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martes, 8 de diciembre de 2015

PRENSA CULTURAL. "¿Qué pintura nos impresiona más por su realismo y detalle?"

   En "jotdown":

¿Qué pintura nos impresiona más por su realismo y detalle?

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A la pregunta «¿qué es el arte?» lo primero que se nos viene a todos a la mente es inevitablemente «morirse de frío», pero si indagamos un poco más encontraremos que la historia de la filosofía está repleta de teorías estéticas. Cada pensador tiene la suya, pero cualquier intento de establecer una definición que abarque a todas las obras de arte termina siendo una manta que al taparnos los hombros nos deja los pies fríos; al fin y al cabo ¿qué pueden tener en común la Venus de Willendorf con Thriller de Michael Jackson? El catedrático de filosofía del arte Denis Dutton, por su parte, señala doce características de la creación artística: proporciona placer, demuestra pericia, está sujeta a un estilo, es novedosa, hay una crítica sobre ella, representa algo real o imaginario, enfoca la atención, expresa individualidad, transmite emoción, es un desafío intelectual, está inserta en una tradición y estimula la imaginación.
Las que ahora nos interesan son la representación y la pericia, que en la pintura tradicionalmente se lograban imitando con la mayor fidelidad posible una escena, persona u objeto. Luego llegó la fotografía y estas cualidades perdieron parte de su sentido, pero hoy en día siguen fascinándonos aquellos cuadros que lograron mimetizar algo a la perfección. Aunque en pintura la etiqueta «realismo» alude concretamente a una corriente nacida en Francia en el siglo XIX, en el título que abre la encuesta, como comprenderán, usamos el término en sentido coloquial, sin excluir por ello otras etiquetas como naturalismo, hiperrealismo, etc. Así que allá va una breve selección, voten su favorito y si lo desean añadan más ejemplos.
(La caja de voto se encuentra al final del artículo)
Vieja friendo huevos, de Velázquez
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De este autor sevillano podríamos poner cualquiera de sus obras. Pintó escenas de la Biblia y de la mitología griega, acontecimientos históricos como la rendición de Breda, retrató a personajes eclesiásticos, de la realeza y también a enanos de corte (o «gente de placer», como se les llamaba) confiriéndoles tanta dignidad como a los anteriores, y también recreó bodegones. En ellos supo captar hasta los detalles más sutiles, como en El aguador de Sevilla, pero nos quedamos con este otro aunque solo sea por haberlo pintado con apenas diecinueve años. Prácticamente un adolescente, y ya era capaz de hacer algo como esto.
La incredulidad de Santo Tomás, de Caravaggio
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Unos años antes Caravaggio había estado pintando escenas religiosas que se caracterizaban por su crudeza. Tanto por la violencia que mostraban, por su hábil uso de las luces y las sombras, como por el aspecto feo e incluso deforme de sus protagonistas, pues acostumbraba a tomar a pordioseros como modelos. En su obra no hay rastro de santidad ni sonrisas beatíficas, todo es humano, demasiado humano. Por eso tampoco podemos dejar de mirarlo.
Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, de Antonio Gisbert Pérez
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«Con su muerte dieron almas al cielo, a España nombradía. Ansia de patria y libertad henchía sus nobles pechos que jamás temieron», así describió Espronceda a estos liberales que lucharon contra el absolutismo de Fernando VII con el fin de restablecer la Constitución de 1812. Merece la pena fijarse con atención en sus rostros, pensativos y serenos, perfectamente conscientes de la gravedad del momento y de su inminente destino pero sin perder la compostura. El cuadro podemos verlo en el Museo del Prado, del que el propio pintor fue director entre 1868 y 1873.
Doña Juana la Loca, de Francisco Pradilla y Ortiz
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Esta otra pintura también retrata un acontecimiento histórico de nuestro país y la encontraremos en el Museo del Prado, del que igualmente este artista fue director. En la imagen vemos el féretro de Felipe el Hermoso durante su largo traslado de varios meses de duración hasta el lugar en donde sería enterrado, siempre con su desconsolada viuda al lado velando el cadáver. Más adelante, cuando ya estaba recluida en Tordesillas, es de nuevo protagonista de otra obra de Pradilla.
Sagrada Familia del pajarito, de Bartolomé Esteban Murillo
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Una apacible escena familiar con san José, la Virgen María y el niño Jesús dando de comer un pajarito a su perro. Murillo fue el autor de esta pintura en el año 1650.
Galería de cuadros con vistas de la Roma moderna, de Pannini
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Giovanni Paolo Panini fue un pintor y arquitecto del siglo XVIII fascinado por las ruinas de Roma de tal manera que en esta obra combinó todas sus pasiones. Un cuadro repleto de cuadros que nos deja perplejos por su nivel de detalle y complejidad. Todo un trabajo de chinos al que suponemos debió de dedicar un incontable número de horas.
Au Moulin de la Galette, de Ramón Casas
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Una joven parisina fumando un puro y tomando una copa no sabemos si distraída en sus pensamientos o tal vez mirando la entrada a la espera de alguien. En tal caso nos encantaría ser ese alguien. El autor es Ramón Casas, nacido en 1866 y que vivió entre París, Madrid y su ciudad natal, Barcelona.
La discusión política, de Émile Friant
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«Mira yo te explico, aquí hay muchos intereses ocultos y el gobierno no quiere que se sepa que…». La escena está retratada con tal realismo que parece que estuviéramos en la mesa de al lado escuchándolos. El de la derecha está tenso y no quiere ni mirar al que intuimos será su cuñado, el otro se lleva la mano a la cabeza de lo que tiene que escuchar y el cuarto personaje, quizá por efecto del vino que están trasegando, parece tener la mente en algún lugar lejano. El autor de esta pequeña maravilla fue el pintor francés Émile Friant, nacido en 1863, del que también cabe destacar La Toussaint, con el impresionante detalle y expresividad de sus rostros.
Entierro en Ornans, de Gustave Courbet
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Gustave Courbet no podía faltar en esta lista y ya hablamos de él en otra ocasión por su afición a retratar mujeres desnudas. Con el cuadro que vemos sobre estas líneas contribuyó a la fundación de la corriente realista a mediados del siglo XIX, un estilo artístico que era también un compromiso ético y político, pues se reclamaba «por encima de todo realista… realista significa también sincero con la verdadera verdad» y en otra ocasión sostenía que «es mi manera de ver la sociedad en sus intereses y sus pasiones. Es el mundo quien viene a mi casa para ser pintado».
Las espigadoras, de Millet
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Jean-François Millet sentía predilección por mostrar el mundo rural con obras como El Ángelus o esta.
No lo esperaban, de Iliá Repin
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Los sirgadores del VolgaProcesión de Pascua en la región de Kursk o Los cosacos Zaporogos le escriben una carta al Sultán de Turquía son algunos ejemplos del excepcional talento que poseía este pintor ruso decimonónico, que sería posteriormente un ejemplo a seguir para el realismo socialista. La imagen que tenemos sobre estas líneas muestra a un exiliado político regresando a casa, una escena cargada de emoción en la que cada personaje expresa algo distinto con sus gestos y miradas.
Ofelia, de Millais
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Con Hamlet hablando solo de un lado a otro y clamando por una venganza que parece no atreverse a ejecutar, al final la pobre Ofelia también acabó desquiciada perdida y muriendo ahogada, que por algo es una tragedia shakesperiana. John Everett Millais representó en 1852 ese momento con una gran sensibilidad.
Huyendo de la crítica, de Pere Borrell
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Una vez alcanzado cierto nivel de virtuosismo en la representación, la propia naturaleza bidimensional del cuadro empieza a ser una molesta limitación que el pintor querría superar. Aquí vemos al niño retratado por este autor catalán del siglo XIX asomándose a nuestro mundo, por su mirada parece que los seres tridimensionales le resultamos rematadamente extraños.
Gran Vía, de Antonio López
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Este pintor y escultor contemporáneo galardonado con el premio ahora llamado Princesa de Asturias se distingue por su extraordinaria dedicación a cada una de sus obras. Veinte años tardó en terminar el retrato de la familia real, de manera que cuando finalmente se expuso con ellos posando al lado parecía un retrato de Dorian Grey a la inversa. Una de sus pinturas más conocidas es esta magnífica estampa de la Gran Vía madrileña que comenzó en 1975 y terminó cinco años después. El hecho de no pintar vehículos ni personas responde simplemente a la dificultad de hacerlo por su movimiento, aunque contribuye así a realzar la belleza de la imagen, mostrando una ciudad solitaria y postapocalíptica.
Aún dicen que el pescado es caro, de Sorolla
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El extremo opuesto lo encontramos en este artista valenciano, autor de una exorbitante cantidad de cuadros, cuya cifra supera los dos mil doscientos. Este en concreto, protagonizado por un joven pescador herido y dos veteranos atendiéndole, es del año 1894 y su título proviene de una novela de Vicente Blasco Ibáñez.
Nedick’s, de Richard Estes
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Richard Estes es uno de los principales representantes del hiperrealismo y este cuadro, que forma parte de la colección del Museo Thyssen-Bornemisza, es un buen ejemplo del extraño magnetismo que tiene la representación independientemente del objeto representado, no importa lo vulgar o convencional que sea. Este local de comida rápida pasaría desapercibido en una ciudad cualquiera y sin embargo aquí se exhibe a nuestros ojos de tal forma que pagaríamos lo que fuera por entrar en él a que nos sirvan una ración de sabrosos productos cancerígenos.

miércoles, 22 de enero de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre "Tiempo de silencio", de Luis Martín-Santos

Luis Martín-Santos

   En "diagonalperiodico.net":
LITERATURA
‘Tiempo de Silencio’ aún resuena en la narrativa hecha por estos lares. Hoy se cumplen 50 años del fallecimiento de su autor, Luis Martín Santos.
21/01/14 · 8:00
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Tiempo de silencio es una de esas novelas que nació para pervivir en su legado. No sólo renueva las técnicas narrativas. Desman­tela, asimismo, una manera de entender la literatura que, aunque comprometida con la realidad, no permitía conquistarla, escondiéndola –quizás por un contexto político gobernado aún por el miedo– tras los parapetos de la neutralidad. La novela de Martín Santos vio la luz en 1962, un año prolífico en la narrativa española. Junto a ella afloran en el panorama literario obras como Dos días de setiembre, de J.M. Caballero Bonald, o Las ratas, de Delibes. A partir de este año los autores españoles empiezan a emprender nuevos caminos formales. Pero posiblemente sea Tiempo de silencio la obra paradigmática de la desarticulación del canon narrativo de la época.
A mediados de los años 50, imperaba en España el realismo social, cuyo origen se encuentra en La Colmena, de Cela. Uno de sus objetivos era mostrar las injusticias sociales para hacerlas inteligibles a través de la literatura, siempre con la intención de representar tal cual, con la mínima intervención, las relaciones humanas. Esta inclinación realista se articuló a través de una mirada que se quiso objetiva, pero que a menudo se excedió en la exactitud de los detalles y se apoltronó en la monofonía del narrador impersonal para crear la ilusión de la referencia pura. Ni se adentraba en la mente de los personajes, ni hacía comentarios reflexivos, ni se dirigía al lector. Como si la realidad, la literatura y todo lo inmanente a ella fuera naturaleza muerta. Martín Santos entendió que el realismo que entonces predominaba tenía que “alcanzar un mayor contenido y complejidad” si quería “escapar a una repetición monótona y sin interés”, según sus propias palabras.
Tiempo de silencio propone un acercamiento digresivo a la materia prima de la novela –la realidad–, constituyendo las bases de lo que el mismo autor denominó realismo dialéctico. Martín San­tos, interesado en la función de la literatura, proyecta la realidad a través de ejercicios de elucubración. Para lograrlo se inmiscuye en la cabeza y en las entrañas de los personajes, dando pábulo al estilo indirecto libre. Mostrando, a través de la reflexión del entorno de los personajes, los bajos fondos de Madrid en toda su descomposición. Al­ter­na diversas voces y registros literarios para revelar el imaginario de significantes de las distintas clases sociales. Eso da lugar a una pluralidad estilística que mantiene al lector en alerta y comprometido. Tiempo de silencio no se contenta con la superficie, la cáscara; se come el huevo.
La novela de Martín Santos huyó del simple calco y de la visibilización de las tendencias de la sociedad a través del comportamiento de los personajes. Co­rrige el marxismo de Lukács con el marxismo existencialista de Sartre. Tampoco es casual que uno de los personajes de la obra elogie la novela americana de la Generación perdida. Tiem­po de Silencio debe mucho a la aproximación existencialista de Faulk­ner a la realidad del profundo sur. Y, en coherencia con esta inspiración faulkneriana, la novela también guarda relación con los padres de esa tradición: Joyce o Proust.
Esta nueva forma de hacer literatura desterró el realismo social precedente y dejó la puerta entreabierta para que otros autores –noveles pero también ya iniciados en realismo de posguerra– adoptaran los mecanismos que Luis Martín Santos había empleado en Tiempo de silencio. A lo largo de los años 60, prácticamente la mayoría de los novelistas que habían debutado anteriormente –incluso Cela y Deli­bes, con unas trayectorias muy singulares– se sirvieron de estas innovaciones formales. Pero fue en los autores más jóvenes en quienes caló, de forma más visible, la representación de la realidad a través de tendencias digresivas, el monólogo interior o la alternancia de distintos puntos de vista. Prueba de ello son novelas como Últimas tardes con Teresa, de Marsé, o Señas de identidad, de Juan Goytisolo.
El caso es que todavía hoy, en nuestras letras más contemporáneas, sobrevive esta nueva manera de narrar. Encontramos el reflejo de Tiempo de silencio en Belén Gopegui, especialmente en dos de sus obras, La conquista del aire y Lo real, que representan la realidad con sus conflictos sociales y políticos mediante la constante dialéctica de los personajes consigo mismos. Tam­bién Chirbes se adueña de un realismo en el que impera una heterogeneidad de voces. En la sórdida Crematorio, o en la más reciente En la orillael autor pone los cimientos para reconstruir el mundo actual en el fluir de la conciencia y en las experiencias existenciales de sus personajes. Pero es quizás en la obra de Isaac Rosa donde Tiem­po de silencio permanece más palpable. Novelas como El vano ayer se alinean directamente con la corriente realista inaugurada por Martín Santos. Rosa establece un contacto dialéctico con el lector y lo hace partícipe de la indagación. Le ofrece diversas perspectivas y voces, con las que no articula un mero juego narrativo –del cual sí abusan algunos autores coetáneos–. Las utiliza para revelar una sociedad y unas relaciones sociales en toda su complejidad reflexiva, despojadas de toda tregua o consenso.
Con la aparición de Tiempo de silencio muchos autores decidieron introducir –con mayor o menor éxito– los recursos estilísticos que la obra había aportado. Hoy, cincuenta años después de la muerte del escritor que penetró la realidad por todos sus orificios, otros narradores siguen su estela. Puede que narren universos referenciales alejados de los que mostró Martín Santos –tal vez no tan distantes–, pero la aproximación a ellos es la misma: la interpretación de imaginarios sin tapujos; la literatura de las vísceras de lo real.

lunes, 5 de enero de 2009

NIKOLAI GOGOL

El 31 de marzo de 1809 -van a cumplirse 200 años, pues-, nace uno de los mejores escritores rusos: Nikolai Gógol, autor de las novelas Almas muertas y Taras Bulba; de El capote (en otras ediciones, El abrigo) o La nariz (dos de sus cuentos, de imprescindible lectura); o de El inspector (hilarante y satírica obra de teatro, sobre la corrupción del funcionariado ruso).

Pincha más abajo para leer su biografía y enlazar con varios de sus relatos, entre ellos los dos mencionados más arriba: