Mostrando entradas con la etiqueta Bousoño Carlos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bousoño Carlos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de octubre de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre Carlos Bousoño y su poesía. Víctor García de la Concha

   En "El País":

De izquierda a derecha, José Antonio Muñoz Rojas, Vicente Aleixandre, Leopoldo Panero, Dámaso Alonso, Carlos Bousoño y José Luis Cano, en 1943.

Cuando Ortega y Gasset vio por primera vez a aquel mozo alto, rubio, de tez blanca y ojos azules, le dijo: “Usted es celta. ¿Dónde nació?”. “En Boal, junto al río Navia”, contestó Carlos. “¿Ve? No me equivoco nunca”. En la vieja casa familiar había descubierto muy niño las obras de Zorrilla y de Campoamor, su paisano, y rompió a escribir miméticamente cual si fuera un muchacho de la época de la Restauración.
Pasó después, en los años del bachillerato ovetense, a la admiración por Rubén y el Modernismo. Y, al fin, Madrid: Dámaso Alonso, maestro cercano en la Universidad, y la casa y la amistad íntima de Vicente Aleixandre abiertas de par en par. En su cenáculo poético iba a encontrarse con Valverde, Gaos, Nora, Blas de Otero...
Entre las ruinas de la guerra civil la poesía se había refugiado mayoritariamente en el garcilasismo: formas clásicas, un simbolismo desleído y una religiosidad sentida o soñada. Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y Sombra del Paraíso, de su amigo Aleixandre, fueron en 1944 “un viento huracanado capaz de barrer de un golpe el amanerado mundo de exquisiteces” (Eugenio de Nora).
Comenzaron a aparecer, audaces, los poetas sociales; junto a ellos quienes, atentos al hombre en su circunstancia concreta, producían una escritura realista, y, en fin, los que, como Bousoño, enraizados en una preocupación ética, se esforzaban en crear una poesía existencialista, buscando una salida para la angustia del vivir.
Creyó Bousoño encontrarla en una dimensión religiosa acentuada en sus dos primeros libros, Subida al amor y Primavera de la muerte. De manera sucesiva cantó en Noche del sentido la realidad contemplada desde la nada o desde la muerte y, al mismo tiempo, la realidad captada en un instante fijo, lo que producía la Invasión de la realidad. El verdadero protagonista de los versos era entonces el tiempo, y los poemas se movían entre la oda o el himno y la elegía. Su ética cívica le hacía escribir: “Tú, España, eres de cosa / rota en el aire de una vida quieta. / Cómo no amarte. Cómo no quererte”.
Entretanto, el Bousoño profesor reflexionaba sobre la teoría poética y publicaba obras absolutamente pioneras en el panorama español, como Teoría de le expresión poética o La poesía de Vicente Aleixandre. Al hilo de esas reflexiones cambió su estilo de escritura y la poesía misma. Del estrofismo lineal que encauzaba la emoción en el ritmo a una complejidad expresiva que nos sorprendía en Oda a la ceniza o Las monedas contra la losa. El análisis se hacía contemplación.
Era Bousoño el académico más antiguo de la Real Española. Todos los jueves formaba grupo invariable con Nieva, Brines y Claudio Rodríguez. Todos ellos siguieron de cerca durante un tiempo la ilusión de Claudio por escribir un largo Poema de senectute que, tras varios intentos, abandonó para adelantarse en la despedida. Carlos fue adentrándose poco a poco en la niebla. Se nos ha ido dejando aquí una obra poética y de magisterio teórico y crítico de primer orden.
Víctor García de la Concha es director del Instituto Cervantes.

martes, 27 de octubre de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre la poesía de Carlos Bousoño. Darío Villanueva

Carlos Bousoño

   En "El País":

Carlos Bousoño, activo miembro de la Real Academia Española durante 35 años, es autor de una obra poética inspirada, sustantiva e intensa, desde su libro juvenil Subida al amor hasta Primavera de la muerte. Poesías completas (1945-1998). Al tiempo, su producción como teórico de la literatura y crítico de poesía fue monumental. Después de su estudio clarividente sobre la lírica del primero de sus grandes maestros, Vicente Aleixandre, Bousoño publicó en 1951 al alimón con el segundo de ellos, Dámaso Alonso, Seis calas en la expresión literaria española, antes de iniciar ya, en solitario, la empresa de toda una Teoría de la expresión poética, premio Fastenrath de la RAE, aventura que cerrará con los dos volúmenes de la quinta edición casi veinte años después de la primera. Completó su teoría con sendos libros sobre el símbolo, que relacionó por una parte con el irracionalismo poético y con el movimiento surrealista por otra. Su aportación a la ciencia de la literatura incluiría también una ambiciosa cala en el terreno de la historia: su tratado en dos tomos Épocas literarias y evolución.
En su conjunto, sus reflexiones sobre el hecho poético y literario en general constituyen uno de los corpus teóricos más coherente y completo de la teoría de la literatura contemporánea, cuyas bases sentó el formalismo ruso a principios del siglo XX y luego desarrollaron el Círculo de Praga, los estructuralismos y la semiótica, con la contribución del close reading anglosajón, alimentado por las reflexiones metaliterarias de grandes poetas como T. S. Eliot o Ezra Pound.
Bousoño voló con alas propias por el vasto espacio abierto por la estilística, nacida en el seno de la romanística europea bajo la inspiración de filólogos alemanes como Vossler, Hatzfeld o Spitzer, pero también gracias a algunos representantes de la escuela de filología española como los dos Alonsos, Amado y Dámaso. A este último le viene como anillo al dedo el rubro de “poeta profesor”, que tuvo entre los miembros de la Generación del 27 otros ejemplos tan destacados como Pedro Salinas, Jorge Guillén o Luis Cernuda. Bousoño lo fue también: un profesor tan brillante, riguroso y elocuente como lo era simultáneamente en su dimensión de poeta. Un poeta de temas trascendentales: desde la angustia existencial y el diálogo del hombre con Dios hasta la afirmación de la vida y la fraternidad (que incluye el tema de España: Mas te amo, patria, vapor, fantasma, sueño), todo ello bajo el misterioso dosel del tiempo.
Al revivir todo lo que Bousoño ha sido, lo que es y será para nuestra literatura, es imposible no pensar en la gran tradición de la poesía metafísica, desde Quevedo hasta los poetas de los lagos. A uno de ellos, Samuel Taylor Coleridge, se debe una definición minimalista de la poesía que bien podría estar en la base y el fundamento de la estilística de Bousoño: las mejores palabras en el orden mejor. Su oficio de poeta le obligaba a porfiar constantemente en esta búsqueda, pues para Bousoño la poesía es ante todo verbo, en cuyo poder taumatúrgico, creativo, cree firmemente.
Pero no basta con el acierto formal para que brote la llamarada poética. Si los componentes verbales del poema pueden ser diseccionados, revelados, estudiados e, incluso, retóricamente aprendidos, para Bousoño solo con esto, que no es poco, nos falta la clave: la emoción lírica. Bien entendido, sin embargo, que esta viene siempre por una sustitución realizada sobre la lengua.
Y es aquí donde Bousoño sitúa, en el origen de su teoría de la expresión poética, no tanto su experiencia como poeta, sino su intuición como lector. Aquella emoción lírica es cointencional: así poesía es comunicación. Siempre a través de las palabras arduamente escogidas del poema el lector proyecta sus propias vivencias sobre las que el poeta haya podido sufrir o gozar. Por eso, orteguianamente, los grandes poetas, como Carlos Bousoño, siempre nos plagian.
Darío Villanueva es director de la Real Academia Española.

lunes, 26 de octubre de 2015

POESÍA. "Análisis del sufrimiento". Carlos Bousoño (1923-24 octubre 2015)

Carlos Bousoño

Análisis del sufrimiento
                                                                               A José Olivio Jiménez.

El cruel es un investigador de la vida,
un paciente reconstructor, un objetivo relojero, un perito
que quisiera conocer la existencia,
el secreto de la vida que en el sufrimiento se explora.

El amante de la sabiduría está listo
para su operación delicada.
Y la materia del análisis queda
a su merced: un hombre sufre.

Horrible es conocer la verdad, y el miserable hallazgo
destruye a quien lo obtiene,
pues nadie en otro pudo ni podrá nunca conocer hasta el fondo
en su verdad palpable, sin morir,
la vida misma revelada.

Sin embargo, es muy cierto
que el sufrimiento expresa
al hombre, aunque lo arruina,
porque tras la experiencia dolorosa
es otro hombre el que nace, al conocerse,
y conocer el mundo.

No siempre, ciertamente,
puede quien ha sufrido
resistir todo el peso de su sabiduría.
Alguno nunca vuelve
a la vida, pues es difícil ser
tras la vergüenza de haberse así sabido.

Otros viven, mas rota
su dignidad en la infamia
que todo dolor es,
indignamente
prosiguen, y una mueca
es su gesto, su hábito.
Hay quien asume
de otro modo el dolor,
la concentrada reflexión que todo dolor es.

Tras la meditación espantosa, el hombre puede oír,
palpar, ver,
y conocerse y ser entre los hombres.

Y he ahí como el cruel se equivoca
en su filosófica labor, porque sólo quien sufre,
si acaso lo merece,
logra el conocimiento que el cruel buscara en vano.

Conoce aquel que sufre y no el que hace sufrir,
éste no sobrevive a su conocimiento,
y aunque tampoco el otro muchas veces
puede sobrellevar esa experiencia
terrible, logra en otras
escuchar sorprendido
el más puro concierto,
la melodía inmortal de la luz inoíble,

en el centro mismo de la humana miseria.