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miércoles, 17 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "La muchacha indecible". Gustavo Martín Garzo

   En "El País":

La muchacha indecible

Estamos en la Francia ocupada donde no se concede a los judíos otro estatus que el de apestados y en la que se ven obligados a obrar como forajidos para sobrevivir. Y Patrick Modiano los ama precisamente por eso


NICOLÁS AZNÁREZ
Tiene La dolce vita, la película de Federico Fellini, uno de los finales más extraordinarios de la historia del cine. Marcelo, alter ego del director, tras deambular por la noche romana en busca de aventuras eróticas y noticias para la revista de cotilleo en que trabaja, termina en una de esas fiestas interminables en que un grupo de burgueses se entrega a todo tipo de previsibles excesos. Abandonan la casa al amanecer para acercarse a la orilla del mar, atraídos por un grupo de pescadores que sacan sus redes del agua. Han atrapado a un pez monstruoso y todos lo miran con sorpresa y repulsión. Marcelo se aparta un momento de ellos atraído por una chica muy joven, casi una niña, que le hace señas desde la distancia. Se conocen, pues unas escenas antes han coincidido en un pequeño bar de la zona, en el que ella trabaja de camarera. La chica está lejos, separada del grupo por una lengua de agua, y trata de decirle a Marcelo algo con sus gestos. Insiste varias veces, pero este, que no la entiende, se encoge de hombros y se aleja siguiendo el rastro de tedio, quejas e infelicidad del grupo de trasnochadores.
Giorgio Agamben, en su libro La muchacha indecible, habla de una muchacha así. Es la Kore griega (korai son las muñequitas que en las proximidades de un templo eran colgadas en las ramas). Kore está jugando con otras jóvenes cuando Hades la rapta. “Que una joven muchacha que juega se vuelva cifra perfecta de la iniciación suprema y de la consumación de la filosofía (...) he ahí el misterio”. Ella era la figura esencial de los misterios de Eleusis. Sus actos y gestos representaban, como afirma Agamben, “un tipo de conocimiento que hemos perdido, un conocimiento que permite a los iniciados mirar su propia existencia de un modo completamente nuevo y más feliz”. Un conocimiento que hemos perdido... por eso, en la película de Fellini, Marcelo no entiende lo que le dice la muchacha y se aparta de ella (como hace José Sacristán al final de Magical Girl, la película de Carlos Vermut, cuando dispara contra la niña mágica al no soportar su mirada).
En su novela Dora Bruder, Patrick Modiano se enfrenta al enigma de una muchacha como estas. Todo empieza porque un día el novelista lee en un viejo periódico de 1941 este anuncio: “Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París”. Patrick Modiano conoce bien esa calle, pues la ha recorrido muchas veces con su madre cuando iban a un mercado de pulgas que había cerca. Más tarde, en su juventud, una amiga suya vivió en esa misma calle. Había allí un par de cafés y un cine que frecuentaban y Patrick Modiano pasó numerosas veces frente al portal donde había vivido Dora Bruder con sus padres.
Es esta misteriosa proximidad la que le hace iniciar una investigación tras las huellas de la muchacha. Quiere saber cómo vivía, la forma en que veía cada mañana las mismas calles y lugares que él recorrió en su propia infancia. Y va descubriendo cosas: que ha estado en un internado, de donde se fugó, y que más tarde regresa con sus padres para volver a fugarse; que es judía y que su pista se pierde en el campo de concentración de Auschwitz un día de julio de 1942.

Descubre cartas donde se preguntan por gente que ha desaparecido en los campos de concentración
Modiano se pregunta si lo que la impulsó a fugarse es la misma decepción que él mismo sufrió respecto a sus padres, que no le supieron querer. Y se da cuenta de que al tratar de seguir su rastro no está haciendo sino levantar el acta de su propia memoria y de su propia vida. “Por entonces era ya igual de sensible que ahora en lo tocante a las personas y las cosas a punto de desaparecer”, escribe. Eso es la muchacha indecible, alguien, en quien presencia y ausencia, pensamiento y visión se confunden. ¿Símbolo tal vez de ese sentido, de esa verdad que se esconde cuando tratamos de alcanzarla?
Cuando Dora Bruder se fuga del internado París es una ciudad hostil, patrullada por soldados y policías, con constantes toques de queda, y arbitrarias detenciones. Estamos en la Francia ocupada. Un país donde las ordenanzas alemanas, las leyes de Vichy y los artículos de los periódicos no conceden a los judíos otro estatus que el de apestados y de delincuentes comunes, y en que estos se veían obligados a obrar como forajidos para sobrevivir. Y Modiano los ama precisamente por eso.
Descubre cartas de padres y familiares que preguntan por sus hijos, maridos y mujeres desaparecidas en los campos de concentración. Se pregunta por otra joven, Hena, que había nacido en Polonia en 1922, a la que se detiene por su deseo de casarse con un ario, y que vivía en una calle cuya cuesta también él ha subido muchas veces. Se pregunta por aquellas mujeres que los alemanes llamaban las amigas de los judíos, que tuvieron el valor de llevar la estrella amarilla en solidaridad con los perseguidos. Una se la colgó desafiante al cuello de su perro, el primer día que los alemanes impusieron a los judíos la obligación de llevarla.

“Nunca sabré cómo pasaba los días, dónde se escondía”, escribe en ‘Dora Bruder’. “Es su secreto”
Patrick Modiano anota los nombres de todas ellas, los nombres de las calles y de los lugares que recorrieron, toma nota de los cambios climatológicos que entonces tuvieron lugar, en su afán de no perder por completo el contacto con esa muchacha lejana. “Vuelven las palabras, intactas —escribe—, como los cuerpos de aquellos dos novios que encontraron en la montaña atrapados en el hielo, y que llevaban cientos de años sin envejecer”.
En la obra de Modiano se repite una y otra vez la imagen de esas ventanas iluminadas en la noche de las que no podemos apartar la mirada. “Nos decimos que detrás de ellas alguien a quien hemos olvidado espera nuestro regreso desde hace años, o bien que ya no hay nadie. Salvo una lámpara que se ha quedado encendida en el piso vacío”. La muchacha indecible ha estado en una habitación así y la lámpara que queda encendida es su último gesto antes de marcharse. Giorgio Agamben nos recuerda que originalmente misterio significa solo una praxis: “gestos, actos y palabras a través de los cuales una acción divina se realizaba eficazmente en el tiempo y en el mundo para la salvación de lo humano”. No hay en esa salvación ninguna certeza, solo titubeo, precariedad, porque tiene lugar en esa zona de indefinición donde lo alto y lo bajo, la luz y la sombra, el sueño y la vigilia se comunican.
La Kore de los misterios de Eleusis, la Dora Bruder de Modiano, la muchacha de la última escena de La dolce vita permanecen en umbrales así. Son pocos los escritores o los cineastas actuales que las prestan atención y se inclinan a seguirlas. Patrick Modiano siempre lo ha hecho. Dora Bruder, La hierba de las noches, El café de la juventud perdida son algunas de las novelas en las que nos habla del misterioso regreso de esas muchachas del mundo de los muertos. “Nunca sabré cómo pasaba los días —escribe al final de su libro Dora Bruder—, dónde se escondía, en compañía de quién estuvo durante los primeros meses de su primera fuga y durante las semanas de primavera en que se escapó de nuevo. Es su secreto. Un modesto y precioso secreto que los verdugos, las ordenanzas, las autoridades llamadas de ocupación, la prisión preventiva, la historia —todo lo que nos ensucia y destruye—, no pudieron robarle”. Modiano no escribe para desvelar ese misterio, pues ¿cómo podría hacer algo así?, sino para protegerlo.
Gustavo Martín Garzo es escritor.

martes, 9 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Modiano se define como un novelista 'prisionero de su tiempo'

   En "El País":

Modiano se define como un novelista “prisionero de su tiempo”

"Los escritores del futuro garantizarán el relevo como hace cada generación desde Homero", dice en su discurso del Nobel

 /  Madrid / Madrid 7 DIC 2014 - 21:16 CET

Modiano se dispone a leer su discurso del Nobel, en Estocolmo. / ANDERS WIKLUND (AP)
El novelista francés Patrick Modiano mezcló este domingo por la tarde en Estocolmo en su discurso del Nobel las grandes obsesiones que han marcado su vida y su obra: la importancia de la historia y del presente, París y la ocupación nazi de Francia durante la II Guerra Mundial, pero también también la timidez y la idea de que el narrador debe ocupar un discreto segundo plano mientras encuentra su propia voz. Modiano reivindicó el papel del escritor como testigo de su tiempo. "Un novelista está marcado de forma indeleble por su fecha de nacimiento y por su tiempo, incluso si no ha participado de forma directa en la acción política, incluso si da la impresión de ser un solitario, atrincherado en lo que llaman su torre de marfil", aseguró el autor francés durante su lectura en la Academia sueca.
"Prisionero de su tiempo, un narrador está marcado por la percepción de la época en la que ha nacido y en la que vive", agregó el autor de novelas como Dora Bruder o El lugar de la estrella, obras en la que la historia reciente de Francia, sobre todo la II Guerra Mundial, tienen un papel esencial. Modiano se describió a sí mismo como "un niño de la guerra, que debió su nacimiento al París de la ocupación".
El novelista se describió como un escritor del siglo XX, con una cierta nostalgia ante los grandes narradores del siglo XIX por "aquel tiempo transcurría de una forma más lenta que el de hoy y esta lentitud era esencial para el trabajo del narrador, porque podía concentrar su energía y su atención".
"Pertenezco a una generación intermedia y me despierta la curiosidad saber cómo las generaciones que me siguen, que han nacido con Internet, los teléfonos móviles, el correo electrónico y Twitter, se expresarán a través de la literatura en este mundo en el que siempre estamos conectados y en el que las redes sociales comprometen una parte de la intimidad y el secreto que era nuestro valor más preciado hasta hace poco tiempo, porque da profundidad a las personas y es un gran tema literario", afirmó sin dejarse llevar, sin embargo, por ningún tipo de pesimismo. "Estoy convencido de que los escritores del futuro garantizarán el relevo como hace cada generación desde Homero", afirmó el escritor que, dijo, siempre ha tratado de "expresar en todas sus obras algo intemporal". Modiano también se reconoció emparentado con pintores, como Modigliani, así como con músicos "que practican un arte superior al de la novela".
Publicado en España por Anagrama, Seix Barral Alfaguara y Cabaret Voltaire, Modiano es autor de novelas cortas, que en su mayor parte transcurren en París durante la II Guerra Mundial, como Villa triste, la trilogía de la Ocupación o Un pedigrí. Cuando supo que había ganado el Nobel, confesó haberse quedado totalmente desconcertado y aseguró que siguió caminando. Este desconcierto quedó reflejado en su discurso de Estocolmo: "El anuncio del premio me pareció irreal y quise saber por qué había sido elegido. Ese día creo que nunca sentí de una forma tan fuerte cómo un novelista es ciego ante su obra y cómo los lectores en realidad saben mucho más que él".
"Un escritor, o por lo menos un novelista, tiene muchas veces relaciones difíciles con la palabra. Y si recuperamos la distinción escolar entre escrito y oral, un novelista siempre estará más dotado para lo escrito. Tiene la costumbre de guardar silencio y, si quiere entrar en un determinado ambiente, debe fundirse con la multitud", dijo al principio de su discurso el autor de En el café de la juventud perdida.
Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), un narrador preciso, de frases claras que fluyen casi sin el lector se dé cuenta, hizo una maravillosa definición del trabajo de novelista: "Curiosa actividad solitaria la de escribir. Uno atraviesa momentos de desesperanza cuando se redactan las primeras páginas de una novela. Se enfrenta cada día a la impresión de haber tomado el camino equivocado. La tentación de volver atrás es grande y de tomar otro camino. Pero no hay que caer en ella sino seguir el mismo camino. (...) Cuando uno está a punto de terminar un libro, parece que este comienza a despegarse y que respira el aire de la libertad, como los niños en clase, la víspera de las vacaciones de verano".
"Pero la vocación del novelista, ante la gran página en blanco del olvido, consiste en hacer resurgir algunas palabras a mitad borradas, como icebergs perdidos a la deriva sobre el océano", fueron las palabras con las que cerró su discurso.
El novelista es el decimoquinto autor francés galardonado con el premio Nobel de Literatura. Recibirá su recompensa el miércoles de manos del rey de Suecia junto a los otros laureados.

miércoles, 22 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Octubre Modiano". Antonio Muñoz Molina

   En "Babelia":

Octubre Modiano

Empieza uno a leer un libro del francés y cuando sale a la calle va entre absorto y atento


Madrid no es París, pero la percepción interior de la ciudad puede parecerse mucho, sobre todo si uno está leyendo a Modiano. / BERNARDO PÉREZ
Patrick Modiano es un escritor contagioso. No es posible leerlo sin transfigurarse un poco en un personaje suyo. Empieza uno a leer una novela de Patrick Modiano y cuando sale a la calle ya nota que va entre muy absorto y muy atento, percibiéndolo todo a su alrededor y al mismo tiempo echando en falta lo que ya no existe, fijándose en los desconocidos y en las desconocidas que pasan y en los nombres de las tiendas, en todo eso que uno de sus personajes llama “puntos fijos”, elementos de referencia que le permitan a uno mantenerse orientado en el plano de la ciudad y en los otros planos simultáneos o sucesivos del tiempo. Uno va por la calle, en este octubre atlántico de Madrid, con una novela de Modiano en el bolsillo, y se parece al muy probable narrador de esa misma novela, que quizá llevará un libro de título raro comprado en un puesto de segunda mano o un cuaderno en el que vaya apuntándolo todo: nombres de calles de París que muchas veces aluden a ciudades o a países extranjeros, direcciones de personas o de negocios tomadas de los anuncios por palabras, nombres de cines, de cafés, de tiendas, de librerías, números de teléfono.

El París de Patrick Modiano, como el Dublín de Joyce, es una ciudad literal y la metáfora de un estado de espíritu
Los libros de Patrick Modiano son tan breves que pueden llevarse sin dificultad en el bolsillo de la chaqueta. Son novelas en las que sumergirse y guías exactas para caminar por una gran ciudad en la que llegar en línea recta al punto de destino es mucho menos interesante que tomar atajos inesperados o dar grandes rodeos que pueden terminar en parajes desconocidos, calles que parecerán de una capital de provincias o de una ciudad en otro continente, o lugares del pasado. En las novelas de Modiano las caminatas siempre tienen lugar en París, pero eso no impide que le sirvan también a uno como guías prácticas para sus itinerarios por la ciudad donde vive. El París de Modiano, como el Dublín de Joyce, es una ciudad literal y la metáfora de un estado de espíritu. Voy en el metro leyendo En el café de la juventud perdida. Un narrador dice que el otoño le parece la estación de las promesas, no el anuncio del invierno, sino el limpio principio de algo, de una vida nueva, como esos días de principio de curso en los que se mezcla el olor de la lluvia con el de los cuadernos y los lápices recién adquiridos. Llego a mi estación, cierro el libro, lo guardo en el bolsillo, y al emerger de las escaleras salgo a una mañana que es de Madrid y al mismo tiempo del París de la novela: las gabardinas, el frío húmedo, las rachas de lluvia, las grandes nubes viajeras atravesando el cielo. Madrid no es París, pero la percepción interior de la ciudad puede parecerse mucho, sobre todo si se lleva unos días leyendo a Modiano, y si uno, inevitablemente, ha empezado a parecerse a uno cualquiera de sus narradores, tan semejantes todos entre sí, y de manera sutil tan distintos, como esas voces que se suceden en En el café de la juventud perdida, voces de hombres y mujeres, de vivos y de muertos, unidas por el hilo de una música muy semejante y sin embargo dotadas cada una de su inflexión singular, dueñas de una parte limitada, un fragmento de historia que solo existe completa en la imaginación del lector: completa porque tiene un principio y tiene un fin, pero llena de espacios en blanco, de zonas de incertidumbre y oscuridad. En un libro de Modiano, sea de ficción, de recuerdo explícito o de indagación sobre hechos reales, no hay presencia que no sea insegura y fragmentaria, y el contorno de cada una de ellas está definido por el contraste con el número siempre mayor y siempre creciente de las ausencias. Los aparecidos y los desaparecidos pueblan su literatura, y la ciudad por la que se mueven está igualmente hecha de lugares reales y visibles y de otros que ya no existen.
Ha dicho Modiano que si hubiera vivido en el siglo XIX, sus novelas habrían tratado de personajes y de cosas más sólidas. Pero el tiempo de su vida, ya desde antes de su nacimiento, ha sido el de las desapariciones y las demoliciones, una época en la que la palabra desaparecido dejó de ser un adjetivo para convertirse en sustantivo; en la que las guerras adquirieron la suficiente fuerza destructiva para que ciudades enteras pudieran desaparecer de la noche a la mañana. Para mí la cima y la síntesis de la literatura de Patrick Modiano es Dora Bruder: no una novela, sino el relato de una búsqueda real, condenada a no concluirse nunca, porque es una tentativa de restituir la biografía de alguien que es poco más que un nombre en el catálogo inmenso de los perseguidos, los desaparecidos, los eliminados sin rastro. El narrador, Modiano mismo, busca una vez más algo, sigue el rastro inseguro de alguien, recorre calles, comprueba direcciones, indaga en viejas guías de teléfonos y en archivos de periódicos, se deja llevar por sus pasos hacia lugares periféricos de París en los que el recuerdo de su niñez linda como una frontera junto al gran vacío del tiempo anterior a los primeros recuerdos y a la propia vida.
La ficción nos permite seleccionar rasgos significativos o rellenar los espacios en blanco con invenciones plausibles: en Dora Bruder, que trata de la persona real que llevó ese nombre en París, en los peores años de la Ocupación, una adolescente judía de cuya existencia Modiano se enteró por azar, los límites de lo que se cuenta coinciden exactamente con los de lo que se sabe, y lo irreparable del desconocimiento y la velocidad del olvido son injurias casi tan tristes como el crimen en sí, uno entre millones, rescatado del anonimato por el deseo de conocimiento y restitución que es el impulso más noble de la literatura.
Tenía en una pila de libros pendientes La hierba de las noches y lo he leído en dos días. Pero las novelas de Modiano se leen tan rápido y son tan adictivas que he vuelto de inmediato a En el café de la juventud perdida. Tienen una longitud muy parecida a las de Simenon: una inmersión rápida y poderosa, un suspenso demorado pero con límites muy estrictos, un final al que uno va acercándose con una sensación a la vez de alarma y de deslumbramiento. El formato de los libros de bolsillo franceses es tan ideal para la lectura de Modiano como para la de Simenon. Van contigo, livianos y flexibles, dóciles y sin peso para las grandes caminatas, para el asiento del metro o del café, o para la holgazanería lectora en el sofá. Lee uno a Modiano y por contagio de su escritura se le acentúan las resonancias del pasado y se vuelve más atento a la percepción del presente. Esa voz interior de cada novela suena muy familiar porque se parece a la de otras novelas anteriores de Modiano, pero sobre todo se parece a la tuya. Eres tú quien va por la ciudad, quien observa, quien extraña, quien imagina, quien vive en varios tiempos a la vez, quien nunca se cansa de andar.

sábado, 11 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Modiano, un Nobel que cambió el pasado"

   En "El País":

Modiano, un Nobel que cambió el pasado

Sus libros y su guión de la película 'Lacombe Lucien' son fundamentales para entender Francia durante la ocupación


Pierre Blaisse en una imagen de 'Lacombe Lucien'.
En casi todos los colegios de París, una placa recuerda a los niños judíos que fueron deportados durante la Segunda Guerra Mundial y asesinados en los campos de exterminio nazi. En el barrio del Marais, donde históricamente se concentra la mayor población judía de la capital francesa, las placas son constantes y un recuerdo palpable del horror que se abatió sobre Europa bajo el dominio del terror hitleriano. Sin embargo, en las últimas décadas, en esas placas se produjo un cambio fundamental: ya no se culpaba sólo a la Gestapo, sino también a policías franceses bajo las órdenes del Gobierno colaboraciones de Vichy. "Entre 1942 y 1944, más de 11.000 niños fueron deportados desde Francia con la participación activa del Gobierno francés de Vichy y asesinados en los campos de la muerte porque nacieron judíos", rezan las placas. Ese cambio en la percepción de la historia francesa hubiese sido imposible sin la obra de Patrick Modiano y sin una película en la que participó como guionista cuando era un escritor primerizo junto a Louis Malle: Lacombe Lucien.
Hasta 1995, bajo la presidencia de Jacques Chirac, Francia no reconoció oficialmente su papel en las deportaciones de la Shoah. La mayor atrocidad cometida en Francia, la razia del velódromo de invierno —en la noche del 16 de julio de 1942 fueron detenidos para ser exterminados 12.884 hebreos parisinos (4.051 niños, 5.802 mujeres y 3.031 hombres)— fue organizada y llevada a cabo por policías franceses. Sin embargo, la memoria colectiva, la imagen nacional labrada a lo largo de los años, era muy diferente.
El relato oficial describía a unos pocos franceses que fueron colaboracionistas y que, después de la guerra, fueron sometidos a juicio; mientras que muchos eran resistentes o simpatizantes de la resistencia. Las atrocidades las cometieron los alemanes que ocuparon el país desde 1940 hasta 1945 (este año se celebró en medio de gran pompa el 70º aniversario de la liberación y salió a la luz otro recuerdo olvidado del conflicto: las injusticias y brutalidades que se cometieron durante la depuración). Nada más lejos de la realidad: hubo franceses que combatieron en los dos bandos, en la milicia asesina de Vichy y en la resistencia, mientras que la mayoría, como ocurre siempre, trató sobre todo de sobrevivir a la guerra. Muchos podían haber acabado en cualquiera de los dos bandos dependiendo de factores que no tienen que ver sólo con la elección personal ni con el compromiso político.
Ninguna obra de ficción refleja con tanta contundencia ese panorama como Lacombe Lucien y el impacto de esta película fue gigantesco cuando se estrenó en 1974, pese a que dos títulos habían tratado anteriormente el mismo tema: El viejo y el niño (1971), de Claude Berri, sobre un anciano antisemita que acoge sin saberlo a un niño judío al que sus padres tratan de esconder y que adora como si fuese su nieto, y La pena y la piedad, el documental de Marcel Ophüls que relata la ocupación en una ciudad de provincias, Clermont-Férrand.
Pero ese personaje miserable interpretado por Pierre Blaisse que da título a la película de Modiano y Louis Malle refleja con una profundidad no alcanzada hasta entonces el país quebrado que fue Francia durante la II Guerra Mundial. En junio de 1944, cuando los aliados han desembarcado en Normandía y Francia está siendo liberada, Lacombe Lucien quiere unirse a la resistencia, pero su contacto, que es también su profesor, le dice que es demasiado joven, aunque en realidad piensa que es demasiado estúpido e inmoral. Entonces, por una casualidad, acaba uniéndose a la familia fascista, en la que se convierte en una mezcla de mascota y asesino.
Malle volvería a la ocupación en su última película, Adiós, muchachos, un impresionante relato autobiográfico sobre la miseria moral bajo la ocupación que tiene muchos elementos en común con Lacombe Lucien. La obra de Modiano, en realidad, no ha salido nunca de aquel periodo de la historia francesa (ni del distrito XVI de París, el barrio más burgués y solo aparentemente más anodino de París).
Desde su primer libro, El lugar de la Estrella —una referencia a la plaza parisina y, a la vez, a la estrella amarilla que los judíos fueron obligados a llevar durante la Shoah—, que junto a La ronda nocturna Los paseos de circunvalación forma La trilogía de la ocupación,hasta Dora Bruder o Un pedigrí la Segunda Guerra Mundial está en el centro de toda la obra del premio Nobel. El gran novelista vuelve una y otra vez a los dilemas morales, las renuncias, la brutalidad, la persecución, la traición, la miseria moral y física, pero también relata la búsqueda del pasado y reconstrucción de la memoria como ocurre en Dora Bruder. Los grandes escritores logran contar buenas historias. Los escritores imprescindibles consiguen cambiar un país, hacer que el espejo en el que se mira una sociedad sea diferente. Hay que tener una enorme valentía y una lúcida cantidad de dudas para atreverse a contradecir el discurso dominante, para tratar de contar que las cosas no fueron como queremos recordarlas sino como fueron, con sus matices, sus errores y sus miserias. Con unos libros breves, certeros, precisos y mucho más dubitativos que afirmativos, esa ha sido la gran contribución de Modiano a la historia de Francia durante el siglo XX. Eso y, además, un puñado de historias que no se olvidan.

PRENSA CULTURAL. "Modianesca". Enrique Vila-Matas

   En "El País":

Modianesca

El autor francés investiga sobre la luz incierta de sus orígenes, allí donde todo se derrumba.

Descubrimos que París siempre fue para él algo interior

Me recuerda al pintor Hammeshøi, que pintó una y otra vez habitaciones desocupadas, todas muy distintas. Me gusta mucho que sea tan obsesivo y que simule que escribe siempre el mismo libro. En Patrick Modiano todo sucede en el pasado, lo que nos confirma que el pasado no está muerto, y ni siquiera es pasado, y nunca termina de pasar. ¿Y el presente? En Modiano el presente es un punto de vista impasible, más bien un estilo imperturbable.
Todo sucede en ese pasado que no acaba de pasar y donde uno puede perderse fácilmente mientras busca algún mínimo atisbo de su verdadera identidad. A nadie se le escapa que no hay una sola familia en el mundo que, por poco que pueda remontarse a cuatro generaciones, no pretenda tener derecho sobre algún título en desuso, o sobre alguna propiedad de sus antepasados. Son derechos improbables que halagan la imaginación. Y sin embargo —decía Stevenson, citado por Modiano al comienzo de Remise de peine—, los derechos que un hombre tiene sobre su propio pasado son aún más precarios. Es precisamente esa precariedad la espina dorsal de toda la obra de Modiano: la obra de alguien que, aun consciente de la precariedad de sus derechos sobre el pasado, investiga sobre la luz incierta de sus orígenes, allí donde todo se derrumba, donde todo vacila… Eso hace de este autor un artista muy potente pero a la vez frágil, alguien que se mueve en un perpetuo muelle de brumas y que gira siempre sobre el vacío. De ahí que a veces quedemos hechizados, sin saber en qué punto exacto del muelle nos encontramos. En todos sus libros lo que nos anima a seguir es el misterio de su estilo, mientras lo tenebroso parece definirse de un modo lento, lo que puede producir momentos de desaliento en nuestra percepción de lo que sucede, como si condujéramos un bólido muy parsimonioso y sin ninguna visibilidad y sin saber si estamos al borde de una barranco o de una autopista. Pero eso le da a todo un toque incierto y atractivo, como si fuéramos por el callejón de La Croix-Jarry, ese lugar terrible que le señaló su amigo Queneau, uno de sus primeros protectores: un callejón sin salida que casi nadie conocía en París, situado en lo más recóndito del distrito XIII, entre el muelle de la Gare y las vías de Austerlitz.
Al acordarme del callejón, he recordado de inmediato el día en que discutimos con José Carlos Llop y otros amigos sobre si leer a Modiano era de izquierdas o de derechas.
—Señor Modiano —le asaltamos finalmente una mañana en París—, no habla usted mucho de política.
—Es que es peligrosa para un escritor. La política no es más que una torpe simplificación de las cosas. El escritor trabaja justamente de la forma opuesta; trata de mostrar lo oculto, la complejidad.
Cuando se fue, imaginamos que volvía a su callejón de La Croix-Jarry, a seguir buscando el rastro de la luz incierta de sus orígenes. Y sólo entonces descubrimos que se movía por un París intemporal, que París había sido siempre para él siempre algo interior, el horror y la compasión que cruzan por sus historias, el vacío, la ausencia del padre, el enigma de las películas dobladas, el mundo de la traición, la voz de Arletty, la infinita extrañeza de la luz del mediodía, el amor. Y llorar toda la noche en Carroll’s, ¿no?