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sábado, 5 de febrero de 2011

PRENSA CULTURAL. "El camino perdido", de Gustavo Martín Garzo (sobre Juan Eduardo Zúñiga y su último libro, "Brillan monedas oxidadas")

Gustavo Martín Garzo
   En "El País":
El camino perdido

GUSTAVO MARTÍN GARZO 09/01/2011

   Tres breves libros le han bastado a Juan Eduardo Zúñiga para hablar con una hondura y un rigor raras veces alcanzados en nuestra literatura de la disolución moral, los afectos contradictorios y las ocultas responsabilidades de la Guerra Civil y la posguerra española. Su obra, breve e intensa, es comparable a la de todos los grandes moralistas, en el sentido que Camus da a esta palabra: los que tienen la pasión del corazón humano. Los relatos de Juan Eduardo Zúñiga se adentran en los caminos afectivos de la historia. No escribe para juzgar a sus personajes, sino para asomarse a sus conciencias y almas atormentadas y dar cuenta de sus presentimientos, sus miedos y sus anhelos amorosos.
   Juan Eduardo Zúñiga es el jardinero más secreto de nuestra literatura. Pero lo suyo no son las flores que adornan nuestros paseos, sino las que crecen en la noche al borde de los abismos del arrepentimiento y la soledad, en los oscuros subsuelos donde viven los deseos humanos. Heredero de Dostoievski, sus personajes siempre buscan una redención que no termina de llegar. Pero, al contrario que el autor ruso, al que todavía asiste algún tipo de fe, Zúñiga piensa que la verdad que el hombre necesita para vivir no la puede obtener ni adquirir de nadie, y que tiene que producirla una y otra vez en su interior. Cómo producir esa verdad, es la búsqueda de todos sus personajes. A todos ellos les mueve la nostalgia de una humanidad perdida, la búsqueda de la belleza. Una belleza que no tiene que ver con la antigua belleza de los lugares sagrados, siempre relacionados con un absoluto inasible, sino con esa belleza humana que se confunde, como afirmaba Dostoievski, con la capacidad de amar. "Solo le interesaban las mujeres que sufren", escribe Joseph Frank, en su biografía sobre el autor ruso. Y también en esto Zúñiga sigue su propio camino. Un oculto romanticismo le lleva a interesarse por los seres que sufren, sí, pero a causa de sus deseos.
   Ese romanticismo, que le sitúa en la estela de Turgueniev, su escritor más querido, es el tema secreto de la obra de Zúñiga. "El único viaje verdadero, escribió Proust, el único baño de juventud, no sería ir hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos, ver el universo con los ojos de otro, de otros cien, ver los cien universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es". De ese viaje surge Brillan monedas oxidadas, el libro que Zúñiga acaba de publicar tras un silencio de siete años, y que es sin duda el mejor regalo de Reyes que usted hubiera podido recibir este año. Es un libro escrito por un autor pleno de juventud y energía, incansable en su afán de seguir explorando la infinita geografía de los deseos humanos. Muchachas que se pierden bajo la lluvia, maestros que descubren que lo que enseñan no vale nada, campaneros que ven en las heridas de los santos sus propias heridas, nobles que descubren que nada puede atar el corazón del amor, ancianas agonizantes que desaparecen bajo el peso de las riquezas que han acumulado inútilmente, músicos de jazz cuyos ojos son ventanas que se abren a plantaciones de sufrientes esclavos son los protagonistas de estos relatos. Juan Eduardo Zúñiga vuelve a hablarnos en ellos de la importancia del deseo y la memoria, de la ficción como responsabilidad, del anhelo de libertad, de la búsqueda del amor y su vinculación al sufrimiento. Pues en esa disyuntiva eterna entre dejar de amar y dejar de sufrir los protagonistas de estos relatos, como las grandes heroínas de las novelas rusas, siempre eligen el amor. Así son los amantes de Juan Eduardo Zúñiga, seres que buscan lo que no tienen, que obedecen órdenes que nadie da, que viven el amor como un deber tan desconocido como fatal e imposible de desatender.
   En El campanero de San Sebastián, uno de los relatos, un hombre se hace cargo de las campanas de una iglesia, y ante la dificultad de subir y bajar cada día de la torre decide quedarse a vivir en ella. Una anciana le lleva de comer. Un día le ofrece una jarra de vino, y lo beben juntos. De los labios de la anciana brota entonces, por efecto del vino, una canción misteriosa que habla de esos caminos perdidos que llevan a hombres y mujeres a buscarse. Esa noche, trastornado por lo que acaba de oír, el hombre desciende de la torre. Ve entonces en las heridas de San Sebastián sus propias heridas, y comprende lo absurdo de su vida y de sus renuncias, y abandona la iglesia tratando de encontrar uno de esos caminos que nos llevan al reino del deseo.
   Es un tema que se repite obsesivamente en los relatos de este libro. En uno de ellos, una muchacha repartidora de pizzas decide desnudarse sobre su moto como aquella dama medieval que recorrió sin ropa las calles de una ciudad sobre el lomo de su caballo. En otro, un noble se enamora de una gitana y lo deja todo para seguirla, y descubrir poco después que el corazón de las muchachas pide libertad. En otro más, una joven abandona el refugio en que un grupo de personas se protege de una tormenta y se interna bajo la lluvia llevada por su deseo de ser abrazada. En otro, en fin, el poeta Sá-Carneiro se enamora de una mujer y vive a su lado una aventura en que muerte y poesía terminan por confundirse. Todos ellos se rebelan contra su destino, quieren tener algo que no tienen. Zúñiga novela el fracaso de lo real para acoger nuestros sueños. Los caminos de la ficción son como ese camino perdido del que se habla en el cuento del campanero. Un camino en que placer y pena, vida y muerte, son hermanas gemelas que se roban la una a la otra.
   En Desde los bosques nevados, su memoria sobre los escritores rusos, Juan Eduardo Zúñiga nos cuenta una hermosa historia de Pushkin y una amante que le regala su anillo. Pushkin muere en un duelo y un amigo encuentra el anillo en su bolsillo. El anillo termina en las manos de Turgueniev, que se lo regala a Pauline García-Viardot, por quien abandona Rusia para establecerse en Francia y a cuyo amor se mantuvo fiel hasta el fin de sus días. Cuando muere Turgueniev, Pauline dona el anillo a la Casa Museo de Pushkin, en Moscú. Pero alguien lo roba y el anillo desaparece para siempre.
   En los cuentos de Zúñiga abundan las alusiones a las joyas. Pequeñas pulseras, delicados pendientes, broches luminosos, anillos secretos que provocan el deseo y la codicia. El anillo que Pushkin recibió de su amante nos dice que la tierra será un paraíso. Y algo nos hace sentir al leer los relatos de su último libro que ese anillo perdido ha estado en nuestras manos, no importa que solo el tiempo que duró su lectura. La negrura, el pesimismo de los relatos de Zúñiga, nunca es gratuito ni persigue condenar a los hombres. La literatura es para él el reino del deseo. Internarse en la oscuridad del mundo para descubrir en ella la memoria secreta de esa luz que necesitamos para seguir viviendo.

   Gustavo Martín Garzo es escritor.
Juan Eduardo Zúñiga

lunes, 17 de enero de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Brillan monedas oxidadas", de Juan Eduardo Zúñiga. Por José-Carlos Mainer

Juan Eduardo Zúñiga

En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Señales del destino

JOSÉ-CARLOS MAINER 25/12/2010

   Juan Eduardo Zúñiga ha sido un escritor al margen en una literatura donde abunda mucho más la previsibilidad. No ha tenido un reconocimiento temprano y ha sido muy parsimonioso en su producción, es un escritor muy culto pero de formación extraacadémica, ha permanecido ajeno a los medios de sociabilidad literaria y tiene pocos exégetas, es un redomado cosmopolita (como revelan sus traducciones o su conocimiento de las letras eslavas y portuguesas) pero sin necesidad de moverse mucho de casa. El relato breve -la modalidad narrativa que conjuga la intensidad y la suspensión- ha sido su molde predilecto pero, hasta hace poco, ha sido un género que, siendo mucho más cultivado de lo que parecía, ha tardado en hallar la repercusión que se le debe. En lo que a Zúñiga concierne, las cosas cambiaron algo cuando en 1980 aparecieron los relatos de Largo noviembre de Madrid y, luego, La tierra será un paraíso (1989) y Capital de la gloria (2003), una trilogía que figura entre lo mejor que la Guerra Civil ha suscitado. Conviene que el lector recuerde, sin embargo, que bastantes años antes, nuestro escritor se había dado a conocer con una novela de corte simbólico e intención parabólica (trata también sobre una guerra y sus vencidos), que fue El coral y las aguas, y que una tendencia afín -la ambientación infrecuente y algo borrosa y la intención metafórica- unió los cuentos de Misterios de las noches y los días, mientras que otros de género más propiamente histórico ocupaban las páginas de Flores de plomo, escritos a la sombra de la memoria de Larra, el suicida. Algo de esas dos tendencias -la simbólica y la histórica- comparece ahora en Brillan monedas oxidadas. El título general, como el de cada una de sus tres partes, es -según acostumbra el autor- poético y enigmático, como el eco de un canto lejano y solemne. Porque las epónimas monedas oxidadas no brillan o lo hacen de un modo secreto... e inquietante, igual que sucede cuando leemos que 'La fuerza de un vendaval agitaba las cortinas como un gran pájaro', o como sentimos que 'Se olviden tantas historias de orgullosa pasión y rebeldías', o como nos resulta doloroso comprobar que 'Sus vidas eran demasiado iguales'. Son estos los títulos de cada una de las partes de Brillan monedas oxidadas, todas bajo el signo común de una intención unificadora. En la primera parte, se establece un friso de convencionalismo y rutina colectivos en el que brilla, solitaria y frágil, la excepción individual. En la segunda, toda ella de ambientación histórica lejana (siglos XVI al XVIII), se nos habla de rebeldes que llegan a serlo trabajosamente, rompiendo con el miedo (o incluso sin llegar a hacerlo del todo) o enfrentando un destino cruel. La tercera (histórica también pero más cercana a nosotros) está presidida por el extrañamiento trágico y la muerte.
   Esta división temática no es tajante. El último relato de la segunda parte, 'Interminable noche de los miedos', y el primero de la tercera, 'No llegará el sobrino de Praga', ambos entre los más hermosos de una colección donde es difícil elegir, comparten el mismo planteamiento: en el siglo XVI, quizá, y en una ciudad castellana, una familia amedrentada (iremos sabiendo que son moriscos conversos) comparte el miedo y la conciencia de culpabilidad ante la llamada y la voz misteriosas de una mujer, que un día aparece asesinada a la puerta de su casa, muda acusación y presagio del horror futuro que les espera a todos; en 'No llegará el sobrino de Praga', Alfred Loewy, un judío prósperamente establecido en el Madrid de los años veinte, espera desazonado la visita anunciada de un sobrino de Praga, que se llama Franz Kafka, y que descubrirá sin duda que su tío ha abandonado la religión de sus mayores, como Alfred le cuenta a su amigo (otro personaje real: Ignacio Bauer, el representante de la Banca Rothschild en España y famoso editor). Pero, en el último momento, la noticia de la muerte del joven visitante, víctima de la tisis, acaba con sus temores aunque no con sus remordimientos.
   En 'El molino de Santa Bárbara', Manuel Guzmán, un caballero madrileño del siglo XVIII que abandona su vida para irse con una tribu de gitanos, en pos de una mujer, sabe que "todo vivir obedece a una orden que nadie da pero es preciso obedecer". Tal es la ley que gobierna todos estos cuentos de Juan Eduardo Zúñiga. Unas veces, la ley impulsa a la rebeldía, incluso cuando se ha alcanzado la sima de la renuncia resignada (como le sucede a 'El campanero de San Sebastián', que vuelve a los caminos tras su encierro en la torre de la iglesia a la que sirve), o simplemente, cuando se ha agotado un ciclo de domesticidad aparentemente afable y aceptado (como en 'El ramo de lilas', donde un marinero retorna al mar y cede su puesto, y a su esposa, al primer marido de ella, que ha regresado), o cuando una idea peregrina ilumina un destino vulgar (la repartidora de pizzas que protagoniza 'Has de cruzar la ciudad' se convierte en una Lady Godiva en motocicleta). Otras veces, la ley no escrita llama despiadadamente al castigo y la destrucción: sucede en 'La mujer del chalán', que es un prodigio de estrategia indirecta de narración a través de un testigo, o en 'El bastón de Lula Luzán', historia de una venganza cruel en el Madrid castizo y prostibulario de los años veinte, o en 'París, última decisión', que narra el suicidio del poeta portugués Mário de Sá-Carneiro, amigo de Fernando Pessoa y su compañero en la redacción de la revista Orféu, en 1915.
   También la perplejidad habita estos cuentos, cuando el autor prefiere dejar planear la fatalidad y no descargarla tan explícitamente sobre sus personajes: en 'La gran mancha verde', otra de las joyas de la colección, un maestro afronta que un niño abandone los estudios para ir a trabajar, como su padre quiere y seguramente necesita; en 'El festín y la lluvia', tan parecido al teatro del absurdo, uno de los huéspedes (a los que el temporal obliga a permanecer en el hotel) nos cuenta la historia de una boda que a nadie interesa y una muchacha quiere ser abrazada por alguien, lo que tampoco conmociona a ninguno de los asistentes. Ambos relatos están en la primera parte donde se plantea que la sumisión sea un asidero tranquilizador frente a la elección personal. Pero, a veces, no resulta tan claro: ¿qué significa -en 'Agonía bajo el manto de oro'- esa procesión de regalos espléndidos que unos visitantes llevan a una mujer agonizante, que no los desea y se remueve inquieta a su vista? Su vecino de habitación percibe todo tras una rendija en la pared y no sabemos si asistimos a una visión o un hecho cierto. Lo que sí sucede es que el testigo duerme plácidamente cuando la escena concluye. ¿Ha aceptado también la ley interior de estos cuentos? El lector de Zúñiga, en todo caso, no saldrá indemne de esta incursión por entre los enigmas del destino.

Brillan monedas oxidadas
Juan Eduardo Zúñiga
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
Barcelona, 2010
146 páginas. 16,90 euros