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miércoles, 4 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. "Cartas desde Hiroshima", por Tereixa Constenla


   En "blogs.elpais.com":
Cartas desde Hiroshima

Tereixa Constenla
23 febrero 2012

   Toyofumi Ogura daba clases de Historia en la Universidad de Hiroshima. El 6 de agosto de 1945, una mañana típica de Hiroshima, húmeda y sin viento, notó “un destello de luz blanca azulada, como el que produce la ignición del polvo de magnesio, y un fulgor inundó el cielo”. Se arrojó al suelo, luego observó una masa de humo “en forma de cumulonimbo” que hervía furioso hacia el cielo y sobre él “un hongo monstruoso del que descendía un pie muy ancho, parecido a un tornado”.
   A pesar de señales tan extrañas, el profesor Ogura creyó que había estallado un polvorín. Todavía pasarían nueve días hasta que los japoneses escuchasen por vez primera, de labios de su primer ministro Suzuki, dos palabras que ya nunca separarían: bomba atómica. A Hiroshima le había tocado pasar a la Historia de la mano de una catástrofe, una de las nuevas creadas por la inteligencia humana, transportada hasta su ciudad en un B-52 llamado Enola Gay.
   Él fue “un superviviente casual”, el único profesor que no murió de su departamento de Historia, porque en aquel preciso instante caminaba a unos cuatro kilómetros de la ciudad. La bomba sorprendió a Fumiyo, su esposa, delante de unos almacenes. Se desmayó allí mismo y murió dos semanas después, tras una agonía dolorosa en la que los síntomas de sus lesiones se agravaban con los días sin que su marido fuese consciente hasta el final del alcance de sus heridas. No eran convencionales, no había signos externos traumáticos. Nadie sabía tampoco que existía una enfermedad por radiación, que cambiaba el grupo sanguíneo de los afectados, minaba sus glóbulos rojos y blancos y les provocaba hemorragias internas. Los enfermos comenzaban a descomponerse y pudrirse en vida: las lombrices intestinales abandonaban sus cuerpos antes de que muriesen.
   Entre el carrusel de sentimientos de aquellos días Ogura experimentó un bulímico deseo: informar mediante cartas a su mujer de lo que había ocurrido tras su muerte. Durante un año escribió nota tras nota. Para ella y para él.
   En 1948 aún no se había publicado ningún libro sobre la catástrofe, pese a la amplia cobertura en prensa. Un editor animó a Toyofumi Ogura a relatar su experiencia personal. Releyó sus notas, las rehizo levemente y, ese mismo año, tras sortear la censura de los aliados, vieron la luz como Cartas a mi difunta esposa. Notas sobre la bomba atómica de Hiroshima. Se imprimieron ejemplares con la frase “Printed in Occupied Japan” destinadas a la exportación. En España nunca se había publicado, según Gonzalo Pontón, editor de 'Pasado y presente', que acaba de lanzar el libro, titulado ahora Cartas desde el fin del mundo.
   Seis décadas después el relato de la Hiroshima devastada gracias a la fisión nuclear sigue sobrecogiendo. Uno se imagina a Ogura, tras su desconcierto, subido a una colina para disponer de una vista panorámica. Y entiende su miedo al encontrar que su ciudad “había dejado de existir en tan solo tres horas. La sexta ciudad más grande de Japón, con una población de 400.000 habitantes y conocida como la ciudad del agua por estar situada sobre los deltas de siete ríos, había desaparecido”.
   Ruinas, escombros, algún edificio sobresaliendo entre la desolación. ¿Y la gente? Se habían concentrado en el monte Hijiyama para ponerse a salvo. Casi todos iban descalzos, algunos con vendas en los brazos. “Casi todos permanecían callados, como si les hubieran arrancado el alma (…) eran como cadáveres vivientes”.
   Y fue solo el comienzo de las escenas del fin del mundo. Los cuerpos flotaban en el río, atascándose contra los pilares de algún puente. Algunos cadáveres tenían los músculos al descubierto y casi todos el espanto como última expresión grabada en el rostro. "A algunas personas les habían saltado los ojos de las órbitas, a otras les había explotado el abdomen y se les habían salido las entrañas".
   Se calcula que murieron 100.000 personas (la cuarta parte de la población). Y según el estudio que cita Ogura, alrededor de 75.000 lo hicieron el día que cayó la bomba, en la mayoría de los casos como resultado de la destrucción física de la ciudad y de la onda expansiva. Pero otros 25.000 perecieron en los días y semanas siguientes por causa de la radiación. Y morían en mitad del caos y del desconcierto del personal sanitario que se encontraba con enfermos con temperaturas de 42 grados, vómitos de sangre y hemorragias internas y quemaduras que no respondían a lo conocido.
   "Cualquier político o militar que leyera este libro perdería las ganas de hacer la guerra", escribe el escultor Kotaro Takamuro en la introducción a la actual edición. Debería ser lectura obligatoria.

martes, 6 de diciembre de 2011

PRENSA CULTURAL. Anagrama publica los reportajes de Kenzaburo Oé sobre Hiroshima

Kenzaburo Oé

   En "El Día de Córdoba":
Sobre la dignidad humana

Anagrama publica por primera vez en España la serie de reportajes en los que Kenzaburo Oé documentó los horrores de Hiroshima: una de las cimas periodísticas del siglo XX.

Ignacio F. Garmendia
04.12.2011

   Tenía sólo 28 años. Se había licenciado en Letras por la Universidad de Tokio, cursando la especialidad de literatura francesa, y había publicado dos novelas. Su primer hijo, que acababa de nacer con una grave malformación congénita, agonizaba en una incubadora. En compañía de Ryosuke Yasue, su editor, Kenzaburo Oé llegaba a Hiroshima con motivo de la celebración de una tumultuosa Conferencia Mundial contra las Bombas Atómicas, y lo que vio en la ciudad lo dejó marcado a fuego. El 6 de agosto de 1963 comenzaba la primera de una serie de visitas de las que nacieron algunas de las crónicas más conmovedoras jamás escritas, sobre las consecuencias de aquella tragedia inconcebible y sobre otros asuntos que atañen menos a los efectos de la guerra que a la voluntad de superación del ser humano. Poco después publicaría la primera de las novelas dedicadas a su hijo, que logró sobrevivir -la hermosísima Una cuestión personal (1964)-, pero su experiencia en Hiroshima lo había cambiado para siempre.
   Por extraño que parezca, el libro donde Oé reunió esos reportajes, tantas veces citado, estaba inédito en España, pero la oportunidad de la traducción no puede limitarse a la coincidencia con el accidente nuclear de Fukushima, donde el mundo pudo comprobar de nuevo la capacidad del pueblo japonés para afrontar las peores tragedias sin descomponer el gesto. Como afirma el autor en el prólogo, aquí reproducido, a la edición italiana de 2007, su libro no se detiene en los detalles del poder destructivo de las armas nucleares. Son los hibakusha, los supervivientes del bombardeo atómico, los que protagonizan unas páginas concebidas para dar testimonio de su dolor, de sus preocupaciones, del esfuerzo heroico de los médicos que los atendieron, que en muchos casos pagaron por ello el precio supremo de sus propias vidas. Oé, ya se ha dicho, llegó a la ciudad con el peor de los ánimos, pero el contacto con la gente -"seres humanos auténticos"- actuó como un paradójico bálsamo del que supo extraer la fuerza para salir adelante.
   No fueron los foros institucionales y su retórica a menudo vacía quienes le dieron esa fuerza. El escritor salió al encuentro de los damnificados, los escuchó o compadeció sin palabras, pero en ningún momento cedió a la tentación de hilar discursos grandilocuentes. El sufrimiento extremo de los supervivientes es descrito por Oé de un modo casi insoportable, pero el escritor no se limita a documentar los estragos de la radiación en decenas de miles de personas terriblemente desfiguradas o condenadas a una muerte lenta y dolorosa, sino que refleja todo ese dolor desde una mirada humanista que celebra la voluntad de vivir aun en medio de los peores padecimientos. En cada viaje, comprobaba con amargura cómo ya no estaban muchos de los hombres y mujeres con los que había hablado en la ocasión anterior.
   "La gente de Hiroshima prefiere guardar silencio hasta el momento de enfrentarse a la muerte", le escribió uno de los supervivientes, argumentando el deseo de "evitar que su tragedia personal se convierta en un dato o excusa para las luchas políticas". La sensación de vergüenza de los supervivientes por el hecho de serlo, que pudo documentarse entre quienes sobrevivieron al Holocausto y también entre la humillada población alemana de la posguerra, como explicó W.G. Sebald en su impresionante Sobre la historia natural de la destrucción (1999; Anagrama, 2003), también se dio en Hiroshima, y Oé nos participa del dilema moral que le supuso respetar ese derecho al silencio al mismo tiempo que cumplía con la obligación de dejar constancia del modo admirable en que las víctimas sobrellevaban su desgracia. Una de las crónicas, titulada Sobre la dignidad humana, traza algo parecido a una historia personal del concepto a partir de las experiencias anteriores del novelista, de los libros franceses con los que había estudiado o de la tradición japonesa del honor, hasta llegar a las chicas acomplejadas por las cicatrices que conoció en Hiroshima. El mundo, nos dice, está deseando olvidar la tragedia, pero en la ciudad devastada eso no es posible. "Ellos son los únicos que tienen derecho a olvidar y a mantener silencio sobre Hiroshima. Sin embargo, suelen elegir hablar, estudiar y dejar constancia con toda su energía".
   La edición de Anagrama incluye una reciente entrevista concedida por el escritor a Philippe Pons, con motivo del desastre de Fukushima. En ella, Oé se muestra fiel a las tesis defendidas en los Cuadernos, hace casi medio siglo: "La gran lección que debemos extraer del drama de Hiroshima es la dignidad del hombre". Pero también dice: "Los japoneses, que vivieron la experiencia de la bomba atómica en sus propias carnes, no pueden considerar la energía nuclear en términos de productividad industrial". Y en fin: "El recuerdo de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki nos ha impedido relativizar el carácter pernicioso de las armas nucleares en nombre del realismo político". Son las palabras de un hombre sabio, honesto y compasivo, no las proclamas de un agitador más o menos indocumentado. No es este el lugar para discutir a propósito de los argumentos defendidos por los partidarios de la energía nuclear que merecen ser tenidos en cuenta, esto es, los que no provienen de personas implicadas en la industria, pero las razones de orden técnico no son suficientes para encarar este debate. En cualquier caso, quienes vayan a decidir, aquí o en cualquier sitio, el futuro de esa forma de energía no pueden dejar de leer este testimonio desgarrador que es, entre otras muchas cosas, una de las cimas periodísticas del siglo.