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viernes, 13 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. LIBROS. CIENCIA FICCIÓN. Sobre "El mapa del cielo", de Félix J. Palma

   En "El País":

Los marcianos regresan a Londres, fantasía victoriana para el siglo XXI

Félix J. Palma busca repetir éxito internacional con 'El mapa del cielo', novela 'steampunk' que mezcla las invasiones aliens de Wells, el horror de 'La Cosa' y el misterio de Poe

 Madrid 28 FEB 2012 

Las supuestas últimas palabras de Edgar Allan Poe en su lecho de muerte funcionaron como un detonante en la imaginación del novelista Félix J. Palma. Fantaseó con la idea de que el enigmático nombre que salió de los labios moribundos del narrador (“¡Reynolds, Reynolds!”) no fuese otro que el del explorador Jeremiah Reynolds, famoso por creer que el globo terráqueo escondía un exuberante mundo subterráneo, además de por haber inspirado una de las obras más crípticas de Poe,Narración de Arthur Gordon Pym. De ser así, ¿qué llevó al escritor a acordarse del aventurero en su última hora? Este supuesto vínculo entre escritor y explorador es el que toma Palma como punto de partida de su nueva novela, El mapa del cielo (Plaza y Janés), una gran aventura victoriana retrofuturista, con cyborgs, ladrones de cuerpos y persecuciones suicidas en la Antártida, protagonizada por el mismísimo H. G. Wells, atrapado en una desesperada conspiración para conseguir el corazón de una dama, mientras una invasión alienígena aniquila Londres.


El novelista Félix J. Palma, en 2008. /JAVIER BARBANCHO
Con El mapa del cielo, segunda entrega de la que será su trilogía victoriana, Palma (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1968) repite la interesante fórmula del primer episodio, El mapa del tiempo (Premio Ateneo de Sevilla 2008), un thrillervictoriano con viajes en el tiempo protagonizado por H. G. Wells, que ha sido traducido a 25 idiomas y que el pasado verano entró en la lista de los 35 títulos de ficción más vendidos deThe New York Times. “Me lo planteo como un juego con todas las novelas de Wells, que fue un pionero y creó subgéneros como el viaje en el tiempo, el de las civilizaciones alienígenas superiores...”, explica Palma por teléfono. “Para Wells la escritura de ficción era una correa de transmisión de ideas, de reflexiones sobre el imperialismo británico o la sociedad de clases...”. Con todo, Palma deja de lado las moralejas sobre el presente y se centra en el entretenimiento: un objetivo tan popular como ambicioso. “La idea es recuperar el espíritu de las grandes novelas de aventuras; pienso en ese lector que llega a casa después del trabajo y quiere revivir aquellas hazañas apasionantes. Quiero envolverlo en una gran fantasía y despertar en él la fascinación por la narración de historias”. Lo resume así: “hay escritores que hacen pensar y otros que hacen soñar. Yo quiero hacer soñar”.

Palma: “Hay escritores que hacen pensar y otros que hacen soñar. Yo quiero hacer soñar”.
Entre los narradores españoles que experimentan con el género fantástico,como Rafa Marín y César Mallorquí, y antes Elia Barceló y José Carlos Somoza, Palma cultiva el subgénerosteampunk (ciencia ficción ambientada en la era victoriana) a partir de la audaz combinación de los mundos ficcionales de los clásicos del género (Verne, Wells, Stevenson), ubicando la acción en un siglo XIX que se pretende real, donde no es raro ver a los propios autores -Wells, claro, pero también Henry James, Stoker, Poe…- envueltos en la trama. Y todo narrado con un estilo que emula los folletines decimonónicos, con destreza para alternar las tramas, sorprendentes giros narrativos y un narrador que se dirige al lector y se ufana de su omnisciencia. Además, Palma añade al cóctel unas abundantes dosis de ironía, con la introducción de escenas hilarantes en el momento menos pensado.

Ver con los ojos de un victoriano

Félix J. Palma confiesa su devoción por el siglo XIX, el de la máquina de vapor, la Revolución Industrial y el progreso imparable de la ciencia y la tecnología, pero también “el que creó los mitos de Drácula, Frankenstein, Jekyll y Hyde, el Nautilus…”. Como ilustra el género steampunk, esa centuria ofrece un marco idóneo para tales recreaciones. “Es un tiempo contradictorio; con grandes avances tecnológicos pero con mucho por descubrir; dividido entre el culto a la tecnología y la necesidad de creer que el mundo era algo más de lo que acotaba la ciencia”. En la narración de Palma se mezclan acontecimientos ficticios y reales con la intención de crear un todo indistinguible, para “hacer que el lector vea con los ojos de un victoriano; con esa sensación de sorpresa, credulidad e ingenuidad; con esa atmósfera de que parecía que todo pasaba por primera vez”. Es el mensaje que sustenta la trilogía: “cierta resistencia a que la ciencia reduzca cada vez más el mundo y le robe la magia”.
En El mapa del tiempo, Palma combinaba La máquina del tiempo, de Wells, con una trama detectivesca que retrocedía a 1888 para dar caza a Jack el destripador y saltaba a un apocalíptico año 2000 dominado por los robots, hasta que el propio novelista inglés se embarcaba en una cacería a través de los siglos para atrapar a un asesino. En esta ocasión, El mapa del cielo recrea las invasiones marcianas de La guerra de los mundos, de nuevo con Wells como protagonista, y con una extravagante historia de amor como motor narrativo. El desencadenante es la extraña petición de una dama, bisnieta de un periodista burlón que desde las páginas de un diario neoyorquino hizo creer a millones de lectores que la Luna estaba habitada por hombres murciélago y otros seres extraordinarios. Para quitarse de encima a un excéntrico y millonario pretendiente, la joven le asegura que sólo accederá a sus requerimientos si logra escenificar un fraude tan grande como el de su abuelo: debe hacer creer a todo el mundo que la invasión marciana deLa guerra de los mundos está ocurriendo de verdad. No hace falta decir que el extraño aspirante asume el desafío.  
El mapa del cielo arranca con la expedición del ballenero Annawan a la Antártida, con el aventurero Reynolds como líder, en busca del pasaje a las entrañas de la Tierra. El plan se trastoca cuando se cruza en su camino una misteriosa forma de vida extraterrestre que posee la desagradable costumbre de duplicar seres vivos y despedazar los originales. En un claro homenaje al clásico del cine fantástico La cosa,de John Carpenter, Palma escenifica así el primer desencuentro entre terrícolas y marcianos, avanzadilla de un blitzkrieg alienígena que reduce a cenizas la capital del imperio británico.

Verne,

Palma pone en marcha un ambicioso juego de referencias: el ataque marciano de la novela de Wells, la criatura multiforme de La cosa, la sospecha obsesiva de La invasión de los ladrones de cuerpos, la singladura pesadillesca de Arthur Gordon Pym, los cazadores de extraterrestres a lo Men in black…, más otro puñado de alusiones literarias, cinematográficas y televisivas. La sola mención de semejante propuesta, y de las posibilidades narrativas que abre, probablemente hará salivar a los fans del género, o les hará fruncir el ceño, según el grado de purismo de cada uno. “Me encanta incluir referenciasfrikis que puedan reconocer los amantes del género”, confiesa; como el guiño de que la máquina del tiempo de la primera novela sea la misma que protagoniza El tiempo en sus manos, adaptación al cine de La máquina del tiempo; o que en El mapa del cielo se descubra una cámara secreta bajo el Museo de Historia Natural de Londres que alberga platillos volantes y aliens congelados, e incluso la cabeza del Minotauro, la pócima del doctor Jekyll y el retrato de Dorian Gray.
Se trata de una fórmula que Palma conoce bien y que probó su solvencia en la primera entrega, El mapa del tiempo. Allí siguió lo pasos del guionista británico Alan Moore, autor del cómic La liga de los hombres extraordinarios, donde reclutaba al capitán Nemo, el doctor Jekyll, el hombre invisible, el aventurero Alan Quatermain y la ex de Drácula, Mina Harker, para el servicio secreto británico. “Soy un gran lector de cómics, y Moore es uno de mis autores favoritos; de hecho, el cómicFrom Hell me sirvió como callejero del barrio londinense de Whitechapel para ubicar la acción sobre Jack el destripador”. 
La conclusión de la trilogía -avanza Palma- llegará en 2014 y combinará la historia de El hombre invisible, de Wells, y El sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle, más una buena dosis de espiritismo y ciencias ocultas. Con un universo tan exuberante y tan nostálgico de la fantasía, no sorprende que algún crítico haya pedido que alguien presente a Palma a Spielberg; aunque el novelista preferiría a Fincher o Cameron, “los cinestas idóneos” para llevar sus novelas a la gran pantalla. La tercera entrega, cuyo título está por decidir, será el cierre de un ciclo que se presenta, según el autor, como “una metáfora de la necesidad de fantasía que tenemos todos”.

Verne, Wells y la reina Victoria

Uno de los mayores popularizadores de la fantasía retrofuturista ambientada en la era victoriana (conocida como steampunk) es el guionista de cómics y novelista británico Alan Moore (Northampton, Inglaterra, 1953). Con el cómic La liga de los hombres extraordinarios(1999), ilustrado por el expresionista Kevin O’Neill, mostró las interesantes posibilidades narrativas que ofrecía combinar los universos de los clásicos de la literatura fantástica. Partiendo de un género novelístico nacido en los ochenta, el autor de Watchmen y From Hell alineaba al servicio de su majestad un equipo de seres sobrenaturales: el capitán Nemo, de 20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne; el doctor Jekyll/Hyde, de la novela de Robert Louis Stevenson, el hombre invisible, de H. G. Wells, y la ex de Drácula Mina Harker junto al aventurero Alan Quatermain, de H. Rider Haggard, todos a bordo del Nautilus mientras Moriarty (Conan Doyle) tramaba su estratagema definitiva de dominación mundial. El género, con autores de referencia que van del novelista británico Michael Moorcock a los estadounidense James Blaylock, K. W. Jeter, Tim Powers y Katie MacAlister, entre otros, ha dado lugar a una tendencia estética y sus señas de identidad impregnan películas como El truco final, de Christopher Nolan, La brújula dorada, de Chris Weitz, el Sherlock Holmes de Guy Ritchie, y la reciente La invención de Hugo, de Martin Scorsese (además de la muy irregular adaptación del cómic de Moore y O’Neill estrenada en 2003). En España, Palma es el representante más destacado de este subgénero de la ficción científica recreativa.

lunes, 14 de junio de 2010

BIBLIOTECA. "El mapa del tiempo", novela de Félix J. Palma

Félix J. Palma
Londres, 1896: la aparición de la empresa de "Viajes Temporales Murray" hace realidad el sueño más codiciado por el hombre: viajar en el tiempo. Claire Haggerty vivirá una historia de amor con un hombre del año 2000; Andrew Harrington querrá viajar al pasado para salvar a su amada de las garras de Jack el Destripador. Pero así mismo se abre una peligrosa puerta para que desde el futuro arriben viajeros con peores intenciones. Aclamada por miles de lectores, El mapa del tiempo es una fantasía histórica imaginativa y trepidante, una historia de amor y aventuras que transporta al lector al fascinante Londres victoriano en su propio viaje en el tiempo.
(Texto de la contracubierta)

Éstas son sus primeras páginas:

A Andrew Harrington le hubiese gustado poder morir más de una vez para no tener que escoger una única pistola entre las muchas que su padre atesoraba en las vitrinas del salón. Las decisiones nunca habían sido su fuerte. De hecho, mirada al trasluz, su existencia se revelaba como un cúmulo de elecciones erróneas, la última de las cuales amenazaba con proyectar su larga sombra sobre el futuro. Pero aquella vida de desatinos tan poco ejemplarizante estaba a punto de concluir. Esta vez creía haber elegido correctamente, pues había elegido dejar de elegir. Ya no habría más errores en el futuro porque ni siquiera habría futuro. Iba a desmantelarlo sin contemplaciones, apoyándose en la sien derecha una de aquellas armas. No parecía haber otra salida: aniquilar el futuro era el único modo a su alcance de exterminar el pasado.
Estudió el contenido de la vitrina, el mortífero menaje que su padre había ido adquiriendo con mimo desde que regresara del frente. Su progenitor adoraba aquellas armas, pero Andrew sospechaba que no las coleccionaba movido por la nostalgia, sino por la fascinación que le producía contemplar las distintas alternativas que el hombre iba concibiendo a lo largo de los años para arrebatarse la vida de manera no oficial. Con un desinterés que contrastaba con la devoción de su padre, sus ojos recorrieron aquellos enseres de apariencia dócil, casi doméstica, que traían el trueno a la mano y que habían eximido a las guerras de la desagradable intimidad del cuerpo a cuerpo. Andrew intentó calcular qué clase de muerte se escondía, como una alimaña al acecho, dentro de cada una de ellas. ¿Cuál le hubiese recomendado su padre para abrirse la cabeza? Imaginó que las pistolas de chispa, esas antiguallas que debían cargarse por el hocico, introduciendo la pólvora, la munición y un taco de papel a modo de tapón cada vez que uno quería efectuar un disparo, le proporcionarían una muerte noble, pero también parsimoniosa, terca. Era preferible la muerte impetuosa que le ofrecían los modernos revólveres, acurrucados en sus lujosos estuches de madera forrados de terciopelo. Consideró un Colt Single Action de aspecto manejable y eficaz, pero lo desechó al recordar que ese era el revólver que había visto enarbolar a Buffalo Bill en su circo del Salvaje Oeste, aquel espectáculo patético con el que simulaba sus correrías transoceánicas valiéndose de algunos indios importados y una docena de búfalos apáticos que parecían alimentados con opio. No quería enfrentar su muerte como una aventura. También rechazó un hermoso Smith & Wesson, el arma que había dado muerte a Jesse James, por no estimarse a la altura del bandido, así como un revólver Webley, concebido especialmente para frenar a los robustos indígenas en las guerras coloniales, y que se le antojaba excesivamente pesado. Examinó entonces un gracioso Pepperbox de tambor rotatorio, que era el preferido de su padre, pero albergaba serias dudas de que aquella arma ridícula y afectada pudiera expulsar una bala con la suficiente convicción. Finalmente se decidió por un elegante Colt de cachas de madreperla fabricado en 1870, que le arrebataría la vida con la delicadeza de una caricia de mujer.
Lo tomó de la vitrina con una sonrisa insolente, recordando todas las veces que su padre le había prohibido tocar las pistolas. Pero ahora el ilustre William Harrington se encontraba en Italia, probablemente intimidando a la Fontana de Trevi con su mirada valorativa. También había sido una agradable casualidad que sus padres hubiesen decidido emprender su viaje por Europa en la misma fecha que él había estipulado para su suicidio. Dudaba de que alguno de los dos alcanzara a descifrar el verdadero mensaje encriptado en su gesto -que había preferido morir solo, como había vivido-, pero le bastaba con la mueca de disgusto que sin duda compondría su padre al descubrir que se había matado a sus espaldas, sin su autorización.
Abrió el armarito donde se guardaba la munición e introdujo seis balas en el tambor del revólver. Suponía que no iba a necesitar más que una, pero nunca se sabía lo que podía pasar. Después de todo, era la primera vez que se suicidaba. Luego se la guardó en un bolsillo de la levita envuelta en un paño, como si fuera la fruta que pensaba comer durante algún paseo, y continuando con su repertorio de desafíos dejó la vitrina abierta. Si hubiese demostrado ese coraje antes, pensó, si se hubiese atrevido a enfrentarse a su padre en el momento oportuno, ella todavía estaría viva. Pero para cuando lo hizo ya era demasiado tarde. Y llevaba ocho largos años pagando aquel retraso. Ocho largos años en los que el dolor no había hecho más que crecer, propagándose por su interior como una hiedra maldita, envolviéndole los órganos con su húmedo tacto, pudriéndole el alma. Pese a los esfuerzos de su primo Charles, pese a la distracción de otros cuerpos, el dolor por la muerte de Marie se resistía a ser enterrado. Pero esta noche acabaría todo. Veintiséis años eran una bonita edad para morir, pensó, y se palpó con satisfacción el bulto del bolsillo. Ya tenía el arma. Ahora solo necesitaba un lugar apropiado para llevar a cabo la ceremonia. Y únicamente existía un lugar donde poder hacerlo.
Con el peso del revólver en el bolsillo, confortándolo como un talismán, bajó las majestuosas escaleras de la mansión Harrington, situada en la lujosa Kensington Gore, muy cerca de la entrada oeste de Hyde Park. Aunque no pensaba dedicarle ninguna mirada de despedida a las paredes que habían sido su hogar durante casi tres décadas, no pudo evitar que un impulso malsano le hiciera detenerse ante el retrato que presidía el vestíbulo. Desde el marco dorado, su padre lo miró con desaprobación. Altivo y majestuoso, a duras penas envainado en su viejo uniforme de infantería, con el que de joven había combatido en la guerra de Crimea hasta que una bayoneta rusa le había desgarrado un muslo, legándole una cojera que imponía a su caminar un balanceo perturbador, William Harrington arrojaba sobre el mundo una mirada de burlona censura, como si para él el universo fuese una obra malograda que había dado por perdida hacía tiempo. ¿Quién había mandado cubrir con aquel velo de inoportuna niebla la batalla que se desarrolló ante la asediada Sebastopol, de manera que nadie pudiera ver la punta de su bayoneta? ¿Quién había decidido que una mujer era la persona más adecuada para pastorear el destino de Inglaterra? ¿Era realmente el Este el mejor sitio por donde podía salir el sol? Andrew no había llegado a conocer a su padre sin aquella agreste hostilidad supurándole de los ojos, por lo que no sabía si había nacido con ella o se la habían contagiado en Crimea los fieros otomanos, pero lo cierto era que no había desaparecido de su rostro como una viruela pasajera pese a que el destino que se abrió ante sus botas de soldado sin futuro al volver del frente sólo podía calificarse de benévolo. ¿Qué importaba que hubiese tenido que recorrerlo con bastón si le había conducido hasta donde lo había hecho? Porque, sin necesidad de pactar con ningún demonio, el hombre de bigote espeso y rasgos pulcramente ordenados que mostraba el lienzo se había convertido en uno de los caballeros más ricos de Londres de la noche a la mañana. Nada de todo lo que tenía ahora se había atrevido siquiera a soñarlo cuando deambulaba con la bayoneta en ristre en aquella guerra remota.
Pero cómo lo había conseguido era uno de los secretos mejor guardados de la familia; y, por lo tanto, un absoluto misterio para Andrew.


Y ahora se avecina el aburrido momento en el que el joven debe decidir qué sombrero y qué abrigo escoger de todos los que atestan el armario del vestíbulo, porque incluso para la muerte hay que estar presentable. Se trata de una escena que, conociendo a Andrew, puede durar varios exasperantes minutos, y que veo innecesario detallar, así que voy a aprovechar la oportunidad para darles la bienvenida a esta historia que acaba de empezar, y que, tras una larga reflexión, he decidido comenzar por este momento y no por otro; como si también yo hubiese tenido que escoger un principio de entre los muchos que se aprietan en el armario de las posibilidades. Probablemente, cuando acabe de relatarles esta historia, si siguen aquí para entonces, algunos de ustedes pensarán que he errado a la hora de escoger el hilo del cual empezar a tirar de la madeja, que hubiese sido más acertado respetar el orden cronológico y comenzar por la historia de la señorita Haggerty. Tal vez, pero hay historias que no pueden empezar por su principio, y posiblemente esta sea una de ellas.
Así que olvidémonos por el momento de la señorita Haggerty, olviden incluso que la he mencionado, y continuemos con Andrew quien, adecuadamente pertrechado ya de abrigo y sombrero, e incluso de unos gruesos guantes para escamotear sus manos a los rigores del invierno, acaba de salir de la mansión. Una vez fuera, el muchacho se detuvo al comienzo de la escalinata que conducía a los jardines, que se derramaba a sus pies como un oleaje de mármol. Desde allí, estudió el mundo donde se había criado, repentinamente consciente de que, si todo salía bien, ya no volvería a verlo. Sobre la mansión Harrington descendía ahora la noche con la morosa suavidad con la que cae un velo. Una luna llena, de un blanco deslucido, presidía el cielo, volcando su lechoso fulgor sobre los acicalados jardincitos que rodeaban la casa, la mayoría de ellos entorpecidos con parterres, setos y sobre todo fuentes, unos enormes surtidores de piedra adornados con pomposas esculturas de sirenas, faunos y demás parientes imposibles. Los había por docenas, porque su padre, al carecer de un espíritu refinado, no tenía otro modo de mostrar su poderío que el amontonamiento de cosas lujosas e inservibles. Aunque en el caso de las fuentes aquella desaforada acumulación era disculpable, pues se aliaban para arrullar la noche con una suerte de nana liquida que invitaba a cerrar los ojos y olvidarse de todo cuanto no fuera aquel borboteo embriagador. Más allá, tras una vasta extensión de césped perfectamente rasurado, se alzaba, grácil como un cisne remontando el vuelo, el gigantesco invernadero donde su madre se recluía la mayor parte del día, dejándose hipnotizar por las flores de ensueño que brotaban de las semillas traídas de las colonias.

(Una )CRÍTICA DE LA NOVELA:
Hace poco comentábamos en esta página el libro “Una venus mutilada“, en el que Germán Gullón hablaba de unas características para definir las novelas de entretenimiento; estas características eran las siguientes: 1) que produzcan una experiencia emocional y generen placer en la audiencia; 2) que consigan atraer la atención sin distracciones, concentrada, del lector; y 3) que la obra no obligue a nada. Podemos atrevernos a considerar la primera y la segunda como extensibles a casi cualquier obra de creación literaria (se aceptan matices), pero es indudable que el rasgo distintivo es el tercero. La novela de entretenimiento es la que no obliga al lector a nada: no le induce a pensar, no le plantea dificultades —ya sean técnicas (de estilo narrativo) o morales—, no le empuja hacia la reflexión.
Todo esto viene a cuento porque el último libro de Félix J. Palma, “El mapa del tiempo”, se engloba sin ningún tipo de duda dentro del género de la novela de entretenimiento.
AQUÍ PODEMOS SEGUIR LEYENDO LA CRÍTICA.

(Otra) CRÍTICA DE LA NOVELA:
Vaya, resulta que sí es posible. Resulta que un escritor español sí que puede adentrarse con éxito en el territorio escasamente explorado que media entre los cargantes novelones metafísicos y el best-seller raso. Resulta que un escritor español sí que puede enganchar al lector desde la primera página con una vertiginosa trama de acción, romance y aventuras, sin necesidad de apelar a los socorridos templarios, sin pretender hispanizar a Dan Brown y sin rebajar el tono de la prosa hasta límites sonrojantes. Resulta que, a pesar de contar con tan escasos precedentes, la literatura patria sí que apunta maneras para que una nueva generación de escritores, dispuestos a no renunciar ni a lo uno ni a lo otro, alardeen de su capacidad para fabular, de su cultura cinematográfica, de su imaginación enfermiza y de su potencial creativo, sin que ello implique una escritura telegráfica y facilona.
SEGUIR LEYENDO CRÍTICA.

Y ahora, una entrevista a Félix J. Palma, en "El Día de Córdoba".

PUBLICADA POR ALIANZA EDITORIAL, EN BOLSILLO, TIENE 672 PÁGINAS Y ESTÁ EN LA BIBLIOTECA.