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domingo, 21 de febrero de 2016

PRENSA. TECNOLOGÍA. "Silicon Valley contra la socialdemocracia". Evgeny Morozov

   En "El País":

Silicon Valley contra la socialdemocracia

La supremacía del mercado virtual supondrá un retroceso en los derechos conquistados el último siglo. ¿Vivimos en el poscapitalismo o en el precapitalismo?


MIGUEL BRIEVA

Silicon Valley seguramente tiene las mayores reservas mundiales de desfachatez y arrogancia, pero ¿podría también estar sentando las bases del nuevo orden económico? Al menos, esa es la opinión cada vez más extendida entre sus detractores y sus defensores; en lo que no están de acuerdo es en cómo será ese orden.
El nuevo libro de Paul Mason Post Capitalism, que está triunfando en Reino Unido, tiene coincidencias con los dos bandos en este debate. Su argumento es que, a medida que todo se vuelve digital y se integra en redes, incluso nuestros grandes señores empresariales tendrán dificultades para contener el radicalismo potencial —tanto de nuevas formas de disidencia como de organización social— en su interior.
Ahora bien, ¿y si Mason sólo tiene razón en parte? ¿Por qué suponer que saldría mal parada la idea del capitalismo y no, por ejemplo, la de la socialdemocracia? Hoy parece más probable esta última perspectiva.
Desde el primer momento, la socialdemocracia fue un sistema basado en concesiones. Llegó a distintos países en diferentes momentos históricos, pero su esencia siempre era la misma, las grandes empresas y los Gobiernos intervencionistas llegaban a un acuerdo beneficioso para ambas partes: los Gobiernos no cuestionaban la primacía del mercado como principal vehículo del desarrollo económico, y las empresas aceptaban una supervisión reguladora considerable.
Fue el famoso compromiso socialdemócrata el que hizo que Europa fuera un lugar tan cómodo para vivir. Las economías crecían; los trabajadores estaban protegidos y disfrutaban de magníficas prestaciones sanitarias; los consumidores podían confiar en que las empresas con las que trataban no iban a infringir sus derechos.

Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad
El sistema pareció funcionar al menos durante un tiempo. Pero la fragilidad de sus mecanismos internos no eran visibles para todo el mundo. En primer lugar, presuponía que las economías iban a seguir creciendo casi de forma indefinida, con lo que el Estado podría costear las generosas transferencias sociales. Segundo, para garantizar la dignidad del trabajo eran necesarias intervenciones tácticas ocasionales del Estado en industrias y sectores concretos; pero los que estaban privatizados, liberalizados o insuficientemente regulados —el sector de la tecnología, en su más amplia definición, es una combinación de las tres cosas— dejaban a los gobiernos escaso margen de maniobra. Tercero, el espíritu de la socialdemocracia dictaba que los propios ciudadanos apreciaran nobles valores como la solidaridad y la justicia, una actitud que también estaba sometida a reglas específicas.
Ahora, estas tres bases están viniéndose abajo a causa del feroz ataque de los mercados, pero también de Silicon Valley, que se apresura a explotar las numerosas incongruencias, ambigüedades y debilidades retóricas del ideal socialdemócrata.
La estrategia de la aplicación Uber es especialmente significativa. ¿Qué más da que algunas ciudades exijan a los taxistas cursos de formación, por ejemplo, sobre cómo tratar a los pasajeros ciegos o discapacitados? Para Uber, todos los pasajeros son iguales, y no es necesario hacer gastos extra: su balance financiero no tiene en cuenta la discapacidad.
Hace unos cuantos decenios, cuando el consumismo imprudente no había deteriorado aún nuestro raciocinio colectivo, esta actitud quizá nos habría parecido aberrante. Pero hoy las cosas no son tan obvias. ¿Por qué, pueden decir algunos, cada vez que tomo un taxi tengo que subvencionar que puedan tomarlos los ciegos y los discapacitados?
Como empresa, Uber también quiere que se la dejen en paz, y asegura que de esa forma puede dar más satisfacción al cliente; mientras el único criterio para medir la satisfacción sea el precio que paga.
Lo irónico es que Uber recurre precisamente al carácter extraordinario de la tecnología digital y de la información —las señas de identidad del poscapitalismo según Mason— para justificar sus prácticas de empleo draconianas, mucho más propias del capitalismo anterior a la aparición de la socialdemocracia. No son más que una “empresa tecnológica”, alegan. Da igual que a sus conductores los vigilen y los presionen de forma agresiva mucho más que a los trabajadores de una fábrica taylorista de la década de 1920.
A pesar del control al que los somete Uber, estos conductores ni siquiera tienen un contrato oficial. Con tanta gente en el paro y con problemas para ganarse la vida, Uber tiene la seguridad de que siempre habrá alguien en algún sitio dispuesto a conducir un coche, aunque sólo sea durante unas horas.
Un rápido repaso a otras facetas de lo que se consideraba socialdemocracia ofrece un panorama igualmente sombrío; sus cimientos están desmoronándose. Por ejemplo, existen pocos sistemas de salud en Europa que puedan sobrevivir a los problemas cada vez mayores del envejecimiento, la obesidad y los recortes presupuestarios. De ahí que haya una exuberancia tan irracional sobre las posibilidades de los dispositivos portátiles, sensores inteligentes y sus distintas combinaciones, que prometen transformar el modelo actual de cuidados preventivos. Se acabaron los tiempos en los que era posible no pensar demasiado ni demasiado a menudo en nuestra salud. Las aplicaciones de salud son fuentes inagotables de preocupación, y lo que había logrado el proyecto socialdemócrata era precisamente disminuir esa angustia.

Los consumidores vivimos una nueva época de oscurantismo: no sabemos por qué pagamos lo que pagamos
El mercado digital también está acabando con la idea de la protección al consumidor. A medida que la publicidad y la recogida de datos tienen más importancia en la economía digital, nos encontramos con precios determinados en función de algoritmos, muy personalizados y con frecuencia fijados para que paguemos el precio más alto posible. A muchos de nosotros también nos resulta difícil explicar por qué el billete de avión que compramos por Internet cuesta lo que cuesta. A pesar de todas las aplicaciones que cuentan las calorías y nos dicen el país de origen de los productos que compramos, los consumidores estamos entrando en una nueva época de oscurantismo: no tenemos ni idea de por qué pagamos lo que pagamos por unos productos que nos han empujado subliminalmente a comprar.
Además, Silicon Valley está organizando un asalto contra la filosofía en la que se basa la socialdemocracia, la noción de que los Gobiernos y los ayuntamientos pueden fijar normas y leyes que regulen el mercado. Silicon Valley opina que no: el único límite a los excesos del mercado debe ser el propio mercado. Son los propios consumidores los que deben castigar —poniendo malas notas, por ejemplo— a los malos conductores o a los anfitriones poco fiables; los Gobiernos no deben entrometerse.
¿Todo esto es poscapitalismo? Tal vez, pero sólo si estamos dispuestos a reconocer que el capitalismo, al menos durante el último siglo, se ha estabilizado gracias al compromiso socialdemócrata, que ahora está quedándose obsoleto. Cuando el poscapitalismo nace del debilitamiento de las protecciones sociales y las regulaciones de la industria, entonces definamos con propiedad: si Silicon Valley representa un cambio de modelo, es más bien al de precapitalismo.
Evgeny Morozov es editor asociado en New Republic y autor de La locura del solucionismo tecnológico (Katz / Clave Intelectual), que se publicará en España el 10 de noviembre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

martes, 24 de noviembre de 2015

PRENSA CULTURAL. "César Rendueles pone el capitalismo frente al espejo de la literatura"

   En "El País":

César Rendueles pone el capitalismo frente al espejo de la literatura

El autor de ‘Sociofobia’ critica en ‘Capitalismo canalla’ los excesos de la mercantilización y del consumismo. “La literatura es un trabajo de pocería al margen de discursos dominantes”


César Rendueles, en Madrid. / BERNARDO PÉREZ


La precocidad en literatura parece reservada a los trabajadores de la emoción y la imaginación, es decir, a los poetas. Como mucho, a los novelistas. El pensamiento, mientras, parece exigir tiempo de estudio y de decantación de lo estudiado. De ahí la rareza de que un menor de 40 años publique un primer ensayo que sea original en el fondo y brillante en la forma. Ese fue el caso del filósofo César Rendueles, que en 2013 se estrenó con Sociofobia (Capitán Swing), un trabajo sobre “el cambio político en la era digital” que tanto los críticos como los lectores de EL PAÍS eligieron mejor ensayo del año. Nacido en Girona en 1975 y criado en Gijón, Rendueles ejerce como profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid después de trabajar en el Círculo de Bellas Artes y de formar parte del colectivo Ladinamo, un semillero de la cultura alternativa que algún día será objeto de tesinas y tesis.
Sociofobia mezclaba el rigor de un estudioso de la modernidad con la chispa de un nativo digital y los servía en una prosa clara y bienhumorada destinada a desmontar las promesas de felicidad del fetichismo cibernético. Dos años después, César Rendueles publica Capitalismo canalla (Seix Barral), una “historia personal del capitalismo a través de la literatura” que no pretende ser, avisa su autor, “un canon estético ni ideológico”. Experto en la obra de Walter Benjamin, Rendueles conecta su nuevo ensayo con el Libro de los pasajes del pensador alemán: “Benjamin hablaba de ese trabajo como de ‘un cuento de hadas dialéctico’. Con material procedente de la fotografía, la poesía o la historiografía quería construir una historia alternativa del siglo XIX. Lo mío es mucho más modesto pero comparte esa idea: usar materiales heterogéneos como puertas traseras para acceder a dimensiones de la historia que a veces quedan ocultas”.

Lo que nos permiten las novelas es acceder no al mundo tal y como es sino a cómo lo vemos. Es un trabajo de pocería al margen de los discursos dominantes
Si esas dimensiones son el nihilismo destructivo al que conduce el consumismo o “la subordinación de toda nuestra vida social a las relaciones comerciales”, las puertas traseras para llegar a ellas son novelas como W o el recuerdo de la infancia, de George Perec; El disputado voto del Señor Cayo, de Miguel Delibes; o El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Rendueles sabe que esta última se ha leído como apología del colonialismo y, a la vez, como su crítica más feroz, pero no cree en la literatura como transmisora de las ideas dominantes: “Tal vez tiro piedras contra mi tejado, pero a veces hacemos lecturas demasiado exigentes de los textos literarios desde un punto de vista político. Yo mismo he dicho alguna vez que en la literatura española de los noventa desaparecieron las vivencias de las clases populares, pero creo que eso dice más de los lectores que de los autores. Lo que nos permiten las novelas es acceder no al mundo tal y como es sino a cómo lo vemos. Con ellas hacemos arqueología interior, vamos retirando capas hasta llegar a un magma maloliente. La literatura trabaja con la podredumbre. Es un trabajo de pocería al margen de los discursos dominantes”. ¿Y Conrad? “De Conrad me interesa la dimensión subjetiva de alienación, muchas veces compartida por los colonos y por los colonizados. En él se ve muy claro que la alienación –pasiva, repetitiva, violenta, sin sentido- es lo contrario de esa sensación inimitable de estar siendo uno mismo”.
En Capitalismo canalla reaparece una de las tesis centrales de Sociofobia. Lejos de ser el hábitat natural que nos parece ahora, el mercado fue tradicionalmente una excepción reducida a un lugar y un tiempo determinados: los días de mercado. “Es una idea que tomo de Karl Polanyi, que explica que la mercantilización es algo exótico y reciente. En sí mismo eso no es algo negativo –también la declaración de los derechos humanos lo es-, pero deberíamos pararnos a pensar cuando la mercantilización genera procesos destructivos como los que nos han llevado a esta crisis. Todas las sociedades han tenido relaciones mercantiles, pero siempre han ocupado un lugar si no marginal sí muy limitado. Siempre ha habido espacios que estaban al margen del mercado. Hoy lo único que lo está es la familia”.

Los periodos de mayor progreso social y moral han tenido que ver con el control de la mercantilización
Ajeno a todo adanismo, Rendueles no plantea, dice, un retorno atávico a un momento ideal de sociedades pasadas supuestamente más cordiales y comunitarias: “Para nada. Planteo que pensemos cuál es la dimensión que queremos dar al mercado en nuestra sociedades. Los periodos de mayor progreso social y moral han tenido que ver con el control de la mercantilización. Eso fue el keynesianismo después de la Segunda Guerra Mundial: la desmercantilización parcial de la sanidad, de la educación, del mercado de trabajo... No es extraño que hoy lo subversivo en las facultades de Economía sea Keynes: que el Estado regule el mercado, que paguen más impuestos las clases altas... Sus ideas ponen de los nervios a los neoliberales. Prefieren a un marxista radical explicando la teoría del valor”. De ahí que, al contrario que en mayo del 68, el 15-M no pidiera nada imposible sino una vuelta al Estado del bienestar, algo que ahora parece casi utópico. “En el fondo”, aclara Rendueles, “los revolucionarios siempre han tenido originalmente un objetivo modesto: dar comida y educación a la gente y liberarla del despotismo. No parece excesivo teniendo en cuenta nuestro nivel de desarrollo, ¿no?”.

Balleneros con contrato basura y 'hipsters' del siglo XIX


Gregory Peck en una imagen de la película 'Moby Dick', adaptación de John Huston de la novela de Herman Melville.
George Perec. “Su W es un país cuya vida social gira en torno al deporte. Perec imagina cómo sería una sociedad basada en la competencia extrema. Nos suena, ¿verdad?”.
Herman Melville. “Moby Dick es básicamente la historia de un emprendedor enloquecido, el capitán Ahab, que construye una mitología nihilista en torno a un proyecto de exportaciones extractivas y arrastra en su caída a una plantilla de trabajadores precarios”.
L. F. Céline. “El protagonista de Viaje al fin de la noche comprueba en África la continuidad entre la violencia colonial, el esclavismo y la disciplina laboral”.
Jack Kerouac. “En el camino casi siempre se entiende al revés. Como influyó mucho en la contracultura de los sesenta se lee retrospectivamente como un anticipo de la Era de Acuario y los pantalones de campana. En realidad, se comenzó a escribir en 1948 y es, básicamente, un testimonio del final de la Segunda Guerra Mundial desde la perspectiva eufórica del bando ganador”.
Geoff Dyer. “Yoga para los que pasan del yoga narra la depresión de un periodista cultural. Es un Fausto de hoy porque el Fausto de Goethe es un hípster del siglo XIX: busca satisfacer sus ansias de autorrealización individualista. Hoy todos somos así. En vez de un perro que se convierte en Mefistófeles tenemos escaparates. Nuestras almas ‘rejuvenecen’ con el consumo”.

lunes, 25 de mayo de 2015

PRENSA. "La vida sin pausa". Jonathan Crary

   En "El País":

La vida sin pausa

Se nos exige estar conectados 24 horas al día. Y las consecuencias se dejan sentir en multitud de órdenes de la existencia


Edificio iluminado de noche en Madrid. / SAMUEL SÁNCHEZ

La vida sin pausa propia del capitalismo del siglo XXI provoca conflictos que son inseparables de las configuraciones del sueño y la vigilia, la iluminación y la oscuridad, la justicia y el terror. Genera indefensión y vulnerabilidad. La fórmula 24/7 [24 horas al día, siete días a la semana] sirve para evocar una constelación de poderosos procesos de nuestro mundo contemporáneo caracterizados por la actividad, la acumulación, la producción, las compras, la comunicación, el juego, o cualquier otra cosa, incesantes. Ya sea en el trabajo o en el tiempo libre, existe una imposibilidad cada vez mayor de hacer una pausa, de estar desconectado. 24/7 significa la imposición generalizada a la vida humana de una duración sin interrupciones, de un tiempo homogéneo que ya no transcurre.Trasciende al tiempo del reloj y se define por un principio de funcionamiento y operación continuos.

La vida sin pausa propia del capitalismo del siglo XXI provoca conflictos 
24/7 significa que no hay intervalos de calma, silencio, o descanso y retiro. Igualmente importante es que se trata de una condición de exposición y visibilidad permanentes, un mundo iluminado ininterrumpidamente en el cual nada de lo íntimo puede permanecer oculto o en el ámbito privado. Es sinónimo de la implacable traducción a valor monetario de cualquier intervalo de tiempo posible o de cualquier relación social concebible, de hacer todos los elementos de nuestras vidas convertibles a los valores del mercado. La mayoría de los motores básicos de la vida humana —el hambre, la sed, el deseo sexual, y, desde hace poco, la necesidad de amistad— han sido transformados artificialmente en formas mercantilizadas o financializadas. Sin embargo, la gran excepción es el sueño. El sueño, en cambio, representa esa parte de las necesidades humanas y de los intervalos de tiempo que no pueden ser colonizados o conectados a una enorme máquina de obtener rentabilidad. Lo extraordinario del sueño en esta era es que de él no se puede extraer absolutamente ningún valor monetario.
En su profunda inutilidad, su absoluta pasividad y su inmensa pérdida de tiempo de producción y consumo, el sueño entrará siempre en colisión con las exigencias de un universo 24/7. La gran parte de nuestras vidas que pasamos dormidos, liberados de tener que satisfacer mecánicamente la proliferación de falsas necesidades, es uno de los grandes desafíos humanos a la voracidad del capitalismo contemporáneo. El sueño es una interrupción intransigente del robo de nuestro tiempo por parte del capitalismo. Nuestro actual sistema económico mundial de mercados 24/7 y de producción y consumo incesantes es fundamentalmente incompatible con la pausa de inactividad del sueño humano. Para mí, es una fuente de optimismo que haya un intervalo en el tiempo humano que sea imposible de conquistar en la práctica por la lógica del mercado y de otras fuerzas de control. El sueño puede sufrir perjuicios o mermas a causa de esa vida sin pausa inducida por las nuevas tecnologías y la globalización, pero nunca podrá ser totalmente colonizado o racionalizado. Ahora nuestra meta debería consistir en concentrarnos en otros espacios y actividades que necesiten ser defendidos de su traducción en valor financiero, ya sea en el lugar de trabajo, en el medio ambiente, en la educación, en la agricultura o en muchas otras áreas en crisis.
El sistema 24/7 ha suplantado la mayor parte de las notas distintivas rítmicas y periódicas de la vida humana que florecieron durante miles de años. Connota un esquema arbitrario y rígido de la semana, privado de la variopinta indeterminación de la experiencia vital. Como señalaba al principio, muchas instituciones del mundo desarrollado llevan décadas funcionando 24 horas al día siete días a la semana, sobre todo desde la implantación de las comunicaciones por satélite. Pero no ha sido hasta hace poco, en los últimos 10 o 15 años, cuando la elaboración de la propia identidad personal y social está siendo reorganizada para adaptarla al funcionamiento ininterrumpido de los mercados, las redes de información y otros sistemas.

El tiempo para el descanso es demasiado caro para ser posible en la actual economía global
Un entorno 24/7 tiene la apariencia de un mundo social, pero en realidad es un modelo no social de conducta maquinal y una suspensión del acto de vivir que encubre el coste humano exigido para sostener su efectividad. Se debe distinguir de lo que Georg Lukács y otros definieron a principios del siglo XX como el tiempo vacío y homogéneo de la modernidad, el tiempo métrico o de calendario de los países, de las finanzas o de la industria, del cual estaban excluidas las esperanzas o los proyectos de los individuos o de la clase trabajadora. La novedad es el abandono generalizado de todo fingimiento de que el tiempo va unido a cualquier proyecto a largo plazo, incluso a fantasías de “progreso” o desarrollo. Un mundo sin sombras, iluminado 24 horas al día siete días a la semana, es el sueño capitalista final de la poshistoria, en la que la alteridad que constituye el motor del cambio histórico ha sido suprimida.
24/7 es un tiempo de indiferencia, frente a la cual quedan al desnudo la fragilidad y la precariedad de la vida humana, y en el que el sueño no es necesario ni inevitable. Con respecto al trabajo, hace verosímil, incluso normal, la idea de trabajar sin pausa, sin límite. 24/7 está alineado con lo inanimado, lo inerte o lo exento de envejecer. Como una exhortación publicitaria, proclama la disponibilidad absoluta, y por lo tanto, las necesidades ininterrumpidas y la incitación a ellas, pero también su insatisfacción perpetua. La ausencia de restricciones al consumo no es simplemente temporal. Hace tiempo que dejamos atrás la época en la que se acumulaban principalmente cosas. En la actualidad nuestros cuerpos y nuestras identidades asimilan una sobrecarga en continua expansión de servicios, imágenes, procedimientos o substancias químicas hasta un límite maligno o, a menudo, fatal. La supervivencia a largo plazo del individuo es cada vez más prescindible a tenor del abandono del Estado de bienestar, así como de cualquier forma de capitalismo mitigada o controlada. Se rechaza la necesidad de cualquier intermedio de pausa o quietud. El tiempo para el descanso, la salud o el bienestar es sencillamente demasiado caro para ser posible dentro de la actual economía global.
De forma similar, el sistema 24/7 es inseparable de la catástrofe medioambiental por su declaración de gasto permanente, de derroche infinito con la consiguiente alteración terminal de los ciclos de día y noche y de las estaciones de los cuales depende la integridad ecológica. Un rasgo destacado del mundo actual es la irrelevancia de cualquier noción de preservación o conservación. Tomemos el ejemplo de la incalculablemente valiosa selva del Yasuní, en Ecuador, hogar de poblaciones indígenas, pero también con un subsuelo rico en petróleo. Cuando el Gobierno planteó que no se llevarían a cabo perforaciones si se lograba reunir un fondo mundial de tan solo 3.000 millones de dólares (2.644 millones de euros) para compensar el sacrificio de los ingresos del petróleo, las instituciones más ricas del planeta apenas fueron capaces de prometer unos pocos millones.
La lección es que si en algún sitio hay recursos de cualquier clase de los que apropiarse o que explotar, tarde o temprano serán apropiados o explotados. Actualmente, en todo el planeta está teniendo lugar una frenética orgía ininterrumpida de saqueo y acumulación, ya sea la fracturación hidráulica, la minería del carbón, la perforación submarina, la agroindustria, el refinado tóxico de minerales o la contaminación de los océanos y los ríos. La lógica de esta expropiación de recursos exige que prosiga sin cesar, de la mañana a la noche, 24 horas al día siete días a la semana, sin dar tiempo a la regeneración de los sistemas vivientes y de los entornos. Tendemos a pensar que hemos entrado en una nueva era de mundos desmaterializados y virtuales de redes digitales, robótica y nanotecnología, pero la fuerza motriz que hay detrás del capitalismo del siglo XXI sigue siendo el expolio de las materias primas de la Tierra. E, inevitablemente, los inmensos proyectos de extracción de recursos que saquean el suelo y el agua son posibles con la intervención de la violencia militar y las formas represivas de poder político. Como ya sabemos, aunque prefiramos no pensar en ello, los dispositivos digitales que nos requieren 24 horas al día siete días a la semana y que definen quiénes somos, no podrían existir sin la expropiación destructiva y letal de la riqueza mineral del Sur global.
Pero también insisto en que las temporalidades sin pausa son corrosivas para el tejido de la vida social y la sociedad civil. Al fomentar una cultura vacía de autopromoción y autoabsorción, las tecnologías 24/7 perpetúan la ilusión de un tiempo sin espera, de una instantaneidad a demanda, de adquirir y tener manteniéndose aislado de la presencia física de otros y de cualquier sentido de la responsabilidad que esta pueda conllevar. El sistema 24/7 también mina la paciencia y la deferencia individuales que son cruciales para cualquier forma de democracia directa: la paciencia de escuchar a los otros y de esperar a que llegue el turno para hablar. El problema de esperar, de intervenir por turnos, está ligado a una incompatibilidad más amplia del capitalismo del 24/7 con cualquier práctica social en la que intervengan el compartir, la reciprocidad o la cooperación. Para los partidos y los grupos de izquierdas, el concepto de “política por Internet” es un oxímoron desastroso. Puede que las plataformas de las redes sociales tengan el potencial algorítmico de movilizar a gran cantidad de personas en torno a un solo tema o a un acontecimiento único, pero son intrínsecamente incapaces de alimentar una comprensión vivida de la interdependencia humana o de las prácticas fortalecedoras de apoyo mutuo basadas en la comunidad.
Como nos dicen muchos famosos teóricos de la política, cualquier clase de resistencia eficaz supone inventar al mismo tiempo nuevas maneras de vivir. Y aquí viene la parte difícil: antes de que cualquier nueva forma de vida social pueda surgir siquiera de forma provisional, tiene que haber un replanteamiento radical de cuáles son nuestras necesidades, un redescubrimiento de cuáles son nuestros deseos. Esto significa dejar por completo de comprar lo que se nos dice que necesitamos, y repudiar del todo el papel de consumidores. Significa rechazar activamente la letalidad de la cultura del dinero y todas las imágenes y fantasías tóxicas de riqueza material que nos rodean. Para aquellos de nosotros que tengamos hijos, significa abandonar las expectativas imposibles y desesperadas de éxito profesional y económico que les imponemos, y proporcionarles en cambio visiones de un futuro habitable compartido colectivamente. Pero estas son tan solo las primeras de las tareas preliminares, una preparación rudimentaria para las luchas políticas reales que están teniendo lugar actualmente y para aquellas que no tardarán en extenderse por doquier, en medio de la intensificación de la catástrofe ecológica, la polarización económica y la guerra imperial.
Jonathan Crary es profesor de Historia de Arte Moderno en la Universidad de Columbia de Nueva York. 24/7, su último libro está editado por Ariel.
Traducción de News Clips.

sábado, 13 de septiembre de 2014

ENTREVISTA al historiador Josep Fontana sobre su libro "El futuro es un país extraño"

Josep Fontana

En la revista "Clío" del mes de abril:

   Fragmentos de la entrevista al historiador Josep Fontana:

1. En su libro "El futuro es un país extraño" [ensayo], "el autor repasa, sin concesiones, las políticas que se están desarrollando en este nuevo siglo XXI y sus consecuencias, la crisis económica como fondo, y la denuncia de la retórica que intenta justificar lo que 'NO ES MÁS QUE UNA ALTERACIÓN PERMANENTE DE NUESTROS DERECHOS SOCIALES ENCAMINADA A LIQUIDAR DEFINITIVAMENTE LO QUE RESTA DEL ESTADO DEL BIENESTAR Y ASEGURAR LA NUEVA SOCIEDAD DE LA DESIGUALDAD', afirma".

2. "El profesor recuerda que sin la fuerza negociadora de los sindicatos nunca hubiera habido realmente un estado del bienestar en Occidente. En este sentido añade que en Europa continental la movilización sindical de los ochenta  y los noventa consiguió retrasar unos años unos profundos cambios sociales y económicos que empezaron a producirse a partir de fines de los setenta en Estados Unidos y en Gran Bretaña, con los avales del presidente Ronald Reagan y de la primera ministra señora Thatcher. Fue entonces cuando se inició una política de 'DESGUACE DEL ESTADO DEL BIENESTAR Y DE LA LIMITACIÓN DEL PAPEL DE LOS GOBIERNOS EN EL CONTROL DE LA ECONOMÍA'".

3. "¿Y a dónde nos conducen estos cambios tan severos?, le pedimos que nos explique. 'DESENCADENAN UNA DESIGUALDAD ECONÓMICA CRECIENTE, CON EL RESULTADO DEL EMPOBRECIMIENTO DE LAS CLASES MEDIAS, LA PRIVATIZACIÓN DE LOS SERVICIOS SOCIALES, LAS RESTRICCIONES A LA DEMOCRACIA Y LOS INTENTOS DE CRIMINALIZAR EL DERECHO A LA PROTESTA, ENTRE OTROS', resume. Las reglas del juego han cambiado ya en este nuevo siglo XXI, expone en su examen el profesor Fontana, quien afirma que el capitalismo ya no está sujeto a la necesidad de pactar, por lo que la crudeza de su imposición brutal en la actualidad parece desmentir algunas creencias. 'EN EFECTO, DESMIENTE LA FALACIA ALIMENTADA DURANTE MUCHO TIEMPO DE QUE SUS NORMAS SE DIRIGÍAN A LA CONSECUCIÓN DEL BIENESTAR GENERAL, CUANDO SE HA DEMOSTRADO QUE ES EL BENEFICIO PRIVADO SU OBJETIVO'. Y matiza que 'NO FUE EL HUMANITARISMO, SINO EL MIEDO A LA REVOLUCIÓN LO QUE OBLIGÓ AL GRAN CAPITAL A ADMITIR LIMITACIONES'". 

4. "En España, y ante el recrudecimiento de la crisis y la incapacidad de ofrecer los servicios y ayudas que requiere la sociedad, el historiador advierte: 'QUIENES PIENSEN QUE EL ENDURECIMIENTO DE LA REPRESIÓN SERÁ UNA GARANTÍA DE LA TRANQUILIDAD PÚBLICA IGNORAN LAS LECCIONES DE LA HISTORIA Y DESAFÍAN LOS RIESGOS DE UN ESTALLIDO SOCIAL'".

   Entrevista realizada por Francisco Luis del Pino, periodista.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

PRENSA. "Liberalismo y esclavitud, simultáneos y consustanciales". Pedro Costa Morata

   En "cuartopoder.es":
Liberalismo y esclavitud, simultáneos y consustanciales

Pedro Costa Morata*

Pedro-Costa-MorataNo se debe dejar que pase la oportunidad de “ampliar” en lo político, lo histórico y lo racial el escándalo de la vigilancia electrónica de Estados Unidos y sus aliados al resto del mundo, aprovechando para ello la referencia, ciertamente significativa, del papel de esos cuatro Estados-comparsa de Estados Unidos –Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda–, que aparecen en el affaire del espionaje sindicado, cuyo más profundo nexo de unión con el primero viene a estar constituido por el carácter anglosajón de sus élites histórico-políticas, un elemento racial; y por haber protagonizado, desde el siglo XVII, intensos procesos de desarrollo socioeconómico racista y genocida.
Esta entente anglosajona se constituyó tras la “Segunda Guerra de los 30 años” (1914-45), con dos grandes conflictos en los que fuerzas militares de esos cinco países participaron conjuntamente, reconstituyendo un liberalismo reorganizado y triunfante que no dejaba de lado la base étnica; esa cohesión íntima político-estratégica se basaba en definitiva en un pacto tácito de sangre, añadiendo a la similar experiencia histórica la profesión antisoviética de sus gobiernos. La llamada Comunidad UKSA, integrada por el Reino Unido y los Estados Unidos, pronto se amplió con los otros tres aliados de toda confianza para, a través de la Red Echelon y desde 1977, extender el espionaje al mundo entero al servicio de la Nacional Security Agency (NSA).
Recordemos, aunque no se suela aludir a ello pese a su fuerza histórica, que ninguna potencia occidental de las conocidas desde el siglo XVI lo habría sido sin imperio colonial, lo que exigió tres procesos claramente registrados, que han resultado necesarios: la aniquilación de poblaciones autóctonas, el trabajo esclavo y el saqueo de recursos naturales. En esa constante histórica Portugal y España encabezan la serie, que continúan y “superan” Holanda, Inglaterra y Francia, con el ejemplo especialísimo de Estados Unidos, que cumple rigurosamente esos tres rasgos y añade una nota singular, como es que el espacio inicialmente invadido y expoliado deja de ser colonia para convertirse en Estado imperial, aunque su esencia sigue ligada al mantenimiento del proceso de esas tres exacciones, digamos, básicas.
En los casos histórico-políticos más brutales esos procesos han tenido lugar en el marco ideológico del primer liberalismo, de corte evidentemente anglosajón: Holanda, Gran Bretaña y Estados Unidos han vivido sus “revoluciones liberales” de los siglos XVII-XVIII al tiempo que se lanzaban a la conquista de territorios coloniales a los que saqueaban con guerras continuas de exterminio previo y necesario de las poblaciones indígenas. Protagonizaba esta expansión, de pingües beneficios económico-comerciales, una clase social más aristocrática que burguesa aupada al poder político mediante movimientos que todavía son calificados de “revolucionarios” porque competían con el absolutismo al uso en el reparto del poder o con un gobierno metropolitano que la oprimía. Era una minoría que ya estaba apegada a prácticas claramente capitalistas y que se expresaba con un acentuado sentimiento de raza predominante y elegida por Dios; todo lo completaba el oportuno respaldo de teorías y tratados políticos de muy preciados intelectuales.
John Locke, primera referencia intelectual del liberalismo anglosajón, tiene muy claras sus ideas sobre la importancia de la esclavitud, irrenunciable para los colonos británicos en América del Norte (para los que redactó la Constitución de Virginia, de fundamento racista y aristocrático) y para él mismo, ya que estaba asociado a la Royal African Company, que comerciaba con esclavos. Sus ideas liberales, recogidas en sesudos tratados políticos, y sus cantos a la libertad y a la resistencia frente el monarca absoluto tenían como alcance, desde luego, a una muy escueta parte de la humanidad, que ni incluía a los irlandeses –los esclavos directos de una Gran Bretaña cuyas élites no vacilarían en afear a los colonos norteamericanos levantiscos su apego a la esclavitud– ni a los niños (pobres), para los que pedía –él, Locke, padre del liberalismo europeo y referente de la Revolución Gloriosa de 1688– que se les obligase a trabajar desde los tres años. Marx, por su parte, nunca se dejó engañar, y consideró al periodo “revolucionario” inglés de 1640-89 como un “golpe de Estado parlamentario” que consagró el carácter aristocrático y conservador de las instituciones democráticas, el expolio de los campesinos (al privatizar los bienes comunales, que fueron entregados a los grandes propietarios) y la dictadura sobre los irlandeses; y supo muy bien vincular el íntimo sentimiento racista con la construcción de una clase social de dominio y explotación.
La llamada Revolución americana, que llevó a la independencia a las colonias británicas de Norteamérica –que la historia liberal alinea en tercer lugar junto a las revoluciones liberales holandesa (que siguió al fin de las guerras con España) y la inglesa de la segunda mitad del siglo XVII– fue protagonizada y usufructuada por una casta de propietarios agrarios cuya base económica era el trabajo esclavo, y en cuyas manos quedó el poder durante decenios: de los siete primeros presidentes de Estados Unidos (1789-1848) cuatro pertenecen al “clan virginiano” y cinco son propietarios de esclavos, destacando especialmente Washington y Jefferson.
Esta descripción, que impide, radicalmente, vincular el liberalismo fundacional teórico, político y económico con la libertad y la democracia (salvo si reducimos la realidad social a la “Comunidad de los señores”, o de los “Pueblos libres”, que es el ámbito de referencia de esos grupos de poder privilegiados sin dudar en atribuirse en exclusiva el concepto de “pueblo”) resume el análisis histórico-político que Domenico Losurdo, profesor de la Universidad de Urbino, realiza en su reciente Contrahistoria del liberalismo, desenmascarando esas tres primeras revoluciones “constitutivas” del liberalismo anglosajón. Losurdo pone de relieve sobre todo el esclavismo estructural e irrenunciable de, prácticamente, todos sus líderes y teóricos, la reducida dimensión del grupo de poder y la inmensidad numérica de los excluidos, así como la visión racista sobre ese enorme resto; con la oportuna construcción ideológica que justificaba esas pavorosas contradicciones.
Con la actual crisis, generada por un liberalismo siempre redivivo, se hace necesario desmitificar la pretendida identificación entre liberalismo y libertad, democracia o futuro, ya sea en lo político, ya en lo económico; y explicar así la implacable presión político-económica sobre lo laboral, que encadena reforma tras reforma para empobrecer y debilitar a la gran mayoría, como punta de lanza de la ofensiva que pretende “recuperar” en lo posible los patrones de relación poderoso-desfavorecido del liberalismo histórico. Emerge, pues, la “tradición esclavista” del liberalismo primigenio, que las potencias capitalistas transformaron, a lo largo del siglo XIX, en la opresión y miseria de las fábricas. Ahora busca reconstituirse en un mundo desarrollado pero en crisis, crédulo en ventajas y logros que, a la hora de la verdad, se diluyen ante la eficacia de un discurso “realista” (Estado de bienestar imposible, finanzas públicas insostenibles, promoción sólo para los mejores…) que perfila, sin disimulos, un futuro cada vez más parecido al pasado.
(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.

miércoles, 30 de mayo de 2012

"¿Qué es una crisis capitalista?", por Santiago Alba Rico

Santiago Alba Rico

¿Qué es una crisis capitalista?

   Veamos en primer lugar lo que no es una crisis capitalista.
1. Que haya 950 millones de hambrientos en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.
2. Que haya 4.750 millones de pobres en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.
3. Que haya 1.000 millones de desempleados en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.
4. Que más del 50% de la población mundial activa esté subempleada o trabaje en precario, eso no es una crisis capitalista.
5. Que el 45% de la población mundial no tenga acceso directo a agua potable, eso no es una crisis capitalista.
6. Que 3.000 millones de personas carezcan de acceso a servicios sanitarios mínimos, eso no es una crisis capitalista.
7. Que 113 millones de niños no tengan acceso a educación y 875 millones de adultos sigan siendo analfabetos, eso no es una crisis capitalista.
8. Que 12 millones de niños mueran todos los años a causa de enfermedades curables, eso no es una crisis capitalista.
9. Que 13 millones de personas mueran cada año en el mundo debido al deterioro del medio ambiente y al cambio climático, eso no es una crisis capitalista.
10. Que 16.306 especies están en peligro de extinción, entre ellas la cuarta parte de los mamíferos, no es una crisis capitalista.
   Todo esto ocurría antes de la crisis.
   ¿Qué es, pues, una crisis capitalista?
   ¿Cuándo empieza una crisis capitalista?
   Hablamos de crisis capitalista cuando matar de hambre a 950 millones de personas, mantener en la pobreza a 4700 millones, condenar al desempleo o la precariedad al 80% del planeta, dejar sin agua al 45% de la población mundial y al 50% sin servicios sanitarios, derretir los polos, denegar auxilio a los niños y acabar con los árboles y los osos, ya no es suficientemente rentable para 1.000 empresas multinacionales y 2.500.000 de millonarios…
   SANTIAGO ALBA RICO
FUENTE

viernes, 23 de marzo de 2012

PRENSA. "Sobre los altos bajos fondos", por Félix de Azúa

Félix de Azúa

   En "El País":
Sobre los altos bajos fondos
   Espero que no tarden en aparecer novelistas de género negro que escenifiquen nuestro primer decenio del siglo XXI como momento ejemplar de delincuencia masiva. La inmensa cantidad de casos de corrupción hace imposible un ensayo riguroso sobre este periodo nefasto.

Félix de Azúa 17 MAR 2012
 
    Siempre resulta estimulante preguntarse cómo se genera un episodio de criminalidad social generalizada. El Chicago de los años treinta es el modelo clásico de corrupción total en una ciudad del así llamado capitalismo avanzado. Hay muchos otros: el Buenos Aires de la viuda de Perón como modelo de opereta trágica, el Berlín de entreguerras como preludio a una criminalidad monstruosa, la Roma de Craxi desvalijada por un socialismo cleptómano. Son momentos en los cuales la corrupción infecta la totalidad del tejido institucional y los jefes del crimen son quienes en verdad dirigen la vida política hasta que los auténticos dueños del país los encierran, o se suicidan.
   No, no estoy pensando en la España de los últimos años. Es posible que algún día un antiguo juez o policía sin ganas de ascender nos cuenten los detalles de la corrupción política, pero será muy tarde. Estaba pensando más bien sobre los motivos que llevan a esa criminalización de los estamentos supuestamente honrados como los políticos, los jueces, las grandes familias o los policías. En ocasiones la ausencia de estudios rigurosos permite que sea la novela la encargada de dar una idea, aunque sea somera, sobre alguno de estos procesos.
   En los años sesenta, cuando Londres se convirtió en la capital cultural del mundo, los bajos fondos estaban dominados por unos hermanos en verdad temibles, Reginald Reggie y Ronald Ronnie Kray. Hay mucha documentación sobre ellos porque fueron el equivalente británico de los gángsters americanos convertidos en leyenda romántica antes de la Segunda Guerra. La tradición que venera a los asesinos como héroes “antisistema” arranca por lo menos de Rousseau y en algunos lugares, como las provincias vascongadas, parece ser endémica, pero siempre hay un posible relato verosímil.
   Lo cierto es que Ronnie Kray tenía graves problemas mentales y acabó muriendo en un manicomio y su hermano era un monstruo que gozaba torturando. Sin embargo, aquel Londres que comenzaba a relajar las costumbres, sobre todo sexuales, a permitir que los alucinógenos penetraran en medios burgueses y universitarios, que marcaba la moda en el continente y llegó a imponerse en la industria del ocio de los EE UU (hazaña memorable y nunca repetida) gracias a los Beatles y los Rolling, era también una de las ciudades más corruptas de Europa.
   Los hermanos Kray llegaron a ser los amos absolutos de la prostitución, la pornografía (ellos empezaron a imponer la porno dura escandinava), la droga y el raketing desde sus cuarteles del East End, pero conseguían protección política y policial en sus clubes para ricos del West End. Es famosa la relación entre Ronnie y Lord Boothby, un destacado miembro (dicho sea sin malicia) de los conservadores, así como con Tom Driberg, diputado laborista. Durante los periodos de corrupción general no hay izquierdas ni derechas, sólo prostituidos y macarras. El mundillo de las celebridades del Swinging London, Diana Dors, David Bailey, Judy Garland, Frank Sinatra y muchos más, actuó de barrera protectora de los Kray, hasta que ese Londres permisivo y criminal se hartó de ellos. Sucedió en mayo de 1968, naturalmente, y los hermanos fueron condenados a cadena perpetua.
   Esa secuacidad de rufianes y padres de la patria, de policías y ladrones, de políticos y criminales, puede parecer algo permanente en nuestras sociedades, pero no es así. Tiene lugar sólo en épocas particulares, como en nuestros últimos 15 años gracias a la inflación del ladrillo, toda ella contaminada de hez mafiosa y protegida por los intocables locales. Periodos que sólo se terminan cuando los delincuentes son ya demasiado peligrosos para banqueros, políticos, periodistas y cargos sindicales que los han estado usando en beneficio personal y ahora los ven llamar a la puerta de sus propias casas y preguntar a los niños si están sus papás. O bien, como en nuestro caso o el de Weimar, por una ruina total y absoluta del sistema entero.
   Pido perdón a quien yo me sé por estos párrafos de falsa sociología. En realidad viene mejor explicado en una novela, Delitos a largo plazo de Jake Arnott (Roja&Negra) en donde la historia de los hermanos Kray está unificada en un solo personaje, Harry Starks, para hacer las cosas más llevaderas. El protagonista es, como Ronnie, judío, homosexual (él mismo lo afirmaba con enorme desprecio: “Yo soy homosexual, no gay”) y mentalmente trastornado. Asesina con sus propias manos a Jack the Hat McVitie, tiene un lío sádico con un Lord, sufre depresiones brutales y otro montón de detalles que lo hacen conspicuo. La parte de Reggie se cumple con la organización de los garitos, la porno, los clubes de lujo, la tortura sistemática y la ceja única que tan adecuadamente fotografió David Bailey.
   Esta novela es sólo la primera parte de una trilogía, pero me parece muy relevante porque tiene un colofón en verdad perspicaz. Me temo que ese último capítulo molestará a quienes aman el género clásico, ya que finalmente es una novela negra, aunque posmoderna. En cambio a mí ese final es lo que más me interesa. Como no destruye el suspense del libro, lo insinúo sin dar pistas.
   Una vez condenado, Ronnie (Harry Starks, en la novela) trata de hacer méritos carcelarios cursando estudios en la Open University como un etarra cualquiera. La Providencia pone en su camino al típico sociólogo de la London School, anticuado, progre, liberado, persuadido de estar a la última y de que los delincuentes son la rebelión oculta contra el capitalismo.
   Lo que Kray-Starks puede llegar a hacer con el pobre sociólogo es un caso destacado de ironía británica. La escena en la que Kray supera al sociólogo por la izquierda y cuando éste se retranca en la terminología marxista le da un revolcón posestructuralista, es impagable. El asesino había estado estudiando a Foucault de tapadillo y destruye todas las convicciones del pobre universitario, el cual, humillado, se pone a leer Vigilar y castigar aquella misma noche con enormes esfuerzos.
   El narrador, Jake Arnott, nos somete a un doble juego sádico. Creo evidente su progresiva fascinación por el personaje a medida que avanzaba en la novela. De modo que en el capítulo final se pone él mismo como profesor estúpido, dominado por un delincuente mucho más inteligente que él, y nos explica el proceso en términos universitarios. Viene a ser este: un marxista de los años sesenta tiene una teoría sobre el lúmpen y los bajos fondos propiamente romántica, un foucaultiano de los años setenta celebra a los homosexuales sádicos como la parte sana de una sociedad cada vez más represora, un estudioso del Bourdieu de los años ochenta sólo ve imitaciones de clase y signos de distinción, un novelista ya totalmente descreído de los años noventa (la novela se publicó en Gran Bretaña en 1999) nos cuenta su propio proceso hacia el escepticismo haciendo burla de todos los estudiosos anteriores. Así que si yo entiendo bien esta curiosa novela, es la seducción literaria lo que incita a la investigación universitaria, y no al revés.
   Dije que no estaba pensando en España, pero mentía. Yo espero que no tarden en aparecer novelistas de género negro que escenifiquen nuestro primer decenio del siglo XXI como momento ejemplar de delincuencia masiva. La inmensa cantidad de casos de corrupción política, policial, bancaria y la necesaria complicidad de caciques locales, hace imposible un ensayo riguroso sobre este periodo nefasto. Los cientos de casos particulares forman una tela de araña inescrutable para el investigador académico en tanto el tiempo no vaya reuniendo los hilos más gruesos y diluyendo los sutiles.
   Lo asombroso de la novela (sobre todo la popular) es que esos hilos sutiles pueden fundirse en un par de convincentes personajes, tarea admirable de la narración artesanal o de género, cuando es tan sagaz como la de Chandler o la de Highsmith. En resumidas cuentas, creo que sólo una buena novela puede darnos, ya que no la letra, por lo menos la música de este último y vergonzoso decenio previo al descalabro final.
 
   Félix de Azúa es escritor.

miércoles, 22 de junio de 2011

PRENSA. "Una generación se despide", por Manuel Cruz

Manuel Cruz

   En "El País":
Una generación se despide

   La socialdemocracia ha terminado por constituirse en gestora aplicada de los designios conservadores. Llamando "mercados" a lo que antes denominaba "capitalismo", hace lo mismo que criticaba a la derecha.

MANUEL CRUZ 15/05/2011

   Como resulta bien fácil constatar, cuando un grupo de personas de una cierta edad se reúnen con cualquier motivo y surge en la conversación el tema de la juventud actual, lo más normal es que se reiteren una serie de tópicos que, por lo general, inciden en la apatía vital de aquella, en la indiferencia de las nuevas generaciones hacia lo público o en su falta de interés por cualquier otra cosa que no sea su bienestar material o su propio provecho, tópicos que, en todo caso, revelan una enorme distancia y extrañeza hacia los jóvenes por parte de quienes los sostienen.
   Parece claro que la lógica con la que nuestros jóvenes se inscriben en la propia biografía y, más allá, en la historia ha variado radicalmente. En cierta ocasión, refiriéndome en una clase de doctorado a la idea de que, en el fondo, la función que cumplen determinados acontecimientos sociales o políticos es la de constituir el referente simbólico, imaginario, de toda una generación, que se reconoce como tal precisamente por su protagonismo en dichos acontecimientos, se me ocurrió preguntar a los estudiantes cuál era para ellos ese acontecimiento que les había marcado, por el que creían poder definirse, que reflejaba mejor el momento en que sintieron irrumpir en el mundo. Confieso que lo que más llamó mi atención fue la declaración de un estudiante, para quien, sin el menor género de dudas, el acontecimiento que había significado un cambio radical en su vida y en la de su generación era la aparición de la tarifa plana de acceso a Internet.
   El referido estudiante sabía a la perfección que esta, como cualquier otra novedad tecnológica, constituía un elemento puramente formal, susceptible de ser puesto al servicio de causas absolutamente antagónicas o de vehicular contenidos de muy variado tipo. Pero no parecía importarle. En primer lugar, porque creía constatar la emergencia de unas formas de socialidad (en concreto, vía redes sociales) inéditas hasta el presente y, en esa misma medida, susceptibles de habilitar modos ciertamente nuevos de relación entre las personas. Pero sobre todo, en segundo, porque lo más relevante de su desplazamiento de perspectiva era que impugnaba de manera radical los mecanismos heredados -básicamente, los relatos más o menos épicos- de construcción generacional. Y lo hacía desactivando el supuesto según el cual la participación en un acontecimiento ejemplar por algún motivo legitima históricamente a una generación, en la medida en que la convierte en modelo o referencia para las venideras, supuesto que precisamente la generación de sus mayores ha contribuido a dinamitar de manera decisiva.
   Porque no parece que los miembros de esta última -ella sí tan presuntamente idealista y preocupada por la construcción de un mundo más justo- estén en condiciones de impartir demasiadas lecciones a nadie. A modo de apresurada ilustración: los miembros de la misma más concienciados políticamente (y, en consecuencia, bien de izquierdas: los de derechas eran todos apolíticos), que tanto -y con tanta vehemencia- denostaban a la socialdemocracia porque, según ellos, no era otra cosa que la gestora del capitalismo en época de crisis, no tuvieron mayor problema en abandonar sus radicales convicciones juveniles y ponerlas al día abrazando las posiciones del reformismo socialista cuando este devino la fuerza política progresista hegemónica. Ahora silban, mirando al techo, mientras asisten al espectáculo de contemplar cómo, sin otro cambio que la mera sustitución de la palabra "capitalismo" por la palabra "mercados", lo que antaño criticaban es exactamente lo que parecen estar haciendo en este momento los suyos.
   Con el único y escaso consuelo de pensar que de los herederos de quienes formulaban tan despiadadas críticas (que eran, no se olvide, los comunistas) nadie diría que han corrido mejor fortuna, abandonados por su antiguo electorado, incapaces de gestionar la creciente desesperación social, paralizados, por lo que se ve, ante la disyuntiva de atender a los lamentos -cuando no gritos desgarrados- de los desfavorecidos o a los franciscanos trinos de la sostenibilidad (eludo referirme, para no distraer la atención del eventual lector de este papel, a la indesmayable atención que asombrosamente esa izquierda de la izquierda sigue prestando a los espejuelos del nacionalismo, en tantas ocasiones eficaz baratija ideológica de la derecha).
   Siendo esto, sin duda, lo más grave, no habría que dejar de señalar otro aspecto -menos evidente tal vez pero no por ello menos importante- en el que la izquierda sedicentemente reformista o socialdemócrata parece asimismo haber terminado por constituirse en gestora aplicada de los designios conservadores. Me refiero al plano de las ideas. Tras décadas (como poco, desde Daniel Bell) de repetición por parte de estos últimos sectores de tesis como la de que las ideologías habían tocado a su fin, que la distinción entre derecha e izquierda había quedado superada por la evolución misma de la sociedad o que los grandes relatos de emancipación y cualesquiera propuestas utópicas habían dejado de tener sentido, tesis todas ellas sistemáticamente replicadas desde el progresismo a base de enfatizar la imprescriptible necesidad de la política que tienen los desheredados (constituye, en definitiva, la única herramienta a su alcance para la transformación de lo existente), ahora resulta que la socialdemocracia parece haber hecho suyas también a este respecto las tesis conservadoras que tanto denostó.
   Así, eran los partidarios de la presunta tercera vía laborista quienes presentaban, como si de una revolución en materia de ideas se tratara, tesis como la de que no hay problemas de derechas y de izquierdas, sino soluciones de uno y otro signo. Y era uno de nuestros más prestigiosos líderes progresistas quien se acogía al proverbio chino "gato blanco, gato negro, lo que importa es que cace ratones" para ilustrar su convencimiento de que el criterio más importante por el que se debe regir un político en el desempeño de su actividad, por encima de cualquier otro relacionado con valores o con ideología, es la eficacia. Es cierto que en determinados momentos -especialmente en campaña electoral- los políticos de izquierda suelen amagar como si todavía dispusieran de un discurso teórico propio, específico, con el que castigar a su adversario pero, en cuanto se ven instados a concretarlo, lo más rojo que sale de sus labios son difusas expresiones tipo "cohesión social" y similares ("valores de progreso", por ejemplo), expresiones que repiten como un mantra en cuanto se les coloca un micrófono cerca. En definitiva, que aunque no se le pueda discutir a la derecha el copyright de la tesis del fin de las ideologías, hay que reconocer que, también en materia de ideas, los socialdemócratas actuales han sido los más eficaces gestores de aquella.
   Déjenme que termine este texto aludiendo a un dato, que acaso a algún lector pueda parecerle meramente anecdótico (y pensar que lo traigo aquí por mera deformación profesional), pero que a mí me parece absolutamente revelador de las contradicciones a las que me he venido refiriendo hasta aquí. Nuestras autoridades ministeriales, autonómicas y académicas en general, formadas en su inmensa mayoría por antiguos profesores no numerarios de los años setenta y ochenta (los célebres PNN), llevan aplicando desde hace años en la Universidad española unas políticas que están dando como resultado unos altísimos niveles de precariedad entre el profesorado más joven, por no hablar de las dificultades que esas mismas autoridades ponen a la posibilidad de nuevas contrataciones, sistemáticamente frenadas con el argumento -casi tan sagrado como el de los mercados, antes referido- del costo cero, ahora reformulado como la crisis. ¿Resultado? La paradoja sangrante de que dentro de no mucho tiempo habrá en la Universidad española tantos profesores con contratos precarios como PNN había hace casi 30 años.
   El problema, como se deja ver, no es que seamos un tapón para la siguiente generación: el problema es que hemos dejado vacía la botella. El día en que los que vienen detrás tomen la palabra nos van a poner a caldo.

   Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y premio 'Espasa de Ensayo' 2010 por su libro Amo, luego existo.

lunes, 20 de junio de 2011

PRENSA. "El decenio de las sombras", por Gabriela Cañas


   En "El País":
El decenio de las sombras


   La lucha antiterrorista desatada tras el 11-S y la crisis económica han marcado esta primera década del siglo XXI. El resultado es un desarme moral e ideológico a favor de valores no democráticos y poderes difusos.

GABRIELA CAÑAS 04/05/2011

   ¿Es la aniquilación de Osama Bin Laden un hito histórico que, con el gran angular de la historia, podría señalar el fin definitivo de la primera década del nuevo milenio? Este acontecimiento, que puede marcar un antes y un después, sería el idóneo para cerrar un círculo que se inició en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. Es muy pronto para sacar tal conclusión, pero no para hacer un repaso de un decenio cuya historia produce un gran abatimiento.
   La guerra antiterrorista, iniciada a partir del 11-S, y la crisis financiera y económica que se desató a finales de 2007 con la explosión de las hipotecas basura son los dos acontecimientos emblemáticos que han condicionado este decenio negro. Durante el primer lustro se ha impuesto la lucha contra el terrorismo y durante el segundo, el rescate de la banca y el saneamiento de las finanzas públicas. En ambos casos las recetas han supuesto retrocesos de gran calibre para la ciudadanía: recorte de libertades a favor de la seguridad y recortes sociales a favor de la estructura financiera. Pero el daño infligido por ambas crisis a las democracias de los países más desarrollados es de un alcance mayor y más perverso.
   La guerra contra el terrorismo frente a un correoso y desarticulado enemigo que multiplica la devastación de sus acciones con ataques suicidas produjo un desarme moral de la primera potencia mundial, otrora estandarte de la democracia y los derechos cívicos. Y ello contagió al resto del mundo.
   En ese nuevo escenario y también en Estados Unidos germinó la crisis financiera y económica, que se ha saldado con el mayor retroceso político de nuestras democracias, ahora arrodilladas ante un poder difuso, en modo alguno democrático, que acalla cualquier conato de disidencia. El poder ha quedado en manos de patronales, organismos financieros, agencias de calificación y banqueros cuyos valores distan de los que alimentaron a las grandes democracias del siglo XX.
   En nombre del contraterrorismo y de la sospecha infundada de que Sadam Husein poseía "armas de destrucción masiva" se invadió un país, arrastrando en la locura a Reino Unido, una de las democracias más veteranas del mundo, se construyeron cárceles secretas, se creó Guantánamo y se torturó en Abu Ghraib. Rusia utilizó la misma coartada del antiterrorismo para sofocar a sangre y fuego los movimientos separatistas, y China, para perseguir a las minorías étnicas. "Es preocupante el énfasis con el que ahora se coloca la etiqueta de terrorismo a cualquier tipo de oposición", dijo en febrero de 2003 Sergio Vieira de Mello, alto comisionado para los Derechos Humanos de la ONU, seis meses antes de que una bomba acabara con su vida en Irak. El terrorismo islamista, más armado ideológicamente que nunca, redoblaba mientras tanto su cruel estrategia en Irak (antes libre de este tipo de atentados), pero también en Madrid, en Londres, en Moscú, en Bali...
   Ante la nueva amenaza terrorista, la Administración de George W. Bush desató guerras y no dudó en vulnerar sus propias normas y los convenios internacionales. Tras el 11-S multitud de países acometieron cambios legales que supusieron, entre otros, recortes de las garantías procesales de los detenidos y restricciones a la inmigración y el derecho de asilo. La violencia liderada por Washington generó más violencia y en todo el mundo cundió la islamofobia. Los derechos humanos, como muchos había alertado, fueron una víctima más del terrorismo.
   Por aquel entonces, la mayoría de nosotros no sabía que bajo el ruido de las bombas se estaba gestando la crisis financiera que marcaría el segundo tramo de este oscuro decenio. "Cuando se produce la masacre del 11-S el mundo ya estaba en recesión", decía Joaquín Estefanía en septiembre de 2003 en un artículo en EL PAÍS titulado Las torres gemelas del capitalismo. El escándalo Enron estalló en 2001. Esta colosal firma energética había maquillado sus cuentas, con la inestimable ayuda de Arthur Andersen, para engañar a ciudadanos, inversores y trabajadores y alimentar la avaricia de sus gestores.
   Lo que no sabíamos tampoco entonces es que tales prácticas no eran una estrategia excepcional; que otras grandes corporaciones la usaron para mantener los bonus y los estratosféricos salarios de sus directivos y que la banca, gracias a la desregulación promovida por la Administración de Bush, había ideado paquetes financieros de alto riesgo que les estallarían entre las manos. En un primer estadio pareció que esa crisis limitaría sus efectos devastadores a las grandes fortunas. Pronto se comprobó que las víctimas eran las clases medias y populares.
   De esta crisis, el capitalismo, lejos de refundarse, ha salido extremadamente fortalecido. Los llamamientos de los gobernantes hacia una mayor regulación y el fin de los paraísos fiscales quedaron aparcados. En su lugar, el poder de los mercados ha impuesto su ley y ha convertido a los políticos en gestores de sus designios. El nuevo tótem es el rescate (con dinero de todos) de las entidades que pusieron en riesgo el sistema, la competitividad de las empresas (solo posible con contención salarial; lo que no incluye a directivos y accionistas), la fusión de entidades (con sus consecuentes reducciones de plantillas) y el equilibrio de las finanzas públicas (imposible, marcan las nuevas normas, sin reducir gastos sociales y recortar derechos para el futuro).
   Al desarme moral que sirvió en bandeja la lucha contra el terror se ha sumado un desarme ideológico. Solo así se entiende que merezca el aplauso europeo un país que está logrando frenar el déficit público y los ataques especulativos a costa de recortar derechos sociales y laborales, aunque tales políticas no hayan sido capaces de evitar convertirlo en el campeón europeo del desempleo. Hoy, la confianza de los inversores es un valor supremo y el paro, un indicador preocupante porque desequilibra las finanzas públicas y repercute en el consumo.
   El valor de las opiniones públicas y, por consiguiente, de sus representantes políticos está en declive. Una reunión de empresarios con el presidente del Gobierno se parece demasiado a un Consejo de Administración. Solo Islandia ha tenido el coraje de exigir responsabilidades a los banqueros, si bien tendrá que afrontar con dinero público las deudas contraídas por sus bancos con los inversores británicos y holandeses. Portugal tendrá que adoptar las políticas de austeridad que rechazó su Parlamento gane quien gane las elecciones si quiere acogerse a la ayuda europea. Es la tiranía del pensamiento único. Por primera vez en mucho tiempo, las jóvenes generaciones del mundo avanzado perciben que nunca dispondrán de las bondades de que disfrutaron sus mayores, pero ni siquiera tienen alternativas a las que agarrarse ni culpables contra los cuales indignarse como les propone el nonagenario Stèphane Hessel.
   Este cuadro se ha completado durante esta década con un preocupante cambio de liderazgo a nivel mundial. En el año 2000, China era la séptima economía mundial, después de Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia. Este año se ha colocado ya en el segundo puesto. China se ha adaptado a la economía de mercado sin renunciar a su dictadura de corte comunista. Entre las grandes potencias democráticas se ha colado un gigante que poco puede hacer por recuperar la autoridad moral perdida a favor de los derechos humanos y los principios democráticos.
   En este tenebroso contexto con el que hemos iniciado el milenio, solo las rebeliones árabes que reclaman libertad y democracia, además de la estabilización de las democracias latinoamericanas, ofrecen una tenue luz de esperanza. Pues tampoco aquel cambio de ciclo que marcó la salida de Bush de la Casa Blanca y la victoria de Barack Obama ha supuesto todavía el revulsivo esperado. La muerte de Bin Laden, que bien puede inscribirse en la lógica antiterrorista iniciada por Bush, puede ser, efectivamente, el fin de ese negro decenio, pero lo cierto es que a día de hoy hay más elementos para sospechar que solo nos espera más de lo mismo.