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jueves, 9 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre Rafael Chirbes. Borja Hermoso

Rafael Chirbes

   En "El País":

Allá arriba, el escritor total

"En cuanto te descuidas, te han trincado". La frase sale de la boca aparentemente serena pero volcánica de Chirbes

"En cuanto te descuidas, te han trincado".
Es, o debería ser, la frase del día, del mes, del año en el ámbito de la cultura española, "ese invento del Gobierno" que diría San Rafael (Sánchez Ferlosio, entiéndase), de esa dantesca marca españa (mejor así, con minúsculas) tan amiga de mentiras y planicies disfrazadas de solemnidad, tan de camarillas, tan de endogamias, tan de envidias y promiscuidades de cartón piedra en cenáculos y guateques, en privado, y luego tan cobardica y chivata en el espacio público, que también -sobre todo- son los medios de comunicación.
La frase sale de la boca aparentemente serena pero transparentemente volcánica de Rafael Chirbes, que se acaba de llevar dos noticias, una buena y la otra mala, aunque son la misma, o sea, el Nacional de Narrativa. La mala: la preocupación por el y ahora qué más digo yo en las entrevistas, si ya lo he dicho casi todo. Y la buena: la evidencia de que a nadie le amarga un dulce en forma de 20.000 euracos, y menos que a nadie a alguien que como Chirbes vive allá, monte arriba, a caballo entre dos casitas algo vetustas y muy inquietantes, entre naranjas y libros, apagando clandestinos fuegos de brasero (uno puede dar fe de ello: cinco horas echando agua al contenedor donde los rescoldos porfiaban en su misión, que no era otra que alertar a los guardias o a los bomberos, para tragedia de Chirbes, que iba y venía con la manguera como alma que llevaba el diablo: anótese que el periodista había ido hasta el remoto Beniarbeig para entrevistarle por su novela titulada... Crematorio).
Es de una lógica sin fisuras. "En cuanto te descuidas, te han trincado". Así que Chirbes, en la estirpe contradictoria de Galdós, pero también de Lobo Antunes, en la línea enemiga pero no incompatible de los contadores y de los orfebres, nunca se descuida. Estrujar las zonas grises que tienen que ver con la inteligencia pero también con lo leído, lo vivido, lo visto y oído, para ver si este predicado explota adecuadamente detrás de ese sujeto, o para que quede claro que tal o cuál pequeño drama antecesor de dramas inacabables (MimounLa buena letra, Los disparos del cazador...)no es un ejercicio de tristezas desbocadas -y por lo tanto más fáciles de practicar a nivel literario- sino una matemática de vidas, gentes, putadas que traerán como consecuencia novelas sin parangón en la actual literatura española.
Porque nadie escribe aquí con la libertad, pero también con el contrato moral, de Rafael Chirbes. O esa sensación da. Ah, el sujeto y su predicado y la correcta conjunción de ambos, algo tan evidente, algo tan escaso. Y en su literatura, lo que parece estallido es reflexión, lo que se diría espontáneo es producto de un comerse el coco hasta los extremos de lo concebible. Y a veces ladra un perro, o los perros, y a veces cae un güisquito, o los güisquitos, para que Rafael Chirbes y su voz aparentemente cascarrabias, cristalinamente entrañable por la vía de lo vulnerable, dejen el teclado, la silla, y paseen sus dudas entre las naranjas, los libros.
Porque Chirbes vive en una casa y sus libros, en otra. Y así viven en paz, al no mediar las habituales y temibles jaranas de la convivencia. Separación de poderes. Aunque no pueden vivir el uno sin los otros y muy probablemente viceversa.
Dicen muchos por ahí, sin desmayo, que En la orilla es algo así como la gran novela de la crisis económica española. El problema de tan reduccionista estribillo es que ya se utilizó como fajín conceptual de su anterior libro, el no menos monumental y no menos conmovedor, y feroz, Crematorio. Pero ocurre que, pese a surcar los mares paralelos del pelotazo a lo grande y el pelotacito miserable -cuando no las ganas de darlo, porque casi todos somos un poco italianos en eso: votamos a los berlusconis planetarios un poco porque querríamos serlo en nuestra aldea- estos dos novelones no tienen tanto que ver, ni siquiera tienen mucho que ver. Allí, los trincones se quedan solos y rumian derrota y muerte porque han insistido en ello como campeones. Aquí, pobres diablos echan la persiana de sus tenderetes porque la cosa no da para más, e igual rumian derrota y muerte.
Pensar que alguien tan laberíntico y tan complejo como Rafael Chirbes ha escrito las dos grandes novelas de la crisis es como creer que Camus escribió Los justos porque le gustaban las historias de buenos y malos. Chirbes ha retratado otra cosa, sin proponérselo... o, una vez más, esa sensación da: el medio siglo de destrozo moral de un país llamado España, que eso sí que es Marca España. Pero claro, solemnes y morrocotudas fórmulas como esa -"el destrozo moral de un país"- pueden sonar repelentes y falsas si no hay debajo una obra que las sustente.
En la orilla. Crematorio. Pero también La larga marcha, La caída de Madrid, Los viejos amigos.Los mundos de Rafael Chirbes. El escritor total.

miércoles, 8 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Rafael Chirbes gana el Nacional de Narrativa por 'En la orilla'"

  En "El País":

Rafael Chirbes gana el Nacional de Narrativa por ‘En la orilla’

El escritor valenciano suma otro premio, después del de la Crítica, a su gran novela sobre la crisis

"Mis personajes de la novela son afectados por la política de este país. Todos mis personajes me lo tirarían a la cabeza"


El escritor Rafael Chirbes. / JESÚS CÍSCAR
Rafael Chirbes ha ganado por En la orilla (Anagrama) el Premio Nacional de Narrativa. El galardón, condedido cada año por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, distingue la mejor obra de dicho género en 2013, dotado con 20.000 euros. La novela ya obtuvo la primavera pasada el Premio de la Crítica. Según el jurado, se trata de "una novela de extraordinaria construcción literaria, que tratando de la realidad actual, no se limita al realismo, mostrando una riqueza formal y recursos poéticos que lo trascienden".
"Este es un premio que me da una sensación rara", ha reconocido el escritor (Tavernes de Valldigna, Valencia, 1949), porque, añade, "por un lado me siento orgulloso al tratarse de un premio que representa la narrativa de mi país; pero, por otro, me produce cierta desazón porque no me gusta nada la política que se está haciendo en este país, como lo referido a los presupuestos y el poco apoyo a la Cultura. Mis personajes de la novela son afectados por la política de este país. Todos mis personajes me lo tirarían a la cabeza".
El escritor no sabe si habrá un acto para recoger el galardón. Pero, afirmó, "si tuviera ocasión de recogerlo, y hablar, diría al ministro Wert todas las cosas que pienso sobre su política cultural".

En la orilla relata el drama humano de la crisis económica a través de la vida de cinco desempleados y el jefe que los ha destituido. Una especie de continuación de Crematorio (2007, premio de la Crítica), sobre la burbuja inmobiliaria, el pelotazo y la corrupción alrededor del negocio.
Es la mirada de un diseccionador. Chirbes ha insistido mucho en que escribe sobre lo que ve. Y esa mirada es panorámica, con lupa, sobre la sociedad española en todo su espectro, desde el poder hasta la base. Sobre lo que se ve y no se ve. Ya hizo algo parecido en los años noventa y dos mil, sobre la posguerra y la Transición, con las novelas La larga marcha, La caída de Madrid y Los viejos amigos. En 1988 publicó su primera novela: Mimoun, finalista del Premio Herralde.
“Si te pones del lado del personaje que más odias descubres tus propias contradicciones. ¿Contra quién escribo? Contra mí mismo”, reflexionaba en una entrevista a este diario el autor valenciano.“El escritor tiene que ser pulga y liebre para que no te atrapen. En cuanto te descuidas, te han trincado”, añadió, entonces, sobre una novela que fue elegida como la mejor del año 2013 por los críticos de Babelia, el suplemento cultural de EL PAÍS.
El Premio Nacional de Narrativa se entrega desde 1977, cuando lo obtuvo José Luis Acquaroni por Copa de sombras. Desde entonces lo han obtenido autores como Carmen Martín Gaite (El cuarto de atrás), Francisco Ayala (Recuerdos y olvidos), Camilo José Cela (Mazurca para dos muertos), Juan Marsé (Rabos de lagartija), Miguel Delibes (El hereje), Javier Cercas (Anatomía de un instante), en dos ocasiones Antonio Muñoz Molina (El invierno en Lisboa y El jinete polaco) y Luis Mateo Díez (La fuente de la edad y La ruina del cielo) y Javier Marías, por Los enamoramientos en 2012, aunque lo rechazó.
El jurado estuvo integrado por: Presidente: María Teresa Lizaranzu Perinat (Directora General de Política e Industrias Culturales y del Libro); Vicepresidenta: Mónica Fernández Muñoz (Subdirectora General de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas); y como los vocales propuestos por las entidades correspondientes a la Real Academia Española: Carme Riera i Guilera; a la Real Academia Gallega / Real Academia Galega: María Dolores Sánchez Palomino; a la Real Academia de la Lengua Vasca / Euskaltzaindia: Miren Karmele Azkarate Villar; del Instituto de Estudios Catalanes/ Institut d'Estudis Catalans: Vinyet Panyella i Balcells; de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE): José Luis Vicente Ferris (José Luis Ferris); de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACE): Julia Elena Ochoa García (Julia Otxoa); de la Asociación Española de Críticos Literarios: Ángel Basanta Folgueira; de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE): María de Carmen del Riego de Lucas; del Centro de Estudios de Género de la UNED: María Magdalena García Lorenzo; del Ministro de Educación, Cultura y Deporte: Francisco Javier Rodríguez Marcos; y el último autor galardonado durante la edición de 2013: José María Merino Sánchez.

Todos los premios de Narrativa

2014- Rafael Chirbes, por 'En la orilla'.
2013- José María Merino, por El río del Edén.
2012- Javier Marías, por Los enamoramientos (lo rechazó).
2011- Marcos Giralt Torrente, por Tiempo de vida.
2010- Javier Cercas, por Anatomía de un instante.
2009- Kirmen Uribe, por Bilbao-New York-Bilbao
2008- Juan José Millás, por El mundo.
2007- Vicente Molina Foix, por El abrecartas.
2006- Ramiro Pinilla, por Verdes valles, colinas rojas III. Las cenizas del hierro.
2005- Alberto Méndez, por Los girasoles ciegos.
2004- Juan Manuel de Prada, por La vida invisible.
2003- Suso de Toro, por Trece baladas (Trece campanadas).
2002- Unai Elorriaga, por Sprako Tranvia.
2001- Juan Marsé, por Rabos de lagartija.
2000- Luis Mateo Díez, por La ruina del cielo.
1999- Miguel Delibes, por El hereje.
1998- Alfredo Bryce Echenique, por Reo de nocturnidad.
1997- Álvaro Pombo, por Donde las mujeres.
1996- Manuel Rivas, por ¿Qué me quieres, amor?
1995- Carme Riera, por Dins el darrer blau.
1994- Gustavo Martín Garzo, por El lenguaje de las fuentes.
1993- Luis Goytisolo, por Estatua con palomas.
1992- Antonio Muñoz Molina, por El jinete polaco.
1991- Manuel Vázquez Montalbán, por Galíndez.
1990- Luis Landero, por Juegos de la edad tardía.
1989- Bernardo Atxaga, por Obabakoak.
1988- Antonio Muñoz Molina, por El invierno en Lisboa.
1987- Luis Mateo Díez, por La fuente de la edad.
1986- Alfredo Conde, por Xa vai o Grifón no vento.
1985- No se otorgó.
1984- Camilo José Cela, por Mazurca para dos muertos.
1983- Francisco Ayala, por Recuerdos y olvidos.
1982- José Luis Castillo-Puche, por Conocerás el poso de la nada.
1981- Gonzalo Torrente Ballester, por La isla de los jacintos cortados: carta de amor con interpolaciones mágicas.
1980- Alonso Zamora Vicente, por Mesa, sobremesa.
1979- Jesús Fernández Santos, por Extramuros.
1978- Carmen Martín Gaite, por El cuarto de atrás.
1977- José Luis Acquaroni, por Copa de sombras.

PREMIO NACIONAL DE NARRATIVA, 2014: "En la orilla", de Rafael Chirbes


   Así comienza la novela:

1. El hallazgo 

               26 de diciembre de 2010

   El primero en ver la carroña es Ahmed Ouallahi.
   Desde que Esteban cerró la carpintería hace más de un mes, Ahmed pasea todas las mañanas por La Marina. Su amigo Rachid lo lleva en el coche hasta el restaurante en que trabaja como pinche de cocina, y Ahmed camina desde allí hasta el rincón del pantano donde planta la caña y echa la red. Le gusta pescar en el marjal, lejos de los mirones y de los guardias. Cuando cierran la cocina del restaurante —a las tres y media de la tarde—, Rachid lo busca y, sentados en el suelo a la sombra de las cañas, comen sobre un mantel tendido en la hierba. Los une la amistad, pero también se brindan un servicio mutuo. Pagan a medias la gasolina del viejo Ford Mondeo de Rachid, una ganga que consiguió por menos de mil euros y ha resultado ser una ruina porque, según dice, traga gasolina con la misma avidez con que un alemán bebe cerveza. Desde Misent al restaurante hay quince kilómetros, lo que quiere decir que, sumando ida y vuelta, el coche se chupa tres litros. A casi uno treinta el litro, suponen unos cuatro euros diarios sólo en combustible, ciento veinte al mes, a descontar de un sueldo que apenas llega a los mil, ése es el cálculo que le hace Rachid a Ahmed (seguramente, exagera un poco), por lo que Ahmed le abona a su amigo diez euros semanales por el transporte. Si encontrara trabajo, se sacaría el carnet y se compraría su propio vehículo. Con la crisis es fácil encontrar coches y furgonetas de segunda mano a precios irrisorios, otra cosa es el rendimiento que te proporcionen después: coches de los que la gente ha tenido que desprenderse antes de que se los llevara el banco, furgonas de empresas que han quebrado, autocaravanas, camionetas: es época de oportunidades para quien tenga algún euro que invertir comprando a la baja. Lo que no sabes nunca es el regalo envenenado que guardan dentro esas gangas. Consumo desmedido de combustible, piezas que hay que cambiar al poco tiempo, accesorios que se estropean con sólo mirarlos. Lo barato suele salir caro, refunfuña Rachid, mientras le pega un acelerón. Ahí nos hemos gastado medio litro. Vuelve a acelerar. Ahora, otro medio litro. Se ríen. La crisis impone su mandato por todas partes. No sólo en los de abajo. También las empresas están quebradas o a medio quebrar. El hermano de Rachid trabajaba en un almacén de materiales que tenía siete camiones y otros tantos chóferes, eso fue hace cuatro años. En la actualidad, los han despedido a todos y los camiones permanecen aparcados en la playa de asfalto que hay en las traseras del almacén. Cuando tienen que realizar un porte, contratan por horas a un chófer autónomo que les hace el trabajo en su propio camión, cobra al contado, a tanto la hora, a tanto el kilómetro, y vuelve a quedarse pegado al teléfono móvil, con los brazos cruzados hasta el siguiente encargo. Ahmed y Rachid charlan sobre las posibilidades de negocio que supondría comprar coches usados para revenderlos en Marruecos.
   El restaurante donde trabaja Rachid está al final de la avenida de La Marina, en realidad una carretera paralela a la playa que discurre a espaldas de la primera línea de apartamentos y se alarga entre las urbanizaciones una veintena de kilómetros desde Misent hasta el primer canal de desagüe del pantano. Ahmed camina por la cuneta poco más de un kilómetro para llegar al lugar en que pesca. Lleva la caña al hombro, la red atada a la cintura bajo la chaquetilla del chándal, y una cesta colgada a la espalda por un par de correas, a modo de mochila. Hace tres años, había infinidad de obras en este tramo de La Marina. A ambos lados de la carretera, se sucedían los montones de escombros y las edificaciones en distintas fases constructivas: solares sobre los que empezaba a concentrarse maquinaria; otros en los que la retroexcavadora abría el suelo, sacando de dentro un barro rojizo, o en los que las hormigoneras rellenaban los cimientos. Pilares de los que surgían varas de hierro, tirantes y planchas de mallazo, palés de ladrillos, montones de arena, sacos de morcem. Por todas partes se movían las cuadrillas de albañiles. Algunas fincas en las que las obras habían concluido estaban cubiertas de andamios donde hormigueaban los pintores, mientras en sus aledaños grupos de hombres removían la tierra, ajardinaban, plantaban árboles —viejos olivos, palmeras, pinos, algarrobos— y arbustos de esos que las guías definen como característicos de la flora ornamental mediterránea: baladres, jazmines, galanes de noche, claveles, rosales, y matas de hierbas aromáticas: tomillo, orégano, romero, salvia. La red de carreteras que cruza la zona soportaba un incesante tráfico de camiones que transportaban palmeras, olivos centenarios que apenas se acomodaban al hueco de las enormes macetas en que los trasladaban, o frondosos algarrobos. El aire se llenaba con el ruido metálico de los vehículos que acarreaban material de obra, contenedores para escombros, autocargantes, góndolas que trasladaban retroexcavadoras, hormigoneras. El conjunto transmitía sensación de activa colmena.