Mostrando entradas con la etiqueta huelga general. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta huelga general. Mostrar todas las entradas

viernes, 7 de diciembre de 2012

PRENSA. "Inquietantes razones contra la huelga". Félix Ovejero

Félix Ovejero

   En "El País":

Inquietantes razones contra la huelga

Pueden discutirse sus objetivos o sus posibilidades de éxito. Incluso el papel de los sindicatos. Pero no puede ignorarse la voz de los ciudadanos: pidieron una respuesta a la crisis que tuviera en cuenta a los más débiles

 6 DIC 2012

Confieso que tenía dudas a la hora de sumarme a la huelga general. Me las disiparon las críticas de los conservadores. En su mayoría no se referían al contenido de la huelga, a la justicia de las denuncias o de las reclamaciones, sino a la idea misma de la huelga general. Algo bastante serio. De modo que, por lo que pueda venir, no está de más diseccionarlas. Al menos tres de ellas.
La primera criticaba sus motivaciones: era “política”, con un objetivo difuso y, por ello, “condenada al fracaso”. El argumento, de entrada, asume una línea de demarcación entre causas justificadas, las económicas, y no justificadas, las políticas. Un trazo menos claro de lo que parece. Un plan de austeridad que rebaja los salarios de funcionarios, establece pagos por visita médica o abarata el despido afecta a la capacidad adquisitiva, a “la economía”. Dicho esto, es indiscutible que la huelga tenía un objetivo político. No es un drama. Que tuviera un objetivo político no quiere decir que pretendiera cambiar el sistema político. No se cuestionaba la legitimidad del Gobierno ni se pretendía sustituir un proceso electoral. Se pedía una respuesta a la crisis que tuviera en cuenta intereses fácilmente ignorados. No hay que olvidar que la política es poder y los gobiernos acostumbran a actuar por la línea de menor resistencia. Si uno no se queja, nadie le hará caso. Para algunos conseguir la atención es tan sencillo como contar su vida. Una gran empresa, a la vista de la legislación laboral o ambiental, puede avisar a un ministro que está pensando marcharse o no venir. El Gobierno, razonablemente, tendrá en cuenta esa opinión. Otros lo tienen más complicado.
Las quejas tenían que llegar al Gobierno o, más exactamente, a quien puede hacer que las cosas cambien. Porque era política tenía que ser “general”. De hecho, la protesta era europea. Sólo que se quejaron más quienes peor están, los que soportan las medidas más radicales. Un mensaje, por cierto, que el Gobierno no tenía por qué recibir con aspavientos: también él trata de decir a quién realmente manda que no todo es posible. Es así como se pueden conseguir las cosas. Porque no todas las huelgas generales acaban en fracaso. Recuerden la historia del “decretazo” de Aznar.
El segundo argumento criticaba la coerción. En dos planos. Por una parte, la huelga como tal, supondría una coacción al gobierno y, sobre todo, a quienes ven complicadas sus actividades, sus compras o sus desplazamientos. Esto, en rigor, no es un argumento, sino una tautología. Una huelga, por definición, es una acción que, mediante la presión, aspira a conseguir cierto objetivo. Si la huelga no fuera coactiva no sería huelga. En todo caso, se trataría de discutir si es una coacción legítima o no. Cuando, con alegre frivolidad, se equipara las huelgas a “chantajes”, “amenazas” o “extorsiones” se busca avecinar lo que es un derecho a un delito. Si ese léxico vale, también deberíamos aplicarlo a las empresas que llaman al ministro y le cuentan sus planes.

Si uno no se queja, nadie le hará caso. Conseguir la atención, para algunos, es poder contar su vida
Por otra parte, los piquetes —se nos dice—- traicionarían su supuesta función “informativa” y actuarían como gánsteres que limitan “el derecho al trabajo”. Una afirmación con algunos problemas. El menor, la manipulación de la expresión “derecho al trabajo”, que se confirma al leer el artículo 35 de la Constitución. El básico, una aclaración de primero de teoría social, al menos desde Mancur Olson, que permite deslindar a la mafia de las comunidades de vecinos: cuando una acción colectiva se toma por acuerdo es razonable —y el único modo de asegurar su éxito— penalizar al free rider, a quien se salta lo convenido para obtener beneficios privados sin asumir los costes de su consecución. De modo más o menos institucionalizado así sucede con los acuerdos pesqueros o ambientales entre países o con las estigmatizaciones informales de vecinos o colegas ante gorrones y parásitos.
Pero vayamos al núcleo del argumento. Viene a decir que, en tiempos tan informados, los piquetes resultan innecesarios, que, en realidad, se limitan a amenazar. Y sí, sobran las imágenes de piquetes “informativos” oficiando como mafiosos. Ahora bien, hay más vida que la que se graba o se puede grabar en un vídeo. Hay amenazas laborales que se transmiten a diario sin dejar huella y que no forman parte de las condiciones del contrato. Quienes tengan dudas que busquen en la red el documento 14NsinMiedo. Encontrarán centenares de amenazas a potenciales huelguistas: despidos, improbables ascensos a quienes “se signifiquen”, contratos que no se renovarán, entrevistas personales “a ver qué piensan” en el despacho del jefe, horas de trabajo que deberán recuperar y otros procederes menos ingeniosos. Por supuesto, muchas amenazas carecen de base legal, pero no está de más que alguien se lo recuerde a los trabajadores. En realidad, ante tales situaciones de indefensión, la presencia del piquete puede allanar el ejercicio del derecho de huelga. Los trabajadores pueden encontrar una disculpa para hacer lo que realmente quieren hacer pero que no se atreven a hacer. No es una causalidad que la huelga tuviera mayor impacto en las grandes empresas, en particular en sectores en donde los trabajadores están menos aislados. Tampoco que muchas personas que no participaron en la huelga acudieran a manifestaciones que luego resultaron multitudinarias.
Un tercer argumento invocaba los intereses nacionales. La huelgas supondrían enormes pérdidas, una pésima imagen internacional y, además, no solucionan los problemas. Algo discutible en los datos y en los supuestos. Es cierto que hay pérdidas. Infringir —y soportar, por cierto— pérdidas está en la naturaleza de la protesta, como las hay cuando un empresa decide marcharse a otra parte o, también, cuando hay recursos sin utilizar, desempleo. Otra cosa son las cifras que alegremente circulan, casi siempre entre los mismos que nos dicen que “la huelga ha sido un fracaso”, lo que no deja de tener su aquel paradójico. En todo caso, las cuentas deberían ampliar el foco. Quizá el día de huelga yo no compre un coche o una barra de pan, pero no por ello dejaré de comprar el pan o el coche, el día antes o el siguiente. Una situación que no desagradará a más de un comerciante que, al cabo, vende lo mismo y se ahorra los salarios de un día. La “pésima imagen”, amén de que pareciera reprocharle el mal color al enfermo de hígado, es asunto de complicada lectura. La imagen es parte de objetivo razonable de la huelga: transmitir que hay límites sociales —y necesidades—— con los que hay que contar, que quizá sea cosa de que los gobiernos intervengan por otras líneas de resistencia, que orienten su mirada hacia los poderosos.

Hay amenazas laborales que se transmiten sin dejar huella y que no están en el contrato
La descalificación porque “no buscan soluciones” asume un guión viciado que, en el fondo, da como bueno el relato patronal. Un relato que está lejos de ser un ejemplo de pulcritud analítica. Así, en el mismo lote de los intereses generales, se contrapone la huelga a unos empresarios que “crean empleo”. Y sí, los empresarios crean empleo, pero su objetivo no es crear empleo. Por lo mismo, se podría decir que los trabajadores, con un aumento salarial, a través de su demanda de consumo, buscan el crecimiento económico o que yo, garabateando papeles, quiero acabar con los bosques noruegos. El objetivo de los empresarios, razonable, es obtener beneficios y si pueden hacerlo sin aumentar el número de sus empleados o con salarios de hambre, lo harán. Y si sus compradores son racistas, no emplearán a vendedores negros. No es mala fe, es el mundo. Pero conviene no confundirnos. En realidad, la perversión del lenguaje es más esencial. En economía se habla de oferta de trabajo para referirse a las empresas y de demanda para los trabajadores. En rigor, tendría que ser al revés, los que pueden ofrecer trabajo, su trabajo, son los trabajadores y los que no lo tienen, los que lo necesitan, los empresarios.
Los objetivos de la huelga o sus posibilidades de éxito pueden discutirse. Y sobre los sindicatos, y sus servilismos políticos, ideológicos e institucionales, hasta la fatiga. Basta con ver sus connivencias o sus silencios ante los nacionalismos. Pero las dudas sobre tales comportamientos, que enlodan su mejor historia, no pueden ni siquiera rozar derechos que son la condición de posibilidad de una democracia que no ignore la voz de sus ciudadanos. Por lo que pueda venir.
Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona.

lunes, 2 de abril de 2012

PRENSA. "Estética de la huelga general", por Vicente Verdú

Vicente Verdú

   En "El País":
Estética de la huelga general

Vicente Verdú 24 MAR 2012

   Tanto la huelga general como la huelga de hambre son temibles e importantes en tanto que la naturaleza de su fuerza es igual a la negación total. Fueron armas revolucionarias que representaban la refutación de lo existente. Oponían al sistema no ya el antisistema inmediato sino la desaparición del sistema. El punto cero de la revolución.
   Pero todo ello ha perdido valor. Ni la huelga de hambre se hace efectivamente sin ingerir absolutamente nada, ni la huelga general lleva a la completa paralización del trabajo. De la primera huelga raramente se muere y de la segunda, raramente conlleva una plena abolición. Tanto un caso como otro son ahora teatralizaciones que recrean, como en las fiestas populares, momentos heroicos del pasado. Sea ese pasado perteneciente a la lucha de la clase obrera, sea remedo de los procesos en los que el individuo se inmolaba ebrio de su ideal.
   El contenido de la huelga general, el fauvismo de la organización obrera o del ser humano que no cede al chantaje de sobrevivir, pretenden manifestar, en la ciudad o en la celda, la amenaza de producir un vacío pavoroso o un "no" demoledor. El capital posee el patrimonio, los órganos repletos, mientras la clase obrera posee nada menos que la nada. A la bomba atómica que todo lo destruye se opone la bomba de neutrinos que deja las instalaciones intactas y ayunas de función.
   Cabalmente, para que la huelga general alcance su excepcional categoría debe hallarse libre de cualquier excepción. Pueden seguir funcionando los servicios de salud hasta el grado en que no pueda imputársele ningún parecido terrorista pero ni un paso más. De ese modo, las fábricas, las calles, los comercios, los transportes ingresan en la desolación y se exponen como fantasmas, versiones del Manifiesto Comunista desfilando, como zombis, por la superficie de la sociedad.
   No hay actividad, no hay movimiento, no hay nada. Que el seguimiento sea del 70 o del 80 por ciento no hace triunfar una huelga general. Ni siquiera un porcentaje mayor lo lograría porque así como una columna si no llega al techo es irrelevante la altura que tenga, la huelga general pierde toda su función, bélica y estética, si hay servicios mínimos en otro sector que no sea la sanidad.
   Más aún: el servicio mínimo es la victoria del capital incrustado entre las filas del proletariado o del inmenso "precariado" actual. Con alguien respetando los horarios laborales en plena huelga general su condición pierde sentido. Su estampa se verá salpicada de esquiroles y perjudicada por la racional servidumbre a las necesidades que el Estado ordena. De este modo, la huelga general en vez de protagonizar la máxima escena de la "improducción" subversiva deriva en el aspecto urbano de una festividad.
   Se parecerá pues, a los domingos, por ejemplo, y con ello lo que aspiraba a ser un arma del "esclavo" se transforma en un día del Señor. O lo que es lo mismo, se presentará como una jornada dentro de la semana laboral y su propósito aniquilador mutará en un efecto inocuo o testimonial. De ahí que el presidente del Gobierno pueda calificar a la próxima huelga general de "vana". Los mismos convocantes saben de antemano que esa acción no hará cambiar lo preexistente. La Ley no será alterada por turbulencia de la inacción (la inanición) sino que asumirá el suceso como otro dato contable y sin necesidad de revisar la vigente de contabilidad, sus recortes, sus normas y su arqueo criminal.
   Con una huelga general los gobiernos quedaban antes "tocados" o malheridos. Ahora, sin embargo, quedarán incluso saneados: sea ante la Unión Europea que valora las extremas medidas adoptadas contra el déficit maligno, sea ante la misma sociedad que, muerta de miedo, sabe que ya no puede emplear, como un arma eficiente, morirse todavía más.