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jueves, 3 de junio de 2010

FRANCISCO BOIX: fotografía, historia,Mauthausen


Francisco Boix

Francisco Boix Campo (Barcelona 1920-París 1951), fotógrafo y militante antifascista español. Fue un militante de las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña, que durante la Guerra Civil actuó como fotógrafo de la revista Juliol y en 1938 combatió en la 30.ª División del Ejército de la República Española. En febrero de 1939 se exilió en Francia y fue internado en los campos de Vernet d'Ariège y de Septfonds. De allí salió para formar parte de una Compañía de Trabajadores extranjeros, integrada en el Ejército francés.
En mayo de 1940, como muchos españoles, cayó prisionero de las fuerzas alemanas que invadían Francia. Tras pasar por un campo de prisioneros de guerra (Stalag XI-B, en Fallingbostel), fue enviado a principios de 1941 al campo de concentración de Mauthausen-Gusen (Austria, entonces integrada en el III Reich), donde murieron dos tercios de los más de 7.000 españoles allí internados.
(Fuente: Wikipedia)

Aquí, información sobre el documental Francisco Boix: un fotógrafo en el infierno, con dirección y guión de Llorenç Soler.

Ahora, la traducción de las declaraciones realizadas por Francisco Boix en los juicios de Nuremberg, en 1946.

Y el principio del documental:

lunes, 5 de abril de 2010

PRENSA. "Mi último viaje a Buchenwald", por Jorge Semprún

Jorge Semprún

Hoy, en "El País":

Mi último viaje a Buchenwald


Los escritores son los únicos capaces de mantener vivo el recuerdo de la muerte. En ese campo de concentración, que fue nazi y después estalinista, pueden encontrarse las raíces de la construcción de Europa

JORGE SEMPRÚN 05/04/2010
Ahí, en un antiguo campo de concentración nazi convertido en prisión estalinista, es donde debemos celebrar la Europa democrática. Contra todas las amnesias.
En un magnífico artículo, Catherine Herszberg evocó hace poco (Libération, 13 de febrero) una visita a Auschwitz, con ocasión del 65º aniversario del descubrimiento del campo por parte del Ejército Rojo. Acompañó allí a una vieja familiar, antigua deportada. Y su relato -lleno de ironía corrosiva, una mirada precisa y una emoción contenida- confirma con brillantez una idea que comparto desde hace años: la escritura y los escritores son los únicos capaces de mantener vivo el recuerdo de la muerte. Si no, si los escritores no se apoderan de esa memoria de los campos de concentración, si no la hacen revivir y sobrevivir mediante su imaginación creadora, se apagará con los últimos testigos, dejará de ser un recuerdo en carne y hueso de la experiencia de la muerte.
El texto de Catherine Herszberg se titulaba precisamente, de forma premonitoria, Los funerales de la memoria.
Sin embargo, pese a la pertinencia entristecida de ese relato, pese a su análisis lúcido y desengañado de las trampas, las dificultades y los errores inevitables de las conmemoraciones oficiales, el 11 de abril estaré en Buchenwald, en la explanada en la que se pasaba lista a los prisioneros, para tomar la palabra durante la ceremonia conmemorativa de la liberación del campo por parte de los soldados estadounidenses del Tercer Ejército del general Patton. He aceptado la invitación que me han hecho la ministra-presidenta del Gobierno de Turingia, Christine Lieberknecht, y el director del Monumento de Buchenwald-Dora, mi amigo el profesor Volkhard Knigge.
¿Por qué lo he hecho, por qué motivos?
Por una razón principal, de la que derivan todas las demás, que son complementarias: porque es la última vez. Quiero decir, desde luego, la última vez para mí. Dentro de cinco años (las conmemoraciones oficiales, probablemente para subrayar su solemnidad, se celebran con un ritmo quinquenal), en el 70º aniversario del descubrimiento y la liberación de los campos, yo ya no estaré.
Por última vez, pues, el 11 de abril, ni resignado a morir ni angustiado por la muerte, sino furioso, extraordinariamente irritado por la idea de que pronto ya no estaré aquí, en medio de la belleza del mundo o, por el contrario, en su grisácea insipidez -que en este caso concreto son la misma cosa-, por última vez, diré lo que creo que tengo que decir.
¡Se comprenderá que no quiera perderme semejante ocasión!
En primer lugar, la explanada de Buchenwald, bajo el viento glacial del Ettersberg -un viento de una eternidad mortífera, que sopla sin cesar, incluso en primavera-, es un lugar idóneo para hablar de Europa. Porque Buchenwald fue un campo nazi hasta abril de 1945. Los últimos deportados, partisanos yugoslavos, salieron de él en junio de ese año.
Ahora bien, el campo volvió a abrirse en septiembre con el nombre de Speziallager n° 2, campo especial número 2 de la policía soviética en la zona de ocupación rusa.
Fue en 1950, tras la creación de la República Democrática Alemana (RDA), cuando el campo se cerró y se transformó en lugar para el recuerdo. Pero hubo que esperar a 1989, a la caída del Muro de Berlín y el imperio soviético y la reunificación democrática de Alemania, para que Buchenwald pudiera asumir sus dos memorias, su doble pasado de campo de concentración sucesivamente nazi y estalinista.
Es, por tanto, un lugar ideal, único, para reflexionar sobre Europa, para meditar sobre su origen y sus valores. Para recordar a los jóvenes visitantes -miles cada año-, a los estudiantes del mundo entero que hacen allí cursillos de historia, que las raíces de Europa pueden encontrarse en ese lugar, en las huellas materiales del nazismo y el estalinismo, contra las cuales, precisamente, se inició la aventura de la construcción europea. Unas huellas visibles a simple vista: en lo alto de la colina, la chimenea achaparrada del crematorio, apagada para siempre, recuerda a las decenas de miles de muertos del campo nazi, a quienes encontraron su tumba en las nubes, como escribió Paul Celan. Al pie del Ettersberg, en cambio, en los límites del antiguo campo de cuarentena, un joven bosque plantado por las autoridades de la RDA oculta las fosas comunes en las que están sepultados, en desorden, anónimos, los miles de cadáveres del campo estalinista.
Es un lugar ideal, la explanada de Buchenwald, para recordar el origen de Europa, pero también para pensar en su futuro, en este momento de crisis, involución, falta de aliento y empuje. Un momento en el que viene a la memoria la frase de Edmund Husserl, pronunciada en Viena en 1935, en pleno apogeo de los totalitarismos: "El mayor peligro para Europa es el cansancio".
Hoy, para emplear las palabras del gran escritor europeo Claudio Magris, lo fundamental ya no es luchar contra los totalitarismos, sino combatir los particularismos, convertir esta problemática suma de 27 países libres en una estructura multiforme y orgánica con una misma razón democrática.
Por otra parte, parece que este año participarán en las ceremonias de conmemoración veteranos estadounidenses del Tercer Ejército de Patton. Una ocasión perfecta para recordar el papel decisivo que desempeñaron en la liberación del campo los soldados afroamericanos de los batallones de choque, los jóvenes soldados hispanos del sur de Estados Unidos, con un habla castellana fluida y melodiosa, los hijos de los granjeros de la Norteamérica profunda que descubrieron, en aquella guerra justa y terrible, los valores universales de su democracia. El 11 de abril de 1945, mientras las vanguardias acorazadas de Patton, después de vencer y dispersar a la guarnición de Buchenwald y los hombres de la división SS Totenkopf, atacaban con éxito Weimar -rodeando el campo propiamente dicho, al que los estadounidenses no volvieron hasta 24 horas más tarde-, un jeep del ejército se presentó en la inmensa entrada del recinto.
Un jeep solitario en el estrépito de la batalla. Dos hombres de uniforme. Uno de ellos era civil, quizá periodista. El otro era un oficial, primer teniente. Pero lo importante no es eso. Lo importante son sus nombres. El civil se llamaba Egon W. Fleck, el oficial, Edward A. Tenenbaum. Decid estos nombres en voz alta y contened vuestras risas, contened vuestras lágrimas. Dos judíos norteamericanos fueron los primeros en franquear la entrada al campo de Buchenwald, acogidos como vencedores por los hombres en armas de la resistencia antifascista.
En los archivos estadounidenses puede verse el informe preliminar sobre Buchenwald que redactaron Fleck y Tenenbaum el 24 de abril de 1945 para sus superiores militares. Todavía se sienten su sorpresa, su trastorno y su emoción, tanto tiempo después. Pero esta increíble ironía de la Historia, esta burla ontológica que significa la presencia de Fleck y Tenenbaum (judíos americanos, pero de origen alemán bastante reciente; la prueba está en su informe preliminar, redactado en inglés pero en el que emplean la palabra alemana panzerfaust para referirse al bazuca, el arma individual anticarros) en la puerta de Buchenwald, esta maravillosa casualidad, nos remite a una verdad indiscutible.
Cuando todos los testigos -deportados y resistentes- hayan desaparecido, pronto, de aquí a unos años, permanecerá todavía una memoria viva, personal, de la experiencia de los campos de concentración, una memoria que nos sobrevivirá, que es la memoria judía. El último que recordará, mucho después de nuestra muerte, será uno de esos niños judíos que vimos llegar a Buchenwald en febrero de 1945, evacuados de Auschwitz, después de haber sobrevivido milagrosamente al frío, el hambre, el viaje interminable en vagones de mercancías, con frecuencia a la intemperie, para dar testimonio en nombre de todos los desaparecidos, los náufragos y los escapados, los judíos y los goyim (los no judíos), las mujeres y los hombres. ¡Larga vida al tornasol judío que refleja toda nuestra muerte!

Jorge Semprún es ex ministro de Cultura. Perteneció a la resistencia comunista y fue deportado de Francia a Buchenwald en 1943. © Le Monde, 2010. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

PRENSA. 5 abril 2010

En "El País":

1. Perspectivas. Columna de Almudena Grandes.

2. El timo de la estampita en 3D. Reportaje de Toni García. Hollywood se asegura taquillas jugosas convirtiendo a la carrera sus grandes estrenos al formato de moda - En 2010 la recaudación en salas ha crecido un 10% en EE UU.

3. La literatura, un arma para curar. Por Carles Geli. El médico polaco Andrzej Szczeklik defiende el poder del arte para ayudar a mejorar a los pacientes.

4. El CO2 también puede ser útil. Reportaje de Rafael Méndez. España busca fórmulas para aprovechar el dióxido de carbono - La inyección del gas en invernaderos eleva un 20% la producción - Una térmica fertilizará microalgas.

5. El mundo se hace urbano. Reportaje de Sandro Pozzi. El aumento de las ciudades pequeñas marca el declive de la población rural.

6. Mi último viaje a Buchenwald. Artículo de Jorge Semprún, ex ministro de Cultura. Perteneció a la resistencia comunista y fue deportado de Francia a Buchenwald en 1943. © Le Monde, 2010. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Los escritores son los únicos capaces de mantener vivo el recuerdo de la muerte. En ese campo de concentración, que fue nazi y después estalinista, pueden encontrarse las raíces de la construcción de Europa.

7. La ley islámica divide Sudán. Reportaje de Francesc Realea (enviado especial). Los intentos del Gobierno de extender la aplicación de la 'sharía' agudizan los enfrentamientos entre el Norte, musulmán, y el Sur, cristiano.

sábado, 6 de junio de 2009

LECTURA. PRENSA. Jorge Semprún habla del campo de Buchenwald

Artículo de Jorge Semprún, en "elpais.com", con motivo de la visita de Obama al campo de concentración de Buchenwald. Se titula Bienvenido, presidente. Lo reproducimos en su totalidad (Jorge Semprún estuvo prisionero en ese campo, hasta su liberación):

El 11 de abril de 1945, mientras los batallones de choque del III Ejército norteamericano de George Patton desbarataban la resistencia de la división SS Totenkopf, en las inmediaciones de Buchenwald, y proseguían su avance hacia Weimar, un jeep tripulado por dos hombres se dirigía hacia la entrada monumental del campo de concentración propiamente dicho.
Al desembocar en un tramo de autovía, los dos estadounidenses (no me resisto a dar sus nombres enseguida: Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum. ¡Estupenda ironía de la historia, memorable revancha: dos judíos norteamericanos, de filiación germánica, son los primeros en penetrar en el recinto alambrado del campo de concentración nazi!), los dos norteamericanos, pues, descubren de pronto "a miles de hombres harapientos, de aspecto famélico (hungry looking men), marchando hacia el Este en destacamentos de combate, armados, disciplinados, encuadrados por sus jefes... Eran los deportados de Buchenwald, dispuestos a luchar...".
Estas líneas figuran en el informe que Fleck y Tenenbaum -no me cansaré de repetir sus nombres- redactan para el alto mando, días después, el 24 de abril. Informe sin duda olvidado, y que resulta oportuno rescatar hoy, día de la visita a Buchenwald del presidente Barack Obama, y que, en cualquier caso, puede consultarse en el Archivo Histórico Nacional de EE UU, bajo las siglas RG 331, SHAEF G5, carpeta 10: Buchenwald, a preliminary report.
Este informe, por muy preliminar que sea, viene a zanjar una antigua discusión de la época de la Guerra Fría, a veces enconada, sobre la realidad de la insurrección armada de Buchenwald. Testigos imparciales, Fleck y Tenenbaum acreditan dicha realidad. Pueden decir, como Francisco de Goya: Yo lo vi...
Es cierto que la propaganda de la Alemania del Este ha presentado durante años una versión mitificada de la liberación de Buchenwald, en la cual se minimizaba, por no decir que se ocultaba totalmente, el papel decisivo del Ejército estadounidense. En realidad, la insurrección armada -preparada durante años de difícil trabajo clandestino; organizada en torno a un núcleo de combatientes antifascistas de la guerra de España, ¡qué novela, señor mío, qué novela!- sólo fue posible porque los soldados de Patton ya habían derrotado a las tropas de las SS, pero tuvo, sin embargo, un valor político y simbólico excepcional. Buena prueba de ello son las frases de sorpresa admirativa de Fleck y Tenenbaum en su citado informe.
Observadores atentos, los dos norteamericanos describen el armamento de los deportados. Some platoons carried German rifles. Some platoons had panzerfausts on their shoulders... Y es sin duda significativo que utilicen, aunque escriban lógicamente su informe en inglés, la palabra alemana para nombrar el bazooka, en la columna armada que descubren los dos norteamericanos.
En su informe, después de describir nuestro armamento -ya puedo hablar en primera persona; ya existo como portador de bazooka, o de panzerfaust (puño antitanque, literalmente) si se prefiere la expresión alemana, puesto que española no hay; ya me ha dado existencia, aunque sólo sea colectiva, genérica, sin distinguirme como individuo, la mirada de los dos norteamericanos-, Fleck y Tenenbaum dicen algo singular, al hablar de los deportados en armas, al hablar de nosotros. They laughed and waved wildly as they walked. O sea, que nos reíamos y gesticulábamos de alegría, al marchar en armas hacia Weimar.
Pues no me extraña. Naturalmente que estábamos alegres, en la gloria de la libertad, de la dignidad reconquistadas. Hambrientos, harapientos, pero vivos, en armas, cantando las canciones revolucionarias de la vieja Europa, en todos los idiomas de la vieja Europa. Y algunas de ellas, las de nuestra guerra, Los cuatro generales, ¡Ay Carmela!, cantadas en varios idiomas a la vez.
Sin duda es un gran acierto, prueba de buen talante y talento político, que el presidente Barack Obama, después del fundamental discurso de El Cairo, comience su viaje a Europa con una visita a Buchenwald. En el momento en que buena parte de sus iniciativas se desmarcan de la política nefasta de su predecesor, y la desmontan estratégicamente, no parece inútil recordar los valores democráticos, generosos, que encarnaron en 1945 los soldados del Ejército de EE UU: los afroamericanos de los batallones de choque de Patton; los soldaditos hispanos cuyos ojos se llenaban de lágrimas, ante los montones de cadáveres apilados en el recinto del crematorio de Buchenwald, y que rezaban en un melodioso castellano el Padrenuestro; los granjeros del Middlewest que descubrían, a través de una guerra durísima pero justa, la dimensión universalista de la democracia norteamericana.
¡Bienvenido pues a Buchenwald, lugar de memoria europea, memoria de libertad y de lucha, presidente Barack Obama!