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martes, 22 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. "Octavio Paz en manos de la censura franquista"

   En "El País":

Octavio Paz en manos de la censura franquista

La dictadura elaboró, entre 1950 y 1976, hasta 14 informes contra los libros del Nobel

Los documentos se exponen ahora en el AGA, en Alcalá de Henares

 

  • Foto inédita de Octavio Paz a los 23 años.

    Los funcionarios de la Dirección General de Propaganda y la Dirección General de Cultura Popular del Ministerio de Información y Turismo, que se ocupaban de revisar (léase censurar) todo lo que se publicaba en España durante la dictadura de Franco, afilaban la mirada, subrayaban, tachaban y, al final de su lectura, rellenaban siempre el mismo formulario: “¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la Iglesia o a sus Ministros? ¿Al Régimen y a sus instituciones? ¿A las personas que colaboran o han colaborado con el Régimen? ¿Los pasajes censurables califican el contenido total de la obra?”. Uno de los grandes afectados por aquellas preguntas y los subsiguientes cortes y supresiones de pasajes fue el escritor mexicano Octavio Paz (1914-1998).
    En julio de 1950, la compañía Editora y Distribuidora Hispanoamericana S.A. (EDHASA) solicitó el permiso para distribuir 200 ejemplares de Libertad bajo palabra de Octavio Paz, publicados en México. El libro fue enviado a dos censores. El primero, Pedro de Lorenzo, dijo en su informe que en seis páginas había “frases o expresiones obscenas, otras irreverentes”. El segundo, Andrés de Lucas, apuntó con letra angulosa: “Versos oscuros y estúpidos con algunas expresiones equívocas. Creo, sin embargo que puede autorizarse por el escaso número de lectores que leerán estos engendros”.
    Catorce informes de este estilo, sobre distintos libros del escritor mexicano y Premio Nobel de Literatura 1990, se exhiben hasta el próximo 20 de marzo en el Archivo General de la Administración, ubicado en Alcalá de Henares (Madrid), como parte de la exposición Octavio Paz: Guerra, Censura y Libertad. “La muestra podría dividirse en dos partes: la figura de Octavio Paz y el contexto de sus ideas y su obra en relación con España”, dice Evelia Vega, una de las comisarias, quien trabaja en el archivo dependiente del Ministerio de Educación Cultura y Deporte. En la exposición hay, además, fotografías del autor mexicano durante su estancia en España en 1937, junto a algunos de sus colegas que asistieron al Congreso de Escritores Antifascistas de ese año en Valencia, como el narrador José Mancisidor, el poeta Carlos Pellicer, el músico Silvestre Revueltas o el pintor José Chávez Morado. Y un reportaje gráfico de abril de 1982, cuando Octavio Paz visitó el Ateneo de Madrid.

    “¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la Iglesia o a sus Ministros? ¿Al Régimen y a sus instituciones? ¿A las personas que colaboran o han colaborado con el Régimen? ¿Los pasajes censurables califican el contenido total de la obra?”
    Dice Eduardo Ruiz Bautista, investigador de la Universidad de Alcalá, que los censores franquistas se caracterizaban por su “servilismo desmedido, exceso de celo, ínfulas de literato frustrado y la crasa ignorancia y competencia lectora que exhibían en muchos de sus juicios y prejuicios”. Cuando en 1955 revisaron el poemario Semillas para un himno, escrito por Paz un año antes, Jesús Garcés señaló en su informe que se trataban de “poesías de un poeta americano, creacionista sin un argumento general. Después de la obra creadora el poeta hace unas traducciones de los poetas Marvell y Gerardo Nerval. Nada que objetar. Autorícese salvo superior parecer”.
    Cuenta Jesús Cañete, el otro comisario de la exposición y director del Festival de la Palabra de la Universidad de Alcalá, que “la censura veía a Octavio Paz como alguien peligroso por haber asistido al Congreso Antifascista de Valencia. Quizá porque esa experiencia marcó para siempre al autor de El laberinto de la soledad, tanto en su obra poética como ensayística. Llama la atención que cuando la censura no podía evitar la publicación de algún libro, hacía todo lo posible por demorarla. El 17 de abril de 1973, Círculo de Lectores solicitó autorización para reeditar Los signos en rotación y otros ensayos, que ya había publicado Alianza en 1971. En esta ocasión el lector censor volvió a tachar las referencias que había a la Virgen en el texto dedicado a la obra de Marcel Duchamp (“La novia desnudada por sus solteros”). La editorial protestó argumentando que el libro ya se había editado anteriormente y que detener la impresión le causaba daños económicos. Entonces el censor no pudo impedir su impresión pero sí hizo todo lo posible por retrasarla. El libro no se publicó hasta año y medio más tarde: en septiembre de 1974”.
    En 1971, la editorial Seix Barral decidió publicar Las peras del Olmo, un compendio de ensayos del Premio Cervantes 1981. La censura pidió que se suprimiera el texto titulado Aniversario Español. Y así se hizo en su primera edición. La censura, sin embargo, no se conformaría con trocear los libros de Paz. En 1975 se impidió la libre circulación de la revista Plural en España y el editor Pere Gimferrer organizó una protesta pública. Un año después, cuando ya el dictador había muerto, la censura seguía fijándose en los libros de Paz. “Vuelta, poemario de Seix Barral, es poesía surrealista. No me ha gustado. Pero desde el punto de vista jurídico-administrativo, nada que señalar”, dice el informe fechado en aquel año.
    Este tratamiento al que fue sometida la obra de Octavio Paz en la España franquista ha despertado un interés mesurado entre los conocedores de la vida y obra del escritor mexicano. “Conocer estos documentos es algo curioso”, dice el filósofo Fernando Savater, “y son una buena anécdota para sumarla a toda la información que ya tenemos sobre Octavio. Son interesantes, también, porque demuestran la mentalidad de esos inquisidores contemporáneos que eran los censores franquistas, cuyos criterios literarios dejaban mucho que desear. Lo sé bien, porque me tocó vivir la censura en todo lo que escribí hasta los 28 o 30 años, la edad que tenía cuando yo murió Franco”.
    Para Chus Visor, editor de Visor Libros, “los cortes que se le hicieron a la mayoría de los libros que pasaban por la censura franquista fueron poco importantes para su publicación. De lo contrario, los autores se hubieran negado a publicar. Lo que solía hacerse era cambiar algunas palabras por eufemismos. Y eso te jodía, como autor o editor, pero eras consciente del contexto en el que vivías y podías soportarlo”. Joan Tarrida, director editorial de Galaxia Gutenberg, que en alianza con Círculo de Lectores ha publicado las obras completas de Paz en España, opina que “el hecho de que ahora se conozcan estos informes no aporta gran cosa a la vida y obra del Nobel. Pero sí a la historia cultural de España. Porque demuestra cómo se trataba a los escritores durante la dictadura”.

    lunes, 21 de marzo de 2016

    PRENSA CULTURAL. "Pérez Reverte y Don Quijote". Víctor Moreno

       En "nuevatribuna.es":

    Pérez Reverte y Don Quijote

    Víctor Moreno Escritor y profesor
    nuevatribuna.es | 09 Diciembre 2014 - 

    La instrumentalización del mito don Quijote ha sido una constante procaz a lo largo de la historia
    En la feria de Guadalajara (México) de este año, el escritor Pérez Reverte ha arremetido -¡menuda novedad!-, contra los ministros de los gobiernos españoles y mexicanos, pasados y modernos, porque, en su académica opinión, “han maltratado el Quijote”. ¡Toma del frasco, Sansón Carrasco!
    Culpar a los ministros de los gobiernos españoles, que se han venido sucediendo desde Cánovas del Castillo hasta hoy, por ser responsables de la desidia lectora de la sociedad española y, en concreto, del desprecio hacia el libro de Cervantes, tiene, cuando menos, su coña marinera de secano. Dando la vuelta al calcetín de su argumento, podría concluirse que el propio Pérez Reverte, al ser uno de los autores que más leen los españoles –según su docta opinión-, tendría su particular responsabilidad por haber trasegado el gusto de los lectores, adocenándolo hasta la más bajas cotas de la exigencia lectora. Y, por tanto, de no leer el Quijote, que exige un tute a las meninge muy superior al que pide Alatriste y sus gónadas.
    Pérez Reverte sostuvo en Guadalajara que la lectura del Quijote “debe ser un estímulo para alcanzar el entusiasmo y la fe en que las cosas se pueden cambiar”. Siendo así, seguro que los dirigentes de Podemos han leído el Quijote, una y dos y hasta tres veces.
    Para el escritor cartagenero, la importancia del Quijote como “elemento educativo y civil es tan alta” que "da vergüenza que España y México sean de los seis países en los que no se ha sentido que esta obra sea de obligatoria enseñanza y de obligada lectura”. Peor aún: “los ministros ignoran qué es el Quijote, ni saben para qué sirve".
    Menos mal que disponemos de un tipo tan versado en Cervantes que lo sabe. Por eso, sorprende que no lo haya denunciado hasta ayer mismo. ¿Por qué será? Pues, ni más ni menos que al hecho de que Pérez Reverte ha publicado una adaptación de la obra de don Quijote para adolescentes, por encargo de la Real Academia.
    Hace 102 años, el Gobierno de entonces instó a la Real Academia, asistida por un catedrático y por el director de la Biblioteca Nacional, a que hiciera una adaptación del Quijote. En el tercer centenario del Quijote, en 1905, el escritor Guillaume Apollinairepropuso la promulgación de una Orden Real que obligase a alfabetizar a los españoles leyendo el Quijote. Felizmente, no se llevó a cabo semejante despropósito. Sin embargo, sí se promulgó la odiosa medida de hacer obligatoria la lectura del Quijote en las escuelas. No se sabe qué fue peor.
    Ahora, Pérez Reverte sostendrá que su adaptación es una “herramienta muy útil para que los jóvenes tengan acceso a los valores que el Quijote promueve”. Entiéndase, los valores que según Pérez Reverte promueve el Quijote, es decir, “ofrece apoyo y consuelo en estos tiempos en que se reclama justicia cuando las patrias y los sistemas están en cuestión”. No imagina uno cómo la lectura de un libro puede producir valores tan milagrosos en la sociedad, pero, si lo dice Pérez y le apoya Reverte, habrá que callarse.
    Por si fuera poco, el Quijote es “un gran patrimonio de la lengua, y la lengua es la única patria que no está puesta en cuestión. Es la única patria por la que es decoroso vivir. Todas las banderas son más o menos sospechosas. Y el Quijote es una bandera fuera de toda sospecha”. Ni el Catecismo Patriótico Español de 1939, escrito por el dominico Menéndez Reigada, lo diría mejor.
    El hecho de que la Real Academia se haya decidido por una adaptación de don Quijote en 2014 para adolescentes es un tanto paradójico. Si algo sobra, son adaptaciones quijotescas. Entre otras, figuran las llevadas a cabo por Paula López Hortas (Anaya), de Nuria Ochoa, Carlos Reviejo (SM), José María Plaza (Espasa), Concha López Narváez (Bruño), Rosa Navarro Durán (Edebé), Vicente Muñoz Puelles (Algar) José Luis Giménez Frontín (Lumen), Andrés Amorós (SM), etcétera. Quizás, el escritor Pérez Reverte considerase que ninguna de estas adaptaciones era digna a sus ojos de académico, pues no promovían los valores por los que él suspira: lengua, patria, justicia, sistema, consuelo y la bandera de El Quijote, que ya me dirán cuál es, después de las interpretaciones variopintas recibidas desde 1605.
    Hay que ser tan ingenuo como torpe para pensar que uno se hará más demócrata y más ilusionado para “desfacer todo tipo de entuertos”, gracias a la lectura del Quijote. Esta torpeza didáctica conductista no es original. Carlos Fuentes consideraba que era imposible que alguien que leyera el Quijote no saliera de dicha lectura hecho un demócrata. Para ejemplo, él mismo. Nabokov y Mann consideraban, sin embargo, que El Quijote era “una enciclopedia de la crueldad”, así que lo más probable era que quien entrara en la Mancha saliese por Nueva York hecho un sádico o experto en acosos varios. Al fin y al cabo, el Quijote pasa sus aventuras padeciendo la burla cruel de los otros.
    En serio. La instrumentalización del mito don Quijote ha sido una constante procaz a lo largo de la historia. Cada quien ha pretendido usarlo en beneficio propio. Pérez Reverte cae en la misma trampa aunque su deseo sea expresión de una supuesta buena voluntad ideológica, ética y moral, además de económica. Pero no hay doctos más imprudentes que quienes pretenden ordeñar la literatura en pro de unos valores que uno considera los mejores del mundo mundial.
    Si sirve de advertencia, recordemos que los ideólogos del fascismo y de los golpistas de 1936, explotarían el mito Quijote como legitimación ética, moral y política de sus desvaríos. Aunque la obra de Ramiro Ledesma, El Quijote y nuestro tiempo, fue publicada en 1924, Tomás Borrás la editaría en 1971, asegurando en el nuevo prólogo que “el libro de Ledesma parece anunciar el quijotismo de la Cruzada”. Y no hace falta mucha imaginación qué entuertos desfacería este Quijote fascista: la democracia y la república.
    La justificación del saltimbanqui Ernesto Giménez Caballero resulta más alarmante todavía. Su panfleto La vuelta de don Quijote se publicó en 1932. Ahí presenta al héroe manchego universal como “el libro más antinacional, peligroso, inmoral y trágico de España. El libro más desterrable de España. El libro más temible y corrosivo de España. El peor veneno de España. Libro sádico que no termina nunca de estrangularnos y dejarnos morir santamente”. Alucinante, ¿no? Sin embargo, en 1944, sostendrá que “El Quijote de Cervantes significa la cima ejemplar de la Novela: en España y en el Mundo. Es el máximo valor de la Literatura española. Y uno de los supremos en la Universal: con la Biblia, la Ilíada griega, la Eneida, de Virgilio; la Divina Comedia, de Dante; el Hamlet, de Shakespeare; el Fausto, de Goethe.
    Lo presentará como “símbolo de una nación española definida por su carácter católico e imperialista” (Lengua y Literatura de España, IV, “La Edad de Oro”, Madrid, Talleres, Tipográficos de Ernesto Giménez, 1953, reimpresión sin cambios de la edición de 1944).
    Y así se podría seguir con las opiniones de Pemán, el llamado “juglar de la Cruzada”, que elevaría el Quijote a categoría y numen de la identidad del ser español, como ya hiciera Unamuno, y que es “una identidad mística y metafísica”.
    Si alguien considera que la literatura, se llame El Quijote o Hamlet, asegura la transformación ética o moral de un individuo o de una colectividad, no es que no tenga idea de cómo funciona el acto lector, sino el mismo individuo, que este cambia cuando le interesa cambiar, no porque se lo diga Tintín o Tarzán.
    La lectura es, puede serlo, un estimulante cognitivo, emocional, ético, político y lo que uno quiera. Pero, los modos de leer afectan tanto a los objetivos como a los métodos, que, al final, dichas lecturas terminan desnaturalizadas, al ser ordeñadas por intereses espurios. Un modo de leer que somete la lectura a unos objetivos previamente determinados por intereses ajenos al lector, lo único que consigue es castrar la posibilidad de una experiencia emocional e intelectual única. Y una adaptación delQuijote, ni te cuento.

    PRENSA CULTURAL. CIENCIA. "Evolución para David". Francisco J. Ayala

       En "El País":

    Evolución para David

    'Materia' publica un adelanto del libro 'Evolución para David', del biólogo español Francisco J. Ayala, uno de los científicos españoles más prestigiosos del mundo




  • Recreación de la expansión de la materia oscura tras el Big Bang. / ILLUSTRIS (AP)

    Evolución significa cambio a través del tiempo. Hablamos a veces de la evolución de una persona; por ejemplo, la evolución de un niño a adulto o, con un sentido muy diferente, la evolución en la manera de pensar de un individuo que pasa de ser ateo a ser religioso. En el primer ejemplo, nos referimos a cambios biológicos, pero también a cambios de personalidad. Cuando hablamos de evolución en la manera de pensar nos referimos a cambios conductuales. Podemos usar el término evolución en muchos otros sentidos; por ejemplo, refiriéndonos a la evolución política de un país o a la evolución de los programas de estudios en las escuelas.
    En ciencia, David, el termino evolución se usa principalmente en biología para referirnos a la evolución de los organismos, es decir, a la historia de la vida sobre la Tierra. Pero se utiliza también en otros contextos, en particular en astronomía, refiriéndose al proceso por el cual las galaxias, estrellas y planetas se forman y cambian.
    Los astrónomos afirman que el universo se inició hace unos 15.000 millones de años en lo que llamamos el Big Bang o la Gran Explosión, estallido monumental que envió materia y energía en expansión en todas direcciones. A medida que el universo se expandía, la materia se distribuyó en galaxias, como nuestra propia galaxia, la Vía Láctea. En dichas galaxias, la gravitación comprimió el material, que en muchos casos se condensó en estrellas, donde dieron lugar a reacciones nucleares. En el caso de nuestro Sol, gas y polvo se agregaron alrededor formando planetas muy pequeños, que en fases sucesivas se aglutinaron en los ocho planetas de nuestro sistema solar (o nueve, si incluimos a Plutón) y sus numerosos satélites.
    La edad de la Tierra se calcula en unos 4.540 millones de años. Las rocas más antiguas que se conocen, datadas hace 3.960 millones de años, se encuentran en el norte occidental de Canadá, aunque rocas encontradas en otros lugares, como Australia occidental, encierran cristales de circón de 4.300 millones de años, más antiguos que las propias rocas en que se encuentran. El origen de la vida en la Tierra ocurrió relativamente pronto, hace unos 4.000 millones de años. Se han encontrado organismos similares a las bacterias actuales que vivieron hace 3.500 millones de años.
    Piensa, David, que todas las especies que viven en la actualidad, cuyo número se calcula en más de 10 millones, proceden por evolución de aquellos primeros organismos. Las variaciones de organismos sobre la Tierra, prácticamente infinitas, son el fruto de la evolución. Todos los seres vivos estamos emparentados por descender de antepasados comunes. Los humanos y otros mamíferos descendemos de animales parecidos a las musarañas que vivieron hace más de 150 millones de años. Mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces compartimos ancestros con gusanos acuáticos que vivieron hace 600 millones de años; y todas las plantas y animales proceden de aquellos microorganismos parecidos a bacterias que se originaron hace unos 3.500 millones de años. Los linajes de los organismos cambian a lo largo de las generaciones.

    Todas las plantas y animales proceden de aquellos microorganismos parecidos a bacterias que se originaron hace unos 3.500 millones de años"
    La diversidad surge porque los linajes que descienden de antepasados comunes divergen con el tiempo a medida que se adaptan a diferentes ambientes. Durante más del 80% del tiempo trascurrido desde el origen de la vida, sólo existían sobre la Tierra organismos microscópicos unicelulares, es decir, consistentes en una sola célula. Hace 800 millones de años aparecieron los primeros  organismos multicelulares; y hace 700 millones, los primeros animales. Los vertebrados (animales con esqueleto) aparecieron hace cerca de 500 millones de años. Los mamíferos, hace 150 a 200 millones. Y el linaje de los primates, hace 60 millones. Los homínidos se separaron de los simios hace unos siete millones de años. Y nuestra especie, Homo sapiens, surgió en África tropical hace unos 150.000 años.
    Sí, es difícil pensar en miles de millones o cientos de millones de años y comparar su escala con cientos o miles de años. Para tener una idea aproximada, imagina la historia de la vida como si fuera la de un año. En esta simulación, la vida aparece sobre la Tierra el 1 de enero y hoy estamos a 31 de diciembre a las 24 horas. Los primeros organismos multicelulares aparecen sobre la Tierra el 4 de octubre. Los primeros vertebrados, el 29 de noviembre. Los mamíferos, el 15 de diciembre. Los primates, el 26 de diciembre. Los homínidos, el 31 de diciembre a mediodía. Homo sapiens, nuestra especie, aparece el 31 de diciembre a las 23:45. A esta escala, los humanos llevamos 15 minutos sobre la Tierra, Jesucristo vivió hace menos de 15 segundos y Colón descubrió América hace 4 segundos.

    ¿Y si resumimos la vida en la Tierra en un solo año?

    1 de enero. Empieza la vida en la Tierra.
    4 de octubre. Los primeros organismos multicelulares aparecen sobre la Tierra.
    29 de noviembre. Aparecen los primeros vertebrados.
    15 de diciembre. Aparecen los mamíferos.
    26 de diciembre. Aparecen los primates.
    31 de diciembre a mediodía. Aparecen los homínidos.
    31 de diciembre a las 23:45. Homo sapiens, nuestra especie, aparece
    El objetivo de este libro, querido David, es describir la evolución biológica y llamar tu atención hacia los fascinantes procesos que ocurren, las cuestiones que se plantean y las respuestas, más o menos definitivas, que podemos encontrar. Esbozaré nuestra naturaleza biológica, de dónde venimos y a dónde vamos; es decir, quiénes son nuestros antepasados animales y cuál es el futuro que nos espera como especie. A lo largo del libro nos enfrentaremos a cuestiones importantes, como por ejemplo: ¿hay contradicción entre la Biblia y la teoría de la evolución?, ¿de dónde vienen los valores morales: de la religión o de la evolución?, ¿cuál es el futuro biológico de la humanidad?, ¿es cierto que los científicos y médicos están prolongando la duración de la vida de las personas a pasos agigantados, de manera que quienes han nacido en los últimos 20 a 30 años vivirán hasta 100 años y más?
    La evolución biológica se refiere a la relación genealógica que existe entre los organismos, es decir, la idea de que todos los seres vivos descienden de antepasados comunes, y se distinguen cada vez más de sus antepasados cuanto más tiempo ha pasado entre unos y otros. Así, nuestros antecesores de hace 10 millones de años eran unos primates no muy diferentes a un chimpancé o un gorila, mientras que nuestros antepasados de hace 100 millones de años eran unos pequeños mamíferos remotamente semejantes a una ardilla o una rata, y los de hace 400 millones eran peces. Los científicos denominan anagénesis al proceso de cambio evolutivo a través de un linaje de descendencia.
    La evolución biológica implica, además de la anagénesis, el origen de nuevas especies, la cladogénesis o especiación, el proceso por el que una especie da lugar entre sus descendientes a dos especies diferentes. Los procesos de anagénesis y cladogénesis conducen a la diversificación creciente de las especies a través del tiempo, de manera que podemos suponer que las especies más semejantes entre sí descienden de un antepasado común más reciente que el antepasado común de especies que tienen mayores diferencias. De esta manera, los humanos y los chimpancés descienden de un antepasado común que vivió hace menos de 10 millones de años, mientras que para encontrar al último antepasado común de los humanos, los gatos y los elefantes hay que remontarse hasta hace más de 50 millones de años.
    La otra cara del proceso de diversificación es la extinción de las especies. Se calcula que más del 99,99% de todas las especies que existieron en el pasado han desaparecido sin dejar descendientes. Las especies actuales, que se calculan en unos 10 millones (aunque las descritas por los biólogos son menos de dos millones), son la diferencia que existe, a manera de saldo, entre la diversificación y la extinción.

    Durante más del 80% del tiempo trascurrido desde el origen de la vida, sólo existían sobre la Tierra organismos microscópicos unicelulares"
    En los capítulos de este libro, David, vamos a explorar cuestiones importantes sobre la evolución de la vida en la Tierra. Algunos capítulos tratarán cuestiones históricas. Otros presentarán datos que demuestran que la evolución ha ocurrido y cómo lo ha hecho. Habrá capítulos dedicados a las explicaciones teóricas que dan cuenta de los procesos evolutivos, profundizando en detalles particularmente importantes. Y habrá otros dedicados a cuestiones fundamentales de la vida humana, como el origen de los valores morales y si el cristianismo, o la religión en general, es compatible con la teoría de la evolución, que explica la existencia de los seres vivos, incluidos los humanos, como el resultado de procesos naturales. Los capítulos del libro se pueden leer, naturalmente, en el orden en que aparecen en el libro, pero están escritos de manera que puedan leerse de manera independiente.
    Francisco J. Ayala (Madrid, 1934) es profesor de Ciencias Biológicas en la Universidad de California en Irvine. Ha sido presidente de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia, recibió en 2002 la Medalla Nacional de Ciencias y es doctor honoris causa por más de 20 universidades en diez país.
    Evolución para David está publicado por editorial Laetoli en colaboración con la Universidad Pública de Navarra (UPNA). Próximamente estará en las librerías.

    domingo, 20 de marzo de 2016

    PRENSA CULTURAL. Sobre la novela "Matar un ruiseñor", de Harper Lee. "Las lecciones de Atticus Finch"

       En "El País":

    Las lecciones de Atticus Finch

    'Matar a un ruiseñor' trata un tema esencial: el desafío de vivir en paz con gente que es diferente




  • Fotograma de 'Matar un ruiseñor', con Gregory Peck y Brock Peters.

    Justo cuando estaba a punto de empezar la década de los sesenta, convergieron dos momentos cruciales para la literatura universal y en los dos Harper Lee tuvo un papel central: acompañó a Truman Capote en la investigación de un crimen en Kansas que acabaría por convertirse en A sangre fría, el libro que cambiaría la forma de contar la realidad, y publicó su única novela, Matar a un ruiseñor,que alcanzó un éxito inmediato, ganó el premio Pulitzer en 1961 y fue llevada al cine por Robert Mulligan.
    Gregory Peck interpreta a su protagonista, Atticus Finch, un abogado profundamente honesto, que se atreve con un caso imposible: la defensa de un negro acusado falsamente de violación en la Alabama racista de la Gran Depresión. “Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence”, le dice a sus hijos para explicarles la decisión que ha tomado.
    El periodista Charles J. Shields, autor de Mockingbird. A portrait of Harper Lee, biografía no autorizada de una autora que decidió alejarse de la prensa, explicó en una entrevista con este diario los motivos del éxito de Matar a un ruiseñor: “Primero, porque es una buena historia y siempre habrá sitio para las buenas historias. Segundo, porque trata un tema esencial: el desafío de vivir en paz con gente que es diferente. Y tercero, porque te pregunta: ¿Qué harías? ¿Defenderías lo que crees justo como Atticus aunque te enfrentes a las críticas e incluso al odio?”. Shields también relata que, cuando en medio de su éxito los periodistas le preguntaron por su segunda novela, la escritora sureña respondió: “Me temo que tendré que citar a Scarlett O’Hara: ‘Ya lo pensaré mañana”.
    Ha pasado más de medio siglo, pero los valores que defiende Matar a un ruiseñor –la solidaridad, la justicia, la amistad, la lucha contra los prejuicios– siguen tan vigentes como entonces. La obra de Lee predijo, y a la vez impulsó con su éxito, un cambio gigantesco: el movimiento de los derechos civiles, la lucha por la igualdad. Pero es también una novela íntima, en la que queremos vernos reflejados, que nos muestra a través de Atticus pero también de los niños Jem, Scout y Dill –personaje inspirado por Capote– lo que queremos ser. Leer un libro inédito de Lee es un regalo inesperado que nos devuelve a una era en la que todo cambió, pero nos recuerda que no hay que rendirse porque, efectivamente, a veces se vence.

    jueves, 17 de marzo de 2016

    PRENSA. "Secretos de los libros únicos de un autor"

       En "El País":

    Secretos de los libros únicos de un autor

    El hallazgo del embrión de 'Matar a un ruiseñor', de Harper Lee, revive el misterio de autores que solo escribieron un libro y de otros en los que uno de sus títulos eclipsa toda su obra




  • De izquierda a derecha, imágenes de 'El gatopardo', 'Alicia en el país de las maravillas', 'Matar a un ruiseñor', 'Cumbres borrascosas', 'Libro de buen amor', 'Lo que el viento se llevó' y 'El príncipito'. / FERNANDO VICENTE

    Miedo, dolor, perfeccionismo, grito y gloria forman míticos oasis literarios rodeados de silencio. Si en música un único éxito es llamado one-hit wonder, en literatura es una variedad del milagro. Y sus autores forman un exclusivo club de escritores de un único e histórico libro. ¡Leyenda!
    Como la que envuelve al reciente hallazgo del manuscrito inédito de donde salió Matar a un ruiseñor, de Harper Lee (Go, set a watchman, Ve, aposta a un centinela), que ilumina a los miembros de ese mítico club: Juan Ruiz, Arcipreste de Hita con el Libro de buen amor, Fernando de Rojas con La celestina, Emily Brontë con Cumbres Borrascosas, Margaret Mitchell con Lo que el viento se llevó, o Giuseppe Tomasi di Lampedusa con El gatopardo.
    Habitan el centro de los círculos del misterio literario donde “el silencio es siempre una elipsis: quien escribe y después calla contiene su talento o su capacidad para refugiarse en lo no-dicho (al menos públicamente)”, explica Anna Caballé, escritora y profesora titular de Literatura Española de la Universidad de Barcelona. El mutismo de un escritor es en general, agrega, “una herida abierta y las razones pueden ser muchas pero tiene que ver con alguna forma de dolor”.
    Personas tímidas, esquivas, hurañas, dudosas o perfeccionistas y en duelo eterno con la vocación literaria y la pulsión del No. Hasta que alguien las espoleó… A Emily Brontë su hermana Charlotte, a Margaret Mitchell su marido, a Lampedusa su primo Lucio Piccolo y a Harper Lee su amigo Truman Capote.
    Y, al final, escribieron de manera febril la obra que tenían dentro.
    Decidieron ser ellos sin saber que el primer peaje era un asomo al infierno. Algunos manuscritos fueron rechazados al desmarcarse de la tendencia dominante en estructuras, enfoques innovadores, arriesgados o adelantados a su tiempo. Pero todos con la semilla de cómo pasar a la historia.
    Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, lo hizo con 1700 estrofas, entre los años 1330 y 1343, en el Libro de buen amor. Contó su vida de manera ficticia sobre asuntos y embelecos amorosos.

    30 eclipses memorables

    A veces un libro de un autor es tan potente que en el imaginario colectivo aparece como el único de ese escritor. Los siguientes son algunos de eso casos en que un título emblemático eclipsa el resto de la creación literaria:
    Tristram Shandy, de Laurence Sterne.
    El principito, de Antoine Saint-Exupery.
    Las amistades peligrosas, de Choderlos De Laclos.
    Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.
    Doctor Zhivago, de Boris Pasternak.
    El guardián entre el centeno, de J. Salinger.
    Un árbol crece en Brooklyn, de Betty Smith.
    Frankenstein, de Mary Shelley.
    Mujercitas, de Louise May Alcott.
    Drácula, de Bram Stocker.
    El hombre sin atributos, Robert Musil.
    Peter Pan, de James Matthew Barrie.
    En el camino, de Jack Kerouac.
    Moby Dick, de Herman Melville.
    Los viajes de Gulliver, de Jonatha Swift.
    El señor de los anillos, de JRR Tolkien.
    Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.
    A sangre fría, de Truman Capote.
    El amante, de Marguerite Duras.
    Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
    Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos.
    Nada, de Carmen Laforet.
    Paradiso, de José Lezama Lima.
    La tierra baldía, de T. S. Eliot.
    Hojas de hierba, de Walt Whitman.
    Las flores del mal, de Charles Baudelaire.
    Decamerón, de Boccaccio.
    Divina comedia, de Dante Alighieri.
    Fausto, de Goethe.
    El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes.
    Y tras él, otros como Emily Brontë con Cumbres borrascosas. La publicó en 1847 bajo el seudónimo de Ellis Bell, ya usado para el poemario conjunto con sus hermanas. Denostada al principio, esta obra clásica surgió después de que en 1846 Charlotte la animara a ella y a Anne a escribir una novela. Era un paso más dentro de la costumbre que tenían de escribir poemas y comentarlos mutuamente, e intentar una carrera literaria que les permitiera ganar dinero y dejar de trabajar como institutrices y maestras. Lo recuerda Ángeles Caso, que pronto publicará la vida novelada de las hermanas Brontë en Todo ese fuego. “Emily era la más reticente a editar esa novela”, añade Ángeles Caso, “desconfiaba de la recensión que pudiera tener. Tras las críticas salvajes que recibió, al no ser entendida, se reafirmó en su idea de que iban a ensuciar su creación y se negó a escribir más”. Dos años después de la publicación, y con 30 años, moría de tuberculosis sin ver su paso a la gloria literaria.
    Un siglo después, el príncipe Lampedusa vivió un episodio parecido, salvo por la necesidad económica. Escribió al final de sus días, y ya con 58 años, El gatopardo. Venció sus temores en el verano de 1954 cuando acompañó a su primo, el barón Lucio Piccolo de Capo d’Orlando (Mesina), a una reunión de escritores en S. Pellegrino Terme. Ese encuentro le dio la confianza que necesitaba. Dos años tardó en escribir la novela que fue rechazada por las editoriales. Murió el 23 de julio de 1957. Al año siguiente la obra salió en una edición a cargo de Giorgio Basani, en la editorial Feltrinelli.
    Todos esos silencios concéntricos, y muchos más, los exploró Enrique Vila-Matas hace 15 años en Bartleby y compañía. La atracción por abandonar la escritura tras uno, tres, nueve o más libros. Al narrador barcelonés le viene a la memoria el pasaje que dedicó a Robert Derain que en Eclipses literarios, a través de la ficción, creó “una magnífica antología de relatos pertenecientes a autores cuyo denominador común es haber escrito un solo libro en su vida y después haber renunciado a la literatura”.
    Es el enigma del arte que Victor Hugo resolvió diciendo que “la obra maestra es una variedad del milagro”. Y en esa variedad hay dos círculos claros: el de un libro emblemático que eclipsa el resto de la obra de un autor y el de los libros únicos en el género no habitual del escritor.
    En el segundo círculo están las obras que en el imaginario colectivo la gente identifica, casi como sinónimo, con ese autor: El principito, de Antoine Saint-Exupéry; Doctor Zhivago, de Boris Pasternak; Tristram Shandy, de Laurence Sterne; Pedro Páramo, de Juan Rulfo; Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos; Nada, de Carmen Laforet...
    “No son sus únicos libros pero logran expresar de una manera más acertada, incluso sublime, que en otros textos, lo que querían decir, aquello a lo que aspiraban”, explica Caballé, autora, junto a Israel Rolón, de Carmen Laforet. Una mujer en fuga.
    J. D. Salinger también creó sus laberintos de olvido tras El guardián entre el centeno. ¿Pero por qué autores como él no escriben más después de la gloria?, se pregunta Javier Aparicio Maydeu, escritor, profesor de la Universidad Pompeu Fabra y crítico de Babelia: “Tal vez por miedo escénico. Tal vez porque el éxito es una enfermedad del artista”.
    La conexión entre una sola obra emblemática y el lector es tan irresistible que incluso en ese círculo estarían Divina Comedia de Dante y El Quijote de Miguel de Cervantes. “Sí”, asegura Caballé, “son autores de una obra más voluminosa pero estas dos son tan vastas, contienen tantos mundos en un solo texto que les convierte en libros inagotables y por ello imperecederos”.
    Junto a ellos Moby Dick de Herman Melville, el mismo que en un relato dio vida al personaje de Bartleby, del que habrían de salir los bartlebys, “esos seres en los que habita una profunda negación del mundo”, como los describe en su novela Vila-Matas. “De ciertos creadores que aún teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura”.
    El tercer círculo es para los libros únicos en un género no habitual en el autor, donde buscan otro registro. Es el lugar de la poeta estadounidense Sylvia Plath con su novela biográfica La campana de cristal; del poeta ruso Mijail Lermontov con sus relatos Un héroe de nuestro tiempo; del poeta y cuentista estadounidense Edgar Allan Poe con su novela Narración de Arthur Gordon Pym; del poeta y dramaturgo inglés Oscar Wilde con su novela El retrato de Dorian Grey; o de los poetas colombianos Jorge Isaacs con María y José Eustasio Rivera con La vorágine.
    Tal vez Harper Lee haya dejado en Matar a un ruiseñor un resquicio para descifrar el silencio que rodea ese club de escritores de libros únicos e históricos: “El día tenía veinticuatro horas, pero parecía más largo. Nadie tenía prisa, porque no había a donde ir, nada que comprar ni dinero con que comprarlo, ni nada que ver fuera de los límites del condado. Sin embargo, era una época de vago optimismo para algunas personas: al condado de Maycomb se le había dicho que no tenía nada que temer, sólo a sí mismo”.

    martes, 15 de marzo de 2016

    PRENSA CULTURAL. Entrevista a Gonzalo Suárez, director de cine y narrador

       En "El País":
    ENTREVISTA

    “Ya no nos queda ni París”

    Gonzalo Suárez publica novela, 'Con el cielo a cuestas', invitación al juego y al recuerdo

     

  • El escritor y director de cine Gonzalo Suárez, en Madrid. /ULY MARTIN

    Julio Cortázar escribió sobre la obra de Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) que era "un juego sigiloso de una inteligencia irónica". El gran crítico literario Rafael Conte lo definió como "el primer incontrolado de nuestra literatura". Suárez fue un gran periodista deportivo bajo el seudónimo de Martin Girard, es autor de novelas escritas siempre al margen de modas y de inagotables libros de relatos como Gorila en Hollywood y El asesino triste. Ha tocado casi todos los géneros, desde el espionaje en Doble Dos, que relata un complot para asesinar a Franco que luego convirtió en guión junto a Sam Peckimpah, hasta la novela histórica en Ciudadano Sade.
    Luego está el Gonzalo Suárez director de cine, realizador de Remando al viento, de Epílogo o de Los pazos de Ulloa, una de las primeras series globales. Todos los Gonzalo Suárez están su última novela, Con el cielo a cuestas, que publica esta semana Random House. "Hay que desordenar el caos", reivindicó Suárez durante una conversación en la que se mezclaron el juego, la memoria, el cine, la literatura y la vida.
    Pregunta. ¿Cuál es la génesis de Con el cielo a cuestas? ¿Por qué decidió regresar a París?
    Respuesta. Para mí, para muchos de mi generación, todavía creo que puede preservarse una imagen mítica de París. De ese París que todavía era el extranjero. Había que atravesar una frontera para que la cultura y el sexo, valga la redundancia, cobraran carta de existencia. Se trataba, por supuesto, de un París de ensueño en contraste con la sordidez de nuestro contexto. Yo le debo a mi padre el haber soñado con París antes de conocerlo y la novela tiene su génesis en ese París de antaño. El París de los tres mosqueteros y Quasimodo, de Villon y Víctor Hugo. Donde todavía escribía Albert Camus y cantaban Piaf y Brassens y el que Picasso hipnotizaba al siglo XX. Cuando mi mujer y yo, a cara y cruz, vinimos de París a Barcelona, lo primero que hice fue llamar a mi padre para que me enviara de Madrid todo lo que había escrito para quemarlo.
    P. ¿Eran sus obras de teatro?

    Cadáveres en el Sena

    Gonzalo Suárez ha tomado prestado el título de su nueva novela a un viejo amigo, el gran poeta Claudio Rodríguez (1934-1999), compañero de la facultad y alumno de su padre en el instituto en Zamora. Con el cielo a cuestas debe también mucho a su progenitor, Gonzalo Suárez Gómez, estudioso de la poesía francesa de la Edad Media y sobre todo del inmenso François Villon. George Brassens, que también tiene su trozo de cielo en la novela de Suárez, cantó uno de sus más célebres poemas, "La balada de las damas de antaño".
    Todo esto forma parte del libro de Suárez, que ya se había atrevido a novelar un mito francés, el marqués de Sade. Con el cielo a cuestas es una novela de aventuras y un juego, es un homenaje a los mitos que forjaron varias generaciones de francófilos, pero es también un recorrido con un país que es más doloroso recordar: el que desató varias guerras coloniales en Argelia e Indochina. "Mientras el café Flore gozaba de una ilustre clientela, llegaron a flotar cadáveres de manifestantes argelinos en el Sena", explica Suárez. El cielo de París no siempre es un espacio de libertad.
    R. Preferentemente obras de teatro. Lo quemé y me quedé liberado. Pienso que, de vez en cuando, sería conveniente intentar empezar de nuevo. El pasado es, a veces, un lastre y lo escrito condiciona, a veces, más que lo vivido. En cualquier caso, pedí todo y lo quemé. Entonces me propuse escribir una obra maestra. Yo pensaba que una obra maestra tendría que ser tan voluminosa como el Ulises de Joyce. Así que escribí una novela de 500 páginas. La terminé en el año 60, justo en el mismo día en el que nació mi hija Anne Hélène. Por fortuna, el libro fue rechazado por la censura. Era un mamotreto presuntamente realista, torpemente autobiográfico. Pero lo real deja de ser real cuando lo cuentas. Fue entonces cuando comprendí que la verdadera realidad de la literatura es la ficción. Lo malo es que aquel libro resultaba demasiado gordo y compacto como para quemarlo. Así que pensé en desembarazarme de él tirándolo por un acantilado, pero no quise contribuir a contaminar el mar. El caso es que lo perdí y cuando, cincuenta años después, reapareció, se me ocurrió utilizarlo como si fuera un paisaje. Sólo un paisaje. Así surgió Con el cielo a cuestas.
    P. ¿París sigue siendo la Meca de la cultura?
    R. A diferencia de España, Francia sigue siendo el país para el que la cultura es su signo de identidad. Por el contrario, nuestro Gobierno es el exponente que corrobora lo que en su día escribió Machado refiriéndose a esa Castilla cerril que desprecia lo que ignora. No sólo desprecian la cultura, sino que tratan de que nadie tenga acceso a ella y no me refiero sólo al 21% de IVA. Dicho esto, debo decir que el París soñado no estaba exento de pesadillas. En la faja de Con el cielo a cuestas puede leerse una advertencia: "Es peligroso asomarse al interior". Se trata de un remedo de aquellos carteles de los trenes antiguos que advertían del peligro de bajar la ventanilla y asomarse al exterior. Pues bien, tras el glamour cultural de París, bastaba asomarse a la trastienda para descubrir el horror. La acción del libro también nos retrotrae a los tiempos de la guerra de Argelia. Me temo que el contencioso argelino no sólo no esté cerrado sino que pueda volver a exacerbarse. En cualquier caso, los hechos que en aquellos años fueron camuflados contribuyeron a que París dejara de ser, para mí, la Meca soñada del arte y las letras.
    P. Pero, aunque no encontrase la Meca, el libro sí es un homenaje a todos los mitos franceses, desde el Gorila de Brassens hasta Albert Camus. ¿Lo siente como una reescritura de todos sus mitos franceses?
    R. Lo siento como una aventura todavía excitante, muy relacionada con las derivas imaginarias de mi infancia a partir de la biblioteca de mi padre en plena postguerra, cuando recreé en el pasillo de casa la selva africana y la viví como evasión necesaria para soportar la sordidez del entorno. Luego, cuando estuve en África, el continente verdadero seguía siendo el de mi pasillo. Algo así me pasó con París.
    P. ¿Ha salido alguna vez de los mitos y de los libros que descubiró en su infancia?
    R. Bueno, creo que conservo la admiración por esas personas que con su existencia, ficticia o no, me han ayudado a desayunar con ilusión. Tengo una historia maravillosa que me gustaría llevar al cine sobre una chica china que, montada en su bicicleta, pedalea a través del tiempo hasta alcanzar a Miguel de Cervantes en el viaje que hizo a Toledo dos días antes de morir para que le cuente un último relato. Esa chica china también soy yo. Aunque en la época de la globalización las imágenes y las palabras naveguen sin rumbo como chatarra por el espacio y ya no nos quede ni París, considero un privilegio irrenunciable seguir pedaleando.
    P. ¿Por qué cree que ya no nos queda ni París?
    R. Porque, cuando todo vale y la valoración es económica, ya no es necesario perder el tiempo en ensoñaciones no rentables. Por fortuna, los libros son el último reducto donde uno puede explayarse con un bolígrafo y un papel o recorriendo lugares y renglones con la mirada. Ese es el París intangible que nadie nos puede arrebatar. En última instancia, en un mundo de guerras y corrupción, cabría reivindicar el derecho a jugar. El juego es universal, tanto para el ser humano como para los animales. Pero el juego que tiene como único objeto jugar, es siempre una alegría. Yo juego con mi gato pero no dejaría que mi gato jugar con un jilguero.
    P. ¿Siempre ha sido el juego un factor central en su literatura y en su cine?
    R. Desde que vine a este mundo, comprendí que mientras pudiese jugar seguiría vivo y, mientras el juego fuera posible, me sentiría libre.
    P. Escribió hace años que los escritores eran asesinos tristes. ¿Qué quiso decir?
    R. Me refería a que el escritor mata la realidad, cada disparo, cada palabra, mata la realidad. Nosotros estamos ahora hablando y mientras tanto está pasando eso que llamamos realidad. Cuando escribes, suplantas la realidad, esa es la realidad. Estás cazando mariposas, estás cazando palabras. Otros prefieren copiar del natural, como determinados pintores. Yo prefiero desordenar el caos.
    P. ¿Echa de menos el cine?
    R. Echo de menos la acción que presupone el hacer cine. Incluso el conflicto que genera una actividad donde cada pincelada cuesta tanto dinero. El escritor es el boxeador que pelea con su sombra y, cuando el combate acaba, le alzan el brazo en señal de victoria porque ha caído sobre su sombra. Este es un relato de Trece veces trece que he utilizado en la película Epílogo, valga de muestra para poner de manifiesto la estrecha relación que existe entre la literatura y el cine. Sería muy difícil dilucidar cuales son las fronteras. El cine todavía no se ha emancipado de la literatura y, menos aún, del teatro mientras retrate a actores parlantes. Dicho esto, cuando escribo surgen las imágenes y, cuando hago cine, las imágenes liberadas cabalgan palabras. Me encuentro a gusto en ambas actividades, pero me gustaría poder escribir rodando.
    P. Usted hizo mucha publicidad, como 200 anuncios. ¿Le gustaba? En realidad es como hacer cuentos y usted tiene mucha literatura de cuentos.
    R. Es un ejercicio soberbio. El último que hice, para sólo 30 segundos, lo rodé en Milán y en Parma con Plácido Domingo, para la pasta Barilla. Sólo para esos 30 segundos reconstruyeron en estudio un vagón del Oriente Exprés.