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miércoles, 21 de enero de 2015

PRENSA. Entrevista al filósofo Yves Michaud: "Los valores de las culturas islámicas son incompatibles con los nuestros"

   En "El País":
ENTREVISTA | YVES MICHAUD

“Los valores de las culturas islámicas son incompatibles con los nuestros”

El filósofo francés reflexiona sobre el auge del fundamentalismo en medio de la conmoción causada en París por el atentado contra Charlie Hebdo



El filósofo francés Yves Michaud, en su casa de París. / ERIC HADJ
Yves Michaud es un filósofo que ha estudiado muy de cerca la violencia. De hecho, el primer ensayo que publicó, en 1978, se titulaba Violencia y política. Además, viaja con frecuencia a países árabes, ha organizado múltiples conferencias sobre el islam y ha vivido muy de cerca la situación de los jóvenes inmigrantes de origen musulmán en clases que ha impartido en instituciones educativas de los arrabales de París. De modo que buena parte de esta entrevista extraña, concertada al hilo de la publicación en España de su libro El nuevo lujo. Experiencias, arrogancia, autenticidad (Taurus), pero celebrada el pasado martes en un París conmocionado por el atentado contra Charlie Hebdo, acabe derivando en un análisis del auge del fundamentalismo.
“Hay modelos de sociedades muy conflictivos e incompatibles”, dice acomodado en una butaca del salón de su apartamento en París, un espacio amplio, diáfano y luminoso con vistas a los tejados de la ciudad. “Ya hubo un primer caso de culturas políticas y económicas totalmente antagónicas, el marxismo y el capitalismo, que polarizaron la vida política de 1920 a 1985. Hoy tenemos el desafío de las culturas islámicas: son valores incompatibles con los nuestros”.
Especialista en Hume y en la filosofía política inglesa, así como en el mundo del arte contemporáneo, Michaud, nacido en Lyon en 1944, es un ensayista prolífico que ha escrito sobre la violencia, el mérito o Chirac, y que ha dirigido la Escuela Nacional de Bellas Artes y la llamada Universidad de Todos los Saberes, plataforma de difusión del conocimiento mediante conferencias. Exprofesor en Berkeley, Edimburgo y París, en 2007 apoyó a Ségolène Royal, aunque en estos días, dice, el político que más le interesa es el exministro de la UMP (la formación política de Sarkozy) Bruno Lemaire.
Pregunta. ¿Qué análisis hace usted de lo que se ha vivido en estos días en París con el atentado contra Charlie Hebdo?
Respuesta. No me ha sorprendido. He organizado muchas conferencias en colegios en los últimos años y he asistido al auge no solo del fundamentalismo, sino de la fractura social entre franceses de origen inmigrante y franceses de origen no inmigrante. En las nuevas generaciones se aprecia que no participan de nuestros valores. Cuando son religiosos, rechazan la libertad de expresión categóricamente. Hace 10 años di una clase de filosofía en la cátedra de Niza y critiqué los argumentos de Santo Tomás de Aquino. En el descanso, un joven musulmán, muy amablemente, me dijo que no comprendía que criticara a Santo Tomás: si es santo, no se le critica. Este año he ido dos veces a Argelia y allí las nuevas generaciones basculan en el fundamentalismo.
P. ¿Y qué buscan esos jóvenes en el fundamentalismo?
R. Reglas. Buscan reglas.
P. ¿Y por qué buscan esas reglas?
R. Porque la libertad da miedo. Es el tema del último libro de Houellebecq, de hecho. Un taxista me dijo el otro día que procuraba no escuchar música porque la consideraba como una droga que hace olvidar las plegarias y los principios. Me decía que lo bueno que tiene la “verdadera” religión es que hay reglas para todo: para comportarse en familia, con los amigos, con los enemigos; hay plegarias antes de comer, antes de entrar al baño; es una vida enmarcada, uno está a gusto así. Era un hombre inteligente, pero no había posibilidad de argumentar, yo era un infiel. Hace un mes, en Argel, vi que hay una generación de gente de más de 50 años, cultivada, con mujeres que llevan el pelo suelto; y las nuevas generaciones son islamistas; no necesariamente de manera agresiva. Por eso soy pesimista, como en la novela de Houellebecq.

La sociedad ha sustituido el pensamiento y la reflexión por el sentir, por la inmersión en las experiencias y, especialmente, el placer"

P. Pesimista, ¿en qué sentido?
R. Muy pesimista porque, incluso cuando son moderados, no encuentran representación política. Creo que veremos la constitución de un partido político musulmán en Francia, igual que hubo demócrata-cristianos.
P. En otro orden de cosas, en su nuevo libro sostiene usted que la obsesión por el lujo obedece a un malestar con respecto a la propia identidad, a una fragilidad del individuo contemporáneo.
R. La identidad contemporánea es frágil, carece de certezas, pero, sobre todo, es flotante. La sociedad ha sustituido el pensamiento y la reflexión por el sentir, por la inmersión en las experiencias y, especialmente, el placer. La consecuencia es que el individuo retrocede y ya no sabe muy bien quién es porque se disuelve en las experiencias y en el placer; y de pronto tiene necesidad de recuperar su identidad, de decirse: yo soy único, diferente de los demás. Entonces aparece el lujo como ostentación y diferenciación social: “Tengo marcas que tú no tienes, tengo experiencias que tú no te puedes pagar”.
P. ¿El hecho de que más gente tenga acceso a más lujos implica una sociedad más satisfecha?
R. Yo no soy un prescriptor, sino alguien que describe. Pero tendría tendencia a pensar que sí. Si hago una aproximación histórica, el hombre ha tenido hasta periodos recientes una vida de perro. Estamos en sociedades donde uno no se muere de hambre, donde vivimos mucho tiempo.
P. ¿Coincide, por tanto, con el análisis de Steven Pinker, psicólogo de Harvard, que sostiene que vivimos en el mejor momento de la historia y en la era más pacífica de la existencia de nuestra especie?

Antes, el populismo se asociaba  a la manipulación de las masas. Hoy día creo que no significa demagogia obligatoriamente”
R. Si tenemos en cuenta la violencia, el hambre y la fatalidad frente a la enfermedad y la muerte, sí. Pero no se puede comparar el pasado con el presente. Y lo cierto es que tenemos todo para ser felices, pero falta, tal vez, sabiduría, lucidez, moderación.
P. Usted pasa temporadas en España, tiene una casa en Ibiza. ¿Qué mirada tiene sobre la actualidad política española? Florece la corrupción, se aprecia una cierta desafección hacia parte de la clase política...
R. En Europa del Sur tenemos una clase política que ha abusado. En Francia, España, Portugal, Italia, Grecia, en los recién llegados a Europa... Hay desafección de los ciudadanos porque muchos están más informados y son más inteligentes, perciben las incapacidades de la clase política. Sobre todo gracias a Internet y a las redes sociales. Yo participo mucho en las redes sociales y estoy asombrado con la inteligencia colectiva que emerge. La desafección con respecto a las clases políticas se ha reforzado de manera lúcida. Es lo que explica la alta abstención, el voto a partidos extremistas o a nuevos partidos. Hay un cierto número de intelectuales en Francia que empiezan a decir que hay que tener una nueva mirada hacia el fenómeno del populismo. El populismo no significa obligatoriamente demagogia.
P. ¿Puede explicarlo?
R. Antes se asociaba el populismo a demagogia e ignorancia, a manipulación de masas mediante la demagogia. Creo que hoy día el populismo es en gran parte un “nosotros tenemos algo que decir, tenemos nuestra opinión y nuestras posibilidades”. Detrás del populismo hay una cierta intención de reconsiderar las opiniones de la calle. La oferta política debe ser totalmente redefinida. Y Podemos ilustra la llegada de una nueva oferta política. En Francia, tarde o temprano va a ser necesaria una renovación. Puede que cambien los partidos o que lleguen nuevas personas: hay un personaje inteligente que parece percibir bastantes cosas, Bruno Lemaire. A Sarkozy y a Hollande ya nadie los quiere: pertenecen a una generación de oportunistas.
Yves Michaud acaba de publicar El nuevo lujo. Experiencias, arrogancia, autenticidad (Taurus). 198 páginas. Precio: 18 euros.

lunes, 11 de agosto de 2014

PRENSA. "Sobre el populismo y la mentira". Luis García Montero

Luis García Montero
   En "infolibre.es":

Sobre el populismo y la mentira

Actualizada 09/08/2014 a las 20:19  
El concepto de lo popular ha sido de gran importancia en la poesía española contemporánea. Bécquer, los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Alberti jugaron a su modo con las tradiciones populares. En las notas a su Segunda antología poética, Juan Ramón quiso explicar el secreto de esta estrategia: en realidad no había en ellos una simple poesía popular, sino elaboración culta de lo popular, una tradición popular del Arte.

Pienso con frecuencia en la poesía cuando asisto a las discusiones sobre el populismo político. La situación de la política es de tanta inutilidad y descrédito que se acusa de populismo a cualquier intento de recuperar la intención original de la democracia: ordenar y dar respuesta a las necesidades de la mayoría. La política no puede ser otra cosa que la elaboración institucional de la soberanía popular, la ordenación legislativa de los intereses del pueblo.

La oligarquía de la realidad, con las instituciones y los gobiernos al servicio de los grandes intereses de las élites económicas, ha establecido una dinámica que pretende convertir en demagogia populista la defensa del bien común. Conviene romper esa lógica y recordar una de las reflexiones más insistentes de Fernando de los Ríos, profesor socialista y ministro de la Segunda República: si queremos que el ciudadano sea libre, hay que encadenar a la economía. Eso no es populismo, sino la justificación principal de la política democrática más seria.

La elaboración legislativa de los intereses de la sociedad debe permitir regular la economía, elaborar una fiscalidad equilibrada y ordenar las relaciones internacionales de acuerdo con el bienestar de los ciudadanos. No es serio aceptar como dogma natural la avaricia de los bancos y los especuladores. Un Gobierno que esté dispuesto a meter en la cárcel a los banqueros que han estafado o que han impuesto leyes contra el bien público, más dañinos con sus corbatas blancas que cualquier ladrón de saco y antifaz, no será un Gobierno populista. Se limitará a recuperar el orgullo de la política democrática.

Entonces, ¿qué es el populismo? Por lo que se refiere a la política actual española, el populismo en su significación negativa se define por el uso de la mentira y por la manipulación mediática de los bajos instintos. Eso es lo que convierte a una convocatoria electoral en una farsa y a una democracia constitucional en una deriva desconstituyente.

La democracia española es populista porque convive con la mentira y la utiliza no sólo para engañar, sino para levantar los peores instintos. Por mucho que se invoque una y otra vez la Constitución, España ha vivido en los últimos años un proceso desconstituyente. Si quieren ser democráticas, las constituciones deben respirar como un organismo vivo, caminar pegadas a los intereses de los ciudadanos, estar dispuestas a reformarse para resolver los conflictos en favor de la convivencia. No pueden ser un Carta muerta utilizada para negar derechos democráticos, ni tampoco derivar en la defensa impudorosa de una minoría oligarca.

Esa es la dinámica desgraciada que está dejando sin prestigio en España el valor de la democracia constitucional. El único cambio producido en más de 30 años se provocó de manera urgente en el 2011. La reforma del artículo 135 prohibió por vía constitucional una política democrática de inversiones públicas. Esa reforma, fundada en un pacto ideológico entre el PSOE y el PP, ha servido para la liquidación de los servicios públicos y para promover la idea de que los ciudadanos españoles, con sus derroches y sus derechos desmedidos, eran los causantes de la crisis. Se puso así la constitución en manos de la oligarquía española y europea.

Esta lógica convierte a las víctimas en culpables porque las mentiras del populismo sirven para alentar los bajos instintos. El paradigma de la política se parece en esta dinámica a un programa de telebasura. Pongo sólo dos ejemplos: la bronca bipartidista y el tratamiento de la inmigración.

Las llamadas al voto del bipartidismo, más que en la defensa de una ilusión propia, se han fundado en el miedo y el rencor contra el adversario. El PP se ha cohesionado fomentando el odio a Felipe González y Zapatero. El PSOE, por su parte, llama al voto útil con el miedo al PP. Este tipo de broncas sólo sirve para borrar con algaradas populistas la discusión política. Así ha ocurrido en el tema de la inmigración, tan importante en un mundo globalizado. Bajo los gritos y las proclamas racistas del PP, tampoco se han dado muchas diferencias entre los dos partidos mayoritarios en lo que se refiere a leyes de extranjería. La falta de hospitalidad transformada en razón de Estado ha sido una característica compartida.

No es populismo defender un comportamiento humano en las fronteras, denunciar la lógica horrible de los centros de Internamiento o respetar el derecho de asilo. Populismo es falsear los datos, crear amenazas mediáticas y hacerle creer a la gente que la presencia de los extranjeros es un peligro. Populismo es congelar con una identidad sólida la flexibilidad de los espacios públicos. La oligarquía crea chivos expiatorios para ocultar sus robos. Como andaluz, lo siento, me he acordado mucho estos días de todas las calumnias del honorable Jordi Pujol contra los vagos del sur que viven a costa de Cataluña.

Populismo es negarle a Cataluña su derecho a decidir porque un líder catalán haya resultado un ladrón. Populismo es manipular un crimen mediático para justificar un endurecimiento innecesario del Código Penal. Pero encadenar la economía y estar en contra de la deriva neoliberal de Europa no me parece nada populista. Se trata sólo de una elaboración culta e institucional de la soberanía
.