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martes, 25 de noviembre de 2014

JUAN GOYTISOLO: "Don Quijote, don Juan y la Celestina"

 

   Un breve ensayo del libro "España y los españoles":
Don Quijote, don Juan y la Celestina
En la literatura española de los siglos XVI y XVII echan raíces algunos de los mitos que devendrán más tarde el símbolo y, a veces, la máscara de los españoles: don Quijote, don Juan, la Celestina. Junto a la literatura representativa de la opinión cristiano-vieja (romancero, novela de caballería, drama de honor, auto sacramental), una minoría de disconformes (ordinariamente conversos o descendientes de ellos) produce una serie de obras cuyo común denominador pudiera cifrarse en la voluntad (más o menos abierta) de trastornar los valores establecidos y ofrecer la imagen de un mundo desquiciado en el que el margen existente entre el «ser» y el «deber ser», la realidad y el deseo constituye un abismo infranqueable. Una literatura, pues, menos armoniosa que conflictiva, y cuyo poder de provocación se disimula mediante la elaboración de un universo autónomo e imaginario (como en El Quijote) o de un mundo unidimensional, embebido de humor negro y de pesimismo. En el momento en que el ideal castellano del héroe religioso y guerrero que lucha por Dios y por la patria se convierte en una realidad exaltante y grandiosa, la novela picaresca crea la imagen invertida de él: el negativo fotográfico del antihéroe. Al linaje limpio e hidalgo de los cristianos de cepa vieja, el pícaro opone, con insolente orgullo, su antilinaje de ladrones, criminales, verdugos, brujas y prostitutas. Al heroísmo del soldado español, que combate por la fe contra turcos y protestantes y somete al dominio del rey de España inmensas extensiones de tierra desde California al estrecho de Magallanes, Estebanillo responde con la frase de «y así no me daba tres pitos que bajase el turco, ni un clavo que subiese el persiano, ni que cayese la torre de Valladolid. Echaba mi barriga al sol…, y me reía de los puntos de honra y de los embelecos del pundonor». Alistado en los ejércitos españoles, el mismo Estebanillo confiesa: «Yo iba a esta guerra tan neutral que no me metía en dibujos ni trataba de otra cosa sino de henchir mi barriga»; y, frente a la impaciencia de eternidad del «muero porque no muero», mantiene, con crudo cinismo, su empeño de vivir «aquí y ahora»: condenado a muerte por deserción e indultado al último momento, escribirá burlonamente más tarde: «Los amigos me consolaban diciéndome que me animara, que aquel era camino que lo habíamos de hacer todos, que sólo les llevaba la delantera; y en lo último se engañaron, porque yo me he quedado de retaguardia y ellos han llevado la delantera, perdonando verdugos, pidiendo misas y haciendo alzar dedos». En la picaresca nos movemos, pues, en un mundo de antivalores (cobardía, robo, mentira, etc.) que contrasta cruelmente con la imagen sublimada que el español se esfuerza en dar de sí mismo y, en algunos casos extremos, como en Estebanillo González, asistimos, de hecho, a una tentativa de reivindicación de sentimientos y acciones generalmente tenidos por viles y abyectos: el pícaro vive y actúa en el no man’s land que media entre la realidad y el ideal, acampando en un presente mudable y problemático, al margen de la sociedad y de sus principios.
El Quijote refleja igualmente la dualidad de la picaresca: don Quijote toma sus deseos por realidades y confunde el «ser» con el «deber ser»; pero allí está, junto a él, Sancho Panza, para restablecer la verdad y mostrar la distancia que separa lo vivo de lo pintado. Desde hace tiempo, los estudiosos de Cervantes han interpretado su héroe como una parodia de los protagonistas de los libros de caballería en una época en que las armas españolas empezaban a decaer y el país se arruinaba y los españoles perdían la confianza en sí mismos. Esto es probablemente cierto, pero la riqueza de la obra cervantina no se agota, ni mucho menos, en una sola interpretación. Cervantes maneja con mano maestra una ironía polifacética y su libro admite infinidad de interpretaciones. Don Quijote y Sancho son, sin duda, cara y cruz de una misma moneda, los elementos complementarios y opuestos que integran la moderna personalidad española (idealismo y materialismo, fe e incredulidad, etc.); pero muy pocos comentaristas han observado que las relaciones que se crean entre los dos personajes provocan una serie de influencias mutuas e interferencias. Ni don Quijote ni Sancho Panza son los mismos el día que el segundo decide servir al primero, o el día en que, vencido don Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, regresa a morir a su aldea, escoltado de su fiel Sancho. Durante el período que media entre los dos episodios, Sancho se «quijotiza» y don Quijote se contamina a veces del realismo un tanto cínico de Sancho Panza. Así, mientras que, por seguir a su amo, el materialista Sancho renuncia al gobierno de su ínsula («Vuesas mercedes se queden con Dios y digan al Duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: no pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas»), don Quijote, consciente de los embustes de Sancho respecto de la imaginaria y burlesca excursión aérea a lomos de Clavileño, le responde: «Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más». Como escribe el poeta Luis Cernuda: «Es quizá la única ocasión en que sorprendemos a don Quijote en una actitud semejante, como si él mismo dudara de la realidad de sus aventuras. Pero no deja de ser significativo». Españoles hasta la médula de los huesos, los personajes de Cervantes no emiten juicios lógicos, sino que se expresan, por lo común, mediante una terminología de valores. Para ellos, la razón o sinrazón está en las personas, no en la realidad objetiva de sus pensamientos —rasgo nacional este que, todavía hoy, lleva a confundir autores y obras, a negar conceptos y abstracciones legales para buscar el «yo real» que se supone escondido tras ellos y a caer muy a menudo en el culto a la fobia, la adoración supersticiosa de las «figuras» o los estériles y vanos procesos de intenciones.
En La Celestina encontramos, por primera vez, una inversión de la jerarquía de valores que influirá luego, decisivamente, en la creación de la picaresca. Hasta entonces, en las novelas u obras dramáticas el amor entre los personajes se desenvolvía en un doble plano: amor ideal y sublimado, a lo Petrarca, entre los señores; amor carnal, «bajo», entre los servidores y personajes humildes. Américo Castro ha subrayado con acierto que en la obra de Rojas, mientras prostitutas como Elicia y Areusa se hacen cortejar como grandes damas, el amor de Calixto por Melibea es de un orden claramente sexual, teñido incluso de ciertos ribetes de sadismo: «No me destroces ni me maltrates como sueles —suplica Melibea—, ¿qué provecho te trae dañar mis vestiduras?». Las cortesanas se burlan alegremente de la elevada condición de la heroína y, expresando el sentir común de los conversos, condenados por la opinión cristiano-vieja, Areusa proclama: «Ninguna cosa es más lejos de la verdad que la vulgar opinión… Ruin sea quien por ruin se tiene; las obras hacen linaje, que al fin todos somos hijos de Adán y de Eva».
Si Fernando de Rojas se sirve de dos meretrices para exponer el punto de vista de los cristianos nuevos (él mismo era ex illis), Melibea y, sobre todo, Calixto encarnan, a su manera, el agudo conflicto que opone el antierotismo cristiano y la sensualidad musulmana. El personaje de Celestina, la vieja alcahueta, entronca con la literatura arábiga de Al-Andalus: morisca sin duda, como todas las hechiceras de la época, Celestina será el instrumento necesario para satisfacer la imperiosa y brutal pasión de Calixto. Este, aunque noble y caballero, es ya, como los españoles futuros, una víctima de la lucha entre dos civilizaciones opuestas: la mahometana y la cristiana. Calixto tiene la sensualidad desbordante del musulmán y la conciencia atormentada del cristiano, o, si se quiere, un alma de cristiano y un cuerpo árabe. Desde la época de los Reyes Católicos, los escritores españoles suelen atribuir todos los desvíos, errores y herejías al sexo (Menéndez Pelayo es un ejemplo típico) y, en 1555, fray Felipe de Meneses no vacilaba en escribir: «Esta inclinación a la sensualidad, a mi juicio, no es natural de la nación española»; pero la realidad era muy otra, y los españoles de entonces, como los de ahora, viven en su carne y espíritu el insoluble conflicto. El pecado inherente al placer sexual encuentra un símbolo en la figura físicamente odiosa y repugnante de Celestina: en Calixto hallamos, en germen, el mito futuro de don Juan, que, desde Tirso a Zorrilla, fluye a lo largo de la literatura española y alcanza, a partir del sigloXVIII, dimensiones universales. Don Juan no es un homosexual que se ignora, como pretendía Marañón: es el resultado de la dualidad cristiano-musulmana y, por tanto, un personaje esencialmente español a quien la nostalgia del harén lleva a buscar su presa en la comunidad femenina que exteriormente más se le asemeja: el convento. Calixto y don Juan no podían surgir sino en España y, como don Quijote y los antihéroes de la picaresca, son una expresión literaria de la convivencia secular de españoles cristianos, musulmanes y judíos, convivencia cuya supresión ha marcado de modo profundo el carácter español y cuyas huellas advertimos aún en nuestros días.


jueves, 10 de mayo de 2012

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Fascinante Celestina", por Soledad Puértolas

'Celestina' (Carlota Valdivia), óleo de Pablo Picasso en 1903. / Museo Picasso de París / VEGAP 2012. ("El País")

   En "Babelia", suplemento cultural de "El País":
Fascinante Celestina
   Deseo y avaricia, amor y traición, pasión y muerte... Todo está en la obra de Fernando de Rojas. La escritora Soledad Puértolas explica cómo la ha reescrito en español moderno para hacerla comprensible “a la primera lectura”.

SOLEDAD PUÉRTOLAS 28 ABR 2012
 
   Después de haberme comprometido a la difícil y rara empresa de reescribir La Celestina en el español moderno, me asaltaron inmensas dudas, flaquearon mis fuerzas, me invadió la inseguridad. ¿Cómo hacer que un texto publicado en el inicio del siglo XVI fuera totalmente comprensible para el lector de hoy, cuando la lengua, en aquel tiempo, aún no se había fijado y faltaba todavía un largo siglo para que Cervantes la consagrara como indiscutible lengua literaria? Por lo demás, en mis tiempos escolares, nunca había conseguido llegar muy lejos en mis intentos de lectura de tan afamada obra y, más tarde, cuando estudié literatura española, pasé muy deprisa por ella, pues había otros textos que desde siempre me habían interesado más y quise dedicarles el máximo de mi tiempo, una vez que, al fin, me había decidido a estudiar lo que de verdad me interesaba.
   ¿Por qué, entonces, había aceptado enseguida la propuesta? ¿Un mero impulso de responsabilidad, reminiscencias de antiguas obediencias obligatorias? En el fondo, lo sabía. Creo en las revelaciones y en el azar. Esta era la oportunidad de entrar de una vez por todas en La Celestina. No podía dejarla pasar.
   En cuanto me puse a trabajar, mis dudas y miedos se vieron mágica y generosamente superados por una especie de entusiasmo febril que no recordaba haber sentido nunca. Bien es verdad que no había vivido una experiencia como aquella, reescribir lo escrito por otro autor. Lo que yo estaba haciendo era traducir, aunque se tratara, en ambos casos, de la misma lengua, el español del siglo XVI y el español moderno. Primero había que entender, lo cual, muchas veces, significaba descifrar, y luego encontrar la expresión más ajustada en el español que hablamos hoy. Tenía algo de juego. Más parecido, me dije, a un sudoku que a un crucigrama. Aunque mucho más libre y abierto que los dos y que cualquier otro juego: el resultado no estaba fijado de antemano, dependía enteramente de mí.
   ¿Tenía alguna idea de lo que buscaba, de lo que quería?, ¿había una meta que me propusiera alcanzar? Sólo una, muy amplia: hacer de La Celestina una lectura placentera, tanto para quien se acercara a la obra por vez primera, como para el hipotético lector que en otras ocasiones hubiera abandonado el texto, desanimado, porque entendía muy poco, y el esfuerzo que debía realizar parecía excesivo, y, aun sospechando que se privaba del disfrute de una obra clásica, se daba por vencido. No puede leerse todo. Siempre queda algo pendiente. En realidad, me dije, ya con diez folios escritos —como si en lugar de diez fueran cien—, vivo rodeada de esa clase de lectores. Yo misma me identifico con ese lector. Leí en voz alta mis diez folios, asombrada de entenderlo todo. ¿No lo había escrito yo? Sí, pero no: ese texto era La Celestina.
   Antes de sentarme delante del ordenador, había leído en las introducciones de algunas adaptaciones teatrales de la obra que, en general, podía decirse que las opciones eran dos: o se traía La Celestina al presente o se llevaba al lector al tiempo de La Celestina. ¿Qué era lo que estaba haciendo yo? Ninguna de las dos cosas, puede que las dos, no lo sé. Yo, simplemente, leía y traducía. Pero a la vez, estaba sucediendo algo importantísimo: asistía a la formación de una lengua que aspiraba a expresar una enorme complejidad de emociones. La lengua estaba haciéndose. Ha sido fascinante palpar ese momento. Aún no se había escrito el Quijote. En La Celestina la lengua es un torrente casi salvaje, lleno de fuerza y de luz y extremadamente ambicioso que busca precisión, matices, juego, belleza, claridad, complejidad, expresividad, comunicación, arte.
   Habrá amantes de la literatura a quienes este tipo de empresas no les interese, incluso habrá quien crea que el mero intento de verter al español moderno una obra clásica resulta algo improcedente. Pero a quienes, como yo, se asomaron una vez a La Celestina y pensaron que era algo muy difícil de leer, a ellos y a los lectores que se acercan por primera vez, les diré que mi intención ha sido, precisamente, eso: hacer que el conjunto de frases que constituyen la obra resulten comprensibles a la primera lectura. Me he detenido frase tras frase, intentando captar su sentido. Algunas son muy enrevesadas y creo, sinceramente, que su sentido se podría discutir. Pero el contexto de la obra, de cada escena, de cada acto, ayuda.
   En la empresa de hacer comprensible el texto he dejado fuera algunas —pocas— frases, y he modificado muchas otras. Casi todas. Por supuesto, las más largas. Pero incluso las cortas me pedían ser adaptadas a un lenguaje más actual. He evitado, en todo caso, caer en un exceso de modernidad. No se trataba de escribir LC como se habla hoy. Sin duda, el argumento de LC está unido a su lenguaje, que corresponde al siglo XVI.
   Hay algunas frases que han quedado intactas. Eso me ha producido una gran satisfacción. El aroma de la obra permanece en ellas. Me entusiasman esas frases, son como esas piedras que sobresalen en medio de la corriente de un río y que nos indican un posible aunque arriesgado paso. Fue maravilloso irlas reconociendo. Me han sido extraordinariamente útiles. Aun más que útiles, alentadoras, me han dado ánimos. Ellas eran las encargadas de sostener el entramado de la traducción. Habían permanecido intactas a través de los siglos.
   Finalizada la tarea, me alegré de que no se me hubiera encomendado expresamente que acortara la obra. He disfrutado, precisamente, en su extensión, en su magnitud. Que los personajes hablen tanto y tan bien, me maravilla. Me maravilla cada uno de los parlamentos. Me gusta, me entusiasma, me fascina como es, francamente irrepresentable. La he disfrutado como novela, incluso como novela moderna, especialísima, donde lo que cuenta es la intensidad de las emociones de todos y cada uno de sus personajes. La pasión física, el deseo, la codicia, la avaricia, el amor paterno, el amor filial, la amistad, las alianzas, las traiciones, la crueldad, la muerte… Todo está ahí, vivido y sentido. Y llega hasta nosotros. Esto es lo que he sentido y vivido yo mientras volvía a escribir LC y me situaba —osadamente— junto a Fernando de Rojas, lo escuchaba y luego decía sus palabras de otro modo. Me he sentido una intérprete, una intermediaria a quien se le confiaba una misión delicada e importantísima.
   Sin duda porque la lengua se está haciendo mientras el autor escribe la obra, he tenido la impresión de que unas veces fluye y otras se detiene y atasca, pero siempre sale adelante. Siempre triunfa. He seguido el ejemplo, he buscado el amparo de su caminar a tientas, porque, si a tientas escribía el autor, aún más a tientas he escrito yo. Queriendo mantener su aroma y su espíritu, buscando su sentido, he sido osada, como en realidad lo son, osados, todos los escritores.
   Al viejo e inacabable debate sobre si la obra es teatro o novela, sólo podría añadir que en mi opinión su novedad radica en esa duda. Si quien la lee es novelista —como es mi caso— la obra es, fundamentalmente, novela. Y, por cierto, muy moderna, muy actual. No se trata de una novela decimonónica, poblada de descripciones. Precisamente por eso resulta tan moderna. Es el lector quien imagina, quien crea el contexto, a partir de los poquísimos datos que se le ofrecen. ¿En qué ciudad o villa se desarrollan los hechos?, ¿en qué estación del año? En un tiempo cálido, que se presta a las citas amorosas al aire libre. No es invierno. En el decimocuarto acto, dice Calisto: “Y vosotros, meses invernales, que ahora estáis ocultos, cambiad vuestras noches oscuras por estos días tan lentos”. No encontramos muchas más referencias al clima ni a las estaciones. Sabemos que Celestina vive allá donde la cuesta del río —se nos dice en varias ocasiones— y que la casa de Melibea está cerca de la ribera, a donde Pleberio, su padre, la invita a pasear en el vigésimo acto. Sabemos que el mar está próximo porque Melibea, en su escena final, atisba los navíos que navegan por él. No mucho más. Hay huertos y hay caminos, hay calles estrechas, casas señoriales, tabernas, viejas casas de pueblo, curtidurías, un río y ese vago mar. Se nos describen los oficios, se enumeran los bienes materiales, se hacen alusiones al linaje, a las relaciones entre los señores y sus siervos… Es cierto, aunque breves, hay muchas, innumerables señales para los estudiosos. Pero está perfectamente claro que la acción y los personajes son lo que cuenta, y lo que maravilla a un novelista o a un lector de novelas de hoy.
   Ciertamente, es mucho lo que dicen los personajes, pero es mucho, también, lo que callan y lo que se calla el autor, Fernando de Rojas. Este silencio es parte esencial del drama. Los estudiosos han comentado extensamente el gran enigma: ¿Por qué el amor entre Calisto y Melibea es un amor prohibido?, ¿qué impide que se casen y disfruten de él durante toda su vida? Pero este es el punto de partida y queda definido desde el primer acto de la comedia, desde la primera escena, desde el primer parlamento de Melibea.
   El amor entre Calisto y Melibea es ilícito. Para decirlo en otras palabras: es un amor imposible. ¿Es el concepto de amor imposible fácil de entender para un lector de hoy? Evidentemente, aunque las cosas hayan cambiado mucho, aún existen los amores imposibles. Pero lo fundamental es que el lector sabe que la obra que tiene en las manos fue publicada en la España del siglo XVI, cuya sociedad refleja. Aunque haya muchos silencios en la obra, hay, también, las suficientes señales como para que el lector comprenda que se trataba de una sociedad llena de prejuicios, estamentos, categorías, no sólo sociales, sino religiosas. En aquella sociedad, convivían judíos, moros y cristianos y en todos los grupos se daban muchos matices y todos se regían por sus propias categorías. El lector sabe que en esa sociedad —como, sin duda, en otras que no conoce de primera mano, pero de las que oye hablar en los noticieros— podían darse los amores imposibles.
   La visión del mundo que subyace en la obra es pesimista, terriblemente fatalista, y no cuenta con el consuelo de la religión. Melibea se da muerte a sí misma y Pleberio, al llorarla, no la acusa de desobedecer ningún mandato divino. Más bien alega, para justificar su dolor, razones muy humanas. El lamento de Pleberio nace del dolor del padre, no corresponde en absoluto a un guardián del orden social ni mucho menos religioso.
   ¿Qué consuelo puede proporcionar una obra que finaliza con esta pregunta, puesta en boca de Pleberio, padre de Melibea: “¿Por qué me dejaste triste y solo en este valle de lágrimas?”. No es un reproche a Melibea, sino al mundo, que está poblado de dolor, de malos amores, de crueldad, de continuas y terribles mudanzas, vaivenes, y caídas desde lo más alto, de una angustiosa y permanente fugacidad, de la constante amenaza de la muerte.
   Creo que al lector actual le parecerá que La Celestina está mucho más cerca de una novela moderna que de una obra de teatro del siglo XVI. Así, al menos, me lo ha parecido a mí. Si alguien, después de leer el texto que le ofrezco ahora, desea ir al original, será mi mejor recompensa.
 
   La Celestina. Fernando de Rojas. Versión y prólogo de Soledad Puértolas. Castalia. Madrid, 2012. 320 páginas. 9,90 euros.

lunes, 21 de junio de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (fragmentos): "La Celestina" (1499), de Fernando de Rojas: "PLANTO DE PLEBERIO"

ALISA.-  ¿Qué es esto, señor Pleberio? ¿Por qué son tus fuertes alaridos? Sin seso estaba adormida del pesar que hube cuando oí decir que sentía dolor nuestra hija. Ahora, oyendo tus gemidos, tus voces tan altas, tus quejas no acostumbradas, tu llanto y congoja de tanto sentimiento, en tal manera penetraron mis entrañas, en tal manera traspasaron mi corazón, así avivaron mis turbados sentidos, que el ya recibido pesar alancé de mí. Un dolor sacó otro, un sentimiento otro. Dime la causa de tus quejas. ¿Por qué maldices tu honrada vejez? ¿Por qué pides la muerte? ¿Por qué arrancas tus blancos cabellos? ¿Por qué hieres tu honrada cara? ¿Es algún mal de Melibea? Por Dios, que me lo digas, porque si ella pena no quiero yo vivir.

PLEBERIO.-  ¡Ay, ay, noble mujer! Nuestro gozo en el pozo, nuestro bien todo es perdido. ¡No queramos más vivir! Y por que el incogitado dolor te dé más pena, todo junto sin pensarle, por que más presto vayas al sepulcro, por que no llore yo solo la pérdida dolorida de entrambos, ves allí a la que tú pariste y yo engendré hecha pedazos. La causa supe de ella; más la he sabido por extenso de esta su triste sirvienta. Ayúdame a llorar nuestra llagada postrimería. ¡Oh, gentes que venís a mi dolor! ¡Oh, amigos y señores, ayudadme a sentir mi pena! ¡Oh, mi hija y mi bien todo! Crueldad sería que viva yo sobre ti. Más dignos eran mis sesenta años de la sepultura que tus veinte. Turbose la orden del morir con la tristeza que te aquejaba. ¡Oh, mis canas, salidas para haber pesar, mejor gozara de vosotras la tierra que de aquellos rubios cabellos, que presentes veo! Fuertes días me sobran para vivir, quejarme he de la muerte, incusarle he su dilación cuanto tiempo me dejare solo después de ti. Fálteme la vida, pues me faltó tu agradable compañía. ¡Oh, mujer mía! Levántate de sobre ella y, si alguna vida te queda, gástala conmigo en tristes gemidos, en quebrantamiento y suspirar. Y si por caso tu espíritu reposa con el suyo, si ya has dejado esta vida de dolor, ¿por qué quisiste que lo pase yo todo? En esto tenéis ventaja las hembras a los varones, que puede un gran dolor sacaros del mundo sin lo sentir, o a lo menos perdéis el sentido, que es parte de descanso. ¡Oh, duro corazón de padre! ¿Cómo no te quiebras de dolor, que ya quedas sin tu amada heredera? ¿Para quién edifiqué torres? ¿Para quién adquirí honras? ¿Para quién planté árboles? ¿Para quién fabriqué navíos? ¡Oh, tierra dura!, ¿cómo me sostienes? ¿A dónde hallará abrigo mi desconsolada vejez? ¡Oh, fortuna variable, ministra y mayordoma de los temporales bienes!, ¿por qué no ejecutaste tu cruel ira, tus mudables ondas, en aquello que a ti es sujeto? ¿Por qué no destruiste mi patrimonio? ¿Por qué no quemaste mi morada? ¿Por qué no asolaste mis grandes heredamientos? Dejárasme aquella florida planta, en quien tú poder no tenías; diérasme, fortuna fluctuosa, triste la mocedad con vejez alegre, no pervirtieras la orden. Mejor sufriera persecuciones de tus engaños en la recia y robusta edad que no en la flaca postrimería. ¡Oh, vida de congojas llena, de miserias acompañada! ¡Oh, mundo, mundo! Muchos mucho de ti dijeron, muchos en tus cualidades metieron la mano, a diversas cosas por oídas te compararon. Yo por triste experiencia lo contaré como a quien las ventas y compras de tu engañosa feria no prósperamente sucedieron, como aquel que mucho ha hasta ahora callado tus falsas propiedades por no encender con odio tu ira, por que no me secases sin tiempo esta flor, que este día echaste de tu poder. Pues ahora, sin temor, como quien no tiene qué perder, como aquel a quien tu compañía es ya enojosa, como caminante pobre que, sin temor de los crueles salteadores, va cantando en alta voz. Yo pensaba en mi más tierna edad que eras y eran tus hechos regidos por alguna orden. Ahora, visto el pro y la contra de tus bienandanzas, me pareces un laberinto de errores, un desierto espantable, una morada de fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna llena de cieno, región llena de espinas, monte alto, campo pedregoso, prado lleno de serpientes, huerto florido y sin fruto, fuente de cuidados, río de lágrimas, mar de miserias, trabajo sin provecho, dulce ponzoña, vana esperanza, falsa alegría, verdadero dolor. Cébasnos, mundo falso, con el manjar de tus deleites; al mejor sabor nos descubres el anzuelo; no lo podemos huir, que nos tiene ya cazadas las voluntades. Prometes mucho, nada no cumples; échasnos de ti por que no te podamos pedir que mantengas tus vanos prometimientos. Corremos por los prados de tus viciosos vicios, muy descuidados, a rienda suelta; descúbresnos la celada cuando ya no hay lugar de volver. Muchos te dejaron con temor de tu arrebatado dejar; bienaventurados se llamarán cuando vean el galardón que a este triste viejo has dado en pago de tan largo servicio. Quiébrasnos el ojo y úntasnos con consuelo el casco. Haces mal a todos, por que ningún triste se halle solo en ninguna adversidad, diciendo que es alivio a los míseros, como yo, tener compañeros en la pena. Pues desconsolado, viejo, ¡qué solo estoy! Yo fui lastimado sin haber igual compañero de semejante dolor, aunque más en mi fatigada memoria revuelvo presentes y pasados. Que si aquella severidad y paciencia de Paulo Emilio me viniere a consolar con pérdida de dos hijos muertos en siete días, diciendo que su animosidad obró que consolase él al pueblo romano y no el pueblo a él, no me satisface, que otros dos le quedaban dados en adopción. ¿Qué compañía me tendrán en mi dolor aquel Pericles, capitán ateniense, ni el fuerte Jenofón, pues sus pérdidas fueron de hijos ausentes de sus tierras? Ni fue mucho no mudar su frente y tenerla serena, y el otro responder al mensajero, que las tristes albricias de la muerte de su hijo le venía a pedir, que no recibiese él pena, que él no sentía pesar. Que todo esto bien diferente es a mi mal. Pues menos podrás decir, mundo lleno de males, que fuimos semejantes en pérdida aquel Anaxágoras y yo, que seamos iguales en sentir, y que responda yo, muerta mi amada hija, lo que él a su único hijo, que dijo: "como yo fuese mortal, sabía que había de morir el que yo engendraba". Porque mi Melibea mató a sí misma de su voluntad a mis ojos con la gran fatiga de amor que la aquejaba; el otro matáronle en muy lícita batalla. ¡Oh, incomparable pérdida! ¡Oh, lastimado viejo! Que cuanto más busco consuelos, menos razón hallo para me consolar. Que si el profeta y rey David al hijo que enfermo lloraba, muerto no quiso llorar, diciendo que era cuasi locura llorar lo irrecuperable, quedábanle otros muchos con que soldase su llaga. Y yo no lloro, triste, a ella muerta, pero la causa desastrada de su morir. Ahora perderé contigo, mi desdichada hija, los miedos y temores que cada día me espavorecían. Sola tu muerte es la que a mí me hace seguro de sospecha. ¿Qué haré cuando entre en tu cámara y retraimiento y la halle sola? ¿Qué haré de que no me respondas si te llamo? ¿Quién me podrá cubrir la gran falta que tú me haces? Ninguno perdió lo que yo el día de hoy, aunque algo conforme parecía la fuerte animosidad de Lambas de Auria, duque de los atenienses, que a su hijo herido con sus brazos desde la nao echó en la mar. Porque todas éstas son muertes que, si roban la vida, es forzado de cumplir con la fama. Pero, ¿quién forzó a mi hija a morir, sino la fuerte fuerza de amor? Pues, mundo halaguero, ¿qué remedio das a mi fatigada vejez? ¿Cómo me mandas quedar en ti conociendo tus falacias, tus lazos, tus cadenas y redes, con que pescas nuestras flacas voluntades? ¿A dó me pones mi hija? ¿Quién acompañará mi desacompañada morada? ¿Quién tendrá en regalos mis años, que caducan? ¡Oh, amor, amor!, que no pensé que tenías fuerza ni poder de matar a tus sujetos. Herida fue de ti mi juventud, por medio de tus brasas pasé, ¿cómo me soltaste para me dar la paga de la huida en mi vejez? Bien pensé que de tus lazos me había librado cuando los cuarenta años toqué, cuando fui contento con mi conyugal compañera, cuando me vi con el fruto que me cortaste el día de hoy. No pensé que tomabas en los hijos la venganza de los padres. Ni sé si hieres con hierro ni si quemas con fuego. Sana dejas la ropa, lastimas el corazón. Haces que feo amen y hermoso les parezca. ¿Quién te dio tanto poder? ¿Quién te puso nombre que no te conviene? Si amor fueses, amarías a tus sirvientes. Si los amases, no les darías pena. Si alegres viviesen, no se matarían como ahora mi amada hija. ¿En qué pararon tus sirvientes y sus ministros? La falsa alcahueta Celestina murió a manos de los más fieles compañeros que ella para tu servicio emponzoñado jamás halló. Ellos murieron degollados. Calisto, despeñado. Mi triste hija quiso tomar la misma muerte por seguirle. Esto todo causas. Dulce nombre te dieron; amargos hechos haces. No das iguales galardones; inicua es la ley que a todos igual no es. Alegra tu sonido; entristece tu trato. Bienaventurados los que no conociste o de los que no te curaste. Dios te llamaron otros, no sé con qué error de su sentido traídos. Cata que Dios mata los que crió; tú matas los que te siguen. Enemigo de toda razón, a los que menos te sirven das mayores dones, hasta tenerlos metidos en tu congojosa danza. Enemigo de amigos, amigo de enemigos, ¿por qué te riges sin orden ni concierto? Ciego te pintan, pobre y mozo. Pónente un arco en la mano con que tires a tiento; más ciegos son tus ministros, que jamás sienten ni ven el desabrido galardón que se saca de tu servicio. Tu fuego es de ardiente rayo, que jamás hace señal do llega. La leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas, las cuales son tantas, que de quien comenzar pueda apenas me ocurre, no sólo de cristianos, mas de gentiles y judíos, y todo en pago de buenos servicios. ¿Qué me dirás de aquel Macías de nuestro tiempo, cómo acabó amando, cuyo triste fin tú fuiste la causa? ¿Qué hizo por ti Paris? ¿Qué Helena? ¿Qué hizo Hipermestra? ¿Qué Egisto? Todo el mundo lo sabe. Pues a Safo, Ariadna, Leandro, ¿qué pago les diste? Hasta David y Salomón no quisiste dejar sin pena. Por tu amistad Sansón pagó lo que mereció, por creerse de quien tú le forzaste a darle fe. Otros muchos que callo porque tengo harto que contar en mi mal. Del mundo me quejo porque en sí me crió; porque, no me dando vida, no engendrara en él a Melibea; no nacida, no amara; no amando, cesara mi quejosa y desconsolada postrimería. ¡Oh, mi compañera buena! ¡Oh, mi hija despedazada! ¿Por qué no quisiste que estorbase tu muerte? ¿Por qué no hubiste lástima de tu querida y amada madre? ¿Por qué te mostraste tan cruel con tu viejo padre? ¿Por qué me dejaste cuando yo te había de dejar? ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste triste y solo in hac lachrymarum valle?