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domingo, 15 de febrero de 2015

PRENSA CULTURAL. "La poética del paladar"

   En "El Día de Córdoba":

La poética del paladar

Una confortable sala de El Churrasco, templo del buen comer, acoge el primer encuentro de un ciclo de tertulias y charlas dedicado a la gastronomía cordobesa
FÉLIX RUIZ CARDADOR | ACTUALIZADO 09.11.2014 
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Rafael Carrillo escancia una copa de fino con la venencia a los escritores Carlos Clementson y Matilde Cabello en la bodega de El Churrasco.
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Carrillo corta porciones de una hermosa tortilla de patatas, plato clásico de El Churrasco desde sus comienzos en 1970.
Dejó escrito Marco Tulio Cicerón, que no era precisamente un pardillo en ese arte supremo que es vivir, que "el placer de los banquetes debe medirse no por la abundancia de los manjares, sino por la reunión de los amigos y por su conversación". Y de acuerdo hay que estar con ello, ¿por qué quien se atreve a objetarle a Cicerón? Faltaría. Pero aún así, por qué no, se pueden unir todos los ingredientes y juntar comida deliciosa, charla chispeante y clima fraterno. Mesa y sobremesa, dos placeres. El lugar elegido para ello: el restaurante El Churrasco, uno de los emblemas de la gastronomía cordobesa. El objetivo: iniciar, ahora que Córdoba consume su Capitalidad Iberoamericana de la Cultura Gastronómica, un ciclo de tertulias y análisis dominicales sobre la cocina de esta tierra. Por supuesto, desde la libertad más absoluta, desde los recuerdos, desde la cultura y de forma distendida. Para ello este diario reúne a una terna con solera: Rafael Carrillo, propietario de este templo culinario; Matilde Cabello, escritora de sensibilidad delicada y gran memorialista de Córdoba y sus gentes; y Carlos Clementson, poeta desbordante, celebratorio, en cuya personalidad se extiende el barroquismo gongorino. Tras tres horas de comida y conversación en saloncito privado de tonos claros se sale a la calle, a los primeros fríos de noviembre, con una sensación muy precisa: que la comida cordobesa refulge en este siglo XXI, que tiene un gran futuro y que en Córdoba los fogones y la cultura van de la mano. Y que el éxito culinario de esta tierra se ha ido cocinando poco a poco, a su amor, como un cocido puesto a la lumbre en un viejo puchero.

Al calor de la mesa sale la antigua Córdoba gastronómica, la actual y la del mañana. Y Clementson, en un momento de la charla, lo deja claro con su voz poderosa: nunca el boomactual de la cocina cordobesa "habría sido posible sin El Churrasco y El Caballo Rojo, que lo revolucionaron todo". Corrían los años 70 cuando ambos establecimientos comenzaron a ganar fama y a colocar a Córdoba por vez primera en el mapa culinario de una España en la que parecía durante décadas que sólo por el Norte se sabía cocinar. "Al Sur no se le estimaba en lo culinario, se pensaba que era una tierra de frituras y de poco más", cuenta el también profesor emérito, ya jubilado, de la vecina Facultad de Filosofía y Letras, frontera a El Churrasco. ¿Pero comenzaron ambos restaurantes y sus impulsores, lo históricos Rafael Carrillo y Pepe García Marín, de la nada? Evidentemente, no. Como explica Matilde Cabello, ellos condensaron una tradición que guarda rastros del pasado musulmán y sefardí, judío. Viejos recetarios y gustos, productos como el aceite de oliva o las especias del terruño, que se fueron aquilatando en las cocinas domésticas gracias a mujeres laboriosas que se transmitieron sus costumbres de madres a hijas. Mari Rodríguez, la esposa del propio Carrillo, la gran inspiradora de los manjares de esta casa de comidas que se abrió en el ya lejano 1970, es un ejemplo vivo de ello. Gran cocinera, lo aprendió de su madre. Y sin ella, y sin otras miles de mujeres anónimas, no sería posible que la ciudad hubiese alcanzado la brillantez actual. Matilde Cabello lo tiene clarísimo. La poeta, para reafirmarlo, recuerda que la receta más extendida del rabo de toro a la cordobesa la creó una mujer, la hermana del buen torero decimonónico Antonio de Dios Moreno, conocido en los ruedos como Conejito. "A los familiares de los diestros les regalaban los despojos de las reses del Matadero y ella, que tenía una venta por La Corredera, perfeccionó este guiso" hasta convertirlo en un santo y seña irrenunciable de la gastronomía de esta ciudad. Nunca le estarán suficientemente agradecidos a esta buena y sabia mujer los que aman este guiso tan suculento y gelatinoso.

Muchos son los que dicen también que durante las primeras décadas de la dictadura en Córdoba no se comía en la calle. Leyenda vieja es ésa, que Rafael Carrillo, mientras corta y reparte cuñas de tortilla de patatas a sus invitados, desmiente con su memoria elefantiaca. Habla de viejos bares, de viejos restaurantes, de viejas tabernas en las que sí se comía, y además bien. La Casa de Miguel Gómez, por ejemplo, en la estrecha calle Marqués del Boil y a la que acudía Manolete, perfil narigudo y eterno, con sus amistades en los años 40. O el Bar Imperio, de la calle de la Plata, o el Hotel Simón. Carrillo, memorioso, recita en hilera menús completos de Pepe Jiménez Aroca en el primer Pepe de la Judería, donde se sucedían sobre la mesa la tortilla paisana, la merluza rellena, el rabo de toro, el morcillo estofado y un pescado frito "insuperable", que bañaba en leche antes de enharinarlo y freírlo en aceite de oliva muy, muy caliente. Y evoca el ambiente gastronómico del Casco Histórico en tabernas como Los Califas, donde iba la crema del flamenco, La lechuga frita, El Mesón del Conde o Casa Don Manuel. Y la cocina de Casa Minguitos, en San Lorenzo, donde él echó los dientes como camarero y donde en los 50 se servían conejos en salsa, pajarillos fritos por docenas, callos, zorzales, manitas de cerdo o gachuelas de menudillo de pollo. Queda claro que hubo un ayer, aunque con sus matices, por supuesto. Pero nada nace de la nada.

Clementson, mientras comienza a degustar unos níscalos de la Sierra cordobesa con ajito y perejil, pura ambrosía micológica, recuerda que en la casa de su familia había cocinera, que preparaba estupendos asados de cordero por influencia de la abuela del poeta, que era de Murcia, su otra tierra. Lo de las cocineras era cosa común en las casas de cierto fuste y en cierto modo con ello se limitaba el desarrollo de las tabernas y restaurantes. "Cuando un cocinero brillaba llegaba el marqués fulanito o El Tío del Queso -mote con el que se conocía al acaudalado López Laguna- y se lo llevaba a su casa", recuerda Rafael Carrillo de aquellos años. Hasta los 70, en todo caso, se puede hablar de una etapa previa de la cocina cordobesa antes de su entrada en la modernidad, que se desarrolló al mismo tiempo que la ciudad comenzaba a expandirse y a desarrollarse gracias al turismo, a su hoy añorada y pujante industria y al avance del conjunto de una España que salía de décadas difíciles.

Ahí, en ese contexto, emergen El Caballo Rojo, al principio en la calle Deanes, y El Churrasco, en la calle Romero, lugar en el que sigue impertérrito. La historia de éste último resulta conocida para la cordobesía de cierta edad, pero no deja de ser curioso que lo que comenzó siendo en su inicio un mesón modesto se haya convertido con el pasar de los años en un restaurante de gran tamaño, con preciosa bodega que emana un exquisito olor a Montilla-Moriles, y en una hospedería. Da trabajo a 50 personas en su conjunto. Camareros de lujo, por cierto, con un estilo propio, que mezcla cercanía, eficiencia y exquisita educación, una marca de la casa. Al final, se deduce que el éxito de un mesón en el que acabaron comiendo incluso los Reyes de España y por el que han pasado cientos de personas ilustres se debe a la creatividad y laboriosidad de un matrimonio que reinventó la cocina local aprovechándose de su recetario tradicional y de las maravillosas materias primas que ofrece una provincia de variadísima geografía. A Clementson, por ejemplo, le maravilla "que Carrillo reinventarse el churrasco argentino, que por aquí era cosa extraña, foránea, para hacerlo a su modo" sobre ascuas de carbón de encina y con carne de solomillo ibérico de Los Pedroches en vez de con carne de vacuno, a lo que le añadió sus hoy famosísimas salsas verde y roja.

El hostelero, mientras que un camarero trae a la mesa un plato de riñones de cordero, reconoce que el origen de todo "fue modesto", con 50.000 pesetas de la época y un pequeño crédito, tratando de aprovechar para las carnes las virtudes de una de las viejas cocinas económicas de carbón que comenzaban a dejarse de usar en los restaurantes de la época y ofreciendo asimismo platos que su mujer bordaba como el salmorejo, las berenjenas fritas o la tortilla de patatas, gruesa y esponjosa, con huevos de campo y aceite de la tierra, una delicia nuestra y universal. Carrillo recuerda que incluso su padre hacía bromas de tan extraño nombre: El Churrasco. El éxito fue tal sin embargo que servían solomillos a la brasa incluso en los capot de los coches que había aparcados en la puerta, algo así como lo que ahora ocurre con la tortilla del Bar Santos de la Mezquita. El empresario, por supuesto orgulloso, bromea diciendo que las carreras de sus hijos "las he pagado con el dinero que me entró por la venta de berenjenas fritas", tantos kilos no despacharía de tan crujiente manjar. En 1973, sólo tres años después de su apertura, Carrillo decidió "cerrar durante seis meses el local y ampliarlo". "Me aventuré, porque había riesgos", recuerda, y ganó. La reinauguración, tras una reforma en la que participó Rafael Granados como decorador, se convirtió todo un acontecimiento. Y de ahí hasta hoy, crecer y crecer y crecer.

Carlos Clementson, que se incorporaba por aquellos años como docente a la recién inaugurada Facultad de Filosofía y Letras, que se habilitó en el vecino Hospital de Agudos, comió y tapeó muchas veces en este restaurante, donde hacia tertulia con otros profesores, artistas e intelectuales al amparo de un solomillo compartido. Para el poeta el paso más significativo que se dio por entonces con este establecimiento fue que "comenzó a comerse buena carne en una ciudad en la que hasta entonces no era así". La receta cárnica sempiterna hasta aquel momento era la del bistec adobado con ajo y perejil y luego empanado, y de eso apenas se salía. Carrillo explica que se fue a Madrid en busca de proveedores y que recogía la carne de vacuno que le llegaba del Norte de España "a las cuatro de la mañana en la estación de autobuses". Ahora, sin embargo, buena parte de su suministro no sólo de cerdo sino también de ternera procede la comarca cordobesa de Los Pedroches, una auténtica alacena de Córdoba capital que, según explica Carrillo, ha evolucionado muchísimo en cuanto a la cría de vacuno con técnicas y alimentación tradicionales.

Mientras esto ocurría en El Churrasco, poco más abajo, en la calle Deanes, Pepe García Marín, otro pionero que todavía resiste los embates de la vida aunque sujeto a los achaques propios de su edad, llevaba a su Caballo Rojo por la senda del éxito y comenzaba a experimentar con el legado andalusí hasta darle a la cocina cordobesa una singularidad que entroncaba perfectamente con una de las etapas más refulgentes de su pasado. Figura esencial en la evolución culinaria de aquel momento fue la del filólogo, sacerdote jesuita y gran gastrónomo Feliciano Delgado, natural de Belalcázar y fallecido en 2004, que con sus muchas lecturas aportó grandes ideas y sirvió de estímulo para avanzar con una base sólida e historiada, mirando al mismo tiempo al pasado y al futuro. "Lo llamaban de toda España para saber el origen de tal o cual receta, y él sabía muchísimo; además, cuando no lo sabía se lo inventaba con mucho arte", cuenta Rafael Carrillo entre risas. También ayudó con sus pesquisas librescas el canónigo Manuel Nieto Cumplido.

Cuando el almuerzo entra en su zona noble, en los segundos platos cárnicos y consistentes, Carlos Clementson parece caer en trance y afronta su solomillo con cierto aire litúrgico, ceremonial, que le aporta a su rostro algo así como un tono de arzobispo salobre. "Da gusto verte comer", le dice Carrillo, que lo conoce desde antiguo. Y el poeta sonríe beatífico mientras reparte salsa con minuciosidad y parsimonia de relojero viejo. La tertulia se entretiene entonces en recordar la fuerte vinculación que El Churrasco tiene con la cultura cordobesa. Por aquí venía el poeta Juan Bernier, "un hombre telúrico al que le fascinaban los chorizos de Espejo y el lomo de orza" y que se pasaba las horas leyendo en una mesita de la entrada mientras untaba el pan de salsa picante. O José Hierro, bebedor riguroso, al que le encantaba que le sirviesen al término de la comida un cóctel de ginebra, de la alegría lo llamaba él, con naranjas amargas que un camarero se encargaba de traer del Patio de los Naranjos. De Vicente Núñez recuerda Matilde Cabello que siempre fue de poco comer y que, entre medio y medio de Montilla, se conformaba con un par de cucharaditas de lentejas, su guiso predilecto. Y de Pablo García Baena también se comenta que siempre ha sido hombre de hábitos frugales. "Yo no sé si come, porque nunca lo he visto comer", dice Clementson con sonrisa divertida, aunque cierto es que sus ricos poemas sí que aparecen muchos dulces monjiles, conventuales. De Ricardo Molina, otro de Cántico, el autor de las Elegías de Sandua, recuerda Carlos que era un perolista vocacional, voluntarioso en los misterios del sofrito, pero que los esforzados resultados de sus domingos culinarios en Trassierra no convencían a su amigo y pintor Miguel del Moral, que, con tradición hostelera en la familia, sí que sabía de cocina y pucheros.

Rafael Carrillo, orgulloso de la historia de su restaurante, saca a estas alturas del almuerzo el libro de visitas, que da para un reportaje aparte, para un documental. Anécdotas de premios Nobel como Octavio Paz, o de Luis Rosales, o de cuando Omar Sharif estuvo rodando en Almodóvar la serie Los Dardanelos y cenó en esta casa durante 15 días seguidos, o de Rafael Alberti, o de Rafael Botí, o de Pedro Bueno, de Antonio Gades y los cocidos que se metía entre pecho y espalda, o de Emilio Naranjo, o de Paco Rabal, o de El Cordobés, o de El Pele y Sabicas y una larga noche de farra flamenca, o de Gala, o del Rey Juan Carlos, o de casi cualquiera que a usted se le ocurra. Cuarenta y cuatro años de comidas dan para mucho.

Llegan así los postres y los cafés, la hora de la sobremesa y la de la despedida. Como fin de fiesta, algún comensal opta por leche frita flambeada con anís ruteño Machaquito, el eterno Machaco. Cosa seria, de verdad, cosa seria. Lo mejor para el cierre quizá sea una reflexión de Matilde Cabello, que recuerda que la cocina cordobesa es una de las más variadas y ricas de España pues se apoya en las materias y tradiciones de una provincia que le aporta muchas cosas a la capital. De ahí el boom. "Cuando estoy fuera llega un momento en el me aburro y echo de menos lo nuestro, porque aquí hay diversidad", dice. Clementson reivindica a su vez los guisos cordobeses, pues entiende que estamos a la altura de cualquiera en cuanto a platos de cuchara. Especialmente, el cocido, al que los garbanzos de la Campiña le aportan fundamento. "El garbanzo es la clave, porque gracias a él seguían adelante las legiones romanas", dice el poeta. Para concluir, se apunta a la charla unos minutos Rafael Carrillo hijo, responsable de El Churrasco desde la jubilación de su padre y uno de los no pocos cocineros y hosteleros cordobeses de edad intermedia que están protagonizando la segunda revolución culinaria de la ciudad. Con algunos se charlará en esta sección durante las próximas semanas. Por lo pronto, Rafael Carrillo despide la tertulia con apostura de gentleman y Clementson recita con voz prodigiosa el plástico poema que la escribió a este restaurante en los 90 y que allí tienen enmarcado. En la calle, noviembre aprieta, y cae la tarde. Cada cual coge su camino. Quedan en el paladar resonancias culinarias y poéticas. Digamos que la poética que habita el paladar. Y la sensación de que hay mesas, y por supuesto literarias sobremesas, que deberían no acabar nunca y ser espacio abierto, franco, para toda la vida.

lunes, 26 de enero de 2015

PRENSA. Sobre la Mezquita. "La oportunidad perdida de Córdoba"

   En "El País":

La oportunidad perdida de Córdoba

Expertos de varios países contemplan con estupefacción los intentos de minimizar el pasado islámico de la mezquita y creen que la ciudad debería explotar su historia sin conflictos


Mezquita Catedral de Córdoba, este pasado jueves. / JUAN MANUEL VACAS (EL PAÍS)

Hay lugares donde la arqueología y la historia no sirven para interpretar el pasado, sino que se utilizan para leer el presente y acaban transformándose en arma arrojadiza. En los últimos años, con una intensificación creciente, Córdoba se ha convertido en uno ellos. Los movimientos de la Iglesia para tratar de minimizar el pasado islámico de la antigua mezquita de la ciudad andaluza, la más importante de Occidente y Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, que el Cabildo Catedralicio ha pasado a denominar catedral a secas, despiertan la perplejidad e incluso la tristeza de muchos historiadores, que ven como la ciudad está perdiendo una oportunidad para convertirse en un polo de diálogo entre religiones en un momento en que es más necesario que nunca. Mientras que entre muchos académicos cordobeses impera la prudencia, o incluso el silencio, porque aseguran que no quieren alimentar la polémica, desde diferentes universidades de Estados y Europa impera el estupor ante una cuestión que se considera científicamente cerrada.
“Podríamos imaginar que este monumento, que fue musulmán y luego una catedral, sirviese como punto de encuentro, de diálogo”, afirma por teléfono el historiador francés Pierre Guichard, cuyos libros en los años setenta abrieron muchos caminos en el conocimiento de la España islámica. “Asisto a esta polémica como espectador estupefacto”, señala por su parte Desiderio Vaquerizo en una cafetería situada justo enfrente del templo. Catedrático de arqueología, cordobés de adopción, es uno de los grandes expertos en la historia de la ciudad. Asegura no querer entrar en un debate que considera “estéril”. Preguntado sobre si esta polémica representa una oportunidad perdida para la ciudad, el catedrático de Arqueología de la Universidad de Córdoba, Carlos Márquez, responde: “Este es el drama de esta ciudad”. “¿No tendría más sentido en vez de pelearnos por la propiedad del edificio investigar y tratar de conocer? El patrimonio de Córdoba es una fortuna que no luce por estos problemas voluntariamente generados por las instituciones”.
Una mañana de enero, grupos de visitantes de todo el mundo se suceden en el patio de los naranjos de la mezquita. Proliferan los inevitables palos para hacerse selfies, las banderas para reunir a los miembros del grupo, las conversaciones en voz alta en muchos idiomas, como en cualquier otro lugar emblemático para el turismo mundial, ya sea el foro romano, el Museo del Louvre o la plaza de San Marcos en Venecia. De repente, se oye la llamada a la oración de muecín. No es una alucinación: a unas decenas de metros existe una mezquita en activo, construida con ayuda de la cooperación turca. La fuerza de atracción de Córdoba es enorme, como destacó el propio presidente de Estados Unidos Barack Obama en su discurso de El Cairo de 2009, cuando se refirió a la ciudad andaluza y afirmó que “el islam tiene una orgullosa tradición de tolerancia”. Muchos historiadores ponen ahora en duda que la tolerancia bajo los Omeyas fuese tan idílica como se ha dibujado –esta idea surge sobre todo de la comparación con lo que vino después, Inquisición, expulsión de judíos y moriscos–. Como asegura el historiador británico Tom Holland, autor de Milenio. El fin del mundo y el origen del cristianismo (Planeta), “el Califato en España fue un proyecto imperial y a los judíos y cristianos se les concedió una cierta tolerancia a cambio de un sumiso reconocimiento de su inferioridad”. Sin embargo, nadie pone en duda la atracción universal que ejerce el pasado islámico de la ciudad.
Pero, cuando se entra en el recinto, cuya gestión está controlada por el Calbildo de Córdoba, nada recuerda su origen. La denominación actual, en Internet y también en el propio templo, es “Catedral de Córdoba”. En un cartel situado junto a la entrada puede leerse en siete idiomas, incluido el árabe, que “todo el edificio fue consagrado como iglesia madre en el año 1236”. “En este bello y grandioso templo, desde entonces y sin faltar un solo día, el Cabildo celebra el culto solemne y la comunidad cristiana se reúne para celebrar la palabra de Dios”. La mezquita que construyeron los Omeyas durante dos siglos y medio, entre 785 y finales del siglo X, todo lo que ha convertido a este edificio en un clásico universal, ha desaparecido. En todo el recinto se insiste en que primero existió la basílica cristiana de San Vicente, que legitima la denominación actual de Catedral. Ningún experto discute que en los cimientos hay restos anteriores, aunque algunos estudiosos aseguran que no está demostrado que su uso fuese religioso.

Podríamos imaginar que este monumento, que fue musulmán y luego una catedral, sirviese como punto de encuentro, de diálogo
El folleto explicativo que se ofrece al visitante al entrar mantiene que luego se produjo “la intervención islámica”; pero que, en 1236 con la conquista de Fernando III, se recuperó “un espacio sagrado al que se había impuesto la presencia de una fe ajena a la experiencia cristiana". Muy pocos historiadores subscribirían este relato de los hechos, que se ha ido radicalizando con los años: en el folleto de 1981 se llamaba Mezquita-Catedral y en el de 1998 Santa Iglesia Catedral (antigua Mezquita).
“Decidir llamar a la mezquita solamente catedral es ignorar el pasado de forma deliberada”, asegura el escritor y periodista británico Matt Carr, autor de un importante libro sobre la expulsión de los moriscos, Blood and faith: the purging of muslim Spain (Sangre y fe, la purga de la España musulmana). El investigador del CSIC, Eduardo Manzano Moreno, autor de obras como Conquistadores, emires y califas. Los Omeyas y la formación de Al-Ándalus (Crítica), se muestra rotundo: “El Cabildo se ha apropiado de un edificio que es una máquina de hacer dinero y está secuestrando y dictando cuál va a ser su memoria. El Cabildo dice que es su casa, pero es un edificio Patrimonio de la Humanidad, que es de todos. Es especialmente grave porque hay un número creciente de turistas que provienen de países islámicos, que quieren ver un edificio emblemático. Deberíamos estar en todo lo contrario, deberíamos buscar puentes”. “No tiene sentido que se borre su nombre de mezquita, porque sin mezquita no habría catedral, arquitectónicamente hablando”, explica la profesora de la Universidad Complutense Susana Clavo Capilla, autora de libros como Las mezquitas de Al-Andalus o Urbanismo en la Córdoba islámica. “Incluso los documentos medievales suelen recordar el pasado islámico de las iglesias. Así que, con más razón en pleno siglo XXI. Porque aunque el edificio tiene un uso religioso, católico, que no se discute, su verdadero valor reside en su belleza, su gran antigüedad y su excelente estado de conservación, razón por la cual es un monumento único”. Como escribió Antonio Muñoz Molina en Córdoba de los omeyas: “La catedral es un prolijo establecimiento religioso. La mezquita es un espacio sagrado”.

Decidir llamar a la mezquita solamente catedral es ignorar el pasado de forma deliberada
Un portavoz del Cabildo, José Juan Jiménez Güeto, afirma que “al contrario de lo que se viene afirmando, el Cabildo no ha borrado la huella islámica del monumento tal y como se puede comprobar si se visita y tampoco ha borrado la palabra mezquita de los materiales promocionales. Es más, la palabra ‘mezquita’ aparece en 23 ocasiones en la página web y en 6 en el folleto”. “En cualquier caso, quiero señalar que para nosotros la denominación del templo no es lo más importante. Hay quien la llama Mezquita, otros Mezquita Catedral y otros Catedral, sin embargo, para la Iglesia lo más importante es que el templo se cuide y se conserve de generación en generación durante muchos siglos más”, agrega.
Muchos expertos cordobeses consultados se muestran prudentes, aunque sí reconocen que el conflicto está haciendo daño a una ciudad a la que le gustaba definirse por una frase sólo aparentemente contradictoria: “Voy a misa a la mezquita”. El edificio simboliza el corazón del periodo Omeya en Al Andalus, que entre 756 y 1031 fue el estado más moderno, admirado y vanguardista de Occidente. De la Córdoba islámica, aunque después de que el esplendor de los Omeyas fuese enterrado por guerras civiles, surgieron figuras universales como el poeta Ibn Hazm (994-1064), que cantó la añoranza por el mundo perdido en su obra maestra, El collar de la paloma, y los filósofos y científicos árabe Averroes (1126-1198) y el judío Maimónides (1138-1204). “La influencia de la Córdoba del tercer califato, en el siglo X, sobre la ciencia, la matemática, la medicina, es gigantesca, eso nadie lo discute”, explica el catedrático de Historia Medieval de la Universidad Autónoma de Barcelona, José Enrique Ruiz Domènech. “Los conocimientos urbanísticos, estéticos, científicos, su aportación en la llegada indirecta de los grandes clásicos, eran seguidos por toda Europa”, agrega.

Sucesión de siglos

El primer emir Omeya de Córdoba Abderramán I comienza a construir la mezquita en 785 en el lugar que ocupaba una antigua basílica cristiana.
La mezquita vive tres ampliaciones hasta que cae la dinastía Omeya en el siglo XI.
Fernando III convierte el templo en catedral cuando conquista Córdoba, en el 1236, aunque apenas sufre alteraciones hasta los reyes católicos. En el siglo XVI se produce la mayor intervención con la construcción de la catedral.
La Unesco declara el edificio Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1984 como Mezquita de Córdoba. En 1994, se amplía al Centro Histórico de Córdoba.
El Cabildo la inmatricula en 2006. En 2010, se produce un altercado tras un intento de rezo musulmán.
Consagrado como catedral, el templo se respetó durante siglos y sólo comenzó a tocarse bajo los reyes católicos. La mezquita vivió su primera gran transformación en el siglo XVI, cuando el obispo Alonso Manrique ordenó la construcción de una catedral en su interior. Esta decisión abrió un enfrentamiento con el corregidor Luis de la Cerda, que incluso llegó a condenar a muerte a cualquier artesano que tocase el edificio. Una de las calles que rodean la mezquita lleva su nombre. Tuvo que mediar el emperador Carlos V, quien autorizó las obras. La leyenda dice que, cuando visitó Córdoba posteriormente, afirmó: “Habéis tomado algo único y lo habéis convertido en mundano”. En cambio, en otros momentos, la actitud de la Iglesia fue la contraria. En 1974 y 1977, durante la celebración del primer y segundo congreso islámico-cristiano, el Cabildo permitió rezar el viernes a los delegados musulmanes en el interior del templo.
La Iglesia comienza a cambiar a partir de los años 2000 y los ánimos se encrespan en abril de 2010 con un intento de rezo musulmán dentro del recinto. El asunto se complicó todavía más cuando se descubrió que la Iglesia había inmatriculado en 2006 el templo a su nombre por 30 euros y se convirtió en la teórica propietaria legal (mientras no se presente un recurso) de un edificio que genera unos ingresos fabulosos: recibió 1,56 millones de visitantes en 2014. Aunque el Cabildo no hace públicas las cuentas, asegura que genera unos ingresos de nueve millones de euros. Cada entrada cuesta 8 euros y está libre de impuestos ya que se considera un donativo. Al final de la visita, otro folleto, titulado “La verdadera historia de la catedral”, trata de explicar ese movimiento jurídico, que sus críticos consideran la apropiación indebida de un bien público. Los argumentos principales son la existencia de un templo anterior, así como la consagración como iglesia cristiana en 1236. “¿Quizás teme la Iglesia que cualquier concesión al Islam en Córdoba pueda abrir las puertas a una nueva conquista musulmana? Irónicamente la mayoría de los ingresos provienen de que se trata de una mezquita, no de una catedral”, asegura el investigador Matt Carr.

No es un problema religioso, es un problema de gestión del patrimonio. Estamos reivindicado una forma de gestionar la herencia cultural
Miguel Santiago, profesor de biología y cristiano de base, es una de las figuras visibles de la Plataforma Mezquita-Catedral de Córdoba, que encabeza desde hace un año el movimiento ciudadano en contra de las intervenciones del Cabildo. “No es un problema religioso, es un problema de gestión del patrimonio. Estamos reivindicado una forma de gestionar la herencia cultural”, explica. María del Mar Villafranca, historiadora, experta en patrimonio y actual directora del Patronato de la Alhambra, se pronuncia en un sentido muy parecido: “El derecho catastral es diferente del derecho del patrimonio: los bienes culturales son públicos, son comunes. La mezquita debe de ser un bien público y tratado como tal. Eliminar la palabra mezquita es un error, los valores que reconoció la Unesco son precisamente eso, la unión de culturas”. El arqueólogo Antonio Vallejo, que fue responsable del yacimiento Omeya de Medina Azhara, afirma por su parte: “Mi opinión es que debería implantarse un modelo de gestión profesional. No hay un problema turístico, hay un problema cultural. La gestión a través de un patronato formado por diferentes actores, como en la Alhambra o Altamira, sería una buena solución”.

España debería reconsiderar seriamente cuál es su relación con el legado histórico andalusí. Y debería hacerlo con rigor y amplitud de miras. Se oscila entre los fastos aparatosos y el olvido y la dejadez
Durante un recorrido por el templo, Miguel Santiago muestra una admiración sin límites por el edificio, no sólo por la mezquita original, por el inolvidable bosque de columnas, por el Mihrab, una de las joyas del arte islámico, sino también por la catedral que se insertó en su interior. Conoce cada detalle y describe cómo se han ido multiplicando a lo largo de los años los símbolos católicos en todos los rincones del templo. Y cree que alguien debería plantearse si la figura de Santiago Matamoros, emplazada desde el XVIII junto al altar, es la más adecuada para representar el pensamiento de la Iglesia en pleno siglo XXI. “Venimos aquí tres veces a la semana y siempre nos emocionamos”. Quienes hablan son Gabriel Rebollo y Sebastián Herrero que, junto a Gabriel Ruiz Cabrero, son los arquitectos encargados del mantenimiento del edificio. Como Santiago, conciben el recinto como un todo. “Es un edificio construido durante 1200 años, es una única obra de arte”, asegura Rebollo. Y Herrero puntualiza: “Incluso más, no podemos olvidar que muchas columnas y capiteles son romanos reutilizados por los constructores árabes”. Ellos también creen que la polémica es “inútil y tremendamente triste”. “No entendemos lo que está pasando, pero creemos que el edificio es tan poderoso que puede con todo”, aseguran bajo la luz invernal en el patio de los naranjos.


Imagen del II Congreso Islámico-Cristiano celebrado en la Mezquita de Córdoba en 1977.
Sin embargo, otros expertos consideran que no se trata sólo de un conflicto en torno a un nombre, ni siquiera de un enfrentamiento por el control de un edificio tremendamente rentable. Creen que refleja un profundo e inagotable problema de la relación de España con Al Andalus y, yendo más lejos, de la relación de Occidente con el Islam. “La relación de los españoles con el pasado musulmán es una historia larga y muy emocional, en la cual, durante siglos, la identificación de España con la cultura católica marco a los musulmanes y a los judíos con el signo de la alteridad”, asegura la experta en historia religiosa de España Isabelle Poutrin, profesora de la Universidad París Este Créteil y autora de Convertir les musulmans (1461-1609). Aunque cree que lo que ocurre en Córdoba es mucho más pedestre: “Me parece que la polémica, que veo a través de la prensa y desde Francia, tiene más que ver con un conflicto jurídico y económico que con un enfrentamiento ideológico”.
Otros estudiosos sí creen que es mucho más profunda y que se refleja en otros aspectos de la vida cultural. El profesor de estudios religiosos de la Universidad de Colorado, Brian A. Catlos, acaba de publicar Infidel Kings and Unholy Warriors, que relata los enfrentamientos en el Mediterráneo en torno al año 1000. Uno de los personajes que retrata es el Cid. Preguntado sobre la importancia que se concede a esta figura frente a Ibn Hazm, Averroes o Maimónides, responde: “Mientras la historia de España sea presentada como la lucha de los cristianos frente a elementos extranjeros, una figura como el Cid, un apuesto caballero que lucha por una causa (al menos en su versión mitificada), será considerada mucho más importante que la de cualquier filósofo infiel. Sin embargo, si se considera el legado de la España medieval en términos de su impacto en Occidente, incluyendo las culturas islámica, judía y cristiana, figuras como estas son infinitamente más importantes que alguien como el Cid, cuyo impacto histórico es trivial”. El investigador Eduardo Manzano Moreno afirma por su parte: “España debería reconsiderar seriamente cuál es su relación con el legado histórico andalusí. Y debería hacerlo con rigor y amplitud de miras. Se oscila entre los fastos aparatosos y el olvido y la dejadez. En cambio, falta la apreciación cotidiana. Obras de la importancia de El collar de la paloma de Ibn Hazm deberían ser de lectura obligatoria en las escuelas. Todo esto es una reflexión que deberíamos hacer pero que es literalmente imposible por el ruido continuo que existe sobre estos asuntos y que en muchos casos es provocado por la ignorancia más palmaria”.

martes, 3 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a la poeta Concha García

   En "andalucesdiario.es":

Concha García: “Si me incluyen en una antología femenina me están marginando”

ENRIQUE GARCÍA / Madrid / 31 May 2014
Concha García.Concha García.
Mientras estudia la carta, gira la cabeza y observa minuciosamente cada rincón de la sala. “Disculpa, pero, ¿te importaría que nos cambiáramos de mesa?”, pregunta con un tono casi tímido.”Tengo algunas manías. Entre ellas, me molesta mucho el ruido”, explica mientras se desplaza a una de las esquinas de una céntrica cafetería madrileña, lejos ya del molesto ruido del hilillo musical. Concha García (La Rambla, Córdoba, 1956) es una las voces más reconocidas de la poesía española actual. Afincada en Barcelona desde su niñez, y con más de diez poemarios publicados y numerosos premios a sus espaldas -como el Gil de Biedma o el Aula Negra-, esa mañana, como en su poesía, ella parece encontrarse en una confusión, atenta a cada detalle de aquel nuevo rincón. Hasta los objetos parecen estar contagiados de esa doble temporalidad bergsoniana tan presente en su escritura. Concha es una poetisa de raza, de poesía sabia, limpia y tersa, que ofrece, como un afamado cartófrago, pistas y senderos de una geografía imprevisible y llena de posibilidades. Su poesía es combativa, pues construye un personaje en medio de tensiones. Se enfrenta a la muerte, al tiempo o al sexo desde las trincheras del ser, desde lo fragmentario, con versos plagados de rastros de otras vidas, de peripecias, cicatrices y arrugas. Las mismas que habitan en sus manos, que simulan moldear insistentes la taza del café que parece no querer probar hasta que comience la entrevista.

 A alguien que nunca haya leído su poesía podría llamarle la atención cómo se dedica a construir un personaje poético, que a veces parece ajeno a usted y otras no, al que incluso le habla en tercera persona, y que parece estar siempre en frente de la que escribe.
Creo que mi poesía es coherente con lo que pienso sobre ella. El sujeto poético que yo construyo está en consonancia conmigo, con mi propio pensamiento, que no siente que un yo sea único para toda la vida, sino que por el contrario, piensa que siempre somos varios. Yo no soy la niña que fui, ni la mujer del año pasado. Creo que el tiempo son pequeños acontecimientos que nos hacen ser otros continuamente, por eso creo que ese sujeto es coherente con un pensamiento poético de fluir constante. Pero no es algo que yo me haya inventado. Ya la crítica rusa hablaba de la multiplicidad de voces en la poesía, y siempre me ha interesado mucho esa propuesta porque creo que se ajusta más a lo real. La crítica española ha dicho en algún momento que en mis obras hay un pensamiento poético fragmentado. Pero no estoy del todo de acuerdo, porque un fragmento es un trozo de algo que fue, de una unidad. Y en mi poesía el sujeto es la visibilidad que se esconde en una totalidad, pero no es fragmento, porque no está roto.

Y ese fluir del que habla también está en el propio lenguaje. En su poesía asistimos a un juego de construcción y a un deshacerse constante del lenguaje, ¿por qué? ¿a veces el lenguaje coarta?
El lenguaje encarna la vida, por eso los poemas emocionan, porque el lenguaje no está muerto, sino que vive, y vive más con los años. El pensamiento de Wittgenstein, que de alguna forma podría resumirse en que “los límites de mi mundo están en mi propio lenguaje” siempre me ha interesado mucho. A medida que abres el campo del lenguaje, el mundo es menos limitado, aunque siempre tiene limitaciones. Creo que la poesía debe huir de los límites que pueda imponer el lenguaje, y para ello debemos visualizar las varias realidades en las que estamos constantemente habitando. Yo en mi poesía me olvido del “yo” romántico, ese yo al que le suceden una serie de cosas, pero que al fin y al cabo es siempre el mismo. Siempre he intentado multiplicar los espacios y los sujetos, romper con la idea de lo fijo.

“Creo que el tiempo son pequeños acontecimientos que nos hacen ser otros continuamente”
Ese personaje está en constante búsqueda, ¿se propone al lector una búsqueda permanente? ¿Trata de eso su poesía?
Bueno, yo creo que en mi poesía hay búsqueda, pero también hay certezas. Si me preguntas qué es lo que busco… yo creo que la infancia. No es baladí decir esto. Los cinco primeros años de vida son años que nos constituyen para siempre. Y ese lugar, inevitablemente, se pierde. Y, a la manera proustiana, buscas ese tiempo perdido, que parte de la infancia y luego va buscándose a sí mismo en un eterno buscarse. En el fondo lo que late también en términos poéticos, es una gran melancolía del tiempo pasado. Esa es la verdadera búsqueda. Por otro lado, hay una búsqueda que tiene más que ver con la identidad, con una construcción identitaria, aunque es difícil distraerse de la identidad con la que naces, sobre todo en las mujeres. En mi caso, es la búsqueda del tiempo perdido, la infancia y la identidad.

Por lo que busca el origen, la raíz…
Quizás la única ventaja que tiene la infancia es que no tienes conciencia. Creo que lo que se echa de menos cuando vas creciendo y comprendiendo la vida es esa falta de conciencia. Quizás con mi poesía busque volver a ese estado de inconsciencia. Pero también al origen. Cuando tenía cinco años salí de La Rambla, Córdoba y fui a un barrio de Barcelona. Esa niña que fui sintió un arrebatar de un paisaje y un afecto que está en mi poesía, por supuesto: el origen perdido, la lejanía con mis raíces.

La cotidianeidad es muy tangible en su poesía, donde están muy presentes objetos y situaciones diarias. ¿Por qué? ¿Cree que la belleza puede estar ahí, en lo cotidiano?
La belleza está en todo o no lo está, dependiendo de cómo lo veas. Es algo que está presente como si se tratara de una minúscula minuta de polvo, y tú la puedes ver o no. Tienes que estar apto para recibir la belleza, y para eso quizás tienes que tener problemas de primer orden resueltos, como algo tan básico como la comida asegurada, el techo o el futuro inmediato. Lo cotidiano no estaba muy contemplado o nombrado cuando yo comencé a escribir poesía a finales de los setenta. Los platos, la cocina o el autobús, apenas se nombraban. A través de lecturas de poetas norteamericanas me di cuenta de que lo cotidiano se iba haciendo también poético. Pero en el momento en el que yo empecé, hablar de lo cotidiano no estaba contemplado como tal. Tanto que en esos años un libro mío no llegó a publicarse por contener un verso en el que incluía la palabra “bragas”.

“Un libro mío no llegó a publicarse por contener un verso en el que incluía la palabra bragas”
También en lo cotidiano yacen cosas tan universales y poéticas como la soledad, el vacío, tan recurrentes en poesía…
Lo cotidiano son resortes para anclar de alguna forma esa soledad tan universal. Los elementos cotidianos hacen que nos alejemos de la abstracción y podamos situar al sujeto poético. Recuerdo las pinturas de Hopper con su desolación. Yo siempre me he sentido muy identificada con la soledad de sus obras. De alguna forma es una soledad muy urbana, en la que fácilmente podemos sentirnos identificados.

¿Cree que se ha podido abusar de lo cotidiano en poetas y estéticas posteriores porque, quizás, se hayan conformado con la lectura más superficial de lo cotidiano?
Sí, creo que se ha abusado muchísimo. Es más, yo creo que hay poemas que ni siquiera son poemas. Porque si al poema le quitas el extrañamiento, y lo cotidiano no es solo un anclaje sino que se convierte en el propio discurso, se queda en un relato o aforismo, pero ya no es un poema. Aquí entramos también en el debate que gira alrededor de las fronteras entre géneros, porque ¿quién está autorizado a decidir lo que es un poema o lo que no? Para mí, si un poema es un relato que se consume en la primera lectura, que se agota en una primera lectura, será un artefacto literario, pero no un poema. El poema no debe agotarse en la primera lectura, porque es palabra viva y necesita muchas lecturas, y puedes recurrir a esos versos siempre, porque no se agotan. De ahí que sean pocos los poetas cuya escritura entre en esa especie de parnaso.

¿Por qué cree que se ha abusado tanto de lo cotidiano en la poesía española? ¿Porque quizás, a través de lo cotidiano, se ha acercado la poesía a un mayor número de lectores pero a cambio se ha renunciado a ciertos caracteres esenciales que puede tener la poesía?
Yo creo que en cuanto a esta superficialidad, hubo una responsabilidad muy grande que todavía late, que es la poesía de la experiencia. Salvo algún poeta, la mayoría ha tenido demasiados epígonos, y eso creo que ha hecho mucho daño. Pero no porque la poesía de la experiencia pueda ser muy banal, por supuesto que no, sino porque no ha dejado paso a otras estéticas, las ha opacado. Cuando viajo a Latinoamérica, compruebo que siempre están los mismos libros de poesía española en las librerías, los de los poetas de la experiencia. También ocupan páginas y páginas en los libros de bachillerato y en las universidades, donde, por cierto, apenas aparecen mujeres.

“Para mí, si un poema es un relato que se consume en la primera lectura, que se agota en una primera lectura, será un artefacto literario, pero no un poema”
Hablemos de mujer y poesía. María Victoria Atencia dijo una vez que no sabía si hacía poesía femenina, pero que su poesía tenía mucho de mujer. A nivel nominal, ¿cómo enfrentarnos a este tema? ¿Hablamos de poesía femenina, o prefiere hablar de poesía escrita por mujeres?
Para mí es algo muy claro. La poesía femenina es la poesía que utiliza los elementos y tópicos que ha impuesto el patriarcado, los hombres. Poesía femenina es aquella que se pone en el cuerpo de la mujer, de la madre, pero siempre visto por otro, casi siempre un hombre. Su feminidad no es de ella, sino que es una representación de lo que los demás le han impuesto. De alguna forma es como un travestismo, que asume y se atribuye todas las cualidades que la cultura dominante ha impuesto sobre las mujeres. Como si la mujer fuera una esencia única y ahí cupiesen todas. Esa poesía está sobre todo en las poetas de la posguerra española. Ernestina de Champourcín o María Veneita, nacidas en los veinte y treinta, y que fueron las mujeres presentes en el franquismo español. Y no es así, hay muchos tipos de mujeres, al igual que muchos tipos de hombres.

Y cuando trasgreden esa identidad impuesta, ¿deja de ser poesía femenina?
En España siempre hemos estado muy atrasados en este tema. El franquismo se puede palpar aún, ese monstruo no ha muerto todavía: influye en la libre expresión. Pero mucho antes ya íbamos por detrás que otros países. Pongamos el ejemplo de las poetas románticas. En el caso de Rosalía de Castro, en su poesía hay mucha feminidad, pero sin subversión. Ella es contemporánea de Gabriela Mistral, y la forma de enfrentarse a lo femenino es muy distinta, la diferencia entre ambas es abismal. En los años sesenta, que fueron muy liberadores e innovadores para las mujeres, hubo un revuelo de mujeres poetas españolas. Se empezaron a subvertir los mitos y hablaron desde él, como Juana Castro o María Victoria Atencia. En mi caso por ejemplo, que soy una mujer y ese es mi sujeto poético, éste no hace lo que hace el sujeto femenino: ama a otras mujeres, va a un bar sola, no tiene amantes… esa identidad, que es cambiante, es lo positivo de un discurso que ha permitido que queden voces de poetas imprescindibles que han construido su sujeto poético a través de la subversión, de la desobediencia, dando la vuelta a ese sujeto impuesto durante tantos años.

“El franquismo se puede palpar aún, ese monstruo no ha muerto todavía: influye en la libre expresión”
¿Y esa subversión se hace con la intención de construir una nueva feminidad o se hace para desprenderse de las connotaciones negativas de género que tanto han oprimido a las mujeres?
Creo que es un poco todo. Las universidades norteamericanas se preguntaron mucho por esto, y nos ayudaron mucho. Se interesaron por nuestras obras y canalizaron todo eso para interrogar qué estábamos proponiendo, qué hacíamos las poetas españolas con el sujeto femenino.

¿No se interesó tanto por ustedes la crítica española?
No, y mucho menos los hombres. En los años ochenta había críticos poderosos en la Academia que consideraban que no entrábamos, ni debíamos entrar, en el canon. Salvo Víctor García de la Concha, que sí escribía sobre nosotras en ABC, el resto jamás se pronunciaron.

Entonces, y permítame insistir, si nos enfrentamos a su poesía, ¿cómo la llamamos?
Creo que es una redundancia. Me gustaría que fuera un tema ya pasado, porque estas preguntas nos la siguen haciendo a las mujeres que escribimos, mientras que a los hombres poetas nunca se les pregunta si escriben o no como un hombre. Hasta ahora ha habido que decirlo, porque siempre nos marginaban. Sigo pensando que si me incluyen en una antología femenina, de alguna forma, me están marginando. Nuestro espacio había que recuperarlo, hay que recuperarlo. Y para ello tenemos que nombrarlo. Pero una vez nombrado, creo que ya hemos recuperado ese espacio. Y para ello, las poetas debemos tener en cuenta a nuestras madres, abuelas y hermanas poetas y avanzar en comunidad, que es lo que siempre han hecho los hombres. Por esto, hemos formado un grupo en Madrid que se llama “Genealogías”, compuesta por poetas mujeres jóvenes y mayores que nos reunimos dos veces por año.

¿Y existe algún nexo de unión en cuanto a imágenes, temáticas o símbolos entre sus coetáneas? ¿Existe algo más que os pueda unir, más allá del género?
Yo no hablaría tanto de mujer o hombres, sino de escrituras. Hay hombres que tienen una escritura muy femenina. Es verdad que existen rasgos muy comunes con los que puedes descubrir qué está escrito por una mujer y qué no. Creo que es una subjetividad diferente. Yo creo en el feminismo de la diferencia, y en poesía creo que se percibe en el tratamiento del yo, en la subjetividad y en una mayor apertura a elementos poéticos como el cuerpo u objetos cotidianos que los hombres, al menos antes, difícilmente hablaban. Ahora, por supuesto, las cosas han cambiado mucho. Pero siguen habiendo rasgos muy latentes.

Heidegger nos recordó el término griego aletheia que podría traducirse como “desocultamiento del ser”. ¿En qué consiste su quehacer poético, tiene algo que ver con ese desocultamiento?
Con Heidegger me quedo con el ser para la muerte, ese ser en un deshacerse constante que sabe que está abocado a la muerte y es un ser al que le suceden cosas. En ese acontecimiento constante del ser, que va desvelando cuestiones filosóficas y relacionadas con la pregunta de la existencia, sí que hay mucho en mi poesía.

¿Y ahí está la verdad en su poesía?
La verdad es una gran palabra. Desde luego que mis poemas son verdaderos, no hay impostura en ellos. Creo que la única verdad es eso, que somos seres hacia la muerte, que vamos a morir todos, como decía el maestro Machado. Es una verdad en constante cambio, efímera. Es una verdad de la errancia.

Hace unos meses fue antologada en un poemario colectivo sobre la mirada del pintor cordobés Julio Romero de Torres a la mujer en sus obras, El silencio y la seda. ¿Cómo mira Romero de Torres a la mujer, más allá de los tópicos y las coplas?
Torres me ha fascinado siempre, quizás porque a mi padre le encantaba. Esa mujer alegórica, morena, andaluza y muy sensual de sus pinturas me parece que no es una mujer objeto como han dicho otros. Creo que el artista ha feminizado la ciudad de Córdoba, le ha dado una feminidad muy compacta y rotunda. Eso me gusta mucho del pintor, creo que es muy sugerente. No pienso lo contrario, tiene una exquisita sensibilidad que supo ver a la mujer en una carnalidad muy interesante, no como objeto; y creo además que a Córdoba la ha visualizado mucho.

Nació en Córdoba y vive desde muy pequeña en Barcelona. Quizás nos pueda ofrecer una mirada con más perspectiva que la que a veces nos pueden ofrecer los medios de comunicación sobre lo que está ocurriendo en Cataluña.
El clima político en la calle es muy normal, siempre puedes hablar en castellano y catalán. Son los prejuicios de muchos medios de comunicación, que manipulan todo lo manipulable. También la actitud de ciertos políticos, obviamente. Pero esa fractura no se nota en la calle. Esta cuestión está haciendo perder de vista lo que realmente importa, que son todos los derechos que nos están quitando en esta crisis. Además, a quienes escribimos poesía en castellano en Barcelona sí nos afecta, porque institucionalmente no cuentan con nosotros, es un desierto. Y eso es muy triste, porque Cataluña tiene extraordinarios poetas que escriben en castellano, como Gil de Biedma o Goytisolo, y parece que lo quieren borrar. Pero por supuesto eso es algo a nivel institucional, en la calle es otra cosa.

martes, 4 de marzo de 2014

LECTURA ALUMNOS DEL "MAIMÓNIDES"

   El pasado 25 de febrero, en la Biblioteca Pública Provincial de Córdoba, alumnos del IES "Maimónides" compartieron sus experiencias con la lectura y la escritura.
Paula Díaz González (4º ESO)

Miguel García-Ferrer (2º bachillerato)

Marina Romero Ruiz (2º bachillerato)

Juan Muñoz Medina (2º bachillerato)








lunes, 3 de marzo de 2014

PRENSA. "Córdoba piropea a 'un golpista' en una guía turística"

   En "público.es":

Córdoba piropea a "un golpista" en una guía turística

El Ayuntamiento (PP) edita una guía de arquitectura en la que califica a Antonio Cañero Baena como "benefactor" de la ciudad pese a su participación en la "limpieza de marxistas" de la sierra de la provincia andaluza.

ALEJANDRO TORRÚS Madrid 28/02/2014 07:00 Actualizado: 28/02/2014 14:04


Imagen de la Guerra Civil tomada en Azuaga (Badajoz).

Imagen de la Guerra Civil tomada en Azuaga (Badajoz).


Desmemoria, término que según la Real Academia de la Lengua implica "la falta de memoria". Eso es, precisamente, lo que parece afectar al Ayuntamiento de Córdoba que acaba de publicar una guía turística, de apenas 90 páginas, sobre la arquitectura de la ciudad en los últimos dos siglos. En este pequeño libro, el Consistorio hace un repaso de la cultura arquitectónica de la Córdoba contemporánea y encuentra hueco, también, para mencionar una serie de personajes importantes en el pasado reciente de la historia de la ciudad. Es en este espacio donde aparece una mención especial para el rejoneador y concejal franquista Antonio Cañero (1885-1952).
Para el Ayuntamiento de Córdoba, Antonio Cañero es una figura importante de la ciudad que supo combinar "su maestría en el rejoneo con su actividad pública como concejal y benefactor de la ciudad, dejando su nombre a un barrio edificado sobre terrenos de su propiedad que donó al obispo Fray Albino". Para la RAE, benefactor es lo mismo que bienhechor, concepto que describe como persona "que hace bien a otra persona".
Es precisamente el "bien" realizado por Cañero a sus conciudadanos de Córdoba lo que ponen en duda asociaciones de memoria histórica y diversos historiadores como Francisco Espinosa o Francisco Moreno Gómez, autor de, entre otros libros, 1936: El genocidio franquista en Córdoba; Morir, matar, sobrevivir: la violencia en la dictadura de Franco (con Francisco Espinosa, Julián Casanova y Conxita Mir); y La Guerra Civil en Córdoba, 1936-1939. De hecho, Moreno califica de "desvergüenza histórica" el intento de limpiar la imagen de Cañero por parte del Consistorio.
"Antonio Cañero fue todo un protagonista del fascismo cordobés, organizando el 'Escuadrón Cañero', con todos los caballistas, capataces y señoritos de la capital, cuya misión era colaborar con las columnas militares, en las primeras semanas, en sus excursiones a los pueblos, que terminaban en un baño de sangre", explica el historiador Francisco Moreno a Público.

La participación de Cañero en la Guerra Civil

Francisco Moreno, de hecho, detalla las actuaciones del "Escuadrón Cañero". La primera actuación de este "Escuadrón" se produjo en la localidad de Almodóvar del Río, el 23 de julio de 1936, después pasaría por los municipios de Castro del Río, Baena, Carlota y Fernán Nuñez, entre otros. "Una de las expediciones más sangrientas fue en Baena. Es conocido que en esta localidad las fuerzas fascistas hicieron una masacre pública en la plaza del pueblo. En Fernán Nuñez, también se hizo otra masacre. Alrededor de 60 personas, incluidas el alcalde legítimo de la localidad, fueron fusilados en una cuneta", explica Moreno.
A finales del mes de julio de 1936, el "Escuadrón" de Cañero recibió otra misión: "Limpiar la sierra de marxistas". Por lo que su función pasó entonces a realizar "razzias por las Ermitas, El Brillante, etc.". "Otra misión que recibió el 'Escuadrón Cañero' fue recorrer a caballo las cercanías de Córdoba en busca de los fugitivos y llevarlos a la capital para ser, posteriormente, fusilados", señala Moreno, que añade que sólo en Córdoba capital fueron fusilados 4.000 republicanos cuyos restos descansan en los dos cementerios de la ciudad.
En el 36, se encargó al "Escuadrón" de Cañero "Limpiar la sierra de marxistas"Los servicios prestados por Cañero a la causa nacional y su fama como rejonero le valieron para ocupar un puesto de concejal en el Ayuntamiento de Córdoba de la dictadura franquista. Cargo, que la guía de arquitectura editada por el Consistorio cordobés reconoce, pero que olvida mencionar que ese cargo le fue concedido durante los primeros años de la dictadura franquista. Porque no es lo mismo ser concejal en una dictadura que concejal tras unos comicios libres en democracia "La guía es un dislate. Se nos oculta gran parte de la información biográfica de Cañero para presentarlo como benefactor de una ciudad. Es como si nos presentaran a Franco como benefactor de España por los pantanos que construyó", sentencia Francisco Moreno.
Este medio ha contactado con el Ayuntamiento de Córdoba para tratar de recabar su versión sobre la polémica guía y la definición de Antonio Cañero. No obstante, a la hora del cierre de esta edición, Público aún no ha recibido ninguna respuesta por parte del Consistorio cordobés.

"La derecha, lanzada a la recuperación de su memoria"

Llama la atención la desmemoria del actual Consistorio de Córdoba respecto a la biografía de Cañero, sobre todo, cuando la información sobre el rejonero se puede encontrar también en la información oficial que facilita la Junta de Andalucía.
Así, la Dirección General de Memoria Democrática de la Junta señala en su página web: "Los caballistas de la capital, capataces y aperadores de las grandes fincas, se agruparon bajo el mando del rejoneador Antonio Cañero y crearon el Escuadrón de Cañero, que actuaron en Almodóvar del Río. Desde el segundo día de la sublevación se enviaron tropas a localidades vecinas para dominar la zona, como fue el envío a Alcolea, La Carlota, Santa Cruz, Espejo, Castro del Río, Baena, Nueva Carteya, La Victoria, Cerro Muriano, Villarrubia, Pedro Abad..."
"La derecha española no ha roto con el franquismo"Para el historiador Francisco Espinosa el repentino olvido del pasado de Cañero en la guía de Córdoba no es un hecho aislado. Se enmarca dentro de un movimiento de la derecha para tratar de recuperar su propia memoria histórica. "La derecha está tratando de rescatar figuras del fascismo español y no sucede solamente en Córdoba, también en el resto del país. Este movimiento se ha puesto de relieve, por ejemplo, en Sevilla cuando han intentado quitar el nombre de calles a destacados fascistas y el Ayuntamiento lo que ha hecho ha sido dejar el nombre añadiendo su profesión. Un ejemplo fue con Ruiz de Alda, a quien añadieron 'aviador' o con José María Pemán, al que le añadieron 'poeta'", explica Espinosa.
"La derecha española no ha roto con el franquismo. En Europa, la derecha rompió con el fascismo a raíz de su derrota en la II Guerra Mundial. Aquí no. Ningún partido de derecha en Europa puede sostener las barbaridades que aquí dice la derecha sobre el franquismo", opina Espinosa, que sentencia con una ironía: "Cualquier día nos encontraremos una plaza dedicada a Franco resaltando su condición de poeta, de artista, o de lo que sea".

Poema dedicado a Cañero

La fama de Antonio Cañero y su escuadra, así como sus andanzas a lomos de sus caballos, llegaron a la zona republicana. Un poeta anónimo, que firma como Pepe Tito, le dedicó este poema que, a continuación, Público reproduce:
Cañero,
ya que has caído tan bajo,
ponle una moña a Cascajo
en lo alto del lucero.
Entre los cuernos fascistas
Cañero rejonea.
Entre cornudos de pista
la jaca caracolea.
Capitán de chulería,
señorito picador,
si afino la puntería,
no habrá rejoneador.
Llena las calles de Córdoba
con regodeos de los finos;
fascistas de a caballo
entre escuadrón de asesinos.
Majadero de cuatro patas,
caballista de tronío,
comandante de las ratas,
traidor de mucho sonío.
Todo lo debes al pueblo;
hasta tu nombre, Cañero.
Prepárate a devolverle
nombre y vida, majadero.
Pepe Tito, uno de Caballería, Venceremos, Jaén, 30-8-36).