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lunes, 15 de junio de 2015

PRENSA. "Las nuevas bibliotecas ya no son iglesias"

   En "El País":

Las nuevas bibliotecas ya no son iglesias

Tres proyectos internacionales revolucionan la gestión de estos centros culturales


Dos jóvenes leen tumbados en la Biblioteca 10, en Helsinki (Finlandia).
En la Biblioteca 10 de Helsinki se puede leer en una hamaca, hacer negocios, coser a máquina, bailar, digitalizar formatos decadentes como casetes y cintas de VHS, tocar la guitarra o echar una siesta. Se puede casi cualquier cosa que jamás habría pensado hacer en una biblioteca. Se puede porque su director, Kari Lämsä, pensó que en el nuevo mundo hay poco espacio para las viejas bibliotecas y mucho para las aventureras: “Tenemos que redefinir el papel que desempeñamos. Tenemos que ayudar a la gente, ser amigables, a veces somos demasiado formales y oficiales. Tenemos que decidir junto a los usuarios que materiales adquirimos y que necesitan. Yo no veo la biblioteca como una sala de estar sino como una cocina, donde cada uno trae ingredientes y cada día sale un menú distinto”. Ellos han dicho definitivamente adiós al almacén de libros.

Países desiguales

Finlandia. Un país de lectores. Tiene unos 5,5 millones de habitantes y una biblioteca pública, al menos, en cada uno de sus 836 municipios. En Helsinki, la capital, residen 600.000 personas, que tienen a su disposición 36 bibliotecas.
Estados Unidos. Hay una red de más de 9.000 bibliotecas públicas —suben hasta 119.000 si se agregan escolares, académicas, militares y gubernamentales— para atender un gigante de 319 millones de habitantes. En California, donde está ubicada San José (un millón de habitantes), se contabilizan 181 bibliotecas públicas. 
Alemania. Con 82 millones de habitantes (en Wuerzburg, localidad bávara, viven 130.000 habitantes), el país tiene 7.875 bibliotecas públicas. 
España. Existen 4.771 bibliotecas públicas (53 estatales, 70 autonómicas y las restantes, municipales) para una población de 46 millones de habitantes.
Lämsä conoce el negocio tradicional: empezó colocando libros en los estantes. Pero lo que ha centrado la atención sobre él es que ha atisbado el futuro. “Teníamos que cambiar la idea de la biblioteca como un espacio pasivo. En lugar de diseñar un espacio para acceder a contenidos, hemos creado un espacio para crear contenidos”, explica poco antes de exponer el modelo de la Biblioteca 10 a medio centenar de bibliotecarios iberoamericanos, que han participado en READIMAGINE, el seminario organizado por Casa del Lector en Matadero, en Madrid, con el respaldo de la Fundación Bill y Melinda Gates, para abordar proyectos de innovación digital relacionados con la lectura y los libros.
El éxito de Lämsä puede medirse: reciben 2.000 usuarios al día en una ciudad con 600.000 habitantes y 36 bibliotecas. La mitad de sus usuarios tienen entre 25 y 35 años. El sueño de cualquier bibliotecario, que observa cómo los grandes lectores que son los niños huyen al crecer. “Es una preocupación de casi todas las bibliotecas, que ven cómo los niños dejan de ir a ellas cuando llegan a la adolescencia”, apunta Luis González, director general adjunto de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez.
Lämsa, sin embargo, ha logrado atraer a esa franja refractaria a un espacio asociado al silencio. Lo que ha demostrado el director es que sólo rechazan el modelo tradicional. “El 75% de los usuarios vienen para otras cosas distintas al préstamo de materiales. Hemos logrado atraer a nuevos perfiles como trabajadores autónomos, artistas o artesanos”.


Un concierto en la Biblioteca 10 de Helsinki.
En esta década de vida han obtenido varios reconocimientos. El definitivo ha sido el espaldarazo del Gobierno de Finlandia, que abrirá en 2018 la nueva Biblioteca Nacional siguiendo su modelo, tras una inversión de cien millones de euros. Kari Lämsä es uno de los 20 bibliotecarios emergentes elegidos por la Fundación Bill y Melinda Gates dentro de su programa de líderes globales. En esa lista exquisita de visionarios que ya han llevado la teoría a la práctica, figuran también la alemana Anja Flicker y Jill Bourne, considerada una de las 100 mujeres más influyentes de Silicon Valley.
Bourne dirige desde 2013 la biblioteca pública de San José, la décima ciudad de Estados Unidos, donde se ubica la famosa tecnópolis. En menos de dos años ha logrado convencer a los políticos para que aumenten los fondos municipales para la institución y a las compañías para que aporten —gratis— su conocimiento. “Las tecnológicas reinvierten en innovación y desarrollo, no se dedican a regalar dinero, pero nosotros tenemos una reputación y una confianza del público que nos da valor añadido”.


Anja Flicker, Jill Bourne y Kari Lämsä, en la Casa del Lector en Madrid. / SAMUEL SÁNCHEZ
Después de que ingenieros de eBay desarrollasen gratis una aplicación para la biblioteca, nuevas corporaciones como Microsoft, PayPal o Google están negociando algún tipo de colaboración. “El reconocimiento de la biblioteca pública es un reconocimiento del valor del conocimiento. Hay que hacer ver a los políticos que son esenciales”, defiende Bourne, que logró que en junio de 2014 se aprobase un impuesto finalista, sufragado por propietarios inmobiliarios, para financiar la biblioteca de San José.
La revolución de Anja Flicker, al frente de la biblioteca pública de Wuerzburg (Alemania) desde 2010, fue de otra índole. Logró que sus 40 empleados, en los que abundaba un perfil de veteranos desinteresados hacia la cultura digital, afrontasen una inmersión paulatina que ha resultado ejemplar. “No podíamos dejar a nadie atrás. Ha sido un proceso duro y lento, pero no tiene marcha atrás. Como bibliotecarios hemos de ser capaces de formar a nuestros usuarios en tecnologías y antes había que preparar al equipo”, contó Flicker, que recurre a un verso de Hilde Domin, una poeta huida del nazismo, para resumir su filosofía: “Puse el pie en el aire, y él me sostenía”.

viernes, 20 de marzo de 2015

PRENSA. "Los destructores de libros". Patricio Pron

Patricio Pron

   En "El País Semanal":

Los destructores de libros

La literatura producida de espaldas a la vida enfurece a los lectores por inútil

A lo largo de los últimos años, 72 bibliotecas públicas han sido incendiadas en los barrios periféricos franceses, los banlieues. La noticia difundida por el periódico Süddeutsche Zeitung resulta inquietante. ¿Por qué ese ensañamiento? La respuesta la da un joven magrebí entrevistado por la publicación: “Las bibliotecas están allí para adormecernos, para que nos quedemos tranquilos leyendo cuentos de hadas. No necesitamos libros: necesitamos trabajo”.
No es necesario decir que la lógica de esa respuesta está viciada: la inexistencia de los libros (o, por el caso, su existencia) no resuelve el problema del desempleo que afecta a la juventud francesa y también a la española. A pesar de ello, merece ser tomada en consideración, ya que pone de manifiesto una idea muy extendida, la de que la lectura se opondría a la vida y constituiría una forma de evasión.
Que la lectura es un modo de profundizar en los asuntos humanos y ayuda a comprenderlos no es un argumento nuevo, pero es soslayado habitualmente en la discusión (nunca cerrada) acerca de para qué sirve la literatura. La relevancia de esta en una vida emocional y políticamente activa puede ser difícil de comprender para quien no ha tenido la oportunidad de acceder a ella, pero es difícil de defender cuando se considera cierto tipo de literatura. Que los escritores contemporáneos no seamos capaces en muchos casos de producir una relevante, que aborde la vida y ayude a su transformación, es una tragedia de la que somos responsables: es la literatura producida de espaldas a la vida, como entretenimiento, la que enfurece a los lectores por inútil, un lujo inapropiado en estos tiempos; son sus autores los biblioclastas.

viernes, 18 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. "Melville y su chimenea", por Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas

   En "El País":
Melville y su chimenea

Enrique Vila-Matas 17 ABR 2012

   Tras su muerte, dejó esposa, hijos, nietos, ninguna aventura fuera del matrimonio, ninguna carta de amor. A lo que con más intensidad dedicó Herman Melville su vida fue a viajar, huir, escribir, escribir y escribir, incluso durante el último periodo, conocido como la retirada de Melville (Melville’s withdrawal). Tiene mucha fama su relato Bartleby el escribiente, pero hay otro que nada tiene que envidiarle: Yo y mi chimenea (Barataria), buena traducción de Adrià Edo. En ese cuento tenemos a un viejo granjero, aficionado a fumar en pipa ante la descomunal y desproporcionada chimenea de su casa, y poco amigo de los cambios y de las modernidades. Su mujer, hijos y vecindario le acosan para que derribe la inmensa chimenea y remodele la casa con un sentido práctico y económico. Pero él no está por la labor: “A partir de esta habitual primacía de mi chimenea sobre mí, algunos incluso piensan que he entrado en un triste camino de retroceso; en resumen, que de tanto permanecer detrás de mi antigua chimenea, me he acostumbrado a situarme también por detrás de la actualidad, y que debo de andar atrasado en todo lo demás”.
   Supuestamente anticuado, se opone a la destrucción de lo más esencial de su finca, porque para él sin ese gran fuego la casa perdería su espíritu. Al final del relato, le veremos montando guardia ante su vieja chimenea cubierta de musgo: “Porque eso es algo decidido entre yo y mi chimenea: que yo y ella nunca nos rendiremos”.
   Para cuantos se sienten desconcertados ante quienes día tras día se obstinan en repetir y repetir que no cuajan entre nosotros los e-books pero ya lo harán y nos cuentan que las ventas de libros electrónicos tarde o temprano generarán miles de millones de dólares al año, el fuego del hogar del cuento de Melville tiene una carga metafórica muy actual y, es más, abre un frente de guerra contra los que trabajan para el derribo de las viejas chimeneas del espíritu.
   Así que Yo y mi biblioteca podría ser también buen título para este artículo. Y que nadie se extrañe ahora si digo que, a pesar de tanta promoción del rancio kindle, algo en el ambiente está pidiendo que nos decidamos de una vez por todas a apoyar a los viejos granjeros que fuman en pipa al calor de las historias que inventa el fuego: historias como Yo y mi chimenea, escrita por su autor en una atmósfera de desaliento parecida a la que actualmente sobrellevamos, sólo que en este caso el desánimo que padecía Melville hacia 1855 —comenzó a escribir su relato poco después de que le recomendaran acudir a un psiquiatra— desembocó en un repentino quiebro a la resignación y a la fatalidad y en un guiño al humor, presente hasta en el título. Hoy sabemos que le sobraban los motivos para el desaliento. Porque entre otras cosas ¿cómo comprender que historias como Bartleby, Billy Budd, Benito Cereno y, sobre todo, Moby Dick, pasaran inadvertidas cuando no rechazadas por el público y la crítica de la época?
   En contrapartida, Yo y mi chimenea resurge ahora con fuerza, a modo de inesperado símbolo de la resistencia de los que deseamos seguir creyendo en un trastorno lampedusiano del mundo del libro. Porque a veces algunos aún confiamos en que todo esté cambiando para que a la larga las cosas vuelvan más o menos al punto de partida y un día ese potente invento de la humanidad que es el libro impreso sea valorado como merece y regrese al centro de la escena. Nunca nos vamos a rendir. Con nuestras bibliotecas nunca podrán. Por eso en ocasiones aún se nos ve situarnos “detrás de la actualidad” y, en medio de la sombría indiferencia del entorno, oponernos con una suave sonrisa a la revolución del libro electrónico, plantar cara a la “tremenda necesidad de mejoras”, ese eufemismo con el que el retrógrado granjero comenta la destrucción que acecha al centro de su mundo.

miércoles, 12 de junio de 2013

PRENSA. "Las bibliotecas no pierden comba social". Reportaje

Biblioteca popular Josep Pons, de Barcelona. / GIANLUCA BATTISTA ("El país")

   En "El País":

Las bibliotecas no pierden comba social

Nacidas para democratizar la cultura, se vuelcan con el desempleo y los vecinos luchan por ellas

 Madrid 10 JUN 2013

Las bibliotecas no se libran del calvario de la crisis: las 56 del Ministerio de Cultura tienen cero euros para comprar libros con un 60% menos de presupuesto; los horarios de muchas se han acortado, con gran perjuicio en las universitarias; el 40% de las escolares no tienen Internet o han cerrado algunas de pueblos. Pero como leer es un derecho y para muchos la manifestación más universal de libertad, la ciudadanía no está dispuesta a dejarlas caer. Se han convertido, gracias al voluntariado y la labor de unos bibliotecarios vocacionales, no solo en un centro de lectura, sino un lugar donde buscar trabajo, hacer los deberes con ayuda o aprender inglés. Allí donde faltan bibliotecas las abren los vecinos o los padres llenan las estanterías vacías en la de la escuela de sus hijos de nueva construcción y sin dotación. Mientras que partidos políticos y movimientos sociales —como el 15-M— han empezado también a recolectar libros como una de sus principales actividades.

En Finlandia le prestan la máquina de coser

El ejemplo de multiusos más extremo es el de las bibliotecas finlandesas. Allí uno puede digitalizar sus LP y casetes, pedir prestada una máquina de coser o asistir a actividades al aire libre. Ya en el siglo XIX esta institución adoptó el lema Por una ciudadanía civilizada. Finlandia, el séptimo país más grande de Europa y con apenas 5,3 millones de habitantes, está muy concienciado de la necesidad de garantizar las mismas oportunidades de cultivarse cultural y literariamente a la población rural, y las bibliotecas son su arma.
Así, la biblioteca municipal de Helsinki puso en marcha en las gasolineras el servicio de información por Internet Pregunta lo que quieras. Los vecinos plantean cuestiones y en el plazo de dos semanas reciben la contestación de los bibliotecarios en finés, sueco o inglés, a elegir. O en la de Espoo, al oeste de la capital, un terapeuta atiende a niños con problemas de lectura.
Según el último informe de las pruebas de evaluación PISA sobre educación, Finlandia es el país número uno en Europa y el éxito se debe, entre otros motivos, a que encajan tres estructuras: la familia, la escuela y los recursos socioculturales. De estas familias, el 80% va a las bibliotecas los fines de semana.
“En los últimos años, las Administraciones autonómicas en España han hecho un gran esfuerzo por dotar las bibliotecas y promocionar la lectura. Sin embargo, no se han preocupado por las escolares. Estamos a la cola de Europa cuando la pasión por leer prende en la infancia. Es más complicado luego”, afirma Javier Cortés, presidente de la Federación de Gremios de Editores de España. “El gasto de las Administraciones es nulo. Y no depende del color. Lo mismo en Madrid que en Andalucía. Por eso las editoriales miran hacia América Latina”.
Maestros y Alumnos Solidarios (Grupo 2013) sorprende a sus propios gestores. Nació para proporcionar becas escolares en países en vías de desarrollo. Pasaron a levantar allí bibliotecas y hoy centran parte de sus esfuerzos en Madrid. Unos 60 docentes imparten clases a 400 niños desfavorecidos de cuatro colegios y dos institutos de la capital. Catalina Benavides es la coordinadora de su último proyecto, la librería Libros Libres, que arranca tanto entusiasmo que ya tiene hermanas pequeñas dentro de dos librerías de Córdoba y Linares (Jaén) pese a haberse inaugurado apenas el pasado septiembre. Cualquiera puede llevarse y regalar libros. Cuentan con 1.400 socios que abonan 12 euros anuales para sostenerlo. “Venían con maletas para llenarlas de libros y venderlos. No lo juzgo. La gente lo está pasando muy mal. Ahora dejamos llevar lo que les quepa en los brazos”.
El trasiego de libros es tal que no se catalogan. Administrar ese ingente volumen es un delirio. Infantiles en inglés para Nepal, juveniles para un instituto en Méntrida (Toledo), una biblioteca para una residencia de ancianos en Ciudad Real… Ciudadanos de un puñado de localidades han mostrado su interés en montar nuevas librerías gratuitas. Un proyecto parecido se ha gestado en Málaga.
“La biblioteca tiene que estar activa. No puede servir solo para estudiar. Tiene que transformarse constantemente, no perder la comba social”. Sobre esta idea gira todo el proyecto bibliotecario de Carlos García-Romeral, hasta hace unas semanas al frente de las bibliotecas públicas de la Comunidad de Madrid y ahora con un proyecto más pequeño pero igual de ilusionante en sus manos: la biblioteca del obrero y combativo distrito de Vallecas.
Estos centros públicos se han convertido en un lugar de búsqueda de empleo y de incentivo del emprendimiento. “No hay que olvidar que nacieron con la sociedad industrializada para equilibrar las diferencias entre clases sociales y hoy para romper la brecha digital”, razona García-Romeral. Hay que ir mutando. En 2005 en Madrid empezaron a impartir clases de español y de lectura fácil y hoy se familiariza a los usuarios con las nuevas tecnologías. Muchos no disponen de ordenador o Internet y allí renuevan la prestación del desempleo de forma telemática, aprenden a hacer su currículum o a manejarse en inglés.
“En realidad siempre nos hemos preocupado por el empleo. Colgábamos en el corcho los boletines con las convocatorias de becas, oposiciones... Y luego se empezó a completar con información de talleres...”, recuerda García-Romeral. “Ahora estamos en la sociedad de las nuevas tecnologías y hay que hacer algo nuevo”.
“No hay ninguna institución que te dé el calor y la proximidad de una biblioteca. No sé cómo será el futuro. La gente se descargará desde casa los libros, pero seguirá habiendo una necesidad de encontrarse, de escuchar historias, y las bibliotecas son el escenario ideal”, piensa optimista Blanca Calvo, directora de la Biblioteca Pública de Guadalajara. “De encontrarse en los estantes de astronomía y ponerse a charlar surgió una asociación, y lo mismo ocurrió con los cómics. O un señor de un club de lectura murió de cáncer y sus compañeros no le dejaron solo en sus últimos días”.
El cobijo de un papá Estado lastrado por la crisis es cada vez menor y son muchos los vecinos convencidos de que “no queda otra” que la autogestión. Durante años, las Administraciones invirtieron en equipamientos sociales que ahora a duras penas pueden mantener y proponer un proyecto nuevo da casi risa. Por eso cada vez más ciudadanos se involucran de forma voluntaria en tareas que hasta ahora cubrían los servicios públicos.
La Federación de Gremios de Editores de España calcula que el 30,1% de la población ha acudido en 2012 a estos servicios de biblioteca, dos puntos porcentuales más que en 2011. El 87,9% de los entrevistados que acudieron a una biblioteca lo hicieron a una pública, el 16,1% a una universitaria, y solo el 3,7% a una escolar.
Los recortes preocupan a sus profesionales. María Teresa Sans, bibliotecaria en un pueblo de Castilla-La Mancha, alertaba en una carta en EL PAÍS: “Resulta demoledoramente triste comprobar cómo el trabajo y la ilusión de tantas personas pueden desmoronarse después de más de 20 años en los que se ha ido creando, en esta comunidad eminentemente rural, una red de bibliotecas profesionalizada frente a bajos índices de lectura, envejecimiento poblacional, dispersión geográfica o desidia cultural”.
Luis Cotarelo no entiende cómo actúa de portavoz de la biblioteca Las Palomas, ocupada por los vecinos del barrio del Zaidín (Granada) porque la mayoría son mujeres. “Abuelas que lucharon con éxito porque la reabrieran dos veces hace 30 años, sus hijas que disfrutaron de la biblioteca y sus nietas”, cuenta. En la primavera de 2011, el Ayuntamiento decidió cerrarla argumentando que el barrio tenía una nueva biblioteca. “Es verdad, con los fondos de ZP y para universitarios, pero la nuestra está en un sitio deprimido y las señoras mayores y los chicos sin recursos, que consideran suya Las Palomas, no se van a desplazar tres kilómetros para ir a la otra. Por eso cundió tanta indignación y nos movilizamos”. Sin aviso se clausuró y el recuerdo es “traumático” por la actuación de los antidisturbios locales cuando una sentada de vecinos intento impedir que se llevaran los libros a un almacén. “El dinero que se ahorren lo pueden invertir en la restauración de ese monumento a la Falange que no les da la gana retirar, quizás por sus valores estéticos”, se indignó Antonio Muñoz Molina en su blog.
Protestaron durante 15 meses y su reunión con el Ayuntamiento fracasó, así que se convirtieron en okupas en diciembre tras recoger 10.000 libros. El consistorio va a devolver a la Junta de Andalucía el edificio y en ello se escuda para no dar su versión. El Gobierno autónómico, que reconoce la necesidad de dos bibliotecas en el Zaidín, con 44.000 vecinos, dice: “No tenemos ningún interés en que se devuelva un edificio vacío. Hoy sigue siendo necesario”. Y baraja “la posibilidad de contar con la colaboración de otras entidades e instituciones dispuestas a apoyar esta iniciativa ciudadana”.
Las Palomas funciona gracias al tesón de 50 voluntarios fijos y un centenar eventual. “Pero no queremos resolver la papeleta a nadie. Queremos que se haga cargo la Administración”, advierte Cotarelo. Este reemplazo de los funcionarios por voluntarios preocupa mucho a Clavo que se felicita de que “en Guadalajara han entendido que la biblioteca está para las vacas gordas y para las flacas”. Este año no cuentan con presupuesto para libros —en 2007 disponían de 150.000 euros— y son los propios vecinos los que están sufragando la compra de nuevos fondos. Los mismos que gestionan un taller de deberes para 120 niños, actúan de cuentacuentos o montan un curso de cine para 100 personas.

“No hay ninguna institución que te dé tanto calor”, dice una directora
El proyecto de las naves de Can Batlló lleva fraguándose a fuego lento desde hace 30 años en La Bordeta, un barrio barcelonés de industrias textiles en reconversión. La Biblioteca Popular Josep Pons, gestionada por sus reivindicativos vecinos, se inauguró en septiembre con 12.000 libros, un bar y un pequeño auditorio. “Muchas son donaciones particulares, pero también heredamos de un señor sus 1.000 volúmenes y de una parroquia 2.000”, cuentan al unísono Josep Rius y Anna Barnés, dos de los 30 voluntarios que se turnan para gestionar el centro. El Ayuntamiento de Barcelona paga la luz y el agua. “Nos organizamos para la limpieza, la catalogación, la recepción, los préstamos… Somos libres. Cuando el Estado y los bancos te dan de lado, no queda otra que tomar las riendas”. La Josep Pons se ha convertido a través de la Red en un referente para otras bibliotecas sociales más pequeñas de Barcelona. “Muchos ateneos literarios tienen tradicionalmente sus pequeñas bibliotecas, pues entienden que la lucha no tiene que ser solo cultural, también social”.
Can Batlló funciona de forma autónoma, pero en diez de las bibliotecas públicas de Barcelona —dos más que hace un año— los usuarios aprenden a elaborar su currículum vitae, a enfrentarse a una entrevista, a manejar el ratón o a tratar imágenes digitales. “Es más fácil ir a una biblioteca a buscar trabajo que a una oficina de empleo porque no está estigmatizado. Pero no somos una oficina de empleo, ni somos consejeros laborales, somos proveedores de información y de recursos útiles para la búsqueda. Tener buena información es crucial para tomar decisiones sobre tu vida”, expuso hace poco en este diario el estadounidense Kerwin Pilgrim.
Este bibliotecario estableció en la Biblioteca Pública de Brooklyn (Nueva York) un programa para atraer a jóvenes, durante el ocioso verano, a la biblioteca con el anzuelo de las nuevas tecnologías. Visto el éxito, Pilgrim ha puesto en marcha un programa PowerUp! del que se han beneficiado 3.000 personas. Los usuarios son puestos en contacto con los servicios de empleo, asisten a charlas y reciben formación. Más de una treintena de empresas se ha formado tras estos encuentros. Él apuesta por el trato personalizado y está convencido de que las bibliotecas “ayudan a construir personas”.

Se visitan más que nunca y los usuarios las valoran con un notable
Hace tres años los 12.000 vecinos de Playa Blanca, una pedanía de Yaiza (Lanzarote) que no para de crecer, fueron invitados a explicar en un foro de Internet qué echaban de menos. Y muchos subrayaron lo mismo: una biblioteca. “Siempre las he visitado. Incluso en vacaciones. Allí me leía los tintines o los astérix y me gustaría que mi hija tenga dónde reunirse con sus amigos. Que no todo sea la playa o un bar”, razona Javier Caídas, un asturiano que reside en la isla desde hace 17 años. Así que, junto a cuatro vecinos, se propuso almacenar libros, el primer paso para que su anhelo tomase forma. Marcaron varios puntos de recogida de ejemplares por toda la isla, organizaron cinco festivales, promocionaron su proyecto donde les dejaron hablar y, oh sorpresa, coincidiendo con las elecciones todos los partidos de Yaiza decidieron llevar la biblioteca en su programa electoral.
El empeño de estos vecinos no ha sido en balde y 750 socios disfrutan hoy de los 4.500 volúmenes de la biblioteca Playa Blanca, instalada en un antiguo colegio. Ya ha cumplido su primer año abierta y lo han celebrado con un concurso literario. “Hemos empezado a regalar a otros centros porque no tenemos librerías suficientes para tanto libro”, cuenta Caídas. Algunos llegaron de la península, de editoriales o incluso de escritores solidarios como Arturo Pérez-Reverte y Alberto Vázquez- Figueroa. “Somos un equipo de gobierno nuevo y siempre tuvimos claro que era una necesidad para los vecinos. Hay todo lo necesario y, aunque nos gustaría más, hay que adaptarse a estos tiempos”, explica el concejal Francisco Guzmán.
Oasis en medio de un panorama desolador, cuando las bibliotecas se necesitan y se visitan más que nunca.