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martes, 24 de mayo de 2016

HISTORIA. "Las ruinas de Palmira". José Álvarez Junco

   En "El País":

Las ruinas de Palmira

La destrucción de las ruinas de Siria o los Budas de Afganistán forman parte de un proyecto enloquecido. Pero el fanatismo asesino no es exclusivo de las religiones. Los mayores monstruos del siglo XX eran ateos que creían en una promesa redentora

Las ruinas de Palmira
ENRIQUE FLORES
Durante bastante más de un siglo la izquierda europea leyó mucho un libro del conde de Volney cuyo título era, exactamente, el de este artículo. Este ilustrado francés de finales del siglo XVIII, comprometido luego con la Revolución y ennoblecido por Napoleón, narraba en él, en un tono elegíaco, prerromántico, su visita a los restos de aquella ciudad romana, al borde del desierto sirio. Se describía a sí mismo cavilando, de noche, entre aquellas columnas semiderruidas: “Aquí, donde ahora reina este silencio tétrico, se oyó en tiempos el bullicio de la multitud. Estas piedras esparcidas por el suelo, guarida hoy de reptiles inmundos, fueron un día suntuosos palacios y templos a los dioses. Aquí se alzó en otro tiempo una ciudad opulenta; aquí existió un imperio poderoso. El silencio de las tumbas reemplaza ahora el bullicio de las plazas públicas. ¡Así perecen las obras de los hombres! ¡Así sucumben imperios y naciones!”.


Repentinamente, aparecía ante él, desde la penumbra, un genio o fantasma que le reprochaba sus lamentos. Los humanos no tenían derecho a quejarse de sus desgracias —le decía— porque ellos eran sus únicos causantes. La humanidad primitiva superó el estadio de bandas cazadoras y recolectoras; aprendió a cultivar plantas, construyó ciudades, prosperó. Pero a la larga olvidó “las leyes de la naturaleza”, “el idioma de la razón”. Surgieron peleas que desembocaron en guerras y matanzas masivas, con ejércitos enfrentados que invocaban siempre a supuestos dioses. “¿Qué esperáis de esos gemidos inútiles?” —continuaba el genio— “¿Es que ese Dios ideal se dejaría dominar por las mudables pasiones de los mortales: venganza, compasión, furor, arrepentimiento…?”. No fue Dios quien creó al hombre a su imagen, sino el hombre quien lo imagina como semejante a sí mismo. “El mortal temerario le ha prestado sus inclinaciones y sus miserables juicios. Y cuando esta mezcla de atributos choca con los principios de la razón natural, declara a esta impotente, aparentando una humildad hipócrita, y llama misterios de Dios a los desvaríos de su entendimiento”.
El libro desembocaba así en un alegato antirreligioso. El genio parlanchín pasaba lista a las principales religiones y les reprochaba sus absurdos lógicos. A los musulmanes, temerosos del castigo divino si violan cinco preceptos arbitrarios, les hacía observar que ese mismo Dios permitía triunfar a sus enemigos, los cruzados, que incumplían esos preceptos. “Si Dios gobierna la tierra siguiendo el Corán, ¿cómo consintió construir poderosos imperios a los innumerables pueblos anteriores al profeta que bebían vino, comían tocino y no visitaban la Meca?”. A los cristianos les recordaba sus interminables debates sobre la naturaleza de Dios o el modo de su encarnación y las divisiones que ello había generado —meras luchas de poder, en realidad— entre nestorianos, iconoclastas, ortodoxos, romanos, anabaptistas o presbiterianos, cada uno con su peculiar modo de vestir, sus ropajes rojos, violetas, blancos o negros, sus distintos sombreros, bonetes o mitras y sus extraños cortes de pelo y barba.
Frente a esta confusión —seguía el genio su discurso—, hace ya tres siglos que la razón se ha extendido en Europa, gracias a la imprenta, el gran invento liberador; aunque las religiones, guarida de la ignorancia, sigan dominando aún entre el pueblo analfabeto. Y el libro terminaba imaginando una gran asamblea de la humanidad, a la que el genio explicaba que cuando los pueblos se ilustraran, renunciaran a las religiones y supieran legislar por sí mismos y elegir a sus gobernantes, se abriría ante ellos un futuro racional y feliz, regido por principios justos e igualitarios.

La fe en una verdad liberadora ha provocado muchas tragedias en el mundo moderno

Aquel libro circuló mucho durante la Revolución Francesa y hace un siglo todavía lo reeditaban los anarquistas españoles. Ahora me ha vuelto a la mente ante la furia vandálica que ha intentado acabar con los restos de aquella ciudad y ha llevado al degüello público de su arqueólogo jefe, un venerable sabio de ochenta años. Los hechos parecen dar, de nuevo, la razón a Volney: el fanatismo religioso ha sumado otra barbaridad más a su sangriento historial. La destrucción de Palmira, como la de los Budas gigantes en Afganistán, es parte de un proyecto enloquecido por restaurar un califato… del siglo VII.
Se me ocurre añadir, no obstante, un par de reflexiones a las del ilustrado francés. La primera, que el fanatismo asesino no es exclusivo de las religiones. Los mayores monstruos del siglo XX, como Stalin, Hitler o Pol Pot, eran ateos. Pero se creían portadores de una promesa redentora. Ese es el peligro. El fanático ha sido clásicamente representado por un joven con una antorcha en una mano y en la otra un libro —sólo uno, nunca varios—. Fanático es quien cree poseer la verdad, una verdad sencilla y absoluta que proporciona respuestas para todos los problemas. Es quien no acepta la duda, la discrepancia ni la propia falibilidad. Es quien espera un cielo prometido y está dispuesto a sacrificar la libertad para alcanzarlo. La fe en una verdad liberadora, aun basada en una supuesta ciencia laica, ha abierto muchas puertas a la tragedia en el mundo moderno.
Mi segunda objeción es que no todo se reduce a rasgos culturales. Algo tiene que ver con lo que ocurre hoy en Oriente Próximo el pasado colonial. No pretenderé explicar aquella compleja situación por una sola causa, ni incurriré en la fácil atribución de todas las responsabilidades al colonialismo, coartada con la que se autoexculpan las élites locales. Pero quienes crearon hace un siglo esos Estados artificiales y fallidos llamados Siria e Irak fueron Francia y Gran Bretaña. En aquel momento, Occidente poseía, sí, las sociedades más libres y civilizadas del mundo, pero eso sólo regía para su interior. Hacia fuera, al relacionarse con indios o negros, mostraba su otra cara, arrogante, egoísta y violenta; y usaba la superioridad tecnológica, el otro aspecto del progreso, para aplastarles.

Leopoldo II esclavizó y desvalijó África con una crueldad que hubiera sido impensable en su país

Nuestros bisabuelos vivieron la modernidad como superación de la escasez, conquistas democráticas o extensión de la educación. Pero los no europeos sufrieron el lado sucio del proceso: la explotación y el maltrato por parte de blancos groseros e incultos. Leopoldo II esclavizó y desvalijó el corazón de África con una crueldad que hubiera sido impensable en su propio país. Eso lo recuerdan los habitantes de aquellos territorios, que consideran a los europeos, como mínimo, hipócritas. Lo cual explica algo del odio visceral contra todo lo que representa Occidente (encarnado en el arqueólogo: la racionalidad de la ciencia).
Los actuales problemas con inmigrantes y refugiados políticos obligan a Europa a elegir, de nuevo, entre las fórmulas y valores de vigencia universal que nuestros antepasados, con tanta dificultad, construyeron, y el retorno al egoísmo. Entre Gutenberg y Leopoldo II.
José Álvarez Junco es historiador. Acaba de publicar Dioses útiles. Naciones y nacionalismos (Galaxia Gutenberg).

viernes, 18 de marzo de 2016

PRENSA. "Agresiones sexuales y magia negra"

   En "El País":

Agresiones sexuales y magia negra

En algunas zonas de la República Democrática del Congo proliferan las violaciones a vírgenes para usar su sangre como fuente de gloria y poder




  • Las mujeres y niñas de Kavumu, en la provincia de Kivu del Sur (al sureste del país) viven en permanente tensión y riesgo. / ITSASO VÉLEZ DEL BURGO GUINEA

    Desde hace algunos meses, la hematomancia o la magia usando sangre, se está ensañando con las niñas de Kabare en la República Democrática del Congo. Los criminales raptan a las pequeñas por las noches, las agreden sexualmente y aprovechan su sangre como fuente de riqueza, gloria y poder. La comunidad aterrada se pregunta cómo parar esta ola tan violenta de agresiones sexuales y magia negra.
    “Qué bestialidad lo que está pasando en Kavumu y Katana. No paran de violar a niñas de dos y tres años. Anoche violaron a otra”, así sonaba el mensaje que Lorena Aguirre, coordinadora de país de la ONG Coopera en la República Democrática del Congo, lanzaba a algunos periodistas con deseos de implicar a los medios de comunicación en la zona en esta triste realidad.
    En esos días la periodista congoleña Caddy Adzuba, recibía el premio Príncipe Asturias a la Concordia 2014 por su trayectoria laboral dedicada a denunciar las agresiones sexuales, la pobreza y la amenaza constante de guerra con que las mujeres congoleñas conviven desde hace décadas. Las mujeres y niñas de Kavumu, en la provincia de Kivu del Sur —al sureste del país viven en permanente tensión y riesgo. La frecuencia con que son agredidas y ultrajadas ha convertido el peligro en algo normal en su día a día, ahogándose en el silencio y desinterés nacional e internacional. “¡Ya está bien!”, exclaman las madres de Kavumu, “queremos gritar para que sepan las atrocidades que están haciendo a nuestras hijas”.
    Una nueva moda de escalofriantes atentados contra la integridad física y la dignidad humana está causando el terror en estas comunidades congoleñas de unos 200.000 habitantes. El modus operandi de los agresores es cada vez más sanguinario. Zahimire Rugambwa, presidente de la organización local UERPV (Intervención por la Unión y Recuperación de Personas Vulnerables) relata: “A partir de las siete de la tarde, cuando el día se pone, el peligro acecha. Los violadores buscan las casas más pobres y en peor estado constructivo, rascan un agujero en las paredes de barro o aprovechan la ausencia de madres solas, trabajadoras nocturnas, para entrar en las casas y robar a las niñas”. Se dice que adormecen a las víctimas e hipnotizan al resto de familiares pero nadie lo sabe con seguridad; dónde se las llevan es también una incógnita. Después de violarlas y agredirlas físicamente, son devueltas al hogar con graves y dolorosas heridas. Las edades de las víctimas oscilan entre los cuatro meses y los 17 años. En lo que va de año, solo en el hospital de Kavumu se han registrado 25 agresiones sexuales con las mismas características, aunque existen otros muchos casos que no acuden al centro sanitario y caen en el olvido, asegura Passy Huhogera, enfermero jefe del hospital.

    Una nueva moda de escalofriantes atentados contra la integridad física y la dignidad humana está causando el terror en estas comunidades congoleñas de unos 200.000 habitantes
    El doctor Mugisho Kavul, con lágrimas en el alma, narra: “Desgraciadamente las agresiones sexuales en el Congo han existido siempre, pero lo verdaderamente preocupante ahora es la corta edad de las víctimas. Tenemos un caso de un bebé de cuatro meses. Las consecuencias sobre estas niñas son inmensurables. Las más pequeñas llegan al hospital desangrándose, con intensos dolores y perforaciones que unen el conducto vaginal con el ano. Niñas que no podrán tener hijos y que serán rechazadas por posibles maridos y por la comunidad”. En el hospital local realizan la primera atención que ayuda a cortar las hemorragias, pero debido a la escasez de recursos los casos más graves deben ser trasladados al hospital de Bukavu. Esto supone el principio de una nueva espiral sangrante. Los familiares de las víctimas no pueden asistir por lo costoso que supone la estancia fuera de sus casas, la incapacidad económica de ausentarse del trabajo durante días y la falta de apoyo social para atender a sus otros hijos, según narra el personal sanitario del hospital. La problemática de la violencia sexual, la pobreza y la marginación se entrecruzan en una escabrosa y triste realidad en la región.
    Las madres se sienten culpables. La comunidad está indignada. Y las autoridades impotentes, se convierten en testigos silenciosos y sospechosos. La vuelta al día a día no es sencilla, ni supone el fin de la pesadilla. Junto a las marcas físicas o la esterilidad, las huellas psicológicas, el peso del estigma social, la vergüenza y la culpabilidad son algunas otras secuelas que acompañarán a las niñas y familiares a su regreso al hogar.

    Las viejas creencias y la magia negra

    “Había un hombre en el pueblo que no podía tener hijos. Acudió al brujo, doctor de la comunidad, y le dijo que para curar su mal tenía que violar a una niña menor de seis años. Obedientemente, el hombre buscó una niña de cuatro y la violó”. La anécdota que relata Rugambwa de la organización congoleña UERPV ilustra el poder que todavía tienen los brujos y magos negros en algunos grupos poblacionales de África.
    Escarbar en las razones que conducen a estos crímenes supone muy calladamente adentrarse en las prácticas de la magia negra, sobre las que se asientan las religiones tradicionales africanas y que todavía sobreviven en cada una de las tribus del continente. “La magia negra para los creyentes de la religiones tradicionales africanas es una práctica tan común, como lo es ir a misa para los católicos”, aclara el arquitecto ugandés y experto en cultura africana Adam Tumuwine, quien prosigue: “El conocimiento de la salud en África ha sido transmitido generación tras generación a través de ancestrales creencias místicas. El acceso, entendimiento y aceptación de las investigaciones de los blancos, cuesta dinero que la gente aquí no tiene. Es una cuestión de ignorancia y falta de educación. Mucha gente solo cree y entiende a los magos negros que, de hecho, son llamados doctores. Ellos prescriben muchas de las prácticas negras que ayudarán a aliviar sus males. En el Congo, las violaciones son prácticas comunes de la magia negra; en Uganda son frecuentes las mutilaciones de órganos y el canibalismo; y en Tanzania, los sacrificios de albinos”.

    Las víctimas de entre cuatro meses y 17 años, son devueltas a su hogar tras ser violadas
    Dicen que con la sangre de las víctimas hacen magia. La sangre es lo que vale, lo que da poder, estatus, dinero y salud. Pascal Bugagala, psicólogo de la ONG Coopera en Congo, explica: “Para ellos, la sangre de las vírgenes les limpia de enfermedades como el VIH y les libera de la esterilidad; la sangre provee de riqueza y trabajo o sube el rango y estatus en el caso de militares y policías; e incluso losmaimais [rebeldes de la zona] la guardan en pequeños botes y se la untan en tiempos de guerra, evitando que las balas los atraviese”. Para el psicólogo, la reducción de violaciones de niñas vinculadas a la magia negra es un tema muy complejo ya que involucra profundas y arraigadas creencias religiosas. Intervenir sobre ellas es el reto que el territorio de Kabare debe asumir ahora.

    La comunidad bashi

    La rabia, la desconfianza y el dolor se perciben con todos los sentidos en estos pueblecitos de la tribu bashi. No obstante, ni el miedo, ni la indignación les ha paralizado. Maravilla ver cómo entre tanta necesidad, hay todavía espacio para la solidaridad y las relaciones de buena vecindad. Las pequeñas organizaciones locales (UERPV y Fundi Action, entre otras organizaciones vecinales), sin apenas recursos económicos se han organizado para apoyar a las víctimas. Voluntarias vecinas de Kavumu y Katana acompañan a las madres a los hospitales y cuando regresan a sus casas, trabajan directamente con las niñas para ayudarles a recuperar la confianza, autoestima y sociabilización. Una de las voluntarias comenta: “A través del ocio y actividades artísticas tratamos de trabajar con las niñas para hacerles reír y que sepan que pertenecen a un grupo que les quiere y les acepta. También hablamos con familiares para evitar el estigma social. Algunos discriminan a las víctimas porque dicen que ya no son puras”. La alegría y la convicción en lo que hacen son las principales herramientas con que cuentan estas voluntarias para las tareas de apoyo y reinserción de las víctimas. “Los niños deben vivir en entornos de amor, seguridad y confianza y esto es lo que tratamos que ellas recuperen”, concluye la mujer.

    Dicen que con la sangre de las víctimas hacen magia. La sangre es lo que vale, lo que da poder, estatus, dinero y salud
    El presidente de la organización local Fundi Action afirma que, si bien no es fácil trabajar contra las viejas creencias de las personas, tras la organización de varias reuniones vecinales se ha llegado a la conclusión de que las tres posibles soluciones pasan principalmente por la instauración de una corte popular que juzgue a los agresores, la intervención profesional de apoyo a víctimas y familiares y, por último, la creación de talleres de sensibilización ciudadana e información pública con carácter educativo y preventivo. Por su parte, el hospital de Kavumu, sin electricidad en la mayoría de sus estancias, demanda placas solares para generar luz y poder atender a las víctimas las 24 horas. La ONG Coopera, una de las pocas organizaciones internacionales que se encuentran permanentemente en la zona, solicita fondos internacionales para una atención urgente en la zona.
    Y las madres de Kavumu, como no podía ser menos, reclaman justicia, seguridad y voz.
    En el emotivo discurso de recogida del Premio Príncipe de Asturias a la Concordia 2014, Caddy Adzuba resaltaba la importancia que el premio tenía por ser altavoz de las voces de todas esas víctimas sigilosas del horror.

    viernes, 11 de marzo de 2016

    LIBROS. "Los libros arden bien"

       En "jotdown":

    Los libros arden bien

    Publicado por Códice Borgia. (DP)Imagen del códice Borgia. (DP)
    Las puertas
    Tiene los labios agrietados y una sed que no cesa. Entrecierra los ojos por la claridad intensa y contempla cómo arde el mar, que decía el poeta. No lanza siquiera una tregua, una isla, una costa lejana: el agua devora todo a la vista. La travesía está siendo insoportable. Ya han pasado casi tres meses desde que zarpó. Se apoya con una mano en uno de los mástiles de estribor, mareado por la visión. Ya intuye acaso que nunca jamás regresará a Sevilla. Que este es un viaje sin retorno. Luego desciende despacio la escalinata hacia la bodega y columbra, entre sombras, el bulto, tapado por unas mantas de esparto y cruzado por decenas de cuerdas para que la carga no se mueva con el cimbreo. Lo toca por encima de la manta, con cuidado, casi acariciándolo, como quien pasa la mano por el lomo de un animal…
    Cuando Juan Pablos (italiano de nacimiento, su verdadero nombre era Giovanni Paoli) llegó a una naciente Ciudad de México en octubre de 1539, mandado por su jefe, el impresor alemán Juan Cromberger, tal vez no imaginaba que él sería uno de los puntales en la utopía que se estaba construyendo en el Nuevo Mundo. Al menos a los ojos de Juan de Zumárraga, el primer obispo de la diócesis de México y principal impulsor de traer la primera prensa de tipos móviles a la Nueva España, pero no a los nuestros, que vemos en aquel control de los libros (desde en la quema de los cientos de códices prehispanos hasta en el registro e inventario de los libros llegados de Sevilla) uno de los síntomas de una obsesión y de un experimento que salió mal. Una prueba, en fin, de los daños que se producen en nombre de la utopía, un sueño recurrente a lo largo de la historia, y que tiene en el dominio del discurso, en su gestión y dirección, una de sus prácticas más habituales. Ya lo estudió Foucault, aplicado a la confesión y al control del sí mismo en su obra inconclusa Historia de la sexualidad; en el virreinato de la Nueva España, en cambio, la palabra precedió a la carne, un lugar donde más que descubrir se aplicó, sobre todo al principio, la mecánica de la tábula rasa. Es falso afirmar el tópico de que los colonos y los misioneros llegados de los reinos de Castilla destruyeron todo o no tuvieron aprecio por la cultura mexica, como luego explicaremos. Pero de lo que no hay duda es de que las Indias permitieron ejecutar, pocas décadas después de la publicación del libro de Tomás Moro, códigos, modelos y leyes para levantar desde cero la nueva casa de Dios. Si encima contaban con el apoyo de Carlos V, metido de lleno en defender la Reforma católica en Europa, más fácil aún. Las encomiendas arraigaron muy pronto como pago para soldados sin jornal; la evangelización, en cambio, era misión de las órdenes mendicantes, sobre todo franciscanos y dominicos al principio, quienes desembarcaron en la Nueva España después del sometimiento de Tenochtitlán. Todo estaba por hacer en la nueva tierra prometida. Y el control de los libros no se pasó por alto.
    Grabado alusivo al proceso de impresión. Autor desconocido. (DP)
    Grabado alusivo al proceso de impresión. Autor desconocido. (DP)
    Grabado alusivo al proceso de impresión. Autor desconocido. (DP)
    Al principio el código de vigilancia era muy sencillo: todos los libros que se embarcaban rumbo a la Nueva España debían pasar varios controles de aduanas, como cualquier otra mercancía, tanto a la salida del puerto en Sevilla (más tarde, en Cádiz), como a la llegada en San Juan de Ulúa, el primer puerto español en la Nueva España, en el actual estado de Veracruz. La revisión corría a cargo de funcionarios de aduanas y más tarde incluso de miembros de la Santa Inquisición: hasta ese punto llegaba la asunción de funciones de los policías de la mente. De todas formas, tal como han revelado varios estudios, ambas aduanas eran un coladero. Por las razones de siempre: sobornos, vista gorda, mala vigilancia. Creer que la autoridad (entonces y ahora) es siempre eficiente es pecar de ignorante. Los libros se controlaban, claro que sí, pero seguramente con menos rigor del que queremos creer, pese a aquel famoso Índice de libros prohibidos promovido por la cristiandad, que fue aumentando sus títulos y autores según avanzaba el siglo XVI.
    Lo que está claro es que el coste y el tiempo del flete de la mercancía hacía que los libros, que ya de por sí eran caros, fueran un escaso objeto de lujo en la Nueva España. Y aunque Zumárraga ya había comenzado a adquirir numerosos libros para la biblioteca de lo que posteriormente sería la primera universidad de México, tal vez fue el alto precio de los libros impresos lo que hizo que escribiera a Carlos V para convencerle de la necesidad de que la Nueva España tuviera su propia imprenta.
    Otra razón de peso fue que Zumárraga quería imprimir sus propios libros, pues de hecho el primer libro que salió de la imprenta en México lo había escrito él: la Breve y más compendiosa doctrina eclesiástica, escrito en dos lenguas, en castellano y nahuátl, la lengua de los mexicas. Un manual para la evangelización, está claro, pero también una herramienta política. Que el poder no estaba solo en quien controlaba los libros que entraban desde los reinos de Castilla, sino también en qué libros nacían y se diseminaban en la joven Ciudad de México, queda claro repasando la lista de los títulos que se imprimirán durante los años iniciales de la primera imprenta en México, casi todos de contenido religioso y legales, aunque en el año 1541 se cuela algo parecido a un reportaje periodístico: Relación del espantable terremoto, un informe sobre el terremoto que en 1541 destruyó el primer asentamiento de la Ciudad de Guatemala.
    En cualquier caso, los libros salidos de la nueva imprenta eran muy pocos. Según sus propias cartas, Juan Pablos se quejaba amargamente de las dificultades y las carencias de su oficio, de que la tinta y el papel (enviados por barco desde la Península) no llegaban. Tal vez los herederos de Juan Cromberger, fallecido en 1540 y quien había recibido la licencia real y la exclusiva para imprimir libros en la Nueva España, no veían por ningún lado el negocio. Curiosamente, Juan Cromberger había pagado solo quinientos ducados, «una suma muy modesta para la época, el equivalente a cinco esclavos negros», según las palabras de «La primera imprenta en México y sus oficiales» de Clive Griffin (el mayor experto en la familia de los impresores Cromberger), quinientos ducados que se fueron en el traslado de la prensa, la tinta, los tipos móviles (muchos de ellos usados y gastados), el papel y en el pasaje de cuatro personas: Juan Pablos, el cajista; Gil Barbero, tirador de prensa; un esclavo llamado Pedro, presumiblemente el batidor de prensa; y por último la mujer de Juan Pablos, Jerónima Gutiérrez, quien se ocupó de la regencia de la imprenta, ubicada en una casa propiedad de Zumárraga (a cuatro pasos de la actual catedral de las ruinas del Templo Mayor). Es cierto que por lo visto Juan Cromberger había recibido a cambio de sus servicios el uso de unas minas de plata en Sultepec y Taxco, pero una vez conseguidas, ¿qué obtenían manteniendo el suministro de materiales para la nueva imprenta? Las ganancias eran escasas y el monopolio del comercio de libros impresos de Sevilla a Nueva España, que también le había ofrecido Zumárraga como pago, no parecía suficiente, así que en 1545 finalizó la exclusiva de impresión de Cromberger (durante la cual los libros impresos en la Nueva España tuvieron el sello de de «imprenta de Juan Cromberger») y Juan Pablos recibió una propia, por lo que pudo imprimir los libros con su propio nombre y no tuvo que rendir cuentas a los hijos de su antiguo patrono. Y aunque la primera imprenta en América no obedecía a un criterio de rentabilidad económica (el cliente principal era Zumárraga, sin duda), en la escasa difusión de los libros no estaba solo el problema de los costos. De hecho, desde que Juan Pablos obtuvo su propia licencia, los títulos y ediciones aumentaron (aunque es imposible saber el tiraje de las impresiones), y tan mal negocio no sería cuando, y según los datos manejados por Griffin, los maestros impresores cobraban cuatro y cinco veces más en la Nueva España que lo que hubieran cobrado en Europa. Un caso claro de fuga de cerebros, diríamos ahora.
    En cualquier caso, Zumárraga soñaba con una biblioteca (para la que llegó a acumular cuatrocientos volúmenes) en la que entrara solo lo que él decidiera, como en ese relato de KafkaAnte la ley, en el que las puertas están cerradas al extranjero que llega. O eso cree él.
    Fotograma de la película El proceso de Orson Welles. Imagen: UFA-Cormacico.
    Fotograma de la película El proceso de Orson Welles. Imagen: UFA-Cormacico.
    Fotograma de la película El proceso, de Orson Welles. Imagen: UFA-Cormacico.
    La biblioteca
    Durante mucho tiempo los pocos libros que circularon por América eran libros viajeros, traídos entre el equipaje, las mercancías y los sacos de víveres de las bodegas de los barcos que cruzaron el Atlántico. Hay un texto fabuloso, Los libros del conquistador (Fondo de Cultura Económica) de Irving Leonard, que recoge algunos de los inventarios de los libros de los que se tiene registro en el Archivo de Indias, y donde podemos constatar que la mayoría eran libros eclesiásticos y legales, pero que también había libros de caballerías. El entretenimiento era fundamental, obviamente, y más cuando sabemos que se leía en voz alta, rodeado de oyentes, muchos de ellos analfabetos. El ensayo de Irving Leonard sostiene de hecho que estas lecturas (o escuchas) de los soldados y primeros colonos de América alimentaron el imaginario del nuevo continente. Ante lo desconocido, ante los mapas que se iban dibujando al paso de los conquistadores, los libros de caballerías fueron decisivos en el trazado mental de los nuevos territorios o en la invención de América, como dijo el mexicano Edmundo O’ Gorman. El argumento clásico es la toponimia: que California, por ejemplo, tomó su nombre de una isla aparecida en Las sergas de Esplandián de García de Montalvo, o que unas supuestas amazonas atacaron a Francisco de Orellana y a sus hombres cuando navegaban un río, y por eso el nombre con el que lo bautizaron. En fin: la ficción precedía al territorio, o dicho de una manera más juguetona, los límites de mis lecturas son los límites de mi pensamiento. Pero no hace falta ponerse tan estupendo: los exploradores llamaban a las cosas con lo que conocían, como no puede ser de otra forma, y ahí intervenía la fabulación de las novelas de caballerías, pero también la toponimia de sus tierras de origen, de Medellín a la Nueva Vizcaya. De todas formas, la tesis de Irving está ya cuestionada (la toponimia tomada de la épica era muy grata y muy útil al poder político), aunque la belleza de su teoría es intachable.
    Imagen de la Biblioteca Palafoxiana. Puebla, México.
    Imagen de la Biblioteca Palafoxiana. Puebla, México.
    Biblioteca Palafoxiana. Puebla, México. Foto: DP.
    Libros religiosos y legales, libros de viajes, de fantasía y de caballerías, como muchos de los ejemplares de la primera edición del Quijote, que viajaron a América a acompañar las tardes de los soldados. De lo que no se habla tanto es de que junto a estos libros impresos (y otros miles manuscritos, de los que apenas tenemos constancia) existían rollos de amate que los sacerdotes mexicas atesoraban en sus templos y lugares de culto, lo que nosotros conocemos a secas como «códices», y que eran de alguna manera los libros de los aztecas. Y digo «de alguna manera» porque estos códices aztecas, a diferencia de los manuscritos mayas, carecen de escritura, y los expertos ni siquiera la consideran ideogramática o logosilábica, como la china, o próxima a los jeroglíficos egipcios. Son, básicamente, pictogramas, ilustraciones, o, si prefieren, narraciones gráficas de la época, pues cuentan una historia. Pues bien, casi todos estos códices, que apenas tenían lectores o descifradores, ya digo, que circulaban casi exclusivamente entre los sacerdotes aztecas y los reyes, serán destruidos y quemados. No debería sorprendernos, por supuesto: de la destrucción de los ídolos de la religión azteca es lógico que se pasara a la eliminación de los signos considerados paganos, contrarios al culto cristiano. Sin embargo, claro, a nuestra mentalidad contemporánea esto le espanta, porque dichos códices no dejan de ser cultura, memoria viva, arte, historia. Libros. Para el hombre de la Edad Moderna, en cambio, enfrascado encima en la llamada Reforma católica que iniciaría Carlos V y que continuaría su hijo Felipe II, la intención cuenta más que el objeto y, por tanto, eran concebidos como señales del demonio, como aparece en muchas de las descripciones de Bernal Díaz del Castillo en su crónica Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. No encendían, en fin, la imaginación de los conquistadores solo los libros de caballerías, sino sobre todo la educación cristiana (sustentada tras décadas de guerra religiosa en la Península). Zumárraga, que había sido «represor de brujas» en su Vizcaya natal, sabía bien lo que hacía cuando mandó quemar en una hoguera pública en 1530 cientos de ídolos y códices aztecas. Décadas después, en 1562, en lo que se llamó el Auto de Maní, un inquisidor en la península de Yucatán, Diego de Landa, mandó quemar ídolos mayas y cientos de códices en un acto tan sagrado para los cristianos como cargado de odio y violencia para los que no lo eran.
    Hay siempre en estas ceremonias de destrucción (como las famosas quemas de libros emprendidas por Hitler) rasgos de la distopía, pero también algo de la repetitiva abolición del pasado, como en ese famoso texto de Borges titulado La muralla y los libros, acuérdense, en el que el emperador chino que «ordenó construir la casi infinita muralla china» fue el mismo hombre que «dispuso que se quemaran todos los libros anteriores a él». En un proyecto similar se embarcó Zumárraga: este, en dos operaciones «que de un modo secreto se anulan», emprendió el catálogo de una ambiciosa biblioteca y al tiempo mandó quemar todos los libros paganos, en un empeño absurdo que se repite con terquedad a lo largo de nuestra historia, pues una nueva civilización, para asentar sus cimientos, suele nutrirse de las cenizas de la anterior. Suena lírico, pero es estrictamente descriptivo.
    La cocina
    Santo Domingo y los albigenses, de Pedro de Berruguete.
    Santo Domingo y los albigenses, de Pedro de Berruguete.
    Santo Domingo y los albigenses, de Pedro de Berruguete.
    Este relato de libros viajeros y libros quemados tiene, sin embargo, un desenlace esperanzador, contrario a esas famosas tesis de la historia de Walter Benjamin, porque aquí al final no late la destrucción, sino la resistencia. Es también donde abandona su ropaje histórico para volverse un drama de personajes y pura conjetura narrativa.
    Zumárraga mandó quemar los libros, pero no imaginaba que, décadas después, su ceremonial del odio no provocaría la admiración en muchos de los sacerdotes llegados a propagar la palabra de Dios. Más bien, todo lo contrario.
    Siempre me ha fascinado en toda esta historia cómo el personal de recursos humanos que eligió a los primeros mandatarios religiosos para el Nuevo Mundo tenía muy en cuenta sus trabajos para la Inquisición. La experiencia en este campo puntuaba alto, por lo visto. Juan de Zumárraga, sin ir más lejos, había comandado exorcismos en tierras vascas; Andrés de Olmos, el autor de la primera gramática en náhuatl, escribió un tratado de hechicería y sortilegios; Diego de Landa, de quien ya hemos hablado, había trabajado también para el Santo Oficio. En fin, aquellos que habían combatido al demonio con ahínco, tenía más posibilidades de ser reclutados para las Indias, parece.
    Sin embargo, los hechos se empeñan en demostrarnos que los dogmas siempre chocan con lo humano, pese a las tesis oscurantistas (y ya cuestionadas) de José Toribio Medina, el autor que dedicó más páginas a la historia de la imprenta en América.
    El más famoso de todos estos conjurados contra la cerrazón mental fue, por supuesto, Bartolomé de las Casas, cuyos informes en contra de las violaciones de derechos de los indios, su famosa Brevísima relación de la destrucción de las Indias, condujeron a un debate teológico en Salamanca sobre el alma de los indios que dejó, entre tanta cháchara, el compromiso de un mayor respeto de los encomenderos con los indígenas que trabajaban sus tierras. Y aunque se puede discutir la eficacia de dicha resolución, no se puede negar la aprobación de los primeros documentos legales en defensa de los indígenas: Bartolomé de las Casas consiguió más de lo que nuestro pesimismo quiere reconocer.
    Por otro lado, un personaje menos famoso que Bartolomé de las Casas persiguió durante años un proyecto tan ambicioso como necesario: una enciclopedia del Nuevo Mundo, un libro que recogiera, desde la agricultura hasta la religión, las maravillas que encerraban las tierras conquistadas. Su artífice, además, comenzó su trabajo en náhuatl porque operaba a la manera de un antropólogo de la época: recogía testimonios y datos de los indígenas, la mayoría alumnos suyos, a los que entrevistaba y consultaba. Ese libro desaforado, compuesto por doce volúmenes, Historia general de las cosas de la Nueva España, lo comenzó un misionero franciscano, Bernardino de Sahagún, cuya humildad material era inversamente proporcional a su hambre de conocimiento. Y aunque su proyecto quedó inconcluso por culpa, parece, de los recortes de la época en el centro religioso de Tlatelolco, o por las acusaciones , según otras teorías, de apología del paganismo, los tres ejemplares que se conservaron (manuscritos, por supuesto) son la prueba palpable de una fascinación por la cultura mexica que estaba recién empezando.
    Otro caso interesante es el antiguo inquisidor Diego de Landa, que consagró varios años al estudio de la cultura maya y a la escritura de una relación pionera en el análisis del sistema matemático y del calendario de esa civilización. Curioso que el responsable de la quema de tantos códices en el Auto de Maní luego investigue con rigor a los que él acusó de paganos y salvajes. O ambas acciones eran compatibles en su fe o siempre hay tiempo para el arrepentimiento, como sabe todo cristiano.
    Al final, tal como cuenta el historiador cultural Peter Burke en su libro Renacimiento, todo proceso de hegemonía cultural lidia con formas de resistencia, de desobediencia, de traducción libre y creativa de la aculturación colonial. No hay dominación plana o puramente autoritaria. Jamás. El dominado intenta imponer, en la medida de sus posibilidades, como sabemos desde Gramsci, sus preferencias y sus ideas. Y al igual que los hijos de los caciques indígenas, educados en latín y en castellano en Tlatelolco, usaron la herramienta de la escritura del conquistador, el alfabeto romance, para fijar un conocimiento que de otro modo se hubiera perdido o hubiera costado mantener desde la oralidad (y crearon nuevos códices manuscritos), un puñado de hombres dedicados a la palabra combatieron la estrategia inicial de la tierra quemada y la destrucción. Estudiaron, admirados, los engranajes de la cultura azteca y optaron por preservar ese conocimiento y protegerlo.
    Juan Pablos murió en 1560, un año después de que uno de sus aprendices, Antonio de Espinosa, se marchara de su taller y consiguiera una licencia para fundar otra imprenta, la segunda en México. El monopolio terminó, aunque no será hasta 1580 cuando se abra la siguiente imprenta en América, en la ciudad de Lima. Como escribió una vez Manuel Rivas parafraseando a Bulgákov, tal vez se dieron cuenta de que los libros arden mal.
    (Gracias a Jesús de Prado Plumed por las sugerencias y la revisión historiográfica meticulosa).

    Imagen del códice Borgia. (DP)
    Imagen del códice Borgia. (DP)

    viernes, 4 de marzo de 2016

    PRENSA. ISLAM. "Un rompecabezas religioso". Javier Martín

       En "El País":

    Un rompecabezas religioso

    Con 1.200 millones de creyentes y dos ramas, suníes y chiíes, enfrentadas, el islam carece de una autoridad que lidere el cambio



    En 1979, un ladino ayatolá Rujolá Jomeini aprovechó el descontento popular hacia la dictadura del último sah de Persia, Mohamad Reza Pahlevi, para alterar los equilibrios estratégicos de la Guerra Fría y trocar la historia de Oriente Próximo. En aquellos tiempos de telones de acero y películas de espías, el socialismo árabe y las monarquías coloniales habían dejado paso a una sucesión de tiranías militares —Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Siria, Irak— y viejas autocracias musulmanas —Arabia Saudí, Marruecos, incluso Jordania— que habían asfixiado cualquier tipo de oposición, especialmente si su naturaleza era islamista o salafista. Asido al populismo, Jomeini resucitó un conflicto político surgido tras la muerte de Mahoma —convertido siglos después en una disputa doctrinal— y lo transformó en una nueva batalla por la supremacía en el islam.
    Cuatro décadas después, Irán —único país chií del planeta— y Arabia Saudí —principal reino suní— dirimen una contienda política que en los últimos años ha devenido en una cruenta guerra confesional de amplios y variados frentes. El islam se escindió en dos corrientes tras el deceso del Profeta, que no designó sucesor. Aquellos que consideraban que el liderazgo del protoestado debía corresponder a sus compañeros más cercanos son identificados hoy como los suníes; quienes respaldaban las pretensiones de Alí ibn Talib, yerno y primo del Enviado de Alá, se conocen como chiíes. En el año 661, un jariyí [disidente chií] decapitó a Alí en la mezquita de la ciudad de Kufa (Irak). Diecinueve años después, los suníes borraron gran parte de la estirpe de Alí en la batalla de Kerbala (Irak). Desde entonces, los chiíes se han quebrado en tres brazos y los suníes han disfrutado —hasta 1924— del califato, divididos en cuatro escuelas de pensamiento, huérfanos desde entonces todos ellos de una referencia única —ni política, ni religiosa— para los más de 1.200 millones de fieles (en torno al 85% suníes) que avanzado el siglo profesan la última de las tres religiones monoteístas.

    Derrocado el sah —gendarme de EE UU en Oriente Próximo desde el fin de la II Guerra Mundial—, Occidente descargó el peso de su geoestrategia política sobre Arabia Saudí, pese a que en el reino del desierto impera el wahabismo, una interpretación literalista y casi herética del islam suní de la que se nutren la mayoría de los movimientos radicales islámicos del mundo (como Al Qaeda) y que comparte características con el actual Estado Islámico. Y aisló a Irán, transformado en el enemigo y en el paria de la región. Una relación interesada sostenida en las vastas reservas saudíes de crudo, que durante años han servido de venda en los ojos de Occidente frente al papel de Riad en el surgimiento del yihadismo y sus sistemáticas violaciones de derechos humanos.
    En 2011, preocupado por el repunte de la violencia en Irak y el brote de las después fallidas primaveras árabes, Barack Obama tomó una decisión tan polémica como histórica. Arrinconó tres décadas de animadversión recíproca y autorizó negociaciones secretas con Irán. El presidente norteamericano asumía así un análisis que había sido desechado durante años por su predecesor: que cualquier solución a los conflictos de Oriente Próximo —incluido el palestino-israelí— demanda la presencia de los ayatolás en la mesa de los comensales. Irán sostiene el Gobierno chií en Irak; influye en el régimen dictatorial de Bachar el Asad; mantiene estrechos vínculos con el movimiento chií libanés Hezbolá y financia desde su origen al movimiento palestino Hamás (aunque este sea suní). Además, es el principal sostén de los grupos Huthi en Yemen en su lucha contra el Gobierno suní de Saná, vasallo de Arabia Saudí. Un Irán que mantiene, además, rentables relaciones políticas y comerciales con la Rusia de Putin, la Turquía del suní Erdogan y la China poscomunista.
    El diálogo secreto ha fructificado en un preacuerdo nuclear que ha irritado por igual a Israel y Arabia Saudí, durante años extraña pareja de aliados frente a las aspiraciones persas. La inminencia del acuerdo ha exacerbado las diferentes guerras que Riad y Teherán libran desde hace decadas a través de sus aliados en la región por la preeminencia en el islam. Al tiempo que Irán y la comunidad internacional avanzaban en Lausana (Suiza), comenzó a arreciar de nuevo el largo y enconado conflicto en Yemen; y la oposición suní en Siria se preparaba para retomar la lucha contra el dictador proiraní. Solo un grupo ha concitado el rechazo de los dos rivales: el autoproclamado Estado Islámico, arraigado en el este sirio y las regiones suníes de Irak. Pero incluso en esto existe una marcada diferencia: mientras que Riad lo observa como una amenaza a su liderazgo en el islam suní, el régimen de los ayatolás entiende que es una oportunidad —su derrota solo es posible con la intervención de Irán— para reclamar la bandera que le fue arrebatada a los chiíes 14 siglos atrás.
    Javier Martín es autor de Suníes y chíies y Estado Islámico. Geopolítica del caos (Los Libros de la Catarata).