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viernes, 22 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. Emilio Lledó, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades

   En "El País":

Emilio Lledó: “Ojalá este domingo regrese la decencia”

“Ahora más que nunca recomiendo la filosofía a cualquier joven”, dice el ganador del premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades


Emilio Lledó, premio Princesa de Asturias de Humanidades. / BERNARO PÉREZ


Al bajar del vehículo, el taxista ofrece como cambio de la carrera hasta casa de Emilio Lledó, en Madrid, un billete de cinco euros. No hubo más remedio que devolverlo. A rotulador, en uno de los reversos, todo el valor que pudiera tener, lo ensombrecía una esvástica pintorrajeada y una frase: “Muerte al Islam”. Qué pertinente shock para visitar al maestro el día en que le habían concedido el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades y allí mismo preguntarle: ¿A qué se debe tanta rabia?
“A la ignorancia”, respondía, sin dudar, en uno de los butacones de su casa forrada por alrededor de 10.000 libros. “A la ignorancia que es sinónimo de violencia, no entiendo por qué tenemos que vivir rodeados de tanto odio”. Para combatirlo, sirva de ejemplo en qué se encontraba imbuido el sabio, sereno profesor y académico, cuando ayer por la mañana recibía una llamada de Oviedo, sobre las 10, comunicándole que había recibido el galardón. “Estaba trabajando en una conferencia que debo dar en la Casa del lector esta tarde —por ayer— sobre la felicidad”.
No a modo de autoayuda, sino tras 40 años de gozosa relación con Epicuro. “Fue cuando escribí mi ensayo sobre su filosofía. Ahora, de regreso a él, he querido revisarlo a fondo. Yo he cambiado mucho, pero sin embargo su pensamiento sigue intacto: indaga sobre el saber como una forma de abordar la vida en contraposición a Platón, que concibe la filosofía como una manera de afrontar la muerte. Epicuro nos quiere transmitir la existencia como sinónimo de esperanza, de futuro, de verdad, como una aventura que nos aleja del miedo a la muerte si la hemos vivido con decencia”.
Este último término se ha convertido hoy en una quimera para quien lleva toda la vida dotando de corazas éticas, de armas nutridas en la vitamina de la sana conciencia a sus discípulos, vengan de donde vengan. “Con que muestren curiosidad y pasión, me vale. Pocas veces he visto tanta como la que me demostraban los emigrantes andaluces que llegaban a Alemania en los años 50. Entonces yo estaba dando clases en Heidelberg y les enseñaba gramática del idioma en el que se tenían que desenvolver. No sabes cómo lo agradecían. Más cuando nadie les había instruido jamás en gramática española”.
Lo hacía en las tabernas del centro, desinteresadamente, con esa conciencia de codo con codo que le ha guiado tantas veces en la vida, desde que naciera en Sevilla hace 87 años. “Eran gentes admirables; me merece todo el respeto aquella parte de la población que agarraba una maletucha y se largaba a un país ajeno al suyo a ver qué les deparaba la vida. Para que luego digan de mis paisanos del sur lo que a veces declaraba ese tal Pujol, acerca de su vagaría y los subsidios. Allí le quería haber visto yo”.

Libros y premios para un pensador

Unos meses después de recibir los premios Nacional de las Letras, Antonio Sancha y Pedro Enríquez Ureña, el filósofo Emilio Lledó logró ayer el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Es autor de libros esenciales como Memoria del logos o Lenguaje e historia. Acaba de publicar Palabra y humanidad.
Volviendo a la decencia… Para Emilio Lledó, aquellos emigrantes la encarnaban como nadie. Y se hace urgente recuperarla: “Ojalá este domingo regrese precisamente eso, la decencia. Debemos votar por ello, sería una bendición que nos ayudaría a cortar el paso al engaño, la falsedad, resultaría toda una venganza contra los prepotentes”.
No comprende el pensador por qué se ha torcido y retorcido el verdadero eje de la política. “Para mí sigue resultando válido lo que Aristóteles resaltaba como gran característica de quien se dedique a ella considerándola servicio público. Una tarea para hombres decentes”, propugnaba el filósofo hace 24 siglos. “Sin embargo, ahora, está en gran parte en manos de lo contrario y, además, esa falta de virtud se exhibe con poder. Lo que debería ser la política se ha transformado en estupidez y chulería nauseabunda”.
De una habitación a otra, en la penumbra de su casa, el eco del teléfono retumbaba sobre las paredes forradas de tratados y las mesas plagadas de ensayos o discos, entre los que sobresalían algunos del pianista Glenn Gould. En los escasos huecos que dejan los libros bien toqueteados o los nuevos —como el último que acaba de recibir suyo, Palabra y Humanidad, recién editado en Oviedo por KRK—, asomaban retratos de familia y dibujos de sus nietas.
Palomas de la paz albertianas, esbozadas con la inocencia de quien desea arrancar una sonrisa al abuelo. “Cuando esto era una casa”, comenta un Lledó desbordado ayer de afectos, “en la mesa del comedor, se comía. Ahora sólo sirve para que ésta engulla los libros que no tengo donde meter”. Hace seis meses ya ganó el Premio Nacional de las Letras
Manuales útiles para aprender lo que don Emilio considera una de las carreras más útiles y con más salidas del mundo: la filosofía. “Así lo creo. Ofrece herramientas y bagaje para pensar de manera amena lo que uno acabe opinando. La filosofía, como el río de Heráclito, fluye con cada momento y nos enseña a interpretar la sociedad en que vivimos. Yo la recomiendo ahora a cualquier joven más que nunca”.

domingo, 10 de mayo de 2015

PRENSA. Charla entre Emilio Lledó y Manuel Cruz

   En "Babelia":
DEBATE

Esa mirada inocente sobre el mundo

El maestro Emilio Lledó y el discípulo Manuel Cruz hablan del pasado, la vida, la esperanza y la enseñanza en los viejos años del franquismo


Emilio Lledó, detrás de Manuel Cruz. / BERNARDO PÉREZ

A Emilio Lledó (Sevilla, 1927) le otorgaron, a finales de 2014, tantos premios que el profesor sintió que se habían equivocado de destinatario. Le dieron el premio de los editores españoles, el Premio Nacional de las Letras y el Henríquez Ureña de la Academia Mexicana de la Lengua. Él es académico de la Española y ha tenido a lo largo de su vida un número incontable de discípulos. Entre ellos, el también filósofo Manuel Cruz (Barcelona, 1951), con quien dialoga para Babelia sobre el aprendizaje y el magisterio, y sobre esta época como heredera de una que aún pesa mucho, el franquismo.
PREGUNTA. ¿Qué es un maestro? ¿Cómo se aprende?
MANUEL CRUZ. Creo que cuando conoces a un profesor, el vínculo que se establece con él no es el de maestro, sino el de profesor. De un profesor se admira su sabiduría, su deslumbrante información. La relación tiene que ver con el conocimiento. Con el paso del tiempo, cuando el alumno ya no es del todo ignorante sigue valorando el conocimiento, pero ya está en condiciones de apreciar otras cosas.
Es en ese momento cuando el alumno empieza a darse cuenta de que esa persona, además de tener mucha información y de saber mucho, tiene otras cualidades. El modo de entender y la relación que tiene con la filosofía, con el pensamiento, y el modo en que va por la vida con todo esto. Lo empieza a identificar como maestro cuando empieza a ver en él cosas que cuando eres joven no estás en condiciones de ver. Cómo vive un filósofo no pueden apreciarlo hasta más tarde.
EMILIO LLEDÓ. Me haces evocar nuestra propia historia en un contexto muy curioso. Nunca he tenido conciencia de lo que es la maestría, pero lo que acaba de decir Manolo me lo ha puesto en la memoria, tus palabras me evocan qué es lo que yo era para mí mismo y no tengo conciencia de ello. No tengo conciencia como maestro, sino como profesor que iba a cumplir una misión determinada, una función, una obligación, un trabajo en definitiva.
Sí es verdad que quise hacer de ese trabajo algo distinto a lo que yo había encontrado en la universidad de Madrid en la que me formé. Yo estaba lleno de entusiasmo porque en la experiencia de la universidad franquista que padecí flotaron dos o tres figuras muy respetables, y en el campo de la filología clásica, figuras de primerísima fila.
Suspendí la primera cátedra a la Universidad de Valencia; a los pocos meses conseguí la de La Laguna y llegué allí con unas ganas enormes de captar mi ser, mi función. Tengo que recordar una anécdota con Delibes. Montse [su esposa] y yo ya teníamos casa en Madrid y La Laguna nos parecía que estaba muy lejos. Delibes me dijo: “Lejos, ¿de dónde?”.

No tengo conciencia como maestro, sino como profesor que iba a cumplir una misión determinada, una función, una obligación”
E. Lledó
No lo dudamos desde luego y los tres años en La Laguna fueron inolvidables, me encontré con un calor, un eco y una acogida maravillosos. Me di cuenta de que yo quería a aquellos jóvenes que se sentaban frente a mí y que ellos me querían. Aquellos años no publiqué ni una línea, sólo preparaba las clases, me enrollaba, valga la expresión, y creo que unas de las mejores clases que he dado han estado inspiradas en aquella preparación previa, totalmente distintas de las demás.
P. ¿Qué quiso enseñar usted, don Emilio?
E. LL. En los años de comunes, Fundamentos de Filosofía e Historia de los Sistemas Filosóficos, como pomposamente se llamaba la disciplina. Pero lo que quería era abrir el riquísimo horizonte que la filosofía arrastra. Quería enseñar lo mejor que sabía.
Claro, en esa enseñanza se transmitía lo que yo era, un hombre con 36-37 años con 10 años de experiencia en la Universidad de Heidelberg; jugaba con mucha ventaja, y no porque hubiera aprendido muchas cosas que mecánicamente transmitiera a mis alumnos, era totalmente ajeno a esa idea. Pero fue un shockencontrarme con la vieja Universidad de Heidelberg en 1953, llena de novedad, donde no había asignaturas, donde los profesores hablaban cada semestre de temas distintos dentro de su especialidad con total libertad.
Se ve que cuando llegué ya llevaba ese espíritu, esa inquietud, y me sentí entusiasmado. Me fui al acabar el servicio militar, con 53 kilos de peso y con una maleta de cartón con las esquinas metálicas.
M. C. El maestro emerge tarde, como decía. El maestro era un modelo con otra forma de hacer las cosas para entender la filosofía, pero también para transmitirla, para enseñarla. Es lo que en primera instancia nos llamaba la atención, otra forma de enseñar filosofía, el no estar pegado al programa de la asignatura; él se quejaba mucho del “asignaturismo”, era como remover las fichas del dominó y transmitir lo que sabía de otra manera, todo distinto. La transmisión del saber.
Con el tiempo te llama la atención una constante que aún se mantiene en él, esa mirada inocente sobre el mundo, que no ingenua. Una mirada limpia, desprejuiciada en la medida de lo posible; eso es lo que nos llamaba la atención porque no lo encontrábamos en otros profesores.
Se repite mucho la frase “no se enseña filosofía, se enseña a filosofar”, pero nadie explica en qué consiste enseñar a filosofar. Pues nosotros a lo que asistíamos era al ejercicio vivo del filosofar. Es lo que sale tiempo después, te das cuenta de que en la gente que ha estado en sus clases ha quedado una memoria viva de esas clases, y que no existe la misma memoria ni con la misma intensidad con otros profesores.

Se empieza a identificar a un maestro cuando ves cosas en él que de joven no estás en condiciones de ver”
M. Cruz
Fue una experiencia del filosofar realmente impactante para nosotros. Creo que es lo que ha quedado en toda la gente que estuvo en sus clases.
P. ¿Se siente reconocido con esa mirada inocente?
E. LL. Tendríamos que pensar qué significa esa inocencia. Aunque Manolo lo ha querido evitar, también había una cierta ingenuidad, sinceridad o sencillez.
La idea del profesor que se sube a la tarima e impone cosas siempre me ha parecido repugnante, no iba conmigo, con mi manera de ser. Me escandaliza que algún político de nuestro país diga que al profesor hay que darle autoridad: la autoridad se la gana uno mismo, enseñando cómo es él en la manera de entender la materia que tiene que transmitir.
Es verdad que yo tenía esa inocencia porque me sentía parte de una pequeña familia mientras duraba la clase, aunque los alumnos casi siempre estuvieran callados. Éramos una familia que nos queríamos, en la que yo hacía funciones de padre o hermano mayor que enseñaba algo que a mí me interesaba y que me parecía fundamental para que ellos se enriquecieran. Era un transmisor (con mayor o menor fortuna) de ese enriquecimiento.
M. C. Está muy bien traído lo de la ­autoridad porque la gran diferencia entre autoridad y poder es que la autoridad te la atribuyen, no puedes decir que tienes autoridad, pero sí puedes decir que tienes poder. La autoridad te la han de conceder los demás, es absolutamente democrática. Ese reconocimiento por parte de los que han estado en sus clases es un reconocimiento de autoridad que tiene que ver con el mérito, no con el escalafón o cosas por el estilo.
En la época de Barcelona, finales de los sesenta, principios de los setenta, los últimos años del franquismo, a punto de la Transición, esa actitud estaba en el ambiente, no podíamos ser resabiados, no teníamos derecho a serlo; hoy mucha gente lo es. Teníamos la oportunidad, incluso el deber, porque algo nuevo estaba a punto de irrumpir. En esa disposición, la mirada inocente era la que correspondía, mientras que la mirada resabiada, por ejemplo, de algún profesor, era la mirada de lo viejo, del que cree que está de vuelta y que en el fondo se iba a quedar descolgado.
En ese sentido, las generaciones posteriores han arrastrado un peculiar déficit, lo que llamaría el piterpanismo, una generación, a la que nosotros pertenecemos, a la que le ha costado asumir su lugar, lo digo con la boca pequeña, y que por eso tampoco ha sabido darse cuenta de la responsabilidad que significaba que los demás te reconocieran un poquito de autoridad.
P. ¿Está de acuerdo con esta visión de aquel momento?


Cruz y Lledó, durante la charla. / BERNARDO PÉREZ
E. LL. Hace 20 años que estoy alejado de la práctica universitaria, lo que ha sido mi vida. Es cierto que teníamos algo esperanzador, todos estábamos contra aquella universidad del régimen con el que no estábamos de acuerdo, esperábamos algo. Estábamos en una dictadura, en un ambiente asfixiante, y sin embargo nunca he sentido más libertad que en aquellos años de La Laguna y del patio de la Universidad de Barcelona donde latía la vida.
En los 11 años que estuve en Barcelona descubrí lo que realmente era vivir, la vida de un profesor universitario, la de intentar transmitir también la esperanza que todos sentíamos de que aquello acabaría en algún momento, como así fue. En el fondo, la filosofía tenía que ver con conceptos esenciales como la justicia, el bien, la sabiduría, la comunicación y la palabra. Estar intentando tocar a través de la filosofía esos grandes conceptos y que pudiera modernizar, esperanzar un eco para un futuro que estaba llegando era mi función como profesor, aunque entonces no fuera consciente de ello.
Ahora estamos desesperanzados; entonces luchábamos para algo y contra algo desde nuestro pequeño espacio, desde el mío como profesor y el de aquellos alumnos que gritaban contra el franquismo desde el patio de la Universidad de Barcelona. Era algo que nos unía.
M. C. El piterpanismo marca una diferencia entre una generación y las otras en la práctica en la que se expresaba. El piterpanista no se reconoce como el padre; como mucho, como el hermano mayor que usted decía, el colega de los alumnos. Esa actitud, que se prolongó demasiado tiempo por parte de las generaciones posteriores porque lo inauguraban todo, la democracia, el gobierno de izquierdas, vivían en excitación permanente… creo que hizo que no pudieran o no quisieran asumir su papel de la manera que usted sí pudo asumir.
Estoy pensando en lo que decía Hannah Arendt: “¿Cuál es la función del educador? El educador es la correa de transmisión de la herencia recibida”. La herencia llega, se ve, se examina, se critica, se mejora, se limpia y se traspasa a las siguientes generaciones en las mejores condiciones. Es lo que usted hacía. Nos hablaba de Platón, pero nos aclaraba que no era ese Platón del que nos hablaron, sino otro, el que él veía o el que podía servir. Asumía la tradición explícitamente, la trabajaba y la transmitía.
Las siguientes generaciones no se han atrevido a hacerlo. El concepto tradición era como el de autoridad. Un hándicap que nos ha lastrado durante mucho tiempo ha sido el miedo a algunas palabras como tradición o autoridad, hay que reconsiderar lo que quiere decir tradición y a continuación reivindicarlo.

La autoridad se la gana uno mismo, enseñando cómo es él en la manera de entender la materia que quiere transmitir”
E. Lledó
En ese sentido creo que don Emilio pudo asumir ese papel de una forma plena, con todas sus consecuencias, mientras que las generaciones posteriores han estado dudando.
P. ¿Qué consecuencias ha tenido?
E. LL. También había una especie de sinceridad, de naturalidad. Yo pude ser catedrático en aquella época franquista y para mí fue una enorme sorpresa en el sentido más hondo, feliz y alegre porque en esa profesión se realizaba algo de lo que yo tenía, de lo que yo sentía. Mi manera de entender la filosofía y transmitirla era también mi yo, y me parecía que en esas clases —puede parecer un poco narcisista, pero no lo es— mi trabajo era importante y es lo que provocaba esa apertura, esa inocencia, ese no tener excesivos prejuicios aunque tenía el maravilloso prejuicio de ser quien era. Si eres quien eres, esa quienidad, valga la expresión [risas], se tiene que transmitir.
En esa quienidad —¡Dios, qué palabra! Me van a echar de la Academia— se transmitía una buena voluntad, sin la menor duda, el querer algo que brota de algo que tú tienes, que no es del todo malo sino bueno, y además esa transmisión es bondad.
Quisiera añadir algo sobre la memoria viva. Todos somos lo que hemos sido —por eso hay que seguir insistiendo en la memoria histórica, los defensores del olvido acaban en el alzhéimer colectivo más feroz e inaceptable—, la memoria es lo que hemos sido, lo que hemos aprendido, lo que consciente o inconscientemente ha ido posándose en nuestro ser, es lo que nos constituye. Estar siempre presente siendo desde lo que hemos sido, siendo en lo que hemos sido o siendo hasta para lo que hemos sido, la memoria viva, vivir esa memoria, revivir esa memoria.
Yo revivía a Platón, a Kant, a Sartre, a Nietzsche o a quien se me pusiera por delante que yo hubiera estudiado bien. La misión de un profesor es revivir: lo dices tú, lo enseñas tú y lo haces palabra tú. La palabra está mojada, digo muchas veces que nacemos en una lengua materna y que somos una lengua matriz, estamos montados en nuestro matricismo.
P. Decían que buscaban una esperanza. Don Emilio vivió la guerra, Manuel no; los dos vivieron el franquismo. ¿Cuál era la esperanza de cada uno de ustedes? ¿Cómo se ha ido constituyendo la esperanza, en decepción o en otra esperanza diferente?

La autoridad te la han de conceder los demás, es un reconocimiento absolutamente democrático”
M. Cruz
E. LL. Tuve la desgracia de vivir la Guerra Civil, de saber lo que es, de haber visto la muerte, cuerpos destrozados en bombardeos. Mi padre era militar en Vicálvaro; algunas veces me trajo a Madrid y recuerdo esas imágenes desde niño, he visto que la sangre mancha, que la pólvora huele; he sentido la destrucción real después de caer una bomba y no se olvida jamás.
Tengo clarísimas las imágenes de la Guerra Civil y es una suerte poder evocarlas y referirme a ellas porque es una experiencia única haber vivido los horrores de nuestra guerra. Ahí descubrí que tenía que buscar algo que no fuera aquella violencia y que se pareciera más a aquella escuela pública de Vicálvaro con don Francisco López Sánchez.
En aquella atmósfera de inseguridad, muerte y asesinatos, y no digamos en la del hambre real de la posguerra, cuando expulsaron a mi padre del ejército, y que duró casi 10 años, teníamos que esperar un país donde aquello no fuera posible, donde esa miseria mental que procuraban inocu­larnos y la material por la ausencia de comida no se repitiera jamás.
P. El franquismo. ¿Qué supuso esa ­época para vosotros? ¿Qué herida dejó en este país?
E. LL. Era una herida estimuladora, no infectada, queríamos curarla de verdad. Si hubiera seguido aquí, habría sido distinto. Cuando llegué a Heidelberg sólo estábamos dos o tres españoles allí, fue un poco antes de la gran oleada de trabajadores españoles que salieron, sobre todo andaluces.
Me parece injusto cuando hablan de la pereza andaluza: se fueron a Alemania huyendo del hambre. Una de las grandes esperanzas que quedan y que tenemos que revisar es esa idea de los topicazos que coagulan nuestra mente y que nos impiden pensar. Tiene que ver con la educación y con lo que hablábamos antes. Yo no pensaba que como profesor pudiera servir para algo. Ese para algo era para esperanzarse o para esperancearse —van a acabar echándome de la Academia—, una cosa es esperar y otra esperancear. La esperanza era algo lleno de interés, de conocimiento y sobre todo de afecto, pasión, deseo porque este país fuera distinto del que estábamos viviendo.


Manuel Cruz y Emilio Lledó. / BERNARDO PÉREZ

jueves, 20 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Emilio Lledó, la vida desde lo más alto". Manuel Cruz


Emilio Lledó
 En "El País":
Como tantas otras cosas, con los años la expectativa se va desvaneciendo —o se va tornando más modesta, díganlo como quieran— y el filósofo en edad madura ya no aspira, como cuando él mismo era joven, a alcanzar aquel imaginario lugar privilegiado que le habría permitido una contemplación panorámica de la totalidad de lo existente, sino que tiende a pensar que la razón de ser de su actividad debe entenderse bajo otra clave. Su nuevo convencimiento bien podría enunciarse así: el sentido de la tarea del filósofo ya no consiste tanto en proponerse dar cuenta de la realidad por completo, como en describir lo mejor posible cómo se ve dicha realidad desde el concreto lugar en el que se encuentra situado.
Pero, claro, hay lugares y lugares. Y el que ocupa Emilio Lledó es, en un determinado sentido, un lugar privilegiado desde más de un punto de vista. Poseedor de un vastísimo conocimiento tanto de la filosofía griega como de la tradición germánica moderna y contemporánea, su manera de entender la ocupación del filósofo ha estado siempre alejada de las oscuridades abstrusas a las que tradicionalmente han sido proclives sus colegas, de las referencias eruditas o de cualquiera de los tics academicistas habituales en el medio filosófico. Cuando en cierta ocasión le pregunté por qué no reeditaba un texto juvenil inencontrable sobre Platón del que era autor, me respondió, con desarmante humildad, que porque era un escrito lleno de citas y referencias, y que, a determinadas alturas de la vida, “ya no se trata de eso”.
Se trata, en efecto, de otra cosa. Se trata, como decíamos, de hacerles saber a los demás lo que uno ve. Y uno ve, en gran medida, lo que sabe. Y sabe lo que ignora. Emilio Lledó está convencido de que lo que más importa contar está en un sitio distinto a aquel en el que todos se empeñan en buscar: no se encuentra en un rincón escondido, sino a la vista de todos (como decía Wittgenstein, recurriendo a la imagen de la mosca y el frasco, aunque también nos serviría para lo mismo aludir a la carta robada de Poe). Su secreto, pues, es un secreto a voces: es esa casi milagrosa capacidad que atesora para asombrarse cada día, como si la vida empezara de nuevo con cada amanecer, y no hubiera mejor tarea a la que aplicarnos que saborear los regalos que nos trae la luz de la mañana. Por eso continúa escribiendo con pasión, por eso le brillan los ojos cuando se le ocurre una idea, por eso es capaz de narrar, con emocionada admiración, la llamada telefónica de un Gadamer centenario, entusiasmado por haber entendido el fragmento de un presocrático. De este fuste es también Emilio Lledó. Un filósofo sencillo, que se limita a asombrarse ante lo que pasa y que tiene la generosidad de contarnos cómo se ve el mundo desde donde él está. Desde lo más alto del pensar y de la vida.

PRENSA CULTURAL. "Emilio Lledó, el universo es la palabra"

Emilio Lledó

   En "El País":

Emilio Lledó, el universo es la palabra

El lenguaje y la literatura a través de la mirada de Emilio Lledó en sus diferentes artículos y conferencias

Voz, lenguaje, palabra, diálogo, literatura, libro, lectura, imaginar… La evolución del ser humano en ocho pasos que conforman su ADN esencial para en el pensar y en su manera de conformar la realidad y ver el mundo, la vida. El ADN de ese rastro lo recuerda y explora constantemente Emilio Lledó, que ha obtenido hoy el Premio Nacional de las Letras Españolas. Es parte de su propio ADN como filósofo, intelectual y escritor atento a la manera como las personas modelan el mundo a través del lenguaje oral o escrito. “En el mundo de la realidad, estamos; pero en el mundo del lenguaje, de los libros, somos”, dijo hace unos meses en la Feria del Libro de Madrid.
Y la concepción de ese ciudadano y ese mundo en sus palabras ya escritas es:
Habla: Lo primero fue el habla. Una necesidad de sentir la compañía de los otros, de arrancarse de la originaria soledad, de emitir sonidos que la lengua fue articulando, modulando, convirtiendo en palabra.
Lenguaje: El lenguaje es ya un universo cuyas constelaciones, cuyo ritmo y movimiento, se ha transformado en el ser que somos, en las manos con que amasamos el mundo de las relaciones humanas, de las verdades y mentiras que podríamos fabricar con él: un inmenso espacio intermedio entre cada individuo, entre el mundo de la consciencia y el mundo de las cosas”.
Palabras: Las palabras que miramos, que leemos, nos bañan en sus sentidos porque las vemos discurrir mientras nuestras manos las sienten pasar, y acarician su paso en el tiempo desde el que son nuestras. El libro se convierte así en una morada, en un espacio que habitamos y que, como nuestras casas, más allá de los determinados tiempos en los que las vivimos, prestan una forma de continuidad, de reencuentro y pervivencia a cada existir.
Literatura: La literatura no es sólo principio y origen de libertad intelectual, sino que ella misma es un universo de idealidad libre, un territorio de la infinita posibilidad. Los libros son puertas que nadie podría cerrarnos jamás, a pesar de todas las censuras.
Lectura: La lectura, los libros, son el más asombroso principio de libertad y fraternidad. Un horizonte de alegría, de luz reflejada y escudriñadora, nos deja presentir la salvación, la ilustración, frente al trivial espacio de lo ya sabido, de las aberraciones mentales a las que acoplamos el inmenso andamiaje de noticias siempre las mismas, porque es siempre el mismo nuestro apelmazado cerebro.
Vivir: Las silenciosas páginas que esperan a sus lectores muestran, entre otras cosas, que vivir es dialogar, entender, soñar, interpretar.

martes, 6 de mayo de 2014

PRENSA. Entrevista al filósofo Emilio Lledó

   En "lamarea.com":

Emilio Lledó: “La ignorancia cultivada genera violencia”

Emilio Lledó: “La ignorancia cultivada genera violencia”
Emilio Lledó, en el sofá donde suele leer en su casa, en Madrid. FERNANDO SÁNCHEZ
03 de mayo de 2014
El filósofo Emilio Lledó (Sevilla, 1927) disfruta enseñando las dos ‘joyas’ de su biblioteca. La primera es un cuaderno escolar, decorado con dibujos infantiles y banderas republicanas cuyo morado intentó disimular cuando aún era un chiquillo para evitar problemas. Su entonces maestro solía invitarles a hacer “sugerencias” y pensar por ellos mismos, remarca con intención. La segunda también es obra de niños, vecinos del pueblo de sus padres, Salteras (Sevilla). Se trata de una carpeta que acaban de enviarle con fichas y redacciones dedicadas al “amigo Lledó”. Repasar esos trabajos le devuelve la esperanza. A veces la pierde cuando piensa en la política educativa del actual Gobierno.
Parece estar pasándolo mal últimamente.
Muy mal, lo digo sin ambigüedad. Estamos viviendo un retroceso gravísimo, porque, a pesar de todo, este país había progresado. Cuando yo era niño, mis padres me mandaban a casa de mi madrina, en Salteras. Era una labradora modesta, pero buenecita, que tenía gallinas. Allí me consolaba del hambre de Madrid. En los años cuarenta, el pueblo tenía 2.000 habitantes, y los únicos que estudiábamos bachillerato éramos los hijos de algún terrateniente y yo. Hoy tiene 5.000, un instituto, tres colegios públicos, guardería, biblioteca… El pueblo ha progresado porque un alcalde decente ha entendido que su misión era ésa y no proteger a “amigantes”, una palabra que viene de mangante.
Es un gran aficionado a crear nuevas palabras y sobre todo a denunciar las que considera vacías, como por ejemplo la “excelencia”.
Se oye esa expresión y eso ya es… [se indigna]. No se puede entregar la educación de un país a la diferenciación económica, a los colegios de pago. En primer lugar, porque muchos de esos centros no se pueden comparar con el último instituto público de Francia o Alemania. Aparte de que es una injusticia enorme. Otro de los sofismas más lamentables e ideologizados de los últimos años es hablar de “la libertad de los padres para escoger dónde educar a sus hijos”. ¿Qué libertad es ésa? ¿Los padres de los barrios humildes tienen libertad para mandar a sus niños a los colegios de las sectas, que piden un dinero imposible de pagar? Los padres alemanes y franceses deben de tener otro sentido de la libertad, porque nunca han protestado por su magnífica enseñanza pública.
Habla de sectas en la enseñanza. ¿Qué papel juega la Iglesia en este momento?
Un papel lamentable e ideológico que no tiene nada que ver con la democracia ni con un país laico. Un ejemplo son las declaraciones de Rouco Varela en el acto de homenaje a las víctimas del 11-M. No sé por qué hay que celebrarlo en una iglesia y hacer que este señor opine. El estudio tiene que ser creación de libertad, no de dogmatismo ni de frases hechas. Los conceptos estereotipados, en quien no los reflexiona, producen agresividad. Uno de los frutos que genera la ignorancia cultivada es la violencia.
¿Qué le parece la supresión de la asignatura de Educación para la Ciudadanía?
Una expresión de la ignorancia, del fanatismo y de la ideologización que estamos viviendo. Me entristece ver la poca sensibilidad de los muchachos, que merecen otro tipo de enseñanza. En España hay maestros de instituto excelentes, pero están intentando coartarlos y privatizar lo que es público. La democracia es, fundamentalmente, obra de lo público y creadora de lo público.
Ahora lo que se fomenta es la cultura del emprendimiento.
Los emprendedores, sí, como los que emprendieron la destrucción de nuestras costas y la locura de la burbuja inmobiliaria, o los que están permitiendo la burbuja mental de los estudiantes con la eliminación de las humanidades. Eso es muy grave. Los jóvenes tienen que luchar por la defensa de estas asignaturas. ¿Es que no son humanos los químicos orgánicos o los asesores financieros?
¿Blindar la religión mientras se suprime la filosofía puede tener consecuencias peligrosas?
El adjetivo no me gusta mucho. Es peor que peligroso, es funesto. Es ideológicamente inaceptable para un país que quiera progresar intelectual, cultural, técnica, industrialmente. Es inadmisible que se menosprecien las humanidades y se establezca una religión que yo no sé muy bien de qué tipo es, porque la religión también se manipula por determinados grupos ideológicos. Es un error garrafal.
Hace años que se habla de una generación perdida, la que se dedicó a la construcción y no se formó. Al problema se suma ahora la falta de recursos para estudiar. ¿Hay recuperación posible?
Menos mal que no salió lo de Eurovegas. Se vendía ese producto diciendo que iba a generar empleo. Por supuesto que habría gente que hubiera trabajado en esa monstruosidad. Pero el trabajo se crea con fábricas de cosas útiles, con innovación, con cultura. Me sorprende que la gente vote a determinados políticos. No se entiende, a no ser que nosotros también seamos un poco corruptos y pensemos que nos caerán las migajas de quien se va a hacer con el poder.
¿Qué esperanza les queda a quienes no logran encontrar un trabajo?
Yo viví la Guerra Civil y la posguerra. Entonces había una tristeza general, pero esperábamos que todo cambiaría alguna vez para mejor. Ahora estamos en el mundo de la esperanza que imaginábamos y sería terrible que lo que nos determinase fuese la desesperanza, la decepción y la involución. Habría que pedir responsabilidades reales a quienes las tienen. Me sorprende que ciertos partidos políticos, pongamos de izquierdas [hace gesto de comillas], no exijan las cuentas exactas de los aeropuertos que se han hecho sin aviones. ¿Y la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia? ¿Y la de la Cultura, de Galicia? Las ciudades de las ciencias se hacen creando escuelas y universidades públicas. Es curioso, en el franquismo sólo había universidades públicas. Estaban condicionadas, pero aun así es mucho peor esta cultura de la privatización, donde me gustaría saber la categoría de muchos de los señores que están enseñando en centros privados, y también qué idea tienen de la libertad y el progreso.
¿Cómo ve la Universidad actual?
Estoy un poco desconectado, pero mis exalumnos me cuentan que va a peor. Me atrevería a hacer una entrevista cara a cara con esos ideólogos de la educación para demostrarles el retraso y la incultura que están promoviendo con esa obsesión por hacer cosas ‘valiosas’. Uno de los escándalos que más me chocan es que se obsesione a los muchachos con la idea de que la Universidad sirve para ganarse la vida. En esos años hay que crear ilusiones. Me gustaría que los asesores del ministro [José Ignacio Wert] me explicaran sus razones. No creo que la monstruosidad de ciertos individuos llegue al extremo de querer entontecer al país.
Artículo publicado en la edición especial de Heraldo de Madrid, en quioscos durante abril de 2014.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

PRENSA CULTURAL. "Mythos". Emilio Lledó

Emilio Lledó

   En "El País":

 24 NOV 2012

Lo primero fue el habla. Una necesidad de sentir la compañía de los otros, de arrancarse de la originaria soledad, de emitir sonidos que la lengua fue articulando, modulando, convirtiendo en palabra. A esa voz, enriquecida a lo largo del tiempo, el “filósofo”, como llamaban a Aristóteles, dijo que era un soplo, un “aire semántico”. No sólo un grito. Ese aire decía cosas, señalaba los árboles, los mares, las estrellas, alumbraba ideas que, en principio, eran “lo que se ve” y en esas “visiones”, creaba comunidad, solidaridad, amistad. Surgía así un universo en el que los seres humanos comenzaron a sentirse y entenderse. Los primeros textos en los que encontramos el sustantivo mito, (mythos), por ejemplo en la Ilíada, significa “palabra”, “dicho”, “conversación”.
Ese aire semántico, ese soplo de la vida, del cuerpo, empezó a llenarse de deseos, de sueños, de sentimientos, y el mito, la voz que entonaba los hexámetros sonoros, se cargó de contenidos en los que se roturaba el mágico, misterioso, territorio de la imaginación. El aliento que se escapaba de los labios de los rapsodos cantaba ya las lágrimas de Aquiles, la constancia de Odiseo, el amor de Nausicaa, la tristeza de Antígona, Un enriquecimiento, pues, de esos largos orígenes en los que las palabras habían servido para comunicar a los que vivían a nuestro lado la inevitable, gozosa, penosa a veces, experiencia del cuerpo y su destino. La literatura, el lenguaje, que ya no indicaba sólo el mundo de las cosas que veíamos, iba, poco a poco sembrando, inventando los mitos. El aire semántico revestía las palabras de una luz tan intensa que podíamos descansar en ellas nuestras cabezas, y afirmar así todo lo que jamás podrían alcanzar nuestras manos, ni vislumbrar nuestra mirada.
Debieron pasar siglos para que se levantase el intangible acoso de la fantasía, de las ficciones, de la poesía. La Iliada y la Odisea fueron dos inmensos bloques de mitos que habrían de dar sustento a unos seres que desde la naturaleza que los constituía iban a adentrarse por el amplio dominio de la cultura. Ese nuevo aire semántico también hacía respirar, alimentaba la vida, ampliaba el horizonte del existir, insuflaba alegría y esperanza. Pero sobre todo creaba libertad. Nadie podía poner ya puertas al campo, al universo de las ficciones que nos convirtieron en animales con logos, con palabra, donde se dibujaban otros paisajes, otros horizontes. El cultivo, la cultura, de esos mitos fue abriendo al animal humano el dominio que le era propio y por el que realmente existía.
La tradición filosófica nos ha entregado una de las grandes intuiciones de aquellos primeros pensadores que se hicieron cargo de esas palabras “asombrosas y maravillosas”. Uno de sus representantes, el “filósofo”, decía que “el amante de los mitos tiene que ser también amante del conocimiento, de la verdad, de la sabiduría”. Y aquí surgió un problema que ha llegado rodando, apisonando también, aplastando, hasta nuestros días. Porque el mito que crea, y da aire a la libertad, puede ser objeto, incluso instrumento de condena, de prohibiciones, de incendios, cuando no deja abrir las puertas de la verdad, cuando no inspira racionalidad y progreso, cuando no hace fluir las neuronas. El mito alumbra e inspira, pero es siempre un paso previo en el camino del conocimiento. Enseña libertad si no se impone por la fuerza, si no cae en manos de sectas y fanáticos que corroen, desde la infancia, el cerebro de los que de alguna forma dominan, para hacer olvidar el camino más largo, mas duro, mas interminable, más hermoso del pensar. Hay que mantener el estímulo de las palabras míticas para saber que esas palabras no acaban en ellas mismas. Abren camino, pero no son el camino que, con la educación, con la Paideía que es cultura y no aprendizaje, hay que andar para ser ciudadanos de una “polis” libre, de una política en la verdad y en la siempre imprescindible justicia. En esa educación para la ciudadanía no cabe la indecencia, ni los mitos impuestos por los profesionales de la mentira.