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lunes, 29 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Alice Munro, una vida inesperada". Soledad Puértolas

   En "Babelia":

Alice Munro, una vida inesperada

Los relatos de la Nobel de literatura de 2013 se caracteriza por las extrañas vueltas de la vida, la intervención del azar, la desaparición y reaparición de personas, espacios, tiempos


Alice Munro, premio Nobel de literatura en 2013, en la cocina de su casa en Clinton (Ontario, Canadá). / CONTACT
Me he permitido titular este breve comentario sobre Alice Munro con el título de una novela mía, publicada en 1997, precisamente la época de mi descubrimiento de la escritora canadiense. La frase -Una vida inesperada- refleja con fidelidad lo que representó Munro para mí. Esa era la sensación que transmitía mejor que nadie y que en aquel momento, cuando accedí a sus libros, era exactamente lo que necesitaba yo. Leer y expresar eso, las extrañas vueltas de la vida, la intervención del azar, la desaparición de personas, espacios, tiempos, su extraña reaparición. Lo inesperado. Lo lleno de vida. De desconcierto, de dolor, de pesadumbre, de súbitas alegrías, de fugaces éxitos. La magia, la gracia, la redención de la vida está en lo inesperado, en el constante fluir.
Los versos de Quevedo:
Oh, Roma, en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura”.
Lo fugitivo nos trae lo inesperado. Solo lo que huye, lo que se escapa, lo que se va, lo que crece, lo que cambia, permanece vivo. Lo firme muere, es tragado por las aguas.
Fue mi amiga la hispanista Francisca González Arias quien me mostró a Munro, quien me la descubrió. En una de sus visitas anuales a España, en 1994, me trajo un libro, como solía hacer. Te va a gustar mucho, dijo, tendiéndomelo, con una sonrisa de complicidad, perfectamente segura de sus palabras. Es de una escritora canadiense, añadió.
Open Secrets. Ese era el título. No se trataba de una novela sino deStories, lo cual, por cierto, podía facilitar mi lectura.
A ese regalo le siguieron otros: The love of a good woman, en 1998,Hateship, friendship, courtship, loveship, marriage, en 2001, y The view from Castle Rock, en 2006. Pero, entre tanto, yo ya había podido acceder a Munro en mi propia lengua. En 1996, la editorial Debate publicó Secretos a voces, la traducción del primer libro de Alice Munro que tuve en mis manos. En 2001, RBA publicó Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. En 2002, en Siglo Veintiuno de España, apareció El amor de una mujer generosa. En 2005, en RBA, Escapada. En 2008, en RBA, La vista desde Castle Rock. En 2009, en RBA, El progreso del amor. A estos volúmenes, todos ellos de relatos, han seguido, ya lo saben ustedes, Demasiada felicidad y Mi vida querida. Y el Nobel.
La predicción que mi amiga FGA había hecho -Te va a gustar mucho-se quedó corta. Los libros de Alice Munro han sido para mí los mejores amigos que he tenido desde entonces. En inglés, solo había leído páginas sueltas, dos, quizá tres, relatos enteros, pero, curiosamente, eso me bastó. Los leía y releía, maravillada. Esa era la literatura que buscaba. La aparición, en castellano, de un nuevo libro de Munro era un acontecimiento para mí.

Aunque el estilo de Munro parece nítido, hay párrafos muy complejos en los que se entrevén intenciones contradictorias. Hay relatos cuyo final o cuyo sentido último depende de saber descifrar ese o esos párrafo
Cuando, en cuatro casos, tenía las dos versiones, en inglés y en español, me desplazaba por la casa con ellas en las manos, porque muchas veces me apetecía comprobar qué había escrito exactamente la autora. Aunque el estilo de Munro parece nítido, hay párrafos muy complejos en los que se entrevén intenciones contradictorias. Hay relatos cuyo final o cuyo sentido último depende de saber descifrar ese o esos párrafos. He leído y comentado con otros lectores muchos relatos de Munro. Son más enigmáticos de lo que puede parece a simple vista. De hecho, son muy enigmáticos. Tanto, que en ocasiones, rozan, incluso, el mismo misterio criminal. Hay relatos que, en un sentido amplio, podrían calificarse de policiacos.
Creo que todos los relatos de Munro son un poco policiacos. El lector lee y, de forma más o menos consciente, va recopilando datos en su mente. Pero siempre hay algo que no encaja, algo que nos desconcierta. Muchas veces, volvemos sobre nuestros pasos, releemos, algo se nos ha debido de escapar. De pronto, todo ha cambiado, ¿qué ha sucedido? Las señales estaban ahí, pero no nos habíamos dado cuenta. Todo está ahí.
A Munro hay que leerla muy despacio. Todo cuenta. Cada frase, cada personaje, por mínima que sea su intervención, todo parece estar medido y calculado. Esa es su maestría, porque nos transmite la sensación de que todo fluye de forma natural, casi espontánea. En eso consiste, efectivamente, la maestría: en la naturalidad del resultado, en el extraordinario fluir de las palabras, tan plenas de sentido y, a la vez, tan enigmáticas. Son historias intensas, pobladas de grandes emociones, salpicadas de casi insignificantes gestos. Pequeñas emociones, también.
El primer libro de Munro que leí con otras personas con el objeto de comentarlo y compartir nuestros puntos de vista fue Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. He vuelto a él hace unos días y me ha impresionado lo vivo que se mantenía en mi memoria. La razón, sin duda, es esa lectura compartida, esa discusión pública que siguió a la lectura privada de cada uno de los relatos contenidos en el libro. Creo que a Munro no solo hay que leerla despacio sino que hay que leerla en público. Con dos o tres personas basta. Dos o tres puntos de vistas distintos. Es entonces cuando los relatos de Munro penetran y fructifican.
Munro nos lleva a indagar en nosotros mismos, a hacernos preguntas sobre nuestros recuerdos y nuestras trayectorias. Nos relata vidas -vidas inesperadas- y, casi inadvertidamente, nos encontramos rehaciendo el relato de nuestra vida. Porque los relatos de nuestras vidas se rehacen continuamente. La literatura de Munro es una confirmación de esa sospecha, de esa intuición.
Una mujer enamorada, cuya obstinación hace cambiar el curso de la vida de los otros, que jamás hubieran apostado por su felicidad. Una mujer enferma, repentinamente envuelta en una evanescente historia de amor adolescente y descarado. Una joven que desea escapar del sórdido ambiente familiar y comete errores de bulto, pequeñas injusticias de las que más adelante se arrepentirá con un poco de nostalgia. Una viuda desconcertada ante las últimas palabras de su marido y ciertos recuerdos inquietantes. Unos jóvenes que protagonizaron un amor de infancia y que se reencuentran al cabo de los años, con sus vidas hechas y sus posos de dolor y algo de su antigua complicidad intacto. La amiga de una mujer casada que se instala a pasar una temporada en su casa, removiendo los frágiles cimientos de la relación matrimonial. Amigos que se mueren y se llevan con ellos para siempre parte de nuestras vidas. Una historia de amor que termina de forma más abrupta de lo que se hubiera querido y de lo que se desea recordar. Una amiga íntima, casi una hermana, que huye de la casa, y la chica que también se quisiera escapar, búsquedas y huidas diferentes con significativos momentos compartidos. Los amores de la senectud, con nuevos recuerdos y nuevas inocencias. La piedad. Lo inesperado, siempre. El fluir. Las leves sorpresas, los papeles nuevos.
Estos son los personajes que pueblan los relatos de Alice Munro. Sus esperanzas y sueños, sus inquietudes. Mirar hacia fuera, esperar algo todavía, descubrir a los otros.
Todo eso lo he aprendido leyendo a Munro. Leyéndola a solas y leyéndola, comentándola, con otras personas.
En un taller literario, escogí el relato Silencio, del volumen Escapada, para ser analizado y debatido. Pocas veces se ha tratado un asunto como el de la relación de las madres con las hijas, desde el punto de vista de la madre. Aunque es el hilo conductor del relato, la mano de Munro nos guía por un laberinto de relaciones sentimentales, que lo abarcan todo. Inevitable rememorar el título de otro de sus relatos magistrales: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Todas las categorías están representadas aquí. Más el amor filial. Más el duelo. Más la perplejidad de la ausencia y la reacción, siempre imprevista, ante el dolor. La contención, la negación, la suplantación del dolor por la risa, por el olvido fácil. Por capas y capas de silencio.
La infancia feliz de la hija, Penélope, con Juliet, la madre, la mujer que protagoniza el relato. La relación de la hija con el padre, tan prometedora, basada en cosas materiales que se compartían con naturalidad, los ratos de navegación en el barco del padre evocados, al cabo de los años, como una rareza, ¿por qué la vida no siguió por ahí?

Munro nos lleva a indagar en nosotros mismos, a hacernos preguntas sobre nuestros recuerdos y nuestras trayectorias. Casi inadvertidamente, nos encontramos rehaciendo el relato de nuestra vida
La muerte del padre, acaecida en verano, mientras la hija está ausente, lo trunca todo. Es el primer giro inesperado. La vida, a partir de aquí, deja de tener pautas. Pero la relación entre la madre y la hija va superando los obstáculos. Nada hace prever que Penélope huya de la casa y se refugie en una extraña comunidad religiosa en busca de la espiritualidad que, según la interpetación de un odioso personaje, siempre le ha faltado a su vida. El gran fallo de Juliet, su culpa: la falta de espiritualidad.
El relato va transitando por la red de relaciones que se forma en torno a Juliet. Las amigas, las amantes o ex amantes de su marido, los vecinos, el hijo del anterior matrimonio del marido. Las amistades de Penélope.
Como sucede siempre en Munro, hay momentos clave, momentos reveladores. Y profundos extrañamientos. La escena de la incineración del cuerpo del marido en la playa es dantesca. Se guarda en la memoria de la viuda como algo incómodo, casi un secreto que cuesta desvelar. Pero cuando al fin la madre se abre a su hija, la hija dije: Te perdono.
 De manera que su desaparición no se debe, en principio, a la venganza. Todo hubiera podido encauzarse a partir del perdón. Pero existen los enigmas, la hija es una enigma para la madre. Existen las cosas para las que no encontramos razones. La vida no solo es inesperada, es enigmática.
Finalmente, al cabo de los años, tenemos noticias indirectas de la hija. Juliet, la madre, vive en otra ciudad, ya no trabaja como entrevistadora en un programa de televisión, vive modestamente, tiene unos pocos amigos, lee, sirve cafés, toma cafés. El encuentro casual con una antigua amiga de la hija es el cauce de la noticia largamente esperada. La existencia de Penélope. No era como había imaginado. Según los pocos datos que la amiga le da, rápidamente, en medio de la calle, Penélope es una mujer con aspecto de matrona, madre, efectivamente, de cinco hijos, vive en una pequeña ciudad, no le va mal. No parece que le vaya mal.
Desapareció. Aunque sabe que ella, la madre, vive en Vancouver. Lo sabe. Eso se desprende de las palabras apresuradas de la amiga.
Munro pone fin al relato con la descripción del estado de ánimo de Juliet. Sigue esperando, pero no hasta la extenuación. Sobrevive, pero con cierta esperanza. Ha entrado en otra fase de la vida. Existen los enigmas, existe lo que se nos escapa.
Juliet tiene amigos. No muchos…, pero amigos. Larry sigue vistándola y le hace bromas. Continúa con sus estudios. La palabra “estudios” no parece cuadrar bien con lo que hace… Sería mejor decir “investigación”.
Escasa de dinero, trabaja algunas horas a la semana en el café donde pasaba tanto tiempo en las mesas de la terraza. Cree que ese trabajo equilibra sus enredos con los griegos antiguos… Tanto que cree no lo dejaría aunque no lo necesitara.
Sigue esperando una palabra de Penélope, pero no hasta quedar extenuada. Espera como las personas que saben que es mejor la esperanza de bendiciones no merecidas, de remisiones espontáneas, cosas por el estilo”. 
(Párrafos finales de “Escapada”. Pág 137 del volumen Silencio.)
El hilo del relato ha dado muchas vueltas, ha ido hacia adelante y hacia atrás, se ha perdido en breves historias secundarias, se ha anudado con otros hilos. Recorre el tiempo. Vemos cómo cambia el curso de las historias particulares, como el dibujo de trazan las vidas se va complicando. Pero hay cierta nitidez en la maraña. Aunque haya cosas que siempre se nos escapan, cosas que nunca conoceremos, hay nitidez. Mientras la mirada busque nitidez, hay nitidez.
O, lo que es lo mismo, belleza. Estremecimiento. Emoción. De eso tratan los relatos de Munro. Una hija que se va de casa y que se pierde para siempre, aunque exista. La madre, que se acostumbra a la espera. Grandes distancias, desapariciones, huidas, búsquedas, fugaces y trascendentales encuentros, momentos decisivos, deseos cumplidos, sueños realizados, muertes, despedidas.
Sin embargo, cada libro de Munro sorprende, parece completamente novedoso. No, los temas no estaban agotados, ni mucho menos. Hay nuevos matices, historias pobladas de asombro, vueltas de tuerca que nunca hubiéramos previsto y ante las que nos rendimos. Sí, esto sucede, esto puede suceder.
 Su último libro, antes de que le concedieran el Nobel, Mi vida querida, fue objeto de un taller de lectura que dirigí el pasado verano en Menorca. En la solana de la casa de campo donde nos pasábamos las horas, los relatos fueron leídos despacio y minuciosamente analizados. ¡Qué de cosas se me revelaron en aquellas largas sesiones! Creía que casi me los sabía de memoria, pero, uno a uno, enriquecidos con los comentarios de los asistentes al taller, me fueron mostrando nuevos aspectos. Eran otros, con nuevos momentos decisivos, nuevas elipsis, nuevos misterios.
De todos ellos, mi memoria se queda con Corrie. En todos los libros de Munro siempre hay uno o dos relatos que la memoria escoge. Una historia que parece decirte algo a ti, que el lector reconoce como suya, aunque, aparentemente, el fragmento de vida atrapada allí no tenga nada que ver con nuestra vida.

La vida va por un lado y nosotros por otro, pensamos a veces. Pero quizá no sea así. La vida no tiene lados
Corrie avanza poco a poco, mezcla tiempos, pero cuidadosamente, no busca la confusión, sino los datos perdidos, los datos relevantes para la historia, lo que el lector tiene que saber para una interpretación más completa, más amplia, más justa. Vemos a Corrie con su padre y la leve cojera que marca su destino. Una chica que no se va a casar, que se ampara en la cojera para ser distinta, para ser ella. El enredo amoroso con el hombre casado, que quizá hubiéramos debido prever, nos coge por sorpresa.
¡Siempre la sorpresa en Munro! Pero aún nos aguardan otras, que tampoco imaginamos. Porque estamos dentro del relato y no vemos el futuro. Ni siquiera vemos bien el pasado, a pesar de los datos que rescata, para nosotros, la mano que nos guía. Es una mano que no hace el menor ruido, que no anuncia nada. Sigilosa y firme a la vez. Cautelosa y provocativa. Omite, pero no escamotea.
Llegamos al centro, al corazón del relato, el chantaje de la criada y el procedimiento que permite seguir adelante con la infidelidad matrimonial. Se paga el precio del chantaje poco a poco, una forma de pago que aceptamos como algo natural, sin la menor sospecha.
Pero estamos leyendo un relato policiaco, eso sí podríamos haberlo sospechado. Munro escribe novelas de misterio, eso lo sabemos. Lo que no sabemos es dónde está el misterio, qué dato se nos ha pasado por alto.
Llega la revelación final, esa terrible y lúcida intuición de la trampa, de la sucesión de engaños, una cadena que de pronto se revela frágil, a punto de romperse. Llega el momento de decidir qué hacer con eso, cómo convivir con el dato que lo transforma todo, con la nueva visión de las cosas.
Corrie se va a la cama con la carta todavía inacabada.
Y se despierta temprano, cuando el cielo clarea pero aún no ha salido el sol.
Siempre hay una mañana en que uno se da cuenta de que todos los pájaros se han ido.
Corrie tiene una certeza. Le ha venido a la mente mientras dormía.
No hay ninguna noticia que dar. Ninguna, porque nunca la hubo.
No hay noticias de Lillian porque Lillian no importa y nunca ha importado. No hay ningún buzón de correos, porque el dinero va directamente a una cuenta, o quizá simplemente se queda en una cartera. Gastos generales. O unos ahorros modestos. Un viaje a España. ¿Qué más da? Gente con familia, casa de verano, hijos a los que educar, facturas que pagar: no hay que devanarse los sesos para gastarse una suma como esa. Ni siquiera puede decirse que sea un dinero caído del cielo. No hay necesidad de explicar nada.
Corrie se levanta, se viste rápido y recorre todas las habitaciones de la casa, presentándoles a las paredes y a los muebles esta nueva idea. Hay una cavidad en todas partes, sobre todo en su pecho. Prepara café y no se lo toma. Acaba de nuevo en su cuarto, y descubre que para exponer la realidad en ese momento hay que rehacerlo todo. 
(“Corrie”. Pág. 184 del volumen Mi Vida Querida)
A partir de ahora, Corrie se separa del mundo, aunque se aferre a la vida. Se queda sola, aislada para siempre con una verdad no buscada, no deseada, no esperada. Es una forma de vivir. Esa era, a fin de cuentas, la vida que la esperaba. Miramos hacia atrás, y lo entendemos todo a la nueva luz. La cojera le proporcionó la primera coartada para la soledad, todo fue encajando ahí, como parte del cuadro que solo al final podemos contemplar. Se fue trazando poco a poco, día a día. La desconfianza hacia los otros y su necesidad de amar, de intervenir en el mundo. Así seguirá porque así fue siempre. Corrie, al desvelar el misterio, al encararse con el dato nuevo, se descubre a sí misma.
La vida va por un lado y nosotros por otro, pensamos a veces. Pero quizá no sea así. La vida no tiene lados. Nosotros envejecemos, morimos y resucitamos, buceamos dentro de la vida en busca de señales de los otros y de la identidad que a veces se nos pierde. Buceamos y salimos a la superficie, nuevos.
Munro nos ofrece tantas cosas que cualquier resumen resulta una simplificación. ¿Cómo ha llegado a ser tan sabia?, ¿nos habla de sí misma o de la gente que conoce?, ¿qué son sus relatos, fragmentos de su vida o de la vida de los otros?
Muchas de las veces que Munro utiliza la primera persona para narrar la historia se refiere, ella misma lo confiesa, a su propia vida. Son recuerdos revisitados -como diría Pessoa-, recuerdos que, en cierto modo, quedan finalmente zanjados, fijados. En Mi vida querida hay cuatro de estos relatos y la autora declara que esto es ya lo último que escribirá sobre su vida. Nos habla de sus padres, de su familia, de las casas en las que ha vivido. Da la impresión de que ha enfocado la luz de la linterna en la noche de su infancia, que ha vivido un viaje en el tiempo, ha contemplado e iluminado escenas confusas, turbias, dolorosas, y luego se ha dado la vuelta. Ha apagado la luz, ha cerrado la puerta.
Pero esas historias están ahí, en todas las otras. Esas historias han hecho de Munro lo que es, como la revelación del dato ignorado hace a Corrie una mujer distinta, esa mujer para la que se había estado preparando toda la vida.
En el relato Los muebles de la familia, del volumen titulado Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, hay también uno de esos relatos autobiográficos. El personaje principal, si prescindimos de la narradora, es Alfrida, prima del padre de la autora. Tras su muerte, el padre le dice a la hija que Alfrida estaba molesta con ella por un relato que había publicado hacía unos años. La narradora se queda muy asombrada y explica a su padre: “No era Alfrida en absoluto. Lo cambié todo, ni siquiera pensaba en ella. Era un personaje. Cualquiera podía darse cuenta”. (p.93)
Estas palabras nos dan la clave. ¡Claro que aquel personaje no era Alfrida, aunque esta Alfrira que, en este relato, acaba de morir, sí es Alfrira! Aquí, quizá, no hay nada cambiado.
Y, sin embargo, bien lo sabe Munro, todos son personajes. Alfrida es personaje, el padre es personaje, la narradora es personaje.
La literatura trata de personajes. Las personas reales dejan de ser reales. Entran en la literatura y se convierten, inevitablemente, en personajes.
Cuando Munro habla de sí misma -lo que ha anunciado que ya no volverá a hacer- hace, problablemente, más literatura que nunca. En todo caso, es, creo, lo hace con un grado distinto de consciencia. Coger la linterna y enfocarla hacia el pasado no es algo que se pueda hacer siempre. Hay que tener decisión, fuerzas, inspiración. Hay que estar dispuesta a sumergirse en el riesgo y en la oscuridad.
Pero ese pasado, esas escenas, esos fragmentos de la propia vida están en todas partes. “Lo cambié todo”, le dice la autora a su padre. Ese es el ejercicio constante, continuo, del escritor. Cambiarlo todo. Disolverse encada página, en cada párrafo, en cada personaje. Para llegar al fondo del personaje, para descubrir quién es.
Munro pertenece a esa clase de escritores. Los que se ocultan en su literatura en la misma medida en que se muestran. La literatura es su casa, su verdadera identidad.
La famosa frase de Flaubert, “Emma Bovary soy yo”, expresa la literatura de Munro. Pero, a la vez, hay mucha distancia entre Munro y sus personajes. Incluso un punto de frialdad. Porque Munro no solo es sus personajes. Munro les observa. En realidad, como podría observarse a sí misma, ya que ese es uno de los retos de la vida: conocerse. Una de las mayores dificultades, sin duda. Para conocerse, hay que salirse de uno mismo de vez en cuando, verse desde fuera. Convertirse en otros personajes, recibir sobre uno mismo la mirada de los otros, la versión de los otros, la construcción de los otros.
Leer a Munro es adentrarse en el mundo original y distinto que cada persona construye. Y descubrir que hay muchas cosas que se nos habían pasado por alto, que merece la pena seguir indagando, seguir viviendo. Nosotros estamos incluidos en el universo de los cambios. Lo inesperado nos aguarda siempre, porque, por muy atentos que estemos, no podemos adivinar qué sucederá en el siguiente momento, el tiempo aún está por hacer, por existir. Y toda vida, en suma, es inesperada.
Texto de la conferencia de Soledad Puértolas, escritora y miembro de la Real Academia, dictada en la Residencia de Estudiantes el 7 de mayo de 2014 con motivo del Encuentro en torno a Alice Munro.

viernes, 27 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. En la muerte de Ana María Matute. "Con Ana María". Soledad Puértolas

   En "El País":

Con Ana María

Hubiéramos querido más, ratos y más ratos de vida con Ana María Matute

La conocí en París, en uno de esos viajes que hacíamos por entonces los escritores. Éramos un grupo bastante numeroso y, a la llegada al hotel, que no tenía un gran aspecto, Ana María Matute, con quien había hablado durante el viaje, con gran timidez y nerviosismo por mi parte, porque la admiraba demasiado como para atreverme a conocerla en persona, se dejó caer en uno de los sillones del vestíbulo como si estuviera a punto de desfallecer.
Las habitaciones no estaban listas y los trámites, además, fueron lentos. Al cabo, nos dieron las habitaciones y nos dispersamos. Ana María parecía algo más animada. Más tarde me confesó que eso le pasaba a menudo, que de repente se sentía sin fuerzas.
Nos hemos ido diciendo eso la una a la otra a lo largo de los años de nuestra amistad, que empezó en aquel momento, en el oscuro, algo sórdido, vestíbulo del hotel parisino. Vi su desfallecimiento y me pareció que era el mío, igual que el mío. Seguro que no, seguro que cada persona tiene su propio modo de desfallecer y su propio modo, también, de sobreponerse. Eso es algo que se aprende con el tiempo. Admiramos y queremos a una persona, nos identificamos, incluso, con ella, en la certeza de que, siendo distinta, hay algo en ella que entendemos, que nos resulta afín, que nos une a ella de una forma profunda.
Ana María fue cobrando una apariencia cada vez más frágil, más delicada. Se cayó innumerables veces, hubo de familiarizarse con la escayola, el bastón, la silla de ruedas. Seguía viajando, seguía acudiendo a actos públicos, seguía escribiendo. Cuando nos encontrábamos, hablábamos de nuestros desfallecimientos, y de algunas inquinas y ofensas de la vida, y de alegrías y satisfacciones, y de vernos más y de hablar más y de escribir más. Su voz, cada vez más delgada, siempre fue cantarina. Una voz alegre, aunque expresara penas o indignaciones.
Se supo levantar de todos sus desfallecimientos, supo amar, supo tener fe. En este momento, los trozos de vida que nos dio, que compartimos con ella, parecen cortos.
Hubiéramos querido más, ratos y más ratos de vida con Ana María Matute, en vestíbulos y bares de hotel y de aeropuertos, pero al fin, su vida ha sido larga. Ha sido rica. El mundo de inocencia, dolor, amargura y magia que nos ofrece en cada uno de sus libros ya se ha hecho parte de lo que somos. Es el regalo que hacen los artistas. Aquella realidad moldeada por la fantasía de una niña inclasificable que luego se convirtió, como ella misma decía, en una persona incómoda para muchos, sigue en pie. Ese en el poder de la literatura. Hace perdurar lo fugitivo.
Cuando el desfallecimiento ha sido dejado atrás, ya no existe. Lo que existe es el momento glorioso de la creación, el triunfo de la vida. De Ana María Matute quedará, para todos, el mundo que creó. Para sus allegados y seres más queridos, su fortaleza, ese impulso que la sostenía y hacía que se levantara una y otra vez y que deseara, siempre, ver más, hablar más, escribir más. [PIEPAG]
Soledad Puértolas es escritora y académica.

jueves, 10 de mayo de 2012

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Fascinante Celestina", por Soledad Puértolas

'Celestina' (Carlota Valdivia), óleo de Pablo Picasso en 1903. / Museo Picasso de París / VEGAP 2012. ("El País")

   En "Babelia", suplemento cultural de "El País":
Fascinante Celestina
   Deseo y avaricia, amor y traición, pasión y muerte... Todo está en la obra de Fernando de Rojas. La escritora Soledad Puértolas explica cómo la ha reescrito en español moderno para hacerla comprensible “a la primera lectura”.

SOLEDAD PUÉRTOLAS 28 ABR 2012
 
   Después de haberme comprometido a la difícil y rara empresa de reescribir La Celestina en el español moderno, me asaltaron inmensas dudas, flaquearon mis fuerzas, me invadió la inseguridad. ¿Cómo hacer que un texto publicado en el inicio del siglo XVI fuera totalmente comprensible para el lector de hoy, cuando la lengua, en aquel tiempo, aún no se había fijado y faltaba todavía un largo siglo para que Cervantes la consagrara como indiscutible lengua literaria? Por lo demás, en mis tiempos escolares, nunca había conseguido llegar muy lejos en mis intentos de lectura de tan afamada obra y, más tarde, cuando estudié literatura española, pasé muy deprisa por ella, pues había otros textos que desde siempre me habían interesado más y quise dedicarles el máximo de mi tiempo, una vez que, al fin, me había decidido a estudiar lo que de verdad me interesaba.
   ¿Por qué, entonces, había aceptado enseguida la propuesta? ¿Un mero impulso de responsabilidad, reminiscencias de antiguas obediencias obligatorias? En el fondo, lo sabía. Creo en las revelaciones y en el azar. Esta era la oportunidad de entrar de una vez por todas en La Celestina. No podía dejarla pasar.
   En cuanto me puse a trabajar, mis dudas y miedos se vieron mágica y generosamente superados por una especie de entusiasmo febril que no recordaba haber sentido nunca. Bien es verdad que no había vivido una experiencia como aquella, reescribir lo escrito por otro autor. Lo que yo estaba haciendo era traducir, aunque se tratara, en ambos casos, de la misma lengua, el español del siglo XVI y el español moderno. Primero había que entender, lo cual, muchas veces, significaba descifrar, y luego encontrar la expresión más ajustada en el español que hablamos hoy. Tenía algo de juego. Más parecido, me dije, a un sudoku que a un crucigrama. Aunque mucho más libre y abierto que los dos y que cualquier otro juego: el resultado no estaba fijado de antemano, dependía enteramente de mí.
   ¿Tenía alguna idea de lo que buscaba, de lo que quería?, ¿había una meta que me propusiera alcanzar? Sólo una, muy amplia: hacer de La Celestina una lectura placentera, tanto para quien se acercara a la obra por vez primera, como para el hipotético lector que en otras ocasiones hubiera abandonado el texto, desanimado, porque entendía muy poco, y el esfuerzo que debía realizar parecía excesivo, y, aun sospechando que se privaba del disfrute de una obra clásica, se daba por vencido. No puede leerse todo. Siempre queda algo pendiente. En realidad, me dije, ya con diez folios escritos —como si en lugar de diez fueran cien—, vivo rodeada de esa clase de lectores. Yo misma me identifico con ese lector. Leí en voz alta mis diez folios, asombrada de entenderlo todo. ¿No lo había escrito yo? Sí, pero no: ese texto era La Celestina.
   Antes de sentarme delante del ordenador, había leído en las introducciones de algunas adaptaciones teatrales de la obra que, en general, podía decirse que las opciones eran dos: o se traía La Celestina al presente o se llevaba al lector al tiempo de La Celestina. ¿Qué era lo que estaba haciendo yo? Ninguna de las dos cosas, puede que las dos, no lo sé. Yo, simplemente, leía y traducía. Pero a la vez, estaba sucediendo algo importantísimo: asistía a la formación de una lengua que aspiraba a expresar una enorme complejidad de emociones. La lengua estaba haciéndose. Ha sido fascinante palpar ese momento. Aún no se había escrito el Quijote. En La Celestina la lengua es un torrente casi salvaje, lleno de fuerza y de luz y extremadamente ambicioso que busca precisión, matices, juego, belleza, claridad, complejidad, expresividad, comunicación, arte.
   Habrá amantes de la literatura a quienes este tipo de empresas no les interese, incluso habrá quien crea que el mero intento de verter al español moderno una obra clásica resulta algo improcedente. Pero a quienes, como yo, se asomaron una vez a La Celestina y pensaron que era algo muy difícil de leer, a ellos y a los lectores que se acercan por primera vez, les diré que mi intención ha sido, precisamente, eso: hacer que el conjunto de frases que constituyen la obra resulten comprensibles a la primera lectura. Me he detenido frase tras frase, intentando captar su sentido. Algunas son muy enrevesadas y creo, sinceramente, que su sentido se podría discutir. Pero el contexto de la obra, de cada escena, de cada acto, ayuda.
   En la empresa de hacer comprensible el texto he dejado fuera algunas —pocas— frases, y he modificado muchas otras. Casi todas. Por supuesto, las más largas. Pero incluso las cortas me pedían ser adaptadas a un lenguaje más actual. He evitado, en todo caso, caer en un exceso de modernidad. No se trataba de escribir LC como se habla hoy. Sin duda, el argumento de LC está unido a su lenguaje, que corresponde al siglo XVI.
   Hay algunas frases que han quedado intactas. Eso me ha producido una gran satisfacción. El aroma de la obra permanece en ellas. Me entusiasman esas frases, son como esas piedras que sobresalen en medio de la corriente de un río y que nos indican un posible aunque arriesgado paso. Fue maravilloso irlas reconociendo. Me han sido extraordinariamente útiles. Aun más que útiles, alentadoras, me han dado ánimos. Ellas eran las encargadas de sostener el entramado de la traducción. Habían permanecido intactas a través de los siglos.
   Finalizada la tarea, me alegré de que no se me hubiera encomendado expresamente que acortara la obra. He disfrutado, precisamente, en su extensión, en su magnitud. Que los personajes hablen tanto y tan bien, me maravilla. Me maravilla cada uno de los parlamentos. Me gusta, me entusiasma, me fascina como es, francamente irrepresentable. La he disfrutado como novela, incluso como novela moderna, especialísima, donde lo que cuenta es la intensidad de las emociones de todos y cada uno de sus personajes. La pasión física, el deseo, la codicia, la avaricia, el amor paterno, el amor filial, la amistad, las alianzas, las traiciones, la crueldad, la muerte… Todo está ahí, vivido y sentido. Y llega hasta nosotros. Esto es lo que he sentido y vivido yo mientras volvía a escribir LC y me situaba —osadamente— junto a Fernando de Rojas, lo escuchaba y luego decía sus palabras de otro modo. Me he sentido una intérprete, una intermediaria a quien se le confiaba una misión delicada e importantísima.
   Sin duda porque la lengua se está haciendo mientras el autor escribe la obra, he tenido la impresión de que unas veces fluye y otras se detiene y atasca, pero siempre sale adelante. Siempre triunfa. He seguido el ejemplo, he buscado el amparo de su caminar a tientas, porque, si a tientas escribía el autor, aún más a tientas he escrito yo. Queriendo mantener su aroma y su espíritu, buscando su sentido, he sido osada, como en realidad lo son, osados, todos los escritores.
   Al viejo e inacabable debate sobre si la obra es teatro o novela, sólo podría añadir que en mi opinión su novedad radica en esa duda. Si quien la lee es novelista —como es mi caso— la obra es, fundamentalmente, novela. Y, por cierto, muy moderna, muy actual. No se trata de una novela decimonónica, poblada de descripciones. Precisamente por eso resulta tan moderna. Es el lector quien imagina, quien crea el contexto, a partir de los poquísimos datos que se le ofrecen. ¿En qué ciudad o villa se desarrollan los hechos?, ¿en qué estación del año? En un tiempo cálido, que se presta a las citas amorosas al aire libre. No es invierno. En el decimocuarto acto, dice Calisto: “Y vosotros, meses invernales, que ahora estáis ocultos, cambiad vuestras noches oscuras por estos días tan lentos”. No encontramos muchas más referencias al clima ni a las estaciones. Sabemos que Celestina vive allá donde la cuesta del río —se nos dice en varias ocasiones— y que la casa de Melibea está cerca de la ribera, a donde Pleberio, su padre, la invita a pasear en el vigésimo acto. Sabemos que el mar está próximo porque Melibea, en su escena final, atisba los navíos que navegan por él. No mucho más. Hay huertos y hay caminos, hay calles estrechas, casas señoriales, tabernas, viejas casas de pueblo, curtidurías, un río y ese vago mar. Se nos describen los oficios, se enumeran los bienes materiales, se hacen alusiones al linaje, a las relaciones entre los señores y sus siervos… Es cierto, aunque breves, hay muchas, innumerables señales para los estudiosos. Pero está perfectamente claro que la acción y los personajes son lo que cuenta, y lo que maravilla a un novelista o a un lector de novelas de hoy.
   Ciertamente, es mucho lo que dicen los personajes, pero es mucho, también, lo que callan y lo que se calla el autor, Fernando de Rojas. Este silencio es parte esencial del drama. Los estudiosos han comentado extensamente el gran enigma: ¿Por qué el amor entre Calisto y Melibea es un amor prohibido?, ¿qué impide que se casen y disfruten de él durante toda su vida? Pero este es el punto de partida y queda definido desde el primer acto de la comedia, desde la primera escena, desde el primer parlamento de Melibea.
   El amor entre Calisto y Melibea es ilícito. Para decirlo en otras palabras: es un amor imposible. ¿Es el concepto de amor imposible fácil de entender para un lector de hoy? Evidentemente, aunque las cosas hayan cambiado mucho, aún existen los amores imposibles. Pero lo fundamental es que el lector sabe que la obra que tiene en las manos fue publicada en la España del siglo XVI, cuya sociedad refleja. Aunque haya muchos silencios en la obra, hay, también, las suficientes señales como para que el lector comprenda que se trataba de una sociedad llena de prejuicios, estamentos, categorías, no sólo sociales, sino religiosas. En aquella sociedad, convivían judíos, moros y cristianos y en todos los grupos se daban muchos matices y todos se regían por sus propias categorías. El lector sabe que en esa sociedad —como, sin duda, en otras que no conoce de primera mano, pero de las que oye hablar en los noticieros— podían darse los amores imposibles.
   La visión del mundo que subyace en la obra es pesimista, terriblemente fatalista, y no cuenta con el consuelo de la religión. Melibea se da muerte a sí misma y Pleberio, al llorarla, no la acusa de desobedecer ningún mandato divino. Más bien alega, para justificar su dolor, razones muy humanas. El lamento de Pleberio nace del dolor del padre, no corresponde en absoluto a un guardián del orden social ni mucho menos religioso.
   ¿Qué consuelo puede proporcionar una obra que finaliza con esta pregunta, puesta en boca de Pleberio, padre de Melibea: “¿Por qué me dejaste triste y solo en este valle de lágrimas?”. No es un reproche a Melibea, sino al mundo, que está poblado de dolor, de malos amores, de crueldad, de continuas y terribles mudanzas, vaivenes, y caídas desde lo más alto, de una angustiosa y permanente fugacidad, de la constante amenaza de la muerte.
   Creo que al lector actual le parecerá que La Celestina está mucho más cerca de una novela moderna que de una obra de teatro del siglo XVI. Así, al menos, me lo ha parecido a mí. Si alguien, después de leer el texto que le ofrezco ahora, desea ir al original, será mi mejor recompensa.
 
   La Celestina. Fernando de Rojas. Versión y prólogo de Soledad Puértolas. Castalia. Madrid, 2012. 320 páginas. 9,90 euros.

domingo, 4 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Mi primera vez. PRIMER DÍA DE COLEGIO", por Soledad Puértolas

Soledad Puértolas

   En "El País":
Primer día de colegio

15/07/2011

   Quizá para que yo no estuviera en casa mucho tiempo sola, ya que mi hermana, que me llevaba dos años, iba ya al colegio, mi madre decidió enviarme al jardín de infancia cuando yo apenas tenía cuatro años. Hoy día es más normal, pero en aquella época resultaba un poco prematuro y tengo la impresión de haber escuchado a mi alrededor, a lo largo del curso, algunos comentarios sobre el asunto.
   El jardín de infancia se encontraba en el sótano del enorme edificio del colegio, pero no era un sótano lúgubre, sino luminoso. Cuando caía la tarde, se encendían las luces y el aula cobraba una vida distinta, casi agresiva. La luz eléctrica era mucho más invasora que la del sol. Y siempre era igual. La tarde se detenía. En lugar de avanzar, la hora de la salida parecía más y más lejana.
   Me impresionó tanto ese día al que había llegado un poco engañada porque nadie me había explicado qué se hacía en el colegio ni cuánto tiempo debía permanecer en él, que cuando, ya en casa, oí decir que había que prepararlo todo para el día siguiente, me quedé paralizada. ¿Tenía que volver mañana?, pregunté, incrédula. Todos los días, me dijeron. Todos los días. ¡Qué tres palabras más terribles bajo su aparente inocencia! Resultaba incomprensible y abrumador. Me parece que fue en ese mismo momento cuando la conciencia del tiempo se instaló dentro de mí de una forma terrible y angustiosa, como si esas palabras -todos los días- hubieran sido una maldición. Y, a partir de ese momento, también, arraigó en mi interior una obsesión: huir de ese tiempo monótono y obstinado que se empeñaba a repetirse día a día, exacto, imperturbable, eliminando toda posibilidad de avanzar, de cambiar.
   Ese es el recuerdo que todavía hoy puedo reproducir: echada en la cama, con los ojos abiertos, me estoy diciendo a mí misma que mañana volveré a pasar el día en el colegio, codo con codo con niñas de mi edad, y rodeada de monjas.
   Mañana y al día siguiente y al otro. ¿No volvería a tener tiempo para mí?, ¿tendría que estar siempre ahí, observada, empujada, incluida en un grupo? No sé ahora para qué quería yo ese tiempo que me parecía me estaban hurtando. Quizá buena parte de la culpa la tenía la potente luz eléctrica que, después de comer, invadía el sótano. Puede que me asustara demasiado y creyese de verdad que la tarde nunca se iba a terminar.
   Pero esa sensación se guardó tan celosamente en mi interior que aún concibo el futuro, ante todo, como una liberación. Las dificultades, penas e inconvenientes que, como es lógico, aguardan dentro de ese tiempo desconocido, aún empalidecen cuando considero su latido. En este mismo momento, el tiempo transcurre. Se oye llover, si llueve, y cada gota cae del cielo adonde vaya a caer, la tierra, un tejado, un paraguas. O hace calor, y son las gotas de sudor las que se deslizan por la piel. Ese caer, ese deslizar, ese avanzar, aún me parece extraordinario.

domingo, 21 de agosto de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Malas de cuento", de Soledad Puértolas

Blancanieves y su madrastra (1935), de Rego Paula.- The Whitworth Art Gallery. The University of Manchester. www.bridgemanart.com ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Malas de cuento

SOLEDAD PUÉRTOLAS 09/07/2011

   La literatura infantil está poblada por más madrastras y brujas crueles que madres bondadosas. Arquetipos, simbología y mitos analizados a la luz de la psicología en un libro de Sibylle Birkhäuser-Oeri. Blancanieves, La cenicienta, La bella durmiente o Caperucita Roja son clásicos que permiten múltiples interpretaciones.

   De niña, fui lectora apasionada de los llamados cuentos de hadas, por los que desfilaban extraños seres no siempre benignos que daban a la vida una constante sensación de peligro e incertidumbre. En aquellos cuentos, los escenarios también resultaban intimidatorios. Grutas, bosques espesos, acantilados rocosos, mares agitados, estanques turbios sobre los que aleteaban sonidos de ultratumba y sombras amenazantes, servían de telón de fondo de intrincadas historias en busca de tesoros y reinos perdidos o desencantamientos, porque muchas veces, el protagonista había sido víctima de un maleficio y vivía bajo una falsa y horrible apariencia.
   Me gustaban más estos cuentos de los que no puedo recordar un solo argumento -imagino que eran todos muy parecidos- que los clásicos infantiles. Excepto dos: Blancanieves y La Cenicienta. Podría añadírseles El patito feo. Desde luego, Caperucita no me gustaba nada, aunque su historia estaba muy presente, quién sabe por qué, en nuestras pequeñas vidas. Blancanieves y La Cenicienta, que en realidad es una especie de patito feo, lograron una popularidad enorme gracias a Walt Disney. Eran historias que no podían dejar indiferente a una niña. Dos historias de madrastras, por cierto. Curioso, ¿no? La madrastra de Blancanieves, además, es bruja. El famoso espejito en el que se mira para asegurarse de que su belleza no tiene rival en su reino la pone en relación directa con las fuerzas del mal. La madrastra de la Cenicienta, sin embargo, es simplemente una mujer mala. Humilla constantemente a su hijastra y le encarga los más fatigosos trabajos de la casa, mientras no escatima dineros para vestir lujosamente a sus hijas con la idea de casarlas bien. Esta mala mujer carece de poderes sobrenaturales. Es Cenicienta quien, al final, accede a la magia.
   En todo caso, una, bruja, otra, simplemente malvada, son prototipos de la madrastra que odia a su hijastra. No deja de ser llamativa esta presencia tan poderosa de las madrastras en los cuentos infantiles. Si la niña o la joven tienen al enemigo dentro de su círculo familiar, ¿cómo no se va a presentir toda una sucesión de peligros? Pero de esto tratan los cuentos, de obstáculos y dificultades. Si Blancanieves y Cenicienta hubieran tenido madres en lugar de madrastras, sus historias no habrían tenido lugar. La madre es buena por naturaleza, generosa, protectora. Blancanieves y Cenicienta son dos jovencitas desvalidas a las que hay que salvar.
   ¿De qué manera está presente la figura de la madre en los cuentos infantiles? El de Caperucita comienza precisamente con un breve diálogo entre la niña y su madre. La madre encarga a la niña que lleve la merienda a su abuelita, pero le advierte de los peligros del bosque y le pide que no se entretenga. No volvemos a saber nada de la madre. El final es lo bastante radical como para que se nos ocurra pensar qué habrá sido de ella. El lobo entra en casa de la abuelita, se la come y se pone su ropa. Llega Caperucita con la merienda y, a instancias de la falsa abuelita, se mete en la cama con ella. Tras el famoso diálogo -"¡qué dientes más largos tienes!", etcétera-, el lobo se zampa a la pobre Caperucita.
   El tremendo episodio ha sido abundantemente comentado, dada la potencia de la imagen. El lobo, negro y peludo, vestido con camisón blanco y tocado con una cofia, supone un contraste casi insoportable con la dulce e inocente niña. Pero, una vez que nos hemos dado cuenta de que en este cuento hay una madre, volvamos a ella. Y, de pronto, nuestra cabeza se llena de preguntas. ¿A quién se le ocurre mandar a la niña sola a casa de la abuelita teniendo que pasar tan cerca del bosque, un lugar peligroso por definición? Esta madre, ¿no será en realidad una madrastra?, ¿por qué, si no, envía a la niña a un lugar y a una hora tan inconvenientes? Lleva la merienda, luego es por la tarde, que linda con la noche. Bosque y noche, dos peligros clarísimos. Lo del lobo ha sido algo imprevisto. O quizá no: quizá la madrastra conoce la existencia del lobo, que tiene su guarida en el bosque. Quizá confiaba en que la niña, que es curiosa, se internaría por el bosque, se perdería y se toparía al fin con el lobo, que la mataría.
   Como las madrastras malas quieren deshacerse de sus hijastras, tenemos muchas razones para suponer que la madre de Caperucita bien podría haber sido madrastra y no madre. Muerta Caperucita, la madrastra se queda con el padre de la niña para ella sola. La jugada le ha salido perfecta. Más aún, si, como sospechamos, la abuelita, a la que también se ha comido el lobo, es la madre del padre de Caperucita y, como es lógico, no se lleva nada bien con la nueva mujer de su hijo. Si todo esto es así, está claro que la madrastra ha matado dos pájaros de un tiro.
   Si optamos por atenernos a la figura de la madre, llegaríamos a una conclusión igualmente inquietante: la madre es una perfecta estúpida. No tiene ningún sentido que envíe a su hija en medio de la tarde y con el bosque a sus puertas a casa de la abuelita. Sus advertencias de peligro, como debería de saber, se convierten en incitación, en tentación. Una madre tonta acaba siendo una mala madre.
   Pero los cuentos infantiles no son realistas, sino simbólicos. Hay muchas más madrastras y brujas que madres bondadosas. La protección materna eliminaría la tensión. En compensación, existen las hadas. Estas bellas y etéreas mujeres, que también tienen complicadas historias a sus espaldas, se encargan de ayudar a los protagonistas de los cuentos cuando se hallan más desesperados. Por eso, sin duda, me gustaban tanto estos cuentos. Siempre podías contar con la intervención oportuna y mágica de las hadas.
   Al lado de esta clase de literatura, que bien podemos caracterizar de fantástica, estaba la realista, a la que también fui muy aficionada. Allí sí había madres -Celia y Antoñita tenían madres, aunque Celia la pierde-, pero estas madres eran parecidas a la nuestra y a las de otras niñas. Eran madres y eran adultas. Esto, al final, era lo más importante. Porque el mundo de los adultos quedaba tan lejos del mundo de la infancia que la comunicación entre ambos parecía imposible. Estas madres de los relatos realistas eran distantes y daban muchas órdenes incomprensibles. Básicamente, no entendían nada de lo que les pasaba a sus hijos. Era un reflejo de lo que sentíamos los niños y niñas de entonces.
   La literatura ha ofrecido siempre un lugar donde pasan cosas completamente distintas de las que se ven en el cotidiano acontecer, pero también da cabida a situaciones conocidas de la vida. Ambas opciones son necesarias y complementarias. La exageración y representación del mal y de las dificultades parece algo concomitante a nuestra condición. Sospechamos que esa forma de abordar la realidad nos proporciona nuevos y riquísimos puntos de vista. Bruno Bettelheim, en su apasionante libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas, reivindica esta literatura y nos anima a preservarla. El detallado estudio de Sibylle Birkhäuser-Oeri rastrea los arquetipos maternos en los cuentos infantiles. Siguiendo la pauta de Jung, nos invita a explorar en los símbolos, en suma, a no tirar "la llave de oro que un hada buena nos puso en la cuna".
   La presencia del mal en el mundo, sostiene Jung, es un hecho evidente y, en consecuencia, no podemos descartar el proceso de aprendizaje que nos brindan los cuentos. Lo tremendo, lo terrible, lo incomprensible, es parte de la vida, y la imaginación es un instrumento poderoso para nuestra sobrevivencia.
   También para nuestra felicidad.

   Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Bruno Bettelheim. Traducción de Silvia Furió. Crítica. Barcelona, 2010. 352 páginas. 10,90 euros. Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) ha publicado recientemente el volumen 1 de Obras escogidas. El bandido doblemente armado y Una enfermedad moral (prólogo de Daniel Fernández. Anagrama. Barcelona, 2011. 156 páginas. 18,50 euros) y el libro de relatos Compañeras de viaje (Anagrama. Barcelona, 2010. 224 páginas. 18 euros. Electrónico: 14,30). http://www.soledadpuertolas.com/.
Soledad Puértolas

lunes, 10 de enero de 2011

SOLEDAD PUÉRTOLAS. Discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua (y 7)

Soledad Puértolas

De manera que don Quijote, a pesar de las adversidades, hace amigos y da y consigue apoyos. No todo son obstáculos. Como en aquellos cuentos que me leyeron y leí durante mi infancia, el héroe encuentra aliados y prosigue su camino. Tropieza y se levanta, reconstruye su sueño una y otra vez, no desespera. A pesar de su famosa declaración tras la desdichada aventura del barco encantado, "Yo no puedo más" (XI, XXIX, 954), don Quijote siempre puede dar unos pasos más.
   Al final, cuando la sombra del Quijote apócrifo le resulta cada vez más molesta a Cervantes, el caballero entabla conversaciones destinadas a convencer a sus interlocutores de que los personajes a cuyas aventuras estamos asistiendo son los verdaderos don Quijote y Sancho y no ésos que andan por las páginas de otro libro cuyo autor ni siquiera merece ser mencionado.
   Después de la muerte de don Quijote, aparece de forma momentánea un secundario que debe destacarse: el escribano que, a petición del cura, da testimonio de la muerte del héroe. Es Cervantes quien pone en boca del cura la petición. Que quede claro para todos que la historia ha terminado. Don Quijote muere y nadie va a resucitarlo. No va a haber más salidas, ni verdaderas ni falsas. Y es que la fábula, el cuento, ha terminado. Así es como terminan los cuentos, con un final concluyente. No todos los cuentos alcanzan un final feliz, aunque esos eran mis preferidos y a mí, en mis primeros encuentros con la obra de Cervantes, me habría gustado poder transformar en victorias las derrotas del desdichado héroe, acudir en su ayuda cuando era derribado de su precaria cabalgadura o caía sobre él una lluvia de golpes, e incluso sacarle de su error cuando llamaba gigantes a molinos, segura del desastre que se avecinaba.
   Pero no se trataba de eso. Cervantes deja que el héroe acepte su derrota, se retire y muera. Acepta ese final, e, inmediatamente después, reivindica su obra, la inmortalidad del personaje. Es el propio don Quijote quien deja caer el telón al declarar: "Yo fui loco y ahora soy cuerdo" (XI, IXXIIII, 1333). Se acabó la función. Ya no pide complicidad ni exige que sus fantasías sean aceptadas como verdades indiscutibles. Está en otro lugar. Desde allí se despide de su vida anterior, y se despide de la vida entera.
   El narrador toma la palabra para poner el punto final a la historia. "Entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió" (XI, IX, XIIII, 1335). Y Cide Hamete dice a su pluma: "Aquí quedarás colgada [...] Para mí sola nació don Quijote, y yo para él, él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote [...]" (XI, IXXIIII, 1337).
   Y fin.
   Cervantes ha mantenido con el héroe un constante diálogo
íntimo, conoce sus sueños y deseos más profundos y sabe muy bien lo que le puede pedir. Ha estado atento a las variaciones de su ánimo y, en los momentos más críticos, ha acudido en su ayuda. Como en los cuentos. El contador de cuentos suele dirigirse al lector para ofrecerle una conclusión, y eso es lo que hace Cervantes. Al final, pide, exige, reconocimiento y respeto. Era que algo que ha estado presente en cada una de las páginas del libro y que, en el curso de la segunda parte se ha hecho más patente. "En esta segunda parte -nos dice el autor- no quiso injerir novelas sueltas y pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece, y aun estos limitadamente y con solas las palabras que basten para declararlos; y pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide que no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir" (XI, XLIIII, 1070).
   ¡Cuántas veces se han citado desde entonces estas palabras de Cervantes! Dan inicio a una mentalidad nueva, unida al concepto de autoría. Y en esto sí es el Quijote radicalmente distinto de los cuentos tradicionales, donde la voz del narrador era más impersonal que personal. Era una voz colectiva.
   El Quijote nos muestra el mundo del yo, de la voluntad personal, de los sueños personales. No es un cuento. Es el cuento, la novela de Cervantes. Nos ponemos a hablar de don Quijote, de Sancho, de Dulcinea, de Marcela, de Dorotea, del Caballero del Verde Gabán, del bandolero Roque Guinart, y acabamos hablando de Cervantes y de su empeño por conseguir la inmortalidad.
   Un tratado sobre la literatura que es, al mismo tiempo, un tratado sobre la vida. Esta es la obra de Cervantes. La literatura como metáfora de la vida. La locura como metáfora de la literatura.
   Y ya termino. Una vez más, tengo la impresión de que todo lo que no ha sido dicho es lo importante de verdad. Por eso probablemente Cervantes nos ofrece un tratado de literatura como novela, porque, al fin, los asuntos profundos de la vida no pueden nombrarse y todos nos entendemos mejor si hablamos de otra cosa. Sí, de literatura. Algo destinado a entretener o a poner en "el aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías" (XI, IX, XIIII, 1337), pero por encima de todo, algo que se vive con la pasión de una oportunidad única y que se convierte en un asunto de vida o muerte.
   Los humanos hablamos y hablamos y escribimos y escribimos, como si nos creyéramos capaces de dominar las lágrimas, los desgarros y las decepciones, y de distanciarnos de los salvajes accesos de alegría y regocijo. En el fondo de tanta palabra, de tanta narración, de tanto contar y tanto escuchar, late siempre la esperanza de que en algún momento sobrevenga el milagro del mutuo entendimiento y se vislumbre la luz de una verdad.
   Quiero agradecerles la atención que me han prestado y, de forma muy especial, a las señoras y señores académicos. El honor que me han hecho difícilmente encuentra su expresión en las palabras. Les ofrezco, para lo que les pueda servir, lo único que puedo ofrecerles: mi pasión por la literatura y por el maravilloso instrumento que la hace posible, la lengua.
   Muchas gracias