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sábado, 12 de marzo de 2016

PRENSA. "La peste llegó a Europa en oleadas desde Asia empujada por el clima"

   En "El País":
HISTORIA

La peste llegó a Europa en oleadas desde Asia empujada por el clima

Cambios climáticos en las estepas llevaron las sucesivas plagas por las rutas comerciales hasta el continente europeo, según un estudio


La peste asoló la Europa medieval como ilustra esta imagen de una edición del Decamerón de Boccaccio de la plaga en Florencia. / WELLCOME LIBRARY

Ni la peor de las guerras ha matado a tanta gente como la peste. Solo entre 1346 y 1453, acabó con la mitad de la población de Europa y en los reinos hispánicos la mortandad superó el 70%. Aunque los científicos siempre han mantenido que aquel primer brote vino de Asia, no tenían claro el origen de las sucesivas epidemias que, hasta el siglo XIX, castigaron a los europeos. Un estudio relaciona ahora las variaciones climáticas en las estepas asiáticas con la llegada en oleadas de la muerte negra al continente europeo.
El enfoque del investigador de la Universidad de Oslo (Noruega), Nils Stenseth, principal autor del estudio es original. No rastrea la peste ni en la historia ni el análisis genético de los restos de apestados, lo lee en los árboles. Los autores del trabajo recopilaron información sobre 7.700 brotes de la enfermedad desde la original peste negra y hasta el siglo XIX.
Tal y como explican en la revista PNAS, tras descartar las infecciones secundarias de una ciudad a otra, localizaron 24 brotes originales. En ocho de ellos, todo empezó en una ciudad portuaria, como Marsella o Dubrovnik, lo que daría fuerza a la tesis del origen asiático y al papel de las ratas en la transmisión de la enfermedad.
Para los 16 restantes, los investigadores analizaron los anillos de los árboles de la zona. Usando lo que se conoce como dendroclimatología, los autores del estudio midieron las variaciones climáticas en las zonas donde se produjeron los brotes originales estudiando el clima en coníferas en un radio de 500 kilómetros de distancia del foco. Por los anillos de los árboles se puede inferir el tiempo que hizo cada año.

Los anillos de los árboles revelan alteraciones climáticas que afectaron a los reservorios naturales de la peste
El punto de partida de estos ecólogos es el efecto Moran: dos especies donde una parasita a la otra o mantienen una relación simbiótica comparten casi el mismo destino. Si varía la densidad de una, lo hace en paralelo la de la otra. Afectados por las condiciones ambientales, esto es lo que habría pasado con los roedores silvestres portadores de la peste y sus parásitos, las pulgas, vector de la enfermedad.
"Un clima más cálido provoca que la población de roedores aumente y su densidad supere un determinado umbral necesario para que surja un brote de peste", dice Stenseth. "También es la situación óptima para que las pulgas se conviertan en el vector que contagie la bacteria de un individuo a otro", añade.
Los resultados de su trabajo no encontraron relación entre los brotes de peste en las ciudades europeas y ninguno de los 15 registros dendroclimatológicos cercanos salvo en uno. Se trata de las oscilaciones térmicas grabadas en los troncos de juníperos de la cordillera del Karakorum, en Asia Central. "Este indicador climático abarca una gran parte de Asia central y el norte de China. No podemos ser más específicos sobre el origen", aclara el investigador noruego. De hecho, añade, "las diferentes reintroducciones podrían haberse originado en diferentes partes de esta gran área".


El mapa muestra el viaje de la peste desde su origen natural (en rojo) hasta Europa. En gris, las ciudades con brotes originales. / STENSETH ET AL/PNAS
Sus conclusiones contradicen la idea generalmente aceptada por los científicos de que la peste de 1346 vino para quedarse. Los historiadores han señalado tradicionalmente que aquel brote lo llevaron los mongoles al asedio de Caffa (actual Feodosia), a orillas del mar Negro. La ciudad era entonces punto final de la Ruta de la Seda y embarque para las mercancías asiáticas con destino a las ciudades europeas. Para vencer la plaza, usaron cadáveres infectados. En su huida, los comerciantes y marinos llevaron la peste a los puertos italianos y de ahí al resto de Europa.
Eso explicaría el origen de la pandemia, pero no los sucesivos brotes de hasta bien entrado el siglo XIX, fecha en la que la peste desapareció de Europa. Hasta ahora se ha creído que las ratas urbanas y otros roedores silvestres europeos habrían servido como reservorio de la enfermedad y causado los posteriores brotes. Sin embargo, este trabajo revela una estrecha relación entre el clima en Asia central y cada gran brote de la enfermedad.

El historiador Ole Benedictow rechaza el origen asiático de los sucesivos brotes
El reservorio natural de la bacteria que causa la peste (Yersinia pestis) son varias especies de roedores silvestres de Asia Central. Por mecanismos poco claros, la infección llegaría hasta los humanos por medio de pulgas como vectores. El nexo de unión entre ambos extremos habría sido la rata negra (Rattus rattus), que comparte ecosistema con los humanos. Pero tanto el salto del medio natural al urbano como el papel de las ratas aún son discutidos.
Si las conclusiones del equipo de Stenseth son confirmadas por nuevos estudios filogenéticos de la bacteria en restos humanos de los distintos brotes, el relato de la historia de la peste debería ser como el que estos investigadores cuentan en sus conclusiones: Un repentino e intenso cambio en las condiciones climáticas en las estepas obligaría a las pulgas portadoras a buscar nuevos huéspedes. Sin descartar a las ratas o a los humanos, los investigadores sugieren otra víctima, los camellos. Claves en las rutas comerciales que atravesaban el foco original, las caravanas con los animales infectados se reunían en los caravasares, convirtiendo estas paradas en multiplicadores de la enfermedad. Desde allí, la peste llegaba a los puertos del mar Negro o el Mediterráneo.
El trabajo del grupo de Stenseth incluso estima la velocidad de propagación de la peste. Comprobaron que hay una relación temporal entre una alteración climática y la llegada de un brote. Desde su registro en los anillos de los juníperos del Karakorum hasta la llegada a Europa, la infección tarda unos 15 años. El brote salta de su entorno natural en uno o dos años. Otros 10 o 12 es lo que tarda en viajar por las estepas por las rutas comerciales, unos 4.000 kilómetros desde las montañas de Asia central hasta las costas del mar Negro. Y en solo tres, castiga el extremo occidental de Europa. 

Solo una teoría más sobre la peste

Sin embargo, la tesis de Stenseth sobre la peste es, para un destacado historiador de la enfermedad una idea sugerente pero sin base histórica. El profesor emérito de Historia Ole J. Benedictow, de la misma universidad que Stenseth, niega que los sucesivos brotes de peste fueran reintroducciones desde Asia.
"Desde hace tiempo, hay acuerdo entre los historiadores de la peste sobre la continua presencia de brotes de la plaga en Europa durante la segunda pandemia, 1346-1722", recuerda Benedictow, autor de La Peste Negra, 1346-1353, una de las obras claves en la historia de esta enfermedad. También comenta que lo mismo sucedió con la primera pandemia, la plaga de Justiniano, en 541. Y no solo en Europa. Otros historiadores ya mostraron que en grandes zonas del norte de África la peste ha circulado entre los roedores durante siglos, "como sabemos por la famosa novela de Camus", dice el historiador noruego
Pero Benedictow golpea la línea de flotación de la teoría del origen asiático reincidente de la peste recordando un hecho clave en la historia: Dado que la Ruta de la Seda fue cerrada por los mongoles décadas antes del brote de la muerte negra iniciado en Caffa, bloqueo que se mantuvo durante siglos, "las recurrentes epidemias no pudieron ser reintroducciones".

lunes, 20 de octubre de 2014

PRENSA. "Maneras de retratarse". Elvira Lindo

Elvira Lindo

   En "El País":

Maneras de retratarse

Los países tiemblan por un virus que mata menos que nuestro propio estilo de vida

Voy al médico y, cómo no, hablamos del tema, del asunto que ha plagado las conversaciones de las dos últimas semanas, de las cuales puede extraerse una esencia de lo que es el ser humano en su mejor y en su peor versión. El médico tiene ese lenguaje corporal generoso de algunos facultativos, esa expresividad que te hace confiar en sus consejos, que son, por resumir, descanso, hidratación y unas cuantas respiraciones hondas. Me voy de allí sin una sola receta farmacológica, pero con grandes dosis de humanidad. El hombre de la bata blanca trae a colación un odioso refrán español que viene muy a cuento, “Por la caridad entra la peste”, un consejo nacido en aquellos años del siglo XIV en que Europa vio diezmada su población por el temido mal y que, dicho hoy día, supone una prevención contra la generosidad. Al fin y al cabo, en aquellos tiempos los seres humanos no tenían otra manera de protegerse que apartando y excluyendo al enfermo.
Pero hoy, ricos como somos en recursos y obsesionados como estamos en los países occidentales por tener la misma muerte bajo control, suena a mezquindad. Aunque según el caso se podrían añadir adjetivos al sustantivo: racista, clasista, cruel o, simplemente, egoísta. Es en ocasiones como estas en las que el ser humano se retrata. El que tiene responsabilidad política o social, pero también el de a pie, aquel que dejando caer su opinión entre amigos contribuye al aire que se respira.

Las organizaciones avisan de que debemos mandar ya médicos. “Solo nos acordamos de África cuando truena”
Hablo con este hombretón embatado que se dedica a aliviar los males de sus pacientes y me dice: “Pues si por la caridad entra la peste, ¡que entre!”. Eso, que entre. Podemos disfrutar de medidas de higiene, médicas, de control, envolver a nuestros enfermos en una nube de médicos, pero la vida, en su delicia o en su pesadilla, se cuela siempre. Nuestra piel no es impermeable. Recuerdo mi viaje a Etiopía hace 12 años, uno de esos episodios que te cambian la vida. Recuerdo visitar, entre otros muchos centros llevados con heroicidad civil por cooperantes (religiosos o no, tanto da), una pequeña comunidad de niños estigmatizados por el sida. No porque ellos lo padecieran, sino porque sus padres habían muerto por el virus. Recuerdo verlos llegar de la mano de sus abuelos: niños serios, intocados por su comunidad, niños enfermos de estigma, niños que se mantenían a distancia de nosotros, por tener muy clara ya en su tierna conciencia la idea de que eran apestados sociales. Hay imágenes que no se borran, esta es una: los niños volviéndose en la oscuridad de la noche hacia sus casas, felices aún por haber asistido a la magia del dibujo que desplegó el dibujante Urberuaga en una pizarra y del cuento con el que yo acompañaba las imágenes y que era traducido para sus oídos por un etíope cubano. La infancia y su capacidad de resiliencia, esa asombrosa plasticidad de su cerebro que permite a las criaturas sobreponerse al menos por un día a una existencia injusta.
En torno a los olvidados de la tierra estaban Médicos Sin Fronteras, Intermón Oxfam o las escuelas de los misioneros, como aquella ejemplar que lideraba y lidera la madre Nieves. Nosotros volvimos a España con aquel precioso recuerdo, imborrable desde el momento en el que las enfermedades y la pobreza que asuelan la tierra africana se presentan de tanto en tanto en las noticias y te devuelven aquellos días, pero volvimos a los lujos domésticos, a la ausencia de mosquitos asesinos, a la limpieza, a la maravilla del agua corriente, a la extrema comodidad en la que tan poco se repara y a la que nos acostumbramos de inmediato, dándola por supuesta o pensándonos merecedores de ella.

Hay personas que piensan que la piedad o la misericordia son sentimientos exclusivos de la fe cristiana
Todo el mundo se retrata: un responsable político tan cutre como para acusar a una enfermera de poner a la población en riesgo; una ministra con cara de susto incapaz de manejar una situación para la que debería estar suficientemente preparada; otro político que por hacer oposición pone en duda una repatriación que constituye el derecho de cualquier ciudadano y de la que no dudan los profesionales médicos, o la actitud de tantos de nosotros cuando nos da por pensar que nuestra vida, por el hecho de vivirla en el primer mundo, ha de estar exenta de acontecimientos incontrolables. Ay, por la caridad entra la peste. Maldita sea, hay personas que piensan que la piedad, la compasión o la misericordia son sentimientos exclusivos de la fe cristiana y que los demás hacemos muy bien en vernos exentos de semejantes obligaciones morales.
Hay un chiste americano que ronda estos días en una página de científicos: un tío gordo comiendo hamburguesas, fumando y bebiendo. En cada uno de esos productos viene el número de muertos que se producen en EE UU al año por su abuso, pero de la mente del individuo surge un pensamiento que le aterroriza: “¡¡¡Ébola!!!”. Pues eso. De pronto, los países tiemblan por un virus que mata menos que nuestro propio estilo de vida. Mientras, el dinero que nuestro Gobierno dedica a África es irrisorio. Las organizaciones de cooperación nos avisan de que si queremos detener esta fiebre, debemos mandar ya médicos y enfermeras. Con la lógica promesa de que podrán ser repatriados si se ponen enfermos. Pero hay otro refrán, este más reciente, que reza: “Solo nos acordamos de África cuando truena”. 

lunes, 13 de octubre de 2014

PRENSA. "Fleming tenía razón"

   En "Elpais.es":

Fleming tenía razón

La proliferación de bacterias resistentes a los antibióticos amenaza los avances en salud

El primer informe mundial de la OMS las detecta en todos los países


Bacterias resistentes a los antibióticos. / GETTY
“Existe el peligro de que un hombre ignorante pueda fácilmente aplicarse una dosis insuficiente de antibiótico, y, al exponer a los microbios a una cantidad no letal del medicamento, los haga resistentes”. Aquella profecía que lanzó Alexander Fleming en 1945, en su discurso al recibir el Premio Nobel por el descubrimiento de la penicilina, se ha cumplido. No es que haya habido un hombre ignorante. Han sido millones de hombres y mujeres los que, al medicarse mal cuando tenían una infección, han facilitado que las bacterias y otros microorganismos adquieran resistencias. Y la carrera evolutiva —bacterias que mutan para sobrevivir al antibiótico contra seres humanos que desarrollan nuevos fármacos para actuar contra los nuevos patógenos— ha llegado a un punto que ha llevado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a emitir una alerta. El llamamiento es claro: “Si no tomamos medidas importantes para mejorar la prevención de las infecciones y no cambiamos nuestra forma de producir, prescribir y utilizar los antibióticos, el mundo sufrirá una pérdida progresiva de estos bienes de salud pública mundial cuyas repercusiones serán devastadoras”, ha dicho Keiji Fukuda, subdirector general de la OMS para Seguridad Sanitaria. “Los datos son muy preocupantes y demuestran la existencia de resistencia a los antibióticos, especialmente a los utilizados como último recurso, en todas las regiones del mundo”, indica la OMS.


Alexander Fleming, descubridor de la penicilina.
El problema de las resistencias no es nuevo, pero la OMS ha intentado, por primera vez, ponerle cifras. Para ello ha pedido a los 194 países que son miembros de la organización que le envíen los datos más recientes que tienen. Y ahí ha surgido el primer problema: solo 114 tenían información acerca de alguna de las siete bacterias sobre las que se les preguntó, y nada hace más difícil tratar un problema que no saber su extensión. Aun así, son muchos los países que han contestado, y la conclusión es clara: las formas más resistentes —las peores— están ya en todo el mundo.
“Estamos en un momento de transición. El problema de las resistencias empieza a trascender el ámbito sanitario”, ha dicho Fukuda. “Pero el problema es mundial. Lógicamente varía de regíón a región y según la enfermedad, y va a afectar más a los países en desarrollo o más pobres”, añadió. Otra organización especializada en atención sanitaria, Médicos sin Fronteras (MSF), resalta el impacto en los más pobres: “Asistimos a tasas terribles de resistencia a los antibióticos dondequiera que miramos, desde los niños y niñas ingresados en nuestros centros nutricionales en Níger a los pacientes de nuestras unidades de cirugía y trauma en Jordania”, señala Jennifer Cohn, directora médica de la Campaña de Acceso a Medicamentos Esenciales de MSF.
Tampoco los pacientes son todos iguales. Los inmunodeprimidos, los bebés prematuros o los niños malnutridos son más susceptibles ante estos problemas. En ellos, por ejemplo, una diarrea, que normalmente es autocontenida (la supera el paciente por sí solo) puede ser incluso mortal, ha dicho Carmem Pessoa, de la unidad de Resistencias Antimicrobianas de la OMS.
Josep Maria Cots, de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria, añade otro factor de variabilidad. “No es lo mismo los microorganismos del ámbito hospitalario que los de la comunidad. De los primeros hay menos casos pero son más graves; de los segundos es al revés. Y, en España, en los de la comunidad hemos mejorado”, afirma.
El ejemplo más claro de la proliferación de los microorganismos resistentes en los últimos años puede ser la bacteria Klebsiella pneumoniae resistente a los carbapenémicos, una de las más nuevas familias de antibióticos. Estas superbacterias se detectaron hace poco más de 10 años en las UCI de EE UU. Su propagación ha sido imparable. En el informe de la OMS, que se ha hecho público ayer, 80 países han notificado casos. Y en proporciones que no son despreciables.
Por centrarse en la región europea, el 68,2% de las personas infectadas por klebsiella en Grecia ya presentaban esta resistencia; en Georgia, el porcentaje es del 57,1%. En España, afortunadamente, la tasa es del 0,3%, aunque hay hospitales madrileños, entre otros, que han reportado brotes que no consiguen erradicar desde hace meses. Tanto, que la Comunidad de Madrid ha puesto en marcha un plan específico para intentar su control.
Afortunadamente para la población general, esta bacteria es propia de sistemas hospitalarios, y no suele aparecer en el exterior (la comunidad que decía Cots). Pero para los afectados, todavía pocos, es un importante problema ya que causan infecciones para las que casi no quedan alternativas. Suelen ser graves, en personas ya debilitadas, y aparecen neumonías (como su nombre indica) y bacteremias o infecciones generalizadas. Además, se transmiten fácilmente, indica la OMS.
Los siete grupos de bacterias-resistencia elegidos por la OMS para este primer estudio mundial podrían considerarse “patógenos centinelas”, indica Rafael Cantón, vicepresidente de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología (Seimc). “Se podrían haber elegido otras, pero estas hacen evidente que están en todas partes”, dice.
En concreto, aparte de la Klebsiella pneumoniae resistente a los carbapenémicos, se ha preguntado por las klebsiellas resistentes a cefalosporinas, las Escherichia coli resistentes a cefalosporinas y fluoroquinolonas, el Staphylococcus aureus resistente a la meticilina (la famosa MERS), y, dentro de las bacterias que no son propias de entornos hospitalarios, el estreptococo neumónico resistente a penicilina, la salmonela y la Shigella resistentes a fluoroquinolonas y la Neisseria gonorrhea resistente a la cefalosporina. Como se ve, un combinado capaz de preocupar al menos aprensivo.
Como un añadido, el informe recoge otras cuatro infecciones en las que las resistencias también son un problema: tuberculosis (3,6% de casos no responden al tratamiento estándar; un porcentaje que sube al 20,2% entre quienes ya la han pasado con anterioridad); y tres no bacterianas: VIH (entre el 10% y el 17% de los nuevos infectados presentan un virus insensible a alguno de los antivirales existentes); malaria (con focos de resistencia a la artemisinina, la medicación estándar), y gripe (con variantes, como la llamada A, que ya no responden a una de las dos familias de fármacos existentes). También se menciona un hongo, el Candida albicans, que coloniza la boca y la garganta de personas bajas de defensas (causa la candidiasis que afectaba a personas con sida en los noventa) y que tiene un tratamiento largo, costoso, y al que ha empezado a hacerse resistente.
Traducidas a enfermedades, estos patógenos son suficientes para infectar sistema digestivo, urinario, vías, sondas, sistemas de respiración asistida, sangre, pulmones y cualquier herida superficial. Y de causar muertes, prolongar las estancias hospitalarias o acortar los años de vida saludables —la medida favorita de la OMS—. Por ejemplo, solo a la gonorrea se le atribuyen la pérdida de 440.000 años de vida saludable. Ello sin contar con otros problemas asociados, como la infertilidad, ha señalado Fukuda. Y son muchos más los debidos a diarreas producidas por la Escherichia coli y salmonela.
Cantón coincide en el diagnóstico de la gravedad del problema: “Nos podríamos quedar sin alternativas”, afirma. Sería como si el mundo diera un salto para atrás en el tiempo y se volviera a los años de antes de los antibióticos. “El peligro es que podemos llegar a una situación preantibióticos”, dice el médico. “Hoy día no se entendería un trasplante o una cirugía sin profilaxis; son clave para la medicina actual”. “Los antibióticos son un pilar de la medicina actual”, coincide Fukuda.
Esta situación, sin embargo, aún no ha ocurrido. O lo ha hecho solo parcialmente. Fukuda señala que en el caso de la gonorrea, una enfermedad de la que se infecta un millón de personas al día, ya hay 10 países que han detectado formas intratables. Y una embarazada con esta enfermedad puede suponer que el niño nazca ciego. En otras, “como enfermedades del tracto urinario o la diarrea, nos estamos quedando sin medicamentos por vía oral, con lo que eso complica el tratamiento”, ha añadido el responsable de la OMS.
La situación obliga a que los médicos se esfuercen. Para los enfermos de estas variantes “se eligen combinaciones de medicamentos”, dice Cantón. “O se recurre a antibióticos clásicos con un perfil de seguridad no tan bueno”. También hay otras medidas que se pueden tomar, como extremar el cuidado en el manejo de los pacientes (sobre todo los mas graves en UCI) “con programas multidisciplinares”.
Un reciente ensayo danés, publicado en Science Translational Medicine, apuntaba otra posibilidad para luchar contra las resistencias: más que combinar medicamentos, se podían alternar con ciertas pautas. Por ejemplo, el cloranfenicol puede alternarse con la polimixina B.
Sin llegar a eso, y ante un problema que no es nuevo, el médico español pone un ejemplo de que los planes de lucha contra estas infecciones funcionan: “En los ochenta, el 40% o 45% de los estafilococos en España eran MRSA; ahora, según el informe de la OMS, son el 22,5%”.
Pero la preocupación está ahí. Si las resistencias se extienden aún más, solo se podrán combatir con antibióticos. “Pero nuevos no hay y los que vienen son pocos”, dice Cantón.
Mientras los fármacos acuden a nuestra ayuda, a Cantón le parece bien que la OMS lance un mensaje de alerta. “Hay que cambiar las normas sociales como pasó con el tabaco” para que la población sepa utilizar bien estos medicamentos, dice. Y eso teniendo en cuenta que el efecto no va a ser inmediato. “Hay un decalaje de unos cinco años desde que mejora la prescripción y disminuyen las resistencias”, añade Cots. Pero, para que esto sea posible, es fundamental que la gente sepa que el “mal uso de los antibióticos tiene un efecto secundario: las resistencias”, añade Cantón.
Fleming, hace 70 años, lo hubiera dicho de otra manera: “Hace falta que el hombre no sea tan ignorante”.

Los microorganismos ‘centinela’

El informe. La OMS ha presentado un trabajo en el que recoge los datos mundiales sobre resistencias de un grupo de bacterias con su tratamiento más avanzado. Esto quiere decir que, más allá, empiezan a ser difíciles de tratar. También ha incluido información de tuberculosis (también bacteriana), VIH, gripe (víricas), candidiasis (hongo) y malaria (parásito).
  • Klebsiella pneumoniae. Esta bacteria habita el sistema digestivo de las personas. Cuando llega a otras partes del cuerpo es muy peligrosa. Los bebés prematuros, los inmunodeprimidos o personas con diabetes son especialmente vulnerables. La variante resistente a los carbapenémicos es muy peligrosa. Puede suponer un aumento de la mortalidad en los afectados de hasta un 50%, indica la OMS. Un nivel anterior en cuanto a riesgo están las resistentes a las cefalosporinas. Requieren tratamientos intravenosos y muy agresivos. Se dan, sobre todo, en las UCI.
  • Escherichia coli. Otra bacteria que está en el sistema digestivo. Puede causar importantes infecciones (una variante fue la del famoso caso en Alemania con varios muertos que se atribuyó, por error, a pepinos españoles). Produce diarreas, infecciones urinarias u otras más generalizadas. En los casos más graves (resistente a la tercera generación de cefalosporinas o a fluoroquinolonas) requiere tratamiento agresivo intravenoso.
  • Staphylococcus aureus. Es de las bacterias más comunes. está, por ejemplo, en la piel, por lo que puede producir infecciones en heridas o en órganos y tejidos internos al operar. También puede pasar a la sangre. La variante resistente a la meticilina (uno de los antibióticos más potentes), llamada MERS, fue el terror de los quirófanos y UCI en los ochenta, pero ahora la ha desplazado la klebsiella.
  • Salmonela. Es la primera casua de intoxicaciones alimentarias del mundo.
  • Shigella. Está presente en el agua de consumo humano no tratada. produce importantes diarreas.
  • Neisseria gonorrhea. Ya hay una variante que no responde a ninguno de los tratamientos conocidos.