y Mashaei han anunciado que recurrirán su exclusión ante el líder supremo.
En Occidente, la historia política de Irán de las dos últimas décadas se ha interpretado como la de un creciente enfrentamiento entre conservadores y reformistas. Sin embargo, los reformistas (Rafsanyaní, Musavi) ocupaban puestos claves en la década de los ochenta coincidiendo con la guerra contra Irak, la represión de la oposición, la consolidación del régimen de teocracia colectiva liderado por Jomeini y la creación de la Guardia Revolucionaria (pasdaran). La desaparición de Jomeini en 1989 abrió una lucha por el poder entre los que más propiamente cabría denominar ultraconservadores y los pragmáticos. La verdadera lucha por el poder en Irán no se libra en las calles, sino en el corazón mismo del poder religioso-militar que se consolidó tras la revolución de 1979.

La reelección de Ahmadineyad en 2009 necesitó de todos los mecanismos del Estado
En 1989, ese bloque de poder se fracturó. Los dirigentes más pragmáticos, después identificados con el reformismo, creían que, tras una guerra que había arruinado al país, había que poner fin al aislamiento internacional ofreciendo una cara más amable y aperturista del régimen —función que asumieron Rafsanyaní y Jatamí entre 1989 y 2005— para no renunciar a lo esencial: preeminencia del poder religioso, control político y discriminación de género. Por el contrario, los dirigentes más inmovilistas pensaban que cualquier apertura acarrearía el final del régimen y, tras la experiencia reformista de Jatamí, cerraron filas apostando por un candidato ultraconservador, antioccidental y populista para cerrar el paso al retorno de Rafsanyaní. Y Ahmadineyad supo movilizar la frustración de los sectores más pobres de la población y las redes clientelares del grupo conservador Abadgaran, que tenía la mayoría en el Parlamento, para convertirse en el primer presidente que no era un ayatolá. Contó también con la inestimable ayuda (se supone que involuntaria) de los neocons que incluyeron a Irán en el “Eje del Mal” y que con las ocupaciones de Afganistán e Irak contribuyeron a aislar todavía más a Teherán.
En este nuevo escenario, los reformistas se convirtieron en sospechosos de favorecer los intereses de Occidente y de traicionar la revolución, el icono del martirio para millones de excombatientes pobres de la guerra contra Irak. Pero en 2009, la apelación a los mártires de la guerra, a la vieja retórica del discurso islamista radical, pero conservador, y a una revolución que 20 años después se mostraba incapaz de mejorar la economía del país y el nivel de vida, ya no servía. Hizo falta, pues, utilizar todos los mecanismos del Estado para garantizar la reelección de Ahmadineyad, que fue contestada con denuncias de fraude por los reformistas, cuyos principales candidatos (Musavi y Mehdí Karrubí) permanecen en arresto domiciliario desde 2011.
Tras el segundo mandato de Ahmadineyad, la situación ha empeorado. Su obstinación en continuar con el programa nuclear iraní —supuestamente con finalidades civiles, para lo que cuenta con un apoyo no incondicional de Rusia y China— y, sobre todo, los efectos económicos derivados de las sanciones impuestas por Estados Unidos y la UE a las exportaciones de petróleo y a los seguros de los fletes, ya no permiten garantizar la paz social mediante una combinación de subsidios y puritanismo (Gilles Kepel). Las exportaciones de petróleo han caído de los 2,5 millones de barriles diarios en 2011 a los 1,5 millones de mediados de 2012, lo que supone una pérdida de casi 3.000 millones de dólares mensuales. La UE, que representaba el 20% del mercado de petróleo iraní, ha sustituido esas importaciones por las de otros países; también India y China, de donde proceden la mayoría de productos manufacturados que consume Irán, han reducido sus importaciones de crudo. Paralelamente, el precio del petróleo descendió en la primavera de 2012 y, tras una leve recuperación, se presenta a la baja desde febrero de 2013 (en abril, el barril de Brent se cotizaba por debajo de los 80 euros). En consecuencia, la inflación y el paro han crecido en los últimos años, al mismo tiempo que disminuía la productividad agrícola y el crédito, según reconocía incluso el principalista mejor situado, Yalilí.
Además Teherán también se enfrenta a un contexto regional cada vez más desfavorable. Sus dos principales aliados, el régimen de Bachar el Asad y Hezbolá, se juegan el futuro en Siria, conflicto que también está repercutiendo en las relaciones de Teherán con Ankara; mientras que Benjamin Netanyahu amenaza con una intervención militar —impensable sin Estados Unidos— para acabar con el programa nuclear iraní.
En definitiva, las elecciones se celebrarán en un marco de creciente malestar social: el pasado 5 de junio, en el funeral del ayatolá Jalaledin Taheri, se oyeron proclamas a favor de Musavi y Karrubí, y en contra del régimen. En contrapartida, el cada vez más reducido bloque de poder ha endurecido la represión y la censura, ha prohibido las antenas parabólicas y ha obstaculizado el acceso a Internet. La exclusión de Rafsanyaní ha indignado a la oposición e incluso una hija de Jomeini, Zahra Mostafavi, simpatizante de los reformistas, refiriéndose a Jamenei y Rafsanyaní, ha denunciado que, en lugar de trabajar juntos como deseaba su padre, “la gradual separación entre ustedes dos será el mayor golpe a la revolución”.

Ahora la situación es peor por la obstinación en el programa nuclear y las sanciones económicas
No hay duda de que las elecciones del 14 de junio son trascendentales para un bloque de poder cada vez más reducido e intransigente y para el futuro del país. Como tampoco hay duda de que en ese río revuelto donde colisionan el régimen y la oposición intentan pescar actores externos que, desde Riad a Washington, pasando por Tel Aviv y otras capitales árabes y occidentales, desearían reducir el poder regional y la influencia de Irán en Oriente Medio y Asia Central. Sería trágico que entre unos y otros ahogaran las legítimas aspiraciones de una población, mayoritariamente joven (edad media de 26,3 años; un 60% de la población tiene menos de 30 años), para la que la revolución de 1979 queda ya muy lejos y el régimen ha dejado de colmar sus expectativas de futuro.
Antoni Segura es catedrático de Historia Contemporánea y director del Centre d’Estudis Històrics Internacionals (CEHI) de la Universidad de Barcelona. Autor de Estados Unidos, el islam y el nuevo orden mundial. De la crisis de los rehenes a la primavera árabe (Alianza, 2013).

miércoles, 17 de abril de 2013

PRENSA. "Las promesas rotas de la 'primavera árabe'". Reportaje

Manifestación de protesta contra el régimen de Hosni Mubarak, en febrero de 2011 en Alejandría, en el norte de Egipto. / DYLAN MARTÍNEZ (REUTERS) ("El país")

   En "El País":

Las promesas rotas de la ‘primavera árabe’

El integrismo y el desgobierno dejan aparcadas las esperanzas de avance para la mujer

Crecen las agresiones, pero también aumenta el activismo feminista

 13 ABR 2013

Había mucha esperanza para ellas en las revoluciones de la primavera árabe. En Egipto las mujeres se manifestaban contra un régimen autoritario mano a mano con sus compañeros varones. Parecía que un nuevo amanecer democrático traería libertad, igualdad y nuevas oportunidades. Más de dos años después, ante el avance de grupos islamistas por las vías legítimas de Gobierno y, ante la inestabilidad, la inseguridad y el desgobierno en el que han quedado las calles del país, las mujeres se encuentran en una situación mucho más compleja y delicada. Algunas, incluso, confiesan que bajo el régimen de Hosni Mubarak vivían mucho mejor.
El caso de Egipto es especialmente sensible, entre el resto de países de la primavera árabe. Allí, unas elecciones consideradas justas y transparentes han llevado a una situación de gran incertidumbre e inquietud en las calles. El 25 de enero, cuando se conmemoraba el segundo aniversario del inicio de las protestas que llevaron al derrocamiento de Mubarak, la plaza de la libertad se convirtió, en parte, en un lugar de violencia e indignidad. Al menos 19 mujeres fueron agredidas sexualmente en la icónica plaza de Tahrir, varias de ellas violadas por turbas de jóvenes descontrolados, según denunciaron varios grupos de defensa de los derechos humanos. La policía se hallaba en paradero desconocido. Quedaban solas esas mujeres para intentar defenderse a sí mismas.

El auge conservador en Egipto es el mejor ejemplo de la situación
Al desgobierno en las calles de Egipto se le ha añadido el avance de grupos, antes acallados o prohibidos por Mubarak, que ahora tratan de hacer de su interpretación conservadora del Corán la legalidad vigente en el país. Solo bajo esa luz se entiende que alguien como el legislador Reda Saleh al Alhefwani, del partido político afiliado a la sociedad de los Hermanos Musulmanes, se preguntara en una comisión parlamentaria recientemente: “¿Cómo le piden al Ministerio del Interior que proteja a una mujer cuando ella misma se mezcla con hombres?”.
En semejante contexto, hasta los elementos más radicales de la sociedad se han visto legitimados a decir lo que les place. El jeque Abu Islam, un predicador televisivo, ha comparado a las mujeres que se manifiestan con “ogros, sin vergüenza, educación, miedo o, incluso, feminidad”.
“Hay un clima de violencia contra las mujeres", explica la socióloga Imam Bibars, directora regional de la organización Ashoka Arab World. “Lo que se ve tras el ascenso al poder del presidente Mohamed Morsi no es un aumento del acoso sexual en las calles. Es violencia contra las mujeres, para eliminarlas de la vida pública, para dejarlas de lado. Es un movimiento planificado, pensado y acometido por los fundamentalistas, tanto en el Gobierno como en grupos más extremistas, como los salafistas. Lo que vemos es una campaña para asustar a las mujeres, para forzarlas a que callen y que no formen parte del movimiento que quiere avanzar la democracia”, añade.

Al menos 19 mujeres fueron violadas en la plaza de Tahrir en el aniversario del revolución
“Y si las mujeres en El Cairo están asustadas, las de las zonas rurales y remotas mucho más. Yo misma me lo pienso dos veces ahora antes de ir a cualquier sitio a solas, sin la compañía de amigos varones o mujeres. Sé que hay animales en muchos sitios”. Bibars lo tiene claro: “Si los que ahora mandan siguen en el poder, y se les deja hacer lo que quieran, Egipto acabará como Afganistán o como Irán. Quieren hacerlo y lo lograrán si se les deja”.
Las activistas egipcias citan un ejemplo reciente que ha confirmado sus temores. La rama en Egipto de los Hermanos Musulmanes, un grupo que ha extendido su poder en el mundo árabe tras las revueltas de la primavera árabe, y cuyos aliados controlan el Gobierno en ese país, criticó duramente el pasado mes de marzo una resolución de condena a la violencia contra las mujeres debatida en un comité de la Organización de Naciones Unidas.
“Esa declaración, de ser ratificada, llevaría a la desintegración de la sociedad y, sin duda, sería el paso final en la invasión intelectual y cultural de los países musulmanes, al eliminar la especificidad moral que ayuda a preservar la cohesión de las sociedades islámicas”, dijeron los Hermanos Musulmanes en un comunicado oficial. Entre otras cosas, critican que la ONU quiera “concederle la igualdad de derechos a las mujeres adúlteras y a los hijos ilegítimos de esas relaciones adultas”, “ofrecer protección y respeto a las prostitutas”, “la abolición de la poligamia” y, sobre todo, “anular la necesidad del consentimiento de un marido en asuntos como viajar, trabajar o emplear anticonceptivos”.

Las presentadoras de la televisión pública vuelven a llevar velo
“Ese es un comunicado muy útil, en realidad", opina Heba Morayef, directora de la oficina de Human Rights Watch en Egipto. “No proviene de un sector extremista y aislado, sino de la sociedad de los Hermanos Musulmanes en sí misma, difundido en su página web en inglés y en árabe. Ahora sabemos con quién tratamos, una plataforma islamista socialmente conservadora. No sorprende por lo que se dice en el comunicado, sino porque procede de una agrupación a la que están afiliados el partido mayoritario en el Congreso y el presidente de Egipto, y que está comprometida con el avance de la sharía, o ley islámica”, añade.
Ante esa perspectiva, muchas mujeres dicen algo ahora impensable durante los días de la revolución de 2011. “Con Mubarak, en este apartado, estábamos mejor”, asegura la activista Dalia Ziada, que fue candidata en las primeras elecciones parlamentarias libres del país. No lo duda. Lo repite, de hecho, varias veces. “Su mujer, Suzanne Mubarak, tuvo un gran papel en la aprobación de una ley de 2007 que prohíbe la ablación genital femenina. Ahora los salafistas quieren anular esa ley”, explica.
En mayo de 2012 el legislador Nasser al Shaker, del partido salafista Nour, pidió, de hecho, que se permitiera reinstaurar la práctica de extirparle el clítoris a las mujeres, de acuerdo con su interpretación de los preceptos del Corán.
“Este régimen promueve la violencia contra las mujeres para, de ese modo, asustarlas y apartarlas de las manifestaciones”, añade Ziada. “Si las familias ven que en las calles no hay seguridad, no dejarán acudir a las protestas a sus hijas. Las propias mujeres se lo pensarán dos veces antes de unirse a una manifestación. Son métodos a los que ya recurría Mubarak, pero ahora las cosas han cambiado a peor. Mubarak no era perfecto. El régimen tenía muchos problemas. Pero en lo que respecta a derechos de las mujeres, la situación ha empeorado notablemente”, añade.

“Hay en marcha un fuerte movimiento y no se rinden”, insiste una analista
Mucho se debatió sobre el futuro de la mujer en Egipto el pasado mes de septiembre, cuando la presentadora de televisión Fatma Nabil dio el parte en el Canal 1 de televisión tocada con un velo islámico que le cubría cabello y cuello. Fue toda una novedad. No porque el velo apareciera en televisión, algo que era común en cadenas privadas, sino porque el Canal 1 es público y hasta entonces las presentadoras que habían aparecido en él llevaban todas el pelo descubierto. La norma no escrita de que los asuntos confesionales quedaban fuera de los medios informativos públicos quedaba entonces rota.
Aquel incidente, sin embargo, fue una anécdota, un pequeño aparte comparado con los verdaderos problemas que vive Egipto dos años después de la revolución. La mayoría de mujeres en Egipto lleva velo y, para muchas, verlo en televisión no es un asunto de derechos civiles o no.
Las verdaderas amenazas se hallan en la calle. Muchas de las activistas entienden y asumen la contradicción que se vive en la resaca de la primavera árabe. Las mujeres se ven agredidas. Sus derechos se ven gravemente amenazados. Pero muchas de ellas han decidido que no van a ser acalladas, y toman un papel cada vez más protagonista en la vida civil y política de su país.

“Muchas más mujeres deciden denunciar las agresiones”, asegura una docente
“Hay más mujeres defendiendo sus derechos, y más mujeres activistas”, asegura Rabab el Mahdi, profesora de Ciencia Política en la Universidad Americana de El Cairo. “Con la primavera árabe se han roto muchos tabúes en ese sentido. Paralelamente ha habido un incremento en las agresiones a las mujeres. El problema de la agresión sexual en Egipto siempre ha estado ahí, no es algo nuevo. Pero con la revolución se ve más, y más mujeres han decidido protestar y denunciar a sus agresores. Por otro lado, antes había una gran presencia del aparato de seguridad del Estado, controlada por el régimen, que ahora ha desaparecido. Hay menos policía en las calles, y los agresores tienen más margen de maniobra, lo que ha llevado, también, a un aumento de las agresiones”, añade.
Ha habido mujeres valientes que han dado el paso de hablar públicamente de la lacra del acoso sexual en Egipto. La periodista Hania Moheeb fue una de las agredidas en la plaza de Tahrir el 25 de enero. Una turba la rodeó en la oscuridad, la desnudó y la violó durante tres cuartos de hora. Con gran coraje, el mes pasado la reportera decidió relatar ese calvario. En una entrevista en la cadena de televisión NBC contó que entre el grupo que la violó había hombres que fingían acudir en su ayuda. “Lo que sé es que mi cuerpo fue violado hasta el último segundo en que se me pudo poner en una ambulancia”, dijo.
Egipto se halla en una compleja y delicada situación social, política y económica. Los partidos salafistas han ganado fuerza en las calles, ejerciendo presión sobre el Gobierno de Morsi e incitando a las agresiones contra cristianos y musulmanes chiíes.

“Con Mubarak, en este apartado, estábamos mejor”, señala una activista
Las reservas de moneda extranjera están un 60% por debajo de los niveles de hace dos años. El país ha solicitado un préstamo por valor de 3.600 millones de euros al Fondo Monetario Internacional, que ha puesto como condiciones una serie de reformas de austeridad que, con toda seguridad, incrementarán el descontento en las calles.
En ese contexto, en marzo el presidente se apresuró a presentar una iniciativa nacional para proteger a las mujeres y sus derechos. Dijo que los principales problemas para las féminas de Egipto son el analfabetismo, el desempleo y el acoso sexual. “Esta iniciativa pondrá fin a cualquier intento de marginalizar a las mujeres, reducir sus derechos o suprimir su libertad o dignidad”, dijo el presidente en un discurso recogido por varios medios locales. No dio más detalles.
En su Ejecutivo hay solo dos mujeres. Tras las elecciones legislativas de hace más de un año, el Parlamento quedó conformado con apenas un pequeño 2% de féminas, muy por debajo del 12% de los últimos años de Mubarak.
“Por muchas trabas que pongan, no creo que puedan anular a las mujeres políticamente. La revolución ha puesto en marcha un movimiento muy fuerte, y las mujeres siguen muy activas en la oposición, y no se rinden”, asegura Fatemah Khafagy, analista egipcia experta en asuntos relativos a los derechos de las mujeres. “Creo que a los Hermanos Musulmanes les asustamos las mujeres, porque en cierto modo temen que votemos más que los hombres y que les podamos echar del poder. Y, de ese modo, van eliminando cuotas y van cambiando leyes, utilizando la religión para decirnos a las mujeres que nuestro lugar está en casa, no en la esfera pública. Pero no está funcionando”, opina.
Bajo el dominio de Hosni Mubarak, el régimen acallaba a los disidentes y silenciaba a los grupos islamistas. Con la democracia, estas activistas mujeres sienten que la mayoría política quiere enmudecerlas a ellas, con la excusa de una religiosidad, para ellas, debería limitarse al ámbito de la esfera privada, y no exhibirse desde el Gobierno. Para ellas, la lucha por sus libertades comenzó hace dos años, y dista mucho de haber acabado.

jueves, 23 de febrero de 2012

PRENSA. "La caída de los tiranos", por Lluís Bassets

Lluís Bassets

   En "El País":
La caída de los tiranos
   La ‘primavera árabe’ se puede explicar por la unidad de sus gentes y la unidad de sus sufrimientos: Lluís Bassets disecciona las claves en su libro 'El año de la revolución'.

Lluís Bassets 19 FEB 2012
 
   ¿Por qué ahora, entre el invierno y la primavera de 2011? ¿Por qué no sucedió antes, en 2008, por ejemplo, cuando ya crecía el descontento por los precios de los alimentos? ¿Por qué, primero en Túnez y luego en Egipto? ¿Por qué no empezó por Argelia o por Marruecos? ¿Por qué han tardado tanto en caer estos regímenes, al final tan débiles y vulnerables? ¿Y por qué un contagio tan rápido en muchos casos entre países tan distantes y heterogéneos?
   Una revolución es algo inesperado por definición. Las explicaciones convincentes llegan después, a pelota pasada, una vez ya ha tenido lugar. Nos servirán para entender tanta estabilidad previa, es decir, para explicar la idea conservadora que la hacía impensable. Así ha sucedido siempre, y no iba a ser este caso una excepción.
   En el caso de la primavera árabe se da, además, una necesidad adicional: no se trata tan solo de saber cómo llegaron los impulsos revolucionarios de un país a otro, sino, sobre todo, de explicar el porqué de los efectos en cadena, tan imprevistos como la revolución misma; recordemos el sonsonete: Egipto no es Túnez. Recordemos cómo los hechos lo desmintieron.
   Hay épocas revolucionarias en las que un solo país es el que trastoca el orden social y político establecido, en medio del mayor aislamiento internacional; pero hay otras en las que la primera ignición de la llama revolucionaria desencadena el efecto dominó tan temido por la contrarrevolución. Cuando esto sucede, como ha sido el caso, alguna razón habrá también para explicar el alcance de un fenómeno que abarca una región del planeta tan extensa y variada en regímenes, demografía, rentas, recursos naturales e, incluso, religiones o, al menos, ramas de la misma creencia.
   El efecto en cadena se puede explicar por la unidad de la nación árabe y la unidad de sus sufrimientos: jamás había prosperado una revolución ciudadana y democrática en este territorio aparentemente hostil al gobierno del pueblo. En monarquías y en repúblicas, en países petroleros y en países turísticos, con el islam rigorista y con el islam tolerante, la autocracia ha sido hasta ahora la forma de gobierno imperante, con exclusión y anulación del ciudadano individual y de cualquier sistema eficaz de garantías en el ejercicio de la democracia: división y equilibrio de poderes independientes, Estado de derecho, alternancia de poder y parlamentarismo democrático.
   Además del sustrato que pueda haber en común en una región tan variada, hay un mecanismo que ha funcionado sin duda alguna: los ciudadanos de estos países se sienten vinculados entre sí y observan lo que sucede en cada uno de ellos como una posibilidad que puede hacerse efectiva en el suyo propio. Es de efectos devastadores para los autócratas ver cómo funciona la fuerza del ejemplo en unas opiniones públicas que se sienten profundamente vinculadas en una comunidad de lengua y de civilización, impulsada en nuestra época por los medios de comunicación globales. Es significativo el uso reiterado del mismo eslogan surgido de Túnez en todas las revueltas árabes: “El pueblo quiere la caída del régimen” (ash-shab yurid isqat an-nizam).
   El carácter panárabe de la revolución, por tanto, radica más en la capacidad para comunicarse y sentirse parte de un mismo universo cultural e, incluso, sentimental, emulándose unos a otros, que en los deseos de superar efectivamente las naciones-Estado en el marco de una unidad política árabe que ahora nadie propone y que se halla, de momento, al menos, totalmente desaparecida del imaginario político de los jóvenes.
   Es un panarabismo televisivo, un nacionalismo árabe por defecto, casi un pospanarabismo que ha superado la etapa de las quimeras de una unidad supranacional como reacción al colonialismo, y que responde, por supuesto, a las nuevas condiciones de internacionalización de la economía y de globalización de las clases medias de lo que fue el Tercer Mundo.
   A un año de su estallido, el debate sobre la cadena de causalidad de la primavera árabe no ha hecho más que empezar. Pero hay un acuerdo generalizado sobre la existencia, al menos, de cinco claves de explicación: el peso de los jóvenes en estas sociedades; la coyuntura económica y, especialmente, el incremento de los precios de los alimentos; las inciertas sucesiones de autócratas instalados en el poder durante decenios; las nuevas formas de comunicación política y, finalmente, el ciclo de cambios geopolíticos y de desplazamiento del poder mundial en el que se inserta esta oleada revolucionaria.
   La explicación más intuitiva para el estallido de revueltas en cualquier país la proporciona la existencia de una nutrida población revoltosa. Allí donde abunda la población en edad joven, desocupada y descontenta, hecho harto frecuente entre los individuos de menos edad, podemos pensar que las posibilidades de disturbios que perturben el orden público, y que en determinadas circunstancias lleguen a retar al poder establecido, son más altas.
   Las revueltas de Mayo del 68 en todo el mundo fueron producto del baby boom de la posguerra. Lo mismo cabe decir de las revueltas árabes actualmente en marcha, que se producen en sociedades con una altísima proporción de jóvenes. Simplificando, podríamos decir que un tercio de los árabes tienen menos de 15 años; otro tercio, entre 15 y 25, y el tercio restante, más de 25. La media de edad de la población es de 29 años en Túnez y de 24 en Egipto, mientras que en España es de 40, o en Alemania, de 44.
   Emmanuel Todd, en su libro-conversación Allah n’y est pour rien, encuentra en las tasas de alfabetización y en la caída de la fecundidad las explicaciones para el cambio e, incluso, de las revoluciones. Cuando los hijos ya saben leer y las mujeres empiezan a controlar la natalidad se ha culminado la modernización. Así, desde el punto de vista demográfico, no es ni siquiera una casualidad que Túnez haya sido el país vanguardista en el estallido de las protestas, y Egipto el que llega a continuación, puesto que ambos países se encuentran entre los avanzados en cuanto a la evolución de su población.
   La transición demográfica (momento en que una sociedad alcanza un nivel de baja mortalidad y un tope en la natalidad que abrirá las puertas a sociedades envejecidas como las occidentales), que ha empezado en el conjunto de países árabes, en el caso de Túnez ya ha culminado, aunque en otros países revolucionarios como Yemen tardará todavía unas tres décadas en hacerlo. Otro dato significativo para el Túnez pionero en la revolución es que su tasa de fecundidad es la más baja de la región, del 1,9%, inferior a la de Francia.
   Un tercer elemento antropológico le ayuda a Todd a buscar la explicación: la caída en la tasa de matrimonios endogámicos, muy alta en las sociedades árabes tradicionales, donde la boda entre primos alcanza tasas históricamente muy altas (30%). “La irrupción de la democracia es la irrupción del ciudadano, el individuo libre en el espacio público, es la idea de la apertura, de la comunicación, mientras que la endogamia es lo contrario: la cerrazón del grupo familiar”, asegura el demógrafo.
   La plétora juvenil, que le sirve a Todd como parte de su explicación para la revolución, corresponde al estallido de la bomba demográfica que significa la multiplicación por cinco de su población en un siglo y la persistencia de un crecimiento anual del 2,3%. Un país como Egipto, con 20 millones de habitantes a principios del siglo XX, tiene ahora 70 y tendrá 121 en 2050. La transición demográfica terminará después del estallido de la bomba demográfica, que en los países árabes evidencian las cifras de una población de 172 millones en 1980, 331 millones en 2007, y 385 millones en 2015.
   Este crecimiento debe traducirse en necesidades de alimentos, agua, educación, sanidad, transportes y, sobre todo, en oferta de puestos de trabajo. Según el Informe de Naciones Unidas sobre Desarrollo Humano en el mundo árabe de 2009, deberían crearse más de 50 millones de puestos de trabajo hasta 2020 para cubrir la oferta juvenil que entrará en el mercado.
   La insatisfacción de los jóvenes revoltosos tiene que ver con todo este cúmulo de necesidades sin cubrir o mal cubiertas, pero se explica sobre todo por los niveles pavorosos de paro juvenil en sociedades con redes de protección comunitarias o familiares muy débiles o inexistentes. Se hace evidente, así, que la bomba demográfica tan temida desde los países occidentales ha estallado en toda la cara de las dictaduras árabes.
   Junto a la evolución demográfica actúa el factor más coyuntural, pero no menos profundo en sus efectos, como es la presente crisis económica y financiera; si bien los países de Oriente Próximo y África del Norte se han visto menos afectados o lo han sido más tarde, sobre todo los productores de energía, favorecidos por el mantenimiento de los precios. Así, en 2010 hubo países donde se registraron cifras de crecimiento muy altas, como el de Catar, del 16%, en un contexto regional para Oriente Próximo exclusivamente del 3,6%. O Libia, del 10,6%, con un crecimiento regional para África del Norte de algo más del 5%.
   El crecimiento no conduce a mejoras en la tasa de desempleo, que se sitúa para la región alrededor del 10% y significa la tasa más elevada del mundo. El desempleo entre los jóvenes es especialmente alto, cuatro veces superior al de los adultos, agravado por la llegada a la edad laboral de las generaciones más numerosas de la historia de estos países.
   Solo el 45,4% de las personas en edad laboral, casi una de cada dos, tiene trabajo. El desempleo femenino duplica en cifras al masculino, también en cotas máximas mundiales. Solo una de cada cinco mujeres trabaja, duplicando la proporción de la media mundial de desempleo femenino. Hay que contar, además, la baja calidad de los puestos de trabajo, en cuanto a salario, tipo de contrato, cobertura social, escasa y mala sindicalización y precariedad, así como la extensión de la economía informal.
   La coincidencia entre las revueltas y la profundización de la gran recesión en Europa, donde hay países que empiezan a registrar tasas altísimas de desempleo, permite pensar que el taponamiento de la válvula migratoria hacia los países europeos también ha contribuido a incrementar la tensión en los países del Magreb, los principales exportadores de mano de obra. Una de las características de la región es que el desempleo golpea intensamente incluso a los jóvenes que han recibido mejor educación, algo que es especialmente evidente en países como Túnez.
   Las proporciones varían extraordinariamente, sobre todo cuando incluimos en las comparaciones los países petroleros del golfo Pérsico, algunos sin apenas niveles relevantes de paro entre sus jóvenes, pues se trata de población subsidiada gracias a las rentas del crudo. Argelia registra un 43% de paro juvenil, mientras que Emiratos Árabes Unidos apenas alcanza el 6,3%.
   La plétora demográfica que explica la efervescencia revolucionaria juvenil también permite interpretar las revueltas como una reacción casi biológica de unas sociedades que se hallan a punto de dilapidar el mejor capital con que se puede contar para la modernización, como es la existencia de unas generaciones jóvenes abundantes e, incluso, mejor preparadas que las anteriores. Esta reserva de energías estancada por la falta de libertad de las dictaduras y por los subsidios desincentivadores de los Estados rentistas ha terminado estallando y reclamando el protagonismo político y económico que los jóvenes árabes no han podido tener nunca en la historia de sus países.
   Los países árabes han conocido históricamente series de revueltas vinculadas a la inflación y a la pérdida de capacidad adquisitiva por parte de las clases populares, sobre todo respecto a los productos básicos, es decir, los alimentos. Son las revueltas del pan, casi siempre resueltas con una combinación de represión y de reparto de este manjar básico. Esta vez, también el incremento en el precio de los alimentos se cuenta entre los elementos causantes de las revueltas, y casi todos los regímenes han reaccionado con la respuesta reglamentaria de actuación inmediata y urgente sobre los precios, quitando o rebajando impuestos y tarifas, aumentando subsidios directos e, incluso, en algunos casos, como en Arabia Saudí, proporcionando ayudas directas en dinero a las familias: solo en el capítulo de ayudas directas, 2011 ha sido un año de reparto entre los ciudadanos del maná controlado por los gobernantes. (...)
   Las revueltas vienen a interrumpir los intentos sucesorios de las dictaduras más largas del planeta o, lo que es peor, el intento de institucionalización de monarquías republicanas, que los árabes bautizan como jamlaka, mezcla de república (jumhuriyya) y de monarquía (mamlaka), gracias a la patrimonialización del Estado por parte de la familia gobernante; algo que ya ha sucedido en un país árabe central como es Siria, con resultados hasta la llegada de la primavera árabe aparentemente satisfactorios para la estabilidad.
   Nada temían más los egipcios que el hecho de que Mubarak intentara presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales previstas para septiembre de 2011, a sus 83 años y en el poder desde 1981. Lo mismo cabe decir de Ben Alí en Túnez o de Salé en Yemen. El elemento causante de la revolución, por tanto, es el exceso, visiblemente insoportable para la población, algo que fue perfectamente detectado por los observadores políticos, aunque no siempre sacaron las debidas consecuencias, tal como queda en evidencia en los cables del Departamento de Estado revelados por Wikileaks.
   (...)
   Las revoluciones se producen por la avería generalizada de unos sistemas que no son capaces de preparar su propia reproducción y su futuro, aunque se hace imposible disociar la fosilización de estos regímenes de una actitud occidental que precisamente premiaba y estimulaba su nula capacidad de cambio, al convertirlos en guardianes fieles y nada discutidores de los intereses europeos, estadounidenses e israelíes en la zona. A esa tarea, los autócratas contribuían con un chantaje permanente sobre las democracias occidentales, utilizando el terrorismo, la inmigración, los problemas bilaterales (Ceuta y Melilla, tráfico de droga o el conflicto del Sáhara, en el caso de la relación de Marruecos con España) o su posición y papel estratégicos (Egipto y Jordania en relación con el statu quo con Israel).
   Los dictadores hicieron así la aportación de su empecinado inmovilismo a la creación de las condiciones revolucionarias, pero también lo hicieron los Gobiernos occidentales con su ceguera estratégica y su complicidad culpable e interesada en las dictaduras. Cuando estallaron las revueltas, los tiranos combinaron la represión con precipitadas renuncias a presentarse de nuevo y con vagas promesas de elecciones libres que excluirían la sucesión familiar. Pero era ya tarde y cada cesión se convirtió en una prueba de debilidad, un aval a la determinación de los revolucionarios y, en consecuencia, un paso más hacia el abismo.
   Los enormes cambios experimentados por los medios de comunicación, específicamente en el mundo árabe, son otro elemento de explicación imprescindible para la comprensión de las revueltas. Durante sesenta años, cada uno de estos países ha funcionado como una olla a presión donde la tensión interna fue creciendo permanentemente sin llegar nunca a un estallido de suficiente potencia. Pero cuando entran en juego los nuevos medios globales, los problemas se desencapsulan, adquieren dimensión internacional, suscitan solidaridades y emulaciones y, lo más importante, se rompen las censuras y barreras establecidas por cada uno de los Estados. Los árabes no son libres dentro de cada uno de sus países, pero se convierten o empiezan a actuar como ciudadanos libres en la globalización tecnológica.