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jueves, 12 de noviembre de 2015

PRENSA. "La batalla por la dignidad de las limpiadoras de letrinas indias"

   En "El País":

La batalla por la dignidad de las limpiadoras de letrinas indias

En India aún existen al menos 300.000 familias que sobreviven mediante la recogida manual de los excrementos humanos


Una 'manual scavenger' trabajando en Dura Khund, Varanasi. / ELOISA D'ORSI


Cada día, durante 15 años, Meena recorrió las calles de Ramnagar, un arrabal en la periferia este de Nueva Delhi, cargando sobre la cabeza una cesta de mimbre rebosante de excrementos humanos. Trabajaba para diez familias de la zona y empezaba su ronda al amanecer. Le dejaban la puerta trasera abierta y se dirigía en silencio hacia la letrina de la casa, donde recogía las heces con la ayuda de una pequeña pala o, en ocasiones, con las manos desnudas. Luego pasaba a la siguiente casa. A última hora de la mañana vaciaba el contenido de la cesta en una alcantarilla abierta. A cambio, cada familia le pagaba 20 rupias al día (algo más de 25 céntimos de euro), aunque no siempre: a veces pagaban con retraso; otras, directamente, no lo hacían. Pero todas le tiraban el dinero guardando las distancias. Cuando hoy echa la vista atrás y piensa en el pasado, desde la habitación que comparte con su marido y una hija en Nan-nagri, otra zona de la capital india, Meena admite que, hasta su boda, nunca fue del todo consciente de que era una dalit, es decir, una intocable, una paria. Para ser exactos, era una valmiki, un grupo fuera de las castas que ocupa los peldaños más bajos en la intricada jerarquía social hindú. Lo eran sus padres, pero ella siempre se había ocupado de sus hermanos pequeños y nunca les había acompañado durante sus rondas matutinas. Después de ser madre buscó trabajo, pero descubrió que para una valmikicomo ella la única posibilidad era limpiar letrinas. Se acuerda muy bien de su primer día. Recuerda que el hedor que provenía de su propia piel agredía su olfato, y que intentó reprimir los conatos de vómito, en vano. Presa del mareo, el contenido de la cesta se le desparramó sobre todo el cuerpo. Los transeúntes la bordeaban, mirándola furtivamente, sin detenerse. Conteniendo la respiración hasta casi ahogarse, logró dar con una manguera en el patio de una casa. Sin embargo, apenas salieron las primeras gotas cuando apareció la dueña, gritándole. “Aquella mujer pertenecía a la casta de los brahmanes, y esa era el agua con la que lavaban el templo”, recuerda Meena. “Yo la estaba contaminando”.
Según un informe de Human Rights Watch publicado en 2014, en India aún existen al menos 300.000 familias como la suya. Mujeres y hombres que sobreviven mediante la recogida manual de los excrementos humanos, práctica conocida como manual scavenging [recogida manual] a pesar de que una ley aprobada por el Parlamento indio en septiembre de 2013 la prohibió, y de que una sentencia del Tribunal Supremo de marzo de 2014 exige a los diferentes estados indios hacer que se respete la ley y poner en marcha programas de “rehabilitación” para los recogedores manuales. Sin embargo, según Bezwada Wilson, fundador y líder de Safai Karmachari Andolan (SKA), organización que lucha para erradicar la práctica de la recogida manual, las leyes no son suficientes. “India se mueve siempre en dos direcciones opuestas: por un lado, el respeto a la Constitución; por otro, nuestra cultura, que gira alrededor de un sistema de castas que impregna la sociedad”. Bezwada, hijo de recogedores manuales, se embarcó en la lucha contra la discriminación por casta después de leer La abolición de las castas, panfleto escrito por B. R. Ambedkar en 1936. Una foto del primer intelectual dalit indio destaca en la oficina de Bezwada, en Nueva Delhi, y en muchos hogares parias de todo el país. El tema de las castas fue el centro de una polémica, crucial para el destino de India, entre Ambedkar, desconocido en el extranjero, y un Gandhi mucho más famoso. Para el segundo, las castas eran el aglutinante de la sociedad india, mientras que para el primero cristalizaban las estructuras de poder, legitimando atropellos y abusos. A lo largo de las últimas décadas, diferentes personajes dalit han llegado a la política india, pero la violencia con motivo de la casta sigue vigente y los datos, al menos los conocidos, son sobrecogedores: según la Oficina Nacional de Estadística sobre el Crimen, cada semana 13 intocables son asesinados, y al menos cuatro mujeres parias son violadas por miembros de castas superiores todos los días. “La violación de una mujer dalit no siempre se percibe como un crimen”, explica Bezwada. “Para algunos miembros de castas superiores, violar a una intocable es incluso una forma de purificarla”.
Los dalit, sobre todo en el norte de India, se asocian con actividades que tienen relación con la materia orgánica, residual: cortan el pelo, manipulan los cadáveres, curten las pieles o limpian letrinas. La recogida manual de los excrementos humanos es la clave que ilumina la producción cotidiana de la intocabilidad, a través del contacto con los líquidos pútridos que chorrean por el pelo, impregnan la ropa y se deslizan por la piel. Así las cosas, el problema de los recogedores manuales se funde con otros dos: el de los intocables y el de la higiene. Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente la mitad de la población india sigue defecando al aire libre. En las zonas rurales y en los poblados de chabolas urbanos, donde no hay alcantarillados ni fosas sépticas, las familias usan letrinas en seco o las conocidas como wada, zonas comunitarias que requieren una limpieza manual. Cuando fue elegido primer ministro en el 2014, Narendra Modi anunció una campaña nacional para modernizar la situación sanitaria india. Desde entonces, las administraciones locales han puesto a disposición fondos para la compra de artículos sanitarios. Sin embargo, son muchas las familias pobres que cobran las ayudas pero no cambian sus costumbres higiénicas, y siguen encomendándose a los valmiki. Según el antropólogo Assa Doron, no es solo una cuestión de letrinas: la dicotomía entre puro e impuro se encuentra en los cimientos del hinduismo. La actividad de los recogedores manuales parece difícil de erradicar porque crea, a través de la degradación y la humillación de los valmiki, la base material de la rígida pirámide social hinduista. Pero la religión no es más que una de las lentes con las que observar el fenómeno.

Los dalit, sobre todo en el norte de India, se asocian con actividades que tienen relación con la materia orgánica, residual: cortan el pelo, manipulan los cadáveres, curten las pieles o limpian letrinas
En Durga Kund, un arrabal de Varanasi, corazón de la espiritualidad hinduista, se encuentra el barrio de los recogedores manuales, que todos conocen como Safai Basti. La aglomeración de casas bajas surge a poca distancia del templo principal, famoso por el enlucido color rojo fuego que se recorta contra el cielo de Uttar Pradesh, y que se distingue claramente de las viviendas que lo rodean cual isla en medio del mar. En lo alto de prácticamente la mitad de los cientos de chabolas se erige una cruz. Muchos valmikique viven en este poblado admiten que, con su conversión al cristianismo, confiaban en deshacerse de las obligaciones de su casta. Es el caso de Saroch, que hoy tiene 40 años, huérfana desde los 14. Cuenta que intentó rebelarse, negándose a seguir las huellas de sus padres, pero en la comunidad empezó a correr el rumor de que practicaba la magia negra. Así pues, se acercó a una iglesia evangélica, imaginando que al abrazar una nueva fe cambiaría su vida. Sin embargo, siguió siendo una valmiki entre sus nuevos hermanos cristianos, incapaz de zafarse de su identidad de casta y encontrar un trabajo distinto. Además, al convertirse perdió también el derecho de acceder al sistema de cuotas previsto en la administración pública para los dalit. A pesar de ser cristiana, Saroch retomó la cesta de mimbre de sus padres. Así las cosas, el sistema de castas que refleja el presente y el futuro de los valmiki va más allá del hinduismo, y atañe también a los cristianos, a los musulmanes y, en menor medida, a los budistas; para más inri, se ha visto reforzado con la apertura del país al mercado libre. Como explica Ramesh Nathan, secretario general del movimiento nacional dalit por la justicia, la oleada de privatizaciones de la década de 1990 creó un sistema de licitaciones que premia a los empresarios capaces de reducir los costes al mínimo. Un caso ejemplar fue el de la red ferroviaria india, un gigante de 65.000 kilómetros por el que 14.300 trenes transportan a 25 millones de pasajeros cada día. Los desagües abiertos la convirtieron en la letrina al aire libre más grande del mundo. Para limpiar las vías, las empresas privadas emplean la mano de obra más barata del mercado: los hombres valmiki. La servidumbre de la casta se aúna así con la lógica neoliberal.
Para las mujeres valmiki, que trabajan sobre todo en la limpieza de las letrinas en hogares privados, la SKA lanzó varios programas de apoyo económico. En Ghaziabad, un pueblo al norte de Delhi, 30 mujeres cosen bolsos que luego se venden en el circuito de comercio justo y solidario. Su edad varía, pero comparten experiencias similares. Hay quien ha practicado la recogida manual desde la adolescencia, y quien empezó después de casarse, siguiendo la tradición de la familia de su marido. Hace poco tiempo que abandonaron esa actividad, pero muchas siguen sufriendo la humillación de los restos de comida lanzados en un sobre, el agua negada, o ver su propia identidad reducida a la cesta que transportan en la cabeza. En las manifestaciones organizadas para llamar la atención del Gobierno sobre el drama de las mujeres valmiki, esas cestas alimentaron las hogueras, pero hay quien no excluye la posibilidad de volver a su anterior oficio: incluso quienes se declaran felices de su nuevo trabajo no logran librarse del miedo de ser prisioneras de un destino ya marcado. Encontramos ese mismo fatalismo en Leela, que vive a pocos pasos de Meena, en Ramnagar. “¿Por qué no he podido encontrar otro trabajo? A lo mejor porque no era mi destino”. Sigue limpiando letrinas en la zona, a veces con la ayuda de su hija y su hijo, mientras su marido trabaja para una empresa que se encarga del mantenimiento de las alcantarillas. En el pasado acompañaba a Meena, pero desde hace un año esta ha tomado otro camino: gracias a la ayuda de la SKA ha obtenido un bicitaxi eléctrico para el transporte de pasajeros. Leela nota que la vida de Meena ha cambiado: parece más segura de sí misma y, aunque sigue sufriendo discriminaciones, ya no tiene miedo. Después de haber quemado su cesta de valmiki, afirma Meena, el tráfico de Nueva Delhi no la asusta lo más mínimo.

jueves, 22 de enero de 2015

PRENSA. "Siete desagradables errores de higiene personal que cometemos a diario"

   En "elconfidencial.com":


En las sociedades contemporáneas aprendemos desde pequeños una serie de hábitos de higiene personal que cumplimos a rajatabla el resto de nuestra vida. Nos lavamos las manos antes de cocinar y después de ir al baño, nos cepillamos los dientes antes de acostarnos y tenemos como (buena) costumbre tirar de la cadena. Pero no siempre fue así.
La higiene personal sólo empezó a preocuparnos en la segunda mitad del siglo XIX y su promoción por parte de las autoridades fue toda una revolución. La humanidad –o más bien, Luis Pasteur, que estudió el origen de las enfermedades infecciosas– descubrió que las malas condiciones de higiene, que empezaron a ser preocupantes a medida que crecían las ciudades, eran culpables de gran parte de las enfermedades, que podían evitarse con el sencillo hábito de lavarse las manos.
En ocasiones el exceso de limpieza puede ser contraproducente para la higiene en conjuntoDesde entonces, la higiene ha pasado de ser un capricho a ser una obsesión. Cada vez nuestro aseo es más insistente, pero como dice un refrán que parecemos haber olvidado: “no es más limpio el que mucho se lava sino el que poco se ensucia”. En ocasiones el exceso de limpieza puede ser contraproducente para la higiene en conjunto, otras veces, sencillamente, nos olvidamos de ciertas cuestiones: nos lavamos las manos diez veces al día pero nos importa poco lo que se esconde en nuestro oído o nuestro ombligo.
Estas son siete costumbres bastante extendidas que ponen en peligro nuestra salud a diario y que solemos pasar por alto.
1. Lavar la ropa en frío y tender en el interior
No hace tanto tiempo era costumbre generalizada hacer coladas distintas con la ropa blanca y de color para que, al lavar con agua caliente, no se mezclaran los colores. De un tiempo a esta parte, en cada vez más casas (por falta de tiempo o porque descuidamos más el cuidado del hogar), es habitual mezclar todo tipo de prendas: algo que solo puede hacerse sin miedo a arruinar nuestra ropa utilizando agua fría.
Cada vez menos gente utiliza programas de lavadora de más de 60 grados centígrados, la única temperatura a partir de la cual la ropa quede libre de gérmenes. En cada calzoncillo o cada braga hay, como poco, una décima de gramo de heces. Según explicó Charles Gerba, profesor de microbiología de la universidad de Arizona, a ABC News, “si pones una lavadora sólo de ropa interior se liberarán 100 millones de E.coli en el agua, y estas pueden trasmitirse a la próxima colada”. Da igual el detergente que utilicemos: este tipo de bacterias sólo se eliminan si se utiliza agua caliente y tendemos la ropa al sol, algo en lo que, de nuevo, solemos fallar.
Pero lo peor de lo peor, el error definitivo que puede acabar con toda nuestra ropa, es dejar la colada en la lavadora sin tender durante todo un día: la humedad hace que las bacterias se multipliquen, la ropa se pudra y su olor (tan característico de los pisos de estudiantes) se extienda toda la casa. El horror.
2. Acumular cacharros en la pila de la cocina
Todos sabemos que no es muy limpio dejar los platos sin lavar en la pila, pero es un descuido que solemos tolerar cuando nos puede la pereza. Lo que no sabemos es que la pila de la cocina puede llegar a acumular 500.000 bacterias por metro cuadrado y, si somos de acumular vajilla, convertiremos el fregadero en el lugar más sucio de nuestra casa, por encima del váter. Aunque la mayoría de la gente toma medidas para desinfectar sus inodoros, pocos tienen las mismas preocupaciones por su fregadero, en el que suelen acumularse todo tipo de bacterias como la E.Coli o la Salmonella.
Pila sucia. (Corbis)Pila sucia. (Corbis)
3. Abusar del jabón
Los dermatólogos coinciden al señalar que no debemos abusar del uso del jabón sobre nuestra piel. En España, sobre todo en verano, hay muchas personas que se duchan, incluso, más de una vez al día, algo que puede acabar siendo dañino. El jabón es, por definición, un disolvente de la grasa y, si lo utilizamos con demasiada frecuencia, nuestra piel perderá el manto graso que la protege.
Mención aparte merece la utilización del jabón antibacteriano, que se popularizó enormemente tras la propagación mundial de la gripe aviar entre 2004 y 2006. Este tipo de jabones, muy habituales en forma de gel para manos, suelen incluir triclosán, un potente agente antibacteriano y fungicida sobre el que pesan serias dudas sanitarias desde que se demostrara su carácter de disruptor endocrino en animales. 
4. No bajar la tapa del inodoro cuando tiras de la cadena
Dejar abierta la tapa del váter es otro descuido habitual (y enormemente tolerado) en hogares y aseos públicos. Y el asunto es preocupante teniendo en cuenta que, cuando tiramos de la cadena, los gérmenes fecales se reparten por la estancia como si rociáramos un aerosol de heces por el baño. Y sí, las bacterías llegan hasta nuestros cepillos de dientes, tal como comprobaron los populares cazadores de mitos, Jamie Hyneman y Adam Savage, en uno de sus programas de televisión. 

Según explicó a The Atlantic Charles Gerba, uno de los mayores expertos del mundo en lo que a brechas higiénicas se refiere, si la tapa del inodoro está abierta cuando tiramos de la cadena los gérmenes fecales se desplazan casi dos metros a todas las direcciones, así que es mejor que coloquemos nuestros cepillos algo más lejos.
5. Confiar en los secadores de manos
Por suerte la popularización de los secadores de manos se ha limitado a gasolineras, restaurantes y bares de copas. Sus ventajas son claras: evitan la acumulación de toallitas de papel en las papeleras. Pero sus inconvenientes ganan por goleada: gastan electricidad, secan peor y, lo que es más importante, son menos higiénicas. Según un estudio de la Universidad de Westminter, las tradicionales toallas de papel son mucho más eficaces, ya que secan nuestras manos mucho más rápido y evitan la acumulación de bacterias: los secamanos de aire de alta velocidad incrementan su presencia en un 42% y los de aire caliente en un 254%. Además, el chorro de aire puede llevar las bacterias hasta a 2 metros del lugar donde se encuentra el aparato esparciéndolas por todo el cuarto de baño. Al margen de esto, son pocos los que secan sus manos eficazmente con estos aparatos. No nos engañemos: hasta el santo Job se aburriría secando sus manos en los dichosos aparatos, que abandonamos siempre con las manos húmedas hartos de su calamitosa ineficiencia.
Secador de manos. (Daniel Lobo)Secador de manos. (Daniel Lobo)
6. “Rescatar” la comida que se cae al suelo
Cuando se nos cae algo de comida al suelo, a no ser que la vianda en cuestión sea muy pringosa, muchos tenemos la tentación de soplar un poco y llevárnoslo de nuevo a la boca. Parece que si rescatamos la comida del suelo a toda velocidad los gérmenes no harán mella pero, según un estudio de la Universidad Clemson, el 99% de las bacterias se trasmiten a la comida inmediatamente en cuanto esta toca el suelo. Patógenos como la salmonella tienen capacidad de sobrevivir en superficies secas hasta cuatro semanas y de transferirse a los alimentos con el contacto inmediato.
7. No tratar debidamente las lentillas
El uso prolongado de las lentes de contacto requiere unas pautas de limpieza que muchos descuidan. Si las lentillas no se desinfectan se puede llegar a sufrir una queratitis bacteriana, infección de la córnea que suele incrementarse en los meses de verano, cuando nos bañamos con las lentes puestas en piscinas tratadas con cloro y productos químicos.
Si se quiere evitar la formación de hongos y bacterias en la superficie de las lentillas estas deben limpiarse, aclararse y desinfectarse debidamente.Para ello debemos lavarnos las manos antes de manipularlas, usar líquido limpiador (nunca agua corriente) y renovar este en cada uso, un paso que muchos se saltan y que puede acabar haciendo que el estuche donde se guarden las lentillas se contamine. 

miércoles, 21 de enero de 2015

PRENSA. "Por qué no debes ducharte por las mañanas y qué hacer para solucionarlo"

   En "elconfidencial.com":


Aunque existen algunos adeptos a los baños nocturnos, la mayoría de las personas se han acostumbrado a ducharse nada más levantarse de la cama. ¿Por qué? “Porque me despeja”, suele ser la respuesta habitual. Un lugar común que no por extendido deja de ser falso.
La realidad es que tomar una ducha caliente, lejos de activarnos, va a adormecernos, pues al cerrar el grifo la temperatura de nuestro cuerpo cae de forma acelerada, lo que nos conduce a un estado de ánimo reposado, que no es el ideal para empezar el día con fuerzas sino para irnos a la cama. De hecho, tomar un baño caliente antes de ir a dormir es una de las recomendaciones más extendidas para ayudar a las personas que padecen problemas de sueño.
Una ducha verdaderamente energizante
¿Debemos entonces ducharnos por la noche? No hay ningún problema en ello, pero si por costumbre o comodidad quieres seguir duchándote por la mañana es mejor que cambies la forma en que lo haces.
Phil Dumontet propone en Entrepreneur un método para salir de la ducha con las pilas cargadas. Y sólo tienes que añadir minuto y medio a tu rutina diaria. Sigue estos tres pasos.
1. Tras finalizar tu ducha convencional (con el agua a la temperatura que más te guste) baja la temperatura del agua al mínimo posible y mantente bajo el chorro helado durante 30 segundos. Igual te entran ganas de gritar y, si no hay nadie de tu familia durmiendo al que tengas que dar explicaciones, puedes hacerlo sin problemas.
2. Tras esta ducha fría vuelve a elevar la temperatura, poniendo el agua tan caliente como puedas aguantarla: esto hará que se habrán tus capilares y se incremente el ritmo sanguíneo.
3. Ahora vuelve a ducharte con agua fría durante otros 30 segundos. Este es el paso más importante. Siempre tienes que acabar con la ducha fría.
Un truco tan antiguo como bañarse
Ni que decir tiene que Dumontet no ha descubierto la pólvora. Alternar baños fríos y calientes era una práctica habitual en todos los baños de la Edad Antigua y sigue siendo una terapia convencional de los balnearios, pero por alguna razón (probablemente, que no nos gusta el agua fría) no solemos practicarlo en casa. Y es un error. Diversos estudios muestran, al menos, estas ventajas de ducharse con agua fría:
  • Reduce el estrés
En un estudio sobre los radicales libres, diez sujetos sanos tomaron baños en agua enfriada con hielo y mostraron una mejor adaptación al estrés oxidativo y un aumento de la tolerancia al estrés.
  • Mejora nuestras defensas
Otro estudio mostró que tomar a diario una ducha fría incrementa el número de leucocitos en nuestro cuerpo, pues al tratar de calentarse, el cuerpo activa el sistema inmune.
  • Mejora la circulación
Bajo el agua fría nuestras arterias y venas se contraen y este endurecimiento temporal permite que la sangre fluya a mayor presión, algo positivo para nuestra salud cardiovascular.
  • Nos ayuda a combatir la depresión
Un estudio de 2008 mostró que tomar duchas frías estimula nuestro sistema nervioso simpático, lo que provoca un aumento de los niveles de beta-endorfinas en la sangre, que tienen un efecto antidepresivo. 

sábado, 17 de enero de 2015

PRENSA. La mejor manera de poner los platos en el lavavajillas

   En "elconfidencial.com":


Después de comer… “Recoge tu plato de la mesa”. Cuántas veces habremos escuchado esta sugerencia/orden a lo largo de nuestras vidas. Pero –por mucha pereza que pueda darnos este paseíllo hasta el fregadero en pleno bajón poscomida–, lo cierto es que de no hacerlo así, los restos de comida se resecan en los platos y después es más complicado lavarlos. 
Incluso aquellos bienaventurados que cuentan con un lavavajillas en sus hogares, tienen que recoger los platos y la cubertería y –ya puestos– introducirlos en el electrodoméstico.     
Ante esta posibilidad surge el debate: ¿Es menos ecológico utilizar el lavaplatos que fregar a mano? ¿Realmente se gasta más agua que dándole al estropajo? Precisamente todo depende de si lo estás o no haciendo bien, y los expertos han estudiado cuál es el truco para poner el lavavajillas correctamente: colocar los platos adecuadamente. 
¿Realmente se gasta más agua que dándole al estropajo? Depende de si lo estás o no haciendo bien
Un reciente estudio elaborado en la Universidad de Birmingham se ha preocupado en averiguar cuál es la mejor manera de cargar el lavaplatos para conseguir que se desperdicie la menor cantidad de agua posible y la vajilla salga perfectamente limpia
¿Por qué lo estás haciendo mal? 
Aunque parezca sorprendente, los investigadores achacan parte de la culpa de colocar mal los platos al hecho de seguir las instrucciones de los propios fabricantes de lavavajillas. En opinión de Raúl Pérez-Mohedano, director del estudio publicado en Chemical Engineering Journal, las sugerencias que encontramos en los manuales de uso de los electrodomésticos a menudo no conducen a conseguir los mejores resultados. Es más, el orden y colocación que nos muestran en los anuncios televisivos tampoco es el correcto, y todas estas pistas inducen al error. La culpa tampoco es tuya. 
El problema es que mientras que la eyección de agua se produce en movimientos circulares, la distribución de los lavavajillas actuales sigue un patrón rectangular, por lo que terminamos colocando los platos en líneas rectas respetando esta simetría. Y así no se limpian bien
El orden de los platos sí altera el producto 
Tras analizar los resultados de limpieza en función del orden y colocación de los platos, vasos, cubiertos, sartenes y cacerolas, han descubierto que el lavavajillas debe cargarse de forma circular y no en filas rectas
Hay que colocar los platos haciendo un círculo comenzando desde el interior para que se aproveche completamente el espacio y el lavado llegue a toda la vajilla de igual manera.  
Al lavaplatos le importa lo que hayas comido
No al lavaplatos en sí –que por mucho que evolucionen los electrodomésticos inteligentes no estamos hablando de androides que se preocupen por que mantengamos una dieta equilibrada–, pero lo cierto es que el orden también dependerá de qué restos de alimentos haya en la vajilla. 
Según el estudio, los platos y cubiertos manchados con carbohidratos deben colocarse en medio del lavavajillas mientras que los manchados con proteínas se pondrán alrededor de los demás en forma de anillo. De este modo, manchas como las de huevo recibirán los primeros chorros de agua del ciclo de lavado.  
Los platos con manchas más resistentes estarán situados en las zonas en las que el impacto del agua va a ser más directo y prolongado, mientras que el resto recibirán menores cantidades pero saldrán igualmente limpios
De este modo, los platos con manchas más resistentes estarán situados en las zonas en las que el impacto del agua va a ser más directo y prolongado, mientras que el resto recibirán menores cantidades pero saldrán igualmente limpios. 
Para conseguir los mejores resultados es importante no sobrecargar el lavavajillas, de ahí la importancia de colocarlos correctamente para aprovechar el espacio y no desperdiciar agua. 
¿Cómo serán los lavavajillas del futuro?
Pérez-Mohedano lo tiene claro: “Es necesario un rediseño en la forma de distribución de agua”. Si los lavaplatos continúan siendo cuadrados, los ciclos de lavado en movimientos circulares sólo conducen a gastar más agua y a que a menudo los platos no salgan del todo limpios.  
Así, estos hallazgos podrían derivar en un cambio en la forma de estos electrodomésticos que obligaría a los fabricantes a romper con los sistemas tradicionales y empezar de cero con los modelos de carga circulares. 
Mientras se diseñan y comercializan estos diseños circulares, procura colocar los platos correctamente y tener tus platos perfectamente limpios.  

viernes, 21 de noviembre de 2014

PRENSA. Sobre el Día Mundial del Retrete

   En "El País":
DÍA MUNDIAL DEL RETRETE

En Kibera, ir al baño tiene un precio

Hoy es el Día Mundial del Retrete. O mejor, de su inexistencia: 2.500 millones de personas en todo el mundo no lo tienen en casa

En la zona chabolista más grande de África, varias iniciativas sociales intentan dar solución a esta carencia de infraestructura


Un bloque de letrinas de pago en el slum de Kibera, en Nairobi. / GEMMA SOLÉS
Hoy, 19 de noviembre, es el Día mundial del retrete, y andar por los estrechos corredores que serpentean Kibera es una pesadilla con hedor a excremento. El slum más grande de África, y uno de los diez mayores barrios de chabolas del mundo, carece de alcantarillado, y por cualquier lado donde se pise hay restos de heces. El suelo está lleno de flying toilets o lavabos voladores, bolsas en las que las personas hacen sus necesidades y tiran por la ventana. Hoy, en plena época de lluvias, los zapatos prensan la mierda junto con el fango, generando un licuado que se escurre hacia las cloacas, descubiertas.
Un niño se ha caído a una poza. Anda empapado y llorando. La gente se aparta y Anne le riñe por haber jugado cerca del agua putrefacta. Anne se encarga de cuidar las instalaciones de uno de los bloques de letrinas construidos por Kounkey Design Initiative, una ONG internacional de arquitectos, ingenieros y planificadores urbanos que han levantado siete puntos de aseo en diferentes partes de Kibera. "La comunidad participa tanto del mantenimiento como del uso de estas instalaciones. Ir al baño cuesta 3 chelines kenianos (0.03 euros), ducharte, 5, y si quieres llevarte el agua o lavar la ropa aquí, 20 litros cuestan 3 chelines", cuenta la trabajadora.
Carteles que anuncian baños públicos se suceden en todo el suburbio. Normalmente, los precios se mueven alrededor de los 5 chelines para ir al baño y entre los 10 y 15 chelines para las duchas, dependiendo de que sea con agua caliente o fría. El salario medio de un residente de Kibera se mueve alrededor de unos 100 chelines, 1 euro diario. Para muchos de sus habitantes, el simple acto de ir al baño o ducharse, significa un sacrificio económico enorme. Para los más pobres, es un sistema inaccesible.

Carteles que anuncian baños públicos de pago se suceden en todo el suburbio, pero para los más pobres son inaccesibles
"Cada lavabo es un negocio", reconoce Charles Newman, director de los proyectos de KDI en Kenia. La falta de sistemas de saneamiento, drenaje y suministro de agua que abarquen a toda la población hace que los baños comunitarios se reproduzcan a centenares. Los bloques más completos gozan de letrinas, duchas y abastecimiento de agua, aunque según el último estudio de ONU Habitat, lo más utilizado son los váteres. "Los bloques se han convertido en una fuente de ingresos individual y para las comunidades, y han generado un impacto positivo tanto en el entorno como en la vida de Kibera", explica Charles desde un parque infantil que KDI ha construido al lado de uno de sus núcleos de aseos.
Cerca de uno de los bloques Fresh Life Toilets, de Sanergy, otra empresa social que trabaja para proveer sanitarios a los slums de Kenia, vive Mumbi. "Creo que los baños se han convertido en algo más que el sitio donde vamos a hacer nuestras necesidades", manifiesta la joven que ha nacido y crecido en Kibera. La función social de estos espacios es innegable y se manifiesta sobre todo a través de los grupos de mujeres y de niños que durante el día pasan más tiempo en los bloques que tienen parques infantiles o fregaderos.
Atardece. Y en Kibera, ya de por sí inundada de porquería que surca entre casas de chapa y montañas de basura, el halo de miedo se palpa en el ambiente. Es la hora de que la inmundicia humana empape la calle. Prostitutas de todas las edades. Borrachos de chang'aa (literamente, 'mátame deprisa') o el brebaje alcohólico de los pobres. Ladrones de todos los calibres. Violadores, armas y desesperación, se ponen al servicio del diablo. La mayoría de mujeres y niños procuran no salir a no ser que sea por una urgencia y, a pesar de todo, los índices de violaciones son alarmantes. De nuevo, los flying toilets ahorran a las mujeres el riesgo de toparse con algún indeseable.
Tanto para ahorrar más desechos en las calles, como para evitar que las mujeres y los niños corran peligro, la organización sueca Pee Poople ha desarrollado un retrete móvil de un solo uso, llamado Peepoo, que viene en forma de una delgada bolsa biodegradable. "Pagas 1 chelín para comprar la bolsita, haces tus necesidades y al día siguiente, un trabajador o una trabajadora de Pee Poople recoge la bolsa en tu casa", dice Agnes, una de sus usuarias. Las bolsas, que contienen una capa de cristal de urea, eliminan los patógenos causantes de enfermedades y transforman las heces en abono, que posteriormente se entierra en campos para cultivar vegetales.

Para las mujeres ir al baño es también un problema de seguridad, ya que se exponen al riesgo de abusos
"Eso no es un retrete", afirma Pascal andando alrededor de la línea de tren que atraviesa de punta a punta Kibera. "Esta solución puede que sea efectiva para paliar la violencia hacia las mujeres durante la noche o incluso para los campos de refugiados o zonas de guerra. Pero no es una solución digna tener que hacer caca en una bolsa dentro de casa y guardarla hasta el día siguiente", apunta Charles Newman.
En Kibera, la mayoría de casas consisten en una habitación que como mínimo alberga a cinco personas. "No quiero bolsas con heces en mi casa. Es mejor hacer las necesidades en el río, como se ha hecho toda la vida aquí", dice Joseph, un vendedor de chatarra de unos cincuenta años.
Los diferentes modelos de retrete se adaptan a la demanda local. "Tenemos un sistema de petición a través del cual las comunidades solicitan la construcción de los bloques", cuenta Ibrahim Maina, coordinador del programa de KDI en Kibera. "En cada uno de nuestros bloques tenemos entre treinta y cincuenta personas empleadas. Cada día ganan entre 400 y 800 chelines y trabajan cinco días a la semana, con lo que ganan unos 20.000 chelines el mes (unos 180 euros)", explica, haciendo hincapié en la labor social del proyecto.
Maina no quita ojo a los operarios que están excavando la primera fase de construcción de un nuevo bloque. Se espera que dentro de seis meses este proyecto esté acabado. Se levantará delante del muro que separa las paupérrimas construcciones de Kibera de los pisos altivos y cercados de seguridad del barrio de Langata. "La noche pasada hubo altercados aquí", suspira mientras señala a la decena de jóvenes que con pico y pala escavan los desechos incrustados en la tierra. "Todos quieren trabajo y ayer hubo una fuerte pelea para conseguir los puestos de trabajo que teníamos para ellos. Así que hemos tenido que emplear a más jornaleros de los que necesitábamos en un principio, para que esto no afecte negativamente a la comunidad".
Removiendo sustratos de un antiguo vertedero, las empresas sociales y ONG, junto con las comunidades de base, están trabajando en Kibera para levantar sus proyectos basados en retretes dignos y salubres, y espacios públicos limpios. Los residentes del slum parecen encantados con las propuestas. Sin embargo, para los más pobres, arrojar sus bostas a la calle o ir a hacer de vientre al río, continúa siendo la única opción viable. El Gobierno mira hacia otro lado cuando se trata de afrontar la falta de inversión en servicios públicos en los asentamientos informales como Kibera, Mathare o Kagwangware. Y mientras tanto, el creciente fenómeno de urbanización amenaza a los asentamientos con multiplicar su población, su densidad, su suciedad, sus enfermedades y todos sus problemas.