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martes, 31 de mayo de 2011

PRENSA CULTURAL. Primeras páginas de "Verano", de Coetzee

Verano

    22 de agosto de 1972

   En el Sunday Times de ayer, una noticia desde Francistown, en Botswana. La semana pasada, en plena noche, un coche, un modelo norteamericano de color blanco, se detuvo ante una casa de una zona residencial. Bajaron unos hombres con pasamontañas, derribaron la puerta a patadas y empezaron a disparar. Cuando finalizaron los disparos, prendieron fuego a la casa y se marcharon. Los vecinos sacaron siete cadáveres de entre las brasas: dos hombres, tres mujeres y dos niños.
   Los asesinos parecían ser negros, pero uno de los vecinos les oyó hablar entre ellos en afrikaans y estaba convencido de que eran blancos con la cara ennegrecida. Los muertos eran sudafricanos, refugiados que se habían mudado a la casa solo unas semanas atrás.
   Cuando piden un comentario, a través de un portavoz, al ministro sudafricano de Asuntos Exteriores, dice del informe que "no ha sido verificado". Añade que habrá investigaciones para determinar si los fallecidos eran realmente ciudadanos sudafricanos.
   En cuanto al Ejército, una fuente no especificada niega que la Fuerza de Defensa de Sudáfrica haya tenido nada que ver con el incidente. Sugiere que lo más probable es que los asesinatos hayan respondido a un asunto interno del Consejo Nacional Africano y que reflejen las "tensiones en curso" entre facciones.
   Una semana tras otra se habla de sucesos similares en las zonas fronterizas, asesinatos seguidos de anodinos desmentidos. Él lee las noticias y se siente sucio. ¡De modo que es a esto a lo que ha regresado! Sin embargo, ¿en qué lugar del mundo puede uno esconderse donde no se sienta sucio? ¿Acaso se sentiría más limpio en las nieves de Suecia, leyendo desde la lejanía acerca de su gente y las diabluras más recientes a que se entregaban?
   Cómo librarte de la suciedad: no es una cuestión nueva. Es una vieja cuestión que te roe como una rata, que no te suelta, que te deja una herida asquerosa y supurante. Mordedura del fuero interno.
   -Veo que la Fuerza de Defensa vuelve a las andadas -le comenta a su padre-. Esta vez en Botswana.
   Pero su padre es demasiado cauteloso para picar el anzuelo. Cuando abre el periódico, se lo salta todo hasta llegar a las páginas deportivas, dejando de lado la política… la política y las matanzas.
   Su padre solo siente desdén hacia el continente que se extiende al norte de donde ellos se encuentran. A los dirigentes de los estados africanos los despacha con la palabra "bufones": tiranuelos que a duras penas saben escribir su propio nombre, que van de un banquete a otro en sus Rolls Royces con chófer, que visten uniformes al estilo de Ruritania festoneados de medallas que ellos mismos se han concedido. África: un territorio de masas hambrientas y bufones homicidas que las tratan con prepotencia.
   -Han entrado en una casa de Francistown y matado a todo el mundo -insiste él de todos modos-. Los han ejecutado, incluso a los niños. Mira. Lee la noticia. Viene en primera plana.
   Su padre se encoge de hombros. No puede encontrar palabras lo bastante amplias para abarcar la repugnancia que le causan, por un lado, unos matones que asesinan a mujeres y niños inocentes y, por otro, unos terroristas que guerrean desde refugios situados al otro lado de la frontera. Resuelve el problema enfrascándose en los resultados del críquet. Como reacción a un problema moral, es inadecuada. Sin embargo, ¿acaso es mejor su propia manera de reaccionar, esos accesos de rabia y desesperación?
   En otro tiempo pensaba que los hombres que idearon la versión sudafricana del orden público, que crearon el vasto sistema de reservas de trabajadores, pasaportes internos y distritos satélite segregados, habían basado su sueño en una trágica mala interpretación de la historia. Habían malinterpretado la historia porque, nacidos en granjas o en pequeñas poblaciones del interior, y aislados dentro de un lenguaje hablado en ningún otro lugar del mundo, no tenían ninguna noción de la escala de las fuerzas que, desde 1945, habían arrastrado al viejo mundo colonial. Sin embargo, decir que habían malinterpretado la historia era en sí mismo engañoso, pues no leían en absoluto textos sobre historia. Por el contrario, le daban la espalda, desechándola como una masa de calumnias reunidas por extranjeros que despreciaban a los afrikáners y que harían la vista gorda si fueran asesinados por los negros, hasta la última mujer y el último niño. Solos y sin amigos en el remoto extremo de un continente hostil, erigían su Estado-fortaleza y se retiraban detrás de sus muros: allí mantendrían encendida la llama de la civilización cristiana occidental hasta que por fin el mundo recuperase el juicio.
   De este modo, más o menos, se expresaban los hombres que dirigían el Partido Nacional Africano y el Estado en que la seguridad se imponía a cualquier otra consideración, y durante mucho tiempo él creyó que lo decían con el corazón en la mano. Pero ya no es así. Ahora tiende a pensar que, cuando hablaban de salvar la civilización, sus palabras nunca fueron más que un engaño. En este mismo momento, detrás de una cortina de humo de patriotismo, están sentados y calculando durante cuánto tiempo podrían seguir representando la función (las minas, las fábricas) antes de que tengan que hacer el equipaje, destruir todos los documentos incriminatorios y volar a Zurich, Mónaco o San Diego, donde, al amparo de empresas con nombres como Algro Trading o Handfast Securities, años atrás se compraron chalets y pisos como un seguro contra el día del Juicio Final (dies irae, dies illa).
   Según esta nueva y revisada manera de pensar, los hombres que ordenaron a la patrulla asesina actuar en Francistown no tenían una visión equivocada, y mucho menos trágica, de la historia. A decir verdad, lo más probable es que se rieran con disimulo de unas personas tan necias como para tener cualquier clase de visiones. En cuanto al destino de la civilización cristiana en África, siempre les ha importado un rábano. ¡Y estos, precisamente estos, son los hombres bajo cuyo inmundo poder él vive!

   A desarrollar: la reacción de su padre a los tiempos comparada con la suya: sus diferencias, sus (primordiales) similitudes.

   Textos sobre la novela:
Reportaje sobre Coetzee y Verano.
Crítica de Verano.

domingo, 26 de diciembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". LIBROS DEL AÑO (1). Reportaje sobre J. M. Coetzee y su libro "Verano". Por Colm Tóibín

J. M. Coetzee

En Babelia, suplemento cultural de "El País":
COETZEE

COLM TÓIBÍN 25/12/2010 

  Verano, la tercera parte de las memorias del Nobel sudafricano John Maxwell Coetzee, es el libro del año de 'Babelia'. Cincuenta y cinco especialistas de la revista cultural de EL PAÍS lo han elegido. En 2010, la autoficción, en su variable de memorias y autobiografías noveladas, empezando por el ganador, está entre lo más destacado.

Verano
John Maxwell Coetzee
Traducción de Jordi Fibla
Mondadori. Barcelona, 2010
272 páginas. 18,90 euros.

   Desde el comienzo de su carrera, al novelista sudafricano J. M. Coetzee le ha interesado jugar con la forma y la voz. A veces, como en la versión que hace de Robinson Crusoe en Foe, o en su oscura exploración de la vida de Dostoievski en El maestro de Petersburgo, ha jugado con la historia literaria, la forma literaria. En otras novelas, como la magistral evocación de la crueldad y la represión que es Esperando a los bárbaros o su surrealista remembranza de Sudáfrica en Vida y época de Michael K., su tono es sombrío, impredecible, y los libros están llenos de vidas intensamente imaginadas y absolutamente memorables. En otras novelas, como Desgracia, el tono es más controlado, mientras que, en La edad de hierro, con su dominio de la voz en primera persona -la de una anciana sudafricana blanca próxima a la muerte-, su imaginación muestra la increíble empatía que hace que sea uno de los más grandes novelistas en activo en el mundo.
   Hay algo de implacable y despiadado en sus recursos de novelista que es lo que da a sus obras su fuerza, sobre todo cuando, al mismo tiempo, consigue mostrar compasión por los mortales cuyas vidas dramatiza. En Infancia, escenas de una vida de provincias y Juventud, logró adaptar este tono implacable a su propia vida. No ofrece anécdotas coloristas ni hace ningún esfuerzo para justificar sus propios motivos pasados como dignos o buenos. En ocasiones se desprende una frialdad clarividente ante su propio pasado que también aplica a otros, incluidos aquellos con quienes tuvo una relación estrecha.
   Decir que es un autor de memorias profundamente preocupado por la verdad es decir poco. No busca nuestra aprobación, ni desea el perdón de nadie; no le interesa resultar simpático. Por el contrario, es capaz de anotar sus sentimientos y sus motivos, y las cosas que sucedieron, con un interés feroz y estricto en atenerse a la verdad.
   En Verano recupera una actitud juguetona. Imagina que está muerto y que un biógrafo está tratando de reconstruir cómo era su vida en la época en la que escribió sus dos primeros libros, Tierras de Poniente y En medio de ninguna parte, entre 1971 y 1977. El biógrafo tiene que trabajar con sólo unos fragmentos de memorias; algunos quizá no son fiables. De modo que parte en busca de personas que conocieron a Coetzee en aquellos años y las entrevista. La mayor parte de la novela consiste en las transcripciones de dichas entrevistas.
   En gran parte de su ficción, Coetzee es discreto. Aunque las novelas nacen del interés por la muerte y la oscuridad, la crueldad y la frialdad, el dolor y el conflicto, no son, en su mayoría, una exploración de un único punto de vista. Esta sensación de distancia es lo que les otorga su carácter magistral; también es lo que las hace extrañamente espeluznantes. Pero resulta que Coetzee también es un genio imaginando las vidas de otros; es capaz de presentar al lector esas vidas con un cuidado y un sentido del detalle que, en su capacidad de comprensión, resultan amables, casi generosos, casi afectuosos.
   En Verano no sólo logra captar su vida -y, desde luego, se asigna a sí mismo muchas cualidades que no son nada admirables- sino que, utilizando con talento y delicadeza sus voces, evoca a cuatro mujeres que estuvieron presentes en su mundo durante aquellos años. Les da vida con la misma fuerza con la que se la da a su viejo yo.
   Sin embargo, como novelista, deja un margen juguetón al lector; algunos de los "hechos" que presenta pueden no ser verdad; algunos de los personajes "entrevistados" pueden no haber vivido jamás. Pero él está trabajando con una verdad superior a la de los meros datos, una verdad que nos llega de dos formas.
   La primera es la figura del propio Coetzee, que es tan frío y sexualmente torpe como el protagonista de Juventud, y tan callado y ensimismado como el chico de Infancia. Sus deseos, su afecto, tienen una presencia extraordinaria en el libro; su personaje es una figura melancólica -desesperado por falta de amor, lleno de culpa, incómodo con su familia, con las mujeres y con el propio mundo- que el libro transmite en un tono implacable y con un detalle despiadado.
   Y las mujeres son completamente cruciales. Son una mujer casada con la que tuvo una relación; una prima muy querida; una bailarina brasileña de la que se enamoró, y una colega francesa. Cada una de ellas posee una voz y una personalidad que sólo un novelista magistral podía crear. En torno a ellas, como si ocupara el espacio entre las palabras, está el padre del personaje, derrotado y desilusionado, y magníficamente delineado en este ingenioso relato. Y está además la sensación de una Sudáfrica manchada por el pecado, maldita y, sin embargo totalmente inolvidable, en esta novela que se niega a hacer nada que no sea contar la verdad con todos sus detalles más pequeños y aburridos, y consigue, a pesar de ello, o tal vez por ello, elevarse por encima de la verdad y convertirse en un libro callado y esculpido de forma majestuosa.

   Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 1940) fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2003. Colm Tóibín (Enniscorthy, Wexford, 1955) es crítico de Book Review Magazine, ha publicado la novela Brooklyn (Lumen. Barcelona, 2010. 315 páginas. 18,90 euros) y el libro de relatos The Empty Family (Virgin Press. Londres, 2010. 242 páginas). http://www.colmtoibin.com/.

viernes, 3 de septiembre de 2010

PRENSA. 3 septiembre 2010

En "El País":

1. Ella como pecado. Reportaje de Juan G. Bedoya. Benedicto XVI equipara la ordenación femenina con los delitos más graves e indigna a teólogos e iglesias de base - Roma se niega a revisar la misoginia de sus primeros sabios.

2. Stephen Hawking excluye a Dios como creador del Universo. Por Patricia Tubella. El astrofísico cierra la puerta a la compatibilidad entre ciencia y religión.

3. "Sentí odio cuando vi cómo daban a mi madre 99 latigazos". Entrevista a Sajad Ashtianí, hijo de la mujer condenada a lapidación en Irán. Una red iraní de 'blogueros' y defensores de los derechos humanos ha facilitado esta entrevista telefónica entre el joven y el filósofo francés Bernard-Henri Lévy, impulsor de la movilización mundial para salvar a Sakineh Ashtianí.

4. Drogas: una nueva propuesta. Artículo del escritor mexicano Carlos Fuentes.

5. J. M. Coetzee, un intruso en el Karoo. Artículo de José Andrés Rojo. En el tercer volumen de sus memorias, situadas en los setenta, el premio Nobel explora su compleja relación con el paisaje y las gentes de Sudáfrica. Es un extraño en un país dominado por la violencia del 'apartheid'.

6. CINE. Críticas: El fénix de la corrección (Lope, de Andrucha Waddington, por Javier Ocaña). Una joya del romanticismo (Bright Star, de Jane Campion, por Javier Ocaña). Vidas asfixiadas (Submarino, de Thomas Vinterberg, por Jordi Costa).

lunes, 7 de junio de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Verano", de Coetzee (por José María Guelbenzu)

J. M. Coetzee
La verdad de Coetzee

JOSÉ MARÍA GUELBENZU 05/06/2010

El Nobel sudafricano abre nuevos caminos literarios con la tercera parte de su autobiografía, Verano. Repasa su vida en los años setenta a través de unos pocos hechos cruciales

A partir de Elizabeth Costello, J. M. Coetzee entró en un territorio literario donde el juego ficción-realidad, preferentemente enmarcado en textos más o menos autobiográficos, supuso un cambio de rumbo en su narrativa, un cambio asumido con tanto espíritu como riesgo, que está dando como resultado obras que se adentran decididamente en la construcción de la novela del siglo XXI. Diario de un mal año era un texto a tres bandas que contenía un ejercicio de indagación en la senectud extremadamente inteligente gracias a esa simultaneidad de voces y actitudes (un viejo, una muchacha sensual y su novio) con la que establecía un expresivo ejercicio de perspectiva y autoanálisis. Con Infancia y Juventud entraba en una suerte de memorias sui géneris cuyo tercer capítulo, bajo el subtítulo de 'Escenas de una vida de provincias III', lo constituye este Verano que ahora comentamos. Todos estos libros han sido editados en España por Mondadori.
Infancia y Juventud son dos novelas autobiográficas escritas en tercera persona. Recogen dos etapas de la vida de un tal John Coetzee; la primera, su vida de niño en la región de Karoo, alejada de la civilización urbana; la segunda se sitúa en Londres, adonde un joven John Coetzee se traslada tras estudiar en la universidad de El Cabo. Verano, en cambio, toma otro tipo de distancia y de estructura; de hecho, viene antecedida por esa persona interpuesta que él utiliza para expresar sus ideas en Elizabeth Costello. El resultado es verdaderamente notable y, sobre todo, revela una audacia literaria que no por consecuente con la última parte de su obra deja de ser un reto original que manifiesta a las claras su viveza de espíritu y su apuesta irreductible por la verdad literaria; lo que en los tiempos que corren resulta muy gratificante.
El libro está dividido en siete capítulos. Cinco de ellos se corresponden con personas que conocieron a John Coetzee, cuatro mujeres y un hombre. De las cuatro mujeres, al menos dos tuvieron una relación erótica con él. El quinto es un hombre al que conoció por coincidir con él en la antesala de una entrevista de trabajo y con quien entabló una cierta amistad. El texto está redactado en forma de entrevistas con esas cinco personas porque el artificio que usa el autor es el de crear un joven biógrafo inglés, Vincent, que está escribiendo un trabajo biográfico sobre el periodo que transcurre entre 1972 y 1975 de la vida de John Coetzee, célebre escritor galardonado con el Premio Nobel y fallecido en Australia. Las cinco entrevistas se abren y cierran con unos Cuadernos de Notas del propio John Coetzee correspondientes a esos años.
El artificio requiere confianza y pulso narrativo, pues se trata de crear a cinco personajes que, a su vez, deben de crear con su testimonio un Coetzee personal e íntimo, un Coetzee que, de cara al exterior, fue un hombre retraído y alejado de los circuitos literarios. Si no olvidamos que, a fin de cuentas, el auténtico J. M. Coetzee (afortunadamente, aún vivo) está hablando finalmente de sí mismo, el ejercicio de escritura se convierte en un verdadero alarde. Pero lo autobiográfico no debe hacernos olvidar lo literario: ¿han existido realmente esas personas o, por el contrario, son producto de su imaginación y lo único realmente comprobable es aquello que se refiere estrictamente a la vida de Coetzee y quizá no todo ello sino sólo parte? Y este es el momento de olvidar lo personal y entrar en lo literario: lo único que importa al lector, aparte de la natural curiosidad que suscita la historia, es que le están contando algo que ha de ser creíble; en este caso, creíble desde la ambigüedad de la propuesta. Y la realidad es que si consideramos estas memorias de una vida provinciana como una novela, estamos ante una novela sumamente inteligente que atrapa al lector por el camino de la imaginación, que es donde a fin de cuentas se sustancia la expresión de su autor.
La multiplicidad de voces consigue, entre otros efectos, el de crear un escenario, Sudáfrica, al que responden un conmovedor y hosco John Coetzee y su conmovedor y patético padre. Las voces establecen un paralelo natural entre su visión de Coetzee y su visión de la realidad sudafricana, lo que desemboca en la relación misma de Coetzee con su país y con su pasado. El juego es extraordinariamente complejo, sutil y de una gran riqueza de matices. La actitud ante el mundo de este hombre cerrado como una ostra se abre mágicamente ante los ojos del lector en lo que no es más que un duro y exigente ajuste de cuentas consigo mismo que, al preservar su voz -sólo aparece en los Cuadernos de Notas-, le permite exteriorizarlo sabiamente. Y detrás de todo está, a su vez, un tema eterno: la figura del artista.
Julia, su amante casada, que incluso aventura en un momento dado una interpretación de su obra en relación con él, está dispuesta a hablar de John, pero exige su cuota: hablar también de su propia vida. Margot, su prima, una figura del pasado en el presente actúa al revés: ella pregunta al biógrafo y este le va leyendo el texto que construyó con su testimonio. Adriana es un personaje fascinante que detesta a Coetzee y amplía el campo de visión, y Mario es una especie de sombra que se rozó con la de Coetzee: las que cuentan son las mujeres; el contraste entre esta y las otras voces es un acierto. Sophie, su otra amante, que es la que más habla de sus actitudes políticas y de su actitud ante la política, resume con una frase certera el espíritu del biografiado: "Para el fatalista, la historia es el destino".
Diría que el libro es deslumbrante si no fuera porque el deslumbramiento no deja ver y aquí, en cambio, lo que hacemos es, precisamente, ver. Léanlo como quieran ustedes, como cierto o como no cierto, pero léanlo; por su extrema inteligencia, por el derroche de talento, por su capacidad de convicción y por abrir nuevos caminos a la escritura narrativa. Por aquí sí se cuece el futuro de la novela.

Verano
J. M. Coetzee
Traducción de Jordi Fibla
Mondadori. Barcelona, 2010
272 páginas. 18,90 euros