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viernes, 24 de junio de 2016

CINE Y CIENCIA. "Diálogos de ciencia y ficción"

   En "Jotdown":

Diálogos de ciencia y ficción

Publicado por  y 
Interstellar. Imagen: Warner Bros.
Interstellar. Imagen: Warner Bros.
Cristian Campos: Hace tres meses tú y yo publicamos en esta misma revista un debate sobre Interstellar. Quizá sería buena idea ampliar ese debate a otras películas de ciencia ficción de los últimos años que comparten con la película de Christopher Nolan la voluntad de tratar la ciencia desde un punto de vista adulto o, como se dice en determinados sectores, «duro». Y, ya puestos, quizá podríamos ampliar ese debate a la imagen que se da de la ciencia y de la tecnología en los medios de comunicación y de cómo esa imagen influye en la política científica de los gobiernos (y, por lo tanto, en la vida de los ciudadanos). ¿Empezamos por el cine?
Juan José Gómez Cadenas: Las últimas tres películas de ciencia ficción que he visto (GravityInterstellar yMarte) comparten una tendencia muy interesante. A saber: se toman la ciencia en serio, tanto en la narración como en su defensa de lo que yo llamaría el poder redentor de la ciencia.
Aunque en todas ellas hay alguna concesión a factores prácticos o estéticos (si no recuerdo mal a nadie se le ponen los pelos de punta en gravedad cero, algo inevitable pero poco fotogénico), en ninguna se toleran simplezas y errores de bulto, como el ruido de explosiones en el vacío o naves que aceleran a 10 g sin que nadie se despeine. El caso de Interstellar ya lo tratamos en el artículo que has mencionado. Tratándose de una apuesta tan ambiciosa, los registros en los que se mueve la película de Nolan van desde la ciencia de hoy hasta especulaciones bastante arriesgadas, aunque todas con un fundamento sólido. No olvidemos que un tipo de la talla de Kip Thorne ha escrito un libro entero explicando la física que se maneja en la historia.
En ese sentido, tanto Marte como Gravity son más sencillas y se mueven en el registro de la ciencia y la tecnología de hoy. En ambas hay alguna que otra exageración, pero son más que aceptables. Si comparamos este trío con algunas de sus predecesoras más o menos cercanas en el cine de ciencia ficción (por ejemplo las dos películas sobre asteroides destructores, ambas muy pobres desde el punto de vista científico) o la infame Prometheus (¿qué se había metido el amigo Ridley Scott cuando decidió dirigir eso?) la mejora ha sido enorme y creo que va en la dirección correcta, entretener a la vez que educar. ¿Qué opinas?
C. C.: Creo que una película de este tipo podría considerarse una excentricidad. Dos, una casualidad. Pero tres son una tendencia. Y eso es lo que ha pasado con GravityInterstellar y Marte. Es difícil juzgar con distancia crítica un periodo de apenas tres o cuatro años, pero si me he de mojar diría que el cine de ciencia ficción se está poniendo serio porque una parte del público se está poniendo serio. Es un público no masivo pero sí muy influyente: el tipo de espectador que arrastra a otros espectadores al cine. El resultado son cifras de taquilla más que respetables.
El caso es que siempre ha habido películas de ciencia ficción con vocación de respetabilidad desde el punto de vista científico y narrativo, pero es ahora cuando han surgido un puñado de películas que a esos dos factores añaden el que acabo de mencionar: la comercialidad. Tanto Gravity como Interstellar como Marte son películas solventes científica y narrativamente, pero también éxitos de taquilla. Interstellar, por ejemplo, recaudó seiscientos setenta y cinco millones de dólares cuando su coste de producción fue de ciento sesenta y cinco millones. PrimerMoon y Otra tierra, sin ir más lejos, no eran películas comerciales. Y ese, el de la ciencia ficción dura pero solvente en taquilla, es un fenómeno relativamente nuevo (el éxito de 2001: Una odisea del espacio fue una feliz e inesperada excepción a la regla). Y por eso estamos hablando de él en Jot Down
Pero lo importante no es tanto el hecho de que esas películas hayan surgido ahora como el porqué lo han hecho. Y aquí me mojo de nuevo: la ciencia ha entrado en la cultura pop. Científicos como Steven PinkerRichard Dawkins o Lawrence Krauss son ahora tan populares como muchos actores, cantantes y escritores de bestsellers. Todos ellos venden decenas de miles de libros, hacen giras de conferencias con llenos absolutos, aparecen en televisión de forma regular y han logrado borrar la frontera que separaba hace apenas unos años la divulgación científica (es decir los libros de ciencia sin fórmulas) del mundo del espectáculo.
A mí me gustaría preguntarte una cosa. ¿Cómo ven los científicos esta popularización de la ciencia dura? ¿Como una traición inaceptable que frivoliza el trabajo de miles de científicos que no viajarán jamás a Marte o que nunca descubrirán cómo viajar en el tiempo, o como una pequeña concesión en la que el fin (el aumento de las vocaciones científicas y de los presupuestos destinados a investigación) justifica los medios?
J. J. G. C.: Antes de responder a tu pregunta quiero darle una vuelta al argumento de la ciencia ficción seria. Considera 2001: Una odisea del espacio. La película es de 1968, nada menos. La dirigió un monstruo del cine con la ayuda de uno de los más grandes escritores de ciencia ficción de la historia. Casi roza ya el medio siglo. Pero no tiene nada que envidiarle a los excelentes filmes que estamos comentando, se adelanta cinco décadas a ellos en su tratamiento riguroso (y atrevido) de la ciencia, fue un éxito de taquilla y no ha desaparecido de nuestro imaginario colectivo. Interstellar, como bien sabes, se mira en el espejo de Kubrick y Clarke, igual que aquel tatarabuelo nuestro se miraba, asombrado, en el monolito. 
Y, sin embargo, diez años más tarde, George Lucas arrasa con la saga de Star Wars, que no es otra cosa que un wéstern con naves espaciales en lugar de carromatos. ¿Qué ha ocurrido?
Siguiendo con tu ejemplo de arriesgar hipótesis. Durante las dos o tres décadas que siguieron a la II Guerra Mundial, la ciencia adquirió un prestigio enorme en los Estados Unidos (que emergió como potencia victoriosa gracias a su tecnología superior y que inventó la bomba atómica) y por ende en el resto del mundo. Hay que recordar que 2001: Una odisea del espacio se estrena un año antes de que Neil Armstrong pise la superficie de la luna. En la década de los sesenta, la sociedad norteamericana está convencida de que la ciencia puede conseguirlo todo. Es la época en la que se cree que la fisión nuclear puede producir energía ilimitada y que la fusión está a la vuelta de la esquina. La época en que se cree que la exploración de Marte es inminente y que el coche volador será una realidad pasado mañana. Los científicos atómicos en Estados Unidos y otros países avanzados (entre los que, desgraciadamente, no está incluida España) manejan presupuestos enormes. El CERN está en pleno auge, la física de partículas elementales (mi propio campo) o la NASA prosperan, apoyadas por la fe incondicional tanto de los políticos como del público general. 
Pero a finales de los setenta las cosas han cambiado. La sucesivas crisis del petróleo (1973 y 1979) han hecho más que patente que el mundo no funciona gracias a la energía atómica sino gracias al petróleo, cuya producción está en manos de un cartel. El accidente de Three Miles Island, en 1979, sirve como detonador del movimiento antinuclear, que a su vez supone un cambio de actitud en una parte de la población. La ciencia ya no es la panacea universal y comienza a mirarse con desconfianza. El libro La primavera silenciosa de Rachel Carson se ha divulgado ampliamente y el movimiento ecologista toma fuerza, oponiéndose al uso de pesticidas, a la energía nuclear y a lo que se percibe como abusos de la ciencia y/o de la tecnología, en aras de los intereses económicos de las elites.
Para cuando llegan los años ochenta, la ciencia ha perdido su glamur y la tecnología, aunque sigue avanzando y mejorando la vida del ciudadano de a pie, ha perdido su promesa de redención. El programa Apolo termina en 1975 y ya nadie piensa en llegar a Marte en lo que queda de siglo. La ciencia básica se refugia en su torre de marfil, tolerada por los políticos y por el gran público, pero ya no es admirada. El Super Conducting Super Collider, que debía haberse adelantado al LHC del CERN en una década, es cancelado en 1993, en lo que supone un claro bofetón a la hasta entonces sacrosanta física de partículas en los Estados Unidos. Los títulos de ciencia ficción que nos encontramos en los ochenta incluyen la saga de SupermanHeavy MetalBlade RunnerLa zona muertaEl guerrero del mundo perdido, la saga de Star Trek y, cómo no, Terminator.
Los noventa no andan mucho mejor y en 2001 llega El Señor de los Anillos. El público nunca deja de interesarse por aspectos exóticos de la física (como los viajes en el tiempo y las contradicciones asociadas a los bucles temporales), pero la ciencia se ridiculiza (Viaje al futuro), se ignora (Superman y en general todas las sagas de superhéroes que, por cierto, siguen gozando de buena salud) o incluso se sospecha de ella (Terminator es uno de los muchos ejemplos en los que los robots son los malos de la película, en fuerte contraste con los androides de Isaac Asimov). 
Gravity. Imagen Warner Bros. Pictures.
Gravity. Imagen Warner Bros. Pictures.
Entre tanto, los científicos profesionales se dedican a lo suyo. Hasta primeros de siglo había poca divulgación científica y la que había solía ser rigurosa y más bien pensada para un público bastante selecto. Es muy notable que uno de los mayores pioneros de la popularización de la ciencia, el gran Carl Sagan, fuera atacado con bastante saña por sus colegas, precisamente por dedicarse a la divulgación (y por el gran éxito que tuvo, me temo). Sin embargo, Sagan se estaba anticipando al fenómeno que tú comentas.
A día de hoy, hay toda una escuela de divulgadores de gran éxito, muchos de los cuales son o han sido también científicos de primera línea. El fenómeno viene acompañado de otros que le hacen eco. Las universidades empiezan a invertir mucho más dinero en divulgación y los científicos profesionales se encuentran con que se espera de ellos que dediquen una parte de su tiempo a popularizar su ciencia. Recientemente, Emiliano Bruner ha descrito en un artículo muy lúcido las luces y sombras de esta nueva moda.
En cierto modo, creo que nos encontramos con un nuevo cambio de viento. La ciencia vuelve a ser percibida como algo esencial por el ciudadano. En parte por su enorme impacto en áreas como la salud (estoy pensando en la imagen médica, los tratamientos contra el cáncer o la casi total victoria sobre el sida) y en parte porque cada vez se es más consciente de que nuestro estilo de vida está fundamentado en (y depende de) la ciencia y la tecnología. Seguimos funcionando a base de quemar gasolina, pero todo el mundo entiende que el cambio climático es una realidad con la que va a haber que lidiar. Y para ese viaje se precisan las alforjas de la ciencia. 
Y es en ese contexto donde podemos leer el resurgir de las películas de ciencia ficción dura. Interstellar retoma un viejo tema, el de la humanidad arruinada por culpa suya (el cambio climático). Una humanidad que, al renegar de la ciencia, se condena a una extinción de la que solo la ciencia puede salvarla. Y Marte es, en muchos aspectos, un panfleto de la NASA recordándonos que seguimos teniendo pendiente un viaje tripulado a Marte. 
Por fin, respondo a tu pregunta. ¿Cómo ven los científicos la popularización de la ciencia ? Yo creo que bien. Todos comprendemos que es una necesidad (hace falta convencer a los políticos para que nos financien), una obligación (el ciudadano cuyos impuestos pagan mi trabajo tiene todo el derecho del mundo a que le explique lo que hago, por qué y para qué) y, para gente como yo, un placer y una oportunidad.
Hace unos años, el divulgador científico tendía a ser arrogante y a aproximarse al público en plan lección magistral. Hoy, más de uno peca de lo contrario. Se llega a veces a la payasada y el esperpento. Pero se están descubriendo muchas fórmulas interesantes. Por ejemplo, la gente de Naukas monta cada año en España auténticas ferias de la ciencia donde lo mismo te encuentras a un científico de prestigio desgañitándose para explicar lo que hace, que a Natalia Ruiz Zelmanovitch mezclando ciencia con teatro, vodevil y poesía. El Donostia International Physics Center (DIPC) dedica una parte de su presupuesto al proyecto Mestizajes, en el que colaboro y donde se buscan (e incluso se inventan) territorios comunes a la ciencia, la música y la literatura. Emiliano Bruner mantiene un blog de música y antropología y el biólogo teórico Diego Rasskin mantiene en Jot Down un blog, Metáforas de ajedrez, donde conecta diferentes aspectos de la ciencia y la literatura con las sesenta y cuatro casillas. Y estos son solo algunos ejemplos. El país realmente cuenta con una cantidad creciente de excelentes divulgadores, algo casi inexistente hace un lustro.
Volviendo al cine, estoy convencido de que el mercado responde precisamente a ese espectador que quiere saber más de lo que es real (de Marte por ejemplo) y que está un poco harto de rayos láser y batallas galácticas. Por otra parte, me preocupa un poco una tendencia que detecto en los tres filmes, y es que en ellos la ciencia y/o los científicos acaban por operar milagros. El caso de Interstellar es el más claro. En ella asistimos a una salvación en toda regla de la humanidad. Pero también vemos a la protagonista de Gravity y al de Marte salvarse gracias al poder de la ciencia. Creo que las películas responden a un convencimiento por parte del ciudadano de que la ciencia y la tecnología lo pueden todo. Y eso es peligroso. Por poner un ejemplo obvio, todo el mundo está muy contento con unos acuerdos de mínimos para combatir el cambio climático, pero si echas las cuentas verás que el problema está muy lejos de poder resolverse. De hecho, no está claro en absoluto que sepamos cómo resolverlo. Me preocupa esta fe ciega en la ciencia que parece resurgir en estas películas. ¿Tú cómo lo ves?
C. C.: Me parece que la fe ciega en la ciencia (suponiendo que exista algo parecido a la «fe ciega en la ciencia») es preferible a la fe ciega en cualquier tipo de superstición o, aún peor, en todas esas pamemas que pretenden pasar por ciencia alternativa. El propio nombre es absurdo. ¿Alternativa a qué? ¿A la ley de la flotabilidad de Arquímedes? ¿A la de los fluidos dinámicos de Bernoulli? ¿A la de las presiones parciales de Dalton? Si sus defensores demuestran que esa ciencia alternativa refuta alguna de esas leyes recibirán el Nobel. ¿A qué están esperando?
Cada vez que he escrito sobre este tema se ha liado una batalla campal en los comentarios que ríete tú de la II Guerra Mundial. La acusación más frecuente es la de que la ciencia se ha convertido en una religión más. Y en una religión especialmente deshumanizada y falta de empatía. Supongo que lo que se quiere decir en realidad es que la ciencia ha adquirido algunos de los rasgos distintivos de la fe. A mí eso no me preocupa. Creo que lo interesante no es tanto que la ciencia haya ocupado una parte del espacio que antes ocupaban las religiones como el horizonte moral que eso representa: al menos ahora hemos depositado nuestra fe en algo «real».
Lo verdaderamente grave es lo que está haciendo el periodismo con la ciencia. El diario La Vanguardia, por ejemplo, tiene una sección, La Contra, en la que se da cabida a todo tipo de locos, chalados y conspiranoicos. Uno que dice que te puedes alimentar exclusivamente de luz solar, otro que dice que el cáncer es un estado de ánimo, otro que dice que las vacunas matan… El cinismo con el que el periodismo le da voz a estos tipos es nauseabundo. Por supuesto, La Vanguardia es una empresa privada y puede volcar en sus páginas todas las tonterías que le dé la gana. Yo, por mi parte, soy libre para decir que peor que el analfabeto que defiende memeces es el cínico que le da un altavoz para que las esparza a los cuatro vientos. Si se están riendo de esos pobres locos, malo. Y si creen que la opinión de esos locos merece ser escuchada, peor. Y digo peor 1) porque al periodismo se llega alfabetizado de casa, y 2) porque el periodismo se sustenta sobre una única columna: el pacto con el lector de que lo que se dice en las páginas del diario es verdad. Si dinamitas esa columna, que ya está lo suficientemente carcomida por todo tipo de intereses confesos y no tan confesos, ¿quién me dice que lo que se publica en el resto de páginas del diario es cierto? ¿Para qué necesito yo un diario, entonces?
Y por eso, y puesto en la tesitura de escoger entre dos males (el analfabetismo científico y la fe ciega en los hipotéticos milagros de la ciencia), me quedo sin dudarlo con el segundo. En esto hay que ser un poco maquiavélico porque el otro bando tiene a todos los crédulos del mundo a su favor. Y los crédulos suelen tener una fuerza de voluntad a prueba de bomba.
Ahora te lanzo yo una pregunta. ¿Cuáles son las investigaciones científicas en curso con más potencial «peliculero»? Es decir aquellas que convenientemente exageradas y simplificadas podrían sostener el argumento de una película de ciencia ficción. Los aficionados a la ciencia ficción ya estamos cansados de viajes en el tiempo y agujeros negros. ¿Dónde está la ciencia de vanguardia que ha de alimentar la ciencia ficción del siglo XXI?
Marte. Imagen: Twentieth Century Fox.
Marte. Imagen: Twentieth Century Fox.
J. J. G. C.: Estoy esencialmente de acuerdo contigo, aunque, precisamente por mi formación como científico, me cuesta tener fe ciega en nada. Pero creo que la ciencia nos proporciona una buena forma de entender el mundo, incluyéndonos a nosotros mismos. 
En cuanto al periodismo y la ciencia, aquí habría mucho que hablar y nos arriesgamos a llevarnos algunos capones. De entrada, suscribo al 100% lo que cuentas y me parece de una irresponsabilidad criminal que periódicos y revistas promocionen terapias y tratamientos alternativos (¿alternativos a qué?, como bien dices tú) que no son otra cosa que el viejo timo del crecepelo, el ansiado bálsamo de Fierabrás o, para decirlo en plata, burdos timos. El fenómeno de las seudociencias y la indulgencia en el pensamiento mágico va en aumento. De hecho, mi último artículo en Jot Down toca el tema de lleno y acabo de firmar, junto con otros cincuenta científicos, una carta que ha publicado El País.
El problema es grave. Para empezar, porque cuesta vidas, tal como cuento en «Requiem por Mario». Y, para seguir, porque contribuye al estado general de complaciente desinformación en la que parece que nos encanta sumir al ciudadano. La sociedad en la que vivimos no se concibe sin la ciencia. Empezando por la medicina (desde la vacuna a la imagen médica, pasando por el tratamiento contra enfermedades antaño mortales y hoy ya crónicas, como el sida o la diabetes) y siguiendo por las comunicaciones (desde el móvil a san Google) y el transporte (desde el AVE hasta el avión barato pasando por el automóvil que tenemos). Desde la alimentación de calidad (que sería inconcebible sin los avances de los últimos cien años) hasta el acceso a la educación, somos lo que somos gracias a la ciencia y la tecnología que se basa en esta. Pero los políticos cicatean su financiación, determinados grupos ecologistas se oponen de manera irracional a no pocos avances científicos (por poner un ejemplo, la oposición al arroz dorado me parece delictiva) y los periódicos y revistas promocionan el pensamiento mágico y la brujería new age
En España hay que añadir el hecho de que los periodistas tienen una formación muy deficiente en ciencia. Es algo que está empezando a cambiar, pero todavía estamos muy atrás comparado con los países anglosajones. Supongo que esa deficiencia, en el fondo, es parte del analfabetismo científico en España. En los Estados Unidos se publican cada año (y se venden bien) docenas de títulos sobre ciencia. Libros recientes, de excelente nivel y para todos los públicos, que abarcan desde las matemáticas a la robótica, pasando por la física de partículas o la biología molecular. Como los libros se venden aceptablemente bien, no es infrecuente que buenos científicos dediquen una parte de su actividad a escribirlos. Además, hay toda una generación de periodistas-científicos (e incluso de científicos-periodistas) que pueden vivir aceptablemente de divulgar la ciencia. España es un auténtico desierto, te lo digo por experiencia como autor de ficción y de ensayo y como científico profesional. 
En cuanto a la ciencia y sus temas peliculeros. Coincido contigo en que los agujeros negros ya están bastante explotados, pero creo que los viajes espaciales y los encuentros con ET seguirán dando de sí. No podemos evitarlo, nos come la curiosidad, el ansia de viajar y también el miedo a estar solos en la galaxia.
Otro clásico que creo que aún podemos explotar (y la bola ya está rodando) es el de los robots y la inteligencia artificial. Los avances en ese campo están acelerando. Ya hemos visto filmes bastante potables, como el reciente Ex Machina (donde se manejan buenas ideas, aunque a mí me cabreó enormemente el desenlace), por no hablar del clásico de Spielberg I.A. Inteligencia artificial
Otro tema que puede dar de sí en el cine y que ya ha sido bastante bien tratado en la novela es el de la nanotecnología. No me sorprendería ver pronto, por ejemplo, una adaptación de La era del diamante de Neal Stephenson. En general, creo que el cyberpunk y el postcyberpunk son filones de la ciencia ficción escrita que el cine ha explotado poco. 
En el campo de la biología hay muchos otros filones, también tratados en la literatura y menos en el cine. Desde la manipulación genética (ahí tenemos excelentes filmes, como Gattaca) hasta el hombre híbrido, mitad humano, mitad cíborg. Muchos de estos temas han sido tratados por el cine, pero a menudo de manera bastante infantil. Creo que hay bastante espacio para revisitarlos en esta nueva oleada de ciencia ficción seria.
A mí me interesa preguntarte por un tema análogo. La ciencia ficción también ha tenido siempre una componente de avances y retrocesos sociales: las utopías y las distopías. Ahí tenemos desde trabajos tan esenciales como Un mundo feliz de Huxley (que no sé si ha tenido una buena versión cinematográfica) hasta el rudimentario pero taquillero Mad Max, pasando por Blade Runner y tantos otros. Mi última novela (Spartana, publicada por Espasa) es, de hecho, una distopía en la que identifico la ciencia como la única redención posible para una humanidad cada vez más ignorante, pobre y sometida al capricho de las élites. ¿Qué opinas al respecto? ¿Crees que el cine de ciencia ficción seria se atreverá a revisar este terreno? ¿O nos quedan aún muchos Juegos del hambre que sufrir?
Ex Machina. Imagen: DNA Films.
Ex Machina. Imagen: DNA Films.
C. C.: A las utopías hay que cogerlas con pinzas últimamente porque vienen cargadas de ideología. A mí me sorprendió ver cómo a mucha gente le pasaba desapercibida la distopía que plantea Interstellar, que es la de un mundo dominado por el discurso anticientífico y consparanoico. Una buena parte del público se quedó únicamente con la distopía ecologista de las cosechas arrasadas. Pero no captó la distopía ideológica porque para ellos ese mundo, esa distopía, es aceptable. El Roto, el dibujante de El País, tiene por ejemplo decenas de chistes en los que arremete contra las farmacéuticas, las vacunas y la ciencia en general. Intuyo que su utopía es un mundo sin ciencia. Así que lo que para mí es una distopía, para El Roto y otros como él es una utopía: un mundo controlado ideológicamente por los antivacunas, los homeópatas y una burocracia ideológica y no racionalista. Un mundo que se ha rebelado contra las luces de la razón. 
De hecho, esa burocracia ya la tenemos aquí. Es el caso de algunos partidos políticos cuya relación con la ciencia y el racionalismo es conflictiva, por no decir inviable. Unos por prejuicios religiosos y otros por prejuicios redentoristas y magufos. Así que cuando hablamos de utopías y distopías hay que definir primero de qué hablamos. Gattaca, por ejemplo, es ciencia ficción política. No mucha gente lo ve así. Aunque entiendo por qué ese es un terreno tan poco explorado en el cine. Lo entiendo porque, desde el punto de vista del director, no suele salir gratis rebelarte contra la irracionalidad de la masa. Yo a veces digo, medio en serio medio por tocar los cojones, que la ciencia es de derechas. Es una boutade, pero creo que cualquiera con más de dos libros a cuestas puede entender qué quiero decir con esa frase. La realidad suele ser profundamente de derechas. 
J. J. G. C.A tenor de este diálogo decidí revisitar Her y creo que podría incluirla en esa lista de buenas películas de ciencia ficción que sin embargo no renuncian a ser atractivas comercialmente, junto a MarteGravity oInterstellar (aunque creo que Interstellar, sinceramente, juega en otra liga).
Her plantea uno de los problemas asociados a la singularidad: el momento en el que la inteligencia artificial —o el OS, como se le llama en la película— se vuelve tanto más inteligente que su creador que dejamos de interesarle. Pero el enfoque me parece muy inteligente: Samantha no deja de amar a Theodore, incluso cuando tiene que dejarlo atrás. También me interesa la sugerencia final, la posibilidad de que ambos puedan volver a amarse cuando Theodore gets there, es decir cuando los hombres consigan superar sus propias limitaciones y volverse tan inteligentes como sus inteligencias artificiales (de hecho, fundirse con ellas). Todo eso es standard lore transhumanista, pero encuentro el tratamiento en la película muy afortunado.
Otro detalle que me parece realmente bueno es la interpretación de Scarlett Johansson como Samantha. Su maravillosa voz consigue crear un personaje adorable y sugerente, sensual y amigable a pesar de que (o quizás debido a que) no la vemos nunca. Menos afortunado (pero pasable) es la concesión a la galería con los «polvos mentales» entre Samantha y Theodore. En resumen, una película que me parece afortunada, aunque como bien dices, esquiva distopías complejas. 
Respecto a tu comentario de que hay que llevarse cuidado con las distopías, me llevé una gran sorpresa cuando propuse a mi traductora (Cristina) la traducción de Spartana al italiano. Materia Extraña, mi anterior novela, se tradujo y vendió bien. Pero en el caso de Spartana (que considero una obra más interesante) el hecho de tratarse de una distopía bastante crítica la hizo imposible de colocar, según me aseguraba Cristina.
Si te fijas, el cine actual nos vende pocas películas realmente inquietantes. Ciertamente, la serie de Los juegos del hambre es inocua, así como el resto de productos similares: DivergenteEl corredor del laberinto, etcétera. Son fórmulas enlatadas que en el fondo (y no hay que profundizar mucho) participan de la misma posición que en Avatar se ve magníficamente. Los buenos son los «indios» (ecologistas, unidos a la Tierra, conectados al Todo, jinetes de dragones y medio telépatas) y los malos son los «tecnovaqueros», con sus máquinas y sus robocops. Para colmo, en Avatar los científicos son un cliché formidable, unos simples que no se enteran de nada. La fórmula con variantes se repite una y otra vez en las varias distopías y series pretendidamente ciencia ficción que en el fondo se diría que son anticiencia ficción.
C. C.Respecto a Her, aprovecho para preguntarte a ti, que eres el experto. ¿Es posible para un sistema cualquiera, pongamos una inteligencia artificial, comprender nada que sea más complejo que él mismo? O mejor dicho: ¿Puede un sistema cualquiera comprender una realidad superior de la que él mismo forma parte?
Aquí habría que aclarar qué entendemos por «comprender» y por «complejidad», pero vamos a un ejemplo extremo. ¿Puede un ordenador «comprender» el universo cuando ese mismo ordenador es «universo»? ¿Y no es eso exactamente lo que ocurre con la inteligencia artificial? A fin de cuentas, el concepto de inteligencia es una construcción humana. No hay nada de inteligente en un quark o en un electrón, solo fuerzas físicas y pura abstracción matemática. Inteligencia es solo la palabra con la que definimos una serie de interacciones determinadas en detrimento de otras a partir de cierto nivel de complejidad física. Así que, ¿qué queremos decir cuando especulamos con ese momento en el que la inteligencia artificial será más inteligente que aquellos seres que han inventado no solo el concepto de inteligencia artificial sino el mismo concepto de inteligencia? ¿No es eso ontológicamente imposible? ¿Y no debería ser ese el tema por excelencia de la ciencia ficción dura del futuro?
J. J. G. C.: Sobre Her, la pregunta que me planteas es muy interesante. Pero, si te fijas, no necesitas una inteligencia artificial para plantearla, se puede aplicar perfectamente a la inteligencia humana. El cerebro humano (la máquina más compleja del universo conocido) es parte del universo que intenta describir y la noción no es en absoluto baladí.
Para empezar, el universo que percibimos (y del que formamos parte) solo nos es accesible a través de nuestros sentidos y comprensible a través de nuestra maquinaria intelectual. El hecho, en sí mismo, implica un sesgo importante. Los humanos vemos el rojo, pero no el ultravioleta, así que el mundo que percibimos tiene un espectro de colores diferente al de otros animales (u otros posibles seres inteligentes). Nuestro sentido del olfato es relativamente pobre. Comparado con el de un perro somos medio ciegos al mundo de los olores. Todo eso afecta a nuestra forma de percibir el mundo y de describirlo. Somos animales bípedos y terrestres, con manos capaces de sujetar objetos, y nuestra tecnología (que mediatiza nuestra visión del mundo) responde a esos patrones, al igual que nuestra ciencia.
Uno podría preguntarse si los delfines no han evolucionado hacia una inteligencia tecnológica debido a su condición de mamíferos acuáticos. Disponen de un cerebro comparable al nuestro pero no de nuestras extremidades. Desarrollar el fuego (y a partir de ahí la metalurgia) no es fácil en un medio acuático e incluso no resulta obvio interesarse por ciclos y patrones celestiales, que son útiles para la agricultura y que, con el tiempo, darán lugar a la astronomía. En resumen: nuestra inteligencia no es un observador externo de un universo ajeno a ella, sino parte de este. 
En ese sentido, por supuesto, uno tiene que tomarse la palabra «inteligencia» con un grano de sal. Por un lado, nuestra capacidad de reaccionar frente a situaciones inesperadas y manipular el entorno que nos rodea no tiene nada de relativo. Hay un elemento absoluto muy claro en la inteligencia, aunque las mismas modas seudopostmodernas que tanto se complacen en imaginar que tíos de tres metros subidos a un dragón le pueden dar para el pelo a un ejército de mercenarios armados con bombas atómicas también venden el relativismo en la inteligencia. No es infrecuente encontrarte con la opinión de que un tío como Einstein era inteligente solo a su manera pero que cualquier vecino podría superarle en otros aspectos (tales como la célebre inteligencia emocional).
Sin negar en absoluto que lo que llamamos inteligencia describe un conjunto muy amplio de aptitudes y que no es extraño encontrar individuos que sobresalgan en ciertos aspectos y sean deficitarios en otros, hay que llevarse ojo con la tabla rasa. Einstein nos daba sopa con ondas a la mayoría. Los humanos somos más inteligentes que los gorilas, que son más inteligentes que los perros, que son más inteligentes que las ranas, que superan en inteligencia a las moscas. Al final, hay una base física: cuántas neuronas empaquetas en tu cerebro y cuán bien conectadas están. Eso sí: cuando nos comparamos con otras especies dotadas de grandes cerebros, como los cetáceos, aparecen cuestiones más misteriosas, como la que se pregunta si basta con un gran e hiperconectado cerebro (el caso de los delfines o de las orcas) o hace falta algo más para desarrollar los aspectos más sobresalientes de la inteligencia humana, como su capacidad (y su necesidad) de interpretar el mundo e interpretarse a sí misma. 
Y no te digo ya cuando mencionamos la conciencia, ese misterioso sentido del yo que nos hace vernos como entidades autónomas, separadas del resto del universo, como observadores de nuestra propia película. De nuevo, sin duda, hay una cierta gradación que depende de la complejidad. Una mosca es menos consciente que un perro, sin duda. ¿Pero estamos seguros de que un perro es menos consciente que un gorila y este menos que un delfín? ¿Y un delfín menos que un hombre? Yo he tenido muchos perros de pequeño y estoy seguro de que son conscientes. He visitado a los gorilas en Zaire y no me cabe duda de que también lo son. ¿Más o menos que nosotros? ¿Se puede cuantificar? 
Quizás la gran diferencia con todos ellos es nuestro complejo lenguaje. Y de nuevo aparece la paradoja del huevo y la gallina. ¿Es nuestra consciencia y nuestra complejidad emocional la razón por la que desarrollamos el lenguaje (para representar nuestro universo interno) o, por el contrario, son una consecuencia del hecho de que desarrolláramos el lenguaje (quizás un accidente más de la máquina evolutiva)?
Y ya que esto es una conversación sobre cine (y por lo tanto sobre literatura), vale extender la pregunta a los sentimientos. El amor, por ejemplo. ¿Por qué Romeo y Julieta y sus miles de variantes a lo largo de la historia de la literatura y el cine nos emocionan tanto? ¿Porque capta nuestra capacidad para amar o porque Shakespeare, en ese momento, «inventa» un concepto de amor que tiene éxito y que a partir de ahí nos condiciona?
Otro ejemplo que me encanta es la noción del valor, en particular el valor del héroe. Cuando Héctor de Troya (sin duda el mayor valiente de la historia de la literatura) se enfrenta a Aquiles, hay un momento en que le entra el miedo y echa a correr, da vueltas y vueltas en torno a la muralla de Troya, perseguido por Aquiles. Homero no tiene ningún problema en mostrarnos a Héctor muerto de miedo porque en ese momento la noción del héroe que siempre da la cara y nunca huye todavía no ha tomado la forma que tomará después (y a la que contribuye de manera decisiva un personaje como Héctor, que podríamos decir que inventa el héroe, igual que Romeo y Julieta inventan el amor y Otelo inventa los celos).
El lenguaje condiciona nuestros sentimientos igual que nuestras ideas y de ahí la importancia que tiene hablar de cine, por baladí que parezca a veces. Porque hoy en día el cine, la televisión y los espectáculos visuales son la gran máquina de conformar sentimientos e ideas (en plata, de manipular). 
Her. Imagen: Sony Pictures.
Her. Imagen: Sony Pictures.
En cuanto a tu pregunta, para entender una inteligencia artificial deberíamos entender la nuestra, cosa que no es el caso. Esa es la razón por la que la inteligencia artificial juega un poco con fuego, una idea que va calando en los últimos años. Me explico. En las últimas décadas, la explosión tecnológica nos está permitiendo construir ordenadores cada vez más potentes y creo que es factible que en unas pocas décadas podamos construir cerebros artificiales (basados en chips neuronales, de los cuales ya tenemos un ejemplo: el True North de IBM) con cientos o miles de millones de neuronas (True North ya tiene un millón), cada una de las cuales esté conectada a cientos o miles de otras neuronas. Esas neuronas, además, se activan más rápido que las nuestras, así que no es impensable que antes de final de siglo tengamos un cerebro artificial con una capacidad de cálculo en el rango de los exaflops y una paralelización masiva, similar o superior a la nuestra.
Y entonces, ¿qué? La respuesta no está ni mucho menos clara porque hay muchas cosas que ignoramos. ¿Aprenderemos a programar ese cerebro para que haga lo que queremos nosotros o le daremos las herramientas para que se programe a sí mismo? Y, en este último caso, ¿cómo lo controlamos? ¿Surgirá una conciencia en él como fenómeno emergente (el resultado de billones de procesos e interacciones) o hay algo en el cerebro humano que no sabemos captar en un ordenador y sin el cual la conciencia es imposible? ¿Y el lenguaje? ¿Será esa inteligencia emergente plástica como la nuestra y por tanto capaz de adaptarse al lenguaje o simplemente lo manejará sin inmutarse? Es decir, ¿desarrollará sentimientos o le serán ajenos? ¿Empatía? Y todo un largo etcétera. 
El punto clave es el siguiente. Partimos de la hipótesis de que en algún momento (pronto) podremos construir un cerebro artificial con capacidades superiores a las del cerebro humano. Y postulamos que ese cerebro desarrollará una inteligencia superior a la nuestra. No está nada claro ni lo uno ni lo otro. Para empezar, podría ser que nuestra tecnología necesite mucho más tiempo del que creemos para construir una máquina comparable en complejidad a un cerebro humano. Y si eso ocurre, todavía estaremos bastante perdidos. No sabemos exactamente los mecanismos que resultan en eso que llamamos inteligencia (aunque cada día sabemos más) y no sabemos cómo conectar la complejidad cerebral con las vivencias internas, las emociones, la representación del mundo que se hará esa inteligencia artificial, si es que llega a emerger.
Es todo un misterio y la aventura no está exenta de riesgo. No es obvio como comunicarnos con una inteligencia artificial si es que llegamos a construirla ni es obvio cuál será su agenda ni su representación del mundo. En ese sentido, Her toca alguno de los temas, pero siempre mantiene una visión bastante humanizada de la inteligencia artificial, en eso Samantha no se diferencia mucho de Hal, aunque una sea «buena» y el otro «malo». Pero quizás lo más interesante (y lo que más miedo da) de una inteligencia artificial es que su conciencia, si emerge, sea como un alien para la nuestra. 
En todo caso, y para concluir (me da la impresión de que esto se ha alargado ya bastante), creo que explorar la naturaleza de inteligencias diferentes a las nuestras, sea inteligencia artificial o extraterrestre, es un campo fértil y posiblemente el más interesante para la ciencia ficción en este momento. Lo malo es que es más sencillo y vende más Terminator que Her, pero no está todo perdido. Sin ir más lejos, en Battlestar Galactica, a pesar de todas las muchas imperfecciones y bobadas de la serie, hay algunos elementos muy interesantes relacionados con los Cylons e incluso con el futuro híbrido cylon-humano.
En resumen, ¡larga vida a la ciencia y a la (buena) ciencia ficción!

jueves, 19 de mayo de 2016

FILOSOFÍA. CIENCIA FICCIÓN. "Cómo sobrevivir en un mundo posapocalíptico con ayuda de Hobbes"

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Cómo sobrevivir en un mundo posapocalíptico con ayuda de Hobbes

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Imagen de The last of us, de Naughty Dog, Inc.
The last of us. Imagen: Naughty Dog, Inc.
La idea es recurrente en multitud de historias de ciencia ficción. Una catástrofe global de cualquier tipo, ya sea una guerra nuclear, una pandemia o un cambio climático repentino, provoca la muerte de millones de personas y destruye las infraestructuras fundamentales para la vida moderna. Quedan supervivientes, sí, pero resultan ser demasiados para los escasos recursos ahora disponibles; el Estado ha colapsado y, con él, el monopolio de la violencia que le atribuimos en el pacto social. El resultado inevitable es la lucha sin cuartel entre los individuos o grupos autoorganizados por la supervivencia. Hay un constante miedo y un constante peligro de perecer con muerte violenta. Y la vida del ser humano es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta. Un paisaje desolador, en definitiva. Pero entonces vemos un fantasma recorriendo las ruinas humeantes entre las que asoma algún que otro cráneo humano, acercamos el foco y resulta ser Thomas Hobbes, a quien con voz de ultratumba le oímos exclamar: «¡Yo ya lo dije!». Veamos entonces qué decía y a continuación valoraremos qué podríamos aplicar.
¿Por qué los seres humanos vivimos juntos? Según escribió en De Cive hay varios motivos para ello. Si nos asociamos por razones de comercio, cada uno no estará mirando por el bien del prójimo, sino por el de su propio negocio. Si es para desempeñar algún proyecto, añadía, se producirá una cierta amistad de conveniencia, que tiene más de envidia que de verdadera amistad, y de la que a veces pueden pueden surgir algunas facciones, pero nunca buena voluntad. En tercer lugar también puede ocurrir que nos reunamos con una finalidad puramente lúdica, para disfrutar de la mutua compañía. Nuestro autor admitía esa posibilidad, sí, pero a continuación procedía a mirarla más de cerca. En tales encuentros lo que más nos gusta es hablar de los demás, y no de forma generosa precisamente. Por ello, sugería, «no anda desacertado quien tiene la costumbre de marcharse de las reuniones siempre el último». Pero este ilustre pensador no quería ser tachado de receloso y admitía que, aparte de hacerle pitar los oídos a los ausentes, esos momentos de alegre trato social podían dar lugar a otros comportamientos, y cito un párrafo que no tiene desperdicio:
Si acontece que una vez reunidos los hombres pasan el rato contando historias, y uno de ellos empieza a contar una que se refiere a sí mismo, al instante todos los demás quieren también, de una manera avariciosa, hablar de ellos mismos. Si uno relata un hecho prodigioso, los demás te hablarán de milagros, si han tenido experiencia de ellos; y si no, se los inventarán. Por último, diré algo de quienes pretenden ser más sabios que otros. Si se reúnen a hablar de filosofía, fijaos en cuántos hombres quieren ser tenidos por maestros; y si no lo son, no solo no aman a sus compañeros filósofos, sino que hasta llegan a perseguirlos con odio.
En conclusión, está claro que Hobbes necesitaba urgentemente un abrazo. Se ve que nadie se lo dio y poco después escribiría Leviatán, donde desarrolló con gran brillantez tales ideasque para entenderlas hay que comprender dos aspectos fundamentales de su contexto. Nació en Inglaterra, aunque su trabajo como tutor de la realeza le permitió viajar por Europa durante la primera mitad del siglo XVII, donde entró en contacto las ideas novedosas en torno a la física del movimiento que estaban circulando de autores como Galileo,DescartesKepler y Mersenne. La aportación de nuestro autor fue adaptarlas a las ciencias sociales. Veía a los seres humanos como bolas de billar que chocan unas contra otras modificando su trayectoria, rebotando, deteniéndose o saliendo disparadas; podría decirse que era newtoniano aunque Newton por entonces aún solo fuera un niño. Una medida del mecanicismo que le inspiraba la encontramos en la introducción de su obra más conocida, cuando se preguntaba: «¿Qué es el corazón sino un muelle? ¿Qué son los nervios sino cuerdas? ¿Qué son las articulaciones sino ruedas que dan movimiento a todo el cuerpo?». Una persona es una máquina y la sociedad en su conjunto un mecanismo a mayor escala que puede comprenderse, diseñarse… y romperse, devolviéndonos al estado de naturaleza inicial.
Retrato de Hobbes, por John Michael Wright. (DP)
Retrato de Hobbes, por John Michael Wright. (DP)
El segundo aspecto que sirve de clave para entender su obra es la incertidumbre política que vivió y el subsiguiente cambio de régimen, que le obligó a vivir en el exilio durante algo más de una década, en la que precisamente engendró su Leviatán. Como decíamos, su trabajo como tutor le hizo estar vinculado a la realeza, una cercanía que también encontró eco en su producción intelectual, con la publicación de diversas obras y libelos en favor de la monarquía en una época de creciente enfrentamiento de esta con el parlamento desde la llegada al poder de la dinastía Estuardo a comienzos del siglo. Así que temiendo por su vida se exilió a París en 1640 y solo dos años después estalló la guerra civil. Este enfrentamiento tuvo una excepcional trascendencia, no solo para Inglaterra sino para el mundo, pues suponía cuestionar el orden tradicional para dar lugar a la modernidad. El rey Carlos I fue decapitado bajo el principio de que «no hay hombre sobre la ley» y tras un largo periodo de turbulencias llegaría la Revolución Gloriosa. Con ella, la primera monarquía constitucional, que trajo un parlamento elegido democráticamente (tampoco en sentido estricto, dado que solo el 2% de la población tenía derecho a voto, pero algo es algo) y unas reformas políticas que propiciaron que en el siglo siguiente Inglaterra pudiera iniciar su revolución industrial. Aunque inteligente y leído, Hobbes carecía del don de la premonición y lo que vio desde un primer momento fue derramamiento de sangre y anarquía, así que sobre ello reflexionó y escribió.
La base de su edificio teórico era lo que denominaba ley natural, que consistía en «un precepto o regla general, descubierto mediante la razón, por el cual a un hombre se le prohíbe hacer aquello que sea destructivo para su vida, o elimine medios para conservarla». De esa forma, partiendo de que la naturaleza nos ha hecho lo suficientemente iguales a todos como para que hasta el más débil pueda matar al más fuerte bien con sus propias manos o en contubernio, existe una desconfianza inicial de todos hacia todos que se ve reforzada por el hecho de que esa misma igualdad hace presentes en todos nosotros tres inclinaciones que son la mecha de la violencia y la guerra: la competencia, la desconfianza y la gloria. La primera surge de la limitación de los recursos disponibles, y dado que todos creen tener derecho a ellos la fricción es inevitable. La segunda proviene del afán de seguridad, es decir, el miedo a ser atacado muchas veces puede llevar a realizar un ataque preventivo. Pero a su vez el adversario, aunque no quiera atacar, puede temer un ataque preventivo y lanzar el suyo antes… Una espiral de desconfianza paranoica que inevitablemente desemboca en la guerra y que fue mucho tiempo después magistralmente expuesta por Groucho Marx en Sopa de ganso:
Sería indigno de la confianza que se ha puesto en mí si no hiciera cuanto esté en mis manos por poner a nuestra amada Libertonia en paz con el mundo. Será para mí un placer hablar con el embajador Trentino y ofrecerle mi mano en nombre de la patria y en prenda de buena voluntad. Estoy convencido de que él aceptará este gesto con el espíritu que lo impulsa… ¿Pero y si no lo acepta? No faltaba más que eso, que yo le tendiera la mano y él se negara a aceptarla. ¡Iba a quedar bien mi prestigio! ¡Yo, el jefe de un país, humillado por un embajador extranjero! ¿Pero quién se ha creído que es ese mequetrefe para venir aquí a humillarme delante de mi pueblo? ¡Qué deshonor, yo le tiendo mi mano con la mayor cordialidad y esa hiena se niega a aceptarla, ¡ese hombre es una víbora ponzoñosa! ¡Pero yo le daré su merecido! (aparece en escena el embajador) ¡Vaya! ¿Con que se niega a aceptar mi mano, eh? (le arrea una bofetada preventiva y entonces, efectivamente, tiene lugar la guerra).
La tercera, decíamos, era la gloria, y proviene de la estima que se tiene por uno mismo y que en consecuencia se exige de los demás hacia uno: «pues no aprobar lo que otro hombre dice implica estar acusándole tácitamente de estar equivocado en el asunto de que habla. Y si son muchas las cosas en las que disentimos de otro, ello equivale a estar diciéndole que le tenemos por estúpido. Partiendo de esto quizá pueda explicarse que no haya guerras más encarnizadas que las que se dan entre sectas de la misma religión». Suena pesimista, pero la historia parece darle la razón una y otra vez…
The Day. Imagen: Parlay Media.
The Day. Imagen: Parlay Media.
Así que si somos conscientes de las tres inclinaciones mencionadas —competencia, desconfianza y gloria— universalmente compartidas, nuestro también común miedo a la muerte nos llevará a razonar normas para la paz, esto es, «leyes naturales». La primera ley natural la establece así:
Cada hombre debe procurar la paz hasta donde tenga esperanza de lograrla; y cuando no puede conseguirla, entonces puede buscar y usar todas las ventajas y ayudas de la guerra.
Y la segunda se deriva de ella, y dice esto:
Un hombre debe estar deseoso, cuando los otros lo están también, y a fin de conseguir la paz y la defensa personal hasta donde le parezca necesario, de no hacer uso de su derecho a todo, y de contentarse con tanta libertad en su relación con los otros hombres como la que él permitiría a los otros en su trato con él.
Aquí está la clave de bóveda de su pensamiento y de la que se sigue con lógica impecable todo lo que expondrá a continuación. Por propio interés uno renuncia a parte de sus derechos y a parte de su libertad con el fin de comprometer a otro, y ello tiene un nombre: contrato. Sus teorías sobre los contratos son extensas, acordes a los usos de la naciente burguesía comercial de su tiempo y no las abordaremos aquí, dado que al fin y al cabo hoy en día forman parte del ordenamiento jurídico que rige nuestras vidas. Los contratos implican someterse al arbitraje de un tercero dado que «ningún hombre debe ser juez o árbitro de su propia causa» y ante ese juez «ningún hombre estará obligado a acusarse a sí mismo». Una idea por entonces muy novedosa, más adelante aplicada en la legislación de un nuevo país que se llamaría Estados Unidos y que hoy en día nos resulta muy familiar por las películas de juicios bajo la fórmula mil veces oída de «señoría, me acojo a la Quinta Enmienda». Si además este árbitro tiene un poder coactivo, si se delega en él el uso de la violencia, entonces las partes ya no se agredirán entre sí por miedo a este ente, al que llama inspirándose en el terrorífico monstruo marino descrito en el Antiguo Testamento, Leviatán, y que nosotros llamamos hoy día por su nombre de pila, Estado. Un Estado del que, en consecuencia de lo anterior, Hobbes deduce que sus leyes deberán ser públicas e irretroactivas. Con el fin de que sea más estable también señala —y en esto pone especial énfasis— que en él la distribución de derechos y deberes sea igualitaria entre sus habitantes (con ciertos cargos, por ejemplo, distribuyéndose de forma rotatoria o por sorteo), de esa manera todas las partes estarán más interesadas en mantener ese orden.
¿Qué podríamos aplicar de todo lo anterior al nuevo escenario?
Uno de los clichés más reconocibles del subgénero de ciencia ficción posapocalíptica gira en torno a los personajes incapaces de adaptarse al nuevo mundo y sus nuevas reglas. Para quien logra sobrevivir a ella, la catástrofe supone otro reparto de cartas en la vida, una ruptura traumática con la posición que ocupaba en la jerarquía social, con el lugar en el mundo que había lograrlo encontrar y los seres queridos que le rodeaban. En este sobrevenido ecosistema humano de corderos y lobos, muchos no logran encajar el golpe y pasan a estar entre los primeros, mientras que los nuevos lobos se reclutan de entre aquellos que a menudo mantenían un perfil bajo en el mundo anterior, dado que las habilidades que ahora se requieren no suelen ser las que proporcionaban prestigio e ingresos (trabajadores manuales, policías, militares, exconvictos…). Inesperadamente las convenciones sociales que tanto nos preocupaban —como el dinero— pierden todo valor, mientras que aquello que dábamos por supuesto se convierte en la meta a alcanzar. Ese mundo del día después es, en definitiva, una actualización del experimento mental con el que los denominados filósofos del contrato social —LockeRousseau y Hobbes— tanto han elucubrado, el «estado de naturaleza» que les permitía ver con perspectiva teórica la sociedad en la que estaban inmersos.
De manera que la primera y más fundamental lección de nuestro autor es que al margen de la civilización la vida será —según su célebre definición— solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta. Porque los otros dos mencionados tenían, en ese aspecto al menos, una visión bastante más ingenua. Una vez seamos conscientes del papel de depredador que habremos de ejercer, lo siguiente ya vendrá rodado. De ello se derivará la conciencia de la propia fragilidad, la preferencia por integrarse en grupos preferentemente más igualitarios (con menos riesgo de romperse entonces) y bajo un claro liderazgo, grupos capaces de interactuar con otros sometiéndose a un arbitraje de terceros y así, paso a paso, reconstruir la autoridad estatal. Aunque héroes de este subgénero como Max Rockatansky o el del estupendo cómic español titulado Hombre, de José Ortíz Antonio Segura, no siguen este camino y tienden a ser tipos solitarios, hay un rasgo común que los caracteriza: son fieles a la palabra dada, que es la forma más elemental de contrato que existe. Aún a riesgo de que al tender la mano la otra parte se niegue a aceptarla, aquello que al presidente de Libertonia tanto preocupaba. Así que por lo tanto, y más allá de las apariencias, nunca dejaron de ser civilizados.
La carretera. Imagen: Dimension Films.
La carretera. Imagen: Dimension Films.

domingo, 3 de abril de 2016

REALIDAD Y FICCIÓN. "La biblioteca infinita, el interior de la Tardis y otras puertas a la sensación de maravilla"

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La biblioteca infinita, el interior de la Tardis y otras puertas a la sensación de maravilla

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Foto: JD Hancock (CC)
Foto: JD Hancock (CC)
Lo primero que se oye es un chirriante zumbido de maquinaria. Enseguida aparece de la nada una cabina telefónica azul y su puerta de entrada se abre de golpe. Del interior emerge un tipo con una larguísima bufanda, o una pajarita, o unas amenazadoras cejas. «Soy el Doctor», dice, y un floreo de su mano invita a entrar en la cabina. Y al acceder… ¡La cabina es mucho más grande por dentro que por fuera! ¡Y es una nave espacial! ¡Y una máquina del tiempo! ¡Todo lo que creías saber sobre cómo funciona el mundo, lo posible y lo imposible, acaba de saltar hecho pedazos! Ese instante. Ese momento epifánico que incluye «flipar» y «quedarse embobado» pero es mucho más que eso. Ese cambio inesperado de perspectiva es la esencia del sense of wonder, la sensación de maravilla.
1. Lo gigantesco y lo minúsculo
La primera sensación de maravilla es la que cala más hondo; toda maravilla posterior se amolda a la impresión causada por la primera. (Yann Martel, La vida de Pi)
Para despertar la receptividad a la maravilla lo mejor es haber sido expuesto a películas o libros radiactivos en la infancia o adolescencia, mutágenos que despierten el gen de la imaginación. En mi caso fueron La historia interminableTwilight ZoneEl Señor de los Anillos o Doctor Who; en la generación posterior Harry PotterHora de aventuras o (de nuevo) Doctor Who.
La fantasía y la ciencia ficción son las puertas más directas hacia el sense of wonder, pero no las únicas. A veces la maravilla adopta un disfraz que Kant llamó lo sublime. Ante fenómenos tan abrumadores que «reducen nuestra facultad de resistir a una insignificante pequeñez, comparada con su fuerza», el alma experimenta paradójicamente una elevación. En Existential Comics ponen un buen ejemplo: una persona que camina por la playa ve de repente un tsunami abalanzándose sobre la costa. Y en el breve segundo que transcurre entre esa visión y la muerte, esa persona experimenta la insignificancia humana ante la majestad de la naturaleza, un sobrecogimiento distinto al que sentiría ante un peligro más a su escala, como un jaguar furioso. ¿Es lo sublime lo que buscamos en la maravilla? ¿Y es el tamaño (un tsunami, un enorme volcán) un elemento necesario de esta sensación? ¿Por eso entre las Siete Maravillas están las gigantescas pirámides o el Coloso de Rodas?
Foto: Alex lbh (CC)
Foto: Alex lbh (CC)
El Halcón Milenario persigue a un caza imperial hacia una luna cercana. De repente, Obi-Wan se da cuenta de que esa amenazadora sombra no es una luna, sino una estación espacial… ¿Cómo puede haber sido construido algo tan enorme por manos humanas? Si es un arma, ¿no será imposible destruirla? El tamaño y la sorpresa (la falta de referencias de que una nave pudiera ser tan grande) provoca a los ocupantes del Halcón y a los espectadores un sense of wonder inmediato. Pero no siempre basta con aumentar el tamaño. ¿Qué ocurriría si un guionista decidiera crear en una película posterior de Star Wars otra Estrella de la Muerte, solo que más grande? ¿Produciría la misma conmoción en los espectadores? Ejem… Probablemente no. Una vez has visto una araña de cinco metros de altura, no te impresionará tanto una araña de diez metros.
El cine de ciencia ficción juega con los vaivenes en el tamaño que desembocan en lo monstruoso, desde la teratófila El ataque de la mujer de cincuenta pies hasta la angustiosa agonía de El increíble hombre menguante o del científico de La mosca. En las historias de humanos que se vuelven diminutos, desde Viaje alucinante hasta la reciente Ant-Man, hay un desconcierto inicial en que objetos antes inofensivos se ven desde nuevas y terroríficas perspectivas: una aguja de coser se convierte en lanza, un gato en fiera, una hormiga en montura… Lo pequeño desconcierta, lo grande estremece. La ciencia ficción es una fuente inagotable de situaciones larger than life: esferas de Dyson cubriendo soles, naves majestuosas con ecosistemas enteros en su interior… Y si lo enorme sobrecoge, ¿qué ocurrirá con lo infinitamente enorme?
Escena de Ant-Man. Imagen: Marvel Studios.
Escena de Ant-Man. Imagen: Marvel Studios.
2. El vértigo del infinito
Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al ser humano tal como es, infinito. (William Blake)
Borges es el escritor que más se ha acercado al poder sobrecogedor del infinito. En sus cuentos el infinito disuelve la realidad, crea una atmósfera agobiante, inquietante o ensoñadora. «El Aleph» habla del vértigo ante la inabarcabilidad del universo; «El Inmortal» de la falta de sentido y propósito que provocaría la vida eterna; «El jardín de los senderos que se bifurcan» de la intrincada red de posibilidades y universos paralelos… Pero el mejor retrato del infinito borgiano está en «La biblioteca de Babel», homenajeado por Umberto Eco en El Nombre de la Rosa. Una biblioteca laberíntica con innumerables galerías hexagonales, cruzada por escaleras de caracol y pozos de ventilación, y que contiene literalmente todos los libros que es posible escribir.
La experiencia de pasear por la biblioteca en frustrante: cogiendo un libro al azar lo más probable es que esté escrito en una lengua incomprensible, ajena o no inventada, o repleto de letras y números sin sentido. Durante mucho tiempo imaginé infinita esa biblioteca, pero en ella no hay infinitos libros sino un número gigantesco pero finito. Ni un millón de Googles podrían ordenar tantos volúmenes. Los lectores se ven condenados a vagar cíclicamente por las galerías hexagonales, en un viaje eterno por una biblioteca «ilimitada pero periódica».
En un capítulo escalofriante de La historia interminable de Michael Ende, el protagonista Bastián se encuentra con un grupo de inmortales que ha perdido la capacidad de narrar. Para pasar el rato, arrojan unos dados con letras en sus caras y leen el resultado. Así explica el juego el guía de Bastián: «Si se juega durante años, surgen a veces, por casualidad, palabras. “Calambrespinaca”, por ejemplo, o “choricepillo”, o “pintacuellos”. Si se sigue jugando cien años, mil, cien mil, con toda probabilidad saldrá una vez, por casualidad, un poema. Y si se juega eternamente tendrán que surgir todos los poemas, todas las historias posibles, y luego todas las historias de historias, incluida esta en la que estamos hablando.». ¡La biblioteca de Babel en un juego de dados!
Foto Simon Breese (CC)
Foto: Simon Breese (CC)
Una gallina tuiteando aleatoriamente tardaría un número increíble de años (más que la vida estimada del universo) en escribir todos los tuits posibles… Pero finalmente lo conseguiría: «muchos» no es «infinito». No podemos concebir el infinito. ¿Cómo podría un cerebro finito contener una cantidad infinita? ¿Cómo imaginar un tiempo interminable? Recordemos los esfuerzos del pastorcillo de los hermanos Grimm: si un pájaro se afila el pico una vez cada cien años en una montaña de diamante, el tiempo necesario para erosionar toda esa montaña sería apenas el primer segundo de la eternidad. Pero ni siquiera ese experimento mental se acerca al concepto de tiempo infinito, ni al más desconcertante aún de ausencia de tiempo.
Al salir de lo concebible entramos en el terreno de la metafísica o la religión. Y tenemos la opción de obedecer a Wittgenstein («de lo que no se puede hablar, mejor callarse») o fijarnos en los métodos con que se ha intentado alcanzar lo inalcanzable. Para el escritor Wilhelm Worringer, el arte sacro gótico arrastra al espectador hacia el infinito en un «éxtasis extravagante». Al contemplar la verticalidad de una catedral gótica «perdemos la sensación de tener ataduras terrenales, y nos fundimos en un movimiento infinito que aniquila toda conciencia finita». Es decir, flipamos. Vamos más allá de nuestras propias limitaciones, nos unimos a algo mayor que lo que nuestra conciencia puede abarcar. Worringer continúa: «el ser humano se encuentra a sí mismo solamente perdiéndose a sí mismo, yendo más allá de sí mismo». Nuestra conciencia trata de escapar de la finitud de nuestros cuerpos y mentes intuyendo el vacío extático del Nirvana sin tiempo y espacio.
Catedral de St John, Nueva York. Foto: Kripaks (CC)
Catedral de St John, Nueva York. Foto: Kripaks (CC)
Aquí la sensación de maravilla toma el aspecto de lo numinoso, preciosa palabra derivada del latín numen, «deidad dotada de un poder misterioso y fascinador» según la RAE. Lo numinoso es todo aquello que despierta emociones espirituales, religiosas o abrumadoras, relacionadas no con la materia sino con lo inmaterial, la eternidad, el infinito. Un tsunami es sublime, no numinoso. Topar de bruces con un fantasma, experimentar la unidad a través de un enteógeno o vivir un satori zen son vías de acceso a lo numinoso.
¿Es el sense of wonder fantacientífico la evolución agnóstica de lo numinoso? El editor David Hartwell escribió: «Decir que la ciencia ficción es en esencia literatura religiosa es pasarse, pero algo de verdad hay en ello. Es la encarnación moderna de una tradición antigua: las narraciones maravillosas. Historias de milagros, grandes poderes y terribles consecuencias, mitos sobre dioses que habitan en otros mundos y descienden a visitar el nuestro… Todo eso existe ahora como ciencia ficción, que combina lo creíble y racional con lo milagroso apelando a la sensación de maravilla».
Interior de un toro de Stanford, pintado por Donald E. Davis. (CC)
Interior de un toro de Stanford, pintado por Donald E. Davis. (CC)
La ciencia se debe a la lógica, la espiritualidad a la intuición. ¿Qué tienen en común? Leamos a Carl Sagan en El mundo y sus demonios: «La ciencia no es solo compatible con la espiritualidad, sino que es una profunda fuente de espiritualidad. Cuando reconocemos nuestro lugar en la inmensidad de los años luz y el paso de las eras, cuando comprendemos la belleza, complejidad y sutileza de la vida… Esa sensación de elevación y júbilo es absolutamente espiritual. (…) La noción de que ciencia y espiritualidad son mutuamente excluyentes hace un flaco favor a ambas». Son caminos lentos, que requieren del ensayo y error del método científico o del aprendizaje meditativo de la mística. Hay otra vía más rápida: la del horror.
3. Maravillarse ante horrores sin nombre
Inventamos horrores imaginarios para ayudarnos a hacer frente a los auténticos. (Stephen King)
Un niño de cinco años perdido en unos grandes almacenes vive una de sus primeras experiencias de soledad, desconcierto y desamparo, se pregunta dónde están sus padres y si podrá volver a casa. Su mundo se amplía de golpe y un sense of wonder terrible le invade, pero el precio a pagar es el terror.
Toda ruta hacia la sensación de maravilla tiene el atajo del horror. En el prólogo de El ahorcadoOrson Scott Card distingue entre «espanto» (miedo que aparece al percibir un peligro indefinido), «terror» (miedo experimentado al concretarse ese peligro) y «horror» o escalofrío posterior al suceso. Este estremecimiento es el hermano malvado de la sensación de maravilla. Durante el horror hay que lidiar con las secuelas o verse paralizado por el trauma. Si lo ocurrido es sobrenatural o incomprensible (como pelear con un profundo lovecraftiano), la víctima del horror debe reajustar su visión del mundo. El positivismo científico salta por la ventana, el universo se convierte en una pesadilla sin sentido. Si se falla la tirada de cordura, llegarán el manicomio y la muerte. Y tal vez el último pensamiento cuerdo sea un vislumbre del mundo que soñóLovecraft, repleto de «laberintos de maravillas, bóvedas llenas de luz y cielos llameantes».
Imagen cortesía de Art1Dut.
Imagen cortesía de Art1Dut.
Combinar el horror con el vértigo del infinito multiplica las posibilidades. Los protagonistas del relato «No tengo boca y debo gritar», de Harlan Ellison, se ven abocados a una eternidad literal de tortura física y psicológica a manos de una vengativa inteligencia artificial. Un cuento cruel y angustioso en el que el único triunfo al que se puede aspirar es el suicidio. Esa historia me impactó brutalmente: mi razón había desechado ya la idea del infierno católico, pero esta eternidad de sufrimiento vestida con la verosimilitud de la ciencia ficción resultaba de golpe mucho más plausible.
Hubo quien sufrió un sobresalto similar al leer sobre el basilisco de Roko, un experimento mental que concluye que existirá en un futuro una inteligencia artificial que torture retroactivamente a simulaciones perfectas de todo aquel que, sabiendo de su posible existencia, no hiciera todo lo posible para lograr su nacimiento… Con lo que tal vez acabe de condenarles a ustedes a una eternidad de sufrimiento solo por haber leído la frase anterior. ¡Oops! Suena retorcido, pero detrás hay un razonamiento interesante sobre la efectividad del chantaje como motivador, una apuesta de Pascal extrema.
Otro horror similar es el eterno aburrimiento. Los vampiros de El ansia logran la inmortalidad sin detener el envejecimiento, y pasan milenios reduciéndose a polvo en sus ataúdes. De forma similar, el peor castigo que pueden recibir los vampiros de Anne Rice es ser enterrados en cemento, inmóviles pero conscientes. Los loops temporales eternamente repetidos son otra vía hacia la inmortalidad del aburrimiento, un recurso que abunda en libros y series de ciencia ficción. El más famoso es obviamente el de Atrapado en el tiempo, en donde Bill Murray debe revivir una y otra y otra vez las mismas veinticuatro horas, sin que ni siquiera la muerte le libre de ese eterno ciclo. La peli es una amable comedia romántica, pero el vértigo de analizar la premisa es terrorífico. Más si se considera la posibilidad de que Nietzsche tuviera razón y nuestro mundo viva en un eterno retorno en que todo se repite una vez y otra y otra y otra y otra…
Imagen: DP.
Imagen: DP.
4. De la sensación de maravilla a la capacidad de maravillarse
Ante los ojos de un niño no hay Siete Maravillas en el mundo. Hay siete millones. (Walt Streightiff)
Hemos visto que la maravilla llega a través de lo sublime, lo gigantesco, lo minúsculo, lo infinito, lo numinoso y lo terrible… Pero, ¿no es posible el sense of wonder en la vida diaria? A veces la magia del fantástico surge de la irrupción más o menos sutil de lo extraño en lo cotidiano, como en las novelas de Auster Murakami. Pero, ¿cómo experimentar el asombro en una gris rutina no perturbada por lo imposible?
Todo es nuevo para un niño en sus primeros años de vida, todo está repleto de excitantes maravillas. Un crío se equivoca constantemente, sea porque recibe datos falsos (¡la identidad de los Reyes Magos!) o porque aprende por ensayo y error. Pero en cada nuevo descubrimiento experimenta lo maravilloso o lo terrible, incluso en fenómenos que los adultos consideramos triviales. Por eso a veces vemos a los críos asustarse mortalmente de un juguete a cuerda o alucinar al ver pompas de jabón. Ven el mundo en un grano de arena y el cielo en una flor silvestre, sostienen el infinito en la palma de su mano y la eternidad en una hora. Y sí, acabo de citar el poema de William Blake que no por casualidad se llama «Augurios de inocencia».
La edad adulta atrofia esta capacidad de sorpresa, sustituyéndola por un hormigón mental fabricado con rutinas y certezas. Es posible captar destellos de sobrecogimiento a través del arte, la música, la literatura… Pero son sensaciones fugaces. Recuperar la capacidad permanente de estar abierto a lo asombroso requiere reconquistar la actitud de curiosidad infantil matizada con la profundidad de pensamiento adulta. Imaginemos una bolsa de plástico. Puedo usarla para meter la basura. Pero también puedo pasmarme ante la estética de sus movimientos al viento, como en la escena cursi pero acertada de American Beauty. Puedo maravillarme ante las interacciones entre núcleos atómicos diminutos y electrones orbitando a enorme distancia (¡toda materia está formada por un 99,9% de espacio vacío!) que convierten la bolsa en algo sólido. Puedo buscar el significado profundo tras el hecho de que los humanos fabriquemos objetos como bolsas de plástico.
La capacidad de asombro puede perfeccionarse, como cualquier habilidad mental, hasta la maestría de Lewis Carroll y su «a veces he creído hasta seis cosas imposibles antes del desayuno». Mirarlo todo como si fuera la primera o la última vez que lo vemos: la maravilla de la inocencia o la maravilla de la experiencia. A Kant le conmovían el cielo estrellado sobre su cabeza y la ley moral en su interior (lo que está arriba es como lo que está abajo)… ¿Qué nos impresiona a nosotros? ¿Podemos acceder a una maravilla definitiva? Veamos qué dice al respecto Lovecraft en «Expectación», traducido por Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt:
No sabría decir por qué algunas cosas me producen
una sensación de maravillas inexploradas por venir,
o de grieta en el muro del horizonte
que se abre a mundos donde solo los dioses pueden vivir.
Es una expectación vaga, sin aliento,
como de grandes pompas antiguas que recuerdo a medias,
o de aventuras salvajes, incorpóreas,
plenas de éxtasis y libres como un ensueño.
La encuentro en puestas de sol y en extrañas agujas urbanas,
en viejos pueblos y bosques y cañadas brumosas,
en los vientos del sur, en el mar, en collados y ciudades iluminadas,
en viejos jardines, en canciones entreoídas y en los fuegos de la luna.
Pero aunque solo por su encanto vale la pena vivir la vida
nadie alcanza ni adivina el don que insinúa.
Y quizá este último verso lovecraftiano esconda el auténtico sentido de la maravilla: la insinuación (nunca la certeza) de que la vida esconde un propósito, un don, un éxtasis final que apenas podemos entrever en breves momentos de epifanía. Quizá al morir (tal vez soñar) empecemos la exploración definitiva.
Foto: Corbis.
Foto: Corbis.