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viernes, 10 de enero de 2014

POESÍA. Del libro "Vida y leyenda del jinete eléctrico" (XXIII Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma). Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976)

Joaquín Pérez Azaústre

Fragmento 10

quién os hizo creer que la hacienda era vuestra
que era vuestro el jornal que el regadío era vuestro
miedo verde la ley la pericia no es vuestra
la finura el arreo ni la soga ya es vuestra
la finura el arreo ni la soga ya es vuestra
ni tampoco el domingo la ternura no es vuestra
y los hijos también morirán sin ser vuestros
ni esperanza tendréis ni locura ni esperma
vuestro páncreas también vuestra migraña es nuestra
sacaréis el sofá la madera a la calle
cobertura la red el titular es nuestro
ni vecinos ni amigos vuestra familia es nuestra
vuestras uñas la fe ni la alegría es la vuestra
la negrura el mutismo la sumisión es vuestra
cabellos dientes pies y vuestras manos nuestras
cualquier ideología vuestro contrato es nuestro
sólo la enfermedad que pagaréis es vuestra
y nunca fue más nuestra cualquier poesía política

lunes, 20 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. "El gran Gatsby". Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre

   En "El País":

El gran Gatsby

No es que la película no se parezca a la novela, sino que la destroza dolorosamente

 18 MAY 2013

Un hombre contempla el anochecer en el borde del embarcadero, sobre la inmensidad oscurecida, tratando de apresar con el juego ambarino de su mano derecha un fuego verde diminuto, parpadeante, al otro lado de las aguas. Ha medido el tamaño de su sueño, ha elegido creer que es posible cambiar el pasado y ser protagonista de lo que nunca ocurrió, pero que podrá ser. Ese hombre es Jay Gatsby, que ha vuelto de una biografía secuestrada al derrumbe vital, con esa sombra esquiva asociada a su nombre que es la espuma acuosa de un misterio: me aseguran que es un espía alemán, que ha sacado toda su fortuna del contrabando, dicen que mató a un hombre. Y lo hizo, porque se asesinó a conciencia; pero no en la Gran Guerra, sino en la construcción de un personaje que guardara, en el fondo dorado de sus ricos ropajes, lo mejor de sí mismo.

Baz Luhrmann, director de esta adaptación, aduce que la crítica no comprenderá su filme
Jay Gatsby era su autor, el norteamericano Francis Scott Fitzgerald, príncipe radiante, hermoso y fragilísimo, de una Edad del Jazz crepuscular, porque anunció el derrumbe con su exceso encendido. Fitzgerald fue el cronista de los años 20, pero también su ángel caído, con conciencia total del personaje que asiste a su propio desmoronamiento y lo puede contar. Pero antes, mucho antes de que Charles Scribner rechazaran su primera novela, con su título provisional El ególatra romántico, había sido el joven y guapo teniente Jay Gatsby y había pedido en matrimonio a Zelda Sayre, que le había rechazado por la muy sureña razón de “no tener dinero suficiente para mantener a una esposa”. Al igual que Gatsby, Scott, que nunca llegaría a las trincheras, porque el armisticio se declaró cuando estaba a punto de embarcarse para Europa, se fraguó una biografía lo bastante sólida como para poder hacerse digno de su aspiración: se empleó en una agencia de publicidad neoyorquina y trabajó hasta la extenuación en la reescritura de su novela, que pasaría a llamarse A este lado del paraíso y se convertiría, tras su publicación, en el mayor éxito de críticas y ventas del momento, convirtiendo a su autor en portavoz de toda una generación que sentía, leyendo la novela, que sus personajes hablaban no exactamente como ellos, sino como les gustaría hacerlo, con el latido fúlgido del jazz en las pérgolas, la cristalería y el champán en su red de palabras.
Sin embargo, no sería en A este lado del paraíso —ambientada en la vida universitaria en Princeton— donde Scott Fitzgerald narraría ese viaje interior, su empeño íntimo por convertirse en la mejor versión ritual de sí mismo, para poder aspirar al amor y cambiar el pasado, sino en El gran Gatsby, donde el héroe decide imponer su deseo a la realidad, ahogándola en derroche, fastuosidad y misterio, para dejar de ser un oscuro teniente sin porvenir y lograr convertirse, cinco años después, en Gatsby, el magnate que ofrece fiestas desenfrenadas en su lujosa mansión en Long Island, erigida no por casualidad enfrente de la casa de Daisy Buchanan, donde un faro esmeralda atraviesa la marea expectante hasta alcanzar, en su vuelo nocturno, los ojos azules del protagonista.
Baz Luhrmann, director de esta adaptación, aduce que la crítica no comprenderá su película como tampoco en la época entendió la novela, atribuyéndose las mismas dotes de talento, sobriedad, elegancia y sensibilidad de Fitzgerald: una complacencia que ya es significativa de lo que encontrará el espectador. Un director no puede estar más enamorado de sí mismo que de sus personajes. No es que no se parezca a la novela —aunque el alucinado cineasta presuma de “adaptación definitiva”—, sino que la destroza, dolorosamente, entre el almíbar estético y la cursilería, la composición de video-clip o el imposible hip-hop, mezcla genialoide que sólo lleva al tedio colosal. Veo la infantil y circense El gran Gatsby y me pregunto por qué los papeles de hombres parecen interpretados por muchachos: con un director tan creativo, lo raro es que Tobey Macguire, que caracteriza a Nick Carraway, el mejor amigo de Gatsby, no se convierta en Peter Parker y comience a trepar por un rascacielos a ritmo de fox-trot.
Francis Scott Fitzgerald seguirá siendo siempre un gran escritor: sobrevivió a su éxito y posterior caída, al crack del 29, al alcoholismo, a su matrimonio desgraciado, y sobrevivirá, también, a esta desgracia perpetrada por Baz Luhrmann. Por el precio de la entrada, uno puede comprarse la novela. Después de padecer durante 143 interminables minutos, me he ido a mi bar favorito, he pedido un dry martini y he bebido para olvidar.
Joaquín Pérez Azaústre es escritor.

miércoles, 24 de abril de 2013

PRENSA CULTURAL. Caballero Bonald charla con Pérez Azaústre

Diálogo entre los escritores José Caballero Bonald y Joaquín Pérez Azaústre. / CLAUDIO ÁLVAREZ ("El país")

   En "El País":

“La poesía hace que la búsqueda de la palabra sea crear un mundo”

El español José Manuel Caballero Bonald recibe hoy el máximo galardón de las letras hispanohablantes

El poeta, narrador, memorialista y ensayista dialoga sobre sus raíces literarias con el joven autor Joaquín Pérez Azaústre

 Madrid 23 ABR 2013

“Mientras musito escribo una vez más la gran pregunta
incontestable
¿eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?”.
Son los últimos versos que José Manuel Caballero Bonald ha hecho públicos, a través de esa suerte de memoria-poesía-novela titulada Entreguerras (Seix Barral). El escritor recibirá hoy el Premio Cervantes de las Letras en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Solo que para llegar hasta ahí el camino ha sido largo y los primeros pasos cruciales. De eso, entre otras cosas, dialogó Caballero Bonald en su casa con el también poeta, narrador y ensayista —y andaluz— Joaquín Pérez Azaústre. Un maestro y un discípulo. Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) está en un rincón del salón de su casa, sentado en su mecedora de espalda a la caída del sol, tamizada por unos estores blancos, y Pérez Azaústre, en diagonal, a su izquierda, en una silla de piel.
Joaquín Pérez Azaústre. Me gustaría que me contaras cuándo tuviste tu primera sensación de escritor.
J. Manuel Caballero Bonald. Son dos momentos y los tengo muy claros. Uno fue cuando descubrí a Espronceda, no al poeta, sino al hombre de acción que con 33 años ya había hecho de todo; incluso había estado preso por su republicanismo, además exiliado y hasta escapado con la mujer de otro. Supe que tenía que imitar su espíritu aventurero cuando supe que una noche vio unas luces en una ventana, se acercó y era un velatorio, y descubrió que era su amante. Supe que quería ser como él. El otro momento fue con la segunda antología poética de Juan Ramón Jiménez. Me mostraba un camino desconocido y eso me emocionaba como lector.
J. P. A. Pero antes habías tenido una relación con el cómic estadounidense, con Flash Gordon y Mandrake el mago. Ahora hay amigos míos que reivindican la lectura de cómics como una fuente de inspiración.
J. M. C. B. Sí, pero Flash Gordon era mi héroe infantil, aunque leía muchos más. Lo que yo quería era imitar a los protagonistas. En mi discurso del Cervantes hay una alusión a mi descubrimiento del Quijote. Normalmente la gente se acerca a él de manera traumática, pero un profesor me lo dio a leer en una selección de aventuras; ese fue mi inicio y quedé deslumbrado, sobre todo por la figura de Alonso Quijano, que se echa al campo a defender a los perseguidos. Quise emularlo.
J. P. A. Hay un sentido de adivinación fundamental en tu vida...

Bonald: "Flash Gordon era mi héroe infantil, aunque leía más comics. Lo que yo quería era imitar a los protagonistas"
J. M. C. B. La novela de aventura ambientada en el mar fue decisiva para mí. El mar ha sido para mí la aventura. Quise ser marino mercante porque quería emular a mis héroes.
J. P. A. He releído Las adivinaciones,tu primer poemario, después de Entreguerras, tu último libro: veo temas continuos. ¿Cómo te llevas con ese primer libro?
J. M. C. B. Me siento bastante distante. Ahora, releído, noto que psicológicamente estaba envarado, con voz impostada, y eso me incomoda un poco. Defiendo la adjetivación, la forma de penetrar en la realidad y en Las adivinaciones eso está insinuado pero el desarrollo del poema era ingenuo, no había perdido la inocencia (se ríe Caballero Bonald).
J. P. A. Otra constante es que configuras la realidad para luego desconfigurarla.
J. M. C. B. Me viene del simbolismo, de Góngora, de Machado… Ellos fueron importantes, al igual que Mallarmé y Rimbaud. Trabajo ese concepto. La palabra más que suplantar la realidad, la recrea. El realismo, la copia, es desfigurar la literatura. La literatura es una interpretación. De eso sabes tú también porque lo haces…
J. P. A. Bueno, yo hago lo que puedo. Me llama la atención cuando dices que El Quijote solo lo pudo escribir un gran poeta.
J. M. C. B. Y no se puede llegar más lejos. Ágata ojos de gato es un poema alegórico dantesco; es mi libro predilecto. Conseguí ese injerto de la prosa y la poesía. Yo fui primero poeta, la poesía es una escuela inimitable. El ejercicio de la poesía te hace respetar la palabra, hacer que su búsqueda sea casi como crear un mundo. Y eso lo hace el poeta y no lo olvida cuando se es novelista.
J. P. A. Juan Ramón Jiménez decía que todo era poesía. Y tú has sido valiente en difuminar las fronteras de los géneros.
J. M. C. B. Eso Juan Ramón lo vio muy claro. Él mismo escribía el poema como si fuera prosa; y rompiendo el verso, el espacio, yo he hecho lo mismo. Yo hice el prólogo a un libro de Onetti que es mi máximo maestro: me conmueve, cuenta el revés de la vida.
J. P. A. ¿Y el compromiso del poeta con la sociedad?
J. M. C. B. La temática es circunstancial. Yo puedo hablar de desahucios ahora pero a través de un lenguaje que se esté desarrollando de una manera poética. La poesía social se empobreció, y pecó de superficial en el sentido de no preocuparse por la forma.
J. P. A. Los libros... ¿se comunican entre sí?
J. M. C. B. Puede que se comuniquen de noche y produzcan complicidades.
J. P. A. Somos autores pero antes que nada lectores, somos producto de nuestras lecturas…
J. M. C. B. La lectura es fundamentalmente un placer.
Y siguen hablando, como dos amigos que tratan de desentrañar el pasado y dar forma a los orígenes del Caballero Bonald de hoy. Del autor cuyo primer verso, hace 61 años, fue un poema titulado Ceniza son mis labios:
“En su oscuro principio, desde
su vacilante estirpe, cifra inicial de Dios,
 alguien, el hombre, espera”.

miércoles, 8 de febrero de 2012

PRENSA CULTURAL. "El club Dickens", por Joaquín Pérez Azaústre

Charles Dickens

   En "El Día de Córdoba":
El club Dickens

Joaquín Pérez Azaústre
07.02.2012

   Cada vez que alguien dice que la novela ha muerto, pienso en Dickens. Hoy se cumplen doscientos años de su nacimiento, cuando empezó a gestarse, para la literatura, el Londres que miraba todo el mundo. Una ciudad puede ser contemplada por la vida directa y por la letra menuda de una ambientación, pero Charles Dickens quiso demorar el pulso narrativo en la fotografía de la ciudad, de esos sueños poblados por un hollín de pálpito silente. Si hay dos escritores, distintos entre sí -alguien dirá que les separa mucho más que un abismo- que han diseccionado el Londres victoriano, son Charles Dickens y Arthur Conan Doyle. Dejando a un lado todo el mercantilismo que rodea a la pareja más famosa de Conan Doyle -un comercio al que, aunque en menor escala, tampoco son ajenas las criaturas de Charles Dickens: en la única casa-museo que aún se conserva en Londres de todas las que habitó, junto al jardín, hay una tienda de recuerdos en la que el visitante puede comprar figuras articuladas de David Copperfield-, lo cierto es que cualquier personaje de Dickens podría circular por una historia corta, media o larga protagonizada por Sherlock Holmes. De hecho, el detective tiene su propia banda de niños, que le ayudan en algunos casos que requieren ese olfato del cachorro de sabueso que nunca ha separado, todavía, el hocico del suelo empedrado de la calle, llamada Los irregulares de Baker Street, una banda a la que podrían haber pertenecido -si es que no lo han hecho ya, en todos esos subproductos holmesianos que fuerzan ficciones metaliterarias sobre la propia ficción canónica de Doyle-, sin desentonar, tanto David Copperfield como Oliver Twist. Londres entre la bruma azul de Victoria Station, un tren con las puertas de los compartimentos caídas en el andén, con los ojos helados.
   Charles Dickens sabía mirar la realidad con los ojos helados. Escribía las novelas por entregas y las publicaba en las revistas que luego se agotaban en la calle, llegando hasta el extremo, por ejemplo, con La tienda de antigüedades, de que la gente que seguía la narración al otro lado del Atlántico esperaba en el puerto de Nueva York a que llegaran los barcos con la continuación en nuevos números. A veces escribía sin haber resuelto el desenlace, porque la urgencia de la publicación no le dejaba tiempo para muchas correcciones. Ironía, humor y la continua revisión biográfica: el niño que fue Dickens se acostumbró a vivir como un novelista de éxito, pero siguió temiendo esa oscuridad del lecho húmedo, del dormitorio frío, que era la auscultación de la pobreza.
   Pensando en estas novelas, pero también en Grandes esperanzas o Papeles póstumos del club Pickwick, se comprende la dimensión de un escritor que supo reinventar su propio tiempo a fuerza de rigor y de ese tierno encanto del verismo.

viernes, 30 de septiembre de 2011

PRENSA. "Wangari Maathai", de Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre

   En "El Día de Córdoba":
Wangari Maathai

Joaquín Pérez Azaústre
29.09.2011

   Escribir África, Kenia y mujeres, es como escribir naturaleza. Leerlo todo en la misma frase, introduciendo la defensa del medioambiente como ideología razonable, es una manera de escribir el futuro. África, de hecho, es el continente del futuro: habitualmente empequeñecido en cualquier mapamundi occidental, es un territorio que da miedo, por su vastedad y sus capacidades naturales y humanas, por toda esa raigambre de recursos habitualmente expoliados no sólo por las sucesivas colonizaciones -políticas primero, comerciales después, bélicas siempre, a través de la industria armamentística-, sino por esa estrategia ampliamente aceptada por las potencias y por los mercados que consiste en sembrar, y hasta alentar, no sólo el subdesarrollo, sino también la marea continua de un enfrentamiento pendular, con esos reyezuelos recibidos aquí con honores de Estado, enriquecidos ostentosamente mientras sus ciudadanos son sujetos de la desesperanza, condenados al mismo día sombrío.
   Sin embargo, siempre hay alguien que sale entre las dunas para alentar un pulso más certero en las palabras y en la voluntad. Era el caso de Wangari Maathai, la activista keniata ganadora del 'Premio Nobel de la Paz' 2004. Murió el domingo, a los 71 años, en el hospital de Nairobi, tras una lucha continua y valerosa contra el cáncer que la corroía, acompañada de sus familiares y de sus compañeros. Tenía tres hijos y una nieta y había sido una de las primeras mujeres de África occidental con una cátedra universitaria tras su doctorado en Biología. Fue en 1977 cuando fundó el movimiento 'Cinturón Verde', uno de los proyectos de protección medioambiental que ha tenido más seguimiento en los últimos años, con más calado social y una repercusión que abarca ámbitos mayores que la mera concesión del 'Nobel': gracias a Wangari Maathai y su programa de 'Cinturón Verde', se llegaron a plantar en Kenia nada menos que 20 millones de árboles, la gran mayoría por mujeres. Reforestar Kenia, y hacerlo además con manos femeninas, fue la forma efectiva, pero también simbólica, que tuvo Wangari Maathai de enseñar al mundo no sólo otra manera de sentir, actuar y pensar, sino la posibilidad de convertir cualquier entorno vital en otro diferente, a fuerza de quererlo.
   Cuando el Comité Nobel de Oslo anunció en 2004 la concesión del premio a Maathai, señaló su actuación "al frente de la lucha para promocionar un desarrollo ecológico, que sea viable socialmente, económicamente y culturalmente, en Kenia y en África", con ese desarrollo sostenible, en su versión global, que "abraza la democracia, los derechos humanos y en particular los derechos de la mujer". Wangari Maathai nos deja una ideología para el futuro, pero también para el presente inmediato: es posible cambiar, se puede hacer, y también las metáforas -que son esos árboles plantados, sino una hermosa metáfora de nuestra fe en un rumbo utópico, pero también factible-, sus ramajes, pueden convertirse en realidad.
Wangari Maathai

jueves, 29 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mirar el frío": Joaquín Pérez Azaústre sobre el libro de relatos de Francisco Onieva

Joaquín Pérez Azaústre

   En "El Día de Córdoba":
Mirar el frío

Joaquín Pérez Azaústre
 28.09.2011

   Mirar el frío cortante, su limpia desnudez. Francisco Onieva ha escrito un libro de relatos titulado Los que miran el frío, que ya es una intención fina del estilista dedicado a narrar el tierno desamparo, pero también su revés áspero, roído, capaz de rasurar la piel más seca y dejarla encarnecida a la intemperie. Pero, ¿qué es, exactamente, mirar el frío, cómo se configura esa contemplación de una temperatura? Si el termómetro es emocional -pero esa emoción plena, purísima, que a duras penas puede traducirse en palabras, que se vive por dentro y se aglutina como una digestión interminable, la de un dolor infinito-, mirar el frío sería asomarse a la desolación perfecta, la que ha dejado atrás cualquier atisbo escueto de esperanza.
   Esto podría ser mirar el frío. Sin embargo, siguiendo cierta norma de Gabriel García Márquez -que cada novela debe estar contenida en su primera página-, y cambiándola ligeramente -porque esto es un libro de relatos y no una novela; y, además, quizá es el primer párrafo el que deba nombrar, por presencia o por omisión, el resto de la historia-, leemos al comienzo de Los que miran el frío: "Tal vez nada sucedió como lo recuerdo y la imaginación haya difuminado mi memoria a fuerza de escuchar una historia contada siempre por los otros, que me han obligado a recorrer mi vida como se recorre un paisaje en una fotografía velada, reinventándola con la yema de los dedos". Algo se podría ya decir, una impresión que se va desgranando a lo largo de nueve relatos, desde Las reglas del juego hasta el que da título al libro: una manera morosa, pero también porosa, de narrar, donde la vista es tacto y se convierte en una cualidad de la memoria. Hay una calma exacta en esta prosa, una especie de lenta contención que puede provenir de la doble naturaleza de narrador/poeta de Francisco Onieva -autor de poemarios como Los lugares públicos y Perímetro de la tarde-; así, en contra del tópico del poeta que se derrama en la narración, aquí nos encontramos con el extremo opuesto: el poeta con rigor de relojero suizo, que le aplica a la prosa la cadencia y también esa calidad de párrafo, pero con un pulso interior que se decanta por la sugerencia más sutil.
   En Los que miran el frío, el lector encontrará personajes reales -como Miguel Hernández y Pedro Garfias--y otros no tanto; o quizá sí, en esta geografía literaria descubierta en el norte de la provincia de Córdoba, Retamal, donde el dolor se alía con la supervivencia tras la línea del frente hacia 1939. (...)

miércoles, 28 de septiembre de 2011

PRENSA. "La nena de Laredo", por Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre

   En "El Día de Córdoba":
La nena de Laredo

Joaquín Pérez Azaústre
 27.09.2011

   Otra voz dormida, su luz decapitada por una impunidad dura de cuneta en el desierto. México es el país de Hispanoamérica en el que la profesión de periodista puede costar la vida con un riesgo mayor: así lo han dicho varios representantes de la profesión, y seguramente también lo habría dicho antes María Elizabeth Macías, asesinada el sábado pasado. A María Elizabeth Macías la han matado de una forma clara, nauseabunda, con esa pulsión seca del impacto que provoca la visualización de la escena dramática: su cuerpo apareció decapitado en un barrio de Nuevo Laredo, junto al monumento a Cristóbal Colón. Así, las piernas y su tronco fueron arrojadas sobre el césped; la cabeza, colocada en un macetero, junto al teclado de un ordenador, el ratón, los cables y los altavoces. Toda una advertencia, toda una metáfora sangrienta de lo que significa escribir en México, y decir la verdad, ejerciendo el oficio con rigor.
   La iconografía del macetero -no sólo los altavoces, para oír, el teclado, para escribir el reportaje y el artículo, sino sobre todo la cabeza, con los ojos que miran y la boca que habla, que dice lo que descubre, que es la caja sonora de todo el pensamiento y una reflexión de libertad- es tan dolorosa que hasta cuesta leerla, y también escribirla. Es como cuando secuestraron a Víctor Jara en el Estadio Nacional de Santiago de Chile y le rompieron las manos, con las que componía aquellas piezas breves, populares, que eran el regreso a la región del desfavorecido con hambre cultural, porque era la manera de dejar constado, ante quien pudiera presenciar ese momento atroz, y también ante él mismo, que le mataban precisamente por eso: por tener esas manos, por haber aprendido a deshacer una melodía bajo el ensueño utópico, para vestirlo de amplia posibilidad. Víctor Jara, con su tensión dramática -tan cercana a la compañía universitaria 'La Barraca', llevando el teatro del Siglo de Oro a la España profunda-, era una amenaza tan terrible que antes de asesinarle quisieron amputarle su razón de ser, la forma de llevar su canto al fin de la poesía en el plano de la realidad.
   Al asesinar a esta mujer brava, de 39 años, y hacerlo de esta forma, el mensaje está claro: cualquiera que denuncie, en México, a bandas criminales por las redes sociales, como hacía María Elizabeth Macías, puede acabar exactamente igual que ella. En estas redes sociales firmaba como La nena de Laredo. Denunciaba abiertamente a un grupo militar, esa misma gentuza que seguramente está detrás de su asesinato horripilante, y ha acabado igual que otros dos muchachos, asesinados y colgados de un puente por relatar los riesgos de la lucha estatal contra el crimen. La nena sigue viva en Internet, y su palabra es la prensa libre.

sábado, 24 de septiembre de 2011

PRENSA. "Justicia o venganza", por Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre

   En "El Día de Córdoba":
Justicia o venganza

Joaquín Pérez Azaústre
23.09.2011

   La clave es la justicia o la venganza. En Estados Unidos se optó por la venganza, con esa ceremonia de los familiares de las víctimas presenciando a través de una vitrina la ejecución eficiente del culpable. O del presunto culpable, o del falso culpable: porque, en una sociedad sin verdaderas garantías procesales, toda sentencia de muerte, ya sea por inyección letal, por ahorcamiento o por cámara de gas, es un asesinato, no muy distinto de otros tipos de asesinatos legales de la Historia, como los de Alemania en los 40. Esto es lo que no se quiere razonar, ni plantear, a un nivel de Derecho natural o de Filosofía del Derecho: que una sociedad que asesina a cualquiera de sus miembros, sin las debidas protecciones del reo en el proceso, sin acción probatoria, es una sociedad totalitaria. La clave es la justicia o la venganza, pero también saber dónde se está.
   En Estados Unidos, si uno tiene la mala suerte de verse envuelto de forma fortuita en cualquier altercado criminal, sea o no culpable, tiene las mismas posibilidades de ser ejecutado que en la Alemania nazi. Otra cuestión, de orden muy diverso, es si independientemente de que las garantías procesales sean eficaces, se está a favor o en contra de la pena de muerte; pero, lo que sucede en Estados Unidos, como según parece ha ocurrido con Troy Davis, al no existir de verdad esas mínima garantías jurídicas, esta segunda parte del debate tendría que quedarse para más adelante.
   Troy Davis ha sido ejecutado. Troy Davis tenía 42 años y llevaba 20 en el corredor de la muerte. El Tribunal Supremo reafirmó la sentencia, esa aplicación de un cóctel mortal de barbitúricos, sujeto a una camilla, mientras proclamaba su inocencia. "Yo no lo hice. Siento mucho su pérdida. Pero yo no maté a su padre, hermano o hijo", dijo a los espectadores de su ejecución. Según parece, antes del juicio, la policía condicionó a los testigos para que escogieran a Davis entre una rueda de reconocimiento. No se pudo presentar arma homicida porque no fue encontrada, y tampoco había pruebas de ADN. Sin embargo, Davis fue condenado en 1991. Años después, siete de los diez testigos que acusaron a Troy Davis se han retractado de aquella declaración, manifestando que fueron coaccionados. Si esto no es una duda razonable, si esto es quebrar la presunción de inocencia, que venga Abraham Lincoln, que fue abogado, a verlo: lo que parece, realmente, es conspiración para el asesinato.
   La mera posibilidad de poder condenar a un inocente debería bastar para abolir la pena de muerte en cualquier nación del mundo, además de la imprescindible concepción de la vida como bien jurídico supremo que no puede ser puesto en manos del Estado. No hay Derecho en América: este asesinato puede ser legal, pero no justo.

miércoles, 17 de agosto de 2011

PRENSA. "Somalia", por Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre

   En "El Día de Córdoba":
Somalia

Joaquín Pérez Azaústre
08.08.2011

   Nombrar Somalia es una indignidad, pero cómo no hacerlo. Todos somos culpables de lo que está ocurriendo allí, que es la triste historia de un genocidio sin ejecutores, pero con ideólogos en la sombra. Escribir hoy Somalia, y leerlo en el periódico, para volver después a nuestra gran preocupación de la prima de riesgo y la caída en picado de nuestro modo de vida, es el mayor indicio de que somos los cómplices silentes de la exterminación de todo un pueblo. No digo que cada uno de nosotros, desde nuestra inocente y muy acomodaticia ignorancia de todos los días, seamos responsables directos de todos esos miles de muertes por la hambruna, hora tras hora; pero nuestra manera de vivir, de armar el mundo, de articularlo en medio de políticas económicas que ha quitado a los pobres hasta la propia dignidad del pobre, esa antigua forma de autoabastecerse, es la gran culpable de la devastación somalí.
   Si pensamos en Somalia, hay que remontarse a los largos efectos del colonialismo británico, italiano y francés, durante los dos últimos siglos, pasando también luego por ese gran silencio de la Guerra Fría. Se buscó, en vano, convertir Somalia en una sociedad distinta, muy lejana a ella misma, para alcanzar el tipo de vida occidental. Ésa era la excusa, la coartada moral, para el mayor expolio de las últimas décadas: así, con la justificación de importar para Somalia los modos de justicia, democracia y formas estatales que conocemos aquí, sin importar apenas que no respondieran, nunca, a la situación real del pueblo somalí, en los años 80 el FMI decidió intervenir para "reorientar" la economía nómada-pastoral de pequeños agricultores. Así, se proyectaron programas de reasentamiento buscando una economía comercial, llegando a alcanzar un 80% de los ingresos por exportaciones en 1983. Pero las reformas fueron desintegrando las viejas relaciones de intercambio monetario, y mientras se extraían recursos económicos para pagar la deuda externa, esta "reorientación estructural" impuso la importación de grano extranjero. Así se empezó a hablar de "ayuda alimentaria" y en los 80 la importación de trigo y arroz -norteamericano, por supuesto- se multiplicó por 15, mientras los productores locales se iban quedando arrinconados, con lo que la capacidad de alimentarse del pueblo somalí quedó reducida a las importaciones.
   Varias devaluaciones y privatizaciones continuas, hasta dejar Somalia, bajo el ala protectora del FMI, sin capacidad para alimentarse a sí misma. El relato puede ser más o menos sesgado, más o menos completo; pero es este, tristísimo y doliente, ejemplo turbador de la sociedad global que todavía queremos preservar. Quizá la teoría del cataclismo, de un gran estallido que se lleve esta vida por delante, no sea tan descabellada: mirando hacia Somalia, llevamos muchos años ganándonos a pulso un mal final.

sábado, 25 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Las Ollerías", poemario de Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976)

Joaquín Pérez Azaústre

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Una figuración del paraíso

ÁNGEL L. PRIETO DE PAULA 18/06/2011

   Poesía. No responde Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) a la imagen del poeta que escribe al dictado de una musa o de un dios, hierofante pagado de sus palabras y más aún de sus silencios. Reconocido desde su primer libro de versos (Una interpretación, 2001), con el que había obtenido el 'Premio Adonáis', no es un poeta que se sitúe frente a la literatura, entendida como oficio e intercambio comunicativo; al contrario, Pérez Azaústre respeta hasta donde se puede la poesía lírica, pero es y se sabe "literato", que pasa sin solución de continuidad, y sin sentir que mancilla o rompe nada, de los versos a las prosas, de la columna periodística a la nouvelle, de la novela al ensayo cultural, e incluso salta la valla de la literatura para tratar con otras artes y singularmente con el cine. Las Ollerías, premio 'Loewe' en su última convocatoria, es una destilación poética que no depende tanto de los motivos como de su metabolización artística, que se impone sobre los argumentos. Aquellos, los motivos, están constituidos fundamentalmente por diversas viñetas existenciales y recreaciones memorialísticas de un pasado lejano ('Una foto invernal hacia 1981') o próximo ('Residencia de Estudiantes'); esta, su metabolización, ha requerido un relato de base realista, aunque el ritmo enfoscado y como sin resuello propicia sugerentes sentidos musicales que dejan la historia en segundo término, anegada de iluminaciones e invitaciones alegóricas que hacen que el discurso referencial pierda pie y termine levitando: "Antonio Amaro tiene la voz de hierbabuena. / Así acaricia el aire con la palma encendida / bajo la colcha rubia de las lomas de agosto"... A menudo, la realidad es sustituida por la reflexión sobre la escritura de esa realidad, siguiendo una línea metaliteraria pero nada pedantesca muy presente en sus novelas (así en la figura del narrador Felton, ese miembro apócrifo de la generación perdida franco-norteamericana).
   El poderío del ritmo se mantiene con todo su vigor en la sección 'La aguadora', de poemas solo aparentemente en prosa, pues es lo cierto que son auténticos poemas "en verso", por más que sus heptasílabos y endecasílabos se engarcen con libertad en renglones corridos, sin marcas de pausas versales. El autor ofrece en este libro, emotivo y convincente, la confesión madura de una primera recapitulación existencial; aunque la memoria y las estampas reconstruidas por su mano no pretenden regodearse, llevadas por la inercia, en la tristeza elegíaca que emana de los paraísos del ayer, sino acotar el territorio de la identidad.

Las Ollerías
Joaquín Pérez Azaústre
Visor. Madrid, 2011. 80 páginas. 10 euros

viernes, 29 de abril de 2011

PRENSA. "Mujeres escritoras", por Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre
   En "El Día de Córdoba":
Mujeres escritoras

Joaquín Pérez Azaústre
 28.04.2011

   Ayer [el miércoles 27] en Alcalá de Henares la literatura, la vida, la emoción, eran enteramente femeninas. Pocas veces se podrá asistir a un acto literario de la sencillez, la sobriedad, el sentimiento calado más allá del papel, de su aire espeso, como una cualidad que a todos nos volviera más livianos, más libres en el acto de leer y escribir. El discurso que leyó Ana María Matute, discurso de recepción de su 'Premio Cervantes', fue el de una niña tierna que no ha olvidado aún ni la infancia mejor ni su ternura. Fue dulce pasear por las calles de un tiempo devastado por la guerra, en el que esas tres palabras mágicas, "Érase una vez", fomentaban el caldo de la imaginación, su textura diversa de varios planos plásticos, vividos, como una geografía intangible de sueños, pero también real.
   Ana María Matute, en el discurso, ha vuelto a ser la misma muchacha temblorosa que una vez llegó a las oficinas de Destino, con su primera novela escrita a mano en un cuaderno de hule negro, vestida a la usanza de entonces, con falda oscura y calcetines blancos, sin ni siquiera haberla mecanografiado antes, y nos ha devuelto a todos la anécdota convertida en un milagro de la memoria hecha reescritura. Se acordó entonces del caballero que, tan amablemente, la estuvo atendiendo entonces en su despacho, explicándole que no podía presentar una novela así, que tenía que pasarla a limpio en una máquina de escribir, y que una vez lo hiciera ellos le darían una respuesta. Aquel hombre era el escritor Ignacio Agustí, por entonces en Destino, que acababa de tener un gran éxito de crítica y público por su novela Mariona Rebull. Ana María Matute le recordó ayer, del mismo modo en que también nombró a Gonzalo Rojas, muerto hace muy poco, y fue recuperando ese relato que comenzó una vez, cuando tenía apenas cinco años y decidió que por encima de todo sería únicamente una escritora.
   Tantos años después, lo ha conseguido. Pero quizá también lo logró entonces. Fue también especial el discurso de Ángeles González Sinde -otra mujer-, refiriéndose a una fotografía que lleva siempre en la cartera, en la que aparecen Ana María Matute y Ana María Moix: dice que le da fuerza, y es comprensible. También estaba ahí Ana María Moix, como Juana Salabert, Soledad Puértolas, Ángeles Caso, Paula Izquierdo.... Mujeres. Ayer fue el día de las mujeres, por fin, en la literatura española. Algo se respiraba allí, una sensación de plenitud con representación femenina cordobesa: también estaba dentro Juana Castro, flamante ganadora del 'Premio de la Crítica' por sus Cartas de enero. Ha sido un día genial. No es que uno crea demasiado en las etiquetas literarias -literatura "femenina" es una de ellas-, pero ha sido estupendo contemplar esta fiesta de mujeres escritoras, con su hermosa gran maga.

jueves, 31 de marzo de 2011

PRENSA. 31 marzo 2011

   En "El País":

1. Uffffffffff. Columna de Maruja Torres.

2. Relato sin mito de la Transición. Reportaje de Tereixa Constenla. La generación literaria de los sesenta retrata sin complacencia el advenimiento de la democracia - La matanza de Atocha y el 23-F, entre los temas estrella.

3. Forges entre las aulas. Por Vicente Verdú.

4. La genética personal topa con la patente. Reportaje de Mónica González Salomone. Diez años después de la secuenciación del genoma humano, el 20% de los genes está registrado - Los expertos alertan del peligro de entorpecer la medicina personalizada.

5. Una pinza contra Obama. Lluís Bassets sobre la intervención militar en Libia.

   En "El Día de Córdoba":

6. Escribir un poema. Joaquín Pérez Azaústre, sobre la presentación del libro de Eduardo García.

lunes, 21 de marzo de 2011

POESÍA. "Carta de Rainer María Rilke al joven Luis Cernuda", de Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976)

Joaquín Pérez Azaústre

CARTA DE RAINER MARÍA RILKE AL JOVEN LUIS CERNUDA

He recibido su carta, estimado
muchacho que se encuentra ante la duda
de empezar a vivir o morir pronto.

En sus versos se esconde el solitario
gigante que en usted está venciendo,
que le crece de dentro y le devora.

Su amor por el otro, su necesidad
de estar acompañado a cada instante,
¿es para usted valeroso o solo aire?

Le duele comprender que no le entienden,
se enfrenta con el mundo a manos llenas
y el mundo va y le paga con dolor.

¿Acompañado siempre, acompañado?

Encontrará la luz en esta lucha,
la luz de quien camina siempre solo
por buscar entre el hombre lo innombrable.

En cuanto al amor, Luis, nada ha perdido;
ame las horas de su ser en sombra
y halle en ellas, como en las viejas cartas,
la superación de una vida.

Caminará mañana y será libre
del dolor de este mundo que se agota;
lindará su amplitud con las estrellas,
se alegrará por fin de ser un hombre
pero en esto, muchacho, estará solo,
y no podrá llevar nadie consigo.

Sea tolerante con los rezagados,
aquellos que no entiendan su alegría,
ni sus dudas, ni su nuevo deleite:
el placer de buscar en lo infinito
una sombra de un árbol en la brisa.

    Perteneciente a Una interpretación (Rialp, Colección Adonais, 2001)

domingo, 20 de marzo de 2011

POESÍA. "Cieno", de Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976)

Joaquín Pérez Azaústre
CIENO

La roca no es coherente, se embebe de agua y forma
el resto de una arcilla amoratada.

La roca no es coherente, permanece
al fondo de un depósito
calcáreo y arenoso, que tienta al sedimento
en una porción fina de agua.

El cieno se mejora,
se vuelve madurez en el pantano.

Ríos que fueron labrados al caudal
y ahora se preocupan por aguas más pequeñas.

El agua en su registro.
Los tornos de un meandro.

Las corrientes salobres apenas se malogran,
se acercan y regresan sin saber
el ritmo de una vuelta en su perfil de arrastre.
Terrenos pantanosos, geografías.

                                   Perteneciente a Delta (Visor, 2004)

sábado, 19 de marzo de 2011

POESÍA. "El jersey rojo", de Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre

EL JERSEY ROJO

Un rumor de lluvia,
un paso entreabierto en la ventana.

Cuando el cuerpo y las ganas son color
los poros reconocen un letargo,
una luz comprimida en unas cestas,
un rumiante de tiempo o una imposición.

Se puede diseñar una estructura,
el diente de una espera,
una musculatura física y mental;
pero cómo vivir lo que nos viene,
cómo asimilar en un minuto
la dinamita o carga de una vida.

El hombre sigue sujeto a la mecánica
de la casualidad,
y hay un sentido o un significado
en la inminencia blanca de la lluvia:
un chaparrón perdiendo sus agujas
sobre la colcha gris de la piscina.

La lluvia sólo quiere que la escuches:
salir a acariciarla,
dejar que se te moje el perfil rubio,
el jersey rojo,
los tacones que ensalzan tu esbeltez;
dejarla sobre el peso de unas hojas,
del aire desenvuelto en su latencia
o en un acecho de agua.

Acepta un nuevo estado, sal afuera
por mucho que prefieras un paraguas.
Antes o después la lluvia nueva
hará que sí la escuches, que prefieras
salir de donde estás para mojarte.

                          Perteneciente a El jersey rojo (Visor, 2006)

viernes, 18 de marzo de 2011

POESÍA. "Una actriz contempla su retrato en familia", de Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre

   Poema dedicado a Amparo Muñoz.

UNA ACTRIZ CONTEMPLA SU RETRATO EN FAMILIA

Había estado escondida más allá de su rostro.
Se había desvanecido al cerrarse un abrigo
sobre su desnudez, la baldosa polar
que fue también cien años de una mansión vacía.
Muy pocos se olvidaron de su nombre,
y así estuvo presente en la cordialidad
de una cara bonita con su azafrán de boca.
No quiso ser su historia, pero al final lo fue,
y fue la niña guapa de la Costa del Sol:
una iluminación hacia el futuro
que había de refundir el metal de los sueños.
Fueron ésos sus años de esplendor:
se elevó sobre el mundo, fue una diosa en Manila,
reconoció la sábana de raso
deslizada en su piel como el girasol tierno
para después volver su sonrisa a los focos.
Así recuperó su retrato en familia,
pero era ya otra voz resquebrajada,
porque eran ya unos ojos que habitaron
el eco de un abismo, los que resplandecieron.
No hay más perfección bajo unos rasgos
que una aceptación del pasado presente,
de las pupilas limpias y enjoyadas
con una pulcritud de brillo suave.
Habría que recordarla en la cocina,
anidando el misterio, viviendo una ficción
de un hombre que se queda sin familia
y decide alquilarla. Qué representación
del sueño de cualquier hombre cansado
del desayuno opaco en la casa vacía.
Ella fue a llenar el desayuno, el almuerzo y la cena,
ella fue a llevar a aquel jardín
una ficción de brasa y redentora
con una comprensión de cualquier soledad.
La casa era ella misma, te gustaba mirarla:
porque era el comedor dulcificado
por un calor solar, por su marea creciente
bajo una placidez que encarnaba el perdón.
Había que sumergirse, bucear en los párpados7que no podían guardar una espina secreta:
la vida siempre ha sido
una mala escritora de guiones,
le dice Humphrey Bogart a Ava Gardner
en La condesa descalza.
Ella no fue condesa, pero sí caminó
descalza por la lumbre de la vida
hasta curtir las plantas de sus pies
con una geografía de cortes invisibles.
En ese itinerario dibujando el alambre
habría de macerar la mejor biografía:
la de una reconquista, la de una resistencia,
poder reconocerse otra vez en sí misma.
Nada puede acabar con la belleza
si es una plenitud del corazón.
                         Perteneciente a Las Ollerías (Visor, 2011)

jueves, 17 de marzo de 2011

POESÍA. "Limo", de Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre

LIMO

El agua, curso alto, cercano al nacimiento
se sabe montañosa en su erosión;
el limo es lo que queda.
El agua, curso medio, pendientes más suaves,
groseros abandonos, audaz canto rodado,
arenas que se agrandan y te engrosan;
el limo es el sustrato,
el limo es permanencia.
El limo se transporta por el agua, agota al sedimento,
aguarda desde el fondo;
el fondo de los ríos pantanosos,
el fondo de los lagos,
el agua que se duerme más tranquila.

PRENSA. "Robo de niños", por Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre

   En "El Día de Córdoba":
Robo de niños

Joaquín Pérez Azaústre
Actualizado 16.03.2011

   Todas esas manos tenebrosas que han cortado la vida en su eslabón más débil, en el comercio sucio y miserable de bebés recién nacidos, primero dados por muertos y después vendidos a otras manos igualmente concretas, igualmente corruptas, igualmente malvadas, que recibían al niño o a la niña sin hacerse ninguna pregunta por su origen, ahora se desvelan en esta intriga amarga de la peor España imaginable. Cabe la posibilidad, también, de que los destinatarios fueran engañados: sus padres han muerto, se han quedado huérfanos, y todas esas frases lastimeras que iban cimentando la coartada moral de los ladrones. Mientras otros padres, jóvenes o no, que no habían tenido hijos, bendecían a una providencia que convertía la presunta tragedia de unos en la virtud de otros, y el desvalimiento de ese niño, abandonado a la suerte sin sus padres naturales, de pronto terminaba entre esos dedos, deseosos también de una progenie.
   Parece ser que la historia es todo menos bondadosa, y se hace difícil defender la conducta moral de quienes extendieron los brazos para recoger el fruto de ese hurto, de esa negación médica, ahora convertida en una lacerante realidad. El asunto de los niños robados, que duró hasta el final de la dictadura franquista -hay quien asegura que hasta bien entrada la democracia se seguían dando casos similares-, seguramente había empezado mucho antes. Es la vieja historia de ricos y de pobres, del aprovechamiento de unos sobre la indefensión de otros, con la complicidad de los poderes públicos y su abuso de fuerza. El desarrollo secuencial es conocido: una mujer humilde en el lecho del parto, todavía sin haberse recuperado del todo, recibe la noticia de que su niño ha muerto. La enfermera le trae el cadáver de un bebé, y la madre responde que no puede ser su hijo, que está muy criado, que es demasiado grande, que su hijo, al que vio nacer la noche de antes, no puede haber crecido en unas horas. Le dicen que se equivoca, que ése y no otro es su bebé, y el padre cuando mira no sabe o no contesta, porque no estuvo presente y además no sabe cómo debe de ser un bebé de grande, y lo achaca a la desesperación de su esposa por la pérdida del hijo, que él también ha sufrido: asiente a la enfermera y se concentra en esa tarea larga y pesarosa del consuelo.
   Pero a la mujer no se le olvida, no se le olvida nunca, que el niño que le enseñaron unas horas después no era ni podía ser su hijo. Igual que en Argentina, en Chile, en cualquier parte con unos vencedores sin imperio de ley. Es la vieja historia de los depredadores, y de una sociedad que permitía esa depredación, ahora planetaria. Hay que esclarecerlo: esto también es memoria histórica.

miércoles, 16 de marzo de 2011

POESÍA. "El indiano", de Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre
EL INDIANO
Si la memoria curva arde en los arcos,
cómo se comprime una conciencia
dura de ventisca y senectud.
Fue la mañana gris del vendaval,
con el mantel de lino sobre el campo
en su tensión mojada.
Quién podrá beber ahora su cáliz,
en qué verdad de yermo, si es un dolor sin muerte
hurgando entre los párpados vencidos
de un vaivén de columpio en la ladera.
Quedan, apenas, trozos de un paisaje,
solo restos de ti, como tu nombre
que ahora se define con nosotros,
se perfecciona, vuela, es casi exacto
si podemos volver a tu ciudad
casi como a la nuestra:
sin regresar y sin asimilarnos,
si nos mira como a un desconocido,
como a alguien que se adentra
por un tiempo que fue su propio tiempo
y no le reconoce.

martes, 15 de marzo de 2011

POESÍA. "La siesta", de Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre
LA SIESTA
El tulipán y el oro. Las tijeras de cobre.
La cafetera roja, el barandal
viendo pasar la tarde en pan caliente,
cristalina y caliza, como si fuera ya
una tarde más larga que la vida.
(El aire que sacude
esta misma terraza, en alquiler,
es una arqueología del instante).
La telera del sol, con las pesas de lata
rellenas del cemento, el óxido gimiente
en los viejos tensores de madera rojiza.
Mientras tu cormorán nos esperaba
en un carey de cuerpos horneados,
protegiendo el empeine, madrigal del quiosco,
tú levantaste el muro sobre las costanillas
para aplacar el fuego de la fábrica oscura:
música pendular, atmosférica y ágil
bajo los soportales barnizados de Alaska.
Cuando tu propio cuerpo reposó
quizá como la piedra, como esa misma piedra
dispersa y retenida, volátil y agitada
por el viento que azota cualquier piedra,
recibí como herencia la llave del jardín.
Somos los defensores del banquete nupcial.