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miércoles, 13 de marzo de 2013

PRENSA. "Así Ratzinger condenó a Boff al silencio"

   En blogs.elpais":

Así Ratzinger condenó a Boff al silencio

Por:  13 de febrero de 2013
Boff (4)
Entiendo que el teólogo Leonardo Boff, tenga un cierto pudor en contar como se produjo, en 1985, el proceso en el que entonces el cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación de la Fe, heredera de la vieja Santa Inquisición, le condenó al silencio. Ratzinger sería el próximo papa, Benedicto XVI.

Yo, aquel día, estaba con Boff en Roma. Cenó la noche anterior en mi casa, donde había convidado a un puñado de periodistas amigos míos para arroparle. Boff, que tenía, 47 años, estaba nervioso y preocupado. No sabía como se iba a desarrollar el proceso contra él en el Vaticano. No le habían informado de nada. Sólo que estuviera allí a las nueve de la mañana. El teólogo, siempre amable, parecía un niño entre temeroso y emocionado. Nos enseñó una carpeta con miles de firmas en apoyo suyo. Nos preguntó si sería oportuno entregárselas a Ratzinger. Indagamos sobe aquellas firmas y nos dijo con candor: “De prostitutas cristianas brasileñas”.


Recuerdo la cara que pusimos. Nos miramos unos a otros y decidimos desaconsejarle mostrar aquella carpeta de firmas al cardenal.
Le esperé la mañana siguiente a la puerta del palacio de la Congregación de la fe, situada a la izquierda de la plaza de San Pedro. El teólogo de la Liberación, que pertenecía a la Orden de Franciscanos Menores, llegó vestido de hábito. A las nueve en punto, le llamaron. Yo le esperé a la puerta durante las cuatro horas que duró el proceso contra él.

Salió cansado, pero sereno. Me iba a contar lo más importante del proceso para este diario, EL PAÍS.

“¿Y entonces?”, le pregunté. Y Boff, calmo: “Entonces, hermano, el cardenal Ratzinger me ha condenado al silencio”.
Ello quería decir que el importante teólogo, autor de la obra polémica Iglesia, carisma y poder, no podría en adelante enseñar, predicar, escribir ni hablar en público.

Recuerdo hoy algunos de los detalles que me contó de aquel proceso. Estaban sólo Ratzinger y un secretario convertido en taquígrafo que fue recogiendo la conversación - debate entre los dos. Ningún otro testigo Boff había estudiado teología en Alemania en la misma Universidad en la que enseñaba Ratzinger, primero teólogo progresista en el Concilio y después obispo y cardenal conservador, crítico de aquel mismo Concilio que él había ayudado a desarrollarse.

Ya se conocían. Y Boff hablaba alemán, la lengua materna del cardenal Ratzinger, quién empezó a interrogarle en su lengua. Boff lo detuvo y le dijo que en ese caso él estaba en desventaja, ya que él, como alemán, dominaba mejor la lengua y a él le costaría más expresarse al defender sus tesis en una lengua que, aunque la había estudiado, no era la suya.
Decidieron que los dos hablarían en un idioma que no era el materno de ninguno de los dos: en italiano.
Ratzinger le mandó sentarse en frente de él y empezó el interrogatorio. Boff lo interrumpió de nuevo. “Eminencia, en Brasil, en nuestras comunidades cristianas, cuando empezamos algún trabajo importante, hacemos una oración a nuestro padre Dios para que nos ilumine. Me gustaría hacerlo también ahora”.

El cardenal, sin comentar su petición, se levantó y dijo: “Está bien, recitemos el Ven Espíritu Santo”. Y lo rezaron juntos. Ya más relajado, el cardenal observando que Boff estaba con el hábito franciscano que nunca usaba en Brasil donde vestía como los seglares, le comentó sonriendo: “¿Ve cómo usted está más elegante de hábito?”.

Boff (3)
Lo estaba. Boff era un cuarentón elegante como un actor, alto y el sayo franciscano le caía como si fuera de Valentino.

El teólogo entendió el mensaje de Ratzinger y le respondió: “Es posible, que de hábito esté más elegante, pero, eminencia, en Brasil, entre los pobres con los que trabajo, si me ven de hábito, por ejemplo en el autobús, se levantan y me dejan el asiento, porque el hábito es símbolo de poder. Por eso prefiero vestir como ellos, para ser tratado como uno más”.

Sin más preámbulo, Ratzinger, como si no le hubiese escuchado, comenzó su rosario de críticas y acusaciones contra la teología de Boff sobre todo contra la obra ya citada, Iglesia, carisma y poder, considerada herética por el Vaticano.

Una de las cosas que Boff siempre ha defendido, y que siempre me ha parecido sugestiva y creativa, es que todas las palabras, pronunciadas con deseo de decir la verdad, son tan sacramentales como las de los sacramentos oficiales de la Iglesia.

La teología católica defiende que las palabras de los sacramentos del bautismo, penitencia, eucaristía etc. son sacramentales porque realizan lo que dicen. Y que ello se da por la fuerza que les imprime el sacramento.

Boff defiende, y con él tantos teólogos, que toda palabra “verdadera”, pronunciada con sinceridad, es sacramental porque también realiza lo que expresa. Jesús decía a los suyos que si tuvieran fe y dijesen a una montaña que viniera, ella se movería. Es sacramental todo lo verdadero. Cuando digo de verdad a una persona que la amo o que la perdono, esa persona siente realmente mi amor en ella y mi perdón.

Boff no me contó todo el duro interrogatorio al que fue sometido por Ratzinger, pero quedaba claro de lo que me contó que el cardenal ya tenía tomada su decisión anteriormente y de poco sirvieron las aclaraciones del acusado.

El veredicto fue perentorio: condenado al silencio.

Hoy, Boff dice que existen dos Ratzinger, el del profesor de teología en Alemania, simpático, afable, que daba la mitad de lo que ganaba para que pudieran frecuentar la Universidad estudiantes pobres del Tercer Mundo, y el Ratzinger de después, obispo, cardenal y papa, duro con los teólogos de la Liberación, conservador en materia de costumbres y en el diálogo con la modernidad, intransigente con la nueva teología.

Ahora estamos ante el tercer Ratzinger, el del papa que renuncia al poder para retirarse él esta vez voluntariamente “al silencio”, a aquel silencio al que años atrás había condenado al teólogo franciscano.

Para no condenarse al ostracismo, Boff pidió más tarde salir de la Congregación y dejó el sacerdocio. Cuando le preguntaron si había dejado también a la Iglesia, respondió sonriendo: “No, es la Iglesia la que se ha salido de ella misma, del carisma de su fundación evangélica, yo sigo en la Iglesia de Jesús que era la de los pobres, enfermos, endemoniados y leprosos, de  todos los arrinconados y despreciados por el poder”.

El teólogo brasileño, catedrático emérito de la Universidad de Rio, es hoy el defensor de la Teología de la Tierra, a la que estamos empobreciendo, violentando y destruyendo, según él afirma.
Boff (2)

martes, 19 de febrero de 2013

PRENSA. Sobre la renuncia de Benedicto XVI. Juan José Millás

Juan José Millás

   En "El País":

Hasta aquí llega Móstoles

Tanto si dejó de creer como si empezó a hacerlo, su ministerio resultaba del todo impracticable

 16 FEB 2013

Benedicto XVI ha cumplido el deseo de acudir al propio entierro para escuchar lo que los deudos dicen de uno. He ahí las ventajas de la doble personalidad. Fallecido en calidad de Sumo Pontífice, puede tirar ahora de la identidad de Joseph Ratzinger como el que usa un utensilio de la navaja suiza cuando el que era no funciona. Dispone ya de una versión de sí en la tumba y de otra en el mundo. Cuando Ratzinger se mira en el espejo ve al Papa muerto, pero cuando el que se mira es el Papa muerto, ve a Ratzinger. Un juego especular que se parece mucho al del despertar en el interior del sueño. Continúas dormido, sí, pero al mismo tiempo, de un modo extraño, permaneces despierto. Ello te permite aprehender de forma simultánea la sustancia del sueño y la vigilia. Ratzinger ha vuelto a la vida, ha despertado si ustedes lo prefieren, en el interior de un muerto, de nombre Benedicto XVI. Cada uno es la continuación del otro.
Decía alguien cuyo nombre no me viene que toda cultura podría explicarse en función de las relaciones que quienes forman parte de ella mantienen entre el sueño y la vigilia. Por lo general, hablamos del sueño y la vigilia como si fueran compartimentos estancos, igual que el que dice hasta aquí llega Madrid y aquí comienza Móstoles, como si Móstoles y Madrid (metafísicamente hablando, se entiende) pudieran comenzar y terminar. O como el que afirma que la pantalla del ordenador es la línea que separa el mundo de los átomos del de los bits, negando de este modo el flujo constante entre el lado de acá y el lado de allá, siendo como es que la versión bit de Vicente, por poner un ejemplo, puede asesinar a su versión atómica y viceversa.
Aficionados como somos, en fin, a las fronteras, a los límites, patología que nos viene del gen territorial, extrapolamos al día y a la noche, pero también a la vida y la muerte, esa necesidad de que unas cosas acaben para que comiencen otras. De donde deducimos que asomarse a una ventana significa estar vivo y, reposar en la tumba, estar muerto.
Nada de eso.
Pese a las apariencias, hay entre la vida y la muerte una suerte de continuum que es la que llevaba a los antiguos a colocar dos monedas de plata en los párpados de los difuntos, cuando no debajo de su lengua, para pagar los servicios de Caronte.
Benedicto XVI es el primer Papa que se suicida en el sentido estricto de la palabra. Los anteriores dimisionarios, más que volarse los sesos, fueron empujados de la silla por razones políticas. Solo una anomalía de tal calibre es capaz de explicar las toneladas de tinta empleadas en apenas cuatro días para dar respuesta a la extrañeza provocada por su decisión. Extrañeza que quizá, en parte, proceda de la envidia, ya que no todos los suicidios salen tan rentables. Quiere decirse que quien más quien menos se ha imaginado ya la vida del anciano Ratzinger en ese convento de limoneros y rosas, entregado a la meditación trascendental y quizá, qué suerte, a la escritura creativa a tiempo completo. Quien más quien menos lo ve paseando por el claustro, junto al fantasma de Benedicto XVI, manteniendo con él sesudas discusiones de carácter filosófico, mientras las monjas entregadas a su servicio se ocupan de las cuestiones cotidianas que a los ancianos comunes les amargan la existencia. Quien más quien menos se lo ha imaginado en su celda, por la noche, poniéndose el pijama para acostarse junto al cadáver del Papa fallecido, quizá abrazado a él con una sonrisa un poco diabólica, no como la de Anthony Perkins en Psicosis, cuando yace junto a la momia de su madre, pero por ahí, por ahí.
Por ahí, por ahí, sobre todo si al cerrar los ojos piensa Ratzinger en los lugares comunes que desde la teología, el derecho canónico o la política se han dicho estos días acerca de su renuncia. Él sabe que este suceso excepcional, capaz de alterar las fronteras entre el Papa vivo y el Papa muerto, solo puede explicarse desde la literatura, que descubrió la figura del doble antes que la psiquiatría.
Ahora bien, para quienes se empeñen en ver la intervención de Dios en este golpe maestro, que ha hecho saltar por los aires los protocolos de la curia, todavía un par de hipótesis que, como el sueño y la vigilia, carecen de fronteras definidas: pongamos que Benedicto XVI se pegó un tiro en la sien porque de súbito dejó de creer en Dios. O por lo contrario, porque de repente fue atacado por la fe, ese don gratuito. Tanto si dejó de creer como si comenzó a hacerlo, su ministerio resultaba del todo impracticable. Si lo primero, porque para arrogarse la representación de una instancia irreal, hay que poseer, en efecto, una fortaleza y una ambición poco probables en una persona de su edad, incluso en un joven. Si lo segundo, porque si Dios existe no puede estar de acuerdo en modo alguno con lo que representa la Iglesia. Aficionado como es a la escritura, Ratzinger dispone de un material excelente para escribir una novela. Después de todo, la línea que separa la teología de la ficción es tan borrosa como la que separa la muerte de la vida.