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miércoles, 11 de diciembre de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre Aleksandar Hemon y sus libros

Aleksandar Hemon

   En "El Día de Córdoba":

Variaciones de la pérdida

Duomo publica los nuevos relatos de Aleksandar Hemon, un autor entregado a una permanente y conmovedora reelaboración, a la vez triste y luminosa, de su memoria de hombre escindido y desplazado
FRANCISCO CAMERO | ACTUALIZADO 08.12.2013 En muchos sentidos -todos los que importan-, Aleksandar Hemon es uno de esos escritores que escribe siempre el mismo libro. Dado que no es necesario explicar por qué esto no representa ningún problema, sino de hecho justo lo contrario, diremos que los suyos son sensacionales: cálidos, emocionantes, elegíacos, agridulces y profundamente vitalistas, "libros tristes para gente con sentido del humor", los definió una vez él mismo, o bien "libros divertidos para personas tristes". Con una voz clara, limpia y concisa, que cuenta -y cuenta sin cesar- en un tono deliberada y supuestamente menor por la sencillez y la naturalidad con la que su prosa fluye como si fuera fácil, como si jamás hubiera tenido que esforzarse para contarlo así, Hemon lleva años reconstruyendo libro a libro todo lo que perdió y sin embargo le constituye, intentando no tanto comprender por qué "todo lo que una vez había conocido y amado saltó por los aires", como exorcizarlo; asimilarlo al menos. 

Eso hizo en La cuestión de Bruno y El hombre de ninguna parte, editados en su día por Anagrama, y eso también en El proyecto Lázaro y Amor y obstáculos, publicados por Duomo, como ahora este Libro de mis vidas. En los cinco el escritor recompone los trozos de un espejo roto en el que le gustaría volver a mirarse, pero al espejo siempre le falta un pedazo, uno o varios, y no acaba de concederle un reflejo tranquilizador. Hemon, de padre ucraniano y madre serbia, bosnio él, viajó desde su Sarajevo natal a Chicago con una beca para perfeccionar su inglés. Era 1992. Cuando se fue, la inminencia de la guerra era como electricidad estática flotando sobre sus calles: "Nos había alcanzado y ya sólo quedaba esperar a ver quién viviría, quién mataría y quién moriría". Semanas después empezó el pavoroso cerco de la ciudad y él ya no volvió; se quedó en Estados Unidos, en un limbo en el que se ha acostumbrado a vivir, pero del que existencialmente aún hoy no ha podido escapar. Más tarde, sus padres y su hermana huyeron a Canadá después de tomar literalmente el último tren que en los siguientes diez años logró traspasar los límites de Sarajevo. 

Aunque sus obras están hechas todas del mismo material que su memoria personal, íntima, intransferible, El libro de mis vidas es la más autobiográfica, la más transparente, dada su condición explícita de memoirs. Entre sus libros hay conexiones, pasadizos, piezas del puzzle que aparecen unas veces aquí y otras allá, con este nombre o aquel, ecos que en su familiaridad multiplican la densidad humana y el impacto de su conmovedor decir: éste soy/éste fui. Pero aquí no hay ya reelaboración ficcional; sí de los recuerdos, inevitablemente, pero no fabulación en sentido estricto. Es también, quizá, de las suyas, la que más se resiente -debido al origen de sus textos, publicados originariamente como relatos independientes en The New YorkerGrantaThe New York Times o McSweeney's- de cierta irregularidad, y de algunas reiteraciones que a diferencia de otras ocasiones no resultan armónicas, como rimas inesperadas o leitmotivs, sino involuntarias o sólo parcialmente atenuadas. 

Es, sin embargo, un pero levísimo, porque por lo demás el volumen contiene todos los elementos que hacen que sus narraciones sean tan absorbentes, amargas pero divertidas (o viceversa). Uno de ellos, fundamental, es la condenada habilidad del escritor para graduar el registro y la temperatura de su humor, desde lo hilarante y hasta crápula (más presente en El proyecto Lázaro), hasta la media sonrisa melancólica (predominante en este nuevo libro del que hablamos), pasando siempre, da igual qué título sea -y sin dejar nunca de regalar uno o varios memorables chistes metafísicos de la bosniedad-, por una tristeza honda y pura pero sin aspavientos porque estos no caben ante lo verdaderamente irreparable. 

El libro de mis vidas va oscureciéndose conforme avanzan las páginas, hasta el sobrecogedor clímax de El acuario, relato final donde el autor cuenta la historia de la muerte de su hija Isabel -"que siempre respirará en mi pecho", reza la dedicatoria del libro-, una niña de menos de un año devorada por un cáncer rarísimo y de especial ferocidad. Antes de llegar a ese punto Hemon se ha detenido, por ejemplo, como acostumbra, en algunas evocaciones de su infancia y de su adolescencia y su juventud culturetas y gamberras, admirables en su capacidad para insuflar una ternura vívida y perpleja, inasequible a la tontería sentimentaloide, y para (re)observarse a sí mismo a la luz de una fina self-deprecation. También ha pasado por su vida de flaneur impenitente en sus primeros años en Chicago, una ciudad que a pesar de la alienación de los trabajos de mierda hizo suya a su manera, desamparadamente, aunque amarla sea "como amar a una mujer con la nariz rota". 

Hemon ha sido comparado con frecuencia con Nabokov por un mero automatismo perezoso debido a su condición de autor que construye su obra en inglés, en un segundo idioma adoptado tardíamente, en la edad adulta. En realidad no tienen nada que ver, como tampoco se parece el bosnio-americano a Orhan Pamuk, con el que se le ha relacionado también. Aunque esta última asociación es más comprensible por una semejanza relevante: lo que el turco ha hecho con Estambul, Hemon lo hace -pero de otra manera- con Sarajevo. Ciudad de la que nunca deseó irse, espacio sagrado, estado de ánimo, motor y alma vibrante de sus relatos, todo a la vez, en ella transcurren los momentos más memorables de su narrativa. 

Una de las piezas más turbadoras de esta colección, de hecho titulada El libro de mi vida y rematada con un final brusco y seco, desbordado de "cólera impotente", trata de Nikola Keljevic, que "tenía los dedos largos y delgados, dedos de pianista", y fue su profesor en la universidad. Ese señor carismático, increíblemente culto y amabilísimo, que citaba largos párrafos de Shakespeare de memoria, que debatía durante horas sobre las bondades del New Criticism y adoraba los inmortales ensayos de Montaigne, ese hombre al que él quiso y admiró, acabó siendo un estrecho colaborador de Radovan Karadzic; podía vérsele con frecuencia en un discreto segundo plano en las ruedas de prensa de éste, a veces hablando él mismo con los reporteros extranjeros, burlándose en un perfecto inglés de lord de las insinuaciones sobre la existencia de campos de prisioneros, o negando los abusos sexuales en masa perpetrados por las milicias serbobosnias. Todo lo cual veía Hemon ya en Chicago en su televisor, luchando por rastrear los primeros momentos en que pudo haber advertido sus tendencias genocidas. "Atormentado por la culpa -escribe-, repasaba en la memoria sus clases, las conversaciones que habíamos sostenido, como si escarbara entre las cenizas, las cenizas de mi biblioteca". Hacia el final de la guerra, el viejo profesor perdió el favor de Karadzic y fue expulsado de las esferas del poder. Y en 1997 -cuenta el escritor- "se voló los shakespearianos sesos": "Tuvo que dispararse dos veces. Al parecer, su dedo largo de pianista tembló al apretar el rígido gatillo". 

Conviene no suscitar equívocos. Sus libros no son crónicas del horror de la guerra, otras más, aunque de manera íntima contengan su onda expansiva. Como expone ya de forma definitivamente clara este último título, hasta ahora Aleksandar Hemon no ha hecho otra cosa que contar su vida, que está hecha en proporciones deslizantes de la presente y de la que saltó por los aires, de su vida que es dura y confusa, que habla del coraje y la dignidad, del poder catártico de las palabras y del sentido del humor como refutación del absurdo de este mundo bárbaro e indiferente. Poco no es.

martes, 28 de febrero de 2012

PRENSA. "Angelina Jolie, Bosnia en el corazón", por Bernard Henri-Lévy

La actriz y cineasta Angelina Jolie habla con el director de fotografía, Dean Semier durante el rodaje de la película 'En tierra de sangre y miel' / Ken Regan / AP / Film District. ("El País")

   En Domingo, suplemento de "El País":
Angelina Jolie, Bosnia en el corazón
   'En tierra de sangre y miel' sitúa ese ángulo muerto de la historia del siglo XX, en ese momento de dolor absoluto, al mismo tiempo que de indignidad y vergüenza para las naciones que dejaron hacer: la guerra de Bosnia.
   Bernard-Henri Lévy 26 FEB 2012

   Cuando Angelina Jolie me pidió que me reuniera con ella, el jueves pasado, en París, para presentar el preestreno de su En tierra de sangre y miel, por supuesto, empecé por decir que quería ver la película, pero, después de verla, no lo dudé ni un segundo.
   Porque ¡vaya historia!
   Estamos ante una gran actriz hollywoodiense.
   Estamos ante una de las estrellas más cotizadas y celebradas del cine mundial.
   Estamos ante un gran nombre del que nadie dudaba que, si un día decidía pasar al otro lado de la cámara, tendría temas, financiación y guiones para elegir, así como actores que se pelearían por el privilegio de unirse a la aventura.
   He aquí que Angelina Jolie, en efecto, pasa detrás de la cámara y ¿qué sucede?
   Rueda una película de autor, con actores bosnios desconocidos, en un idioma, el bosnio, que, tanto en América como en Europa, parece bastante improbable, y sitúa su película en ese ángulo muerto de la historia del siglo XX, en ese momento de dolor absoluto, al mismo tiempo que de indignidad y vergüenza para las naciones que dejaron hacer: la guerra de Bosnia.
   El resultado es una película que, para empezar, suena increíblemente verosímil. Yo vi, en la vida real, a hombres y mujeres que se parecían como hermanos y hermanas a Danijel y Ajla, los Romeo y Julieta de esta historia de amor con fondo de campo de concentración y horror. Y este asunto de la violación concebida como arma de guerra, la humillación de un pueblo a través de los cuerpos torturados de sus mujeres y la purificación étnica a través del vientre que constituyen, no el decorado, sino el tema de la película, yo ya los había filmado en Bosnia (mi documental de 1994). Pues bien, la obra de ficción que ella ha basado en estos dramas, su reconstitución, casi veinte años después, en unos estudios de Hungría, su paso a la escritura, a la realización y a la leyenda son de una veracidad sangrante y captan la exaltación y la violencia atroz que marcaron la realidad y de las que, desgraciadamente, puedo dar fe.
   El resultado es un caso raro y muy emotivo de transmisión exitosa. Angelina Jolie era una adolescente en el momento de los hechos que narra. Seguramente, solo tuvo noticia de ellos tardíamente y de oídas. En la época en la que un puñado de intelectuales (en Alemania, Peter Schneider y Hans Christoph Buch; en Inglaterra, Salman Rushdie; en Estados Unidos, Christopher Hitchens o Susan Sontag; en Francia, el autor de estas líneas, entre otros) temían que en Sarajevo se estuviera anunciando el fin de una Europa que acababa de ofrendarle al siglo XXI su nueva y no menos espeluznante guerra de España, ella seguía soñando con sus papeles en Cyborg 2 y Hackers. Ahora, toma el relevo, la antorcha, continúa de algún modo el combate y, no contenta con revivir lo que nosotros vivimos, realiza el milagro, siempre abrumador cuando se produce, de convertir nuestra memoria en historia.
   Y el resultado es, finalmente, un acto político de esos que el cine engendra cada vez menos. ¿Una película comprometida? ¿Parcial? ¿Una película que no teme dar la batalla ni arriesgarse, cuando es necesario, a que los cretinos la tachen de maniquea? Sí, por supuesto. Porque es una película que llama al pan, pan y al vino, vino. Porque es una película que, lejos del unanimismo borreguil que hubiéramos podido temernos de una criatura pura y dura de la industria hollywoodiense, llama “fascistas” a los milicianos serbios de la época y se cuida de distinguir, en la confusión de aquellos tiempos sombríos, a víctimas y verdugos. Y, por utilizar las palabras de Godard, no es solo una película, sino una película justa, que hace justicia a los muertos y rinde homenaje a los supervivientes.
   Durante su proyección en Sarajevo, la víspera de su presentación en París, En tierra de sangre y miel fue acogida por una multitud que dudó por espacio de varios minutos entre las lágrimas y los vítores. Normal. Esas mujeres violadas que callaban desde hacía veinte años, los hijos de esas violaciones que, a punto de llegar a la edad adulta, vivían su genealogía como un oprobio, esa sociedad bosnia que tenía en tales hechos su secreto más doloroso... Y de pronto una gran actriz, que además es una gran dama, pone su prestigio a su servicio y, por primera vez, les permite volver a levantar un poco la cabeza.
   Yo conocí una situación similar, hace cuarenta años, en Bangladesh, cuando un jefe de Estado musulmán, el presidente Mujibur Rahman, tomó la valiente decisión de nombrar “birangona”, literalmente “heroínas nacionales”, a las decenas de miles de jóvenes violadas por la soldadesca paquistaní, que habían sido marginadas de la sociedad así como, a menudo, de sus propias familias. Es, mutatis mutandis, el gesto de Angelina Jolie. Y en él radica la sombría grandeza de su película.
   Nuestros caminos se cruzaron por primera vez en torno a la figura de Daniel Pearl, a cuya viuda encarnó en una película.
   Después, una segunda vez, el 25 de febrero de 2007, en Bahai, al norte de Sudán, donde yo aguardaba la posibilidad de entrar clandestinamente en Darfur y adonde acudió para visitar los campos de refugiados.
   Este tercer encuentro es el bueno, pues se produce en la encrucijada de un imprescriptible sufrimiento y de su inscripción en el registro de una obra de arte.
   Traducción: José Luis Sánchez-Silva.