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viernes, 24 de enero de 2014

POESÍA. "Llegar de más allá...". Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923)

Manuel Álvarez Ortega

Llegar de más allá del espejo,
ahora que una oscura dinastía cede su rostro cuando hacia la nada te vuelves,
apresar en el vuelo de otra pupila
la esfinge que en el mal se adormece,
¿te concede el privilegio de nacer en tan bastardo lugar, ser origen
de un cuerpo acuchillado en un cubil
de anónimos suicidas?

Unidas las cabezas bajo el fuego
de la posesión, conjuga el aire
más allá del andén que anuncia tu sexo de alud descompuesto,
¿basta tal semejanza de medalla antigua,
el lecho que hacia un eclipse se alarga,
para que el hielo de las bocas se haga ceniza entre las sábanas y el escalofrío, harapo temporal,
teja su alucinante corona
de oprobio y seducción?

Pasan las sombras como semillas
que se niegan a la fecundación,
el agua del día entrega su linaje a un nidal de lúgubres arañas, y, tan un súbito resplandor, cortada
la habitación en dos meridianos
de sueño, así cumples el ritual
de tu entrega, pródiga madre, antes de que las horas te hagan un nuevo féretro y en él, sola,
insondable peregrina del polvo,
eternamente seas un nuevo infierno.

jueves, 23 de enero de 2014

POESÍA. "Un día, el vértigo...". Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923)

Manuel Álvarez Ortega

Un día, el vértigo en tu boca se configura, un lívido temblor se asienta en tus rodillas, crece cierta tiniebla que nunca en tus ojos se disipará.

Con paso muy lento, antes de que la estrella empiece a declinar, la máscara se posesionará de tu rostro.

En los demás, tu nombre sólo será un lúcido presentimiento.

miércoles, 22 de enero de 2014

POESÍA. "Se hizo la imagen...". Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923)

Manuel Álvarez Ortega

Se hizo la imagen en el espejo 
y, como anuncio de unas leyes 
que nunca nos serían reveladas, vimos la vejez 
oscurecerse bajo la sábana, 
nacer cierto maleficio entre las cosas, 
decir el tiempo adiós
en nuestra cruz sola. 
                                 Arañas las manos, torpe 
penumbra cerrándose en la boca, 
¿qué valía una palabra, un signo, si la hora 
sembraba la ceniza de la muerte? 
¿Qué valía una verdad, la tizne del perdón, 
si el rostro era ya exilio y huía 
perseguido por un coro de sordos, inmortales 
cuchillos? 
             Quien ha oído abrirse la cerradura 
del dolor, quien ha tocado una frente 
con desesperación y puesto 
el luto de sus años en una piel ardida, sabe 
que, cuando llega el día,
del amor sólo queda una marca de salitre, 
un negro olvido. 
                        Pues todo amor siempre se rodea 
de mitos y desgracias, siembra su lluvia 
de veneno en nuestra carne o edifica sus ruinas 
para una eternidad que no puede ser obra 
de una posesión 
que nunca se conoce.

martes, 21 de enero de 2014

POESÍA. "Nada de lo que ha sido...". Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923)

Manuel Álvarez Ortega

           Nada de lo que ha sido...
 Nada de lo que ha sido volverá.
Así, fiebre del tiempo, signo de un largo sacrificio.
Mas, callada la plegaria en la piel,
mientras la ruina cuenta su fábula, el día ¿qué gloria evocará?
Desierta aurora del exilio.




lunes, 20 de enero de 2014

POESÍA. "Sucede que oyes una voz...". Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923)

Manuel Álvarez Ortega

Sucede que oyes una voz donde nadie habita, que ves una sombra donde nada existe,
que tocas un rostro que no fue.


Compruébalo: sólo tocas el muro que sostiene tu soledad, ves la imagen oscura que se
posesiona de tu vida,


   oyes el eco de tu propio desaliento.

viernes, 17 de enero de 2014

POESÍA. "Abandona tus labios...". Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923)

Manuel Álvarez Ortega

Abandona tus labios
a la voracidad de la noche,
y, alcatraz de ceniza, desciende a esta escollera que hacia la nada se aleja, allí donde el sueño
se alimenta de un pan de humo
y el sexo oculta su negligencia
entre halagos y maldiciones.

En este lecho nómade nace la historia
de un día de pasión, un día eterno;
entre besos de lluvia morada y saliva corrosiva el tiempo gira gratamente en su oscuridad;
el hastío se hace viaje interminable
por túneles de improperios.

Oh, vayamos a esa región donde el adiós
muere, a esas comarcas de venas azules
donde la luz se ahoga en medio del éxtasis y las cabelleras copulan;
hagamos de nuestro cuerpo
una nueva estación de belleza suicida, un meridiano insensato, un alto hotel
de parada fugaz y encuentro en peligro;

dejemos que los años y sus nostalgias empolven nuestro rostro de venenos y cicatrices,
hablen de otras noches más fúnebres,
antes de que un coro de tiernos asesinos deje escrita, en el lecho en donde nos descomponemos,
la maldición que nos hace progresar hacia el olvido.

jueves, 16 de enero de 2014

POESÍA. "Habita el tiempo...". Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923)

Manuel Álvarez Ortega

                    Habita el tiempo...
Habita el tiempo
de tu juventud,

y puesto que un día el azar
te hará un hogar desierto,
en tanto tu rostro sea tal una larga rama
de verdor,

niégate al sacrilegio que codicia
tu heredad, clausura
la voz que adelanta su perjurio
hasta tu boca, conjura el amor
en los claros augurios que a los siglos
sobreviven.

Largamente, a oscuras, el olvido
conoce la indolencia del sueño,
crea la suma de un mal, con letras cardinales
se da a un breve memorial
de acusación
y sobresalto.

Pero hoy, en este vago espacio,
tal un mañana que se eterniza,
mira cómo la ancianidad se oscurece
en sus hábitos, cómo se hace de malversación
en todo lo que no fue y huye
con el humo de la tierra.

Nunca una pasión
se ordena entre muertos recuerdos
pues nunca se destierra de un cuerpo un amor
si otro amor hizo del mismo cuerpo
su oscura fortaleza.

miércoles, 15 de enero de 2014

POESÍA. "La tierra tiene a veces sabor". Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923)

Manuel Álvarez Ortega

              La tierra tiene a veces sabor


La tierra tiene a veces sabor a negra harina,
a humo de otro tiempo, en donde hay sumergidos
seres como harapos, amantes solitarios, dioses
que extienden por el mundo su malsana tarea.

Los muertos andan siempre sobre campos regados
con lágrimas de aceite y ceniza morada, viven
sus fríos laberintos de lluvia y fina escarcha
sentados sobre un mar que nace del olvido.

Así dejan los días su pan de niebla y fuego
sobre los cuerpos rotos de los viejos amantes,
mientras en sus cinturas se alimenta una garra
que todo lo transforma en sudor para la muerte.

martes, 14 de enero de 2014

POESÍA. "Entrar en ti...". Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923)

Manuel Álvarez Ortega

Entrar en ti, sólo sombra, como se entra en una selva de arañas,
beber desde dentro esa penumbra
de trópico que enaltece tu pubis,
y, abierto a la noche, movilizado por las cuerdas del deseo, viajar juntos o morir en esa hora
de tristeza complementaria, ser
una secreta órbita en torno a tu delirio, una sima abierta a la eternidad de sueños
sostenidos desde el nacimiento.

No así, páramo intemporal, quiero edificar el paraíso
con mi sangre accesible, convertir
el cielo de esa plantación en una cruz de liturgia inversa, ser un astro que orina
su veneno por una osamenta cardinal, un clavo, un cabello, un agujero
ebrio de soledad en medio de la nada.

Porque hay lágrimas que conocen el sabor del verano, manos que se adentran en la piel
y crean un espasmo de infierno;
hay lúgubres visiones en torno a una aurora de trapo, ojos que dejan circular sus perversiones
por malsanas galerías sin término,
hay ceniza que medita a solas
en medio de la posesión
y con su hoz taciturna siega el sueño,

cuando en la noche, baja marea, como un ajusticiado de otro siglo,
entro en ti, anémona mutilada,
y en la urna letal de tu sexo siembro mi sexo, un aullido en el umbral de mi edad, un cadáver
en medio de tu desolado planisferio.

lunes, 13 de enero de 2014

POESÍA. "Escribo cosas del huésped que me habita". Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923)

Manuel Álvarez Ortega

ESCRIBO COSAS DEL HUÉSPED QUE ME HABITA
¿Qué dirás? Hallas la vida como un mar oscuro,
oyes de sus desnudos escollos elevarse
los puñales, ves el remordimiento de su agua
negar la paz, mojar de luto tus orillas,
ceder su tinta negra por el desierto de ortigas
que unos ciegos relojes, con habilidad, abren
en tu memoria.
Hoy es un día cualquiera,
tres de junio, un día innecesario, te mueves
como un fantasma que se hiere en las cosas,
ardes bajo el continuo fuego de este páramo
del sur, esta prolongación de la muerte,
este infierno diario.
Gota a gota se deslíe
la noche, vives, las redes del desaliento
te tienden su ceniza, suena una música de piedra,
están golpeándote contra números ciegos,
pájaros infernales, monarcas de un paraíso
que escriben su maldición sobre las tablas
de este hogar vacío, estos mudos espejos
que arañan tu prisión terrestre.
Cae la lluvia
del verano, un olor a pobreza te atenaza,
no sabes qué luz te inventa, vas por las calles
como dormido, gastas la miel de tu tristeza
por un puerto mortal, no hay barcos, no hay
velas, el faro está apagado, arriba solo
el cadáver de la luna que despliega los hilos
de su azufre maldito sobre el mar.
Por un arco
de maderos, ría abajo, conchas y cieno, te alejas
de la maldad, el llanto de los mendigos
cuya letra asesina, el duelo de una boca letal
que se ofrece junto al malecón, entre dos luces,
alba malcosida, perros que babean su pereza
alrededor de las lonjas de pescado,
muchachas
cuyas sórdidas dávidas enmohecen en el fondo
de los tugurios, bajo sábanas salpicadas de orín,
descompuesto el cabello por el humo del tabaco,
la siniestra marea de un ejército que se pudre
entre sudor, vino y discordia, vanas castidades
de una edad que gira descompuesta en la lana
despintada por la saliva de cien generaciones
de borrachos.
Te alejas hacia otros meridianos,
tiene que existir otro mundo, algún lugar, otro
aire, una tapia, un hoyo, un túnel, no sabes,
un amarillo espacio donde el crimen se olvide,
donde una espada de fuego, arcángel o demonio,
defienda y crucifique los puntos cardinales
del hombre, abra las trampas de la virginidad
y sus ceremonias,
alguna tierra, algún astro,
nube o subsuelo, en donde la justicia sea,
un puño vengador se levante, libere del tirano
que se embriaga en su copa de lujuria, no halle
el dolor su domicilio en el lecho del verdugo
que desata su mal diario, clausure la asfixia
sus llamas expiatorias y salve con los signos
de su turbulenta liturgia el insomnio que anida
bajo el humo de las cárceles.
Oh, existe, sombra
o planeta, y hacia allá quieres tender tu cabeza,
la costumbre del muerto que sube por tu tronco,
oír cantar aún el mar de huesos que por tus ojos
se mueve, interroga, escupe, te niega al aluvión
de pena que te arrastra a otro golfo, sótano
cada vez más oscuro, cuerda acusadora, papel
culpable, reguero de destilaciones que unifica
silencio y hambre, rezo y cadena.
Y hacia allá
vas, tentáculo creciente, salamandra, liana
última, mientras la noche en ti se precipita,
abre hondos agujeros del olvido por tu carne,
y tú, credo solo, en su tinta germinal viertes
la sal de tus horas, el luto y la aventura
de este huésped, fénix ciego, que te habita.

miércoles, 30 de octubre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Álvarez Ortega, el poeta monástico"

Manuel Álvarez Ortega

   En "El Día de Córdoba":

Álvarez Ortega, el poeta monástico

El cordobés ha cumplido 90 años alejado de la farándula literaria Sus allegados destacan de él su honestidad y su dedicación 'rilkeana' a la poesía
IRENE CONTRERAS CÓRDOBA | ACTUALIZADO 27.10.2013
Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923) ha cumplido 90 años en 2013. Entre sus premios (el más reciente, la Medalla de Oro de la Junta de Andalucía en 2007) no se encuentra el Nobel, aunque ha sido propuesto para el mismo en dos ocasiones. Pero la prioridad del poeta nunca han sido los reconocimientos ni las medallas: a lo largo de su vida se ha sabido mantener alejado de los grandes círculos poéticos, premios y escaparates que contradicen su visión abacial de la literatura. Ese encierro voluntario responde a su dedicación plena a la labor creativa, que inevitablemente desemboca en una poesía meditada, sensata, circular. También desemboca en una imagen quizá alterada de la personalidad de un poeta que no rinde pleitesía a las cortes culturales ni se desvive por ver su foto impresa en las páginas de un periódico (actitudes de las que él habla como farándula poética). Una rara avis, esquiva y hermética para los desconocidos, que huye de la condición de personaje público que otros artistas se pasan la vida buscando. 

Esa vida rilkeana, consagrada a una literatura pura y preciosista, a la constante búsqueda de la perfección estilística, ha dado como resultado más de una treintena de poemarios en los que se preocupa por el paso del tiempo, la memoria y la metafísica. En los años 70, Álvarez Ortega era un poeta fiel a la palabra y al verso, heterodoxo de una suerte de tradicionalismo formal que no comulgaba con las modas estéticas que triunfaban en la época. Esto le hizo pasar desapercibido para muchos de sus contemporáneos mientras que los más jóvenes, los Novísimos, le reconocían como un maestro. 

Destacan, además de su creación literaria, las traducciones que realizó de los poetas franceses y belgas a finales de la década de 1960: Álvarez Ortega era traductor cuando muy pocos traducían en España. La antología Poesía francesa contemporánea (Taurus, 1967) le valió el Premio Nacional de Traducción y el agradecimiento de poetas y poetófilos españoles que pudieron, a través de su labor, conocer la obra de autores vecinos como Lautréamont, Apollinaire, Breton o Péret. Mediante esta experiencia tuvo la oportunidad de trabajar codo con codo con los propios autores de las obras que traducía, de conocerlos personalmente más allá de sus versos, lo que no solo enriqueció su bagaje poético sino que le convirtió, además, en una figura de referencia en España sobre la poesía francesa. Ávido lector de las letras europeas de Rilke, Kleist o Hofmannsthal, se mostró crítico desde muy pronto con la poesía española al margen de Góngora, Quevedo, Garcilaso y algún elegido de la Generación del 27. Fue fundador de la revista Aglae, con la que decidió acabar en 1953 cansado de recibir poemas anodinos y repetitivos; ese fue el único proyecto colectivo y de alguna forma abierto en el que se embarcó: lo demás ha sido encierro, trabajo solitario, apartamiento. Desde hace años reside en Madrid y mantiene el contacto con pocas personas, las que han sabido, a lo largo de su vida, comprender y respetar su desapego a la publicidad y su personalidad crítica y ácida, a menudo tildada con el apelativo difícil

"Su leyenda no la han fabricado sus allegados, sino los más ajenos a él". Quien habla es el poeta, crítico y catedrático de Filología Clásica Jaime Siles, que con 18 años descubrió en una librería de su Valencia natal el Dios de un día de Álvarez Ortega. Ese mismo año (1969) se conocerían en el Café Gijón, santuario de los literatos en Madrid, donde comenzó una amistad que aún hoy conservan. En torno a Álvarez Ortega se ha creado una atmósfera de misantropía que sus amigos más cercanos se esfuerzan en desmentir. De él destacan, por contra, su honestidad y coherencia tanto en la vida como en la poesía, a la que se ha dedicado de forma casi monástica. A finales de la década de los años 80, Siles le habló al poeta y editor Juan Pastor, fundador y director de Devenir desde 1984, de un poeta cordobés al que consideraba su maestro. Desde 1988 hasta hoy, Devenir ha dado luz a 11 títulos del poeta más dos ensayos sobre su obra. El pasado mes de mayo la editorial publicó Diálogo, un volumen que recoge una serie de entrevistas que el poeta ha concedido a lo largo de estos años. 

En la década de los 70 era frecuente ver a Álvarez Ortega por el Café Gijón del madrileño Paseo de Recoletos. Allí se reunía con otros poetas, jóvenes y veteranos, como Siles, César Antonio Molina, Fanny Rubio, Gerardo Diego o Francisco Umbral. "Los poetas jóvenes nos acercábamos a él interesados por su figura, por conocer la isla que era", cuenta el también poeta cordobés Francisco Gálvez. "También, por su visión de la contemporaneidad poética, el estado de la literatura, los poetas franceses. Él nos atendía con educación". La linarense Fanny Rubio recuerda que "durante una época, Manuel iba todas las tardes al Café Gijón. Me gustaba oírlo. Era un cordobés con mucho acento, practicante, y recordábamos muchas cosas de Andalucía juntos". César Antonio Molina, exministro de Cultura y actual director de la Casa del Lector, había leído sus obras y traducciones antes de conocerle en el Café Gijón. Entonces descubrió en él "un maestro, una persona en apariencia poco accesible y gruñona que, cuando se le trata y descubre que compartes muchas de sus inquietudes, se muestra totalmente cercana y amable". Aquella cafetería madrileña, donde aún se reúnen los círculos de literatos e intelectuales, fue el escenario de coloquios sobre la poesía y la vida que descubrieron a aquellos que se acercaban a Manuel (a quien sus allegados llamaban cariñosamente Manolo) una imagen del poeta más tierna, más honesta y más nítida que la imagen que trascendía públicamente. Por eso, ante la más mínima referencia a su personalidad esquiva y su mordacidad a la hora de hablar de otros poetas, a sus amigos les saltan las alarmas: "Es honesto y coherente, no se casa con nadie", dice Juan Pastor; "su sentido del humor, su perspicacia, su forma de ser crítico sin crueldad hacen sonreír cuando lo escuchas", conviene Fanny Rubio; "puede ser feroz en sus juicios pero conmigo siempre ha sido tierno y humano", defiende Jaime Siles; "habla de los malos poetas sin tapujos, dando nombres y apellidos, lo que puede resultar políticamente incorrecto", reconoce Francisco Gálvez, "pero el tiempo le está dando la razón". 

En 1998 la editorial Devenir publicó Dedicatoria, para conmemorar los 50 años de su primer libro. La presentación de la obra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid se convirtió en un homenaje al poeta, en el que Álvarez Ortega, receloso de este tipo de actos, accedió a acudir a regañadientes. El acto estuvo presidido por compañeros y amigos como Francisco Umbral, Jaime Siles, Francisco Ruiz Soriano, César Antonio Molina, Juan Pastor y Marcos Ricardo Barnatán. Además, acompañaron al poeta, entre el numeroso público de la emblemática Sala de Columnas, Jorge Urrutia, Rosa Pereda, Fanny Rubio, Jenaro Talens, Carlos Álvarez Ude y José Ramón Ripoll, entre otros. Pastor relata cómo tras la cena celebrada en ese encuentro, los poetas y amigos de su círculo más cercano decidieron presentar su candidatura al Nobel. "Al día siguiente se redactó la carta que mandamos a las instituciones, que, junto a un nutrido grupo de intelectuales y amigos, fue firmada y presentada por Jaime Siles, que estaba en la Unidad de Suiza, al Nobel". Pese a ser aceptada su candidatura por la Academia, finalmente el premio no se le concedió. Sus allegados coinciden en señalar que si Álvarez Ortega no cuenta con un gran palmarés de premios se debe, precisamente, a ese afán por mantenerse al margen. "Ha recibido menos honores, pero él nunca los ha buscado. De hecho, si se los dieran no sé si estaría dispuesto a recibirlos...", comenta Siles. "Ha asistido de manera distante al deterioro de la poesía hacia el mercado a través de los premios y la banalidad", opina Rubio, "y ha pagado el precio, que es no estar de moda. Pero cuando no estás de moda, estás siempre de moda". Por su parte, Gálvez afirma: "Su alejamiento ha permitido refinar su estilo. Nunca ha querido relacionarse al modo habitual. Pertenece a una escasa estirpe de poetas que no se pliegan". Molina también cree que Álvarez Ortega debería recibir los más importantes premios, "aunque lo que hace a un poeta no son los premios. Por ejemplo, Borges no tiene el Nobel". No obstante, continúa, "ha seguido el camino que su poesía requería, y si hubiese cedido en eso -modas, premios- quizás no habría sido el gran poeta que es. La gran poesía requiere de la inmensa minoría de Juan Ramón. Manuel tiene una carencia absoluta de necesidad de las glorias terrenales". El asturiano-leonés Antonio Gamoneda, ganador del premio Cervantes en 2006, apunta que en una ocasión Álvarez Ortega rehusó, "con suma educación", su invitación para participar en una importante lectura poética en el Palacio Real: "Valoro de forma positiva esa especie de soledad plenaria. Es una de las causas por las que ha logrado una obra incontaminada de tendencias y modas efímeras. Puede haberle restado popularidad, pero el valor real está en cómo cubre las hojas en blanco". 

Siles cuenta que, durante la celebración del mencionado homenaje en 1998, Umbral le dijo: "Habrá un día en que las futuras generaciones pregunten por su obra, y entonces tú podrás decir: 'Yo conocí a Álvarez Ortega', como los portugueses dicen 'yo conocí a Pessoa". Y es que la prolífica obra del poeta cordobés, simbolista y pasional, no es casual ni improvisada. Álvarez Ortega ha trabajado la palabra con constancia y paciencia, dotándola de matices la mayoría de las veces melancólicos y angustiantes, otras exultantes de pasión por la vida, siempre flotando sobre ella la sombra de un desierto final que se acerca imparable. Su obra se sustenta sobre sí misma y se erige gracias a la constancia, al camino firme que el autor ha seguido a lo largo de toda una vida dedicada a la poesía. "Destaca en su obra la moral del lenguaje", dice Siles, que añade: "Manolo tiene un sentido del lenguaje como no ha habido en España desde Góngora. La palabra nunca ha sido para él comunicación, sino creación e investigación del misterio". Molina le define como un poeta "espeleólogo": "Se adentra en la lengua, la inteligencia y el ser para iluminar las cavernas abismales de la existencia". 

Difícilmente adscribible a una generación o una tendencia estética, Álvarez Ortega es definido como poeta europeo. Su labor traductora le acercó de manera especial a la poesía que se hacía más allá de las fronteras españolas. "A través del estudio de los poetas franceses ha tenido acceso a la mayor parte de la poesía contemporánea. Esa diferencia de fuentes ha determinado el territorio de su escritura y esa cartografía poética y mental tan suya que le caracteriza", dice Siles. El escritor Antonio Colinas asegura que Álvarez Ortega "escribía siempre desde su propia y exclusiva voz, de una extremada pureza expresiva y con un gran afán reflexivo, meditativo, que era toda una rareza". 

Una voz propia cincelada y barnizada a lo largo de años de buceo en el océano de la literatura y de la vida (el propio Álvarez Ortega lo postula así en Intratexto: "Poesía, en todo caso, más que conocimiento, es inmersión en el ser"). Una voz con acento cordobés que no obtiene, sin embargo, el debido reconocimiento en su tierra del que sí gozan otros autores como Antonio Gala o Pablo García Baena. Un paisano, Francisco Gálvez, lo reclama: "Manolo merece que su propia ciudad le demuestre el afecto que le debe".