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lunes, 4 de julio de 2016

OPINIÓN. "Explosivo". Manuel Vicent

   En "El País":

Explosivo

Cada día el ángulo que forman el fanatismo y la tecnología va camino de pegar ambos lados hasta formar una sola línea

 Fresco que representa a Safo, hallado en las ruinas de Pompeya.

Fresco que representa a Safo, hallado en las ruinas de Pompeya. SAMUEL SÁNCHEZ

Si Borges colgara hoy un cuento en la Red e hiciera lo mismo Ortega con un ensayo y Machado con un poema, sin duda, se producirían múltiples comentarios y entre ellos habría elogios, opiniones explosivas, insultos e incluso algunos rebuznos. La Red mandaría este estúpido guirigay sin distinción al universo en un mismo e indestructible paquete. Podemos enviar un cacharro a Marte, pero no hemos alcanzado todavía la altura de algunos poetas del siglo VI antes de Cristo, como Safo y Anacreonte, cuya sensibilidad no ha sido superada. La filosofía actual en el fondo no consiste sino en comentarios a los textos de Platón. Todo el catálogo de pasiones humanas ya fue convertido en teatro en la Grecia clásica. Tampoco el estoicismo de Séneca y de Marco Aurelio ni el talento político de Cicerón encuentran un equivalente en la cultura contemporánea. En cambio cualquier idiota tiene a su disposición un micrófono, una cámara, una pantalla a través de la cual puede emitir esféricamente cualquier idiotez hasta más allá de la Andrómeda. El ángulo entre la moral y la técnica se está separando cada día más; una y otra tiran de nuestro espíritu en sentido contrario. Mientras este ángulo se abre hasta el infinito, otro mucho más diabólico se cierra. Cada día el ángulo que forman el fanatismo y la tecnología va camino de pegar ambos lados hasta formar una sola línea. El odio y la desesperación están a punto de hacer una síntesis mortal con algún preparado explosivo que puede adquirirse en cualquier droguería. A este paso pronto llegará el día en que cualquier sujeto, al que ha dejado la novia, podrá destruir toda una manzana solo por despecho. La técnica ha hecho posible que estemos todos a merced de los rebuznos que nos deparan las ondas y también de la destrucción que cualquier fanático decida simplemente para pasar el rato. Feliz domingo.

miércoles, 25 de mayo de 2016

LITERATURA Y SOCIEDAD. "Avellaneda". Julio Llamazares

En "El País":

Avellaneda

Hay personajes de la historia cuya aportación a ella fue involuntaria y hasta malvada, pero que sin ellos no sería igual

JULIO LLAMAZARES   23 mayo 2016
Ilustración del Quijote de Avellaneda 'Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha'
Ilustración del Quijote de Avellaneda 'Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha'

De Avellaneda se ha escrito mucho, pero se sabe poco más allá de su condición de impostor, autor de una segunda parte apócrifa del Quijote que obligó a Miguel de Cervantes a escribir una verdadera, para muchas personas la mejor de su inmortal obra. Martín de Riquer, el gran medievalista y cervantista catalán, sostiene que pudo ser el aragonés Jerónimo de Pasamonte, compañero de milicia y aventuras y colega en el oficio de las letras de Cervantes y escarnecido por éste, dada su honda enemistad, en un pasaje del Quijote, aquel en el que el hidalgo y Sancho se encuentran en un camino manchego con unos presidiarios que, condenados a remar en las galeras del rey por sus crímenes, conducen encadenados unos guardianes, y de los que el principal criminal, que incluso se jacta de ello, se llama Ginés de Pasamonte. Lo cual llevaría al escarnecido a vengarse de Cervantes escribiendo una segunda parte falsa del Quijote en la que, aparte de vilipendiar el libro, se aprovechó de su fama y de su popularidad.
Fuera quien fuera y como haya sido la historia, lo cierto es que Avellaneda (Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas, según su propia afirmación), indirectamente, ayudó a que acabara siendo como fue una de las obras cumbres de la literatura universal, y, sin embargo, tanto los aniversarios de ésta como del de Cervantes están pasando sin que nadie se lo reconozca. Ocurre con muchos personajes de la historia cuya aportación a ella fue involuntaria y hasta malvada, pero que sin ellos no sería igual. ¿Existiría la religión cristiana sin Pilatos, el hombre que ordenó crucificar a Cristo? ¿Y sin Judas Iscariote, el apóstol al que todos los creyentes vilipendian y desprecian por traidor? ¿Y la actual Europa, cómo sería sin las invasiones árabes? ¿Y América y África sin las europeas? ¿Cómo sería España en la actualidad sin la Guerra Civil o sin el golpe de Estado fallido de Tejero que contribuyó a unir a los partidos políticos para salvar una democracia que se tambaleaba peligrosamente?
No diré yo que personajes abominables y prescindibles de nuestra historia contribuyeron a la mejora de ésta, pero sí que sin ellos no sería igual y que, en algunos casos, hicieron un bien al mundo sin pretenderlo, siquiera sea por aquello que dice la sabiduría casera de que no hay mal que por bien no venga. En el campo de las artes, sobre todo, la aportación de ciertos personajes mezquinos y rencorosos y los propios enfrentamientos entre escritores y artistas, tan habituales como hilarantes contemplados a la luz del tiempo, han sido tan importantes a veces como las de los creadores que de verdad cambiaron aquéllas. Y eso hay que reconocérselo.

jueves, 7 de enero de 2016

CINE Y SOCIEDAD. "Maldito Tarantino". Jorge M. Reverte

Jorge M. Reverte

   En "El País":

Maldito Tarantino

La pregunta es si nos importa la violencia o solo sobre quién se ejerce


Confieso que hace ya algunos años contribuí a la fama de Quentin Tarantino después de ver Reservoir Dogs. Al final de la película, un espectador que no había parado de hacer comentarios sobre ella a su compañero de butaca dijo en voz alta: “Qué peli más bonita, Alberto”. Más o menos, y para mi vergüenza actual, es lo que yo pensé, y le hice con una carcajada un homenaje al comentarista.
La película estaba muy bien hecha y las actuaciones de los protagonistas eran soberbias, sin excepción. Valoré la película en silencio, y pensé que se trataba de una historia excelente llena de ironía sobre la violencia y la comunicación. Me pareció que la crítica que contenía era muy positiva. Y ya me hice fan del director americano.
Ahora se anuncia con gran difusión que los próximos meses se va a estrenar una nueva historia de este cineasta. Y tengo que decir que no me provoca la menor sensación de placer. Su estética de sangre y violencia ha dejado de hacerme la menor gracia.
Y solo faltaba que hubiera pasado lo de París para reafirmarme en mi nueva condición de militante (porque lo soy) anti-Tarantino. Tan nueva que ni mi mujer lo sabía. Hace no mucho recordé una película suya, Malditos bastardos, en la que sucedía un ametrallamiento de nazis en París, que era igual que el que habían realizado unos yihadistas en la discoteca Bataclan. Y me imaginé a cientos de musulmanes jóvenes, divertidos con la visión del ametrallamiento de cientos de jóvenes como ellos, salvo que eran cristianos. La ironía ya no existía, solo una mirada cruel y falta de crítica sobre la violencia. Lo mismo valía para otra película del autor, Django desencadenado, de modo que a Tarantino me parece que ya no hay por dónde cogerle.
Porque la pregunta es si nos importa la violencia o solo sobre quién se ejerce. ¿Basta que alguien lleve un uniforme nazi para que se le pueda torturar? Yo creo que no, y quiero creer que los sistemas educativos occidentales están en contra de eso. Sería espantoso que una película española viajara a Marruecos estando a favor del asesinato de cristianos. Eso vale en todas las direcciones. Espero que Tarantino deje de recaudar tanto como hasta ahora.

jueves, 17 de diciembre de 2015

COLUMNA PERIODÍSTICA. "A las armas". Manuel Vicent


Manuel Vicent
 En "El País":

A las armas

Cuanto más diabólico sea el armamento más admiración recibe


Las armas no obedecen a los mandos militares. Solo combaten entre ellas con voluntad propia en bandos contrarios, aunque hayan sido engendradas como hermanas en la misma fábrica. A inicios de 1990, después de un enfrentamiento con centenares de muertos entre el Ejército peruano y los rebeldes de Sendero Luminoso se pudo constatar que las fuerzas reaccionarias de Fujimori usaban armamento todavía soviético y los revolucionarios iban armados con material norteamericano. Las armas solo se buscan entre ellas en cualquier lugar del planeta donde haya un conflicto y entran en combate hasta aniquilarse mutuamente. El representante de la fábrica de armamento explica a un consejo de generales las ventajas catastróficas de un nuevo misil inteligente, las prestaciones mortíferas de la bomba de racimo o la perversa imaginación de la mina antipersonas diseñada no para matar sino para colapsar los hospitales del enemigo con niños sin piernas ni brazos. Cuanto más diabólicos sean estos engendros más admiración reciben de los altos mandos militares. A continuación los ministros del ramo realizan grandes pedidos, que serán usados, revendidos legalmente o de contrabando a quien quiera comprarlos. Los pilotos se levantan, desayunan leche con avena, se duchan, arropan con ternura a su niño que duerme abrazado a un peluche y se despiden de su mujer con un beso: ¡adiós, querida!, ¡adiós, amor mío, que tengas un buen día! Los pilotos suben a los bombarderos y despegan en estado de erección. Gloria a Dios en las alturas. Las armas no tienen ideología, pero necesitan carne humana para alimentarse. Las bombas caen sobre una madre que está guisando para la familia, sobre una pareja de enamorados en la cama, sobre unos niños que juegan en la calle. Los pilotos creen cumplir una alta misión, pero solo obedecen como esclavos el designio de las armas.

jueves, 26 de noviembre de 2015

"Bodegón", columna de Julio Llamazares

Julio Llamazares

   En "El País":

Bodegón

Las noticias, hoy tan graves y sombrías, se perderán en el tiempo, como sus protagonistas


Vuelvo de Extremadura, la región más desconocida por los españoles y a la vez una de las más hermosas. El veranillo de San Martín, este año un auténtico verano, me ha permitido volver a comprobar lo dicho. En el campo de Trujillo la paleta de colores era tan espectacular que rozaba casi lo fabuloso y los aromas de las granadas, de los membrillos, de los madroños, de los majuetos y los endrinos silvestres, de las higueras ya despojadas de higos, al sol después de las últimas lluvias y vigilados de cerca por millones de pájaros e insectos, llenaba el aire de sensaciones haciéndolo casi carnal. Difícil no emocionarse ante la gama de verdes de las colinas (del verde oscuro de las encinas al verde plata de los olivos y al esmeralda de las hierbas nuevas, las que han brotado con el temporal de otoño) y con las pinceladas de amarillo y sangre de los árboles de ribera y de los huertos y los jardines de las casas de campo y los lagares, éstos con su cenefa de vides rojas y ocres entremezcladas ya de amarillo a punto de caer sus hojas, que salpican el verde general. Si la felicidad existe está en esos escenarios y en esos momentos únicos en los que la belleza del mundo se conjuga y nos da la mano para detenernos ante su consagración.
Mientras las radios y las televisiones desgranaban las noticias de estos días, todas tan graves como para ensombrecer el ánimo pero tan pasajeras como sus protagonistas (basta que pasen unos pocos años), en un pequeño lugar del mundo el otoño hacía explotar su belleza, que es la misma belleza de hace siglos y milenios y la que seguirá explotando cuando ninguno de aquéllos esté ya aquí para poder verla y las noticias hablen de otras personas, que también pasarán después de creerse dioses. Porque el paisaje sobrevive al hombre. Y porque, contra lo que muchos piensan, lo verdaderamente duradero no es nuestra vida ni nuestras obras, sino ese color fugaz que el sol pinta al atardecer sobre una colina, ese mugido animal en la lejanía ya en sombra al anochecer, ese aroma a vino nuevo, a hierba húmeda, a humo de encina seca en la chimenea, que el viento lleva hacia el horizonte, ese bodegón frutal (granadas, membrillos, madroños rojos como la sangre, limones, todos dispuestos sobre la mesa humilde de la cocina) que es el mismo que han pintado a lo largo de la historia todos los grandes pintores y que seguirán pintando los que los sucedan. Las noticias, en cambio, hoy tan graves y sombrías, tan duraderas y tan solemnizadas, se habrán perdido en el tiempo, como sus protagonistas.

jueves, 19 de noviembre de 2015

"Fatalismo", David Trueba

David Trueba

   En "El País":

Fatalismo

La democracia se asienta sobre la educación de las personas para la libertad


Decíamos la semana pasada que Europa necesita mirarse en plano general. Secuestrado como está lo colectivo por cuatro marcas de telecomunicación, va siendo hora de recuperar la calle. Las matanzas perpetradas en París por una franquicia del rencor que encuentra clientela con demasiada facilidad pretenden que Europa se rinda de manera definitiva al fatalismo. Solo la estupidez y la falta de perspectiva pudo convencer a tantos de que los humoristas del Charlie Hebdo pagaban algún tipo de pecado y convenía autoimponerse límites a la libertad. Ahora, quizá, queda más claro que el pecado está en salir de copas, acudir a escuchar música, ir al fútbol, considerar a la mujer un igual y a tu hija una futura persona cultivada y libre. Permanecer impasibles ante el éxito económico de variadas dictaduras, a las que premiamos invitándolas a formar parte de nuestro accionariado, nos obliga a temer una Europa que aceptará de buen grado los nacionalismos autoritarios y la pérdida de libertades.
Hemos cometido un error de apreciación al identificar la democracia con solo la libertad de mercado y la circulación global de capitales. La democracia se asienta sobre algo mucho más sólido y esencial que es la educación de las personas para la libertad. El castigo en nuestro sistema educativo a las asignaturas de Humanidades, al Dibujo y a la Filosofía delata la mediocridad de las élites que nos dirigen. Sobre esos pilares se asienta la historia de Europa. Frente a las matanzas religiosas y nacionalistas, el esfuerzo intelectual, las artes, la crítica, la búsqueda de un ideal colectivo de vida, las leyes justas, los derechos, han ido fabricando oasis de justicia inéditos en la historia de la humanidad. Eliminar de los planes de estudios todo lo que no resulta práctico al mercado financiero nos deja indefensos frente a la tragedia de vivir. En París, como en Egipto, Beirut o Túnez en semanas pasadas, lo único que se pretendía con el terror es infundir miedo y propagar la idea de fracaso entre quienes defienden la libertad personal.
Es demasiado fácil caer en el desánimo. Es demasiado fácil concederles a las armas la autoridad para ser la medicina que cure nuestros males. El dolor es imposible de eliminar, el miedo es sencillo de inocular. Pero en las aulas de Europa se está jugando la batalla más fundamental. Hay que dar tiempo, espacio, cercanía, calor y conocimiento a los jóvenes, sacarlos del secuestro de los negocios alienadores y embrutecedores, y devolver a Europa el esfuerzo por el conocimiento y el reto intelectual para responder a nuestras dudas existenciales con el rigor de la razón.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

PRENSA. "Astronautas". Manuel Vicent

Manuel Vicent 

   En "El País":

Astronautas

Los extraterrestres ya están aquí. Son esa gente corriente que trabaja para que este planeta se convierta en un hogar limpio y confortable



El espíritu humano está generando el sueño de colonizar Marte como una escapatoria para el día, no tan lejano, en que este mundo se convierta definitivamente en un basurero inhabitable. Pero ese sueño no es sino una coartada para seguir destruyendo la Tierra impunemente con la excusa de que en el futuro habrá otro planeta de repuesto. Más allá de la conquista del sistema solar existe una aventura galáctica menos complicada en la que todos podemos ser astronautas. Bastaría con adecentar este mundo, el único que tenemos a mano, para que se convirtiera en un planeta distinto al que se podría viajar sin salir de casa. Solo en nuestra pequeña galaxia hay millones de mundos semejantes a la Tierra que podrían albergar vida, pero es prácticamente imposible que exista un lugar tan maravilloso en el universo donde se den a la vez la sinfonía 41 de Mozart y el pan gallego, una escultura de Fidias y las trufas color violeta del Perigord, los versos de Hörderlin y el balanceo felino de una mulata caminando por la playa de Copacabana, una madona de Rafael y los erizos de enero con vino del Rin, la serenidad de Sócrates ante la muerte y los salmonetes de roca, la duda de Hamlet y la locura de Alonso Quijano. Otro sueño que genera el espíritu humano es la existencia de seres de otras galaxias que un día podrían venir a enseñarnos las fuentes de una energía inimaginable. Pero esos extraterrestres ya están aquí. Son esa gente corriente que trabaja para que este planeta al que estamos condenados se convierta en un hogar limpio y confortable. Los pacifistas, los ecologistas, los naturistas, los esforzados combatientes contra el cambio climático son los astronautas extraterrestres en esta formidable empresa galáctica. Un viaje interestelar a ese planeta fantástico se empieza depositando la basura reciclada en el contenedor apropiado.

martes, 3 de noviembre de 2015

PRENSA. "Matajudíos". Julio Llamazares

Julio Llamazares
   En "El País":

Matajudíos

En el puritanismo lingüístico que asola nuestro país a menudo se ha llegado al disparate


De todas las formas de puritanismo, la más estúpida quizá sea la lingüística, puesto que ni siquiera se justifica por la educación a veces. El uso reiterado y continuo de eufemismos (“discapacitados”, “internos”, “trabajadores de la limpieza”, “sin techo”), así como de frases y expresiones rebuscadas, algunas de ellas sin significación (“una persona de color” o “de edad”, pongo como ejemplos, carecen de ella salvo que se precisen el color y la edad de esa persona), persiguen más la corrección política que la lingüística, y en ocasiones lo único que pretenden es calmar la propia conciencia. Así cuando alguien dice “individuo de etnia gitana” en lugar de gitano sin más (que es como se llaman los gitanos a sí mismos) o “daños colaterales” para no tener que decir heridos o muertos.
En el puritanismo lingüístico que asuela nuestro país a menudo se ha llegado al disparate (¿quién no recuerda a aquella ministra que quería que dijéramos “miembra”, “conserja” y “gerenta” en pro de la igualdad de la mujer?) y en no pocas ocasiones se han perpetrado auténticas barbaridades formales y etimológicas. Esta semana pasada, sin ir más lejos, el embajador de Israel y las autoridades de Burgos protagonizaban un acto muy aplaudido por toda la prensa en una localidad cuya denominación molestaba, según parece, a muchas personas: Castrillo Matajudíos. Tras un referéndum entre los vecinos (¿qué iban a decidir los pobres con las bromas que venían soportando desde antiguo, últimamente también acusaciones de xenofobia?), el nombre se mudó por otro nuevo se supone que más respetuoso: Castrillo Mota de Judíos. Lo curioso es que Matajudíos no significa lo que la gente creía al oír el nombre de la misma manera que los cientos de Matas (“porciones de terreno poblados por árboles de la misma especie”, según la RAE) repartidos por España: Mataporquera, Matalascañas, Matalebreras, Matallana, Matilla, Matueca, La Mata en sus múltiples variantes: de la Bérbula, del Páramo, de Morella, de Armuña…, no indican que en ellas se mate a nadie, ni siquiera que se vaya a hacer. Matajudíos era, pues, un topónimo normal, ni xenófobo ni antisemita, una Mata habitada o fundada por judíos en algún momento de la historia, de ahí su nombre.
Pero el mal ya está hecho, no a los judíos, sino a la toponimia y al nomenclátor de este país. Y a ver quién da marcha atrás ahora. Así que lo mejor es aceptar el nuevo nombre y rezar, eso sí, porque a alguien no se le ocurra cambiar también el del hijo más ilustre de Castrillo Mota de Judíos, antiguo Castrillo Matajudíos, el gran organista y compositor del Renacimiento Antonio de Cabezón, por si también su apellido pudiera molestarle a alguien.

viernes, 30 de octubre de 2015

PRENSA. "Cerdos y zorras". Luz Sánchez-Mellado

Luz Sánchez-Mellado

   En "El País":

Cerdos y zorras

Maldita la gracia que tiene una lacra que solo acabará cuando ellos, todos ellos, entiendan que “no” significa no. Que no. Ni de coña


Qué prieta vienes hoy, qué buena te estás poniendo, que no me entere yo de que ese culito pasa hambre. Cualquier mujer que haya trabajado con una muestra representativa de hombres ha recibido u oído recibir a otras parecidas perlas de galantería masculina de boca de algún colega y/o jefe en algún momento. Ayer mismo, sin ir más lejos. Oficinas y fábricas, por muy de inteligentes que se las den últimamente, no son un mundo aparte limpio de polvo y paja. Son la misma jungla de relaciones que la calle y la casa, solo que sus moradores están obligados a permanecer en ella las horas reglamentarias y a acatar la autoridad de la especie dominante si desea conservar el trabajo, o sea la bolsa, o sea la vida. Ocurre, todavía, que la mayoría de sujetos alfa de la selva son machos. Y que aún demasiados, aunque solo sea uno, creen que todo monte de Venus es orégano a su disposición absoluta.
Las mujeres aprendemos desde niñas a espantar moscones, driblar babosos y torear cerdos. Eso, aunque no debiera, entra en las reglas del juego, y jugamos cuando nos da la gana. Si nos ponemos igualitarias, nosotras también decimos lo bueno que está el becario, lo mazas que se está poniendo el gerente y el polvazo que tiene el segurata. También ponemos a parir trillizos a la calientabraguetas que va por los despachos pechuga en bandeja. También actuamos según cómo y con quién, solo faltaba. Pero, personalmente, veo claras las líneas rojas. No tengo un abusómetro, pero sí estómago, sentido común y vergüenza. Ayer mismo una presentadora mexicana abandonó un plató porque un baboso la manoseó en directo pese a sus protestas. El cerdo la disculpó ante la audiencia diciendo que su colega debía de estar “hormonal”, o sea menstruando, o sea viva, para tomarse en serio la broma. Maldita la gracia que tiene una lacra que solo acabará cuando ellos, todos ellos, entiendan que “no” significa no. Que no. Ni de coña.

miércoles, 28 de octubre de 2015

PRENSA. "Piratas". Manuel Vicent

Manuel Vicent

   En "El País":

Piratas

El fanatismo, la superstición, el sectarismo, los recortes en la educación, la manipulación de las redes sociales son las formas de piratería que pueden convertir al niño más inteligente en un futuro esclavo


A la hora de explicar algunas características del cerebro humano el profesor decía a sus alumnos que ese órgano es la principal materia prima que existe en nuestro planeta, la única fuente de energía realmente inagotable, sostenible y renovable. Millones de recién nacidos se incorporan cada día a este mundo con ese tesoro instalado en la celda del cráneo. En el momento de nacer ese órgano tiene en todos los casos idéntico valor sin que importe el origen ni el lugar de donde proceda, pero la inmensa mayoría de esos cerebros son desechados, mientras solo muy pocos tienen la suerte de desarrollar toda su energía. No hay injusticia más perversa ni despilfarro más estúpido que desperdiciar ese tesoro. Para animarlos a cultivarlo el profesor decía a sus alumnos que todo lo que aprendan en el colegio y en la universidad será una riqueza invisible que les acompañará siempre a cualquier parte del mundo adonde vayan. No tendrán que declararla en la aduana, el escáner no podrá detectarla, ningún gendarme conseguirá prohibirle el paso y estará siempre a salvo de los ladrones. Pero al observar que uno de sus alumnos, ajeno a estas palabras, permanecía abducido por el videojuego de la tableta el profesor añadió que si bien es muy difícil que te roben el cerebro es muy fácil que te lo coman o te lo laven. En efecto, el lavado de cerebro es la práctica más usual que utilizan hay los piratas para apoderarse de ese tesoro. El fanatismo, la superstición, el sectarismo, los recortes en la educación, la manipulación de las redes sociales son las formas de piratería que pueden convertir al niño más inteligente en un futuro esclavo. Pero junto a la facultad de desarrollar la inteligencia el cerebro lleva también aparejada la forma de rebelarse. Esa rebeldía y no otra cosa es la libertad, el último bastión que habrá que defender contra los piratas.

jueves, 15 de octubre de 2015

PRENSA. "A la maestra". Elvira Lindo

   En "El País":

A la maestra

Urge abrir una escuela de padres y madres para que aprendan a comportarse. Primera lección: a la maestra no se la pega


Una clase para adultos. / SANTI BURGOS

El lenguaje se infecta. Lo infectan a menudo los políticos y lo infectamos quienes hablamos o escribimos en los medios. Nuestro vicio por una jerga que encubre a menudo un rechazo por la claridad acaba trufando el lenguaje común. Como resultado, a veces hablamos de asuntos cotidianos como si estuviéramos en una tertulia televisiva o haciendo declaraciones en el telediario. En una esquina del periódico, no tan a la vista como a mi juicio debiera estar, me encuentro con que en Granada una madre ha agredido a la maestra de su niña porque las normas del centro no permitían la impuntualidad para una jornada musical. La madre, fuera de sí, agarró del pelo a la maestra, la pateó y la insultó. Todo esto delante de la cría. Dios nos libre de madres que nos quieran tanto. La maestra acabó en el hospital: las magulladuras se curan antes que los sustos y que el trauma que provoca una agresión.
Leo que la directora del centro ha declarado que a la paz se llega con el diálogo, y que la Consejera de Educación se solidariza con su caso y rechaza cualquier tipo de violencia. Supongo que estas expresiones provienen de cuando los telediarios abrían con los políticos condenando un atentado, pero francamente esas palabras suenan poco convincentes si se trata de hablar de algo ocurrido en una escuela. Todo es más simple: el profesorado es la autoridad que los padres deben reconocer. En casa nuestra madre solía decirnos: “A la maestra se la trata con respeto”. Por lo que se ve urge abrir una escuela de padres y madres para que aprendan a comportarse. Primera lección: a la maestra no se la pega (permítanme el laísmo).

sábado, 26 de septiembre de 2015

PRENSA. "Los patriotas". David Trueba

David Trueba

   En "El País":

Los patriotas

Qué fácil resulta lograr que las personas anulen su conciencia cívica y la pasión crítica para ponerles a desfilar tras la bandera



Qué chollo es fabricar patriotas. Qué rentable sale lograr que las personas anulen su conciencia cívica y la pasión crítica para enfundarles un uniforme o ponerles a desfilar tras la bandera. Qué útil hacerles confundir la pasión deportiva, donde te identificas con el talento para el gol y la canasta de quienes te son cercanos y familiares, y venderles que esa filiación te explica el mundo, te ordena el mundo, te marca las prioridades. No hay más que verles correr a intentar convencernos de que la genialidad de Pau Gasol justifica la integridad territorial, las concertinas de Melilla, el abandono de los dependientes, la privatización del servicio sanitario. Y no, Gasol solo mete canastas y nos muestra la verdad humilde de tratar de hacer bien tu trabajo.
Hemos leído en estos días asegurar que Jeremy Corbyn es un mal patriota y que pone en peligro la seguridad de su país, tan solo porque es escéptico ante los himnos y defiende unas ideas propias prefiriendo la grandeza de perder las elecciones encarnando unos valores a ganarlas siguiendo las encuestas. Es populista, seguro, pero también es populista privatizar el ferrocarril británico sosteniendo que así se abarata y funciona mejor, pese a que cada día constatamos el fracaso. Fueron sin duda más patriotas la señora Thatcher o el señor Blair, con su fervor guerrero para aplastar a muchachos que eran enviados a primera línea de fuego por generales corruptos y decadentes o sátrapas aprovechados y dementes. Es seguro más patriota David Cameron, con su juego de ambigüedades frente a una Europa a la que solo defiende si es para hacer negocio.
No se confundan, patriota no es el senador McCarthy, que diciendo defender las esencias de su nación expedía certificados de buen norteamericano en su cruzada indecente, sino que patriotas fueron Marlene Dietrich, que cantaba para las tropas que luchaban contra su patria natal cuando ésta se dejó enloquecer por el nazismo, y patriota fue Thomas Bernhard cada vez que denunciaba la corrupción moral de su Austria fascista. Qué éxito han logrado los que en el siglo XXI, después de ejemplos innumerables del daño que ha causado la fe ciega, mantienen viva la llama de las esencias nacionales y logran frenar la acogida de los refugiados en nombre de la identidad local. Qué increíble poder de convicción para que la gente se siga considerando ajena al destino común de los seres humanos y tan solo se identifique con los suyos, los que comparten color de piel, lengua, supersticiones, tradición. Felicitémosles por lograr convertir cada canasta y cada gol en un certificado de pureza para su indecencia.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

PRENSA. "La tradición". Julio Llamazares

 
Julio Llamazares 
  En "El País":


Si en apenas dos meses, los que van del verano, que continúa, en España hubieran muerto 12 boxeadores, 12 ciclistas corriendo competiciones, 12 policías dirigiendo el tráfico o 12 bomberos apagando fuegos habría habido ya un gran debate nacional sobre la conveniencia o no de la práctica de tales deportes o sobre la seguridad de esas profesiones y el país entero estaría alarmado por la tragedia. Pero, como los 12 muertos (y los que aún pueden producirse: el verano continúa con sus fiestas) han tenido lugar en el cumplimiento de una tradición, la de los juegos de toros, se dan por bien empleados, puesto que la tradición, que es sagrada, está por encima de cualquier cosa y lo justifica todo.
En el nombre de la tradición, en este país se han hecho y siguen haciéndose barbaridades sin fin, la mayoría utilizando al toro para ellas, pero también a otros animales, aunque también las hay presuntamente más inocentes por la ausencia de sangre, que no de violencia y mal gusto: tirarse toneladas de tomates unos a otros hasta acabar irreconocibles y rodando por el suelo, llevar a hombros imágenes religiosas a pleno sol durante kilómetros después de un año de no entrar en la iglesia ni de visita, pegarse con los del pueblo vecino por un quítame allá esa Virgen, competir entre los del propio a ver quién come el mayor número de butifarras o huevos duros sin beber agua o demostrar la hombría explotando pólvora y la testosterona saltando o emborrachándose hasta caer al suelo. Si, como dice la antropología, la tradición es la cultura de un pueblo, a uno le da hasta miedo saberse parte de un pueblo capaz de hacer todas estas cosas y, además, enorgullecerse de ellas.
Se acerca el toro de Tordesillas, que llenará las páginas de los periódicos de comentarios un año más, pero ya que los animales no alcanzan a despertar la compasión de esos españoles aficionados a torturarlos y a asesinarlos por diversión ni consiguen que reaccionen unas autoridades que en numerosos casos tienen miedo a sus vecinos (los alcaldes de los pueblos) o a las consecuencias electorales de su decisión, por lo que no se atreven a coger el toro de la tradición por los cuernos, nunca mejor dicho, detengan por los menos esa sangría de vidas humanas que, como si se tratara de sacrificios a un dios impío, se producen cada año en un país en el que la tradición y la barbarie se confunden muchas veces, lo que muestra su retraso cultural evolutivo. Viendo y oyendo manifestarse a algunos participantes en esas fiestas, uno se afirma en su convicción de que no sólo el hombre desciende del mono sino que muchos no han descendido aún.

lunes, 8 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "Ferlosio". Julio Llamazares

Rafael Sánchez Ferlosio

   En "El País":

Ferlosio

Todo el mundo debería leer los pecios reunidos en ‘Campo de retamas’


El para mí mayor escritor español del último medio siglo, ese que algunos creen un vagabundo cuando se cruzan con él por la calle o en el café, el que parece en las fotografías de prensa un samurái perplejo, al estilo de los personajes de su Testimonio de Yarfoz, acaba de publicar un libro que es una verdadera joya no solamente literaria sino también filosófica y hasta política. Se titula Campo de retamas y todo el mundo debería leerlo, aunque sé que pocos lo harán.
Rafael Sánchez Ferlosio, el escritor maldito de verdad, el narrador sin condescendencia consigo mismo ni con su obra, el autor de algunas narraciones que son ya historia de la literatura, pero de las que reniega en público sin ninguna impostación ni intención de epatar a sus lectores, el articulista de prensa siempre original, ha reunido en su última obra (recopilación de aforismos, ensayo, filosofía en pequeñas perlas, cada uno que piense lo que quiera de él) cuya digestión requiere un tiempo diferente a la de la mayor parte de los libros. Si la verdadera literatura es esa que te obliga a detenerte cada poco y a pensar, a regresar sobre lo ya leído, a buscar concomitancias con otros textos del mismo autor o de otros diferentes, a demorarte, en fin, en su comprensión, las retamas de Ferlosio, o —como él se refiere a ellas salvo en el título de la obra— pecios, tejen unas con otras un bosque de matorral que se enreda en las piernas del lector y al mismo tiempo en su pensamiento y le hacen cada vez más difícil su andadura, pero más apasionante precisamente por ello.
Frases como la que inaugura el libro: “Ojo conmigo”, o afirmaciones como la de que “la simpatía es un arcaísmo de quienes creen, quieren creer o necesitan fingir que hay todavía un medio, un ámbito de vida pública en el que los hombres pueden allegarse en algún grado, de manera directa y espontánea, los unos a los otros” sitúan al lector ante una escritura en la que nada fácil se le ofrecerá. Habituados a las lecturas condescendientes y compasivas del actual canon literario, a la sucesión de libros de entretenimiento que gozan del favor del público generalista contemporáneo, las retamas o pecios de Ferlosio obligan a un esfuerzo intelectual a sus lectores (como antes a su autor), lo que no significa que su lectura no sea placentera. Al revés: el placer surge de su dificultad, de la capacidad del autor para convertir las palabras en piedras preciosas y la sintaxis en pensamiento, del propósito irrenunciable de Ferlosio de no bajar la guardia en ningún momento para no decir un solo lugar común, algo que se le agradece en un tiempo como éste en el que la facilidad y lo divertido están tan valorados comúnmente.

PRENSA. "Apestando la tierra". Javier Marías

Javier Marías

   En "El País Semanal":

Apestando la tierra

Siempre he creído que cada uno debe librar sus batallas de frente y en solitario, otro anacronismo más que achacarme


Parece del todo olvidado aquel dicho que se sabían todos los niños de cuando yo era niño: “Dos contra uno, mierda para cada uno”. Es decir, estaba muy mal visto, se consideraba una cobardía impasable, que dos chicos se pelearan contra uno solo, o se metieran con él. No digamos si eran veinte. Quizá por eso, siempre me han desagradado sobremanera esas sesiones en que varios comensales o contertulios se dedican a poner a caldo a alguien y en que, azuzándose unos a otros, compiten por superarse en veneno. Hasta cuando la persona objeto del linchamiento verbal me resultara detestable y merecedora de todas las críticas, me he sentido incómodo y he preferido abstenerme de participar, precisamente por la diferencia de número. Siempre he creído que cada uno debe librar sus batallas de frente y en solitario, otro anacronismo más que achacarme.
La tendencia actual es la contraria, y por eso he leído con preocupación y estupor las informaciones que aparecen sobre el nuevo “deporte de masas”, como lo calificaba Javier Salas en la suya de hace unas semanas en este dominical, consistente en humillar pública y multitudinariamente a alguien, conocido o desconocido, en las redes sociales. Lo que más estupor causa es que quienes toman parte en esas campañas sean centenares de miles, incluso a veces millones, escudados muchas veces en el conveniente anonimato de los sobrenombres o apodos. Uno se pregunta cómo es que hay en nuestras sociedades tantos individuos por un lado ociosos, y por otro con tan mala saña. Hay que tener una vida bien vacía, y aburrida hasta la desesperación, para andarse fijando en lo que ha dicho en un tuit cualquier idiota del que nada se sabe, o en la foto desafortunada que ha colgado en Facebook una joven que pretendía ser graciosa. Antes, el chiste malo racista u homófobo o misógino se soltaba en el bar, ante cuatro amigos de índole semejante, que reían de buen grado la chanza. Nadie más se enteraba y nadie podía darle importancia. Se desvanecía en el aire, como si no se hubiera dicho. Pero el narcisismo de nuestros tiempos no puede conformarse con eso: los idiotas y chistosos necesitan exhibirse y ansían universales aplausos abstractos. “Se va a enterar el mundo de lo que opino de esto, o de Fulano”, piensan, y corren a su alrededor para proclamarlo a los cuatro vientos. Con lo que al parecer no contaban es con que el mundo está lleno de gente con espíritu policial o inquisidor o justiciero, que se debe de pasar media vida al acecho de las “infracciones” para hundir en la miseria al metepatas que incurra en ellas.

En cuanto alguien susceptible sube el diapasón, todo el mundo se echa a temblar y se apoquina
Cuentan las informaciones sobre el fenómeno que ante una avalancha de insultos no hay actitud recomendable: si se da la callada por respuesta, malo, porque arreciarán los vituperios; si hay retractación e imploración de perdón (lo cual es la tendencia pusilánime de nuestra época), también malo, porque eso no colará ni se obtendrá el perdón suplicado: téngase en cuenta que los injuriadores pueden ser centenares de miles, y de todo el globo; si se pone uno farruco, en plan “sostenella y no enmendalla”, por lo visto es también malo: el griterío irá in crescendo y además nunca se calla, el nombre de la persona “linchada” quedará para siempre asociado a lo que la jauría tildó de baldón imperdonable en su día. La cosa es tan desproporcionada que algún “incorrecto” se ha visto forzado a “cambiar de móvil, de facultad, de carrera y hasta de nombre”.
Otros han perdido su empleo porque su también pusilánime empresa se ha plegado a las exigencias del coro anónimo de imprecadores y no ha querido arriesgarse a mantener en su plantilla a alguien censurado por millones. El miedo hoy en día hace estragos. Recuerdo haber criticado a este diario por haber retirado inocentes anuncios que una parte quisquillosa de la población juzgaba “sexistas”, por ejemplo. En cuanto alguien susceptible sube el diapasón, todo el mundo se echa a temblar y se apoquina. Casi nadie tiene la reacción templada de decir: “Esto es una tontería; ni caso”. Y por supuesto casi ningún famoso pillado en algo que esté mal visto –y hoy lo están demasiadas opiniones, prácticas y hábitos– se atreve a responder como Madonna al salir a la luz viejas fotos suyas desnuda: “¿Y qué?” Al contrario, todos se dan golpes de pecho, se arrepienten, anuncian contritos que se van a tratar de lo que sea –alcohol, drogas, posturas políticas o religiosas, infidelidades (“adicción al sexo” el nuevo nombre)–; en suma, aceptan la bronca como niños y ejercen tan abyecta autocrítica que las de los disidentes soviéticos obligados por Stalin a su lado eran altanería. Lo que no se tiene en cuenta es que achantarse ante cada estallido de indignación y castigo masivo supone fortalecer a la gente “virtuosa”, tan parecida a la que describió Machado en su célebre poema: “En todas partes he visto caravanas de tristeza, soberbios y melancólicos borrachos de sombra negra … Mala gente que camina y va apestando la tierra …” Los idiotas son millares, pero son peores quienes los juzgan y se ensañan con ellos, sin límite y en manada. Son éstos, sobre todo, quienes van apestando la tierra hasta hacerla irrespirable.
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