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lunes, 13 de octubre de 2014

PRENSA. "La fuerza del hambre". Juan Goytisolo

Juan Goytisolo

   En "El País":

La fuerza del hambre

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Las víctimas del bochornoso espectáculo que contemplamos a diario en el perímetro aislante (¡oh, cuán higiénico!) de Ceuta y Melilla ignoran las leyes inicuas que rigen el mundo desde la caída de los regímenes seudocomunistas y del desmantelamiento paulatino del modelo socialdemócrata del Estado providencia: la desregulación caótica de los mercados financieros del casino global y el desequilibrio comercial que favorece a los países de tecnología avanzada a expensas de los que no pueden exportar más que materias primas y mano de obra barata. Huyen de la miseria, de los tiranuelos heredados del antiguo poder colonial, de las guerras étnicas o tribales con su secuela de matanzas y éxodos. Han atravesado miles de kilómetros a través del desierto, sufrido el abuso de las mafias, soportado el rigor y las trampas del clima en una huida adelante de meses o años en busca de un refugio para afrontar al fin el último obstáculo: una doble verja de seis metros de altura con alambres de espino y cuchillas “no agresivas sino disuasorias” en palabras de nuestro ministro del Interior.
Agrupados a las puertas del soñado El Dorado europeo aguardan la ocasión favorable para trepar por las alambradas sin otra arma que su tenaz instinto de vida. Los vemos escalando las vallas de acero y concertina, encaramados en su cima o izados como una bandera en lo alto de un poste. Las fuerzas del orden les aguardan al pie con sus porras, escudos y cascos para la llamada “devolución en caliente” y no obstante eso se dejan caer en racimos para abrirse paso entre ellas y correr si lo logran en un iluso maratón victorioso camino de los inhóspitos y abarrotados centros de acogida en donde se arracimarán semanas o meses a la espera de una siempre aleatoria resolución del destino.

¿Puede una persona ser ilegal, me pregunto, por nacer donde ha nacido?
La indiferencia a cuanto ocurre en las avanzadillas de la Casa Común Europea por parte de unas sociedades adormecidas o anestesiadas por el credo neoliberal del sacrificarse hoy mediante severos ajustes y recortes sociales que conducirán, proclama, a la futura recuperación y abundancia (¡siempre la misma canción!) no es fruto del desconocimiento como lo era aún hace un par de décadas: ahora todo se ve en directo y nadie puede alegar ignorancia. El silencio es complicidad.
La indignación me sobrecoge: es la de la impotencia ante estas imágenes reiteradas que abruman la conciencia de un ciudadano recluido entre papeles y libros. Hace 20 o 30 años podía acudir a testimoniar de los dramas que me acuciaban en Sarajevo, Palestina, Chechenia o Argelia. Ahora la vejez me lo impide y contemplo lo que discurre en la pantalla con un amargo reproche al mundo y a mí mismo. Los candidatos a inmigrantes subsaharianos desfilan ante mis ojos revestidos de una agreste belleza moral. ¿Puede una persona ser ilegal, me pregunto, por nacer donde ha nacido? Los que trabajan clandestinamente en España lo hacen en condiciones de precariedad porque hay empresas que se valen de su desamparo para enriquecerse al margen de la legalidad. La próspera economía sumergida vive de esa vulnerabilidad. La naturaleza tiene horror al vacío y el trabajo que rehúsan los ciudadanos de Schengen será ocupado por quienes arriesgan su vida para subsistir y ayudar a sus familias. Al acecho del gran salto en los bosques vecinos de la verja o aupados en ella encarnan el derecho elemental a la vida, el pan y la libertad.
¿Qué puede a escritura frente al hambre? Los rostros de los subsaharianos (hay también en los promiscuos centros de acogida mujeres con niños) me interpelan con fuerza muda. Y una vez más, en mi desaliento, recurro como en otros momentos de mi vida a las palabras de Antonin Artaud: “Lo más urgente no me parece tanto defender una cultura cuya existencia no ha salvado nunca al hombre de su aspiración a una vida mejor y del apremio del hambre, como extraer de la llamada cultura unas ideas cuya fuerza sea idéntica a la del hambre”.

viernes, 14 de febrero de 2014

PRENSA. "De plomo las calaveras". Luis García Montero

Luis García Montero

   En "blogs.publico.es":
De plomo las calaveras
   Luis García Montero  13 febrero 2014

Los hechos son tozudos. Los desechos también. Las fronteras son un lugar en el que los hechos y los desechos exigen una observación meticulosa. Las fronteras pueden convertir a una persona en un desecho, en residuo, basura, objeto inadmisible que merece ser tratado con desprecio y vilipendio. El mar y las tormentas matan porque la naturaleza desatada es peligrosa. Las fronteras no son espacios naturales, pero matan con frecuencia porque las sociedades, los países, los papeles, se desatan y actúan sin compasión. Las fronteras son un laboratorio en el que el poder experimenta con los que llegan de fuera el trato que tiene reservado para los de dentro. En algunas pruebas de laboratorio se sacan conclusiones desoladoras: hay quienes fundan la ley en el desprecio al ser humano, a sus dolores y sus debilidades.
Un numeroso grupo de personas, casi todas de origen subsahariano, intentó entrar en España por la frontera de Ceuta el día 6 de febrero. Las imágenes grabadas y el relato de los supervivientes dibujan una actuación cruel por parte de la Guardia Civil. Los hechos y los desechos son tozudos. Quince cadáveres son el desecho que ha provocado este intento de entrar en España y la respuesta rotunda de los encargados de vigilar la frontera. Algo va mal, muy mal, en la ley y en la sociedad cuando las fuerzas de seguridad de un Estado ponen más empeño en cerrar las fronteras que en evitar que las personas mueran delante de sus ojos. El relato de los supervivientes denuncia los disparos de balas de goma y el uso de gases lacrimógenos contra los que nadaban para alcanzar la playa. Los supervivientes hablan también de un barco de la Guardia Civil que no socorrió a los que se iban a hundir. Sus tripulantes se dedicaron a empujar a vivos y muertos con palos para dirigirlos hacia la parte marroquí de la playa. Todo esto merece una investigación. ¿Ocurrió así? ¿Quién dio las órdenes? ¿Hubo después deportaciones ilegales? Los familiares de los muertos, los ciudadanos españoles y la Guardia Civil merecen una explicación.
Ante la falta de interés de las autoridades por aclarar los hechos, 20 asociaciones presentaron una denuncia el día 10 de febrero. Se trata de asociaciones religiosas, políticas, cívicas, que trabajan desde hace años en defensa de los derechos humanos. La denuncia expone los hechos que se conocen por las grabaciones difundidas en la prensa y por el relato de los supervivientes para pedir una investigación. Pide, por ejemplo, que se recaben todas las imágenes existentes sobre lo sucedido y que se haga inventario del material antidisturbios para sacar conclusiones acerca de su utilización. Es decir, la denuncia pide sólo aquello que una autoridad responsable debería hacer sin que nadie se lo pidiese.
El director general de la Guardia Civil, señor Arsenio Fernández de Mesa, irrumpió airado en la escena pública y afirmó que las ONG le hacen el juego a las mafias. Anunció también querellas criminales contra los que calumnien y presenten denuncias falsas contra la Benemérita. Su tono tajante no admite dudas: todos los guardias civiles observaron un proceder impecable e hicieron lo que tenían que hacer. 15 cadáveres no merecen una duda, son el desecho del buen proceder. Con esta actitud, es el director general quien le falta el respeto a la Guardia Civil, identificándola de forma natural con la muerte. Su tono, en el que no caben siquiera la piedad y el pésame, nos devuelve a los famosos versos del romance de Federico García Lorca: “Tienen, por eso no lloran, / de plomo las calaveras”.
Las religiones son una materia tan rara y tan alambrada como las fronteras. Cada uno traza con ellas su propia identidad. El PP se siente muy identificado con la Iglesia que considera desecho a los homosexuales y que viola la conciencia individual de las mujeres imponiendo sus dogmas sobre la sexualidad y la interrupción del embarazo. Pero el PP sale corriendo en cuanto ve comprometerse a un cura o a una asociación cristiana con los derechos humanos de los inmigrantes. La conocida religiosidad de Ministerio del Interior tiene mucho que ver con la Inquisición y las Cruzadas, muy poco con la compasión.
Aquí no hay compasión ni con la Guardia Civil. El famoso romance de García Lorca sobre las capas, las herraduras y los caballos negros de la Benemérita fue la consecuencia de su mala imagen popular después de muchos años de represión salvaje. El cambio real de actitud, la transformación interior y exterior del Cuerpo, supuso uno de los síntomas más llamativos de la democracia española. Ahora parece que la autoridad, los políticos que dan las órdenes, los que pueden sacar de nosotros lo mejor o lo peor, están dispuestos a devolverle una imagen tétrica a la Guardia Civil. El tono totalitario y la prepotencia se cuelan una vez más en nuestra historia. Que se llenen las fronteras de cadáveres. Aquí se ha hecho lo que se tenía que hacer. Los ciudadanos españoles que piden una investigación son desechos de nuestra patria y los inmigrantes son la vileza del mundo.