Mostrando entradas con la etiqueta Black Benjamin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Black Benjamin. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "Chandler y Marlowe viven después de muertos"



 En "Público.es". Por Luis Matías López

Chandler y Marlowe viven después de muertos

15abr 2014

Elenco de personajes:Un escritor irlandés que suena para el Nobel y que utiliza un pseudónimo que todo el mundo conoce para escribir ficciones policiacas protagonizadas por un médico forense de Dublín recibe el encargo de redactar una novela por parte de los herederos de otro escritor —norteamericano y británico—, fallecido en 1959 a los 70 años y que logró para la novela negra el respeto crítico que solía negársele. El libro debía tener como héroe al mismo detective creado por ese autor, la acción debía situarse en los mismos escenarios y el estilo debía recrearse con la máxima fidelidad.
- El escritor irlandés: John Banville, premio Booker por El mar. Aclamado por Antigua luz.
- Su alter ego en el género negro: Benjamin Black, autor de El secreto de Christine Venganza.
- El héroe de las obras de este: el doctor Quirke.
- El escritor norteamericano y británico: Raymond Chandler.
- Su héroe: el detective privado Phillip Marlowe.
- La novela de Marlowe por encargo: La rubia de ojos negros (Alfaguara).
- Lugar de autos y época: Los Ángeles, años cincuenta del siglo XX.
Es este juego de imposturas y de muertos que resucitan para escribir o resolver un caso, resultaba casi obligado que la trama no se apartase de esa línea. El encargo que recibe el literariamente resucitado Marlowe de esa inquietante rubia con perfil de femme fatale que da título al libro de Banville-Black consiste en localizar a un muerto que quizás esté muy vivo. A Chandler le gustaba más que quien desapareciera fuese una chica, y eso se convirtió en marca de la casa de muchos otros escritores de novela negra, pero esa es una de las pocas licencias que se permite el autor (el de hoy), junto a esporádicas evocaciones de tinte irlandés con las que homenajea a su propio país.
Por lo demás, en La rubia de ojos negros está toda la escenografía del género que tuvo en Dashiell Hammett y el propio Chandler sus más genuinos y respetados representantes: diálogos secos e ingeniosos, larvada crítica social, retrato de una sociedad podrida por la violencia y la codicia, asesinos sin escrúpulos, matones sin dos dedos de frente, millonarios prepotentes, vecinos fisgones, alcohol a raudales, dosis elevadas de brutalidad, tortura, narcóticos en la bebida, porrazos en la nuca… y un detective honesto y moralista.
Casi lo de menos es la trama, apenas compleja y que avanza casi por inercia, siguiendo el hilo más lógico y natural, el que lleva de una cosa a otra de forma automática. Para resolver el caso hace falta una voluntad férrea y un dominio del oficio de sabueso, pero no es preciso tener una mente privilegiada que permita descubrir el secreto de la piedra filosofal, sino tan solo un conocimiento cabal de la esencia de la naturaleza humana, en lo bueno y, sobre todo, en lo malo y lo peor.
Lo más notable es la psicología del nuevo Marlowe, la misma que la del viejo, la que mostraba en El sueño eterno, Adiós muñeca El largo adiós. Porque, como era obligado, el de entonces y el de ahora comparten una misma perspectiva moral: la que obliga a guardar fidelidad al cliente, aunque eso suponga que le rompen la crisma, la que le lleva a rechazar amenazas o sobornos, despreciar a los poderosos, renunciar a casarse con una rica heredera, compadecerse de los débiles, ser leal con los amigos y proclamar con orgullo: “Tengo principios. No son muy elevados. No son muy nobles, pero no están a la venta”.
Solo falta poner al detective la cara de Humphrey Bogart o Robert Mitchum para comprender por qué, pese al pecado original de la impostura literaria, La rubia de ojos negros se debería leer con placer por la mayoría de quienes una vez lo pasaron en grande con las novelas de Chandler o sus versiones para el cine en la era dorada de Hollywood. Como Banville-Black es un buen escritor, la novela hace méritos para ganarse el perdón de quienes pudieran sentirse escandalizados por la suplantación literaria.
Lo que sí resulta chocante es que una novela de tanto fuste incluya un diálogo tan tópico e insulso como éste:
- ¿Eres tú?
- Sí, soy yo.
Pero, como se trata de una excepción, habrá que disculparla.

lunes, 3 de marzo de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a John Banville-Benjamin Black

   En "elcultural.es":

John Banville: "Mi mayor ambición sería escribir una novela negra sin crimen"

Con su seudónimo noir, Benjamin Black, el escritor resucita en La rubia de ojos negros al mítico detective Philip Marlowe, creado por Raymond Chandler

FERNANDO DÍAZ DE QUIJANO | 28/02/2014 


Por encargo de los herederos de Raymond Chandler, Benjamin Black -seudónimo noir de John Banville- ha resucitado al célebre detective Philip Marlowe en La rubia de ojos negros (Alfaguara). El autor irlandés (Wexford, 1945) ha devuelto al sabueso solitario a las calles de Bay City -trasunto de Santa Mónica, California- para investigar una desaparición que, como suele pasar, esconde una trama mucho más compleja de lo que parece. Nuestro querido detective lo huele desde el minuto uno, pero acepta el caso porque el nuevo Marlowe conserva su conocida atracción por las femmes fatales, igual que conserva intactos su sarcasmo, su negro sentido del humor y su aura de perdedor.

Black / Banville lo ha conseguido con creces: no sólo ha resucitado a Marlowe, sino que ha recreado a la perfección el estilo de su autor original. Eso decía la crítica incluso antes de que el libro se publicara oficialmente ayer en todo el mundo y un día antes en España. Por eso no es raro que durante la entrevista, Banville diga Marlowe cuando quiere decir Chandler y viceversa. Todo es uno.

Pregunta.- ¿Mr. Black o Mr. Banville?
Respuesta.- Como quieras: Banville, Black, Chandler...

P.- ¿Cuál es la historia de este encargo?
R.- Resulta que mi agente es el mismo que el de los herederos de Chandler, y por medio de él me lo propusieron. Así de sencillo.

P.- ¿Por qué han decidido ellos resucitar ahora al detective Philip Marlowe?
R.- Para hacer dinero, supongo.

P.- ¿Se le habría ocurrido a usted revivir el personaje si no hubiera sido un encargo?
R.- No creo, pero si hubiese pensado en revivir un detective de otro autor que no fuera yo, habría sido Marlowe.

P.- ¿Dijo que sí a la primera?
R.- No, me lo propusieron hace tres años y no quise, no recuerdo por qué. Pero el verano pasado me apeteció y me puse a ello. Además, quería darle un descanso a mi personaje el doctor Quirke.

P.- Ya que lo menciona, ¿qué similitudes comparten Quirke y Marlowe?
R.- Ambos son seres solitarios, de cuarenta y tantos años. Quirke es más oscuro, es un personaje más dañado. Marlowe no es tan solitario, pero se siente solo. Intenta ser duro, pero es blando, porque es un anticuado. Por eso me gusta, a mi edad uno no tiene más remedio que ser anticuado.

P.- ¿Qué ha querido aportar al Marlowe de Chandler?
R.- Al principio quise actualizarlo, desarrollar el personaje, pero cuando releí los libros de Chandler, me di cuenta de que eso no tenía sentido. Era perfecto tal como era. Aparte de eso, mi Marlowe no hace tantas bromas de listillo como el original y a lo mejor se me ha colado por ahí algo de acento irlandés...

P.- Y varios guiños a su tierra. La familia de la rubia de ojos negros, Clare Cavendish, procede de Irlanda, y en uno de los capítulos Marlowe visita un bar irlandés, de esos cargados de tópicos.
R.- Sí, lo hice para divertirme. Ahora tenemos bares irlandeses hasta en Irlanda. Como dijo Jean Baudrillard, ya no existe el mundo, sólo su mapa.

P.- Ya se leen críticas que dicen que no sólo ha conseguido revivir a Marlowe, sino la voz del propio Chandler.
R.- Si es así, me siento halagado. Siento una gran admiración por Chandler porque inventó un nuevo género de ficción: la novela negra literaria.

P.- ¿Y cómo hizo Chandler para darle esa nueva altura a la novela negra?
R.- Cuando empecé a escribir el libro, leí cartas de Chandler en las que dejó constancia de sus métodos, sus objetivos y sus ambiciones al escribir novela negra. Cuando empezó a escribir en revistas pulp, lo editores tachaban los párrafos de descripciones, pero él les demostró que estaban equivocados, que los lectores no sólo querían acción, sino también profundidad en los personajes, emociones generadas por los diálogos.

Tópicos y transgresiones

P.- Entonces, ¿no hay reglas irrompibles en el género policiaco?
R.- Bueno, tiene que haber un crimen, pero mi mayor ambición sería escribir una novela negra sin crimen. Además de eso hay un montón de tópicos, como el del héroe con una vida privada difícil. El arquetipo es un detective divorciado interpretado por Al Pacino. Su mujer le hace la vida imposible y cuando saca a su hija a comer pizza, ésta le dice: “Oye, papá ¿cuándo volverás a casa con mamá y conmigo?”, y él le responde: “Es complicado, hija, es complicado...”

P.- Dice que, como John Banville, puede escribir unas 200 palabras al día, pero como Benjamin Black, esa cifra llega a 2.000.
R.- Son dos autores y dos tipos de libros muy diferentes. Banville necesita una concentración profunda, se lo cuestiona todo. Black tiene que ser de otra manera, asume riesgos que Banville nunca asumiría. Quizá le den el Nobel a Black antes que a Banville...

P.- Ahora que lo dice, aunque sea con ironía, ¿qué crédito le da a las voces que lo consideran un futuro Nobel?
R.- No puedo hacer ningún comentario al respecto...

P.- ¿Qué otros autores, además de Chandler, inspiran a Benjamin Black?
R.- Simenon, que fue el padre del género. Me gustan especialmente sus romans durs (novelas duras). Son poco conocidas, pero están entre los mejores libros del siglo XX. También leo mucho a Richard Stark y a James M. Cain, dos escritores poco conocidos pero maravillosos.

P.- ¿Y entre las influencias de Black no se cuela alguna de las de Banville?
R.- No, están completamente separados, también en eso. Eso no quita para que un martes a las tres de la tarde, cuando me entra sueño, Banville le ponga una mano en el hombro a Black y le diga: “Esa frase es interesante, vamos a profundizar un poco en esa idea”, a lo cual Black se niega. Pero en el fondo, sí que se cuelan un poco cada uno en lo que escribe el otro.

P.- ¿Qué tienen los años 50 que son tan atractivos para la novela negra?
R.- Fue una época extraordinaria. Tras una guerra devastadora a la que sobrevivimos por casualidad -menos mal que Hitler no consiguió la bomba atómica-, de 1945 a 1950 hubo una explosión de alegría de haber sobrevivido.A partir de los 50 todo se volvió más complicado por la Guerra Fría y volvimos al terror. La guerra lo había destrozado todo menos el carácter férreo de las ideologías, ni del catolicismo -dos caras de la misma moneda-. Vivíamos bajo ese yugo, con miedo e infelicidad, pero alegría a pesar de todo. Es una época ideal para la novela negra porque fue un tiempo de secretos. Había dos mundos: el de Doris Day y Rock Hudson en las películas de “teléfono blanco” -como decían los italianos- en las que todo era idílico, y el mundo real, violento, represivo e hipócrita, como siempre.

Un Beethoven por cada Hitler

P.- ¿Cree que ese peso de las ideologías antagónicas se ha diluido hoy?
R.- Ahora estamos en caída libre, es difícil encontrar tierra firme donde posarse. Es una época interesante para vivir. Pero estamos equivocados en una cosa: no va a haber ningún cambio profundo. Sí habrá grandes progresos tecnológicos -como lo han sido la odontología o la cisterna del retrete- y hallaremos una solución para el cambio climático, porque tenemos una gran habilidad para resolver problemas. Somos seres crueles, violentos, mentirosos, hipócritas, y aun así somos capaces de hacer cosas increíbles. Por cada Hitler hay un Beethoven.

P.- ¿Y es una época interesante también para la novela negra?
R.- La ficción no puede tratar la actualidad. A la gente se le olvida que las grandes novelas del siglo XIX eran históricas. Nadie pensaba en escribir sobre su propia época. La nuestra es una época maravillosa sobre la que escribir, pero dentro de 50 años.

P.- ¿Habrá más entregas de este nuevo Marlowe?
R.- No lo sé, quizá... Lo que puedo asegurar es que he disfrutado mucho escribiendo este. Aunque en general, para mí el trabajo es más divertido que la diversión.

P.- ¿A qué se refiere?
R.- A que cuando mi familia me obliga a ir de vacaciones, me pongo nervioso. Nunca sé qué va a pasar cuando me levanto por la mañana.

P.- Aun así, ¿qué lugares le gusta visitar cuando va de vacaciones?
R.- ¡España! Si estuviéramos en Francia, diría: “¡Francia!” Bromas aparte, me encanta venir al Sur. Hace poco estuve en Niza con mi mujer. Cenamos sopa de pescado, calabacín con ricota y vino. Y pensé: a pesar de los problemas que tienen los países del Sur, han solucionado el problema de vivir.

P.- ¿Qué escribe ahora?
R.- Siempre estoy escribiendo como Banville, y en verano escribiré otro libro como Black.

P.- ¿Y de qué va el próximo?
R.- El próximo lo firmaré como John Banville y se llamará La guitarra azul. Va de un pintor que ya no puede pintar más y se mete a ladrón. Pero no para ganar dinero, sino por el subidón que le da robar. También le roba la mujer a su mejor amigo, hasta que alguien le quita la suya y experimenta lo que se siente cuando te roban algo. En fin, otro libro de luz y alegría típico de Banville..

lunes, 24 de febrero de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a John Banville, sobre su última novela policíaca, "La rubia de los ojos negros"

   En "Babelia":
LIBROS / ENTREVISTA

Piezas de artesanía

John Banville ha adoptado una tercera personalidad para escribir 'La rubia de ojos negros'

La novela la firma su alter ego Benjamin Black y recupera el espíritu de Raymond Chandler


Según Banville, la novela negra actual es demasiado sangrienta. / SAMUEL SÁNCHEZ
Las razones de editores y herederos para confiar a novelistas contemporáneos la tarea de revivir a James BondHércules Poirot, Bertie Wooster o Philip Marlowe parecen claras: un nuevo libro puede despertar —al menos en teoría— un renovado interés por sus autores. En cambio, para muchos, las razones de un escritor reputado como John Banville (Wexford, 1945) para prestarse a escribir La rubia de ojos negros (que Alfaguara publicará el próximo 26 de febrero) son un enigma. “Si hace veinte años alguien me hubiera sugerido siquiera que algún día escribiría un libro como este mi reacción habría sido ‘¿cómo te atreves?, ¡estás loco!”. Sin embargo, la propuesta de que Benjamin Black —el seudónimo que reserva a su obra noir—firmase una novela que resucitase a Philip Marlowe, el célebre detective creado por Raymond Chandler, llegó con Banville ya instalado en la sesentena. “Tengo una edad en la que he de probar cosas nuevas para no marchitarme, para no consumirme. Siempre estoy escribiendo una novela de Banville, pero me sobra energía literaria que derivo hacia Benjamin Black y, ahora, hacia Chandler. Me divierte y estoy en un momento en el que me puedo permitir asumir riesgos, hacer estupideces”.

El artista debe gozar de libertad y en la novela negra siempre debe haber un crimen, y eso
la restringe bastante”
El propio Chandler, Georges Simenon, James M. Cain y Richard Stark, enumera Banville, son los padres de Benjamin Black —“me temo que es huérfano de madre”—. Fue su hermano mayor, Vincent, quien le introdujo en la literatura del autor de El largo adiós y La dama del lago —sus novelas predilectas—. “En esa época yo solo conocía a escritoras inglesas como Agatha Christie o Margery Allingham. No había leído a Ross Macdonald o Dashiell Hammett, por eso me fascinó encontrar a alguien que escribiese tan bien como Chandler”. Para Banville, a quien le gusta repetir que “la frase es el mayor invento de la civilización”, el lenguaje lo es todo. “Escribo frase a frase. Termino una y empiezo la siguiente. Joyce era un maestro del párrafo, yo preferiría prescindir de ellos”. La trama y los personajes le importan, pero desempeñan papeles secundarios. “Como al propio Chandler, a mí tampoco me importa saber quién mató al mayordomo: él siempre defendió que el estilo lo era todo. En buena parte de sus libros la trama no tiene sentido: cuando estaban rodando El sueño eterno le llamaron para preguntarle quién había matado al chófer y él respondió que no lo sabía. Yo he escrito La rubia de ojos negros en ese espíritu. He inventado y he reinventado Los Ángeles, como hiciera en su momento el propio Chandler”.
Ni ha releído sus obras completas ni se ha documentado a conciencia para recrear la Bay City de Marlowe. Se ha limitado a sentarse en su estudio y escribir. Como siempre. “La obsesión por los hechos sofoca la novela. Flaubert dijo que había leído miles de libros cuando preparaba Salambó, su novela sobre Cartago, y al leerla puedes sentir el peso de todas esas lecturas”. Según el irlandés, la invención puede ser tanto o más convincente que la verdad.
Banville escribió La rubia de ojos negros en su estudio de Dublín. Un apartamento pequeño y luminoso frente al río Liffey, ajeno al bullicio que se extiende a ambas orillas. “El silencio es absoluto”. Solo lo quiebran, explica, los hijos de los vecinos que juegan en el patio y a quienes Banville escucha conmovido. “Se entretienen con juegos anticuados, como el escondite y el fútbol, se enamoran, se pelean. Son fantásticos”. Lleva más de veinte años escribiendo en este lugar de moqueta granate —“hace poco advertí que solo está desgastado el tramo que va de mi mesa a la cocina, el resto está impoluto”—, mobiliario austero y riguroso orden. Todo está en su sitio: los libros, los diccionarios, las postales, los sombreros. Es la cara o cruz del espacio de trabajo de otro irlandés ilustre, Francis Bacon, cuyo estudio se encuentra a diez minutos a pie del refugio de Banville. “El desorden que me rodea se asemeja a mi mente: puede que sea un buen reflejo de lo que se está fraguando dentro de mí”, escribió el pintor. Esa cita sirve ahora de aviso a los visitantes desprevenidos a punto de asomarse a ese caos tan necesario para él.

Mitos y franquicias

JUSTO NAVARRO
Philip Marlowe nació ya detective privado en 1939, en la primera novela de Raymond ChandlerEl sueño eterno. No habla jamás de sus padres, y no tiene parientes, que se sepa, o eso decía su creador. Marlowe sigue vivo y, a pesar de haber llegado al mundo hace 75 años, tiene la misma edad que en 1939. Pertenece al tiempo atemporal de los mitos, de donde ahora lo rescata John Banville, alias Benjamin Black.Los mitos tienen la gracia de la resurrección incesante y fabulosa: inmortales griegos, bíblicos, evangélicos, artúricos y caballerescos, dráculas, tarzanes y peterpanes, Sherlock Holmes y James Bond, Poirot y Maigret, por qué no. Toleran la repetición sacralizadora, pero también la broma y el pastiche.
Un mito es siempre nuestro contemporáneo, y Marlowe merece renacer en este instante: desconfía de la riqueza y de sus poseedores, ajedrecista solitario, incómodo para los policías serviles con los poderosos y peligrosos para la gente como él. “La ley protege al que paga”, decía en Adiós, muñeca. Emigrante, bajó del norte al sur sin salir de California. Según Chandler, no tiene mucho dinero, pero viste lo mejor que puede. Fuma, bebe cualquier cosa que no sea dulce. Se levanta tarde por gusto y temprano por necesidad. Es un tipo, en el sentido en que Umberto Eco utiliza el término: Don Quijote es un tipo, pero solo es tipo de todos los Don Quijotes, tipo de sí mismo. Invita al eterno retorno, a la repetición siempre nueva.
El renacimiento de Marlowe debería consagrar los rasgos inolvidables que su creador atribuyó al detective: “Es un personaje de cierta nobleza, de ingenio corrosivo, triste pero no derrotista, solitario pero nunca realmente seguro de sí”. ¿Tiene conciencia social? “Tanta como un caballo”, responde Chandler. “Tiene conciencia personal, que es algo totalmente distinto”. Es un santo: encarna “la lucha de todos los hombres esencialmente honrados por ganarse la vida con decencia en una sociedad corrupta”. Mejor persona para el lector que para sí mismo, es más honorable que usted y que yo, dice Chandler, y concluye: “Si ver basura donde hay basura es un signo de inadaptación social, Marlowe es un inadaptado”.
Así, pero envejecido, era el Marlowe que Osvaldo Soriano imaginó en Triste, solitario y final (1974),donde el gordo Soriano formaba, personaje de su propia novela, pareja de aventuras con el flaco detective de Chandler, en un caso en torno al Gordo y el Flaco cinematográficos, también criaturas sagradas. Los recreadores de mitos no son ladrones de cadáveres, sino de seres vivos que reviven sin fin. Hay, sin embargo, una diferencia entre viejos inmortales como Jesucristo o Don Quijote y los inmortales recientes, que son héroes propiedad de los herederos de su creador, algo que probablemente Soriano ignoró. Si el nuevo uso de criaturas como Marlowe, Bond o Poirot se atiene a la lógica de los mitos, obedece forzosamente a la de la franquicia, que, según el diccionario de la Academia, significa “concesión de derechos de explotación de un producto, actividad o nombre comercial”, licencia para repetir la atmósfera de una marca, el diseño, el modelo.
El irlandés odia el verano. “Es la estación más aburrida”, aduce, y desde hace casi una década combate el tedio estival —las vacaciones están descartadas, “me crispa no hacer nada”, se justifica— escribiendo novela negra. Ya ha escrito seis, cinco de ellas ambientadas en el Dublín de los años cincuenta y protagonizadas por Quirke, un patólogo solitario y bebedor, aunque ahí terminan los paralelismos con Marlowe. “Quirke es simplemente un hombre curioso. En esa época en Irlanda no existía el concepto de justicia. Todo era una mentira, todo eran apariencias”. Marlowe, sin embargo, tenía otras ambiciones. “Siempre lo había admirado, pero me costaba creérmelo del todo: un hombre con su sensibilidad no podía ser tan duro. Pero me gusta su heroísmo, su caballerosidad, es un hombre que cree en un cierto tipo de justicia, que cree que es posible hacer algo de bien en el mundo. Estas son nociones muy anticuadas, pero por eso quiero que la gente joven lea a Chandler: la literatura negra de hoy es cada vez más violenta, más sangrienta, es hora de volver a la caballerosidad, al honor, a una ‘violencia educada’, que diría mi mujer”.
El verano es de Benjamin Black. El otoño, la estación más fértil, de John Banville. Black escribe en ordenador, sin reescrituras, tres meses de trabajo le bastan para terminar sus novelas. Banville escribe con inevitable lentitud —“entre ayer y hoy he escrito dos párrafos; el de hoy es más corto porque tenía esta entrevista”—, llenando las páginas en blanco de un libro que encuadernan especialmente para él con ayuda de una pluma, tarda entre tres y cinco años en poner el punto final. Black es un artesano; Banville, un artista. “Estoy muy orgulloso de los libros de Benjamin Black. Creo que son maravillosas piezas de artesanía. No digo que sean muy buenos libros, pero desde mi punto de vista están construidos con maestría, como si fuesen una silla o una mesa. En cambio, mi relación con los libros de Banville es muy complicada, tan oscura que apenas alcanzo a entenderla. No entiendo por qué los odio tanto. Supongo que simplemente porque son fracasos”. Banville es consciente de que la distinción no agrada a los escritores de novelas de detectives, pero nunca le ha preocupado demasiado medir sus palabras —para las hemerotecas queda su agradecimiento al jurado del Man Booker Prize que en 2005 premió su novela El mar y a quienes felicitó por atreverse a distinguir “una obra de arte” y romper la tendencia de premiar ficciones menos exigentes—. “Hace un par de semanas asistí a un festival de literatura negra en Key West y sé que los escritores presentes se molestaron, pero estoy convencido de que es verdad: para ser un artista, para hacer una obra de arte, debes gozar de libertad absoluta para hacer lo que te venga en gana, y cuando escribes novela negra en ella siempre debe haber un crimen. Eso restringe bastante tu libertad. Por eso creo que el género nunca podrá elevarse a la categoría de arte, aunque Chandler estuvo muy cerca”.
En sus cuadernos, Raymond Chandler dejó listados de posibles títulos para posibles novelas: La rubia de ojos negros es uno de ellos. Fue Ed Victor, agente del irlandés y representante del legado del estadounidense, quien le sugirió que lo utilizase. “Y le hice caso, aunque ya había empezado a escribir y [la protagonista] Clare Cavendish tenía el cabello oscuro y los ojos azules”. El lector de Benjamin Black, asegura Banville, encontrará en este libro una historia “mucho más ligera, más libre, con la luz y el sol de California, y el ingenio de Chandler”.

Me sobra energía literaria que derivo hacia Benjamin Black y, ahora, hacia Raymond Chandler. Me divierte”
No lo ha meditado demasiado, pero cree que le fascinaría que otro continuase con la saga de Quirke —cuya adaptación, una miniserie protagonizada por Gabriel Byrne y producida por la BBC, se emite en estos momentos la televisión irlandesa—. “Probablemente sea relativamente sencillo escribir un libro de Quirke porque hay ciertas cosas que se repiten en todos: la bebida, la desesperanza, la extraña relación que mantiene con su hija… En la mayoría de los casos, la literatura noir consiste en trabajar con clichés. Es lo bueno que tiene: tratar de hacer algo nuevo dentro de un género propenso al tópico”. Aún no sabe si repetirá con Chandler —“todo depende de cómo funcione La rubia de ojos negros, aunque la segunda vez no será tan divertida como la primera”—, pero tiene claro que con él terminan los revivals. “Mi mujer me sugirió que escribiese una continuación de Retrato de una dama de Henry James porque Isabel Archer es un personaje muy interesante y la novela termina de forma muy ambigua. Pero James es un gran artista y yo sería como un buitre alimentándome de los restos de un gran autor. Dicho esto, me parece una gran idea y me encantaría saber cómo sigue la vida de Isabel Archer: todos los hombres estamos enamorados de ella”.
En una catastrófica crítica publicada en 1991 en The New York TimesMartin Amis concluía que Robert B. Parker nunca debería haber escrito Perchance to dream, secuela de El sueño eterno de Chandler —tan solo un par de años antes Parker había completado otra novela chandleriana, La historia de Poodle Springs—. Pero no había vuelta atrás: el daño ya estaba hecho, lamentaba Amis. Mientras apura la segunda copa de vino tinto, Banville asegura que está preparado para hacer frente a la controversia que sabe acompañará a La rubia de ojos negros. “Espero que me acusen de deshonrar la memoria de Chandler para escribir apasionadas defensas del libro, ¡habrá una gran polémica, será una gran campaña publicitaria! Seguro que habrá lectores adictos a Chandler y expertos que se deleitarán en señalar en dónde me he equivocado, pero mi respuesta será ‘escuchad, este libro es mío, no de Chandler. Además, es una obra de ficción: Philip Marlowe nunca existió”.
En estos momentos, la verdadera preocupación de Banville está muy lejos de Chandler. “Ya he escrito un tercio de mi próxima novela firmada por Banville y no tengo ni idea de qué va a suceder en la trama. No paro de pensar, ‘John, en algún momento tendrás que resolverlo. Estos personajes tienen que hacer algo”. Desde su escritorio, tan solo tiene que mirar de reojo para ver los ocho libros envueltos en papel de seda blanco que encargó al encuadernador y que aguardan a que empiece a cubrir, lentamente, sus páginas.
 La rubia de ojos negros. Benjamin Black. Traducción de Nuria Barrios. Alfaguara. Madrid, 2014. 326 páginas. 19,50 euros (electrónico: 9,99).