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miércoles, 19 de enero de 2011

ENSAYO. RECOMENDACIÓN DE LECTURA: "Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales", de Philipp Blom

Philip Blom

   Ésta crítica apareció en la revista "Letras Libres", en abril del 2007:

 Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales, de Philipp Blom
por Félix Romeo

   Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales es la historia de la elaboración de la Enciclopedia (1751-1780), y fundamentalmente la historia de su más importante redactor, Denis Diderot. Una historia desdichada, que no empieza muy bien y que termina mal. Con un episodio central, en la cárcel, en el que Diderot tirará por tierra su carrera literaria al renunciar a su libertad como creador, para conseguir la excarcelación, firmando un documento que quedará guardado como prueba por la autoridad. Philipp Blom afirma que cuando la Enciclopedia había sido publicada, “Diderot miraba todos sus años de trabajo con una amargura y decepción que ya nunca le abandonarían”.
   Diderot (1713-1784) es la estrella, el héroe trágico y el protagonista de este ensayo de Philipp Blom (Hamburgo, 1970) en el que abundan los malvados. Es bastante malo D’Alembert, siempre guardando las distancias, a menudo por reparos de clase. Y también es bastante perverso Voltaire, al que yo no desearía tener por amigo y que jugaba con todas las barajas posibles.
   Pero sin duda el malo principal es Rousseau, un tipo que es descrito como auténtica escoria, y muy contradictoria y muy enferma escoria. Escribe Rousseau en sus Confesiones, y reproduce Philipp Blom: “Mi tercer hijo fue enviado, pues, al orfanato, como había ocurrido con los dos primeros y ocurriría con los dos que vinieron tras él, porque tuve cinco hijos en total. Este arreglo me pareció tan excelente, tan razonable, tan legítimo, que me hubiera jactado de él abiertamente, de no ser por respeto a su madre”. Y, según el propio testimonio de Rousseau, “se encargó personalmente de informar con orgullo a sus íntimos amigos de que había encontrado una solución muy avanzada para evitar ser despertado por el llanto de los niños”. Y a mí no me cabe duda, después de leer el retrato de Philipp Blom, de que realmente Rousseau era un tipo realmente lamentable... Y más lamentable resulta saber que su influencia intelectual ha sido nefasta en los últimos dos siglos y pico: el multiculturalismo no deja de ser la enésima versión del mito del buen salvaje, poco más que un relato fantástico, que inventó para triunfar en sociedad, una de sus mayores obsesiones.
   Por supuesto, había malos en el lado de los enemigos de los enciclopedistas, de la ortodoxia y del orden, pero, paradojas del destino, todos los enemigos de los enciclopedistas acababan por un motivo u otro teniendo que desistir en sus ataques. Los curas de barrio, primero, contra Diderot. Posteriormente, y con toda su artillería, los jesuitas. Más tarde, el propio rey, pese a que su amante, Madame de Pompadour, proveniente de una familia burguesa parisina que “sentía tradicionalmente una gran simpatía por el jansenismo y odiaba a los jesuitas”, era defensora de la Enciclopedia y se hizo retratar con un tomo bien visible de la obra en su biblioteca. Final y ¿sorprendentemente?, los propios libreros que editaban la obra y que mutilaron el trabajo que tan pacientemente había ido desarrollando Diderot para evitar más follones con las autoridades.
   La idea de una “enciclopedia” no era nueva, pues se pueden encontrar todos los antecedentes que se quieran desde la Historia Natural de Plinio, y realmente todos los trabajos iniciales estuvieron encaminados a sacar adelante una traducción de la Cyclopedia británica, siempre bajo la sombra vigilante de los jesuitas, que trabajaron en un proyecto similar, el Trevoux. Malogrado el asunto de la traducción, Diderot pasó a hacerse cargo de la Encyclopédie: organizar las voces, repartir el trabajo, vigilar las ilustraciones, redactar muchísimas entradas, coordinar a los colaboradores, calmar a los editores, soportar los palos, evitar a los censores... Pasó a vivir por y para la Enciclopedia, posponiendo permanentemente la escritura de sus propias obras. Es tan importante el papel de Diderot en la composición de la obra que buena parte del ensayo de Blom está dedicado al análisis de Diderot: psicológico, literario, ideológico e incluso sexual. Entre tantas brumas y pesares, es muy emocionante el momento en que Diderot se encuentra con Lawrence Sterne, el autor del Tristram Shandy, que le sirvió de inspiración para escribir Jacques el fatalista... y también para llevar adelante la Encyclopédie.
   Escribe Philipp Blom: “Si su inmenso valor, erudición y facilidad para hacer amigos hicieron posible la obra, su carácter ecléctico la hizo como es. Su largo y maravilloso artículo sobre el eclecticisme lo pone de relieve, siguiendo tantas líneas tangenciales como el Tristram Shandy [...]. Lo que hizo tan fascinante a la Encyclopédie fue el hecho de que Diderot no tuviera ni la ambición ni la mentalidad sistemática de un coleccionista de datos: que fuera, en vez de ello, un artista. La obra fue un vehículo para sus ideas, le dio unos ingresos y le daría fama, dignificó temas que nunca habían merecido una página impresa; pero una meticulosidad sistemática, que lo abarcara todo, jamás le interesó”.
   Philipp Blom, que a su condición de historiador académico añade la de novelista, combina con gran habilidad el retrato de la época, un siglo convulso, con las vidas de los personajes, y en especial las relaciones de amistad de los enciclopedistas que finalmente se harán trizas. Encyclopédie es la historia de un libro, sí, pero de un libro que cambió la historia como pocos.
Anagrama. Colección Compactos. Traducción de Javier Calzada. Barcelona. Noviembre 2010

sábado, 15 de enero de 2011

PRENSA CULTURAL. "La multitud y la máquina", por Manuel Gregorio González (sobre el libro "Años de Vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914)", de Philipp Blom)

Philipp Blom

   En "El Día de Córdoba":
La multitud y la máquina

   Philipp Blom analiza en 'Años de vértigo', una obra editada por Anagrama, los hallazgos que transformaron el concepto de progreso en los comienzos del siglo XX

Manuel Gregorio González
Actualizado 07.01.2011

   En su anterior libro, Encyclopédie, Philipp Blom glosaba uno de los momentos de mayor trepidación ideológica de la historia moderna: la dificultosa elaboración de la Enciclopedia, compendio del saber universal, y el relato de aquel vasto y peligroso empeño, en la figura de sus protagonistas más inmediatos: Diderot, D'Alembert, Jean Jaques Rousseau y el Chevalier de Jaoucourt, solitario redactor de buena parte de sus artículos. Así, en Encyclopédie, subtitulada significativamente como El triunfo de la razón en tiempos irracionales, es la época quien se aparece ante el lector por la intermediación de sus personajes. Quiere decirse, pues, que serán los infortunios de Diderot, la ingratitud de Rousseau, el orgullo de D'Alembert, la angulosa inteligencia de Voltaire, su mutua y difícil relación, quienes nos ofrezcan, indirectamente, el complejo panorama del XVIII europeo; y ello cuando se acercaban dos fenómenos de incalculable influencia sobre el siglo, la Revolución industrial y la Revolución francesa.
   Sin embargo, en Años de vértigo (Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914), Blom adopta la estrategia contraria. Mediante la acumulación de nombres y procesos, esta obra parece reconstruir, incluso físicamente, la vertiginosa sucesión de hallazgos que dieron por concluido un mundo y se abrían con estrépito a un orbe desconocido. No era sólo la invención del cinematógrafo, del automóvil, del dirigible; no era únicamente el descubrimiento de los rayos X y la cualidad radioactiva de algunos elementos de la tabla periódica; no fue, tampoco, el inesperado desmembramiento del imperio austro-húngaro o del imperio ruso. Era también, y principalmente, la emergencia de la mujer como actor social, el truculento drama escenificado en el psicoanálisis, la dilución del tiempo y el espacio que se opera en la teoría de la relatividad de Einstein. Eran los rascacielos, las fábricas, la prensa, las turbinas eléctricas, la telegrafía, los movimientos de masas y el horror ignorado de las colonias. Era, en última instancia, la evaporación de la materia, derivada de las especulaciones de Rutherford y Bohr, y cuyo resultado fue la inconcreción, la ruina, la conversión en fantasmagoría de cuanto antaño fue firme, conocido y sólido. Todos esos fenómenos, en íntima conexión, socavan indefectiblemente, en apenas tres lustros, un concepto de hombre y de progreso que se había ido forjando trabajosamente en los dos últimos siglos.
   Si, como nos cuenta Blom, al momento de publicarse, muchos de los oficios y manufacturas recogidas en la Enciclopedia eran ya pura arqueología, a consecuencia de la revolución industrial en marcha por aquellos días, en el periodo que va de 1900 a 1914 se hunden, no sólo el viejo sistema de poder vinculado a la tierra, sino conceptos, hasta entonces claros, como verdad, bondad, patriotismo, individualidad, etcétera, que la deriva de aquellos años fulminará en breve plazo. La literatura de Kafka, de Nietzsche, de Freud, de Karl Kraus; la pintura de Klimt, de Picasso, de Cézanne, de Matisse; la arquitectura de Loos y Walter Gropius, la música de Mahler y Stravisnki, la escandalosa y agitada vida de la actriz Sarah Bernhardt, no harán sino desplegar ante su siglo la trémula inquietud y el cambio radical que entonces se operaba. Cambio, volvemos a insistir, en todos los órdenes humanos: social, tecnológico, intelectual, sexual, político..., cuyas figuras más significativas, más reveladoras, quizá fueron aquellas que no supieron entender la profunda modifición a la que estaban asistiendo. En este sentido, personajes como Nicolás II de Rusia o el káiser Gillermo ejemplifican tanto la gravedad y el tamaño de los cambios, como las consecuencias derivadas de su incomprensión. El angustioso proceso de pauperización y revueltas que condujo a la Revolución de octubre de 1917 no es comprensible sin esa ceguera ante lo inevitable, abstraído en una visión providencialista y estática del mundo, que caracterizó al zar de todas las Rusias. De igual modo, sin el severo concepto de patriotismo decimonónico, y la clara conciencia de superioridad de la raza blanca, no se podrían explicar los titánicos esfuerzos, muy gravosos a veces para las arcas públicas, que las potencias coloniales invirtieron en someter a sus remotas y desdichadas colonias (el caso de Leopoldo II de Bélgica, recientemente novelado por Vargas Llosa, es, sobre terrorífico, clarificador de esta suerte de proselitismo de lo blanco). A todo lo cual hay que añadir la inmediatez del mundo, el brusco entrelazamiento (vapores, teléfonos, zeppelines), que convirtieron el planeta en una breve provincia desprovista, o casi, de misterio.
   Este sucederse de viajes transatlánticos, experimentos químicos, desastres políticos y complejos freudianos, es lo que, de un modo sugestivo y riguroso, el joven historiador Philipp Blom (Hamburgo, 1970) ha recogido en sus Años de vértigo. Años cuya incesante novedad, cuyos vagos temores, se verían resumidos, con perfección inequívoca, en la vertiginosa carnicería de la Gran Guerra.