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martes, 19 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. Discurso de Fermín Herrero, Premio Castilla y León de las Letras, 2014

Fermín Herrero

   En "elnortedecastilla.es":

Discurso íntegro de Fermín Herrero, Premio de las Letras

Excelentísimo Señor Presidente de la Junta de Castilla y León, Excelentísima Señora Consejera de Turismo y Cultura, Autoridades, Premiados, Amigos
Siento tener que hacerlo en estas circunstancias tan gozosas, pero debo darles una pésima noticia: el mundo no tiene solución o es muy improbable, a mi juicio, que la alcance. No acudiré a predicciones milenaristas, ni a pavorosas proyecciones demográficas, impactos de cuerpos celestes con explosiones nucleares, apocalipsis terroristas o distopías a partir de seguros desastres ecológicos o del colapso del planeta debido a la sobreexplotación. No, sencillamente lo sé de mala tinta porque me voy conociendo bastante bien a mí mismo y, sin embargo, he resultado elegido para endilgarles este discurso.
A este respecto debe evitarse, para empezar, caer en la tentación, en el fraude de la demagogia fácil. No hay alternativa preferible conocida al Estado de Derecho que nos hemos dado -no quiero ni recordar las aberraciones totalitarias del siglo anterior- y en el que, por tanto, junto a la división de poderes, no cabe sino profundizar. Ahora bien, este sistema de convivencia, el mejor dentro de lo malo, lleva en sí la devaluación, si no la aniquilación, del espíritu; un sacrificio de lo estético, de lo sublime, para regodearse sólo en lo material. Podrá gozar –y qué duda cabe, es algo deseable y difícil de conseguir- una sociedad de un amplio bienestar y progreso, mientras dependa del espectáculo y de los índices de audiencia, entregados, por no necesitar ningún esfuerzo intelectivo, a lo frívolo, a la ordinariez, la zafiedad y la alienación, a la larga, está perdida.
Es imprescindible, en consecuencia, que no dejemos que la muerte, aunque seamos sus rehenes, reine sobre nosotros, que el nihilismo gobierne nuestros actos. No hay que cederle ni un palmo de terreno, que es suyo, pero que interinamente nos ha sido concedido, por una especie de enigmático milagro. Ahora bien, esta gracia regalada, este don sagrado lleva impreso un imperativo moral a favor de sostener el aliento para las generaciones venideras y un deber íntimo: religarse continuamente a lo numinoso, celebrarlo, nombrarlo. Porque además, y acudo en mi defensa a un axioma de François Cheng: “La verdad es que cuando se desvanece toda noción de lo sagrado es imposible para el hombre establecer una verdadera jerarquía de valores”. Lo mismo sucede con la humildad: es un aprendizaje, como todos, por otra parte, que nunca acaba, que se pierde en cada acto, en cada salida a campo abierto, por lo que hay que procurar volver de inmediato, con esperanza, con convencimiento, a su expuesto e intrincado camino.
Lo sagrado, que fija lo espiritual, pervive en la armonía, en la belleza, y que ésta se dé, sin más, “la rosa sin porqué” de Angelus Silesius, sobrecoge. Y a ella nos debemos. En la creación, que ha sobrevivido al mundo, la presencia de la belleza primordial es indudable, pide la palabra poética capaz de traspasar el tiempo, persigue una duración que prolongue el instante hacia la trascendencia o, en su defecto, el espejismo de una percepción durativa que nos sirva en el vivir. Por eso, como necesidad acuciante, como mester de realización y de superación, me di hace años a la poesía. Otros, los aquí premiados, optaron por la ejemplaridad en otras profesiones. En este sentido, cualquier actividad que no sea onerosa para el vecino ni, naturalmente, para el bien público, me parece válida. La poesía, en este orden de cosas tiene una ventaja grande de partida: es una entrega en vez de un oficio y, por añadidura, inútil, en cuanto evita de entrada cualquier trato con el pragmatismo. En esto, como en tantas cosas, por ejemplo a la hora de escoger como amigos a los buenos, tuve suerte, no me equivoqué, puesto que elegí lo más sencillo para escapar como decía Petronio “al viento, las asechanzas y la pálida imagen de la muerte”.
Así que, aunque el mundo me resulte ininteligible y piense, en consecuencia, que no tiene solución, es indudablemente hermoso, es más, hasta es posible que la belleza y la verdad que arrastra, tal y como presagiara Dovstoievski, atañan a su salvación, siquiera sea porque le proporcionan protección y cuidado. No obstante, y eso es lo que quería decir al principio, para intentar arreglarlo, de tener arreglo, por lo pronto para no estropearlo más, hay que empezar en carne propia, sin arrogarse superioridad moral alguna, para después, a ser posible, salirse, mediante la bondad, de uno mismo y darse a los demás. Por ahí podría empezarse en la búsqueda del sentido salvífico: por la defensa de lo menudo, de lo efímero, de lo frágil. Luchar también contra la pérdida de la memoria, que sostiene el hilo que nunca debe romperse, el de la tradición, para vislumbrar, siquiera sea de paso, el punto medio de la sabiduría. Hasta llegar al misterio más grande que engendra nuestra conciencia, el amor, en el que no entraré por entender que, aun siendo sin ningún género de dudas el fundamental, se sitúa fuera de la naturaleza de este acto. No profundizaré, en consecuencia, en este ni en otros asuntos porque no me parece sitio, ni ocasión, y porque, por otro lado, de lo único que puedo alardear es de mi ignorancia y, a veces, del estupor subsiguiente.
También, eso sí, de mis lecturas, que cada quince días comparto desde hace un tiempo dentro del impagable suplemento de culturas de El Norte de Castilla “La sombra del ciprés”, en el que me invitó a participar desde el principio su director. Y, entre ellas, por supuesto, las de quienes me han precedido en este trance. ¿Qué región podría presumir de tener, ya que estamos en esta ceremonia, entre los cinco primeros laureados a tres premios Cervantes y a un poeta crucial, decisivo para la lírica española contemporánea (“Siempre la claridad viene del cielo,/ es un don: no se halla entre las cosas/sino muy por encima…”). Y, posteriormente, algún otro que espero pronto sea distinguido con el máximo galardón de nuestras letras. Pues bien, si otras regiones, no digamos las que se autodenominan de manera agresiva nacionalidades, tuvieran este tesoro nos zumbarían los oídos hasta en la Meseta. Y nunca está de más nuestra proverbial mesura, pero como castellanoleoneses deberíamos enorgullecernos, mimar, escuchar a los que guardan la llama de lo sagrado, potenciar a estos creadores impares para intentar silenciar el ruido procedente de los aparatos y el poder letal de las nuevas tecnologías.
El malentendido que me ha aupado hasta esta tribuna que no merezco y donde me siento un tanto incómodo procede de mi docenilla larga de libros de poesía. Me veo en la obligación, pues, de referirme en concreto, brevemente, a ellos, así que, para terminar, les echaré un poema de ‘El tiempo de los usureros’, que vio la luz hace ya, madre mía, otra docena de años. Se sostiene en su semántica con palabras viejas de Castilla, que tanto amo, decantadas durante siglos, con el sabor, para mí, de lo auténtico, de lo verdadero, e intenta arrimarse a la articulación del pensamiento, entrecortada, elíptica y con sobrentendidos, a esa sintaxis implícita, seca, que caracteriza y delata a las gentes de esta tierra, a muchos de nosotros. Ambos aspectos proceden de una civilización campesina a punto de finiquitarse, la que conservaba un castellano natural propio, por caso, de la hermosura de la prosa de Santa Teresa de Jesús.
Son versos que hablan en su nombre y en el de la generación de mis padres, que apenas pudieron ir a la escuela porque los pilló la guerra y, luego, sufrieron los años de la cáscara amarga. Son palabras que vienen de un lugar olvidado, sumido en la condena del abandono; desde el alto llano numantino y machadiano, desde una comarca con menos densidad de población que el desierto del Sahara. Más allá del poema, son también una llamada de socorro. De no mediar un solidario y sostenido apoyo institucional, más temprano que tarde, la provincia de Soria desaparecerá como tal. Lo digo tirando piedras a mi propio tejado, porque allí, con la naturaleza apenas mancillada por el hombre, sin mundo, la poesía está, anda suelta.
Ahí va, pues, para concluir, el poemilla, titulado, por razones obvias, ‘Catastro’. Está en segunda persona porque me lo dirigí a mí mismo y suelo leerlo en público de cuando en cuando para recordarme quién aspiro a ser y de dónde vengo. Tal vez, si no de consuelo ni de compañía, por lo menos a alguno de ustedes les pueda servir de cierto provecho.
CATASTRO
Donde amapola, di ababol, y, si se puede, cardo. Y al vino,
vino. Donde collado, altozano o alcor, otero,
escribe llanamente cerro, alto o cuesta, loma. No digas
lo que nunca se dijo, lo que no se dice
en tu pueblo. Más vale mayo frío, la paja
poca y el trigo mucho. No impongas a la tarde
la añoranza si es falsa o aprendida, anota
simplemente el silbido del viento
en los linares. No recuerdes la muerte aunque
te tenga, piensa que de tanta mies se emboza
el peine cada día, que eres este momento. Y al vino,
vino, sólo la miga, el tuétano. Tampoco
hables más de la infancia para embaucar al olvido, precisa
simplemente la orfandad del muérdago
en el hayedo. Más vale mayo frío. Si tempero,
arraigas; si membrillo, aromas; si cierzo, tiritas. Di
berro, ortiga, di bálago, acebal. No niegues la palabra
amor, tampoco entrega, ni prodigio, ni tú. Ahora
bien, antes de escribirlas, hazlas.
Muchas gracias.

martes, 14 de abril de 2015

POESÍA. "Lamento y esperanza". Luis Cernuda (1902-1963)

POR HOY, 14 DE ABRIL

Luis Cernuda
Lamento y Esperanza

Soñábamos algunos cuando niños, caídos
En una vasta hora de ocio solitario
Bajo la lámpara, ante las estampas de un libro,
Con la revolución. Y vimos su ala fúlgida
Plegar como una mies los cuerpos poderosos.

Jóvenes luego, el sueño quedó lejos
De un mundo donde desorden e injusticia,
Hinchendo oscuramente las ávidas ciudades,
Se alzaban hasta el aire absorto de los campos.
Y en la revolución pensábamos: un mar
Cuya ira azul tragase tanta fría miseria.

El hombre es una nube de la que el sueño es viento.
¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?
Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana
En la calma este soplo de muerte que nos lleva
Pisando entre ruinas un fango con rocío de sangre.

Un continente de mercaderes y de histriones,
Al acecho de este loco país, está esperando
Que vencido se hunda, solo ante su destino,
Para arrancar jirones de su esplendor antiguo,
Le alienta únicamente su propia gran historia dolorida.

Si con dolor el alma se ha templado, es invencible:
Pero, como el amor, debe el dolor ser mudo:
No lo digáis, sufridlo en esperanza. Así este pueblo iluso
Agonizará antes, presa ya de la muerte.
Y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.


                                 De Las nubes (1937-1940)

viernes, 19 de septiembre de 2014

POESÍA. "Mural" (fragmento), de Mahmud Darwish. Poeta palestino (1941-2008)

Mahmud Darwish

   Un fragmento del poema "Mural", en el que se basa la película palestina "Dos metros de esta tierra":

Y mi nombre, incluso si fallo al pronunciarlo 
con sus seis letras dispuestas en la línea: 
“eme”: mano de aventurero, moribundo marchando hacia la                                                                                            muerte 
“a”: amigo de la vida, amante, amado, adiós, 
“hache”: hermano, humano, huerto y huérfano de hambre 
“eme”: un manojo de rosas 
“u”: uno, único, unidad, 
“de”: destierro, dirección, directriz que me dirige y me desangra, 
este nombre es el mío… 
y es de mis amigos allá donde se encuentren, 
y es mío, en presencia o ausencia, mi cuerpo prefijado… 
Me bastarían tan sólo dos metros de esta tierra 
(uno setenta y cinco para mí...
y el resto para la flor de colores confusos
que, despacio, me sorbe). Y es mío
aquello que fue mío: mi ayer y lo que será mío, 
mi mañana lejano, la vuelta de mi espíritu errante.
Como si nada hubiera sido.
Como si nada hubiera sido,
una pequeña herida en brazos del frívolo presente...
mientras se ríe la Historia de sus víctimas
y sus héroes...
a quienes mira de reojo, y se va...
Este mar, mío,
este aire húmedo, mío
y mi nombre
-incluso si fallo al pronunciarlo sobre el ataúd-
es mío.

Mahmud Darwish: Mural , traducción de Rosa-Isabel Martínez Lillo, presentación de Pedro Martínez Montávez, ediciones del oriente y del mediterráneo, Madrid, 2003, pp.201-207.

miércoles, 5 de junio de 2013

PRENSA CULTURAL. Un poema de Ariel Dorfman contra los asesinatos de periodistas

   En "blogs.elpais":

'Despedida y amanecer', un poema contra los asesinatos de periodistas

Por:EL PAÍS17/05/2013
Regina


La periodista Regina Martínez Pérez. (Foto de OCTAVIO GÓMEZ, EFE).
Dos o cinco balas. En la calle o en sus casas. No son más que detalles menores de la tragedia. Porque lo que cuenta de verdad es que Francisco Gomes de Medeiros, Ángel Alfredo Villatoro y Regina Martínez Pérez fueron asesinados por ejercer su trabajo. El de reporteros, de buscar noticias y difundir aquellas historias que alguien no quiere que se sepan, en respeto literal de la definición de periodismo acuñada por el argentino Horacio Verbitsky.

Por ello, pagaron con la vida. Gomes de Medeiros fue alcanzado por cinco disparos en la puerta de su casa, en Caicó, en el estado brasileño Rio Grande do Norte, en octubre de 2010.  Directamente dentro de su hogar, en Xalapa (México), fue hallada muerta por asfixia Martínez Pérez, el 28 de abril de 2012. Y el cadáver de Villatoro apareció en una calle al sur de Tegucigalpa, en Honduras, el 15 de mayo del mismo año, una semana después de que el reportero fuera secuestrado.
A ellos, y a sus familias, el escritor Ariel Dorfman ha dedicado el poema Despedida y amanecer, que quiere homenajear a las víctimas a la vez que protesta contra la impunidad de esos crímenes. Y contra las continuas muertes de reporteros en la región: 45 en concreto fueron asesinados a lo largo de 2012,  en América Latina y el Caribe, según la Comisión de Investigación de Atentados a Periodistas (CIAP).

'DESPEDIDA Y AMANECER'
        por Ariel Dorfman
        para las familias de Francisco Gomes de Medeiros, Alfredo Villatoro y Regina Martínez
   

Aunque sea la última palabra que escriba, mi amor,
aunque sea la última palabra,
aunque sea la última, mi amor,
                   la última mía,
             la última tuya,
la última que leas,
            la última verdad
que sea y que leas,
           la última que viva,
           la última que escriba,
           la última que viva y respire y escriba,
no voy a cejar, mi amor,
no vamos a dejar
                que venza
la insanta muerte
y la feroz resaca de la maldad.

Esta es mi casa, tu santa tierra,
la única que nos queda
              como defensa,
mi palabra como única ofensa
contra la guerra,
aunque sea la última que escriba, mi amor,
la última, la última, la última palabra
que sea, por pequeña que se vea, por lejana que se lea,
contra la insanta muerte insana,
solo queda esta verdad
como única defensa de tu pobre tierra humana,
esta palabra,
aunque sea la última
aunque sea la última palabra,
aunque sea la última que escriba, mi amor,
mi país, mi comarca, mi familia, mi comuna,
aunque sea la última ventura,
aunque sea la última, mi amor,
aunque sea
aunque sea
aunque sea
la última ventana
en nuestra casa que se quema.
Ariel Dorfman (Buenos Aires, 1942) es novelista, dramaturgo, poeta, ensayista y cuentista. Es autor, entre otras, de las novelas Moros en la costa, La nana y el iceberg y Americanos y de las obras teatrales Purgatorio y La muerte y la doncella. 

jueves, 5 de abril de 2012

PRENSA. "Lo que hay que decir", poema de Günter Grass

Günter Grass, en su casa de la isla danesa de Mon. / Bernardo Pérez ("El País")

   En "El País":
Lo que hay que decir
   El poeta alemán se opone a un ataque israelí contra Irán.

Günter Grass 4 ABR 2012
 
Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,
sobre lo que es manifiesto y se utilizaba
en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,
solo acabamos como notas a pie de página.
Es el supuesto derecho a un ataque preventivo
el que podría exterminar al pueblo iraní,
subyugado y conducido al júbilo organizado
por un fanfarrón,
porque en su jurisdicción se sospecha
la fabricación de una bomba atómica.
Pero ¿por qué me prohíbo nombrar
a ese otro país en el que
desde hace años —aunque mantenido en secreto—
se dispone de un creciente potencial nuclear,
fuera de control, ya que
es inaccesible a toda inspección?
El silencio general sobre ese hecho,
al que se ha sometido mi propio silencio,
lo siento como gravosa mentira
y coacción que amenaza castigar
en cuanto no se respeta;
“antisemitismo” se llama la condena.
Ahora, sin embargo, porque mi país,
alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez
por crímenes muy propios
sin parangón alguno,
de nuevo y de forma rutinaria, aunque
enseguida calificada de reparación,
va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad
es dirigir ojivas aniquiladoras
hacia donde no se ha probado
la existencia de una sola bomba,
aunque se quiera aportar como prueba el temor...
digo lo que hay que decir.
¿Por qué he callado hasta ahora?
Porque creía que mi origen,
marcado por un estigma imborrable,
me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,
al país de Israel, al que estoy unido
y quiero seguir estándolo.
¿Por qué solo ahora lo digo,
envejecido y con mi última tinta:
Israel, potencia nuclear, pone en peligro
una paz mundial ya de por sí quebradiza?
Porque hay que decir
lo que mañana podría ser demasiado tarde,
y porque —suficientemente incriminados como alemanes—
podríamos ser cómplices de un crimen
que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa
no podría extinguirse
con ninguna de las excusas habituales.
Lo admito: no sigo callando
porque estoy harto
de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además
que muchos se liberen del silencio, exijan
al causante de ese peligro visible que renuncie
al uso de la fuerza e insistan también
en que los gobiernos de ambos países permitan
el control permanente y sin trabas
por una instancia internacional
del potencial nuclear israelí
y de las instalaciones nucleares iraníes.
Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,
más aún, a todos los seres humanos que en esa región
ocupada por la demencia
viven enemistados codo con codo,
odiándose mutuamente,
y en definitiva también ayudarnos.
 
   Traducción de Miguel Sáenz. El texto original en alemán se publica hoy en el diario Süddeutsche Zeitung.

PRENSA. "Poema de un alemán", comentario al poema "Lo que hay que decir", de Günter Grass

Günter Grass. Foto de Bernardo Pérez ("El País")

   En "El País":
Poema de un alemán
   Grass marca un punto de inflexión en su mirada a la realidad internacional.

José María Ridao 4 ABR 2012

   Günter Grass no ha escrito un poema, sino que ha disfrazado de poema un artículo sobre el programa nuclear iraní. Como poema, Lo que hay que decir no aporta gran cosa a la obra del premio Nobel. Como artículo disfrazado de poema, marca un punto de inflexión en su mirada hacia la realidad internacional. Hasta ahora, el país que perpetró contra los judíos uno de los crímenes más monstruosos de la historia ha evitado cualquier protagonismo en el conflicto de Oriente Próximo, limitándose a respaldar a Israel como forma de expiar el pasado. La posibilidad de que Israel lance un ataque contra Irán y el hecho de que Alemania le haya entregado un submarino capaz de hacerlo llevan a que Grass se interrogue, rodeándose de cautelas, si esa forma de expiar el pasado no podría engendrar nuevas culpas.
   La primera cautela de la que se rodea Grass es la elección del género literario para exponer sus argumentos, en los que toma distancia de Israel como alemán que llegó a militar en las SS ya próximo el final de la guerra, según relató en Pelando la cebolla. Al desarrollar sus argumentos como poema y no como artículo, Grass intenta situarlos en el terreno acotado de la creación, invitando implícitamente a compartir una emoción antes que a polemizar con unas opiniones. El premio Nobel se declara, además, “envejecido” y confiesa escribir el poema con “su última tinta”, un recordatorio apenas velado de que se encuentra en el último tramo de su vida. Lo que hay que decir lo dice mediante un género literario y desde una circunstancia personal que anticipa una posible censura, y ahí la segunda cautela. “Antisemitismo”, escribe Grass, “se llama la condena”.
   Aunque rodeado de cautelas, lo que Grass está poniendo en cuestión en su poema son los fundamentos de la política alemana y, por extensión, occidental, hacia Oriente Próximo. Alemania, viene a decir Grass, ha entendido que asumir la culpa por el Holocausto le exigía guardar silencio ante cualquier política de Israel. Pero asumir esa culpa y la inquebrantable disposición a seguir asumiéndola estaría favoreciendo que Israel —“ese otro país” que, escribe Grass, se ha prohibido a sí mismo nombrar— mantenga un arsenal nuclear sobre el que no se habla y amenace con un ataque al “pueblo iraní, subyugado y conducido al júbilo organizado por un fanfarrón”. La descripción de Irán recuerda en algún punto la de la Alemania nazi, en la que los alemanes, como podría suceder a los iraníes de perpetrarse el ataque, “solo acabamos”, escribe Grass, “como notas a pie de página”.
   La última cautela de la que se rodea Grass es la de que “hay que decir lo que mañana podría ser demasiado tarde”, colocando sus argumentos bajo el signo de la perentoriedad. Pero no solo porque, según se desprende del poema, se podría sacrificar a los iraníes en razón de una “sospecha”, la de que, en su país, se persigue “la fabricación de una bomba atómica”; también “hay que decirlo” porque, de mantenerse Alemania en silencio, y de colaborar con la entrega de un submarino, los alemanes, ya “suficientemente incriminados”, según Grass, “podríamos ser cómplices de un crimen que es previsible”, incurriendo en una nueva culpa vinculada a la antigua, y que “no podría extinguirse con ninguna de las excusas habituales”.
   Después de invitar a compartir una emoción y no a polemizar con unas opiniones, Grass apunta una salida. Solo sometiendo a inspección simultánea el arsenal nuclear israelí y el programa que desarrolla Irán cabría esperar que se conjurasen los negros presagios. Para decir esto, un alemán como Grass no podía escribir un artículo, sino que tenía que disfrazarlo de poema. No aportará gran cosa a la obra literaria del premio Nobel, pero supone un punto de inflexión en su mirada hacia la realidad internacional. Hablando desde el estigma, Grass confía en abrir un espacio para que otros lo hagan en libertad.

lunes, 16 de mayo de 2011

POESÍA. "El principio y el fin", de Gonzalo Rojas (1917-2011)

Gonzalo Rojas

EL PRINCIPIO Y EL FIN

Cuando abro en los objetos la puerta de mí mismo:
¿quién me roba la sangre, lo mío, lo real?
¿Quién me arroja al vacío
cuando respiro? ¿Quién
es mi verdugo adentro de mí mismo?

Oh Tiempo. Rostro múltiple.
Rostro multiplicado por ti mismo.
Sal desde los orígenes de la música. Sal
desde mi llanto. Arráncate la máscara riente.
Espérame a besarte, convulsiva belleza.
Espérame en la puerta del mar. Espérame
en el objeto que amo eternamente.

domingo, 31 de octubre de 2010

POESÍA. "Elegía primera (A Federico García Lorca, poeta)". (Fragmento). Miguel Hernández (nacido el 30 de octubre de 1910)

Miguel Hernández

Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas,
y en traje de cañón, las parameras
donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y llueve sal, y esparce calaveras.

(...)

¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla,
pero qué injustamente arrebatada!
No sabe andar despacio, y acuchilla
cuando menos se espera su turbia cuchillada.

sábado, 24 de julio de 2010

POESÍA. Un poema de Adrián González da Costa (Lepe, Huelva, 1979)

Adrián González da Costa

UNA vez me dijiste qué palabras
-no sé si lo recuerdas todavía-,
con un timbre de pena en cada acento.
Y desde entonces, este corazón,
que seguía tu ritmo en sus latidos,
late sin ritmo, desacompasado.

Mis amigos me dicen lo que oyen:
que nada dura nunca para nadie,
que vivir es andar con paso propio,
etc., etc., etc.
Y han subido, solemnemente, whisky
para brindar por cada curva tuya.