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lunes, 13 de mayo de 2013

PRENSA. "¿Es el papa francisco una paradoja?". Hans Küng

El papa Francisco en un gesto de complicidad con una niña. /ALESSANDRA TARANTINO (AP) ("El país")

   En "El País":

¿Es el papa Francisco una paradoja?

Jorge Bergoglio ha despertado la esperanza de que otra Iglesia católica es posible. Su estilo al asumir el pontificado, su lenguaje y su decisión de hacerse llamar Francisco remiten a la pobreza, humildad y sencillez que predicaba Francisco de Asís.

 10 MAY 2013

¿Quién lo iba a pensar? Cuando tomé la pronta decisión de renunciar a mis cargos honoríficos en mi 85º cumpleaños, supuse que el sueño que llevaba albergando durante décadas de volver a presenciar un cambio profundo en nuestra Iglesia como con Juan XXIII nunca llegaría a cumplirse en lo que me quedaba de vida.
Y, mira por dónde, he visto cómo mi antiguo compañero teológico Joseph Ratzinger —ambos tenemos ahora 85 años— dimitía de pronto de su cargo papal, y precisamente el 19 de marzo de 2013, el día de su santo y mi cumpleaños, pasó a ocupar su puesto un nuevo Papa con el sorprendente nombre de Francisco.
¿Habrá reflexionado Jorge Mario Bergoglio acerca de por qué ningún papa se había atrevido hasta ahora a elegir el nombre de Francisco? En cualquier caso, el argentino era consciente de que con el nombre de Francisco se estaba vinculando con Francisco de Asís, el universalmente conocido disidente del siglo XIII, el otrora vivaracho y mundano vástago de un rico comerciante textil de Asís que, a la edad de 24 años, renunció a su familia, a la riqueza y a su carrera e incluso devolvió a su padre sus lujosos ropajes.
Resulta sorprendente que el papa Francisco haya optado por un nuevo estilo desde el momento en el que asumió el cargo: a diferencia de su predecesor, no quiso ni la mitra con oro y piedras preciosas, ni la muceta púrpura orlada con armiño, ni los zapatos y el sombrero rojos a medida ni el pomposo trono con la tiara. Igual de sorprendente resulta que el nuevo Papa rehúya conscientemente los gestos patéticos y la retórica pretenciosa y que hable en la lengua del pueblo, tal y como pueden practicar su profesión los predicadores laicos, prohibidos por los papas tanto por aquel entonces como actualmente. Y, por último, resulta sorprendente que el nuevo Papa haga hincapié en su humanidad: solicita el ruego del pueblo antes de que él mismo lo bendiga; paga la cuenta de su hotel como cualquier persona; confraterniza con los cardenales en el autobús, en la residencia común, en su despedida oficial; y lava los pies a jóvenes reclusos (también a mujeres, e incluso a una musulmana). Es un Papa que demuestra que, como ser humano, tiene los pies en la tierra.

El pontífice no quiso ni la mitra con oro, ni los zapatos, ni el pomposo trono con la tiara
Todo eso habría alegrado a Francisco de Asís y es lo contrario de lo que representaba en su época el papa Inocencio III (1198-1216). En 1209, Francisco fue a visitar al papa a Roma junto con 11 hermanos menores (fratres minores) para presentarle sus escuetas normas compuestas únicamente de citas de la Biblia y recibir la aprobación papal de su modo de vida “de acuerdo con el sagrado Evangelio”, basado en la pobreza real y en la predicación laica. Inocencio III, conde de Segni, nombrado papa a la edad de 37 años, era un soberano nato: teólogo educado en París, sagaz jurista, diestro orador, inteligente administrador y refinado diplomático. Nunca antes ni después tuvo un papa tanto poder como él. La revolución desde arriba (Reforma gregoriana) iniciada por Gregorio VII en el siglo XI alcanzó su objetivo con él. En lugar del título de “vicario de Pedro”, él prefería para cada obispo o sacerdote el título utilizado hasta el siglo XII de “vicario de Cristo” (Inocencio IV lo convirtió incluso en “vicario de Dios”). A diferencia del siglo I y sin lograr nunca el reconocimiento de la Iglesia apostólica oriental, el papa se comportó desde ese momento como un monarca, legislador y juez absoluto de la cristiandad... hasta ahora.
Pero el triunfal pontificado de Inocencio III no solo terminó siendo una culminación, sino también un punto de inflexión. Ya en su época se manifestaron los primeros síntomas de decadencia que, en parte, han llegado hasta nuestros días como las señas de identidad del sistema de la curia romana: el nepotismo, la avidez extrema, la corrupción y los negocios financieros dudosos. Pero ya en los años setenta y ochenta del siglo XII surgieron poderosos movimientos inconformistas de penitencia y pobreza (los cátaros o los valdenses). Pero los papas y obispos cargaron libremente contra estas amenazadoras corrientes prohibiendo la predicación laica y condenando a los “herejes” mediante la Inquisición e incluso con cruzadas contra ellos.
Pero fue precisamente Inocencio III el que, a pesar de toda su política centrada en exterminar a los obstinados “herejes” (los cátaros), trató de integrar en la Iglesia a los movimientos evangélico-apostólicos de pobreza. Incluso Inocencio era consciente de la urgente necesidad de reformar la Iglesia, para la cual terminó convocando el fastuoso IV Concilio de Letrán. De esta forma, tras muchas exhortaciones, acabó concediéndole a Francisco de Asís la autorización de realizar sermones penitenciales. Por encima del ideal de la absoluta pobreza que se solía exigir, podía por fin explorar la voluntad de Dios en la oración. A causa de una aparición en la que un religioso bajito y modesto evitaba el derrumbamiento de la Basílica Papal de San Juan de Letrán —o eso es lo que cuentan—, el Papa decidió finalmente aprobar la norma de Francisco de Asís. La promulgó ante los cardenales en el consistorio, pero no permitió que se pusiera por escrito.
Francisco de Asís representaba y representa de facto la alternativa al sistema romano. ¿Qué habría pasado si Inocencio y los suyos hubieran vuelto a ser fieles al Evangelio? Entendidas desde un punto de vista espiritual, si bien no literal, sus exigencias evangélicas implicaban e implican un cuestionamiento enorme del sistema romano, esa estructura de poder centralizada, juridificada, politizada y clericalizada que se había apoderado de Cristo en Roma desde el siglo XI.

Con Inocencio III se manifestaron los primeros síntomas de nepotismo y corrupción del Vaticano
Puede que Inocencio III haya sido el único papa que, a causa de las extraordinarias cualidades y poderes que tenía la Iglesia, podría haber determinado otro camino totalmente distinto; eso habría podido ahorrarle el cisma y el exilio al papado de los siglos XIV y XV y la Reforma protestante a la Iglesia del siglo XVI. No cabe duda de que, ya en el siglo XII, eso habría tenido como consecuencia un cambio de paradigma dentro de la Iglesia católica que no habría escindido la Iglesia, sino que más bien la habría renovado y, al mismo tiempo, habría reconciliado a las Iglesias occidental y oriental.
De esta manera, las preocupaciones centrales de Francisco de Asís, propias del cristianismo primitivo, han seguido siendo hasta hoy cuestiones planteadas a la Iglesia católica y, ahora, a un papa que, en el aspecto programático, se denomina Francisco: paupertas (pobreza),humilitas (humildad) y simplicitas (sencillez).
Puede que eso explique por qué hasta ahora ningún papa se había atrevido a adoptar el nombre de Francisco: porque las pretensiones parecen demasiado elevadas.
Pero eso nos lleva a la segunda pregunta: ¿qué significa hoy día para un papa que haya aceptado valientemente el nombre de Francisco? Es evidente que tampoco se debe idealizar la figura de Francisco de Asís, que también tenía sus prejuicios, sus exaltaciones y sus flaquezas. No es ninguna norma absoluta. Pero sus preocupaciones, propias del cristianismo primitivo, se deben tomar en serio, aunque no se puedan poner en práctica literalmente, sino que deberían ser adaptadas por el Papa y la Iglesia a la época actual.

[SUMVACIO]Las enseñanzas de Francisco de Asís de altruismo y fraternidad deberían ser actualizadas
1. ¿Paupertas, pobreza? En el espíritu de Inocencio III, la Iglesia es una Iglesia de la riqueza, del advenedizo y de la pompa, de la avidez extrema y de los escándalos financieros. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia de la política financiera transparente y de la vida sencilla, una Iglesia que se preocupa principalmente por los pobres, los débiles y los desfavorecidos, que no acumula riquezas ni capital, sino que lucha activamente contra la pobreza y ofrece condiciones laborales ejemplares para sus trabajadores.
2. ¿Humilitas, humildad? En el espíritu de Inocencio, la Iglesia es una Iglesia del dominio, de la burocracia y de la discriminación, de la represión y de la Inquisición. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia del altruismo, del diálogo, de la fraternidad, de la hospitalidad incluso para los inconformistas, del servicio nada pretencioso a los superiores y de la comunidad social solidaria que no excluye de la Iglesia nuevas fuerzas e ideas religiosas, sino que les otorga un carácter fructífero.
3. ¿Simplicitas, sencillez? En el espíritu de Inocencio, la Iglesia es una Iglesia de la inmutabilidad dogmática, de la censura moral y del régimen jurídico, una Iglesia del miedo, del derecho canónico que todo lo regula y de la escolástica que todo lo sabe. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia del mensaje alegre y del regocijo, de una teología basada en el mero Evangelio, que escucha a las personas en lugar de adoctrinarlas desde arriba, que no solo enseña, sino que también está constantemente aprendiendo.
De esta forma, se pueden formular asimismo hoy día, en vista de las preocupaciones y las apreciaciones de Francisco de Asís, las opciones generales de una Iglesia católica cuya fachada brilla a base de magnificentes manifestaciones romanas, pero cuya estructura interna en el día a día de las comunidades en muchos países se revela podrida y quebradiza, por lo que muchas personas se han despedido de ella tanto interna como externamente.

Es poco probable que los soberanos vaticanos permitan que se les quite el poder acumulado
No obstante, ningún ser racional esperará que una única persona lleve a cabo todas las reformas de la noche a la mañana. Aun así, en cinco años sería posible un cambio de paradigma: eso lo demostró en el siglo XI el papa León IX de Lorena (1049-1054), que allanó el terreno para la reforma de Gregorio VII. Y también quedó demostrado en el siglo XX por el italiano Juan XXIII (1958-1963), que convocó el Concilio Vaticano II. Hoy debería volver a estar clara la senda que se ha de tomar: no una involución restaurativa hacia épocas preconciliares como en el caso de los papas polaco y alemán, sino pasos reformistas bien pensados, planificados y correctamente transmitidos en consonancia con el Concilio Vaticano II.
Hay una tercera pregunta que se planteaba por aquel entonces al igual que ahora: ¿no se topará una reforma de la Iglesia con una resistencia considerable? No cabe duda de que, de este modo, se provocarían unas potentes fuerzas de reacción, sobre todo en la fábrica de poder de la curia romana, a las que habría que plantar cara. Es poco probable que los soberanos vaticanos permitan de buen grado que se les arrebate el poder que han ido acumulando desde la Edad Media.
El poder de la presión de la curia es algo que también tuvo que experimentar Francisco de Asís. Él, que pretendía desprenderse de todo a través de la pobreza, fue buscando cada vez más el amparo de la “santa madre Iglesia”. Él no quería vivir enfrentado a la jerarquía, sino de conformidad con Jesús obedeciendo al papa y a la curia: en pobreza real y con predicación laica. De hecho, dejó que los subieran de rango a él y a sus acólitos por medio de la tonsura dentro del estatus de los clérigos. Eso facilitaba la actividad de predicar, pero fomentaba la clericalización de la comunidad joven, que cada vez englobaba a más sacerdotes. Por eso no resulta sorprendente que la comunidad franciscana se fuera integrando cada vez más dentro del sistema romano. Los últimos años de Francisco quedaron ensombrecidos por la tensión entre el ideal original de imitar a Jesucristo y la acomodación de su comunidad al tipo de vida monacal seguido hasta la fecha.
En honor a Francisco, cabe mencionar que falleció el 3 de octubre de 1226 tan pobre como vivió, con tan solo 44 años. Diez años antes, un año después del IV Concilio de Letrán, había fallecido de forma totalmente inesperada el papa Inocencio III a la edad de 56 años. El 16 de junio de 1216 se encontraron en la catedral de Perugia el cadáver de la persona cuyo poder, patrimonio y riqueza en el trono sagrado nadie había sabido incrementar como él, abandonado por todo el mundo y totalmente desnudo, saqueado por sus propios criados. Un fanal para la transformación del dominio en desfallecimiento papal: al principio del siglo XIII, el glorioso mandatario Inocencio III; a finales de siglo, el megalómano Bonifacio VIII (1294-1303), que fue apresado de forma deplorable; seguido de los cerca de 70 años que duró el exilio de Aviñón y el cisma de Occidente con dos y, finalmente, tres papas.


Cuadro sobre san francisco de Asís de Giovanni Bellini en la Frick Collection de Nueva York
Menos de dos décadas después de la muerte de Francisco, el movimiento franciscano que tan rápidamente se había extendido pareció quedar prácticamente domesticado por la Iglesia católica, de forma que empezó a servir a la política papal como una orden más e incluso se dejó involucrar en la Inquisición.
Al igual que fue posible domesticar finalmente a Francisco de Asís y a sus acólitos dentro del sistema romano, está claro que no se puede excluir que el papa Francisco termine quedando atrapado en el sistema romano que debería reformar. ¿Es el papa Francisco una paradoja? ¿Se podrán reconciliar alguna vez la figura del papa y Francisco, que son claros antónimos? Solo será posible con un papa que apueste por las reformas en el sentido evangélico. No deberíamos renunciar demasiado pronto a nuestra esperanza en un pastor angelicus como él.
Por último, una cuarta pregunta: ¿qué se puede hacer si nos arrebatan desde arriba la esperanza en la reforma? Sea como sea, ya se ha acabado la época en la que el papa y los obispos podían contar con la obediencia incondicional de los fieles. Así, a través de la Reforma gregoriana del siglo XI se introdujo una determinada mística de la obediencia en la Iglesia católica: obedecer a Dios implica obedecer a la Iglesia y eso, a su vez, implica obedecer al papa, y viceversa. Desde esa época, la obediencia de todos los cristianos al papa se impuso como una virtud clave; obligar a seguir órdenes y a obedecer (con los métodos que fueran necesarios) era el estilo romano. Pero la ecuación medieval de “obediencia a Dios = obediencia a la Iglesia = obediencia al papa” encierra ya en sí misma una contradicción con las palabras de los apóstoles ante el Gran Sanedrín de Jerusalén: “Hay que obedecer a Dios más que a las personas”.
Por tanto, no hay que caer en la resignación, sino que, a falta de impulsos reformistas “desde arriba”, desde la jerarquía, se han de acometer con decisión reformas “desde abajo”, desde el pueblo. Si el papa Francisco adopta el enfoque de las reformas, contará con el amplio apoyo del pueblo más allá de la Iglesia católica. Pero si al final optase por continuar como hasta ahora y no solucionar la necesidad de reformas, el grito de “¡indignaos! indignez-vous!” resonará cada vez más incluso dentro de la Iglesia católica y provocará reformas desde abajo que se materializarán incluso sin la aprobación de la jerarquía y, en muchas ocasiones, a pesar de sus intentos de dar al traste con ellas. En el peor de los casos —y esto es algo que escribí antes de que saliera elegido el actual Papa—, la Iglesia católica vivirá una nueva era glacial en lugar de una primavera y correrá el riesgo de quedarse reducida a una secta grande de poca monta.
Traducción de News Clips / Paloma Cebrián.

viernes, 15 de marzo de 2013

PRENSA. "A propósito del Concilio". Juan Goytisolo

Miles de fieles desafían a la lluvia en San Pedro. / CIRO FUSCO (EFE) ("El país")

   En "El País":

A propósito del Concilio

Las esperanzas del II Concilio Vaticano se estrellaron contra una ortodoxia implacable



En un conciso y contundente artículo publicado en este diario Juan José Tamayo, al evocar la amnesia colectiva sobre los 36 años de poder autoritario de Ratzinger, fruto de la sorpresa y emoción provocados por su inesperada renuncia, desgranaba la lista de sus resoluciones y condenas inquisitoriales, primero como arzobispo de Múnich y luego como Pontífice, de los teólogos abiertos a los aires del tiempo, y su humillante menosprecio de las mujeres a las que negó el acceso al sacerdocio y redujo como sus antecesores, en virtud de una bien asentada misoginia, al mero papel de complemento del hombre (el cuento de la costilla y el de la maldita manzana, ya se sabe). Las esperanzas despertadas por el Segundo Concilio Vaticano se estrellaron contra el muro de una ortodoxia implacable con los seguidores de las enseñanzas humildes de Cristo. Muy significativamente el Papa ya emérito se esforzó en atraer a la congregación de los fieles a los seguidores de la secta ultramontana de monseñor Lefebre mientras anatematizaba a los curas y seglares comprometidos con la lucha contra la pobreza y a los representantes de la teología de la Liberación.
En verdad, Benedicto XVI no hubiera podido hacer gran cosa frente al poder de la burocracia eclesiástica y el absolutismo de la monarquía vaticana, cuya opacidad y poder sin límites no tiene hoy día equivalente alguno fuera de la teocracia saudí. El secretismo e intolerancia reinantes durante siglos de supuesta infalibilidad papal no pueden ser puestos en tela de juicio sin provocar el derrumbe de todo un sistema y un aparato de gobierno que nada tienen que ver con la figura y palabra de Jesús. Si la doctrina de Marx sobre la dictadura del proletariado necesaria para la consecución del ideal igualitario condujo a su sustitución por la del Comité Central del Partido, la de este por la de su Buró Político y la del último por la de un omnímodo secretario general de la índole de Stalin, la enseñanza de Cristo engendró al hilo del tiempo una casta eclesiástica investida de un poder divino y terrenal cuya crueldad en tiempos del Santo Oficio (hoy Congregación para la Doctrina de la Fe) no tendría nada que envidiar a la del líder soviético. Juan José Tamayo ha tenido la suerte de nacer en el siglo XX y consagrarse a la teología e historia de las religiones en un país democrático: de otro modo habría conocido el trato poco amable de las mazmorras inquisitoriales y Menéndez Pelayo le habría dedicado un jugoso capítulo en su Historia de los heterodoxos. En corto: el edificio sustentado por 20 siglos de una todopoderosa máquina estatal no admite cuanto atente a los fundamentos de la auctoritas. En la Iglesia católica no cabe un informe Kruschev y menos aún unas innovaciones suicidas como las de Gorbachov. La autocrítica no existe en el dogma, carece de base jurídica. El doble poder terrenal y divino no tolera el libre juicio de las ovejas descarriadas, de los fieles no sujetos a su jurisdicción estricta.
La existencia de valores espirituales independientes de la autoridad eclesiástica fue objeto de condena y castigo por espacio de siglos. El misticismo y la preminencia de la oración mental sobre la liturgia y las formas exteriores del culto no han sido nunca de recibo a menos que se confinen, como hizo precavidamente San Juan de la Cruz, en los muros de un convento reservado a una elite espiritual. La historia del Santo Oficio se cifra en un vasto archivo que abarca no sólo a los descreídos y protestantes sino también a quienes vivían en comunión con Cristo fuera de toda liturgia y a cuantos se atrevían a pensar por su cuenta: ayer los erasmistas y hoy los teólogos como Juan José Tamayo.
La corrupción reinante en el mercadeo romano puesta en evidencia en las feroces luchas por el poder, lavado de dinero en el Banco Vaticano, conexiones con la Mafia, amenazas de muerte a prelados y abusos pederásticos revelados por los vatileaks es la “suciedad” evocada por Benedicto XVI poco antes de arrojar la toalla. La actual degradación de la Iglesia no difiere gran cosa de la de Alejandro VI y sus sucesores, en la época retratada con gracia en La lozana andaluza y en el cáustico Concilio del amor ambientado en ella. Pero los tiempos han cambiado y la trama argumental presente ya no es la de Delicado ni siquiera la de Gide y Peyrefitte sino la de la novela negra: mafiosos sepultados en la cripta, asesinatos oscuros, suicidios sospechosos, cadáveres desaparecidos y abominaciones pedófilas cuidadosamente barridas bajo una espesa alfombra. John le Carré tiene hoy la palabra. Y, con mayor genio y humor, Fellini.
La escenografía del Cónclave debería haber ido acompañada de música de ópera, del Nabucco de Verdi o de la Cabalgata de las Walkirias de Wagner. La llegada de los cardenales papables a la escena del Sacro Colegio tendría que haber sido orquestada como la de un ballet del Bolshoi. Los creía ver asidos de la mano, siguiendo los compases musicales conforme se adentraban en la Capilla Sixtina, balanceándose y oscilando rítmicamente los pies. Bajo los murales y retablos de Miguel Ángel se despedirían del enjambre de los camarógrafos venidos del mundo entero para cabildear en secreto la elección del nuevo Vicario de Cristo que, aureolado de su infalible luz, ostentaría en adelante la tiara, redactaría breves, bulas y encíclicas, se entregaría en papamóvil a baños multitudinarios y se asomaría al balcón de la plaza romana a bendecir a los fieles. Fin de la película. ¡Apoteosis final!
Imagino el pasmo de Jesús de Nazaret ante la pompa y parafernalia eclesiásticas, la lucida guardia suiza, el solio y los flabelos. O la de millones de desheredados que creen en él y siguen en la tele un ceremonial tan anacrónico como huero. Algo de otro tiempo, pero que no puede alterarse sin cesar de existir.

lunes, 4 de marzo de 2013

PRENSA. "¿Una 'primavera vaticana'?". Hans Küng

Hans Küng

   En "El País":

¿Una ‘primavera vaticana’?

La Iglesia necesita un Papa abierto a la modernidad y que defienda la libertad. Un grupo de cardenales valientes debe enfrentarse a los sectores más inflexibles de la jerarquía y exigir un candidato con ese perfil

 1 MAR 2013 

La primavera árabe sacudió toda una serie de regímenes autoritarios. Ahora que ha dimitido el papa Benedicto XVI, ¿será posible que ocurra algo similar en la Iglesia católica, una primavera vaticana?
Por supuesto, el sistema de la Iglesia católica, más que a Túnez o Egipto, se parece a una monarquía absoluta como Arabia Saudí. En ambos casos, no se han hecho auténticas reformas, sino concesiones sin importancia. En ambos casos, se invoca la tradición para oponerse a la reforma. En Arabia Saudí, la tradición solo se remonta a 200 años atrás; en el caso del papado, a 20 siglos.
Ahora bien, ¿es cierta esa tradición? En realidad, la Iglesia vivió durante un milenio sin un papado de tipo monárquico absolutista como el que conocemos.
Fue a partir del siglo XI cuando una “revolución desde arriba”, la “reforma gregoriana” iniciada por el papa Gregorio VII, nos legó las tres características históricas del sistema de Roma: un papado centralista y absolutista, un clericalismo forzoso y la obligación del celibato para los sacerdotes y otros clérigos seglares.
Los esfuerzos de los concilios reformistas del siglo XV, los reformadores del siglo XVI, la Ilustración francesa en los siglos XVII y XVIII y el liberalismo del siglo XIX tuvieron éxito solo en parte. Incluso el Concilio Vaticano II, de 1962 a 1965, a pesar de abordar muchas preocupaciones de los reformadores y los críticos modernos, se vio obstaculizado por la curia, el órgano rector de la Iglesia, y no logró poner en práctica más que parte de los cambios exigidos.
Hoy, la curia, que también es un producto del siglo XI, sigue siendo el principal obstáculo para cualquier reforma de fondo de la Iglesia católica, cualquier acuerdo ecuménico con las demás iglesias cristianas y religiones mundiales y cualquier actitud crítica y constructiva frente al mundo moderno.

No podemos engañarnos con las grandes masas. Detrás de la fachada, la casa está viniéndose abajo
Con los dos últimos papas, Juan Pablo II y Benedicto XVI, se ha producido un fatal regreso a los viejos hábitos monárquicos de la Iglesia.
En 2005, en una de sus escasas muestras de audacia, Benedicto mantuvo una amigable conversación de cuatro horas conmigo en su residencia de verano, en Castelgandolfo, cerca de Roma. Yo había sido colega suyo en la Universidad de Tubinga y también su crítico más feroz. Durante 22 años, después de que criticara la infalibilidad del Papa y me retirasen la autorización eclesiástica para dar clase, no habíamos tenido el menor contacto privado.
Antes del encuentro, decidimos dejar de lado nuestras diferencias y hablar de temas sobre los que podíamos estar de acuerdo: la relación positiva entre la fe cristiana y la ciencia, el diálogo entre religiones y civilizaciones y el consenso ético entre fes e ideologías.
Para mí, y para todo el mundo católico, la entrevista fue una señal de esperanza. Pero, por desgracia, el pontificado de Benedicto estuvo marcado por crisis y malas decisiones. Logró irritar a las iglesias protestantes, los judíos, los musulmanes, los indios de Latinoamérica, las mujeres, los teólogos reformistas y todos los católicos partidarios de las reformas.
Los mayores escándalos de su papado son conocidos: para empezar, el hecho de que Benedicto reconociera a la archiconservadora Sociedad de San Pío X del arzobispo Marcel Lefebvre, que se opone de manera rotunda al Concilio Vaticano II, y a un personaje que niega el Holocausto, el obispo Richard Williamson.
Luego estuvo la inmensa ola de abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes, que el Papa ayudó en gran parte a encubrir cuando era el cardenal Joseph Ratzinger. Y después el caso Vatileaks, que reveló un espantoso número de intrigas, luchas de poder, corrupción y deslices sexuales en la curia, y que parece ser una de las principales razones por las que Benedicto ha decidido abandonar.
Esta primera dimisión de un papa en casi 700 años deja al descubierto la crisis fundamental que se cierne sobre una Iglesia anquilosada. Y ahora, todo el mundo se pregunta: ¿Será posible que el próximo Papa, a pesar de todo, inaugure una nueva primavera para la Iglesia católica? No se pueden ignorar las desesperadas necesidades de la Iglesia. Existe una desastrosa escasez de sacerdotes, en Europa, Latinoamérica y África. Son muchísimas las personas que han dejado la Iglesia o han emprendido una “emigración interna”, sobre todo en los países industrializados. Ha habido una inequívoca pérdida de respeto hacia obispos y sacerdotes, el distanciamiento, en particular, de las mujeres jóvenes, y la incapacidad de incorporar a los jóvenes a la Iglesia.
No debemos dejarnos engañar por el poder mediático de los grandes acontecimientos papales de masas ni por los aplausos enloquecidos de los grupos juveniles católicos. Detrás de la fachada, la casa está viniéndose abajo.

Una encuesta muestra que el 85% de los católicos son partidarios de dejar que los curas se casen
En esta dramática situación, la Iglesia necesita un Papa que no viva desde el punto de vista intelectual en la Edad Media, que no defienda ningún tipo de teología, liturgia ni constitución eclesiástica propias de la época medieval. Necesita un Papa abierto a las preocupaciones de la reforma, a la modernidad. Un Papa que defienda la libertad de la Iglesia en el mundo no solo mediante sermones sino luchando con hechos y palabras por la libertad y los derechos humanos dentro de la Iglesia, por los teólogos, por las mujeres, por todos los católicos que desean decir la verdad abiertamente. Un Papa que no siga obligando a los obispos a obedecer una línea oficial reaccionaria, que ponga en práctica una democracia apropiada dentro de la Iglesia, construida según el modelo del cristianismo primitivo. Un Papa que no se deje influir por ningún otro “Papa en la sombra” del Vaticano como Benedicto y sus leales seguidores.
La procedencia del nuevo Papa no debería ser un factor crucial. El Colegio Cardenalicio debe elegir al mejor, sin más. Por desgracia, desde la época del papa Juan Pablo II, se emplea un cuestionario para hacer que todos los obispos sigan la doctrina oficial de Roma en los asuntos polémicos, un proceso sellado por el voto de obediencia incondicional al Papa. Por eso, hasta ahora, no ha habido disidentes públicos entre los obispos.
Sin embargo, la jerarquía católica ha recibido advertencias sobre la brecha existente entre ella y los seglares en asuntos importantes relacionados con posibles reformas. Una encuesta reciente en Alemania muestra que el 85% de los católicos son partidarios de dejar que los curas se casen, el 79%, de que los divorciados puedan volver a casarse por la Iglesia, y el 75%, de que las mujeres puedan ordenarse. Probablemente, las cifras serían similares en muchos otros países.
¿Será posible que tengamos un cardenal o un obispo que no esté dispuesto a seguir por la misma senda trillada de siempre? ¿Alguien que sepa lo profunda que es la crisis de la Iglesia y conozca vías para salir de ella?
Estas preguntas deben discutirse abiertamente, antes del cónclave y durante él, sin que nadie amordace a los cardenales, como se hizo en 2005 para que se atuvieran a las directrices.
Soy el último teólogo en activo de los que participó en el Concilio Vaticano II (junto con Benedicto) y, como tal, me pregunto si no será posible que haya al comienzo del cónclave, igual que hubo al comienzo del Concilio, un grupo de cardenales valientes que se enfrenten a los miembros más inflexibles de la jerarquía católica y exijan un candidato dispuesto a aventurarse en nuevas direcciones. ¿Tal vez a través de un nuevo concilio reformista o, mejor aún, una asamblea representativa de obispos, sacerdotes y seglares?
Si el próximo cónclave elige a un Papa que vuelva a lo de siempre, la Iglesia nunca experimentará una nueva primavera, sino que caerá en una edad de hielo y correrá el peligro de encogerse hasta convertirse en una secta cada vez más irrelevante.
Hans Küng es catedrático emérito de Teología Ecuménica en la Universidad de Tubinga y autor del libro de próxima publicación ¿Puede salvarse la Iglesia?
Traducción del inglés de María Luisa Rodríguez Tapia.
©2013 The New York Times. Distribuido por The New York Times Syndicate.

lunes, 25 de febrero de 2013

PRENSA. "Falible. ExPapa. Un poderoso en retiro". Reportaje

El papa Juan Pablo II (derecha) junto al entonces cardenal Joseph Ratzinger, en 2004. / M. BRAMBATTI (EFE) ("El País")

   En "El País":

Falible. Ex Papa. Un poderoso en retiro

La renuncia de Benedicto XVI suscita loas y críticas entre los expertos

Teólogos e historiadores ven el debate superficial porque disimula los problemas del pontificado

 24 FEB 2013

En los archivos de la municipalidad de Valence (Francia) se conserva la anotación del funcionario encargado de despachar en agosto de 1799 el fallecimiento en esa ciudad del papa Pío VI, de civil conde Angelo Onofrio Melchiorre Natale Giovanni Antonio Braschi dei Bandi. Lo hizo de esta manera tan distraída: “Jean-Ange Bisaschi, que ejerce la profesión de pontífice”. Pío VI había sido un Papa peleón y viajero, pero fue arrollado por los efectos de la Revolución Francesa y, sobre todo, por maquinar contra Napoleón, a uno de cuyos generales mandó fusilar poco antes de ser ocupada Roma por el ejército francés. Salvó la vida huyendo de la capital de los Estados Pontificios disfrazado de mendigo, pero fue tomado prisionero y llevado a Francia de muy mala manera. Su cuerpo regresó décadas más tarde a Roma, donde aún se alza una estatua muy vistosa en su honor.
¿Qué dirá el registro de difuntos sobre Benedicto XVI, de civil Joseph Aloisius Ratzinger, a punto de cumplir 86 años? ¿Cómo firmara el exPapa sus cartas y los mensajes de Twitter, cuando el día 28 abandone el pontificado romano? ¿Seguirá siendo infalible? ¿Continuará asistido por el Espíritu Santo, como cree el tropel de sus afines que están los papas por el solo hecho de serlo? ¿Será un Papa en la sombra, dada la influencia que ya ejerció sobre su predecesor, el polaco Juan Pablo II? El debate está abierto, con respuestas para todos los gustos.
Así lo ve el franciscano José Arregi, profesor de Teología en la Universidad de Deusto (Bilbao). “Que un papa, a los 85 años y enfermo, se despoje de la tiara y descienda del trono, renunciando al poder religioso más arbitrario y absoluto jamás imaginado, ¿qué tiene de extraño? Tiene de extraño que se limite a eso: a una renuncia personal. Y, sin embargo, ha sido celebrada por clérigos y laicos bien intencionados como un gesto de libertad, valentía y dignidad e, incluso, de humildad. No niego que lo sea. Pero ¿su renuncia no constituye a la vez un acto de rendición frente a esa oscura maquinaria de poder que es el Vaticano?”.
Arregi, una de las últimas víctimas de la inquisición romana, dudaba hace tres años, en declaraciones a EL PAÍS, que Benedicto XVI mandase algo en el Vaticano. Ahora lamenta que la Iglesia vuelva a “ser espectáculo, no buena noticia”. Cree que Ratzinger es “un hombre de gran calidad humana” —“No hay más que mirar sus ojos limpios llenos de inteligencia”—, pero subraya que la persona es inseparable del papel que desempeña en un sistema.

Küng: “El dogma de la infalibilidad fue, al principio, una herejía reprobada”
“En el caso del Papa es inevitable que la persona, por admirable que sea, quede aplastada por un papel y un poder desorbitado, dentro de un sistema perverso: un papa elige a los cardenales que elegirán al siguiente Papa, el cual impondrá como voluntad divina lo que son en realidad sus propios criterios. Así es como Benedicto XVI, primero por mano de Juan Pablo II y luego por su propia mano, ha enterrado lo mejor del Vaticano II y ha ahondado el abismo entre la Iglesia y el mundo de hoy. Todo por voluntad divina. Ahora se va dejando intacto un sistema esencialmente corrupto. La tiara y el trono, la terrible infalibilidad, el terrible poder absoluto, siguen intactos, esperando al siguiente candidato. No faltarán aspirantes. Ya se traman oscuras estrategias, ya se urden alianzas. Se maquina y se conspira. Es pura farsa mediática, pornografía religiosa. Cuando salga la fumata blanca dirán: ‘El Espíritu Santo ha elegido’. Más obsceno todavía”, añade Arregi.
¿Infalibles los papas? Cuando el 18 de julio de 1870 Pío IX proclamó el dogma de la infalibilidad en la última jornada del tridentino Concilio Vaticano I, Víctor Hugo hizo una predicción: “Dentro de 100 años, no habrá guerras, no habrá papa”. Se equivocó, pero la decisión de Pío IX ha dejado “en ridículo” al pontificado romano, en palabras del muy católico Lord Acton, que a punto estuvo de ser excomulgado por esa idea. Suya es la frase de que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. También el filósofo Richard Rorty habló de “dogma infame”, y un teólogo tan prudente y sabio como Karl Rahner escribió: “Si de forma irrealmente hipotética, me imagino a mí mismo leyendo en voz alta a Jesús, durante su vida terrestre, la definición del Vaticano I, probablemente él, en su conciencia humana empírica, se habría asombrado y no habría entendido nada en absoluto”.
¿Quién inventó la doctrina de la infalibilidad? El sistema vaticano argumenta que la idea de que el Papa y la Iglesia nunca se equivocan cuando definen doctrinas se remonta siglos, incluso a Pedro, el pescador que se supone como primer Papa romano. No es verdad. Es una idea absurda para tiempos en que el Papa era el sucesor de un pescador judío, no del emperador Constantino.
“No fue con un cheque del banco del César con lo que Jesús envió a sus apóstoles al mundo para anunciar el reino de Dios”, clamó el teólogo francés Robert de Lamennais contra los afanes de poder y riqueza de lo que llama “el Imperio católico”. ¿Infalibles los papas en toda su historia? Incluso para el hombre que más trabajó para erigir el absolutismo papal, Gregorio VII, se trataba de “una doctrina disparatada”. “El Papa puede equivocarse también en materia de fe”, dijo.

Tamayo recuerda que un sector episcopal se negó a apoyar el dogma
El teólogo Hans Küng, que ha escrito un voluminoso libro sobre el tema (¿Infalible? Una pregunta) y fue castigado por Ratzinger retirándole el título de profesor de teología católico, lo explica con la exhibición de un documento que enmudecería a quienes entren en el debate con honradez. Dice: “El inventor [de la doctrina de la infalibilidad] es el excéntrico franciscano Petrus Olivi. Lo que buscaba era que los papas quedasen obligados por un decreto de Nicolás III favorable a la corriente franciscana que exigía pobreza radical. De ahí que, en 1324, Juan XXII condenara esa doctrina como obra del demonio, el padre de la mentira. Consecuencia: ¡el dogma de la infalibilidad papal fue, al principio, una herejía reprobada!”.
Pero aquel 18 de julio de 1870, el Vaticano tenía a sus puertas el ejército de Garibaldi y Pío IX pensaba que solo la definición solemne de su primacía e infalibilidad podría evitar que la nación italiana conquistara el último símbolo de los Estados Pontificios. Era un hombre “emocionalmente inestable, desprovisto de dudas intelectuales que mostraba los síntomas propios de un psicópata” (así lo ve Hans Küng), y quería lanzar, además, una declaración de guerra general a la modernidad, en la esperanza de ganarse el apoyo de reyes y emperadores tan sobresaltados como el Papa. El dogma, en cambio, les asustó, más que los confortó, sobre todo porque el Pontífice lo acompañaba de una encíclica (Quanta cura) y un compendio de errores (Syllabus errorum modernorum) para condenar a los hombres y las ideas más representativos de la modernidad europea. “Lo que una vez fue contrarreforma era ahora contrailustración”, dice Küng.
En el Concilio de Nicea (año 325) se endiosó a Cristo con el beneplácito del emperador Constantino. En el Vaticano I se endiosó a los papas. Pío IX se consideraba a sí mismo un viceDios. Todo se mantiene. En palabras del teólogo Juan José Tamayo, “los papas acumulan en su persona más poder que los faraones egipcios, los emperadores romanos, los reyes del sacro imperio romano-germánico, los califas del imperio otomano y todos los dictadores de la historia. Lo confirma la Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano, que concentra los tres poderes en la persona del Papa”. Así lo establece su artículo primero: “El Supremo Pontífice, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, tiene la plenitud de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial”.
Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones en la Universidad Carlos III de Madrid, afirma que ese poder absoluto lo reafirma y refuerza el dogma de la infalibilidad, “que Pío IX, en sus horas más bajas de poder político y de autoridad religiosa, obligó a votar a los obispos reunidos en concilio”. Según dicho dogma, las definiciones del Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, “son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Con ello, el Papa se auto-colocaba en la órbita de lo divino y su palabra se situaba al mismo nivel que la palabra inerrante de Dios”.
Tamayo recuerda que hubo un sector episcopal que se negó a apoyar “tan megalómana imposición papal”. Añade: “La historia les daba la razón, teniendo en cuenta los numerosos errores doctrinales en los que incurrieron algunos papas y los constantes cambios producidos en las verdades de fe”.

El derecho canónico usa un doble rasero para líder y fieles, subraya un experto
Es absurdo debatir sobre si el papa Ratzinger se lleva consigo el don de la infalibilidad, que requiere, para su uso, hablar ex cathedra, es decir, desde la silla de mando. Benedicto XVI se apea de ese trono el próximo jueves. Además, desde su implantación, el dichoso dogma ha sido usado una única vez. Lo hizo Pío XII el primer día de noviembre de 1950, cuando, rodeado de 36 cardenales, proclamó “ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Textual.
Sobre la dimisión del Papa reinante no caben dudas. “Desde la perspectiva del Derecho del Estado, y en el caso español de un Estado laico —ideológica y religiosamente neutral—, se trata de una decisión irrelevante, ya que al final de cuentas se trata simplemente del relevo en la Jefatura de otro Estado”, sostiene Oscar Celador Angón, catedrático de Derecho Eclesiástico en la Universidad Carlos III. Añade: “Desde el siglo XV, era habitual que los papas ejercieran su labor hasta su fallecimiento, con independencia de edad o salud. Se trataba de una especie de contrato informal en virtud del cual, una parte accedía al puesto de máxima responsabilidad, pero a cambio se comprometía a dedicar a su labor todas sus fuerzas y a sacrificar el resto de sus días. A la vista de los hechos, el contrato informal o no existía, o ha sido incumplido por una de las partes”.
Al profesor Celador le parece llamativo el doble rasero que el Derecho canónico utiliza para su líder y sus fieles. Pone como ejemplo el matrimonio. Dice: “El Papa ha renunciado a ostentar un cargo cuyo desempeño aceptó de forma libre, alegando falta de fuerzas. Su decisión es de sentido común. Sin embargo, el matrimonio canónico contraído válidamente y consumado es indisoluble, a lo sumo sus contrayentes pueden separarse pero nunca divorciarse canónicamente, con independencia de la edad que puedan llegar a vivir los cónyuges, su felicidad o estado de ánimos”.
Tampoco caben dudas sobre si seguirá Benedicto XV siendo Papa después de su renuncia. Dice el teólogo Federico Pastor-Ramos, presidente de la Asociación de Teólogos Juan XXIII y profesor emérito de la Universidad Pontificia de Comillas: “Una vez que Benedicto XVI ha renunciado al ministerio lo ha dejado definitiva y totalmente. El encargo de Jesús a Pedro está expresado con imágenes metafóricas que no pueden extrapolarse en su sentido, como sería decir, por ejemplo, que la piedra es algo permanente. Sería más consonante con lo que sugiere el Nuevo Testamento pensar en funciones de comunión y un cierto punto de referencia de los seguidores de Jesús, que tiene poco que ver con la hipertrofia de lo papal que se ha ido desarrollando a lo largo de la historia y de la que se podría prescindir sin menoscabo de nada”.
Otra cuestión es si las cosas se miran desde la óptica de la religión popular española, especialmente la practicada por niños y adolescentes. Lo hace Javier López Facal, profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y autor de El declive del Imperio Vaticano, que acaba de publicar en la editorial Catarata: “Los niños suelen encomendarse a santa Rita de Casia cuando a uno se le exige la devolución de un objeto previamente donado, utilizando estas palabras: Santa Rita, Rita, Rita, lo que se da no se quita. Sabemos desde la Epístola a los Efesios 2.8, una carta supuestamente escrita por san Pablo a aquella floreciente iglesia anatolia, que la fe no depende de uno mismo, sino que es un regalo gratuito de Dios, y es asimismo doctrina aceptada que la gracia santificante y la gracia de estado son dones divinos de carácter gratuito y, por lo tanto, potencialmente efímeros o revisables”.
Así las cosas, cabría pensarse que si el Espíritu Santo otorgó a Ratzinger la gracia de estado para acceder al pontificado y ejercer este magisterio, igualmente ha podido retirarle esta gracia por razones inescrutables e inefables propias del Paráclito.
Ironiza López Facal: “Joseph Ratzinger puede decir, con legitimidad, aquello de Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado, bendito sea Dios, y reivindicar que lo dejen en paz. Lo malo es que los ex se convierten desde el momento mismo de su pérdida del poder en jarrones chinos, en feliz expresión de Felipe González, es decir, en un objeto valioso pero muy difícil de integrar en la decoración de una casa. ¿Qué hace uno con un jarrón chino tan valioso, como incordiante? ¿Qué papel desempeñan hoy González en el PSOE o Aznar en el PP? Ratzinger al que nunca he profesado ni una especial admiración, ni un acendrado cariño, creo que va a llevar su pérdida del poder con mayor dignidad, generosidad y sentido común que los dos ex presidentes mencionados. Se retirará a un convento a rezar, estudiar y tocar el piano, y no va a molestar prácticamente nada a la persona a la que el Espíritu Santo vaya a distinguir ahora con Su gracia. Algo tiene que quedarle de aquel don de Dios del que gozó durante siete años, de tan marcadas connotaciones bíblicas”.

Fatal precedente

Celestino V, el Papa que, antes que Benedicto XVI, renunció al pontificado en plena libertad, tenía también 85 años cuando fue elegido en julio de 1294 y dimitió cinco meses más tarde. Murió de muy mala manera dos años después. De civil se llamaba Pietro Angeleri di Murrone, hijo de un labrador. Se le conoce como el Pastor Angélico. Fue proclamado santo muy pronto y hace unos pocos años ha sido retirado del calendario litúrgico, no se dijo por qué.
Celestino era monje benedictino hasta que se retiró a vivir solo en una cueva del Monte Morrone (Italia), donde adquirió fama de santo y sanador. Por eso fue aclamado Papa después de un cónclave que se prolongaba ya dos años. Murrone llegó a lomos de un burro al templo en el que iba a ser coronado. Cuando abdicó, harto y escandalizado, quiso volver a su vieja ermita, pero el sucesor, el arrogante y tendente al nepotismo Bonifacio VIII, temió que pudiera convertirse en un estorbo, y mandó apresarlo.
Advertido de las torvas intenciones del nuevo pontífice, el pobre Celestino V escapó. Perseguido por todo el sur de Italia, cayó preso cuando intentaba llegar a Grecia. Bonifacio VIII lo recluyó en un castillo cerca de Anagni y allí murió, se dice que a manos de un verdugo del Vaticano.
Fue lo que creyó Felipe IV el Hermoso, rey de Francia, que ordenó capturar en Roma al Papa reinante, para procesarlo en un concilio general de la Iglesia, acusado, entre otras cosas, de matar a su predecesor. Bonifacio VIII murió poco después. Un cronista definió así su final, quizás envenenado: “Entró como un lobo, gobernó como un león, acabó como un perro”.

martes, 4 de diciembre de 2012

PRENSA. "Más toques de fe que de historia", reportaje

El Papa reza ante el portal de Belén del Vaticano. / REUTERS ("El país")

   En "El País":

Mas toques de fe que de historia

Benedicto XVI sostiene que se saben “pocas cosas” sobre Jesús, pero lo enlaza con el emperador Augusto como “una conexión interplanetaria” y lo emparenta con el rey David

 2 DIC 2012

“Cualquiera es libre de contradecirme”. Esta advertencia de Benedicto XVI figura en el prólogo del segundo tomo de su jaleada biografía sobre Jesús. Conviene no olvidarla para entender el tercero y último, que acaba de publicarse con el título La infancia de Jesús. El cardenal Antonio María Rouco lo presenta mañana en la Biblioteca Nacional. “No he intentado escribir una cristología”, confiesa el Papa, como justificándose. Efectivamente, el libro no es una biografía al uso, ni de lejos, sino una exhibición de elaboraciones teológicas, “una cristología desde arriba”, por citar el precedente famoso de El Señor, de Romano Guardini, tan admirado por el Papa.
El lanzamiento del libro ha contado con una polémica en torno a la presencia, o no, de un buey y un asno en el establo donde nació el fundador cristiano. También se ha discutido la insistencia del Papa en que todo empezó en un pesebre de Belén, adonde el matrimonio José y María habría acudido para cumplir con un censo decretado por Roma. Historiadores antiguos y modernos desmienten esa tesis con toda certeza. En realidad, al Papa le importa poco el debate sobre los hechos. Partiendo de su idea de que se saben pocas cosas sobre Jesús, a Benedicto XVI le motiva más el que los hechos coincidan con profecías de la Biblia. Si no coinciden, peor para los hechos.
Benedicto XVI conoce el terreno que pisa. Por ejemplo, descarta a Nazaret como el lugar del pesebre porque le venía mal a profecías que va a manejar. Si Jesús hubiera nacido en Nazaret, una pequeña ciudad de Galilea antes de él sin ninguna celebridad, ¿cómo casar el que descendiese de la casa de David? También se derrumbaría con estrépito la larga genealogía de José, el padre legal de Jesús, que remonta hasta Adán pasando por David y Salomón. El fundador del cristianismo, qué menos que emparentarse con reyes y compararse con el emperador Augusto. Los Evangelios —del griego, buena noticia— son relatos para endiosar a un fundador, como habían hecho antes —y hacen después— los escribas de otras tradiciones.

El Papa intenta mantenerse "al margen de las controversias"
Ha pensado Ratzinger en esa circunstancia cuando escribe (página 11) que “Nazaret no era un lugar que hubiera recibido promesa alguna”. Recuerda, por eso, la respuesta que un futuro discípulo de Jesús, Felipe, ha dado a su compañero Natanael cuando este le comunica que “aquel de quien escribieron los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret”. La respuesta de Felipe es conocida, y al Papa le gusta subrayarla: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”.
Como si hubieran leído esta frase del libro, dos tuiteros reflexionaban graciosamente estos días, en medio del belén que se ha armado con las dudas sobre si había, o no, bueyes y burros en el dichoso establo. “¿Para qué nacer en Lepe, pudiendo ser de Bilbao?”, decía uno. Contestaba otro: “Seamos universales: ¿para qué ser de Idaho pudiendo nacer en California?”. Un tercero pregunta: “¿Y dónde aparcó su mula José? ¿O es que la virgen María, a punto de parir, tuvo que viajar a patita de Nazaret a Belén?”.
Benedicto XVI, de civil Joseph Ratzinger, de 85 años, empezó a escribir esta obra antes de encumbrarse en el pontificado romano, en 2005. Eso quiere decir que el primer tomo, y probablemente el segundo, son obra del teólogo Ratzinger, a la sazón gran inquisidor romano. Fueron obras sólidas, de peso, incluso físicamente (447 páginas el primer tomo; 396, el segundo). El que ahora se presenta (apenas 137 páginas, editadas por Planeta), lo ha escrito como Papa, en medio de las imponentes parafernalias del cargo. El autor parece reconocerlo en el prólogo: “Espero que, a pesar de sus límites, este pequeño libro pueda ayudar a muchas personas en su camino hacia Jesús y con él”. Lo firma el 15 de agosto pasado, festividad de la Asunción de María al cielo, en su palacio de veraneo, Castel Gandolfo, a orillas del lago Albano.
La advertencia no ha espantado la polémica. Poner en duda la presencia de un burro en la cuadra donde nació el fundador de su religión hubiera sido apenas noticia si saliese de la pluma de un teólogo, por famoso que fuese. Dicho por el Papa ha suscitado mil controversias. Por eso la noticia ha armado el belén. En España existe esta expresión —¡Y se armó el belén!— para definir una escandalera de este tipo, que ha desatado en las redes sociales execraciones o bromas sin cuento.
¿Qué ha escrito, realmente, Benedicto XVI? Parece obligado empezar por la noche en que la Virgen dio a luz y “envolvió al niño en pañales” sobre un pesebre. “Podemos imaginar sin sensiblería con cuánto amor preparaba el nacimiento”, escribe. Apenas dos párrafos después aborda la escena completa. ¿Quién más había en el establo? Este es el texto: “Como se ha dicho, el pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen. En el Evangelio de Lucas no se habla en este caso de animales. Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1, 3: ‘El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende”.

Sitúa el nacimiento de Jesús en Belén, y no en Nazaret, por  una profecía
San Francisco de Asís toma esa profecía para construir en la Navidad de 1223, por primera vez en la historia de la cristiandad, una casita de paja a modo de portal y explicar a sus fieles el misterio del nacimiento de un Jesús pobre entre los pobres. Ahí empezó la tradición del belén, no antes. La imponente autoridad moral del franciscano, patrono de los animales y que da nombre a la gran ciudad de California, extendió pronto el mito por Europa y América. El Vaticano está construyendo el suyo estos días, impresionante, como cada año en la plaza de San Pedro. Por cierto, el Evangelio lucano no habla de animales en el establo, pero tampoco dice nada de la (se supone que indiscutible) presencia de José, el padre legal del recién nacido.
Más metáforas. Dedica el Papa cuatro páginas a subrayar cómo Jesús, “el realmente Poderoso” (la mayúscula es suya) nace “en un pesebre, en un ambiente poco acogedor, incluso indigno”, pero, inmediatamente, hace una pirueta que deja al lector descolocado. “En realidad, el pesebre es una especie de altar y se convierte en una referencia a la mesa de Dios”. Naciendo entre pastores (si aquello era un establo, “habría pastores y animales”, remacha), podrá remontarse a David, pastor de ovejas antes que rey, y a la profecía de Miqueas, según la cual de un pesebre de Belén “había de salir el que un día apacentaría al pueblo de Israel”. Resumen papal: “Jesús es el Gran Pastor de los hombres”.
Después de esa que el Papa llama “pequeña divagación”, el libro vuelve al texto del Evangelio de Lucas, donde se lee: “María dio a luz a su hijo primogénito”, y entra en el debate sobre si la Virgen fue madre de otros hijos (y también hijas), y si san Pablo entró al trapo cuando llama a Jesús “el primogénito de muchos hermanos”. Conclusión del teólogo Ratzinger, esforzado a demostrar la virginidad de la madre: “El primogénito no es necesariamente el primero de una descendencia sucesiva. La palabra “primogénito” no se refiere a una numeración sucesiva, sino que indica una cualidad teológica”. Conclusión: “En el humilde pesebre está ya este esplendor cósmico: ha venido entre nosotros el verdadero Primogénito del Universo”. Vaya por Dios.

Hay cientos de miles de libros sobre Cristo y 10.00o biografías serias
Sobre Jesús hay cientos de miles de libros y en torno a 10.000 biografías consideradas serias. Es lógico si se tiene en cuenta que su nacimiento, pese a tener fecha dudosa, parte en dos la historia de una porción del mundo desde que el monje Dionisio el Exiguo propuso en el siglo VI —y el Papa impuso— reemplazar la cronología romana, que contaba los días a partir de la fundación de Roma, por una cronología cristiana. Desde entonces, se cuentan los años por un antes y después de Cristo. Ratzinger entra en el asunto para anotar lo que está sobradamente constatado: la insólita circunstancia de que Jesús nació antes de la era cristiana. “Evidentemente”, escribe, “Dionysius Exiguus se equivocó algunos años en sus cálculos”.
En este punto, hace afirmaciones que los historiadores niegan. Dice, por ejemplo, que Jesús “nació en Belén” porque sus padres habían viajado hasta allí para cumplir “con un censo ordenado por los romanos”. Frente a la tesis de que para ese censo, de haber existido, no habría sido necesario un viaje de cada cual a su ciudad, el Papa replica, apelando a “diversas fuentes”, que los interesados “debían presentarse allí donde poseyeran tierras”. Según el Papa, José, de la casa de David, disponía de una propiedad en la comarca de Belén. El terrateniente, no hace falta decirlo, es carpintero en Nazaret y marido de María, virgen y la madre de Jesús.
No es verdad que hubiera revisión catastral alguna en ese tiempo. El Papa parece aceptarlo cuando empieza el párrafo siguiente afirmando que “siempre se podrá discutir sobre muchos detalles porque sigue siendo difícil escudriñar en la vida cotidiana de un organismo tan complejo y lejos de nosotros como el del Imperio romano”.
La afirmación es temeraria. La Roma de Augusto ha sido estudiada con detalle por los mejores historiadores romanos, relativamente contemporáneos de Jesús, como Tácito (año 50 a 120), Suetonio (hacia el 120) y Plinio el Joven (61-120), y en la modernidad por todo tipo de especialistas, entre otros el gran Ernest Renan y ahora Jesús Pagola, que vivieron en Israel antes de ponerse a escribir. Está demostrado que no hubo censo ni catastro alguno en aquel tiempo, y que cuando el fundador cristiano nació, el rey Herodes llevaba muerto más o menos dos años, lo que derrota el bulo cristiano de que el monarca judío, cuando se enteró por los Reyes Magos del nacimiento de Cristo, “mandó matar a todos los niños de Belén y su comarca de dos años para abajo”.
¿Por qué el Papa se aferra a la idea de que el conocido como Jesús el nazareno nació en Belén? Lo explica como teólogo, es decir, trazando “un cuadro teológico” (sic). Un supuesto (pero irreal) decreto de Augusto para registrar fiscalmente a todos sus ciudadanos habría cumplido la profecía de Miqueas, según la cual “el Pastor de Israel habría de nacer en aquella ciudad”. Y había que dar cumplimiento a otra promesa: la de que “la historia del Imperio Romano y la historia de la salvación, iniciadas por Dios en Israel, se compenetran recíprocamente”. Así alcanza a emparejar la grandeza de Augusto y la grandeza de Jesús, “una conexión interplanetaria”, dice el Papa. Lo escribe en un espectacular palacio levantado en el corazón de aquel Imperio, hoy centro neurálgico del imperio cristiano, que lo sustituyó.
La mayoría de las biografías de Jesús han sido escritas por historiadores, pero abundan las firmadas por teólogos (en griego, personas que dicen “palabras sobre Dios”), o estudiosos de los incontables textos conocidos como Evangelios. Son decenas, pero la Iglesia romana, cuando se asentó en el poder imperial y pudo podar a placer lo que no convenía a sus intereses, incluso con violencia, los redujo a cuatro verdaderos. Como la gente seguía interpretando, llegó el tiempo en que la autoridad eclesiástica prohibió leer la Biblia, salvo la podada por Roma. Así siguen sus fieles, ahora por mala costumbre.
Benedicto XVI, que antes de ser papa ejerció de inquisidor, advierte ahora, generoso, que su vida de Jesús “no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de búsqueda personal del rostro del Señor”. Se le puede contradecir, asume. “No he intentado escribir una cristología”. El teólogo anuncia una vida de Jesús, pero la escribe más desde la fe que desde la razón. Lo llama “toques de fe”. Todo ello pese a escribir también que “no se pueden atribuir a Dios cosas absurdas o insensatas o en contraste con su creación”.

Tampoco san Pablo se cayó del caballo

Escribió Renan que el teólogo tiene como principal interés el dogma. “Un teólogo liberal es un pájaro al que se le han cortado algunas plumas de las alas. Lo creéis dueño de sí mismo, hasta el momento en que trata de emprender el vuelo. Entonces veréis que no es completamente hijo del aire”. Pongan aquí el nombre de Joseph Ratzinger.
Veamos el caso de san Pablo, antiguo fabricante de tiendas en Tarso y Apóstol de los Gentiles (como gustaba llamarse). Fue el auténtico secretario de organización del primer cristianismo. Sin él, que mandó hacer la romería —¡A Roma, a Roma, el corazón del mundo!—, la Iglesia que conocemos, segunda en número de fieles tras el islam, no habría dejado de ser una secta judía y contracultural. El mito dice que Pablo se cayó del caballo, deslumbrado por el mismísimo Jesús resucitado, cuando corría a Damasco a aporrear cristianos. La verdad la cuenta él mismo. Sencillamente, se convirtió por la entereza con que vio morir al primer mártir cristiano, san Esteban.
Preguntaba el otro día Juan José Millás en la cadena SER, a propósito del último libro de Benedicto XVI, cuáles serían las mejores biografías de Jesús. Si hay una clásica es la Vida de Jesús, de Ernest Renan, de 1863. Es una referencia obligada (en España, la última edición es de 1995, de Edaf). Pese a que retrata al fundador cristiano como un ser excepcional (por encima de los Evangelios), su publicación causó escándalo descomunal por la reacción del papa Pío IX, que para entonces ya se comportaba como un psicópata. Después de Lutero y Voltaire, ningún hombre ha desencadenado cóleras más furibundas entre eclesiásticos.
Roma creyó que Renan fue el responsable del deterioro de la fe cristiana en Europa, como si la jerarquía de esa religión no hubiera tenido nada que ver en aquel derrumbe. De la obra incendiaria de Pío IX (Syllabus Errorum,Índice de libros prohibidos, Concilio Vaticano I…), no quedan ni cenizas.
Al Vaticano siempre le ha molestado que la gente de ciencias o de letras, y también los historiadores sin sotana, meta las narices en la vida de su mesías. El cristianismo romano es, en sus raíces, un culto a la personalidad de Jesús, hijo de Dios, el segundo componente de ese ser único que existe simultáneamente como tres personas distintas (la Santísima Trinidad, gran misterio).
Jesús no escribió una línea y sus evangelistas (portadores de buenas noticias) no llegaron a conocerlo. Tampoco escribió Sócrates, pero el ateniense tuvo como biógrafos a Jenofonte y a Platón. Así que lo que se sabe de Jesús cabe en unas líneas. Existió. Era de Nazaret. Fue un predicador incendiario. Suscitó el odio de los jefes judíos, que lograron que el gobernador de Judea, el romano Poncio Pilato, lo condenara a muerte. Fue crucificado a las afueras de Jerusalén. Se dijo después que había resucitado.
Esto es lo que se sabe con certeza, incluso si no existieran los Evangelios. El resto es leyenda, mito, teología. Pongamos los Reyes Magos, de los que se ocupa con simpatía Benedicto XVI en su último libro. Ni siquiera se sabe cuántos fueron. El Evangelio de Mateo dice que tres; en la Iglesia siria tuvieron una docena (reflejo de los 12 apóstoles y las 12 tribus de Israel), y en la copta contaron hasta 60. Según el escritor Jesús Bastante, en los dos primeros siglos solo fueron magos. Cuando la práctica de la magia le pareció pecaminosa a la jerarquía del cristianismo romano —¡la de brujas que mandó quemar!—, pasaron a ser reyes, los Reyes Magos. Tres. Por cierto, no hubo mago negro hasta el siglo XVI, inicio de las veleidades ecuménicas de Roma.