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jueves, 30 de enero de 2014

PRENSA CULTURAL. "Arte incontestable, o sea, Chirbes". Carlos Boyero

Pep Tosar, José Sancho y Vicente Romero, en una escena de la serie Crematorio, basada en la obra de Rafael Chirbes. ("El País")

   En "Babelia" ("El País"):

Arte incontestable, o sea, Chirbes

Mejor en papel que en libro electrónico y siempre literatura con mayúsculas, como la de 'En la orilla'

 28 DIC 2013

Aducen los apóstoles del libro electrónico que entre las infinitas ventajas de invento tan milagroso y practico está no tener que cargar en los viajes con el peso de los libros de papel, que alguien para el que la lectura continua fuera cuestión de supervivencia mental podría naufragar en una isla solitaria, pasar allí incluso años y siempre dispondría de lectura ya que en un e-book ligeramente sofisticado pueden almacenarse más de mil libros. Imagino que dentro de un tiempo esa cifra será ridícula, que el invento todavía es un bebé e infinita la evolución de su crecimiento. O sea, que en unos años, es posible que puedan estar contenidos en ese aparato diminuto todos los libros que se han escrito en la historia de la humanidad. No tendrán olor ni tacto, pero eso al parecer le da igual a los lectores contumaces que han sabido adaptarse con naturalidad a los nuevos y maravillosos tiempos.
Como todavía no he sido tocado por la luz de la conversión almaceno libros en mi sufrida maleta (tiene ruedas, tampoco te exige un proteico esfuerzo físico) cada vez que paso semanas fuera de España. Y, por supuesto, no me importa el grosor de estos, a condición de que me apasionen, o al menos, que me entretengan. No me hubiera importado que las 1.120 paginas de Vida y destino en su traducción al castellano fueran muchas más. Pero recuerdo con sensaciones relacionadas con el estupor y el hastío que debido a la curiosidad, el suntuoso espacio que le dedicaban los suplementos literarios de los periodicos, las reseñas no ya condescendientes sino cercanas al entusiasmo, la desmesurada campaña de marketing, intenté zambullirme durante un viaje en un best seller (no tengo nada en contra de los best seller con encanto, me gusta mucho Stephen King y la trilogía de Stieg Larsson), de setecientas páginas titulado La verdad sobre el caso Harry Quebert. Ignoro si fue la tenacidad sin causa, la necesidad de conocer para poder opinar o simplemente el masoquismo lo que influyó en mi demencial propósito de llegar al final de ese voluminoso engendro, pero puedo asegurar que al acabarlo, el libro sufría notables magulladuras y estaba deshojado. Ocurría que más de una vez lo lanzaba al suelo o contra la pared. Enfurecido contra el monstruoso timo que supone vender al tal Joel Dicker como el nuevo maestro del thriller literario. Esa prosa tan cursi como ramplona, esa intriga que pretende ser retorcida pero solo es idiota, esos personajes vacuos, esos diálogos entre convencionales y cochambrosos, esos giros de la trama aún más bobos que tramposos eran la representación modélica de la literatura basura. No me indignaba la incapacidad literaria del autor, sino que la abrumadora plataforma publicitaria de esa insufrible novela hubiera conseguido que la comprara y la leyera. O sea, me sentía fatal conmigo mismo, constatar que podía ser tan vulnerable ante el marketing, sabiendo que cualquiera puede consumir la mayor memez si su promoción te la sabe vender.

No me hubiera importado que las 1.120 páginas de 'Vida y destino' en su traducción al castellano fueran muchas más
Posteriormente, algún amigo con paladar para la literatura me confesó en tono vergonzante que también había picado el anzuelo ante esa novela infame. Y quieres pensar que tu certidumbre está compartida por muchos lectores normales que se han sentido estafados con este publicitado horror. Pero leo un artículo en este periódico sobre los libros más destacados del año en el que informa de que en la votación en Internet de los lectores de EL PAÍS estos han designado La verdad sobre el caso Harry Quebert como el mejor libro del año. Y flipo. Aunque desde niño me hayan repetido hasta la saciedad esas racionales y tolerantes sentencias de que para los gustos se inventaron los colores y que cada uno se divierte como quiere.
Me recupero del susto al ver cuáles son las preferencias de los críticos literarios de Babelia sobre los libros que se han publicado este año. Como me reconozco dogmático, estoy seguro de que en esa clasificación ha ganado lo evidente, lo que dicta el sentido común, lo incontestable, la literatura con mayúsculas. Ha ganado la votación Rafael Chirbes con su novela En la orilla. Y le sigue Emmanuel Carrère con ese libro extraordinario e inclasificable (parece una biografía, pero también un reportaje, una novela, un libro de historia) titulado Limónov.
Para mi pesar, llegué imperdonablemente tarde a la escritura de Chirbes, pero sospecho que es de esos autores que vas a seguir a perpetuidad, o a releer en el temible caso de que decidiera no escribir más. Leí la impresionante Crematorio en estado de shock, aterrado por el análisis que hace de la capacidad del ser humano para corromperse, por la fuerza y la complejidad de esos monólogos interiores en los que los personajes utilizan el bisturí consigo mismo y con los demás, por una prosa dura, torrencial, conmovedora y soterradamente lírica, por frases que te remueven como un puñetazo en el hígado y se quedan grabadas en la memoria, por el sarcasmo utilizado como una de las bellas artes. Chirbes retorna a Misent en En la orilla, a ese territorio imaginario que nos resulta terroríficamente familiar, para consumar su viaje al fin de la noche. En ese mural de la podredumbre ya no se salva ni dios. Ganadores y perdedores están inmersos en la misma miseria moral. Los recuerdos tampoco ayudan. Todo estaba podrido en el aparente esplendor de otras épocas, antes de que llegara la peste. Hay algún momento exaltante (la descripción de las esencias de la artesanía) y personajes (la asistenta sudamericana) en los que le suplicas a su creador que tenga piedad con ellos, que aparezca un rayo de luz en medio de tanta asfixia, pero supondría hacer trampas. La ciénaga se ha apoderado de todos, de verdugos y víctimas. Te sientes noqueado al acabar este retrato tan negro, tan profundo, tan desolador, tan cruel, tan hermoso.

jueves, 27 de septiembre de 2012

PRENSA CULTURAL. Una aproximación a "El artista y la modelo", película de Fernando Trueba. Por Carlos Boyero

   En "El País":

 San Sebastián 24 SEP 2012 
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Aida Folch y Jean Rochefort, en un fotograma de la película de Fernando Trueba 'El artista y la modelo'.

El artista y la modelo es una película muy púdica aunque durante casi todo el metraje la pantalla esté ocupada por una mujer desnuda, sensual, natural, sin depilar, alguien que desprende vida. Es púdica porque se niega a subrayar los sentimientos (y hay en ella muchos, profundos y complejos) con el agradecido recurso de la música. Habla entre otras cosas, como afirma su altivo y torturado protagonista, de comenzar por fin a entender la vida cuando sabes que ha llegado la hora de partir. Habla del obsesivo y casi siempre fracasado intento de encontrar la belleza artística y saber plasmarla. Habla de la trágica despedida de esas cosas que hacen vivible la vida. Ocurre en un pueblo de los Pirineos franceses en el año 1943. Un pueblo, un ambiente, una luz, unos personajes, unas sensaciones, un aroma, una forma de narrar que es vocacionalmente deudora por parte de Fernando Trueba del espíritu y la estética con la que concibió François Truffaut El niño salvajeJules et Jim y, cómo no, del Jean Renoir que rodaba en blanco y negro películas tan emocionantes como perdurables.
El anciano que la protagoniza es un escéptico sobre la naturaleza humana, capaz esta de repetir ancestral e incansablemente la barbarie que suponen las guerras, y en posesión como única bandera del poder milagroso del arte. Aunque su rostro y su actitud denotan estar familiarizados con la depresión, este escultor gruñón todavía dispone de cosas muy gratas, como que la mujer de hermosura legendaria (a la que coherentemente encarna Claudia Cardinale) que fue su modelo cuando era joven siga compartiendo su cama y su existencia con él cuando el telón está a punto de cerrarse. Los ojos de este hombre siguen fijándose en la naturaleza con una visión privilegiada y enamorada. Sus sentidos no han olvidado el inmenso placer que supone saborear unas gotas de aceite de oliva, beber vino y deleitarse observando el cuerpo de una mujer. Y aún le queda la posibilidad de recibir el regalo definitivo, encontrar la definitiva idea para crear su obra maestra, esculpiendo a una mujer joven y luminosa a pesar de llevar mucho tiempo educada en la supervivencia más dura. Ella le dará muchas cosas con las que el artista ya no se atrevía a soñar. Él le enseñará en una secuencia preciosa a ver el fondo y el proceso del arte más sublime a través del dibujo que hizo Rembrandt de una familia, los trazos que utilizó para retratar los sentimientos y la vida.

'El artista y la modelo' está hecha con ritmo, cerebro, corazón y amor
Hay muchas cosas que me fascinan en esta película a contracorriente, profunda, escrita con mimo por Carrière y por Trueba, realizada con cerebro, corazón y amor, con el ritmo y la pausa que necesita la historia, con capacidad de sugerencia, alegre y trágica. Jean Rochefort impresiona. Por su pinta, por lo que representa, lo que dice, lo que expresa, lo que insinúa y lo que calla. El tiempo no se ha ensañado con Claudia Cardinale, una de las dos o tres mujeres más guapas que ha filmado nunca la cámara y su voz mantiene aquel erotismo ronco. Hay que tener mucha confianza en tu director y un coraje notable para atreverse como hace Aida Folch a mostrar tu desnudez plano tras plano. La apuesta, a todos los niveles, era arriesgada. Yo creo que Fernando Trueba la ha ganado. Le sobran razones para estar muy contento con lo que ha hecho. El resultado estético y ético está a la altura de la ambiciosa propuesta.

jueves, 19 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. CINE. "Clasicismo es usted, Padrino", por Carlos Boyero

Francis Ford Coppola dirige a Marlon Brando el 30 de abril de 1971 en el rodaje de la secuencia inicial de 'El Padrino'. /

GTRES. (En "El País")
   En "El País":
Clasicismo es usted, Padrino

'El Padrino' habla con lenguaje inoxidable de cosas que han alimentado a las tragedias.

Carlos Boyero 16 MAR 2012

   Era octubre del 72 cuando vi por primera vez El Padrino. En su estreno en el cine Palacio de la Música, en aquella Gran Vía que olía a cine, que podías recorrer incansablemente observando los enormes y aromáticos cartelones que anunciaban las películas. Conocí a principios de los años setenta los rincones más exóticos de aquel Madrid inmenso y que desconocía buscando el infatigable atracón de cine a través de los programas dobles en los infinitos cines de barrio. Hice involuntario exhaustivo turismo en función del amor al cine. También hubiera intentado recorrer de punta a punta el Amazonas o la Antártida no para descubrir sus exóticos y maravillosos paisajes, sino porque allí se programara la mejor historia del cine.
   Aunque no dispusiera de dinero para frecuentar las salas de estreno, me las ingenié para disfrutar de El Padrino el día de su estreno, y el siguiente y el siguiente.... Y por supuesto, había leído la critica en la sagrada revista Triunfo que la calificaba de película fallida, convencional producto de Hollywood y otras negativas certidumbres que sonaban a manifiesto dadaísta. Cuarenta años más tarde, cuando se empiezan a difuminar en el recuerdo personas y cosas que consideraba imprescindibles, habiendo renunciado por voluntad propia o por necesidad de supervivencia a enganches que parecían eternos, sigo frecuentando con renovada fascinación e inmarchitable amor, cada seis meses más o menos, antes en el cine y progresivamente en vídeo, DVD y Blu-Ray, esta saga de casi diez horas titulada El Padrino. Ese conocimiento tan exhaustivo como obsesivo que te permite reconocer de memoria cada palabra que va a salir de la bocas de protagonistas y secundarios, el tono en el que van a pronunciarlas, sus gestos histriónicos o leves, lo que va ocurrir en cada secuencia, los momentos que van a estar ambientados con música y las imágenes desnudas, lo que pretende ser realista y lo que se limita a sugerir, el armonioso empleo del flash-back y las elocuentes elipsis, la violencia evidente o subterránea y un intimismo que llega a ser doloroso, la mezcla de espectáculo, lírica y reflexión, la simultánea empatía, comprensión y horror que te hacen sentir esos personajes complejos y sus casi siempre siniestras circunstancias, no priva jamás de su encanto ni de su hipnosis a esta obra perfecta, no te cansa, te sigue removiendo, divirtiendo y emocionando igual que la primera vez, tienes la sensación de que es imposible contar mejor esa historia de múltiples ramificaciones aunque siempre arranque con una celebración y acabe con una tragedia.
   Coppola, que nunca ha demostrado demasiado entusiasmo por su criatura más prodigiosa (independientemente de que esta le hiciera el justo favor de convertirle en millonario a perpetuidad), que declara haberse sentido mucho más realizado con otras de sus películas, concebidas con vocación y amor y que no alcanzaron el éxito, consiguió algo que está más allá del elogio, sin la menor relación con eso tan efímero y frívolo de las modas, clásico, vivo, apasionante, intemporal.
   El Padrino habla con lenguaje inoxidable y hermoso de cosas que siempre han alimentado a las tragedias más profundas. Habla de la familia como refugio presuntamente invulnerable y de su lacerante quiebra, de las grandezas y miserias del poder, de las barbaridades que hay que cometer para no perderlo, de la fatalidad y el destino obligando a asumir responsabilidades y metas opuestas a lo que habías pretendido que fuera tu vida, de la traición y la venganza, del crimen organizado y sus multiples tentáculos de corrupción, incluido el soborno de los pilares de la ley, la política, la justicia y el orden, de los inmigrantes forzosos y sus códigos de supervivencia en ese mundo nuevo y hostil, de rituales ancestrales y violentos, de la mentira cotidiana intentando disfrazar la hipocresía y salvar los asideros vitales, de las pérdidas y las rupturas más brutales que impone el mantenimiento de un trono permanentemente amenazado por las conjuras, de la soledad cósmica a la que está destinado el monarca de la jungla.
   Todo ello está descrito con una visión profunda que te hace comprender las razones de todos para ser como son y actuar como actuan. La primera parte de El Padrino es modélica, pero lo que narra en la segunda y la forma de hacerlo, incluida la costumbrista y maravillosa reconstrucción de la infancia y juventud de Vito Corleone, posee el aliento, la atmósfera, la intensidad y la lírica de las mejores tragedias de Shakespeare. Y hay un bajón en la tercera, la incómoda sensación en algunos momentos de que Coppola está autoplagiándose y repitiendo una una fórmula infalible, también sobra la empalagosa interpretación de su hija Sofia, pero tiene secuencias grandiosas.
   El genial Brando solo aparece durante media hora, pero su aplastante presencia flota durante toda la saga. La interpretación de un contenido y sutil Pacino es una obra de arte. Como la de Duvall y De Niro. Pero hasta el último de los secundarios construye un personaje veraz. Si juntas a diez amantes de El Padrino es probable que difieran los momentos y los personajes que más les impresionan. Pero todos te confesarán que esta saga tan larga les parece muy corta. Que si durara cien horas en vez de diez, su felicidad sería completa.

miércoles, 18 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. "Babelia", Sobre el "Diario de invierno", de Paul Auster


   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Que el invierno le bendiga, señor Auster
   El escritor se lanza a tumba abierta y utiliza un lenguaje muy hermoso en su 'Diario de invierno'.
   En el libro libro se muestra complejo, hipersensible y torturado aunque también reconoce que ha sido bendecido por la suerte.

Carlos Boyero 14 ABR 2012

   La perversa anécdota la cuenta Christopher Hitchens en la impagable antología de sus ensayos, reportajes, perfiles y artículos titulada Amor, pobreza y guerra. Asegura que en París se acercó a James Joyce una dama de gesto embelesado y le suplicó que le permitiera besar la mano que había escrito Ulises. Él le contestó: “Permítame recordarle, señora, que esta mano ha hecho otras muchas cosas”. Vuelvo a encontrarme con esa aclaración sugerente, realista y cruel de Joyce en Diario de invierno, de Paul Auster, aunque este lo describe de forma más púdica. Según él, la señora no pretendía besar la mano del creador de Leopold Bloom sino algo más convencional como estrecharla.
   Auster cita la frase de Joyce para hablar de la relación que él ha tenido a lo largo de la existencia con sus manos, sus pies, su boca, sus piernas, sus sueños, su tos, sus resacas, sus ronquidos, ante la inminencia de que va a entrar en el invierno de su vida, de que como en la novela de Martin Amis ya sabe en qué consiste La información, en despertar a cierta edad en medio de la noche y que te asalte la inapelable revelación de que vas a morir, que eso puede ocurrir en cualquier momento, que lo que quieres se está yendo.
   Que nadie se alarme pensando que la búsqueda del tiempo perdido (y ganado) que ha emprendido ese escritor con pinta de estrella de cine, tan leído y admirado, tan cool, que comprensiblemente siempre ha estado de moda y llamado Paul Auster, es el ejercicio narcisista de alguien encantado consigo mismo cada vez que se mira en el espejo. Además de hablar de los órganos de su anatomía y las trascendentes cosas que le han ocurrido a estos, de trombos en sus piernas, cicatrices de los accidentes de infancia y adolescencia, lacerante sequedad de ojos y persistentes roturas de córnea, Auster describe con un lenguaje muy hermoso y la sensación de lanzarse a tumba abierta y no permitirse en ningún momento el lujo del autoengaño su recuerdo de todas las casas permanentes y lugares que ha recorrido en su vida, de su penosa convivencia con los ataques de pánico (“el pánico es la expresión de una huida mental, la fuerza que surge espontáneamente en tu interior cuando te sientes atrapado, cuando no puede soportarse la verdad, cuando resulta imposible afrontar la injusticia de esa verdad ineludible, y por lo tanto la única respuesta es la fuga, desconectar la mente transformándote en un cuerpo jadeante, crispado, delirante”, asegura Auster), de la mosqueante insistencia de toda su familia en morir de un repentino ataque al corazón (aunque en algún bendito caso, como el de su padre, este le enviara al otro barrio mientras estaba fornicando), de la desconexión con tu verdadera identidad (está convencido de que “todos somos extraños para nosotros mismos y si tenemos alguna sensación de quiénes somos, es solo porque vivimos dentro de la mirada de los demás”), de lacerantes enigmas familiares, de la paternidad, de amantes de las que deseaba enamorarse y no pudo y al revés, del infame descubrimiento de la gonorrea y del milagro de encontrarse con una puta que además de follar maravillosamente le recitaba a Baudelaire, de amores por los que luchó sin poder evitar su amarga extinción, de su genética capacidad para equivocarse de dirección al tomar cualquier camino, de la angustiosa imposibilidad de llorar ante las verdaderas tragedias y las pérdidas que sufres en la vida en un hombre cuyos ojos se humedecen frecuentemente con el cine, los libros, su tristeza o su soledad, de esa eterna máquina de escribir de segunda mano en la que ha intentado plasmar todo lo que le dictaba su imaginación, su cabeza y sus sentimientos.
   Pero este hombre tan complejo, hipersensible y torturado, también confiesa haber sido bendecido por la suerte (¿o habría que denominarlo como la música del azar?, recordando paradójicamente el título de una de las novelas más inquietantes y desoladoras que ha escrito) de llevar treinta años amando y siendo amado por una mujer, sin tormentas ni bajones, bendiciendo cada momento en su compañía. Y comparte la reflexión de Joubert de que el fin de la vida es amargo pero hay que morir inspirando amor (si se puede).
   El cansancio que sentía ante la escritura de Auster en los últimos tiempos ha desaparecido con este veraz y emocionante Diario de invierno. Me apena que llegue el final de un libro que he devorado de un tirón. Y me despido de él con un nudo en la garganta cuando Auster escribe: “Abrazando a tus hijos pequeños. Abrazando a tu mujer. Tus pies descalzos cuando te levantas de la cama y vas a la ventana. Tienes sesenta y cuatro años. Afuera, la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas: ¿cuántas mañanas quedan? Se ha cerrado una puerta. Otra se ha abierto. Has entrado en el invierno de tu vida”.

   Diario de invierno. Paul Auster. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama. Barcelona, 2012. 248 páginas. 18,90 euros (electrónico: 14,99).

viernes, 10 de febrero de 2012

PRENSA. "Una pasión", por Carlos Boyero

Carlos Boyero

   En "El País":
Una pasión

CARLOS BOYERO 04/02/2012

   ¿Qué le ocurre a esa enloquecida manada de búfalos cuando un fulano vestido de negro pita el final del partido? ¿Por qué acorralan a ese desdichado portero que no ha tenido la diligencia o el instinto de supervivencia para salir corriendo hacia el túnel? ¿Obedece la sed de venganza de los bárbaros a que los aficionados del otro equipo degollaron a sus madres, sus mujeres y sus hijos? ¿Qué imperdonable agravio físico o moral, qué ofensa presente o ancestral otorga sentido al asesinato en un estadio de casi un centenar de personas? Pero no pasa nada, son cosas del fútbol, es la consecuencia trágica de una pasión tan sana como amar a tu club por encima de todas las cosas. Ha ocurrido en el convulsionado Egipto, esas masacres pertenecen casi siempre a la geografía del subdesarrollo, en los paises civilizados la gente grita y se amenaza pero no se mata.
   Bueno, los Ultra Sur del Real Madrid, esos chavales tan patrióticos y castizos que tanto aman a Mourinho y son amados por él, aullaban el sábado pasado en el Bernabeu: "¡Pepe, mátalo!" y una notable parte del público celebraba su aguda ocurrencia. Solo es folclore, la chispa de la vida, no lo dicen en serio. Hace varias décadas sus entrañables antecesores coreaban jocosamente: "¡Benito, mátalo!" y que se sepa Pepe y Benito, esos grandes defensores del espíritu del club, jamás mataron a nadie, como mucho dejaron maltrecha alguna tibia o algún peroné del infame rival. Los cachorros fascistas también equiparaban a los periodistas con los terroristas. Pero no pasa nada, sirven para crear ambiente y animar al equipo. Según Mourinho: "Si no fuera por los pocos que están detrás de la portería, pensaría que el campo está vacío".
   A veces ocurre en Europa algún lamentable accidente, como aquella enfervorizada avalancha que envió a criar malvas en Heysel a cuarenta personas. En España, unos ultras del Atlético perforaron de un navajazo el corazón a un seguidor de la Real Sociedad, los Boixos Nois se cargaron a un seguidor del Español y un amante de las bengalas fulminó a un niño. Cositas aisladas, cositas del fútbol, excepciones. En la viñeta que publicó El Roto el miércoles se leía: "El silencio de la población ante los recortes sociales contrastaba con los alaridos que proferían en los estadios". ¿Alguien puede definir mejor el absurdo?

sábado, 24 de diciembre de 2011

PRENSA CULTURAL. CINE. Crítica de "El topo", de Tomas Alfredson


   En "El País":
Los disfraces de la traición

CARLOS BOYERO 23/12/2011

EL TOPO


Dirección: Tomas Alfredson. Intérpretes: Gary Oldman, John Hurt, Mark Strong, Colin Firth, Tom Hardy, Ciarán Hinds, Toby Jones. Género: thriller. Reino Unido, 2011. Duración: 127 minutos.

   Existen territorios imaginarios que nos resultan más familiares que nuestro propio barrio. Si te gusta leer, por supuesto. El condado de Yoknapatawpha, que inventó con aroma infinito William Faulkner. Esa Santa María trágica y nihilista, que creó Onetti. O el Circus, sede central del espionaje británico, nombre creado por un novelista inmenso que utilizó el seudónimo de John Le Carré, alguien que escribió mejor que nadie sobre la Guerra Fría y que aunque después siguiera creando una obra muy interesante, nos dejó a sus enamorados lectores con monazo permanente para el resto de nuestra existencia cuando decidió que la batalla entre George Smiley y Karla había terminado.
   Debido al conocimiento y la pasión de tantos fanáticos con causa hacia el universo de Smiley, siempre vamos a observar las sucesivas adaptaciones de ese mundo al cine y a la televisión como si fueran algo nuestro. Alec Guinness y James Mason, dos actores grandiosos, se introdujeron con convicción en la gastada piel, el poderoso cerebro y el torturado corazón de Smiley. Y, lógicamente, nos pusimos muy nerviosos al enterarnos que un profesional del numerito como Gary Oldman iba a interpretarle. Pero el proyecto era esperanzador por otra parte. Oldman iba estar rodeado por casi todos los pura sangre del cine inglés (John Hurt, Colin Firth y Toby Jones, entre otros) y El topo iba a ser dirigida por Tomas Alfredson, el retratista de aquella inolvidable, perturbadora y compadecible niña vampira en Déjame entrar.
   Despejadas ya las dudas y los prejuicios. Es una película excelente, densa, compleja, sutil, con clima, con una ambientación, unos diálogos y unos personajes que huelen por todas partes a autenticidad, a la geografía física y emocional que imaginamos al leer la saga del Circus.
   Alfredson se las ingenia para mostrar las esencias de una intriga tan complicada como turbia, utiliza con sentido y claridad algo tan peligroso como los flashbacks, llena de bruma y tortura el paisaje y el alma de los retorcidos personajes, prefiere la sugerencia a la machaconería, dibuja sensaciones intensas con gestos y detalles sobrios, describe con precisión una galería muy amplia de personajes (sentiremos el peso psicológico del maquiavélico Karla y de la infiel Ann, pero nunca veremos su rostro), utiliza muy bien la extraordinaria música que ha compuesto Alberto Iglesias (Alfredson tiene la osadía de cerrar con Julio Iglesias cantando La mer) y dirige con mimo a secundarios de lujo.
   El penetrante Smiley, ese hombre introvertido y taciturno que nada sin quitarse las gafas en un lago invernal, que espanta con un leve gesto a la avispa que se ha introducido en su coche, al que solo los tormentos del amor pueden distraer su lucidez, que juega un ajedrez mental a muerte con Karla, está admirablemente comprendido e intepretado por un Gary Oldman que no mueve un músculo de la cara ni altera su voz, que compone a su inteligente y triste antihéroe desde fuera y desde dentro. He visto varias veces este retrato de la traición y de la impostura, de la sordidez del espionaje, de la supervivencia mental cuando se ha conocido el infierno. Me siguen acompañando sus imágenes y su atmósfera. No puedo ni quiero olvidarlo.

viernes, 16 de diciembre de 2011

PRENSA. "El perdón", por Carlos Boyero

Carlos Boyero

   En "El País":
El perdón

CARLOS BOYERO 10/12/2011

   Cuenta Woody Allen en su última película que al llegar la medianoche a París pueden ocurrir cosas tan improbables como que en determinada calle se te aparezca el esplendor artístico de los años veinte. Y si tu sueño es habitar otra época en la que estás convencido de que te divertirías mucho, conocerías a gente fascinante y serías feliz, pues tampoco hay problema, directo a la belle époque. Pasada la euforia de ese soñador que ha atrapado su sueño, este se plantea que en ese pasado no existía la novocaína al acudir al temible dentista, ni los antibióticos enfrentándose a las devastadoras bacterias, ni esas que hacen desaparecer el dolor o hacen mucho más lento el camino hacia la tumba. Consecuencia: vuelve echando leches a ese mundo actual que no le gusta, con tristeza al separarse de un amor que ha decidido quedarse en el pasado, lo superará.
   Y piensas que determinadas enfermedades tuvieron aureola literaria, aunque desapareciera en el caso de los pobres con los que se habían cebado. Que la tuberculosis podía ser la consecuencia de haberse puesto hasta arriba de todo. Y que la enloquecedora sífilis podía ser el resultado de haber follado cantidad y que me quiten lo bailao. Incluso la malaria también podemos asociarla a los viajeros poéticos, al aventurero vocacional, tiene aroma épico.
   Estados Unidos acaba de pedir perdón a una gente muy lejana. Está de moda el arrepentimiento. La Iglesia católica también pide disculpas por haber violado a tantos indefensos críos. ¿Y por qué hinca la rodilla y suplica redención Obama? Por los nobles afanes de la ciencia entre 1946 y 1948 (sí, después de haber fundido a los villanos nazis) para erradicar la sífilis y la gonorrea. Una eminencia de la medicina norteamericana hizo múltiples experimentos para destruir esas pestes ancestrales. ¿Utilizaron como cobayas a sus queridas madres, a sus mujeres, a sus niños, a ellos mismos? No se les ocurrió, demasiada implicación personal, no es científico. Fueron a Guatemala y experimentaron con niños huérfanos, con enfermos mentales, con las putas más tiradas. Y les jodieron para siempre. ¿Por qué Kurtz solo podía decir: "El horror, el horror"?

martes, 25 de octubre de 2011

PRENSA. "La sangre, qué miedo", por Carlos Boyero


   En "El País":
La sangre, qué miedo

CARLOS BOYERO 22/10/2011

   La imagen más espeluznante de lo dificultoso que puede ser matar a un ser humano me la ha ofrecido el cine. La filmó Hitchcock, alguien al que la miopía profesional juzgó en alguna época como un director frívolo, un cínico que disfrutaba haciendo trampas a sus personajes y al espectador. Ocurre en Cortina rasgada. Los asesinos son los buenos, el matemático que interpreta Paul Newman y una campesina que ejerce de espía en la antigua y sombría Alemania del Este y la víctima se supone que es el malo, un policía de la Stasi. Le estrangulan, le apuñalan, le rompen los huesos, introducen su cabeza en el horno de la cocina. Solo un sádico puede disfrutar en esa secuencia. Te pone enfermo esa violencia, te salpica el horror de quitarle la vida a alguien cuerpo a cuerpo.
   Las películas nos han mentido convirtiendo tantas veces en algo aséptico el acto de matar, mostrándolo desde lejos, con balazos y personas que al recibirlos abandonan instantáneamente este mundo. Y es obscena esa simpleza manipuladora. Cuentan que los jefes de Sendero Luminoso exigían a su fanático ejército que no se cargaran a los enemigos con balas o bombas (tampoco creo que les sobraran), a distancia, sino que lo hicieran con sus propias manos, con piedras, con cuchillos, con palos, empapándose de sangre ajena, asumiendo desde cerca el espanto.
   Anhelas los actos de justicia que se saldan destruyendo al tirano, causando dolor y muerte a los que administraron en nombre de la fuerza y del poder toneladas de sufrimiento en el prójimo, humillaron, despreciaron, torturaron y le quitaron la vida a los que consideraban sus enemigos, reales o abstractos, conocidos o anónimos. E imaginas que mucha gente decente se sintió vengada o pensó que su mundo sería más habitable a partir de ese momento cuando la concienciada turba linchó al arrogante fascista Benito Mussolini. Y lamentaron que Hitler se despidiera de la Tierra y de la infinita atrocidad que había causado mediante algo tan liviano como pegarse un tiro. Y maldijeron con causa que tantos engalonados criminales en serie (en este país tuvimos uno inolvidable, con bigote, bajito y gordito) la palmaran de viejos en su cama, rodeados de familia y fervor popular.
   Y deseabas que alguien mandara definitivamente al infierno a un permanente y enloquecido hacedor de infiernos como Gadafi, pero ves las fotografías de su cadáver, el rictus de salvaje sufrimiento en su masacrado rostro y se te revuelve todo. Te afirmas en que ni el más infame de los monstruos merece ese castigo. Y maldices el realismo. Y añoras las muertes incoloras e inodoras, las que parecen de mentira, las de las malas películas.

lunes, 11 de julio de 2011

PRENSA. 11 julio 2011

   En "El País":

1. Vacaciones. Columna de Almudena Grandes.

2. Tesoros. Por Carlos Boyero.

3. Huchas más vacías y milagros a fin de mes. Reportaje de Sebastián Tobarra. El ahorro de las familias cae por primera vez en dos años - En crisis hace falta analizar y priorizar cada euro para economizar.

4. El 'caso DSK'. Artículo de Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la 'Hoover Institution' de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

5. Ideas falsas sobre Europa. Por Jean-Marie Colombani.

6. Instrucciones para abandonar el fusil. Reportaje de José Miguel Calatayud. Un ex niño soldado de Sudán del Sur relata cómo fue su infancia en la guerrilla independentista y su actual lucha contra el desempleo en un país recién nacido.

sábado, 4 de junio de 2011

PRENSA. 4 junio 2011

   En "El País":

1. La 'dentadura'. Columna de Manuel Rivas.

2. Monstruos enfermitos. Por Carlos Boyero.

3. Los hijos de la 'perestroika'. Reportaje de Javier Rodríguez Marcos. Una antología reúne a los nuevos valores de las letras rusas - Nacidos con el declive de la URSS, su llegada a España coincide con un 'boom' editorial.

4. El movimiento del movimiento. Por Vicente Verdú.

5. El fin de la erudición. Artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Sociología en la Universidad Complutense y autor de Más democracia, menos liberalismo (Katz).

6. Luces y sombras del español en el mundo. Artículo de Manuel Rico, escritor y crítico literario. Su última novela, Verano, obtuvo el Premio 'Gómez de la Serna' 2009 de narrativa. Entre julio de 2007 y mayo de 2010 fue directivo del 'Instituto Cervantes'. Crece la importancia y la presencia de nuestro idioma. Ahora hay que conseguir que eso se traduzca en un incremento de su peso en organismos internacionales y en foros científicos, tecnológicos y literarios.

7. Los medios y el sentido. Por Samí Naïr.

domingo, 10 de abril de 2011

PRENSA (1). 10 abril 2011

   En "El País":

1. Bacterias. Columna de Manuel Vicent.

2. ¿Justicia? Por Carlos Boyero.

3. Queda la conciencia implacable. Por Guillermo Altares. Sidney Lumet fallece a los 86 años tras una larga carrera - El realizador de 'Doce hombres sin piedad' concebía el cine como una forma de analizar el mundo.

4. El lector como detective. Por Javier Rodríguez Marcos. Ricardo Piglia gana el Premio de la Crítica con 'Blanco nocturno' - El galardón de poesía fue para Juana Castro.

5. Primero los niños; después, todo lo demás. Reportaje de Joaquina Prades. Las últimas sentencias sobre adopción y acogida anteponen el interés del menor a los lazos de sangre y las normas burocráticas - Los jueces tratan de impedir que se repitan los errores del pasado.

6. Por qué voy al cole con velo. Reportaje de Pilar Álvarez. Habla la protagonista de la última polémica sobre el 'hiyab' - "No quiero que otras niñas pasen por esto", dice la menor, que se enfrenta a una expulsión.

7. Los ensayos de Luis Loayza. Artículo de Mario Vargas Llosa. Estos textos son un canto de amor a la literatura. Nos muestran, de manera contagiosa, que las obras logradas enriquecen la vida, la hacen más comprensiva y llevadera, nos civilizan y humanizan.

8. Cómo torturar a los Mau Mau. Reportaje de Walter Oppenheimer. Miles de documentos revelan las atrocidades que el Gobierno británico infligió al grupo nacionalista de Kenia.

domingo, 3 de abril de 2011

PRENSA (1). 3 abril 2011

   En "El País".

1. Cámaras. Columna de Manuel Vicent.

2. Enfermedad. Por Carlos Boyero.

3. La filosofía del "pienso, luego 'tuiteo". Reportaje de Antonio Fraguas. Twitter y otras herramientas de Internet insuflan nuevos aires al aforismo - Las editoriales llevan títulos de pensamiento breve a la mesa de novedades.

4. Sampedro se indigna y reacciona. Juan Cruz sobre José Luis Sampedro. El veterano escritor explica en dos libros las razones "del ocaso" de la sociedad.

5. ¿Quiénes son los rebeldes? Artículo de Jon Lee Anderson, periodista. © Condé Nast. Publicado originalmente en The New Yorker / www.newyorker.com. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. El núcleo duro de los que luchan contra Gadafi son los 'shabab', los jóvenes, muchos de ellos universitarios, que iniciaron la revuelta libia en febrero. Se les han unido mecánicos, comerciantes, ingenieros y algunos soldados.

6. Lo peor de lo peor. Justo Navarro sobre el hecho de ensuciar las calles.

   En "Domingo", suplemento de "El País":

7. Cruzando La Línea de la sospecha. Reportaje de Luis Gómez. La Fiscalía de Algeciras observa indicios de delito en cuatro de las 23 denuncias por casos de niños robados hace 40 años en La Línea de la Concepción. Siete médicos y tres matronas figuran entre los investigados.

8. Propaganda, mentiras, miedo. Reportaje. Lectura. El fascismo y el comunismo atrajeron a intelectuales y fueron viveros de jóvenes líderes que, arrancando de la nada, rompieron con el pasado y atizaron la cultura del enfrentamiento entre las dos guerras mundiales. Anticipamos el nuevo libro del historiador Julián Casanova.

9. Respuestas a preguntas sobre Libia. Artículo de Bernard-Henri Lévy. El autor se explica sobre cuestiones planteadas por la intervención militar en Libia y acusa tanto a los abstencionistas, como a los que hablan de colonialismo y arrogancia, de cinismo o complicidad.

10. La mujer valiente. Por Elvira Lindo.

11. "Lo siento, colega". Soledad Gallego-Díaz sobre los economistas.

domingo, 23 de enero de 2011

PRENSA (1). 23 enero 2011

   En "El País":

1. Iconos. Columna de Manuel Vicent.

2. La desesperación del bonzo. Columna de Carlos Boyero.

3. ¿Es recuperable un hijo robado? Reportaje de Natalia Junquera. Las madres de bebés sustraídos desean encontrarles por encima de cualquier cosa, pero esos niños, hoy adultos, ya tienen padres: quienes pagaron por ellos.

4. Juego de espejos. Artículo de Sergio Ramírez, vicepresidente de Nicaragua y es escrito, sobre las independencias latinoamericanas.

5. Túnez, la esperanza. Artículo de Jean Daniel, director de Le Nouvel Observateur. Traducción de José Luis Sánchez-Silva. El éxito de la rebelión popular y la huida de Ben Ali pueden ser el inicio de una nueva era democrática en el pequeño país magrebí. ¿Se extenderá la Revolución de los Jazmines por otras naciones árabes?

sábado, 15 de enero de 2011

PRENSA. 15 enero 2011

   En "El País":

1. Los lobos se relamen. Por Carlos Boyero.

2. INTERNET Y LA PIRATERÍA: Lo confieso: soy internauta. Por la actriz Pilar Bardem. Los tiempos de oscuridad. Por Javier de la Cueva, abogado, experto en las relaciones entre derecho y tecnología.

3. En la Red pasea el profeta. Por Vicente Verdú.

4. Una prisión al aire libre: el legado de Ben Ali. Artículo sobre el Túnez actual. Por Francis Ghilès, investigador senior del 'Centro de Estudios y Documentación Internacionales' de Barcelona (CIDOB).
En la sección INTERNACIONAL podemos acceder a otros textos sobre la situación en el país árabe.