Mostrando entradas con la etiqueta Holmes Sherlock. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Holmes Sherlock. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de febrero de 2016

LITERATURA. UMBERTO ECO, "IN MEMORIAM". "La vieja amistad de Umberto Eco y Sherlock Holmes"

   En "El País":

La vieja amistad de Umberto Eco y Sherlock Holmes

El detective ejerció una gran influencia sobre la obra del profesor italiano: los dos buscaron la verdad, en la literatura y en la vida

Madrid 

Sean Connery y Christian Slater en 'El nombre de la rosa'.
Sean Connery y Christian Slater en 'El nombre de la rosa'.
Una de las más profundas y fructíferas amistades que ha producido la literatura fue la que mantuvieron Sherlock Holmes y el escritor italiano Umberto Eco. No importa que uno de ellos sea un personaje de ficción: es un detalle insignificante. Afortunadamente, nadie se toma muy en serio la inexistencia de Holmes: la sucursal bancaria que estuvo emplazada durante décadas en el 221B de Baker Street antes de que se convirtiese en un museo tuvo que emplear a una persona para gestionar la enorme cantidad de correo que llegaba a su nombre y al de Watson. El detective victoriano enriqueció de manera extraordinaria la obra de Eco, no solo le tributa un gran homenaje en El nombre de la rosa, el más célebre de todos los apócrifos de Arthur Conan Doyle, sino que incluso le dedicó un libro de ensayo, El signo de los tres. Dupin. Holmes. Peirce (Lumen, 1989), un conjunto de artículos que coordinó junto a Thomas A. Sebeok. Pero, lo que es más importante, la sabiduría de Eco proporcionó una nueva forma de leer las aventuras de Watson y Holmes, una visión más académica que detectivesca, pero igualmente divertida: la posibilidad de buscar nuevos ángulos en los rincones de los textos. Ahora, el fallecimiento de Eco, el pasado viernes en Milán, coloca a estos dos genios de la agudeza en el mismo plano y, esperemos, en un lugar lo más cercano posible.
Fue la semiótica la que acercó a Eco y Holmes, porque los dos dedicaron toda su vida a la interpretación de los signos, al estudio de los detalles que dejan atrás los crímenes, en el caso del detective, y de los que dejan atrás la cultura y los textos, en el caso de Eco. No es una casualidad para la adaptación cinematográfica de El nombre de la rosa, Jean-Jacques Annaud escogiese a los mayores expertos de la Edad Media, Jacques LeGoff y Michel Pastoureau. Este último es un erudito en todo lo que podía interesar al profesor de Bolonia, la historia simbólica del Medievo, desde los colores hasta los juegos, los animales o las flores.
El protagonista de esta novela es un monje franciscano llamado Guillermo de Baskerville, un homenaje por un lado al célebre relato de Conan Doyle y, por otro, al filósofo escolástico Guillermo de Ockham (1280-1349), uno de los padres del pensamiento moderno. En el célebre principio de la Navaja de Ockham se esconde una de claves de todo el discurso científico: "La explicación más sencilla suele ser la verdadera". Una fórmula sólo comparable en eficacia y universalidad al principio más célebre de Sherlock Holmes: "Cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad". Las dos fórmulas invitan a dejar atrás cualquier prejuicio en la búsqueda de respuestas, a no dejarnos llevar por lo que creemos que sabemos, sino por lo que vamos descubriendo: eso es precisamente lo que hace Guillermo de Baskerville para resolver los crímenes en la Abadía y lo que siempre hizo Umberto Eco como profesor y como novelista: dejarse llevar por la inmensa fuerza del descubrimiento.
"No sabía qué buscaba fray Guillermo y aún ahora lo ignoro y supongo que ni siquiera él lo sabía, movido como estaba sólo por el deseo de la verdad", asegura Adso, el narrador de El nombre de la Rosa, que describe al monje como alguien "capaz de atraer la atención del observador menos curioso" con "una mirada era aguda y penetrante; la nariz afilada y un poco aguileña". Una descripción clavada a la que hace Watson de Holmes. Que se nutriese de las aventuras del detective no quiere decir que no fuese un escritor original, todo lo contrario. Umberto Eco fue sobre todo el gran narrador de la duda, de la búsqueda, del juego, que dejaba al lector lleno de preguntas. Su inmensa perspicacia le llevó a intuir el eterno enfrentamiento entre apocalípticos e integrados en el que vivimos ahora más que nunca o a escribir el primer gran best seller de la era de la globalización, un relato popular a la altura de Charles Dickens o Alejandro Dumas. Eco unió la literatura y la vida como pocos autores lo han logrado y esperemos que él también, muy pronto, comience a recibir una nutrida correspondencia en el 221B.

martes, 11 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "El caso Sherlock Holmes sigue abierto"

   En "El País":

El caso Sherlock Holmes sigue abierto

Una exposición en Londres revela la inagotable fascinación por el detective creado por Arthur Conan Doyle


Una vitrina de la exposición de Londres dedicada a Sherlock Holmes. / MUSEUM OF LONDON
Sherlock Holmes es el personaje ficticio más real que existe. El banco que estuvo ubicado durante años en el 221B de Baker Street –la dirección en la que Arthur Conan Doyle situó el domicilio del detective y de su compañero Watson– empleó durante décadas a una persona para contestar el correo que llegaba a nombre de Holmes. Lo curioso es que la dirección, en la época en que se publicaron sus aventuras, no existía porque la calle era entonces más corta. Pero, ¿qué importa? El título de la primera exposición dedicada a Holmes en la capital británica en más de 60 años, que ofrecerá el Museo de Londres hasta el 12 de abril, no puede ser más significativo: “El hombre que nunca vivió pero que nunca morirá”.
“Creado en un momento en que la vida moderna estaba convirtiéndose en más compleja y acelerada, Sherlock Holmes fue presentado como la persona que podía darle sentido a todo esto”, asegura el catálogo de la muestra, que juega con una mezcla constante entre la realidad y la ficción. La exposición ofrece desde unmonet y un turner hasta un manuscrito de Los crímenes de la calle Morgue, la novela con la que arranca el género de detectives y a la que Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859 – Crowborough, 1930) homenajea en la primera aventura de Holmes, publicada en 1887. Se pueden ver muchas ilustraciones originales de Sidney Paget, que creó la imagen de Holmes con su pipa y su batín que ha llegado hasta nosotros, y la única entrevista filmada con el autor, en 1927, en la que explica que se inspiró en el médico Joseph Bell, que fue su profesor y que, tras impresionarle con sus deducciones, le dio la idea “de crear un nuevo tipo de detective”.


Ilustración de Paget con la muerte de Sherlock Holmes. / MUSEUM OF LONDON
También se expone el abrigo de espiga que Benedict Cumberbatch luce en la serie de la BBC, que en 2015 estrenará una cuarta temporada, además de un pedazo de papel manuscrito que el comisario de la muestra, Alex Werner, ha definido como “el sancta santorum de los sherlockianos”: en él Conan Doyle tomó las primeras notas de lo que luego sería la primera novela de Holmes, Estudio en Escarlata. Londres también ocupa un papel muy importante en la muestra porque es imposible desligar la ciudad de las aventuras de Holmes y Watson. Otra cosa que cuenta Conan Doyle en la entrevista es que los dos primeros libros, el citado y El signo de los cuatro, pasaron casi inadvertidos y sólo alcanzaron un éxito monumental cuando empezaron a ser publicados como historias cortas por la revista The Strand, de la que se exhiben unos cuantos incunables en la muestra, una anécdota que dice mucho sobre la influencia que llegó a alcanzar la prensa escrita. “Fue entonces cuando prosperó”, dice el novelista escocés. El eclecticismo de la muestra refleja también las inabarcables lecturas que ofrece el personaje.
Pese al éxito, Conan Doyle tuvo la peregrina idea de matar a su detective en diciembre de 1893, en el relato El problema final. La exposición ofrece tanto el ejemplar original de The Strand con la historia como un turner con las cataratas de Reichenbach de las que Holmes y su archienemigo Moriarty se cayeron y, aparentemente, fallecieron. Las protestas de los lectores fueron tan estruendosas que el narrador tuvo que recuperar al detective, primero en el pasado, con El perro de los Baskerville, que transcurre antes de que fuese engullido por el precipicio, y luego con aventuras posteriores ya que sobrevivió a la caída milagrosamente, lo que resulta desconcertante para un personaje que encarna el triunfo de la lógica. Para tratar de poner orden en todo este lío, la estupenda edición de Jesús Urceloy en Cátedra, Todo Sherlock Holmes, clasifica las historias por el orden en el que ocurren en la ficción y no por el que fueron escritas. La muestra ofrece también un dibujo extraordinario, en el que se ve a Conan Doyle atrapado por su creación, que refleja como condicionó toda su vida como escritor. El último cuento, publicado en 1926, es un relato de espías ambientado al principio de la I Guerra Mundial: el detective se retiró entonces porque quizás sí desapareció cualquier esperanza de un mundo en el que podía imponerse la razón. De hecho, su creador se dedicó al final de su vida al espiritismo y defendió la existencia de seres mágicos del bosque en un célebre caso de falsificación –las hadas de Cottingley–. Había olvidado las enseñanzas de Holmes.
El hombre que nunca vivió pero que nunca morirá refleja la inagotable fascinación por el personaje, que puede medirse tanto por sus incontables adaptaciones cinematográficas –actualmente hay tres en marcha: la serie de la BBC, que traslada a Holmes y Watson al Londres actual; Elementary, que lleva a los personajes a Nueva York, y la franquicia que protagoniza Robert Downey– como por la parafernalia que le rodea, desde la cocaína disuelta al 7% hasta el violín o los gorros de tweed. Algunas piezas provienen de sociedades sherlockianas remotas y otras de coleccionistas insólitos, como Glen Miranker, antiguo jefe técnico de Apple.
El filósofo John Gray resumió con lucidez en un pequeño ensayo escrito para la BBC titulado El inagotable atractivo de Sherlock Holmes los motivos por los que nunca nos podremos librar del detective: “Más allá de algunas reliquias del racionalismo victoriano, la mayoría de nosotros aceptamos que la razón no puede dar un sentido a la vida. Por eso necesitamos mitos y los mitos son contradictorios. Holmes es uno de ellos. Al ser capaz de encontrar orden en el caos utilizando sólo métodos racionales, demuestra el permanente poder de la magia. ¿Seremos capaces de ser razonables sin esperar demasiado de la razón? ¿Fracasaremos al intentar remodelar el mundo basándonos en principios racionales que en la práctica producen en el caos?”.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Sherlock Holmes sigue vivo"


   En "El Día de Córdoba":
Sherlock Holmes sigue vivo

   Con la publicación del segundo volumen de 'Sherlock Holmes anotado', una auténtica joya bibliográfica, la editorial Akal entrega todos los relatos protagonizados por el famoso detective.

José Abad
12.12.2011

   Cuando Arthur Conan Doyle dio vida a Sherlock Holmes quizás intuyera que el personaje podía sobrevivirle, pero dudo que imaginara siquiera la verdad: había alumbrado a una criatura inmortal. Millones de nombres desaparecerán de la faz de la Tierra en tanto el suyo seguirá corriendo de boca en boca. Al igual que Ulises, Don Quijote o Anna Karenina, Holmes es síntesis de una idea o de un ramillete de ellas, y pervivirá mientras éstas sean significativas. Vestido con una inconfundible indumentaria (gorra con orejeras, pipa en ristre, lupa a mano), Sherlock Holmes personifica la inteligencia que acomete y vence las añagazas y celadas tendidas en el camino. Junto al Capitán Nemo, Holmes es uno de los mayores frutos literarios del Positivismo decimonónico; resulta llamativo, por ende, que tanto la criatura de Julio Verne como la de Conan Doyle sean dos misántropos solitarios, como si el raciocinio los hubiera puesto en guardia contra el prójimo.
   Como el lector sabrá, Conan Doyle intentó acabar con el incombustible Holmes y su inseparable Watson en 1893, en el relato El problema final. Todo fue en vano. Después de desembarazarse del detective arrojándolo por las cataratas de Reichenbach, la presión ejercida por sus miles de acólitos obligó al escritor a resucitarlo y mantenerlo al pie del cañón hasta el final de su carrera. Sherlock Holmes anotado. Relatos II (Akal) -una joya bibliográfica que culmina la publicación del canon holmesiano- recoge los treinta y dos relatos compuestos por Conan Doyle a raíz de la milagrosa rentrée de Holmes en El misterio de la casa deshabitada (1903), una narración que alcanzó el rango de noticia al ser anunciada con grandes titulares en la portada de la revista Strand Magazine. Lesley S. Kingler, el encargado de esta minuciosa edición, recuerda que docenas de sherlockianos y holmesianos -que de unos y otros hay- se han devanado los sesos para llenar el Gran Hiato, el vacío temporal de hubo entre medias, recurriendo a las más variopintas tesis, algunas abracadabrantes.
   A la pregunta de qué había hecho en estos años, Holmes hablaría de una larga estancia en el Tíbet. Este sucinto apunte disparó las especulaciones. Según ciertos estudiosos, Holmes debió de refugiarse en un templo budista para curarse de su adición a la cocaína, una densa mancha en el historial del pluscuamperfecto detective. Otros sostienen que, durante su estancia en el Tíbet, Holmes descubrió la mítica Shangri-La, ese paraíso en la tierra en donde nadie envejece, o que llegó a evitar el asesinato del decimotercer Dalái Lama. Entre las teorías más sugerentes, una afirma que Holmes se sometió a una ceremonia de "materialización tántrica" de la que habría surgido un doble suyo, que fue quien realmente siguió resolviendo misterios en los años siguientes. Algunas teorías son descacharrantes; según James Nelson, Sherlock Holmes habría tropezado en las cumbres del Himalaya con la Abominable Mujer de las Nieves y vivido un tiempo con ella (!).
   Además del caudal de noticias referentes al personaje, de las que las anteriores son una mínima muestra, y además del extraordinario material gráfico reunido (destacan las míticas ilustraciones de Sidney Paget que tanta influencia ejercieran en las versiones para la gran pantalla), Sherlock Holmes anotado es un volumen magnífico por lo más evidente: los relatos de Arthur Conan Doyle, unas auténticas cajas de sorpresas que echan por tierra no pocos prejuicios. Pensemos en La aventura de los bailarines, un sonado fracaso del detective, en el cual el infalible Holmes no logra evitar el asesinato de su cliente. También espinosa es La aventura de Charles Augustus Milverton: Holmes y Watson presencian el asesinato de un sucio chantajista y, no contentos con permitir la huida del culpable -una mujer que, tras vaciar el cargador del revólver, aplasta el rostro del finado con su tacón-, llegan al extremo de destruir las pruebas incriminatorias. En tanto defensor del sistema, Holmes se permite aplicar la justicia por su cuenta. En el arduo empeño de no decepcionar al público, Conan Doyle contaminó el relato detectivesco con elementos sobrenaturales en La aventura del vampiro de Sussex; en La aventura del hombre que trepaba, en cambio, introdujo ingredientes propios de la ciencia ficción.
   En el prólogo a El archivo de Sherlock Holmes, la última recopilación oficial de sus relatos, Conan Doyle quiso una vez más clausurar la carrera del detective: "Él habrá de emprender un camino que todos, tarde o temprano, seamos personas de carne y hueso o personajes imaginarios, debemos seguir", escribió, antes de añadir: "¡Despídete de Holmes, querido lector!".
   El escritor le imaginó una dulce vejez dedicada a la apicultura, intentando enterrar a Holmes antes de que éste lo enterrara a él. Todo fue nuevamente en vano. Como héroe de ficción, Holmes cumple una función, y no sucumbirá mientras el lector o el espectador la consideren útil o práctica. Numerosos autores han recogido el relevo caído en la pista y el personaje ha seguido dando tumbos de aquí para allá y viviendo aventuras que harían que Conan Doyle se revolviera en su tumba.
   Sherlock Holmes ha sido emparejado a personalidades como Sigmund Freud o personajes como Batman, y enfrentado a Jack el Destripador, el conde Drácula o el Monstruo del Lago Ness. De su excelente salud y mucha vitalidad da cuenta una anécdota referida por Umberto Eco en su último libro: una encuesta de hace pocos años reveló que una quinta parte de los adolescentes británicos está convencida de que Sherlock Holmes existió realmente; para éstos jóvenes, Winston Churchill o Gandhi en cambio eran... personajes de ficción.

martes, 7 de junio de 2011

PRENSA. 7 junio 2011

   En "El País":

1. Gracias. Columna de Rosa Montero.

2. (T)error. Por David Trueba.

3. Tornado de ideas por el futuro del libro. Por A. Fraguas. El mundo editorial pasa del miedo a la resignación respecto a la revolución digital - Doscientos profesionales analizan en Monza un porvenir sin intermediarios.

4. Ser nosotros mismos. Por Enrique Vila-Matas.

5. No es por las vacaciones. Reportaje de Manuel V. Gómez. Los datos desmienten que en el sur de Europa se trabaje menos - La realidad no la dictan los mínimos legales sino los convenios - La clave: la productividad. La diferencia es la temporalidad. Análisis de Raymond Torres, director del Instituto Internacional de Estudios Laborales, de la Organización Internacional del Trabajo.

6. La Academia y la historia. Artículo de Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

7. Elecciones peruanas: ¿entre el miedo y la moral? Artículo de Alonso Cueto, escritor peruano. Su última novela publicada es La Venganza del Silencio (Planeta). Humala, cuyo socialismo está más cerca de Lula que de Chávez, ganó por su capacidad para aparecer en las pantallas como un hombre sencillo, cuya naturalidad se fue imponiendo como una señal de honestidad.

8. ¿El fin del fujimorismo? Por el periodista Gustavo Gorriti.

   En "El Día de Córdoba":

9. Investigando a Sherlock Holmes. Por José Abad. Anagrama publica un ensayo de Pierre Bayard que cuestiona al detective en 'El perro de los Baskerville'.

miércoles, 18 de agosto de 2010

PRENSA. SHERLOCK HOLMES. "221 B de Baker Street", por Javier Sampedro

Fotograma de la película de Guy Ritchie

En "El País":
221 B De Baker Street

JAVIER SAMPEDRO 15/08/2010

El último Sherlock Holmes, el de la película de Guy Ritchie, ha aprobado por fin la asignatura pendiente que le quedó colgando a Arthur Conan Doyle hace más de un siglo: la de hacer creíble a su personaje. Es cierto que Conan Doyle se inspiró para crear al detective en una persona real, el doctor Joseph Bell, uno de sus profesores de medicina en la Universidad de Edimburgo. Bell debió de ser un personaje singular, y desde luego era muy famoso entre los estudiantes por su innovador estilo pedagógico. Una vez llevó a clase a un paciente y pidió a los alumnos un diagnóstico. "Hepatitis", probó uno. "Enfisema", dijo otro. "¡Artritis!", les corrigió con irritación el doctor Bell. "¿O es que no han visto el bastón que dejó al lado de la puerta?".
Pero, como también muestra esa misma anécdota, el escritor no usó al doctor Bell para poner carne a Holmes. Se limitó a trasplantarle su cerebro. Lo que hace singular al detective londinense no es el "método hipotético-deductivo", como sostiene un topicazo inventado por el propio Conan Doyle en sus relatos. Ese método, que sustenta toda la práctica científica, y quizá cualquier actividad racional, también lo usa el inspector Lestrade en Scotland Yard, con resultados muy desiguales, si hemos de ser francos. Lo que hace singular a Holmes es el salto creativo, como diagnosticar una artritis por el sistema del bastón en la puerta. Ahí es donde falla Lestrade.
El doctor Bell solo es responsable, por tanto, de que Holmes sea un genio creativo. No se le puede culpar por la acepción de Holmes que ha fijado un siglo de películas y teleseries: una especie de robot de hacer deducciones, insípido hasta la irritación pero dotado de una gran rapidez de cálculo. Pero eso no existe. Hasta los ordenadores actuales exhiben una paleta emocional más sofisticada que el más célebre detective del mundo.
Han sido sobre todo Billy Wilder y, ahora, el británico Guy Ritchie quienes han sacado a Holmes de esa cárcel incorpórea. Para este holmesiano que les habla, Robert Downey y Jude Law son ya los inquilinos del 221 B de Baker Street.

jueves, 31 de diciembre de 2009

LITERATURA. Sherlock Holmes. "Un caso de identidad" (y 4ª entrega)



Un caso de identidad (y 4)
El hombre que entró era corpulento, de estatura media, de unos treinta años de edad, bien afeitado y de piel cetrina, con modales melosos e insinuantes y un par de ojos grises extraordinariamente agudos y penetrantes. Dirigió una mirada inquisitiva a cada uno de nosotros, depositó su reluciente chistera sobre un aparador y, con una ligera inclinación, se sentó en la silla más próxima.
––Buenas tardes, señor James Windibank ––dijo Holmes––. Creo que es usted quien me ha enviado esta carta mecanografiada, citándose conmigo a las seis.
––Sí, señor. Me temo que llego un poco tarde, pero no soy dueño de mi tiempo, como usted comprenderá. Lamento mucho que la señorita Sutherland le haya molestado con este asunto, porque creo que es mucho mejor no lavar en público los trapos sucios. Vino en contra de mis deseos, pero es que se trata de una muchacha muy excitable e impulsiva, como ya habrá notado, y no es fácil controlarla cuando se le ha metido algo en la cabeza. Naturalmente, no me importa tanto tratándose de usted, que no tiene nada que ver con la policía oficial, pero no es agradable que se comente fuera de casa una desgracia familiar como ésta. Además, se trata de un gasto inútil, porque, ¿cómo iba usted a poder encontrar a ese Hosmer Angel?
––Por el contrario ––dijo Holmes tranquilamente––, tengo toda clase de razones para creer que lograré encontrar al señor Hosmer Angel.
El señor Windibank tuvo un violento sobresalto y se le cayeron los guantes.
––Me alegra mucho oír eso ––dijo.
––Es muy curioso ––comentó Holmes–– que una máquina de escribir tenga tanta individualidad como lo que se escribe a mano. A menos que sean completamente nuevas, no hay dos máquinas que escriban igual. Algunas letras se gastan más que otras, y algunas se gastan sólo por un lado. Por ejemplo, señor Windibank, como puede ver en esta nota suya, la “e” siempre queda borrosa y hay un pequeño defecto en el rabillo de la “r”. Existen otras catorce características, pero éstas son las más evidentes.
––Con esta máquina escribimos toda la correspondencia en la oficina, y es lógico que esté un poco gastada ––dijo nuestro visitante, mirando fijamente a Holmes con sus ojillos brillantes.
––Y ahora le voy a enseñar algo que constituye un estudio verdaderamente interesante, señor Windibank ––continuó Holmes–. Uno de estos días pienso escribir otra pequeña monografía acerca de la máquina de escribir y su relación con el crimen. Es un tema al que he dedicado cierta atención. Aquí tengo cuatro cartas presuntamente remitidas por el desaparecido. Todas están escritas a máquina. En todos los casos, no sólo las “es” están borrosas y las “erres” no tienen rabillo, sino que podrá usted observar, si mira con mi lupa, que también aparecen las otras catorce características de las que le hablaba antes.
El señor Windibank saltó de su silla y recogió su sombrero.
––No puedo perder el tiempo hablando de fantasías, señor Holmes ––dijo––. Si puede coger al hombre, cójalo, y hágamelo saber cuando lo tenga.
––Desde luego ––dijo Holmes, poniéndose en pie y cerrando la puerta con llave––. En tal caso, le hago saber que ya lo he cogido.
––¿Cómo? ¿Dónde? ––exclamó el señor Windibank, palideciendo hasta los labios y mirando a su alrededor como una rata cogida en una trampa.
––Vamos, eso no le servirá de nada, de verdad que no ––dijo Holmes con suavidad––. No podrá librarse de ésta, señor Windibank. Es todo demasiado transparente y no me hizo usted ningún cumplido al decir que me resultaría imposible resolver un asunto tan sencillo. Eso es, siéntese y hablemos.
Nuestro visitante se desplomó en una silla, con el rostro lívido y un brillo de sudor en la frente.
––No ... no constituye delito ––balbuceó.
––Mucho me temo que no. Pero, entre nosotros, Windibank, ha sido una jugarreta cruel, egoísta y despiadada, llevada a cabo del modo más ruin que jamás he visto. Ahora, permítame exponer el curso de los acontecimientos y contradígame si me equivoco.
El hombre se encogió en su asiento, con la cabeza hundida sobre el pecho, como quien se siente completamente aplastado. Holmes levantó los pies, apoyándolos en una esquina de la repisa de la chimenea, se echó hacia atrás con las manos en los bolsillos y comenzó a hablar, con aire de hacerlo más para sí mismo que para nosotros.
––Un hombre se casó con una mujer mucho mayor que él, por su dinero ––dijo––, y también se beneficiaba del dinero de la hija mientras ésta viviera con ellos. Se trataba de una suma considerable para gente de su posición y perderla habría representado una fuerte diferencia. Valía la pena hacer un esfuerzo por conservarla. La hija tenía un carácter alegre y comunicativo, y además era cariñosa y sensible, de manera que resultaba evidente que, con sus buenas dotes personales y su pequeña renta, no duraría mucho tiempo soltera. Ahora bien, su matrimonio significaba, sin lugar a dudas, perder cien libras al año. ¿Qué hace entonces el padrastro para impedirlo? Adopta la postura más obvia: retenerla en casa y prohibirle que frecuente la compañía de gente de su edad. Pero pronto se da cuenta de que eso no le servirá durante mucho tiempo. Ella se rebela, reclama sus derechos y por fin anuncia su firme intención de asistir a cierto baile. ¿Qué hace entonces el astuto padrastro? Se le ocurre una idea que honra más a su cerebro que a su corazón. Con la complicidad y ayuda de su esposa, se disfraza, ocultando con gafas oscuras esos ojos penetrantes, enmascarando su rostro con un bigote y un par de pobladas patillas, disimulando el timbre claro de su voz con un susurro insinuante... Y, doblemente seguro a causa de la miopía de la chica, se presenta como el señor Hosmer Angel y ahuyenta a los posibles enamorados cortejándola él mismo.
––Al principio era sólo una broma ––gimió nuestro visitante––. Nunca creímos que se lo tomara tan en serio.
––Probablemente, no. Fuese como fuese, lo cierto es que la muchacha se lo tomó muy en serio; y, puesto que estaba convencida de que su padrastro se encontraba en Francia, ni por un instante se le pasó por la cabeza la sospecha de una traición. Se sentía halagada por las atenciones del caballero, y la impresión se veía aumentada por la admiración que la madre manifestaba a viva voz. Entonces el señor Angel empezó a visitarla, pues era evidente que, si se querían obtener resultados, había que llevar el asunto tan lejos como fuera posible. Hubo encuentros y un compromiso que evitaría definitivamente que la muchacha dirigiera su afecto hacia ningún otro. Pero el engaño no se podía mantener indefinidamente. Los supuestos viajes a Francia resultaban bastante embarazosos. Evidentemente, lo que había que hacer era llevar el asunto a una conclusión tan dramática que dejara una impresión permanente en la mente de la joven, impidiéndole mirar a ningún otro pretendiente durante bastante tiempo. De ahí esos juramentos de fidelidad pronunciados sobre el Evangelio, y de ahí las alusiones a la posibilidad de que ocurriera algo la misma mañana de la boda. James Windibank quería que la señorita Sutherland quedara tan atada a Hosmer Angel y tan insegura de lo sucedido, que durante diez años, por lo menos, no prestara atención a ningún otro hombre. La llevó hasta las puertas mismas de la iglesia y luego, como ya no podía seguir más adelante, desapareció oportunamente, mediante el viejo truco de entrar en un coche por una puerta y salir por la otra. Creo que éste fue el encadenamiento de los hechos, señor Windibank.
Mientras Holmes hablaba, nuestro visitante había recuperado parte de su aplomo, y al llegar a este punto se levantó de la silla con una fría expresión de burla en su pálido rostro.
––Puede que sí y puede que no, señor Holmes ––dijo––. Pero si es usted tan listo, debería saber que ahora mismo es usted y no yo quien está infringiendo la ley. Desde el principio, yo no he hecho nada punible, pero mientras mantenga usted esa puerta cerrada se expone a una demanda por agresión y retención ilegal.
––Como bien ha dicho, la ley no puede tocarle ––dijo Holmes, girando la llave y abriendo la puerta de par en par––. Sin embargo, nadie ha merecido jamás un castigo tanto como lo merece usted. Si la joven tuviera un hermano o un amigo, le cruzaría la espalda a latigazos. ¡Por Júpiter! ––exclamó acalorándose al ver el gesto de burla en la cara del otro––. Esto no forma parte de mis obligaciones para con mi cliente, pero tengo a mano un látigo de caza y creo que me voy a dar el gustazo de...
Dio dos rápidas zancadas hacia el látigo, pero antes de que pudiera cogerlo se oyó un estrépito de pasos en la escalera, la puerta de la entrada se cerró de golpe y pudimos ver por la ventana al señor Windibank corriendo calle abajo a toda la velocidad de que era capaz.
––¡Ahí va un canalla con verdadera sangre fría! ––dijo Holmes, echándose a reír mientras se dejaba caer de nuevo en su sillón––. Ese tipo irá subiendo de delito en delito hasta que haga algo muy grave y termine en el patíbulo. En ciertos aspectos, el caso no carecía por completo de interés.
––Todavía no veo muy claros todos los pasos de su razonamiento   –dije yo.
––Pues, desde luego, en un principio era evidente que este señor Hosmer Angel tenía que tener alguna buena razón para su curioso comportamiento, y estaba igualmente claro que el único hombre que salía beneficiado del incidente, hasta donde nosotros sabíamos, era el padrastro. Luego estaba el hecho, muy sugerente, de que nunca se hubiera visto juntos a los dos hombres, sino que el uno aparecía siempre cuando el otro estaba fuera. Igualmente sospechosas eran las gafas oscuras y la voz susurrante, factores ambos que sugerían un disfraz, lo mismo que las pobladas patillas. Mis sospechas se vieron confirmadas por ese detalle tan curioso de firmar a máquina, que por supuesto indicaba que la letra era tan familiar para la joven que ésta reconocería cualquier minúscula muestra de la misma. Como ve, todos estos hechos aislados, junto con otros muchos de menor importancia, señalaban en la misma dirección.
––¿Y cómo se las arregló para comprobarlo?
––Habiendo identificado a mi hombre, resultaba fácil conseguir la corroboración. Sabía en qué empresa trabajaba este hombre. Cogí la descripción publicada, eliminé todo lo que se pudiera achacar a un disfraz –las patillas, las gafas, la voz y se la envié a la empresa en cuestión, solicitando que me informaran de si alguno de sus viajantes respondía a la descripción. Me había fijado ya en las peculiaridades de la máquina, y escribí al propio sospechoso a su oficina, rogándole que acudiera aquí. Tal como había esperado, su respuesta me llegó escrita a máquina, y mostraba los mismos defectos triviales pero característicos. En el mismo correo me llegó una carta de Westhouse & Marbank, de Fenchurch Street, comunicándome que la descripción coincidía en todos sus aspectos con la de su empleado James Windibank. Voilà tout!
––¿Y la señorita Shutherland?
––Si se lo cuento, no me creerá. Recuerde el antiguo proverbio persa: “Tan peligroso es quitarle su cachorro a un tigre como arrebatarle a una mujer una ilusión”. Hay tanta sabiduría y tanto conocimiento del mundo en Hafiz como en Horacio.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

LITERATURA. Sherlock Holmes. "Un caso de identidad" (3ª entrega)



Un caso de identidad (3)
Sherlock Holmes permaneció sentado y en silencio durante unos cuantos minutos, con las puntas de los dedos juntas, las piernas estiradas hacia adelante y la mirada fija en el techo. Luego tomó del estante la vieja y grasienta pipa que le servía de consejera y, después de encenderla, se recostó en su butaca, emitiendo densas espirales de humo azulado, con una expresión de infinita languidez en el rostro.
––Interesante personaje, esa muchacha ––comentó––. Me ha parecido más interesante ella que su pequeño problema que, dicho sea de paso, es de lo más vulgar. Si consulta usted mi índice, encontrará casos similares en Andover, año 77, y otro bastante parecido en La Haya el año pasado.
––Parece que ha visto en ella muchas cosas que para mí eran invisibles ––le hice notar.
––Invisibles no, Watson, inadvertidas. No sabía usted dónde mirar y se le pasó por alto todo lo importante. No consigo convencerle de la importancia de las mangas, de lo sugerentes que son las uñas de los pulgares, de los graves asuntos que penden de un cordón de zapato. Veamos, ¿qué dedujo usted del aspecto de esa mujer? Descríbala.
––Pues bien, llevaba un sombrero de paja de ala ancha y de color pizarra, con una pluma rojo ladrillo. Chaqueta negra, con abalorios negros y una orla de cuentas de azabache. Vestido marrón, bastante más oscuro que el café, con terciopelo morado en el cuello y los puños. Guantes tirando a grises, con el dedo índice de la mano derecha muy desgastado. En los zapatos no me fijé. Llevaba pendientes de oro, pequeños y redondos, y en general tenía aspecto de persona bastante bien acomodada, con un estilo de vida vulgar, cómodo y sin preocupaciones.
Sherlock Holmes aplaudió suavemente y emitió una risita.
––¡Por mi vida, Watson, está usted haciendo maravillosos progresos! Lo ha hecho muy bien, de verdad. Claro que se le ha escapado todo lo importante, pero ha dado usted con el método y tiene buena vista para los colores. No se fie nunca de las impresiones generales, muchacho, concéntrese en los detalles. Lo primero que miro en una mujer son siempre las mangas. En un hombre, probablemente, es mejor fijarse antes en las rodilleras de los pantalones. Como bien ha dicho usted, esta mujer tenía terciopelo en las mangas, un material sumamente útil para descubrir rastros. La doble línea justo por encima de las muñecas, donde la mecanógrafa se apoya en la mesa, estaba perfectamente definida. Una máquina de coser del tipo manual deja una marca semejante, pero sólo en la manga izquierda y en el lado más alejado del pulgar, en vez de cruzar la manga de parte a parte, como en este caso. Luego le miré la cara y, advirtiendo las marcas de unas gafas a ambos lados de su nariz, aventuré aquel comentario acerca de escribir a máquina siendo corta de vista, que tanto pareció sorprenderla.
––También me sorprendió a mí.
––Pues resultaba bien evidente. A continuación, miré hacia abajo y quedé muy sorprendido e interesado al observar que, aunque sus zapatos se parecían mucho, en realidad estaban desparejados: uno tenía un pequeño adorno en la punta y el otro era de punta lisa. Y de los cinco botones de cada zapato, uno tenía abrochados sólo los dos de abajo, y el otro el primero, el tercero y el quinto. Ahora bien, cuando ve usted que una joven, por lo demás impecablemente vestida, ha salido de su casa con los zapatos desparejados y a medio abotonar, no tiene nada de extraordinario deducir que salió a toda prisa.
––¿Y qué más? ––pregunté vivamente interesado, como siempre, por los incisivos razonamientos de mi amigo.
––Advertí, de pasada, que antes de salir de casa, pero después de haberse vestido del todo, había escrito una nota. Usted ha observado que el guante derecho tenía roto el dedo índice, pero no se fijó en que tanto el guante como el dedo estaban manchados de tinta violeta. Había escrito con prisas y metió demasiado la pluma en el tintero. Ha tenido que ser esta mañana, pues de no ser así la mancha no estaría tan clara en el dedo. Todo esto resulta entretenido, aunque bastante elemental, pero hay que ponerse a la faena, Watson. ¿Le importaría leerme la descripción del señor Hosmer Angel que se da en el anuncio?
Levanté a la luz el pequeño recorte impreso. “Desaparecido, en la mañana del día 14, un caballero llamado Hosmer Angel. Estatura, unos cinco pies y siete pulgadas; complexión fuerte, piel atezada, cabello negro con una pequeña calva en el centro, patillas largas y bigote negro; gafas oscuras, ligero defecto en el habla. La última vez que se le vio vestía levita negra con solapas de seda, chaleco negro con una cadena de oro y pantalones grises de paño, con polainas marrones sobre botines de elástico. Se sabe que ha trabajado en una oficina de Leadenhall Street. Quien pueda aportar noticias, etc., etc.”.
––Con eso basta ––dijo Holmes––. En cuanto a las cartas... – continuó, echándoles un vistazo–– son de lo más vulgar. No hay en ellas ninguna pista del señor Angel, salvo que cita una vez a Balzac. Sin embargo, presentan un aspecto muy notable, que sin duda le llamará la atención.
––Que están escritas a máquina ––dije yo.
––No sólo eso, hasta la firma está a máquina. Fíjese en el pequeño y pulcro “Hosmer Angel” escrito al pie. Y, como verá, hay fecha pero no dirección completa, sólo “Leadenhall Street”, que es algo muy inconcreto. Lo de la firma resulta muy sugerente... casi podría decirse que concluyente.
––¿De qué?
––Querido amigo, ¿es posible que no vea la importancia que esto tiene en el caso?
––Mentiría si dijera que la veo, a no ser que lo hiciera para poder negar que la firma era suya, en caso de que se le demandara por ruptura de compromiso.
––No, no se trata de eso. Sin embargo, voy a escribir dos cartas que dejarán zanjado el asunto. Una, para una firma de la City; y la otra, al padrastro de la joven, el señor Windibank, pidiéndole que venga a visitarnos mañana a las seis de la tarde. Ya es hora de que tratemos con los varones de la familia. Y ahora, doctor, no hay nada que hacer hasta que lleguen las respuestas a las cartas, así que podemos desentendernos del problemilla por el momento.
Tenía tantas razones para confiar en las penetrantes dotes deductivas y en la extraordinaria energía de mi amigo, que supuse que debía existir una base sólida para la tranquila y segura desenvoltura con que trataba el singular misterio que se le había llamado a sondear. Sólo una vez le había visto fracasar, en el caso del rey de Bohemia y la fotografía de Irene Adler, pero si me ponía a pensar en el misterioso enredo de El signo de los Cuatro o en las extraordinarias circunstancias que concurrían en el Estudio en escarlata, me sentía convencido de que no había misterio tan complicado que él no pudiera resolver.
Lo dejé, pues, todavía chupando su pipa de arcilla negra, con el convencimiento de que, cuando volviera por allí al día siguiente, encontraría ya en sus manos todas las pistas que conducirían a la identificación del desaparecido novio de la señorita Mary Sutherland.
Un caso profesional de extrema gravedad ocupaba por entonces mi atención, y pasé todo el día siguiente a la cabecera del enfermo. Eran ya casi las seis cuando quedé libre y pude saltar a un coche que me llevara a Baker Street, con cierto miedo de llegar demasiado tarde para asistir al desenlace del pequeño misterio.
Sin embargo, encontré a Sherlock Holmes solo, medio dormido, con su larga y delgada figura enroscada en los recovecos de su sillón. Un formidable despliegue de frascos y tubos de ensayo, más el olor picante e inconfundible del ácido clorhídrico, me indicaban que había pasado el día entregado a los experimentos químicos que tanto le gustaban.
––Qué, ¿lo resolvió usted? ––pregunté al entrar.
––Sí, era el bisulfato de bario.
––¡No, no! ¡El misterio! ––exclamé.
––¡Ah, eso! Creía que se refería a la sal con la que he estado trabajando. No hay misterio alguno en este asunto, como ya le dije ayer, aunque tiene algunos detalles interesantes. El único inconveniente es que me temo que no existe ninguna ley que pueda castigar a este granuja.
––Pues, ¿de quién se trata? ¿Y qué se proponía al abandonar a la señorita Sutherland?
Apenas había salido la pregunta de mi boca y Holmes aún no había abierto los labios para responder, cuando oímos fuertes pisadas en el pasillo y unos golpes en la puerta.
––Aquí está el padrastro de la chica, el señor James Windibank –dijo Holmes––. Me escribió diciéndome que vendría a las seis. ¡Adelante!

domingo, 27 de diciembre de 2009

LITERATURA. Sherlock Holmes. "Un caso de identidad" (2ª entrega)


Un caso de identidad (2)
––Le conocí en el baile de los instaladores del gas ––dijo––. Cuando vivía papá, siempre le enviaban invitaciones, y después se siguieron acordando de nosotros y se las mandaron a mamá. El señor Windibank no quería que fuéramos. Nunca ha querido que vayamos a ninguna parte. Se ponía como loco con que yo quisiera ir a una fiesta de la escuela dominical. Pero esta vez yo estaba decidida a ir, y nada me lo iba a impedir. ¿Qué derecho tenía él a impedírmelo? Dijo que aquella gente no era adecuada para nosotras, cuando iban a estar presentes todos los amigos de mi padre. Y dijo que yo no tenía un vestido adecuado, cuando tenía uno violeta precioso, que prácticamente no había sacado del armario. Al final, viendo que todo era en vano, se marchó a Francia por asuntos de su negocio, pero mamá y yo fuimos al baile con el señor Hardy, nuestro antiguo capataz, y allí fue donde conocí al señor Hosmer Angel.
––Supongo ––dijo Holmes–– que cuando el señor Windibank regresó de Francia, se tomaría muy a mal que ustedes dos hubieran ido al baile.
––Bueno, pues se lo tomó bastante bien. Recuerdo que se echó a reír, se encogió de hombros y dijo que era inútil negarle algo a una mujer, porque ésta siempre se sale con la suya.
––Ya veo. Y en el baile de los instaladores del gas conoció usted a un caballero llamado Hosmer Angel, según tengo entendido.
––Así es. Le conocí aquella noche y al día siguiente nos visitó para  preguntar si habíamos regresado a casa sin contratiempos, y después le vimos... es decir, señor Holmes, le vi yo dos veces, que salimos de paseo, pero luego volvió mi padre y el señor Hosmer Angel ya no vino más por casa.
––¿No?
––Bueno, ya sabe, a mi padre no le gustan nada esas cosas. Si de él dependiera, no recibiría ninguna visita, y siempre dice que una mujer debe sentirse feliz en su propio círculo familiar. Pero, por otra parte, como le decía yo a mi madre, para eso se necesita tener un círculo propio, y yo todavía no tenía el mío.
––¿Y qué fue del señor Hosmer Angel? ¿No hizo ningún intento de verla?
––Bueno, mi padre tenía que volver a Francia una semana después y Hosmer escribió diciendo que sería mejor y más seguro que no nos viéramos hasta que se hubiera marchado. Mientras tanto, podíamos escribirnos, y de hecho me escribía todos los días. Yo recogía las cartas por la mañana, y así mi padre no se enteraba.
––¿Para entonces ya se había comprometido usted con ese caballero?
––Oh, sí, señor Holmes. Nos prometimos después del primer paseo que dimos juntos. Hosmer..., el señor Angel... era cajero en una oficina de Leadenhall Street... y...
––¿Qué oficina?
––Eso es lo peor, señor Holmes, que no lo sé.
––¿Y dónde vivía?
––Dormía en el mismo local de las oficinas.
––¿Y no conoce la dirección?
––No... sólo que estaban en Leadenhall Street.
––Entonces, ¿adónde le dirigía las cartas?
––A la oficina de correos de Leadenhall Street, donde él las recogía. Decía que, si las mandaba a la oficina, todos los demás empleados le gastarían bromas por cartearse con una dama, así que me ofrecí a escribirlas a máquina, como hacía él con las suyas, pero se negó, diciendo que si yo las escribía se notaba que venían de mí, pero si estaban escritas a máquina siempre sentía que la máquina se interponía entre nosotros. Esto le demostrará lo mucho que me quería, señor Holmes, y cómo se fijaba en los pequeños detalles.
––Resulta de lo más sugerente ––dijo Holmes––. Siempre he sostenido el axioma de que los pequeños detalles son, con mucho, lo más importante. ¿Podría recordar algún otro pequeño detalle acerca del señor Hosmer Angel?
––Era un hombre muy tímido, señor Holmes. Prefería salir a pasear conmigo de noche y no a la luz del día, porque decía que no le gustaba llamar la atención. Era muy retraído y caballeroso. Hasta su voz era suave. De joven, según me dijo, había sufrido anginas e inflamación de las amígdalas, y eso le había dejado la garganta débil y una forma de hablar vacilante y como susurrante. Siempre iba bien vestido, muy pulcro y discreto, pero padecía de la vista, lo mismo que yo, y usaba gafas oscuras para protegerse de la luz fuerte.
––Bien, ¿y qué sucedió cuando su padrastro, el señor Windibank, volvió a marcharse a Francia?
––El señor Hosmer Angel vino otra vez a casa y propuso que nos casáramos antes de que regresara mi padre. Se mostró muy ansioso y me hizo jurar, con las manos sobre los Evangelios, que, ocurriera lo que ocurriera, siempre le sería fiel. Mi madre dijo que tenía derecho a pedirme aquel juramento, y que aquello era una muestra de su pasión. Desde un principio, mi madre estuvo de su parte e incluso parecía apreciarle más que yo misma. Cuando se pusieron a hablar de casarnos aquella misma semana, yo pregunté qué opinaría mi padre, pero ellos me dijeron que no me preocupara por mi padre, que ya se lo diríamos luego, y mamá dijo que ella lo arreglaría todo. Aquello no me gustó mucho, señor Holmes. Resultaba algo raro tener que pedir su autorización, no siendo más que unos pocos años mayor que yo, pero no quería hacer nada a escondidas, así que escribí a mi padre a Burdeos, donde su empresa tenía sus oficinas en Francia, pero la carta me fue devuelta la mañana misma de la boda.
––¿Así que él no la recibió?
––Así es, porque había partido para Inglaterra justo antes de que llegara la carta.
––¡Ajá! ¡Una verdadera lástima! De manera que su boda quedó fijada para el viernes. ¿Iba a ser en la iglesia?
––Sí, señor, pero en privado. Nos casaríamos en San Salvador, cerca de King's Cross, y luego desayunaríamos en el hotel St. Pancras. Hosmer vino a buscarnos en un coche, pero, como sólo había sitio para dos, nos metió a nosotras y él cogió otro cerrado, que parecía ser el único coche de alquiler en toda la calle. Llegamos las primeras a la iglesia, y cuando se detuvo su coche esperamos verle bajar, pero no bajó. Y cuando el cochero se bajó del pescante y miró al interior, allí no había nadie. El cochero dijo que no tenía la menor idea de lo que había sido de él, habiéndolo visto con sus propios ojos subir al coche. Esto sucedió el viernes pasado, señor Holmes, y desde entonces no he visto ni oído nada que arroje alguna luz sobre su paradero.
––Me parece que la han tratado a usted de un modo vergonzoso – dijo Holmes.
––¡Oh, no señor! Era demasiado bueno y considerado como para abandonarme así. Durante toda la mañana no paró de insistir en que, pasara lo que pasara, yo tenía que serle fiel, y que si algún imprevisto nos separaba, yo tenía que recordar siempre que estaba comprometida con él, y que tarde o temprano él vendría a reclamar sus derechos. Parece raro hablar de estas cosas en la mañana de tu boda, pero lo que después ocurrió hace que cobre sentido.
––Desde luego que sí. Según eso, usted opina que le ha ocurrido alguna catástrofe imprevista.
––Sí, señor. Creo que él temía algún peligro, pues de lo contrario no habría hablado así. Y creo que lo que él temía sucedió.
––Pero no tiene idea de lo que puede haber sido.
––Ni la menor idea.
––Una pregunta más: ¿cómo se lo tomó su madre?
––Se puso furiosa y dijo que yo no debía volver a hablar jamás del asunto.
––¿Y su padre? ¿Se lo contó usted?
––Sí, y parecía pensar, lo mismo que yo, que algo había ocurrido y que volvería a tener noticias de Hosmer. Según él, ¿para qué iba nadie a llevarme hasta la puerta de la iglesia y luego abandonarme? Si me hubiera pedido dinero prestado o si se hubiera casado conmigo y hubiera puesto mi dinero a su nombre, podría existir un motivo; pero Hosmer era muy independiente en cuestiones de dinero y jamás tocaría un solo chelín mío. Pero entonces, ¿qué había ocurrido? ¿Y por qué no escribía? ¡Oh, me vuelve loca pensar en ello! No pego ojo por las noches. Sacó de su manguito un pañuelo y empezó a sollozar ruidosamente en él.
––Examinaré el caso por usted ––dijo Holmes, levantándose––, y estoy seguro de que llegaremos a algún resultado concreto. Deje en mis manos el asunto y no se siga devanando la mente con él. Y por encima de todo, procure que el señor Hosmer Angel se desvanezca de su memoria, como se ha desvanecido de su vida.
––Entonces, ¿cree usted que no lo volveré a ver?
––Me temo que no.
––Pero, ¿qué le ha ocurrido, entonces?
––Deje el asunto en mis manos. Me gustaría disponer de una buena descripción de él, así como de cuantas cartas suyas pueda usted proporcionarme.
––Puse un anuncio pidiendo noticias suyas en el Chronicle del sábado pasado ––dijo ella––. Aquí está el recorte, y aquí tiene cuatro cartas suyas.
––Gracias. ¿Y la dirección de usted?
––Lyon Place 31, Camberwell.
––Por lo que he oído, la dirección del señor Angel no la supo nunca. ¿Dónde está la empresa de su padre?
––Es viajante de Westhouse & Marbank, los grandes importadores de clarete de Fenchurch Street.
––Gracias. Ha expuesto usted el caso con mucha claridad. Deje aquí los papeles, y acuérdese del consejo que le he dado. Considere todo el incidente como un libro cerrado y no deje que afecte a su vida.
––Es usted muy amable, señor Holmes, pero no puedo hacer eso. Seré fiel a Hosmer. Me encontrará esperándole cuando vuelva.
A pesar de su ridículo sombrero y de su rostro inexpresivo, había un algo de nobleza que imponía respeto en la sencilla fe de nuestra visitante. Dejó sobre la mesa su montoncito de papeles y se marchó prometiendo acudir en cuanto la llamáramos.

jueves, 24 de diciembre de 2009

LITERATURA. Sherlock Holmes. "Un caso de identidad" (primera entrega)



Como homenaje al próximo estreno de la película Sherlock Holmes, podemos leer por entregas el relato Un caso de identidad, protagonizado por el famoso detective creado por sir Arthur Conan Doyle.

Un caso de identidad (1)
––Querido amigo ––dijo Sherlock Holmes mientras nos sentamos a uno y otro lado de la chimenea en sus aposentos de Baker Street––. La vida es infinitamente más extraña que cualquier cosa que pueda
inventar la mente humana. No nos atreveríamos a imaginar ciertas cosas que en realidad son de lo más corriente. Si pudiéramos salir volando por esa ventana, cogidos de la mano, sobrevolar esta gran ciudad, levantar con cuidado los tejados y espiar todas las cosas raras que pasan, las extrañas coincidencias, las intrigas, los engaños, los prodigiosos encadenamientos de circunstancias que se extienden de generación en generación y acaban conduciendo a los resultados más extravagantes, nos parecería que las historias de ficción, con sus convencionalismos y sus conclusiones sabidas de antemano, son algo trasnochado e insípido.
––Pues yo no estoy convencido de eso ––repliqué––. Los casos que salen a la luz en los periódicos son, por regla general, bastante prosaicos y vulgares. En los informes de la policía podemos ver el realismo llevado a sus últimos límites y, sin embargo, debemos confesar que el resultado no tiene nada de fascinante ni de artístico.
––Para lograr un efecto realista es preciso ejercer una cierta selección y discreción ––contestó Holmes––. Esto se echa de menos en los informes policiales, donde se tiende a poner más énfasis en las perogrulladas del magistrado que en los detalles, que para una persona observadora encierran toda la esencia vital del caso. Puede creerme, no existe nada tan antinatural como lo absolutamente vulgar.
Sonreí y negué con la cabeza.
––Entiendo perfectamente que piense usted así ––dije––. Por supuesto, dada su posición de asesor extraoficial, que presta ayuda a todo el que se encuentre absolutamente desconcertado, en toda la extensión de tres continentes, entra usted en contacto con todo lo extraño y fantástico. Pero veamos ––recogí del suelo el periódico de la mañana––, vamos a hacer un experimento práctico. El primer titular con el que me encuentro es: “Crueldad de un marido con su mujer”. Hay media columna de texto, pero, sin necesidad de leerlo, ya sé que todo me va a resultar familiar. Tenemos, naturalmente, a la otra mujer, la bebida, el insulto, la bofetada, las lesiones, la hermana o casera comprensiva. Ni el más ramplón de los escritores podría haber inventado algo tan ramplón.
––Pues resulta que ha escogido un ejemplo que no favorece nada a su argumentación ––dijo Holmes, tomando el periódico y echándole un vistazo––. Se trata del proceso de separación de los Dundas, y da la casualidad de que yo intervine en el esclarecimiento de algunos pequeños detalles relacionados con el caso. El marido era abstemio, no existía otra mujer, y el comportamiento del que se quejaba la esposa consistía en que el marido había adquirido la costumbre de rematar todas las comidas quitándose la dentadura postiza y arrojándosela a su esposa, lo cual, estará usted de acuerdo, no es la clase de acto que se le suele ocurrir a un novelista corriente. Tome una pizca de rapé, doctor, y reconozca que me he apuntado un tanto con este ejemplo suyo.
Me alargó una cajita de rapé de oro viejo, con una gran amatista en el centro de la tapa. Su esplendor contrastaba de tal modo con las costumbres hogareñas y la vida sencilla de Holmes que no pude evitar un comentario.
––¡Ah! ––dijo––. Olvidaba que llevamos varias semanas sin vernos. Es un pequeño recuerdo del rey de Bohemia, como pago por mi ayuda en el caso de los documentos de Irene Adler.
––¿Y el anillo? ––pregunté, mirando un precioso brillante que refulgía sobre su dedo.
––Es de la familia real de Holanda, pero el asunto en el que presté mis servicios era tan delicado que no puedo confiárselo ni siquiera a usted, benévolo cronista de uno o dos de mis pequeños misterios.
––¿Y ahora tiene entre manos algún caso? ––pregunté interesado.
––Diez o doce, pero ninguno presenta aspectos de interés. Ya me entiende, son importantes, pero sin ser interesantes. Precisamente he descubierto que, por lo general, en los asuntos menos importantes hay muchomás campo para la observación y para el rápido análisis de causas y efectos, que es lo que da su encanto a
las investigaciones. Los delitos más importantes suelen tender a ser sencillos, porque, cuanto más grande es el crimen, más evidentes son, casi siempre, los motivos. En estos casos, y exceptuando un asunto bastante enrevesado que me han mandado de Marsella, no hay nada que presente interés alguno. Sin embargo, es posible que me llegue algo mejor antes de que pasen muchos minutos porque, o mucho me equivoco, o ésa es una cliente.
Se había levantado de su asiento y estaba de pie entre las cortinas separadas, observando la gris y monótona calle londinense. Mirando por encima de su hombro, vi en la acera de enfrente a una mujer
grandota, con una gruesa boa de piel alrededor del cuello, y una gran pluma roja ondulada en un sombrero de ala ancha, que llevaba inclinado sobre la oreja, a la manera coquetona de la duquesa de Devonshire. Bajo esta especie de palio, la mujer miraba hacia nuestra ventana, con aire de nerviosismo y de duda, mientras su cuerpo oscilaba de delante a atrás y sus dedos jugueteaban con los botones de sus guantes. De pronto, con un arranque parecido al del nadador que se tira al agua, cruzó presurosa la calle y oímos el fuerte repicar de la campanilla.
––Conozco bien esos síntomas ––dijo Holmes, tirando su cigarrillo a la chimenea––. La oscilación en la acera significa siempre un affaire du coeur. Necesita consejo, pero no está segura de que el asunto no sea demasiado delicado como para confiárselo a otro. No obstante, hasta en esto podemos hacer distinciones.
Cuando una mujer ha sido gravemente perjudicada por un hombre, ya no oscila, y el síntoma habitual es un cordón de campanilla roto. En este caso, podemos dar por supuesto que se trata de un asunto de amor, pero la doncella no está verdaderamente indignada, sino más bien perpleja o dolida. Pero aquí llega en persona para sacarnos de dudas.
No había acabado de hablar cuando sonó un golpe en la puerta y entró un botones anunciando a la señorita Mary Sutherland, mientras la dama mencionada se cernía sobre su pequeña figura negra como un barco mercante, con todas sus velas desplegadas, detrás de una barquichuela. Sherlock Holmes la acogió con la espontánea cortesía que le caracterizaba y, después de cerrar la puerta e indicarle con un gesto que se sentara en una butaca, la examinó de aquella manera minuciosa y a la vez abstraída, tan peculiar en él.
––¿No le parece ––dijo–– que siendo corta de vista es un poco molesto escribir tanto a máquina?
––Al principio, sí ––respondió ella––, pero ahora ya sé dónde están las letras sin necesidad de mirar.
Entonces, dándose cuenta de pronto de todo el alcance de las palabras de Holmes, se estremeció violentamente y levantó la mirada, con el miedo y el asombro pintados en su rostro amplio y amigable.
––¡Usted ha oído hablar de mí, señor Holmes! ––exclamó––. ¿Cómo, si no, podría usted saber eso?
––No le dé importancia ––dijo Holmes, echándose a reír. Saber cosas es mi oficio. Es muy posible que me haya entrenado para ver cosas que los demás pasan por alto. De no ser así, ¿por qué iba usted a venir a consultarme?
––He acudido a usted, señor, porque me habló de usted la señora Etherege, a cuyo marido localizó usted con tanta facilidad cuando la policía y todo el mundo le habían dado ya por muerto. ¡Oh, señor Holmes, ojalá pueda usted hacer lo mismo por mí! No soy rica, pero dispongo de una renta de cien libras al año, más lo poco que saco con la máquina, y lo daría todo por saber qué ha sido del señor Hosmer Angel.
––¿Por qué ha venido a consultarme con tantas prisas? ––preguntó Sherlock Holmes, juntando las puntas de los dedos y con los ojos fijos en el techo.
De nuevo, una expresión de sobresalto cubrió el rostro algo inexpresivo de la señorita Mary Sutherland.
––Sí, salí de casa disparada ––dijo–– porque me puso furiosa ver con qué tranquilidad se lo tomaba todo el señor Windibank, es decir, mi padre. No quiso acudir a la policía, no quiso acudir a usted, y por fin, en vista de que no quería hacer nada y seguía diciendo que no había pasado nada, me enfurecí y me vine derecha a verle con lo que tenía puesto en aquel momento.
––¿Su padre? ––dijo Holmes––. Sin duda, querrá usted decir su padrastro, puesto que el apellido es diferente.
––Sí, mi padrastro. Le llamo padre, aunque la verdad es que suena raro, porque sólo tiene cinco años y dos meses más que yo.
––¿Vive su madre?
––Oh, sí, mamá está perfectamente. Verá, señor Holmes, no me hizo demasiada gracia que se volviera a casar tan pronto, después de morir papá, y con un hombre casi quince años más joven que ella. Papá era fontanero en Tottenham, Court Road, y al morir dejó un negocio muy próspero, que mi madre siguió manejando con ayuda del señor Hardy, el capataz; pero, cuando apareció el señor Windibank, la convenció de que vendiera el negocio, pues el suyo era mucho mejor: tratante de vinos. Sacaron cuatro mil setecientas libras por el traspaso y los intereses, mucho menos de lo que habría conseguido sacar papá de haber estado vivo.
Yo había esperado que Sherlock Holmes diera muestras de impaciencia ante aquel relato intrascendente e incoherente, pero vi que, por el contrario, escuchaba con absoluta concentración.
––Esos pequeños ingresos suyos ––preguntó––, ¿proceden del negocio en cuestión?
––Oh, no señor, es algo aparte, un legado de mi tío Ned, el de Auckland. Son valores neozelandeses que rinden un cuatro y medio por ciento. El capital es de dos mil quinientas libras, pero yo sólo puedo cobrar los intereses.
––Eso es sumamente interesante ––dijo Holmes––. Disponiendo de una suma tan elevada como son cien libras al año, más el pico que usted gana, no me cabe duda de que viajará usted mucho y se concederá toda clase de caprichos. En mi opinión, una mujer soltera puede darse la gran vida con unos ingresos de sesenta libras.
––Yo podría vivir con muchísimo menos, señor Holmes, pero comprenderá usted que mientras siga en casa no quiero ser una carga para ellos, así que mientras vivamos juntos son ellos los que administran el dinero. Por supuesto, eso es sólo por el momento. El señor Windibank cobra mis intereses cada trimestre, le da el dinero a mi madre, y yo me las apaño bastante bien con lo que gano escribiendo a máquina. Saco dos peniques por folio, y hay muchos días en que escribo quince o veinte folios.
––Ha expuesto usted su situación con toda claridad ––dijo Holmes––. Le presento a mi amigo el doctor Watson, ante el cual puede usted hablar con tanta libertad como ante mí mismo. Ahora, le ruego que nos explique todo lo referente a su relación con el señor Hosmer Angel.
El rubor se apoderó del rostro de la señorita Sutherland, que empezó a pellizcar nerviosamente el borde de su chaqueta.