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lunes, 14 de marzo de 2016

PRENSA. "¿Hacia una era digital oscura?"

   En "El País":

¿Hacia una era digital oscura?

Buena parte de la información generada en esta era será inaccesible para las generaciones futuras por el deterioro de los datos, la obsolescencia tecnológica o las leyes del 'copyright'


Una cantidad creciente de la vida de las personas se desarrolla en la red y se guarda en enormes centros de datos como este de Google. / GOOGLE


En las pocas décadas que la humanidad lleva inmersa en la era digital ha creado datos como para llenar la memoria de tantos iPad que, apilados, casi llegarían a la Luna. El ritmo de creación de información es tal que, según un estudio de la corporación EMC y la consultora IDC, se dobla cada dos años. Para antes de que acabe la década, habrá 44 zettabytes de datos (un ZB es igual a un billón de gigabytes) y el montón de tabletas habrá ido y vuelto al satélite más de tres veces. Lo paradójico es que buena parte de esa información se perderá para las generaciones futuras.
El vicepresidente de Google y uno de los padres de internet, Vinton Cerf, alertaba en una conferencia de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia hace unos días del peligro de que lo creado por esta generación no deje apenas rastro. En la creencia de su eternidad, el homo digitalis ya no imprime fotos, las guarda en formato digital, no escribe cartas, sino que envía email, no almacena discos, sube las canciones a la nube. Una creciente parte de su vida se desarrolla en la red: juega en línea, publica selfies en Facebook y comparte sus pasiones en tuits. Pero lo digital no es tan eterno.
El deterioro de los soportes donde se almacena la información, la desaparición de los programas para interpretarla o las limitaciones impuestas por el copyright harán que, para los humanos del futuro, sea inaccesible. De hecho, ni siquiera habrá que esperar a que los arqueólogos del futuro descubran que, como decía Cerf al Financial Times, los comienzos del siglo XXI son "un agujero negro de información". Los primeros efectos de lo que los anglosajones llaman era digital oscura ya se están notando.
El caso de los disquetes ejemplifica el problema planteado por el vicepresidente de Google en toda su complejidad. Fueron el sistema de almacenamiento básico en los años 80. En ellos cabían tanto las fotos familiares como el trabajo hecho para la clase o los documentos del trabajo. La mayor parte de toda esa información ya se ha perdido. Y si aún queda algún disquete, es cuando empiezan de verdad los problemas: Habrá que encontrar una disquetera que lo lea, rezar para que los datos no se hayan corrompido por el paso del tiempo para que, probablemente, descubrir que el programa para abrir el archivo hace años que no existe.

Los disquetes de los 80 ejemplifican la complejidad y los riesgos reales de la pérdida de información
"Conservo viejos disquetes de 3,5 pulgadas que alojan archivos de texto escritos con un programa que ya no existe y que funcionaba con un Macintosh de 1986", dice el consultor tecnológico Terry Kuny. Este archivista digital canadiense fue uno de los primeros en hablar de este tiempo como una posible edad digital oscura hace ya casi 20 años. "¿Qué opciones tengo de que yo, o cualquiera, pueda acceder a esos datos hoy? Incluso si consigo una vieja disquetera, conseguir el sistema operativo y los programas no sería nada fácil en la actualidad. Y si uno no está para decirle a quien lo intente qué hay en esos discos y en qué formato está, el problema ya sería enorme", añade.
En 1997, cuando la actual era digital apenas comenzaba, cuando los ordenadores personales solo estaban al alcance de los más pudientes e internet era para una casta, cuando aún no existía Google y mucho menos Facebook o Twitter, y Microsoft dominaba el mundo con su Windows 95, Kuny, entonces asesor de la Biblioteca Nacional de Canadá dio una conferencia para la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecas. Su título era premonitorio: ¿Una era digital oscura? Retos para la conservación de la información electrónica. La visión de Kuny, como la actual de Cerf, está más vigente que nunca.
"No creo que exista un riesgo de que la información de nuestro tiempo vaya a quedar inaccesible, creo que es una certeza. Ya está pasando, cada día, en todo tipo de organización, para todas las clases de datos", afirma Kuny. De hecho, cree que todo lo relacionado con la conservación digital está yendo a peor.  "Hay mucha más información nacida digital que antes y apenas hay unas pocas instituciones públicas o privadas que estén activamente implicadas en lidiar con este problema".

Enemigos de la memoria digital

El primer reto tiene que ver con la física. Cualquiera con una edad que haya intentado ver la cinta VHS con el vídeo de su boda sabe del deterioro de los soportes donde se almacenan los datos. La grabación magnética de la información ha sido la dominante en las primeras décadas de la era digital. Aún hoy, los discos duros guardan los datos jugando con la polaridad de las partículas y, por esas cosas del magnetismo, los datos acaban por perderse.
Si le pasó a la NASA, ¿por qué no iba a pasar con el vídeo de la boda? La agencia espacial estadounidense vio como buena parte de las imágenes tomadas por las sondas de la Misión Viking enviadas a Marte en los años 70 eran irrecuperables. Aunque la NASA transfirió los datos desde las cintas magnéticas originales a soportes ópticos, hasta el 20% del material no se pudo recuperar.

Solo en 2014 la industria ha cerrado los servidores para jugar en línea a 65 juegos
El caso de las sondas Viking ilustra otro de los peligros de que este tiempo se convierta en una edad digital oscura. El 80% de la información enviada desde Marte se pudo salvar, pero se guardó en un formato y con unos programas que ya no existen. Solo hace un par de años, una empresa canadiense pudo volver a extraer las imágenes. Hay formatos que parecen que van a durar toda la vida y después de ella. Es el caso de las imágenes guardadas en formato JPEG o la música en mp3. Pero ¿y si aparece un nuevo formato mejor y los anteriores caen en desuso?
Y es que confiar la preservación de los datos a la buena fe de las compañías que los crean tiene sus peligros. Como denunció el mes pasado la Fundación Fronteras Electrónicas (EFF, por sus siglas en inglés) gigantes de los juegos como Electronic Arts cierran los servidores para jugar en línea con sus títulos en apenas un año y medio si el juego no ha tenido el éxito que esperaban. Solo en 2014, la industria abandonó 65 juegos. Pero, al mismo tiempo, las leyes de copyright impiden que los jugadores mantengan sus propios servidores.
Pero el mayor riesgo de que la información de este tiempo desaparezca en el futuro está en internet. Como muestra el estudio de IDC sobre el universo digital de 2014, la mayor parte de los datos son alojados en la red. Desde los millones de selfies hasta cada minuto de vídeo subido a YouTube, pasando por los comentarios en Facebook, cada vez más, la mayor parte de la vida de una persona se encuentra en algún servidor de alguna empresa y no ya en su álbum familiar de fotografías.

El 20% de los mensajes en Twitter ya han desaparecido
Se supone que ni Google ni Facebook van a cerrar mañana. Incluso cuando cierran algún servicio, como hizo el buscador con Wave, dan un tiempo razonable para que sus usuarios se descarguen todo lo que allí tenían. Google, por ejemplo, cuenta con Takeout, un sencillo sistema para hacer una copia de todos los datos creados y alojados en sus servicios. Pero no siempre es así.
A comienzos de la década pasada, había una red social mucho más importante y conocida que Facebook. Se llamaba Friendster y en su mejor momento llegó a tener 100 millones de usuarios. Sin embargo, errores propios y la popularidad de otras alternativas, hicieron que Friendster se hundiera y, con ella, todas las historias, conversaciones, amores y momentos que compartieron sus usuarios. Hoy, la empresa languidece como plataforma de juegos en el sudeste asiático.
"Tuvimos mucha suerte de que Internet Archive reaccionara a tiempo y capturara una copia de toda la información pública en Friendster justo antes de que la desactivaran", comenta el experto en redes sociales de la de la Escuela Técnica Federal de Zúrich (ETH), el español David García. La relevancia que tienen las redes sociales en la vida de hoy, las ha convertido para los científicos sociales en herramientas fundamentales para estudiar las sociedades humanas. Solo esa copia ha servido a García y otros investigadores estudiar fenómenos sociales que afectan a la privacidad, por ejemplo.
Uno de esos investigadores sociales es Alan Mislove, de la Universidad Northeastern (EE UU). Mislove ha estudiado a fondo Twitter. En un artículo publicado el año pasado, comprobó que casi el 20% de los tuits publicados en esta red social se habían esfumado. "Es difícil proyectar que pasará con los tuits perdidos en el futuro", aclara. Para Mislove, "los datos de sitios como Twitter y Facebook ofrecen a los investigadores una capacidad sin precedentes para estudiar la sociedad a una escala y granularidad que simplemente eran imposibles antes".

Luces contra la edad digital oscura

Si existen tantos riesgos, ¿qué se está haciendo para afrontarlos? Las soluciones son tanto tecnológicas como organizativas y hasta legislativas. Lo más urgente parece ser el problema de la longevidad de los datos, cómo conservarlos para los que vengan después.
Las tecnologías de almacenamiento no han variado mucho en todo este tiempo. O se graba la información en soportes magnéticos o, con la ayuda del láser, en discos ópticos. Aunque pudiera parecer que el DVD o el Blu-ray son las mejores alternativas, el futuro seguirá siendo magnético.


En IBM Research, Mark Lantz y su equipo trabajan en cintas magnéticas para la preservación de los datos a largo plazo. / IBM
"La primavera pasada, IBM y FUJIFILM lograron una densidad de almacenamiento sobre cinta de 85,9 gigabytes por pulgada cuadrada lo que permitiría una capacidad de 154 terabytes [un terabyte son 1.000 gigabytes] en un cartucho que cabe en la palma de la mano. Eso es el texto de 154 millones de libros", recuerda el responsable de tecnologías avanzadas de cinta de IBM Research, Mark Lantz.
Quizá por eso de que IBM es la única empresa tecnológica con más de un siglo de vida, saben de la importancia de la preservación de los datos. Para Lantz, la cinta magnética no está muerta ni muchos menos. "En nuestro laboratorio de Zúrich estamos trabajando sobre una tecnología de cinta para la preservación de los datos a largo plazo", asegura. Con el mantenimiento y conservación adecuados, la grabación en soportes magnéticos mantiene la información intacta durante décadas.
Otra cuestión es la de poder reproducirlos con el paso del tiempo. Ese es el mayor temor que expresó Vinton Cerf en su conferencia. Sin las herramientas adecuadas que den contexto a los datos, aunque se conservaran, estos serían ilegibles. Cerf mencionó como solución un proyecto en el que también participa IBM. El gigante informático, junto a la universidad Carnegie Mellon tiene en marcha el proyecto Olive. Su objetivo es crear una especie de imágenes que incluyan todo, los datos del archivo, el programa con el que se creó y hasta el código. Por medio de máquinas virtuales, el contenido se podría ejecutar en cualquier sistema que apareciera en el futuro.
A iniciativas como esta ayudaría lo que está pidiendo la EFF a las autoridades de EE UU: que en la legislación sobre copyright se incluya una excepción que obligue a las empresas que crearon un programa o un juego a liberar su código cuando lo abandonen o, al menos, permitir su obtención mediante ingeniería inversa.

"Todos nosotros debemos convertirnos en nuestros propios bibliotecarios", dice el archivista digital Terry Kuny 
Pero el mayor reto es conservar toda la información acumulada en algo tan grande y dinámico como es la web. Internet Archive es el mayor intento que hay para conservar la memoria de la red. Los robots de esta organización rastrean periódicamente la web haciendo copias de las páginas que encuentra y las van guardando. Así, si alguna página desaparece, siempre habrá la posibilidad de recordar como fue.
En España, la Biblioteca Nacional ha venido haciendo lo mismo con la ayuda de Internet Archive desde hace años. Pero el año pasado fue el primero que, con su propio robot, empezaron a escanear la red española. Ya han copiado 140 terabytes entre recursos, páginas web, blogs... Sin embargo, La BNE está a la espera de la aprobación de un reglamento sobre el depósito legal de publicaciones electrónicas que le permita conservar todo lo que la tecnología permita de la internet en español.
Pero evitar que esta sea una edad digital oscura es cosa de cada uno. "Todos nosotros debemos convertirnos en nuestros propios bibliotecarios. Cada uno deber ser el responsable de su vida digital. No podremos salvarlo todo y las cosas que decidamos salvar, deberemos hacerlo con cuidado", alerta Terry Kuny, el mismo que ya lo hacía hace 20 años, mucho antes que Vinton Cerf.

miércoles, 9 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. "Historia abreviada del exceso de información". Xavier Nueno


   En "El País":

Historia abreviada del exceso de información

Pantallas, ordenadores, buscadores y redes sociales circulan bajo otras apariencias y desde tiempos remotos por la cultura occidental


Entre apóstoles y apóstatas de la revolución digital existe por lo menos un punto de encuentro: vivimos en tiempos de excepción. Los retos que nos esperan en un futuro inmediato no conocen precedentes ni podrán superarse con la ayuda de la experiencia heredada, aseguran. Esta perspectiva, que contempla el pasado como un tiempo consumado sin influencia sobre el presente, no nos permite reconocer que las tecnologías contemporáneas –pantallas, ordenadores, sistemas de búsqueda, redes sociales– circulan bajo otras apariencias y desde tiempos remotos por la cultura occidental. Debates como el del exceso de información tienen a sus espaldas un largo recorrido que la llegada de cada nueva tecnología de reproducción retoma y actualiza.
Si bien es cierto que los métodos de gestión de la información contemporáneos han de administrar una abundancia de datos sin precedentes en términos cuantitativos, el “exceso de información” es un problema cuyas raíces se remontan hasta el mito platónico del don de la escritura. Platón caracteriza la escritura como una “palabra huérfana” incapaz de “socorrerse a sí misma” que paradójicamente prolifera en todas las instancias sociales hasta transformarlas de raíz. Reduciendo el dinamismo sonoro al soporte quiescente, dislocando la palabra del presente de su enunciación, la escritura permite conservar y acumular hasta el infinito las trazas discursivas.
No fue sin embargo hasta la llegada de la imprenta cuando el debate acerca del exceso de información se generalizó. “Pronto, el hombre deberá andar, dormir y sentarse entre libros”, pronosticaba el erudito francés Louis Le Roy. Fórmulas como la suya dan cuenta del impacto que tuvo la invención de Gutenberg sobre la conciencia europea. El raudal de libros que trajo consigo la nueva tecnología alimentó el temor entre las clases letradas de que los demasiados libros echarían por tierra el proyecto civilizador de occidente. Como se suele repetir hoy en día acerca de los ordenadores, la imprenta fue considerada como una tecnología que empobrecía la memoria y debilitaba la mente.
Las prácticas de gestión de la información contemporáneas derivan en buena medida de los métodos que utilizaron los académicos y eruditos durante los siglos de la consolidación de las ediciones impresas (siglos XV-XVII). Almacenar, organizar, seleccionar y analizar siguen siendo sus procedimientos fundamentales –con la única diferencia de que si en siglos anteriores éstos reposaban sobre tecnologías como la mnemotecnia, el texto impreso o los índices alfabéticos, ahora disponemos de chips, motores de búsqueda, enciclopedias digitales y otros métodos de exploración de datos que potencian la cantidad de información que puede ser administrada.

La imprenta fue considerada como una tecnología que empobrecía la memoria y debilitaba la mente
Gestos hoy tan extendidos como el copiar-cortar-pegar eran de uso corriente entre los compiladores del siglo XVI. Frente a la angustia por una biblioteca desbocada, autores hoy en gran parte olvidados como Conrad Gesner o Vincent Placcius ofrecían síntesis manejables –también denominadas “bibliotecas portátiles”– destinadas a brindar una cultura general a los europeos de la época. Valiéndose de un par de tijeras y un bote de cola, estos compiladores se dedicaron a recortar de entre los volúmenes de sus estanterías aquellos fragmentos que consideraban más significativos para después pegarlos en sus libros de anotaciones.
Más interesante aún resulta el uso que los compiladores daban a sus recortes. A menudo, en lugar de fijarlos a sus colecciones, utilizaban adhesivos suaves que les permitían mover las notas a su antojo. Los recortes podían disponerse en función de las necesidades del momento, de manera que el cuaderno se convertía en una paleta en la que los distintos fragmentos podían ser recombinados o en un laboratorio en el que el saber se encontraba siempre en movimiento. Como si se tratara de pantallas, las páginas de los libros de anotaciones acogieron de forma pasajera la información que los compiladores trasegaban de acuerdo al trabajo que estuvieran realizando.
Suscribir la ficción según la cual los procedimientos que los ordenadores ponen a nuestra disposición constituyen una suerte de año cero impide reconocer que éstos se inscriben en genealogías específicas que, a su vez, son capaces de arrojar nueva luz sobre su propia naturaleza. Nos hemos acostumbrado a pensar el tiempo histórico como una cadena causal en la que cada elemento daría paso al consecutivo, obviando que el tiempo es una sustancia heterogénea, híbrida, impura. Cualquier presente es en realidad un conglomerado de anacronismos, elementos dispares que pertenecen a historias singulares y que confluyen en un aquí y ahora inestable.
Reflexionar sobre el impacto de las nuevas tecnologías obliga a recorrer la larga historia de su génesis. Las prácticas e instituciones contemporáneas tienen a sus espaldas trayectorias dilatadas que a menudo las conducen de posiciones marginales hasta emplazamientos de mayor visibilidad y por tanto mayor desarrollo. Reconstruir los itinerarios de estas formas culturales, estar atento a las síncopas y a los hiatos que suspenden temporalmente sus trascursos, pero también a sus distintas formas de supervivencia y de metamorfosis, tal vez sea la única forma de superar el debate miope acerca de sus virtudes y sus inconvenientes. El pasado no nos antecede, ni nos separa de él un gran diluvio de unos y ceros, sino que es el caudal en el que se gesta el presente.
Xavier Nueno es investigador en el EHESS (Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París).

miércoles, 2 de marzo de 2016

PRENSA. TECNOLOGÍA. "La ilusión de Silicon Valley". Nicholas Carr

   En "El País":

La ilusión de Silicon Valley

Ante el puñado de empresas californianas que están transformando el mundo a su antojo emerge un coro de voces que alerta del lado oscuro de la revolución digital


Sede central de Oracle en Silicon Valley, California. / JAVIER MARTÍN

Silicon Valley, conjunto monótono de centros comerciales, parques empresariales y complejos de comida rápida, no parece un núcleo cultural, y, sin embargo, en eso precisamente se ha convertido. En los últimos 20 años, desde el mismo momento en que la empresa tecnológica estadounidense Netscape comercializó el navegador inventado por el visionario inglés Tim Berners-Lee, el Valle del siliciose ha ocupado de remodelar Estados Unidos y gran parte del mundo a su imagen y semejanza. Ha dado un vuelco a la manera de trabajar de los medios de comunicación, ha cambiado la forma de conversar de las personas y ha reescrito las reglas de realización, venta y valoración de las obras de arte y otros trabajos relacionados con el intelecto.
De buen grado, la mayoría de la gente ha ido otorgando un creciente poder al sector tecnológico sobre sus mentes y sus vidas. Al fin y al cabo, los ordenadores e Internet son útiles y divertidos, y los empresarios y los ingenieros se han empleado a fondo en inventar nuevas maneras de hacer que disfrutemos de los placeres, beneficios y ventajas prácticas de la revolución tecnológica, por lo general sin tener que pagar por ese privilegio. Mil millones de habitantes del planeta usan Facebook cada día. Alrededor de 2.000 millones llevan consigo un teléfono inteligente a todas partes y suelen echar un vistazo al dispositivo cada pocos minutos durante el tiempo que pasan despiertos. Las cifras subrayan lo que ya sabemos: ansiamos las dádivas de Silicon Valley. Compramos en Amazon, viajamos con Uber, bailamos con Spotify y hablamos por WhatsApp y Twitter.

Una oleada de artículos recientes da a entender que tras la retórica sobre el empoderamiento personal y la democratización se esconde una realidad que puede ser explotadora, manipuladora y hasta misántropa
Pero las dudas sobre la llamada revolución digital van en aumento. La luminosa visión que la gente tenía del famoso valle se ha ensombrecido incluso en Estados Unidos, un país de forofos de los aparatos tecnológicos. Una oleada de artículos recientes, aparecidos a raíz de las revelaciones de Edward Snowden sobre la vigilancia en Internet por parte de los servicios secretos, ha empañado la imagen brillante y benévola que los consumidores tenían del sector informático. Dan a entender que tras la retórica sobre el empoderamiento personal y la democratización se esconde una realidad que puede ser explotadora, manipuladora y hasta misántropa.
Las investigaciones periodísticas han encontrado pruebas de que en los almacenes y las oficinas de Amazon, así como en las fábricas asiáticas de ordenadores, se trabaja en condiciones abusivas. Han descubierto que Facebook lleva a cabo experimentos clandestinos para evaluar los efectos psiclógicos en sus usuarios manipulando el “contenido emocional” de los post y las noticias sugeridas. Los análisis económicos de las llamadas empresas de servicios compartidos, como Uber y Airbnb, indican que, si bien proporcionan beneficios a los inversores privados, es posible que estén empobreciendo a las comunidades en las que operan. Libros como el de Astra Taylor The People’s Platform [La plataforma del pueblo], publicado en 2014, muestran que seguramente Internet está agudizando las desigualdades económicas y sociales en vez de poniéndoles remedio.
Las incertidumbres políticas y económicas ligadas a los efectos del poder de Silicon Valley van a más, al tiempo que el impacto cultural de los medios de comunicación digitales se somete a una severa reevaluación. Prestigiosos literatos e intelectuales, entre ellos el premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa y el novelista estado­unidense Jonathan Franzen, presentan a Internet como causa y síntoma de la homogeneización y la trivialización de la cultura. A principios de este año, el editor y crítico social Leon Wieseltier publicaba en The New York Times una enérgica condena del “tecnologicismo” en la que sostenía que los “gánsteres” empresariales y los filisteos tecnófilos han incautado la cultura. “A medida que aumenta la frecuencia de la expresión, su fuerza disminuye”, decía, y “el debate cultural está siendo absorbido sin cesar por el debate empresarial”.

Las herramientas de la era digital engendran una cultura de distracción y dependencia, una subordinación irreflexiva que acaba por restringir los horizontes de la gente 
También en el plano personal se están multiplicando las inquietudes por nuestra obsesión con los artilugios suministradores de datos. En varios estudios recientes, los científicos han empezado a vincular algunas pérdidas de memoria y empatía con el uso de ordenadores y de Internet y están encontrando nuevas pruebas que corroboran descubrimientos anteriores según los cuales las distracciones del mundo digital pueden entorpecer nuestras percepciones y nuestros juicios. Cuando lo trivial nos invade, parece que perdemos el control de lo esencial. En Reclaiming Conversation [Recuperar la conversación], su controvertido nuevo libro, Sherry Turkle, catedrática del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), expone cómo una dependencia excesiva de las redes sociales y de los sistemas de mensajería electrónica puede empobrecer nuestras conversaciones e incluso nuestras relaciones. Sustituimos la intimidad real por la simulada.
Cuando examinamos más de cerca el credo de Silicon Valley, descubrimos su incoherencia básica. Es una filosofía quimérica que engloba una torpe amalgama de creencias, entre ellas la fe neoliberal en el libre mercado, la confianza maoísta en el colectivismo, la desconfianza libertaria en la sociedad y la creencia evangélica en un paraíso venidero. Ahora bien, lo que de verdad motiva a Silicon Valley tiene muy poco que ver con la ideología y casi todo con la forma de pensar de un adolescente. La veneración del sector tecnológico por la disrupción se asemeja a la afición de un adolescente por romper cosas, sin reparos incluso si ello tiene las peores consecuencias posibles.

Poner en duda Silicon Valley no es oponerse a la tecnología. Es pedir más a nuestros tecnólogos, a nuestras herramientas, a nosotros mismos. Es situar la tecnología en el plano humano que le corresponde
Por tanto, no es de extrañar que cada vez más gente contemple con mirada crítica y escéptica el legado del sector. A pesar de proliferar, los detractores siguen, no obstante, constituyendo una minoría. La fe de la sociedad en la tecnología como panacea para los males sociales e individuales todavía es firme, y sigue habiendo una gran resistencia a cualquier cuestionamiento de Silicon Valley y de sus productos. Aun hoy se suele despachar a los detractores de la revolución digital calificándolos de nostálgicos retrógrados o de luditas y tachándolos de “antitecnológicos”.
Tales acusaciones muestran lo distorsionada que ha llegado a estar la visión predominante de la tecnología. Al confundir su avance con el progreso social, hemos sacrificado nuestra capacidad de ver la tecnología con claridad y de diferenciar sus efectos. En el mejor de los casos, la innovación tecnológica nos facilita nuevas herramientas para ampliar nuestras aptitudes, centrar nuestro pensamiento y ejercer nuestra creatividad; expande las posibilidades humanas y el poder de acción individual. Pero, con demasiada frecuencia, las tecnologías que promulga Silicon Valley tienen el efecto contrario. Las herramientas de la era digital engendran una cultura de distracción y dependencia, una subordinación irreflexiva que acaba por restringir los horizontes de la gente en lugar de ensancharlos.
Poner en duda Silicon Valley no es oponerse a la tecnología. Es pedir más a nuestros tecnólogos, a nuestras herramientas, a nosotros mismos. Es situar la tecnología en el plano humano que le corresponde. Visto retrospectivamente, nos equivocamos al ceder tanto poder sobre nuestra cultura y nuestra vida cotidiana a un puñado de grandes empresas de la Costa Oeste de Estados Unidos. Ha llegado el momento de enmendar el error.
Nicholas Carr escribe sobre tecnología y cultura. Es autor de Superficiales, ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes? y, más recientemente, Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras mentes. Traducción de News Clips.

domingo, 21 de febrero de 2016

PRENSA. TECNOLOGÍA. "Silicon Valley contra la socialdemocracia". Evgeny Morozov

   En "El País":

Silicon Valley contra la socialdemocracia

La supremacía del mercado virtual supondrá un retroceso en los derechos conquistados el último siglo. ¿Vivimos en el poscapitalismo o en el precapitalismo?


MIGUEL BRIEVA

Silicon Valley seguramente tiene las mayores reservas mundiales de desfachatez y arrogancia, pero ¿podría también estar sentando las bases del nuevo orden económico? Al menos, esa es la opinión cada vez más extendida entre sus detractores y sus defensores; en lo que no están de acuerdo es en cómo será ese orden.
El nuevo libro de Paul Mason Post Capitalism, que está triunfando en Reino Unido, tiene coincidencias con los dos bandos en este debate. Su argumento es que, a medida que todo se vuelve digital y se integra en redes, incluso nuestros grandes señores empresariales tendrán dificultades para contener el radicalismo potencial —tanto de nuevas formas de disidencia como de organización social— en su interior.
Ahora bien, ¿y si Mason sólo tiene razón en parte? ¿Por qué suponer que saldría mal parada la idea del capitalismo y no, por ejemplo, la de la socialdemocracia? Hoy parece más probable esta última perspectiva.
Desde el primer momento, la socialdemocracia fue un sistema basado en concesiones. Llegó a distintos países en diferentes momentos históricos, pero su esencia siempre era la misma, las grandes empresas y los Gobiernos intervencionistas llegaban a un acuerdo beneficioso para ambas partes: los Gobiernos no cuestionaban la primacía del mercado como principal vehículo del desarrollo económico, y las empresas aceptaban una supervisión reguladora considerable.
Fue el famoso compromiso socialdemócrata el que hizo que Europa fuera un lugar tan cómodo para vivir. Las economías crecían; los trabajadores estaban protegidos y disfrutaban de magníficas prestaciones sanitarias; los consumidores podían confiar en que las empresas con las que trataban no iban a infringir sus derechos.

Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad
El sistema pareció funcionar al menos durante un tiempo. Pero la fragilidad de sus mecanismos internos no eran visibles para todo el mundo. En primer lugar, presuponía que las economías iban a seguir creciendo casi de forma indefinida, con lo que el Estado podría costear las generosas transferencias sociales. Segundo, para garantizar la dignidad del trabajo eran necesarias intervenciones tácticas ocasionales del Estado en industrias y sectores concretos; pero los que estaban privatizados, liberalizados o insuficientemente regulados —el sector de la tecnología, en su más amplia definición, es una combinación de las tres cosas— dejaban a los gobiernos escaso margen de maniobra. Tercero, el espíritu de la socialdemocracia dictaba que los propios ciudadanos apreciaran nobles valores como la solidaridad y la justicia, una actitud que también estaba sometida a reglas específicas.
Ahora, estas tres bases están viniéndose abajo a causa del feroz ataque de los mercados, pero también de Silicon Valley, que se apresura a explotar las numerosas incongruencias, ambigüedades y debilidades retóricas del ideal socialdemócrata.
La estrategia de la aplicación Uber es especialmente significativa. ¿Qué más da que algunas ciudades exijan a los taxistas cursos de formación, por ejemplo, sobre cómo tratar a los pasajeros ciegos o discapacitados? Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad.
Hace unos cuantos decenios, cuando el consumismo imprudente no había deteriorado aún nuestro raciocinio colectivo, esta actitud quizá nos habría parecido aberrante. Pero hoy las cosas no son tan obvias. ¿Por qué, pueden decir algunos, cada vez que tomo un taxi tengo que subvencionar que puedan tomarlos los ciegos y los discapacitados?
Como empresa, Uber también quiere que se la dejen en paz, y asegura que de esa forma puede dar más satisfacción al cliente; mientras el único criterio para medir la satisfacción sea el precio que paga.
Lo irónico es que Uber recurre precisamente al carácter extraordinario de la tecnología digital y de la información —las señas de identidad del poscapitalismo según Mason— para justificar sus prácticas de empleo draconianas, mucho más propias del capitalismo anterior a la aparición de la socialdemocracia. No son más que una “empresa tecnológica”, alegan. Da igual que a sus conductores los vigilen y los presionen de forma agresiva mucho más que a los trabajadores de una fábrica taylorista de la década de 1920.
A pesar del control al que los somete Uber, estos conductores ni siquiera tienen un contrato oficial. Con tanta gente en el paro y con problemas para ganarse la vida, Uber tiene la seguridad de que siempre habrá alguien en algún sitio dispuesto a conducir un coche, aunque sólo sea durante unas horas.
Un rápido repaso a otras facetas de lo que se consideraba socialdemocracia ofrece un panorama igualmente sombrío; sus cimientos están desmoronándose. Por ejemplo, existen pocos sistemas de salud en Europa que puedan sobrevivir a los problemas cada vez mayores del envejecimiento, la obesidad y los recortes presupuestarios. De ahí que haya una exuberancia tan irracional sobre las posibilidades de los dispositivos portátiles, sensores inteligentes y sus distintas combinaciones, que prometen transformar el modelo actual de cuidados preventivos. Se acabaron los tiempos en los que era posible no pensar demasiado ni demasiado a menudo en nuestra salud. Las aplicaciones de salud son fuentes inagotables de preocupación, y lo que había logrado el proyecto socialdemócrata era precisamente disminuir esa angustia.

Los consumidores vivimos una nueva época de oscurantismo: no sabemos por qué pagamos lo que pagamos
El mercado digital también está acabando con la idea de la protección al consumidor. A medida que la publicidad y la recogida de datos tienen más importancia en la economía digital, nos encontramos con precios determinados en función de algoritmos, muy personalizados y con frecuencia fijados para que paguemos el precio más alto posible. A muchos de nosotros también nos resulta difícil explicar por qué el billete de avión que compramos por Internet cuesta lo que cuesta. A pesar de todas las aplicaciones que cuentan las calorías y nos dicen el país de origen de los productos que compramos, los consumidores estamos entrando en una nueva época de oscurantismo: no tenemos ni idea de por qué pagamos lo que pagamos por unos productos que nos han empujado subliminalmente a comprar.
Además, Silicon Valley está organizando un asalto contra la filosofía en la que se basa la socialdemocracia, la noción de que los Gobiernos y los ayuntamientos pueden fijar normas y leyes que regulen el mercado. Silicon Valley opina que no: el único límite a los excesos del mercado debe ser el propio mercado. Son los propios consumidores los que deben castigar —poniendo malas notas, por ejemplo— a los malos conductores o a los anfitriones poco fiables; los Gobiernos no deben entrometerse.
¿Todo esto es poscapitalismo? Tal vez, pero sólo si estamos dispuestos a reconocer que el capitalismo, al menos durante el último siglo, se ha estabilizado gracias al compromiso socialdemócrata, que ahora está quedándose obsoleto. Cuando el poscapitalismo nace del debilitamiento de las protecciones sociales y las regulaciones de la industria, entonces definamos con propiedad: si Silicon Valley representa un cambio de modelo, es más bien al de precapitalismo.
Evgeny Morozov es editor asociado en New Republic y autor de La locura del solucionismo tecnológico (Katz / Clave Intelectual), que se publicará en España el 10 de noviembre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

sábado, 20 de febrero de 2016

PRENSA. "Aplicaciones que parecen de ciencia ficción"

   En "El País":

Aplicaciones que parecen de ciencia ficción

La investigación y el desarrollo en el campo de la telefonía móvil abre puertas infinitas. Aquí, ocho cosas que serán posibles con tu 'smartphone' en unos años


'Microfilmes', corto de homenaje al cine de ciencia ficción. / L.B.

¿Con quién o con qué pasas más horas al día? La respuesta, posiblemente, sea un qué. Y ese qué, probablemente, sea el teléfono móvil. En el bolsillo, en el bolso, incluso (todavía) hay quien lo lleva colgando del cuello. En 1995 los usuarios de este cada vez más pequeño aparato eran alrededor de 80 millones en todo el mundo; el pasado año superaron los 5.200 millones, según el informe de 2014 de KPCB, la sociedad de capital riesgo que rastrea nuevos negocios para apostar por los que creen que tendrán éxito. Algo que corroboran los datos de Xiaomi, la empresa china considerada la start-up más valiosa del mundo: pasó de vender 19 millones de smartphones en 2013 a 61 millones en 2014.
Incluso lo que se suele erigir como antepasado, véase cuadernos, se une al mundo digital mediante aplicaciones que permiten subir el bloc de notas al dispositivo. Todo es susceptible ya de ser adaptado. Empresas de casi todos los sectores desarrollan o investigan la forma de llegar más y mejor a sus clientes, y el teléfono, esa constante en la rutina, es la mejor forma. Hay quien intenta ir más allá del propio terminal. Tuenti publicaba en su blog el pasado 18 de junio que llega el phone sharing. No importa si te lo roban, se te cae a la piscina o te lo dejas en un taxi, puedes convertir cualquier móvil en tu móvil y llamar desde tu número entrando en su aplicación con tu usuario y contraseña.
Más allá del mundo de los operadores móviles, la salud. La mHealt fue término acuñado por Robert Istepanian en 2005: “El uso emergente de la comunicación móvil y la tecnología en red para la asistencia sanitaria”. Desde entonces, industria, gobiernos e investigadores han ido dando pasos en el desarrollo de este ámbito que cada vez amplía más las posibilidades en torno a la prevención y el control de enfermedades. El futuro se tejerá, en gran parte, a través de los dispositivos. Te presentamos ocho cosas, hoy imposibles, que podrás hacer con tu smartphone en unos años.

Realizar un control médico 



Vista de la página web de OScan.
La democratización de los conocimientos médicos en la sociedad crece desde la llegada de Internet, y las aplicaciones de este ámbito son algunas de las que más se nutren de los beneficios tecnológicos. Tanto, que la FDA (Agencia Americana de Medicamentos, en sus siglas en español) y la Unión Europea llevan más de dos años avanzando en la regulación de estas apps. La agencia norteamericana publicó en 2013 un informe con ciertas pautas que se debían seguir y avisaba de que revisarían aquellas que pudieran poner en riesgo al paciente. La Unión Europea creó, también hace un par de años, una lista de aplicaciones que, según sus criterios, eran útiles para los pacientes. Hablamos de un océano digital en el que hay más de 100.000 apps de salud en la Apple Store y la Google Play Store, según el último informe de Research2guidance.
Pero no solo las empresas están detrás de aprovechar al máximo las capacidades que puede dar el software de un smartphone. Desde hace años, también investigadores de todo el mundo realizan proyectos como el del Instituto Avanzado de ciencia de Tecnología de Corea (KAIST) que, en 2012, auguraba en una publicación alemana, Angewandte Chemie, que la tecnología de las pantallas táctiles podría usarse para detectar materia biomolecular como el ADN. “El primer paso para que un día puedan usarse para pruebas médicas”, según especificó Hyun Gyu Park, uno de los profesores de Ingeniería Química y Biomolecular que dirigió el estudio. Ese mismo año, el profesor asistente de Bioingeniería en Standford Manu Prakash desarrolló una forma de usar el móvil para crear imágenes detalladas de la cavidad bucal en pacientes con lesiones sospechosas, con un dispositivo tan grande como un paquete de chicles, OScan. Y el pasado abril, el Journal of Mobile Technology in Medicine,publicaba la aparición de D-Eye, una aplicación creada por el doctor Andrea Russo que convierte el smartphone en un oftalmoscopio portátil capaz de grabar y transmitir imágenes y vídeos del ojo en alta definición.

Combatir la deforestación de las selvas tropicales



Uno de los aparatos de Rainforest Connect.
La deforestación, esa plaga mundial creada por el hombre, es también susceptible de frenarse gracias a un proyecto forestal que usa los teléfonos inteligentes como espías. Se trata de un proyecto de Rainforest Connection, una ONG con sede en San Francisco que emplea móviles reciclados para registrar e identificar los sonidos de las motosierras que se usan para la tala ilegal. Los dispositivos se colocan en los árboles y están equipados con paneles solares para recargar la batería; cada uno protege 3,14 kilómetros cuadrados y envía una alerta cada vez que detecta el sonido de las motosierras. Así, la app Rainforest Connection se convierte, según la propia organización, “en el primer sistema de detección en tiempo real en el mundo y proporciona los datos, abierta, libre y de forma inmediata, a cualquier persona”.

No cargarlo jamás (o tardar un minuto en hacerlo)


La batería. Esa pequeña parte que puede convertirse en la más odiada cuando la necesitas… y no está. El uso continuo del aparato, la cantidad de aplicaciones que funcionan (en primer o segundo plano) y la cantidad de recursos que necesitan algunas de ellas, provocan que la barra verde desaparezca cada pocas horas. Una búsqueda en Google ofrece millones de resultados: cómo alargar la batería del móvil, trucos para hacer que las aplicaciones no la consuman, etcétera. Aunque con el tiempo se han ido mejorando y adaptando a los nuevos usos, sigue siendo un problema si no se dispone de una de esas baterías portátiles a las que, obvio, el piloto también se les pone en rojo. Pero no todo está perdido, científicos de la Universidad de Standford han inventado la primera batería de aluminio de alto rendimiento: carga duradera, rápida y con un coste bajo. Hongjie Dai, profesor de Química en la universidad, y sus colegas la definen como “una batería de aluminio-litio recargable y ultrarrápida”. Mientras que la recarga actual de un smartphone puede durar un par de horas, esta nueva batería podría hacerlo en un minuto.

Ayudar a crear un páncreas artificial



El móvil con plataforma Android del proyecto de la Universidad de Virginia.
347 millones son las personas con diabetes en el mundo, según las cifras de 2014 de la OMS; organización que además, estima en 1,5 millones las muertes por esta afección en 2012 y señala que en 2030 será la séptima causa de mortalidad. Esta enfermedad crónica aparece cuando el páncreas no produce suficiente insulina o cuando el organismo no usa de forma eficaz esta hormona, que regula el azúcar en la sangre. Desde la Universidad de Virginia, Daniel Cherñavvsky contesta al teléfono. Es uno de los investigadores que trabaja en la tecnología para crear un páncreas artificial a través del software creado por el centro de diabetes tecnológica de la universidad incorporado a un móvil Android para pacientes con diabetes tipo 1 (la que suele desarrollarse en el inicio de la infancia).
"Este dispositivo regula la administración subcutánea de insulina de modo que siga la onda ascendente o descendente de glucosa en la sangre. Si el azúcar en la sangre sube, el sistema avisa a la bomba de que tiene que mandar más insulina y viceversa. La manera en que el sistema se informa del valor de glucosa es mediante un sensor colocado en el tejido subcutáneo que mide la glucosa del fluido intersticial del paciente cada cinco minutos, esa es la información que manda al teléfono. Nosotros lo monitoreamos de forma remota", explica Cherñavvsky, que sigue a 30 pacientes repartidos por todo el mundo. Por ahora, el sistema tiene valor predictivo pero no adaptativo: "Avisa media hora antes si el paciente va a estar en hipoglucemia o hiperglucemia. Nuestro próximo reto es que no solo funcione con valores predeterminados, sino que se adapte a los hábitos de conducta diaria del afectado".
Los resultados médicos avalan una mejora en la regulación de la glucemia manteniendo al paciente en normoglucemia, valores normales de azúcar en la sangre, por más tiempo durante el día, y evita riesgos de hipoglucemia, sobre todo durante la noche, que pueden generar complicaciones como convulsiones o, incluso, la muerte. Desde el punto de vista social, este sistema permite una rutina más fácil y más llevadera, "sobre todo en adolescentes", puntualiza el investigador. Pero, ¿cuánto queda para que esto sea una realidad? No mucho, según las previsiones del equipo: "No tengo una bola de cristal y no quiero aventurar nada, pero podría estar en el mercado en dos años o dos y medio".

Reducir la contaminación



El sensor creado por los investigadores del MIT. / MELANIE GONICK
“Cómo se nota cuando llueve”. Es una frase bastante común en Madrid, y se refiere a la calidad del aire que se respira. No muy buena, como en casi cualquier gran ciudad del mundo. El último informe de la OMS, publicado el pasado abril, sobre el coste económico que produce la polución del aire en la salud, dio como resultado que la contaminación le pasa una factura a Europa de 1,4 billones de euros en enfermedades y muertes cada año. Contra estas cifras trabajan organizaciones internacionales, asociaciones, gobiernos y ahora, incluso el papa Francisco.
En el MIT, un equipo de investigadores químicos, ha creado un sensor que puede ser leído por un móvil y que detecta gases y contaminantes ambientales (amoníaco gaseoso, ciclohexanona y peróxido de hidrógeno, entre otros). Los dispositivos no son caros de fabricar, una de las razones por las que podrían extenderse fácilmente y que desde el propio equipo ponen en valor.

Colaborar en la lucha contra alzhéimer, el cáncer o el párkinson



Vista de la página web de Folding@Home.
“Ayuda a los científicos de la Universidad de Standford a estudiar el alzhéimer, el párkinson y muchos tipos de cáncer simplemente instalando un programa en su ordenador”. Es la primera frase que puede leerse en la página dedicada al proyecto Folding@home. Una colaboración a la que cualquiera puede unirse y que consiste en permitir que el equipo de la investigación use tu ordenador para hacer simulaciones mientras duermes. Ya tiene más de 139.000 personas que se han unido a su causa, lo que significa que procesan los datos en 139.000 equipos alrededor del mundo. Ahora han desarrollado ese concepto para móviles con el mismo nombre y ya está disponible en la Google Play Store.
“Hay mucha gente con teléfonos muy poderosos, si podemos usarlos de manera eficiente, se prepara el escenario para algo realmente grande”, explicó Vijay Pande, el director del laboratorio que ha creado este proyecto de software. El estudio pretende conocer más a fondo el proceso de plegamiento de proteínas, ya que un error en esa cinta lineal de moléculas que se estira y se enrolla como un ovillo puede causar enfermedades. El equipo explicó que, por ejemplo, en pacientes con cáncer, los doctores disponen de varios medicamentos para prescribir, y necesitan hacer el mejor diagnóstico posible para elegir qué droga dar primero. Si fallan, tienen que volver a decidir. En enfermedades tan sensibles al tiempo como el cáncer, el proceso se dificulta. Conocer el funcionamiento de las proteínas, aseguran, ayudaría a decidir mejor ese primer medicamento. Algo que podría salvar muchas vidas.

Imprimirlo desde casa


En los últimos años las impresoras 3D hasta han cocinado. Casi cualquier cosa parece posible con estos aparatos. ¿Por qué no un smartphone? Ya puede imprimirse la carcasa de un móvil, incluso personalizada, en esta página web. ¿Cuánto tiene que pasar para que puedan imprimirse los distintos componentes? No mucho si las empresas que los fabrican decidieran dejar volar los diseños.

Vivir en una ciudad inteligente



Un sensor en un contenedor de basura en Barcelona. / DAVID RAMOS (BLOOMBERG)
Tal vez sea en un laboratorio de la Universidad de Washington donde esté la clave para hacer factible una ciudad inteligente. Los múltiples sensores que hacen posibles estos lugares requieren de una fuente de energía continua para trabajar. Investigadores de la universidad estadounidense están probando un nuevo método que recoge energía a través del aire, usando las señales de radiofrecuencia que envían los routers y canalizándolos a otro router estándar. Ya han sido capaces de cargar pequeños dispositivos sin que eso perjudicara la velocidad de navegación del lugar de donde provenía la señal. El equipo del Sensor Systems Laboratory es consciente de que, en este momento, la energía que pueden producir se limita a la carga de aparatos de reducido tamaño. Pero este es solo un primer paso.
Esta información, patrocinada por Tuenti, ha sido elaborada por una colaboradora de EL PAÍS.

Expectativas brutales

Manuel Pérez-Alonso es profesor en la universidad de Valencia, investigador y director del Instituto de Medicina Genómica de Valencia.
P. ¿En qué contexto se están produciendo los avances?
R. Casi todo lo que se hace hoy en genética es para el diagnóstico y el cuidado de personas con una enfermedad. Pero la evolución a la que vamos, y de forma bastante rápida, es que todo el conocimiento del genoma va a permitir atender y cuidar también a las personas sanas. En Europa va más lento, y en España es muy minoritario (casi en la frontera de lo creíble) pero en Estados Unidos es una realidad más cotidiana; algunas empresas ya hacen estudios genómicos a personas sanas y les ofrecen hábitos y pautas de vida.
P. ¿Cuál es la “foto” hoy?
R. De todo el genoma humano, solo conocemos el funcionamiento con bastante detalle de 3.000 del total. En el resto, cuando se produce un cambio o una mutación, aunque los veamos, no sabemos qué consecuencias tendrá para esa persona. Pero eso está cambiando cada vez más rápido, casi cada semana se van descubriendo nuevas funciones biológicas de esos genes que siguen en la nebulosa.
P. ¿Cómo encajan las aplicaciones móviles en este desarrollo?
R. Llegó Internet, luego la nube, el big data y las aplicaciones móviles, que van va a tener una utilidad dentro de este campo. Se está visionando una situación en la que las personas van a tener su genoma completo. Esa información tendrá que ser, no solo almacenada, sino reanalizada periódicamente en función de la nueva información que vayamos consiguiendo. El almacenamiento es la parte más sencilla, y ahí están ya Google, Amazon y Apple compitiendo por dar ese servicio.
P. ¿Cómo ve el futuro?
Es difícil plantear un futuro a largo plazo, pero en 20 años, por ejemplo, creo que es una certeza que, si siguen existiendo las apps, será ahí donde saltará la notificación de que hay una nueva versión en el conocimiento del genoma humano, lo que significará que podrán volverse a reinterpretar esos datos y saber más sobre la propia constitución biológica. Las expectativas sobre lo que se puede hacer son brutales.