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jueves, 30 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre Cervantes. "Marcado por la mala vida". Luis García Montero

Luis García Montero

   En "infolibre.es":

Marcado por la mala vida

Actualizada 25/04/2015 

Entró la desgracia en la familia cuando el abuelo Juan abandonó a su mujer y a su descendencia. Fue el anuncio de una nube oscura que cruzó el cielo en forma de destino. No tardó mucho en volver a llover de mala manera. El padre cumplió siete meses de cárcel por deudas y convirtió los barrotes y las cadenas en una herencia.

El protagonista de nuestra historia tuvo que lidiar con la justicia desde muy joven. Pero su primer delito grave lo cometió a los 22 años, cuando hirió a un hombre. Huyó de España para evitar el castigo, buscó acomodo en la Roma de los césares y los pontífices, encontró amparo en el ejército y libró batallas importantes que lo dejaron manco.

Otro golpe de fortuna volvió a conducirlo al cautiverio. Preparó algunas fugas que resultaron fallidas. Una mala lengua corrió la noticia de que la vida amable en la prisión se debía a tratos pecaminosos con uno de sus carceleros. Recobró la libertad gracias a la ayuda de su familia o a una suma de dinero conseguida con relaciones poco decentes.

Probó fortuna en la literatura y en la vida, publicó libros, se casó, decidió repetir la aventura del abuelo Juan, dejó el hogar y desempeñó el oficio de recaudador de impuestos por los caminos del sur. Fue excomulgado, dio con sus huesos en la cárcel, recobró la libertad, volvió a entrar en prisión, volvió a salir a la calle y sobrevivió en un ambiente de modestos escándalos y de mala fama, ese rumor picante que arrastraban sus hermanas, sus sobrinas y una hija natural que había decidido imitar la suerte de las mujeres de la familia. Un crimen perpetrado cerca de su casa le costó el último enredo serio con la justicia.

Penosos antecedentes familiares, deudas, rumores malintencionados, fracasos en las aspiraciones cortesanas, celdas y jueces soberbios caracterizaron su vida. Los partidarios de la mano dura y de no permitir las segundas oportunidades encontrarían hoy en Miguel una víctima propicia. Su historia hubiese servido para criminalizar la pobreza y convertir el pensamiento disidente en un problema de orden público.

Pero la historia sucede con frecuencia como un acontecimiento irónico, el mito y el olvido se dan la mano. Los muertos se ríen de los vivos en cuanto se les ofrece una oportunidad. Nuestro personaje es hoy respetado por los académicos, aplaudido por los reyes, celebrado por los ministros, citado en los discursos políticos y estudiado en los colegios.

Entre agobio y agobio, celda y celda, escándalo y escándalo, acertó a escribir a los 58 años uno de los libros más importantes de la literatura universal, ganando así la partida a las convenciones más que a la desgracia. En cualquier caso, el éxito de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha no carece de chiste o ironía. Los personajes literarios también aprovechan la oportunidad que dan los lectores para reírse de sus padres. Marcado por una realidad más que dura, Cervantes quiso denunciar la mentira y la grandilocuencia de una España que había convertido los valores tradicionales en una gran farsa. Por eso imaginó las aventuras de un loco, tan humano como ridículo, que se empeñaba en vivir a destiempo el mundo de las novelas de caballería. Lo que necesitaba la vida española era lo contrario, un comportamiento alejado de los códigos de la Iglesia, la superstición y el feudalismo.

La posteridad lo hizo célebre, pero lo traicionó con su personaje. En los elogios se aplaude la fuerza del soñador, la audacia del héroe que ataca a los gigantes y libera a los bandidos, a los que confunde con pobres víctimas de la injusticia. Cervantes, sin embargo, quería un mundo humanista en el que los molinos fuesen molinos de viento, los bandidos fuesen bandidos y los locos no se convirtieran en un modelo social. Su fama póstuma lo ha empujado a la orilla contraria. Hay más quijotistas que cervantistas. España no es país de discursos serios y meditados, sino de locuras simpáticas. Es el lugar que nos ha reservado la civilización.

Los que somos cervantistas nos alegramos de que la vida le diese a Miguel de Cervantes la oportunidad de escribir y de superar las malas andanzas del destino. Sentimos también una ternura suave por el personaje. Pero, sobre todo, levantamos la copa por el autor cada 23 de abril.

domingo, 27 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre Cervantes. Francisco Rico

    En "El País":

Poetón ya viejo

Poquísimo sabemos sobre las andanzas de Cervantes tras marcharse de Valladolid, a remolque de la Corte, en 1606

Poquísimo sabemos sobre las andanzas de Cervantes tras marcharse de Valladolid, a remolque de la Corte, en 1606. Una de las cosas más seguras es que en ese último decenio de su vida, cuando se sentía un “poetón ya viejo”, al margen de las modas y modos literarios entonces en el candelero, intervino asiduamente en los trabajos y en los negocios de Francisco de Robles, su editor.
A principios de 1608, encontramos al novelista instalado a unas calles de su librería (y a un tiro de piedra del convento de las Trinitarias), mientras el Quijote se reimprimía en el vecino obrador que había regentado Juan de la Cuesta y que ahora, ya sin él, mantenía ese rótulo meramente como marca comercial. Cervantes realizó para Robles pequeñas tareas editoriales, como redactar dedicatorias a su nombre o preparar algún volumen de encargo generosamente financiado.
Pero Robles no era no solo editor (editor sobre todo de publicaciones oficiales, no de bellas letras): amén de ganar dinero con los libros, lo movía activamente en censos, préstamos, inversiones inmobiliarias... En todos esos trajines debió de contar con la asistencia de Cervantes. En noviembre de 1607, nos consta que éste le debía 450 reales, ignoramos a cuenta de qué. Porque, superada la etapa de su servicio a la real Hacienda, ¿cómo se las componía dos o tres años después del Quijote de 1605?
En los últimos meses de la estancia en Valladolid, su hermana Andrea lo presentaba como “hombre que escribe y trata negocios y que por su buena habilidad tiene amigos”. Conocemos a varios: no gentes de pluma, sino el especulador Simón Méndez, el asentista Agustín Ragio y el bala perdida de don Fernando de Toledo, hombres que negociaban en dinero, que se dedicaban a sacar dinero del dinero, o bien lo necesitaban contante y sonante, y a cuyo arrimo, concertando voluntades o cogiendo al vuelo las ocasiones de ensayar alguna especie de ‘ingeniería financiera’, Miguel esperaría obtener mayores o menores ingresos.
En Madrid, con el respaldo de los caudales de Robles, no le faltarían oportunidades de ejercitar las mañas que le adivinamos en Valladolid. Era sabido que nuestro editor organizaba timbas y poco menos que ejercía de garitero, y tampoco ahí hubo de faltarle la colaboración del escritor. Podemos imaginar la escena con otra que se refiere en unas memorias de cuando la Corte residía junto al Pisuerga: los jugadores se están dejando las cejas en la mesa y uno de ellos, en tono imperioso, se dirige a un mirón y le ordena “Cervantes, dadme la palmatoria”.
Para sus últimos años, los documentos nos informan de sus trasiegos de casa en casa, de las vodevilescas peripecias de su hija Isabel de Saavedra, ciertas pistas nos permiten colegir sus vanas esperanzas de marchar a Nápoles con el Conde de Lemos. En el telón de fondo de su vida diaria adivinamos siempre la figura de Francisco de Robles. Y de su intimidad se nos trasluce el empeño de avanzar por la vía de la perfección religiosa, concretado en la adopción de la conducta y las formas de piedad reguladas por la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento (1609) y exigidas por el hábito de la Orden Tercera de San Francisco (1613).
El hábito que lo amortajó para ser enterrado en las Trinitarias, donde hoy van a buscarse sus huesos con un despliegue de técnicas y medios que acaso lo incitarían a reescribir el más redondo de sus sonetos:
Apostaré que el ánima del muerto por gozar este sitio hoy ha dejado la gloria, donde vive eternamente.
Francisco Rico es filólogo y académico de la Lengua. Ha preparado el texto crítico y la edición de lectura más difundida del Quijote.

sábado, 2 de febrero de 2013

LITERATURA. Brevísimo fragmento de "El Quijote"


   En el capítulo L de la primera parte del "Quijote":

    Tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su negro y encendido licor; porque si así no lo haces, no serás digno de ver las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete castillos de las siete fadas que debajo desta negregura yacen.

   Aunque sean palabras de una de las (supuestas) novelas de caballerías, pueden aplicarse a cualquier tipo de situación.

jueves, 26 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Prosa inédita sobre Cervantes", por Wislawa Szymborska

Wislawa Szymborska

   En "El País":
Prosa inédita sobre Cervantes

WISLAWA SZYMBORSKA 03/02/2012

   El número de obras escritas por Cervantes no es tan desalentador como en el caso de Lope de Vega. Tampoco fueron apreciadas de la misma forma a través de las diferentes épocas. Los románticos vieron en La Numancia una obra maestra dentro del género de la tragedia. Hoy se suelen interpretar más sus comedias y, sobre todo, sus entremeses. Son campo abonado para la ingeniosidad escénica, poseen el germen de la espontaneidad, hay en ellos danza, música y canto. Tanto es así que resulta difícil creer que estas alegres piezas escénicas se engendraran en un calabozo. Pero tratándose de Cervantes, tampoco es para extrañarse: la primera parte del Quijote nació también en prisión. Muchos de sus contemporáneos lo hubiesen dado todo por ver, aunque fuera de lejos, el semblante del escritor español más grande. El carcelero gozaba gratis de tales vistas y, probablemente, no le provocaba ninguna emoción especial. Seguro que el censor de Madrid, el marqués de Torres, se sorprendió mucho al ver cómo unos distinguidos franceses estaban tan ansiosos de conocer al honorabilísimo don Miguel. ¿Quién? ¿Ese hambrón? ¿Ese vagabundo? ¿Ese manco? ¿Acaso no había nada mejor que ver en todo el Reino? Lástima que esa anécdota no llegara a sus oídos. Se hubiese podido convertir en otro entremés, quizás al nivel del mejor de esta selección, El retablo de las maravillas. Esta pequeña obra de teatro posee, como sostienen los investigadores, elementos autobiográficos. Es una réplica burlona a los exámenes de pureza racial a que fue sometido el autor durante la última etapa de su carrera como recaudador de impuestos. Pobre Cervantes. No consiguió en su vida nada más que eternidad.

   Texto perteneciente a la segunda parte de Lecturas no obligatorias, de próxima aparición en Alfabia.

jueves, 9 de septiembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Cervantes y el mundo musulmán", por Juan Goytisolo

Juan Goytisolo
En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Cervantes y el mundo musulmán

JUAN GOYTISOLO 21/08/2010

La polinización del mundo oriental en el autor, según el libro de Márquez Villanueva

La cautividad de Cervantes en Argel, presa de los corsarios turcos después de su participación en la batalla de Lepanto, ha hecho correr ríos de tinta en los últimos tiempos. El tema se presta a ello en la medida en que sus cinco años de aprisionamiento tuvieron una influencia decisiva tanto en su vida como en su obra. Lo que pudo aprender allí será siempre un enigma: la formación humana, y luego literaria, que le procuró dicha experiencia se decanta a lo largo de su creación, desde El trato y Los baños de Argel, que inician su frustrada carrera de dramaturgo, hasta el Persiles, pasando por Las novelas ejemplares, El coloquio de los perros y el Quijote. La ambigüedad y complejidad de su percepción del mundo musulmán, expuestas mediante una bien calculada estrategia cuya fineza sorprende y admira a cuantos calan en ella, autorizan toda clase de interpretaciones -muchas de ellas reductivas e interesadas- conforme a la perspectiva ideológica desde los que se sitúa el intérprete o glosador.
El Argel que conoció nuestro primer escritor se hallaba en las antípodas de la España tridentina e inquisitorial de Felipe II. Como nos recuerda Márquez Villanueva, la ciudad acogía a gentes de todas las procedencias, religiones y lenguas: era una encrucijada de etnias y de culturas. Este aprendizaje de la diversidad humana fue decisivo en la configuración de un pensamiento orientado a la busca de un cristianismo despojado de todos los lastres que acarreaba en la España filipina: los mitos nacionales y religiosos de la honra y la limpieza de sangre, el control de las costumbres, vidas y pensamiento por parte de quienes Cervantes denomina "las despiertas centinelas de nuestra fe".
Como resume el autor, Cervantes constituye, de cara al islam, "un caso especial y nada fácil de encasillar, pues no es en ningún momento un resentido, un tránsfuga religioso ni un colonizado cultural. Y menos aún asume el menor papel de cruzado ni de inquisidor, que es lo que le pedía y esperaba el mundo oficial de su tiempo [...]. Le fascinaba la figura del morisco criptomusulmán y del renegado apóstata, pero él no fue nunca uno de ellos. Su religiosidad se orientaba hacia una depuración crítica inicialmente marcada por Erasmo y la ventana cronológica argelina equivale para él a una lección de relativismo". Gracias a su valoración objetiva de otras culturas, como las descritas por Antonio de Sosa en su imprescindible Topografía e historia general de Argel (1612), Cervantes sustituyó el consabido nosotros patriótico y religioso por un yo incierto que apenas alcanza a representarse a sí mismo.
Con un rigor y erudición ejemplares, Márquez Villanueva sigue el itinerario a veces borroso de Cervantes a partir de su regreso a España en donde, como sabemos, no obtuvo recompensa alguna a sus méritos y servicios. Sin el arrimo de ningún mecenas y, frustrada su tentativa de emigrar a la Nueva España, se vio abocado a la mediocridad de una carrera administrativa y al mundo aleatorio de los negocios con el que trampeó la mayor parte de su vida, primero en Sevilla y luego en Valladolid, hasta la publicación de la primera parte del Quijote.
Seguir el hilo narrativo de la representación del turco, el moro y el morisco en la obra cervantina es un ejercicio laborioso pero aguijador. Si la influencia oriental, en especial de Las mil y una noches, es una constante en la literatura peninsular desde el Conde Lucanor, la emergencia y moda de la novela bizantina con sus raptos, piratas, doncellas de virginidad asombrosamente preservada, travestidos y anagnórisis a la que Cervantes rindió tributo en El amante liberal, nos muestra que nuestro autor navegaba por aguas conocidas. La polinización del libro de los libros de Sahrazad a través de lo que llamo "autopistas de viento", condena cualquier tentativa de establecer una genealogía precisa. Cervantes desconocía los textos árabes pero muy significativamente la mayoría de los recursos novelísticos que utiliza en el Quijote se hallan ya en Las mil y una noches. El territorio de la duda cervantina -autor o autores que "sobre el caso escriben", el manuscrito de Cide Hamete Benengeli, la desautorización de la trama novelística...- es el Sahrazad, que, con su infinidad de transmisores de un relato sin cesar hecho y deshecho, fecunda un territorio nuevo: el que, en palabras del autor, convierte a Cervantes en "el centro de gravedad de la modernidad literaria". La hebra que llevará a Sterne, Diderot y el Bouvard y Pécuchet flambertianos, por no hablar de Gógol, Turguéniev y Chéjov, se madeja y desmadeja en Cervantes. La disolución de la responsabilidad autorial, tan sabiamente organizada por éste, crea la incertidumbre del lector sobre la voz que escucha y le concede el margen de libertad de pensar por su cuenta.
La relación de Cervantes con el erasmismo a través de Huarte de San Juan, Arias Montano y de contemporáneos suyos como Martín González de Cellorigo y Pedro de Valencia, es analizado a la luz de sus coincidencias doctrinales con quienes querían acabar con la "negra honra" que paralizaba el país y lo convertía en una sociedad petrificada de "hombres encantados", para dar paso a otra en la que primara el trabajo y el mérito al servicio de la industria, el comercio, las ciencias, oficios y artes, como en los Países Bajos, Alemania, Francia o Inglaterra.
La defensa de los moriscos por Pedro de Valencia, cuando propugnaba una política de asimilación mediante matrimonios mixtos con cristianos viejos en vez de la expulsión que finalmente llevarían a cabo el duque de Lerma y el patriarca Ribera, no pudo con el unanimismo castizo de la Bleda y Aznar de Cardona. Con su habitual estrategia de conceder la palabra a los portavoces de quienes comulgaban con aquél, Cervantes pone en boca de Berganza todos los tópicos de los cristianos viejos en El coloquio de los perros en contraste con las reticencias de su congénere Cipión.
Pero es en el conocido episodio del encuentro de Sancho con su paisano, el morisco Ricote, en donde se manifiesta con mayor nitidez -si ésta cabe en nuestro siempre "ambiguo, escurridizo y bifronte" autor-, la expresión de un pensamiento que se abría camino en Europa desde la bárbara ejecución de Sebastián Castellio: Hominem occidere, non est doctrina tuere, sed est hominem occidere (matar a un hombre para defender una idea no es defender una idea, es matar a un hombre): el del nacimiento de una ética individual que culminaría en la declaración de los derechos humanos.
"Salí -dice Ricote- de nuestro pueblo, entré en Francia, y aunque allí nos hacían buen acogimiento, quiso verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania y allí me pareció que podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte de ella se vive con libertad de conciencia".
Estas pocas frases revelan la existencia entre los expulsos de una minoría -mayoría en el caso de los del valle de Ricote- que en el doloroso trance de dejar a la fuerza la tierra de sus antepasados, no buscaban cobijo entre sus antiguos correligionarios, sino en un ámbito en el que su condición de personas prevalecía sobre toda otra consideración de pertenencia nacional, étnica o religiosa. Ricote no habla como morisco ni cristiano ni musulmán: lo hace como un ser humano víctima de la injusticia y del monolitismo ideológico de la época.
Señalaré antes de concluir este breve repaso al libro de Márquez Villanueva la incidencia del falso Quijote de Avellaneda en la genial creación de Cervantes. La acogida a Álvaro Tarfe en la segunda parte de la novela añade no sólo una dimensión nueva a la obra -la que podríamos llamar literatura sobre la literatura- sino muestra también la exquisita cortesía de Cervantes frente a los insultos de su imitador como "paradójico homenaje y reconocimiento de una superioridad incontrastable". Una hermosa lección para quienes a lo largo de la historia no se pliegan a las normas de la institución literaria del momento y son objeto por ello de ataques o ninguneo. Ni rencor ni amargura sino, parafraseando a Cernuda, "formas superiores de elogio" que incitan a convertir a sus detractores en personajes representativos de una incurable mediocridad.

Moros, moriscos y turcos en Cervantes. Ensayos críticos de Francisco Márquez Villanueva. Ediciones Bellaterra. Barcelona, 2010. 465 páginas. 25 euros.

sábado, 4 de septiembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Segundas partes", por Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina
En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Segundas partes

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 21/08/2010

Antes de lo que pensaba ha terminado mi experimento de lectura, quizás porque el ritmo de la narración se va acelerando en los últimos capítulos del Quijote, como si Cervantes hubiera tenido prisa por llegar al final: la prisa del novelista que lleva demasiado tiempo atado a la misma historia, a la vez fatigado y embebido por ella, y cuando calcula que está acercándose al desenlace nota la proximidad del alivio de no tener que seguir escribiendo y también la anticipada congoja de una despedida que va a ser para siempre. La pesadumbre de los episodios finales es la de don Quijote que ha sido vencido y se desploma en la vejez y la de un escritor que siente el peso de la suya, porque va a cumplir sesenta y ocho años y es por lo tanto un anciano, en una época en la que la vida humana es mucho más corta que ahora y más vulnerable al deterioro de las enfermedades. Las referencias al paso del tiempo son continuas: "sola la vida humana corre a su fin ligera más que el viento", dice el apócrifo Cide Hamete Benengeli, "filósofo mahomético", y unas páginas más tarde es la propia voz del autor la que arranca así el capítulo final: "Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres...".
La despedida es más tajante porque esta historia que ahora acaba ha durado de un modo u otro en la imaginación y en el trabajo del novelista unos veinte años. Leyendo esta vez el Quijote me he dado cuenta de esa dimensión temporal, que convierte a la novela casi en un registro geológico de las etapas en la escritura y en la sensibilidad de Cervantes, de su concepción de la literatura y su trato con ella. El hombre que empezó a escribir en torno a los cincuenta años no es el mismo que tiene ya casi setenta. Aquél tenía más cercana la existencia aventurera, infortunada y fantasiosa de la juventud, el resplandor de las batallas en el mar y la duración sin esperanza del cautiverio en Argel, la euforia de la liberación, el desgaste lento de los oficios indecorosos y el trabajo literario sin fruto, la vida en los caminos, siempre de un lado para otro, el refugio de escribir y leer. El hombre viejo de ahora probablemente no sale de las calles estrechas y sucias de Madrid, y se ha resignado a una extraña forma de éxito que no lo salva de la pobreza ni de la oscuridad, al contrario que su vecino Lope de Vega, hacia el que siente por igual admiración y resentimiento, porque Lope ha triunfado en el teatro y en la poesía y él no.
Pero el Cervantes viejo, como señala Martín de Riquer, no ha perdido el sentido del humor ni el gusto de contar, ni la fascinación por las vidas y las hablas. La comicidad de la segunda parte es menos escatológica que la de la primera, pero no menos efectiva, si bien el relato de las burlas continuas que sufren don Quijote y Sancho tiene ahora el contrapunto de la abierta crítica a los burladores. Quizás los años han vuelto a Cervantes más sensible a la brutalidad de la burla española, que se ceba con tanta frecuencia en los débiles y en los inocentes. "No son burlas las que duelen", dice con severidad, "ni hay pasatiempos que valgan, si son con daño de terceros". Una caterva de criados guasones asalta a Sancho en mitad de la noche, en su palacio de falso gobernador de la Ínsula Barataria, fingiendo una invasión de enemigos, y Sancho cae al suelo muerto de miedo y es pisoteado y golpeado: "y no por verle caído aquella gente burladora le tuvieron compasión alguna". Después de tantos episodios de aparatosos engaños barrocos escenificados en el palacio de los duques, inopinadamente hay un cambio de tono, como una ocurrencia sobrevenida que Cervantes decide no tachar: "Y dice más Cide Hamete: que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos".
En la primera parte el relato de la vida se interrumpe a cada paso por la irrupción de la literatura. En el relato de la vida no hay lugar para el heroísmo ni para lo extraordinario, y el lenguaje se confunde con el habla o con una rápida llaneza de estilo que es la taquigrafía que permite apresar el flujo desordenado y veloz de las cosas; en la literatura los personajes son excepcionales o heroicos, los acontecimientos misteriosos y con frecuencia fantásticos, los finales sorprendentes, el lenguaje rico y elevado, libre de las improvisaciones y las impurezas del habla. Para Cervantes, literatura en prosa son los libros de caballerías, las novelas pastoriles, los melodramas de enamoramientos y viajes prodigiosos, de azares sorprendentes que vuelven a reunir a amantes o a padres e hijos separados durante mucho tiempo. Su originalidad no es haber superado estas convenciones para convertir en literatura la vida común: es encontrar la manera de contarla y a la vez indagar el lugar que la ficción ocupa en la vida, la tensión permanente entre la experiencia y la narración o la representación, entre la necesidad humana de ver las cosas como son y la otra necesidad no menos perentoria de descansar de lo real evadiéndose unas veces de su monotonía y otras de su desorden. En la segunda parte Cervantes apenas cede a la tentación de lo fantasioso y lo romántico, pero eso no quiere decir que esa posibilidad de la literatura ya no le importara: lo último que escribió en su vida, literalmente a un paso de la muerte, fue el prólogo de Persiles y Sigismunda, que para nosotros es un libro exótico y muy poco accesible, pero que él consideraba su obra maestra, quizás porque al escribirlo había podido desplegar todas las facultades de su imaginación y todo el lujo de su potencia expresiva: los personajes heroicos con nombres extravagantes, las geografías inusitadas, las aventuras y los encuentros milagrosos que son motivos de parodia en el Quijote, en el Persiles, que se escribiría casi al mismo tiempo, están contados perfectamente en serio. Como tantos innovadores, Cervantes conocía y amaba hondamente la tradición que su propia originalidad iba a volver anacrónica. Su parodia es más eficaz porque lo que él mismo escarnece está muy cercano a su corazón.
Quien ha amado tanto los engaños de la literatura no accede a engañarse nunca sobre lo real. La falacia sentimental, tan literaria, la corta siempre Cervantes de un tajo. Don Quijote va a morirse y todos lo lloran, "pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto". De esa frase sí que me acordaba bien, pero no por eso ha dejado una vez más de herirme, quebrando el consuelo de la literatura con el sarcasmo de lo real.

miércoles, 5 de mayo de 2010

LECTURA. ENSAYO. "Por cuenta propia. Leer y escribir", de Rafael Chirbes (2)

Rafael Chirbes
En el ensayo Por cuenta propia. Leer y escribir, sobre el Quijote:

...el rico perspectivismo (...), la problematización del punto de vista de lo narrado, la puesta en cuestión de narrador y texto, no pasaría del estatuto de ingenioso juguete literario (...) si no fuera porque hay una correspondencia entre el cómo y el qué: la visión narrativa problemática forma la sustancia misma de la propuesta cervantina (...) De hecho, yo creo que es evidente que el propio autor se transforma a merced de su personaje (...). Cervantes enfrenta sus propias contradicciones a través de los personajes y las situaciones que crea; es más, los crea a unos y otras como interrogantes, y no como ilustraciones o como exposición de unas ideas sabidas de antemano: aplica esa fórmula contemporánea por la que la escritura es la forma de conocimiento del novelista. Se aprende lo que se quiere decir mientras se escribe (...). Cervantes, con su escritura problemática, inaugura la línea literaria que permitirá decir a Proust que el escritor resuelve su vida en los libros que escribe. (Páginas 100-101) Editorial Anagrama. Colección "Argumentos".

viernes, 23 de abril de 2010

POESÍA. CERVANTES. Soneto: "Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla"

Quizás el más conocido poema de Cervantes:

AL TÚMULO DEL REY FELIPE II EN SEVILLA
"¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!
Porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?

Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.

Apostaré que el ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente".

Esto oyó un valentón y dijo: "Es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado,
y el que dijere lo contrario miente".

Y luego, in continente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

CERVANTES. NOVELAS EJEMPLARES. "El licenciado Vidriera" (y 4)

Hoy, Día del Libro, terminamos de leer

El licenciado Vidriera
Acertó a pasar una vez por donde él estaba un comediante vestido como un príncipe, y, en viéndole, dijo:
-Yo me acuerdo haber visto a éste salir al teatro enharinado el rostro y vestido un zamarro del revés; y, con todo esto, a cada paso fuera del tablado, jura a fe de hijodalgo.
-Débelo de ser -respondió uno-, porque hay muchos comediantes que son muy bien nacidos y hijosdalgo.
-Así será verdad -replicó Vidriera-, pero lo que menos ha menester la farsa es personas bien nacidas; galanes sí, gentileshombres y de espeditas lenguas. También sé decir dellos que en el sudor de su cara ganan su pan con inllevable trabajo, tomando contino de memoria, hechos perpetuos gitanos, de lugar en lugar y de mesón en venta, desvelándose en contentar a otros, porque en el gusto ajeno consiste su bien propio. Tienen más, que con su oficio no engañan a nadie, pues por momentos sacan su mercaduría a pública plaza, al juicio y a la vista de todos. El trabajo de los autores es increíble, y su cuidado, extraordinario, y han de ganar mucho para que al cabo del año no salgan tan empeñados, que les sea forzoso hacer pleito de acreedores. Y, con todo esto, son necesarios en la república, como lo son las florestas, las alamedas y las vistas de recreación, y como lo son las cosas que honestamente recrean.
Decía que había sido opinión de un amigo suyo que el que servía a una comedianta, en sola una servía a muchas damas juntas, como era a una reina, a una ninfa, a una diosa, a una fregona, a una pastora, y muchas veces caía la suerte en que serviese en ella a un paje y a un lacayo: que todas estas y más figuras suele hacer una farsanta.
Preguntóle uno que cuál había sido el más dichoso del mundo. Respondió que Nemo; porque Nemo novit Patrem, Nemo sine crimine vivit, Nemo sua sorte contentus, Nemo ascendit in coelum.
De los diestros dijo una vez que eran maestros de una ciencia o arte que cuando la habían menester no la sabían, y que tocaban algo en presumptuosos, pues querían reducir a demostraciones matemáticas, que son infalibles, los movimientos y pensamientos coléricos de sus contrarios. Con los que se teñían las barbas tenía particular enemistad; y, riñendo una vez delante dél dos hombres, que el uno era portugués, éste dijo al castellano, asiéndose de las barbas, que tenía muy teñidas:
-¡Por istas barbas que teño no rostro...!
A lo cual acudió Vidriera:
-¡Ollay, home, naon digáis teño, sino tiño!
Otro traía las barbas jaspeadas y de muchas colores, culpa de la mala tinta; a quien dijo Vidriera que tenía las barbas de muladar overo. A otro, que traía las barbas por mitad blancas y negras, por haberse descuidado, y los cañones crecidos, le dijo que procurase de no porfiar ni reñir con nadie, porque estaba aparejado a que le dijesen que mentía por la mitad de la barba.
Una vez contó que una doncella discreta y bien entendida, por acudir a la voluntad de sus padres, dio el sí de casarse con un viejo todo cano, el cual la noche antes del día del desposorio se fue, no al río Jordán, como dicen las viejas, sino a la redomilla del agua fuerte y plata, con que renovó de manera su barba, que la acostó de nieve y la levantó de pez. Llegóse la hora de darse las manos, y la doncella conoció por la pinta y por la tinta la figura, y dijo a sus padres que le diesen el mismo esposo que ellos le habían mostrado, que no quería otro. Ellos le dijeron que aquel que tenía delante era el mismo que le habían mostrado y dado por esposo. Ella replicó que no era, y trujo testigos cómo el que sus padres le dieron era un hombre grave y lleno de canas; y que, pues el presente no las tenía, no era él, y se llamaba a engaño. Atúvose a esto, corrióse el teñido y deshízose el casamiento.
Con las dueñas tenía la misma ojeriza que con los escabechados: decía maravillas de su permafoy, de las mortajas de sus tocas, de sus muchos melindres, de sus escrúpulos y de su extraordinaria miseria. Amohinábanle sus flaquezas de estómago, su vaguidos de cabeza, su modo de hablar, con más repulgos que sus tocas; y, finalmente, su inutilidad y sus vainillas.
Uno le dijo:
-¿Qué es esto, señor licenciado, que os he oído decir mal de muchos oficios y jamás lo habéis dicho de los escribanos, habiendo tanto que decir?
A lo cual respondió:
-Aunque de vidrio, no soy tan frágil que me deje ir con la corriente del vulgo, las más veces engañado. Paréceme a mí que la gramática de los murmuradores y el la, la, la de los que cantan son los escribanos; porque, así como no se puede pasar a otras ciencias, si no es por la puerta de la gramática, y como el músico primero murmura que canta, así, los maldicientes, por donde comienzan a mostrar la malignidad de sus lenguas es por decir mal de los escribanos y alguaciles y de los otros ministros de la justicia, siendo un oficio el del escribano sin el cual andaría la verdad por el mundo a sombra de tejados, corrida y maltratada; y así, dice el Eclesiástico: In manu Dei potestas hominis est, et super faciem scribe imponet honorem. Es el escribano persona pública, y el oficio del juez no se puede ejercitar cómodamente sin el suyo. Los escribanos han de ser libres, y no esclavos, ni hijos de esclavos: legítimos, no bastardos ni de ninguna mala raza nacidos. Juran de secreto fidelidad y que no harán escritura usuraria; que ni amistad ni enemistad, provecho o daño les moverá a no hacer su oficio con buena y cristiana conciencia. Pues si este oficio tantas buenas partes requiere, ¿por qué se ha de pensar que de más de veinte mil escribanos que hay en España se lleve el diablo la cosecha, como si fuesen cepas de su majuelo? No lo quiero creer, ni es bien que ninguno lo crea; porque, finalmente, digo que es la gente más necesaria que había en las repúblicas bien ordenadas, y que, si llevaban demasiados derechos, también hacían demasiados tuertos, y que destos dos estremos podía resultar un medio que les hiciese mirar por el virote.
De los alguaciles dijo que no era mucho que tuviesen algunos enemigos, siendo su oficio, o prenderte, o sacarte la hacienda de casa, o tenerte en la suya en guarda y comer a tu costa. Tachaba la negligencia e ignorancia de los procuradores y solicitadores, comparándolos a los médicos, los cuales, que sane o no sane el enfermo, ellos llevan su propina, y los procuradores y solicitadores, lo mismo, salgan o no salgan con el pleito que ayudan.
Preguntóle uno cuál era la mejor tierra. Respondió que la temprana y agradecida. Replicó el otro:
-No pregunto eso, sino que cuál es mejor lugar: ¿Valladolid o Madrid?
Y respondió:
-De Madrid, los estremos; de Valladolid, los medios.
-No lo entiendo -repitió el que se lo preguntaba.
Y dijo:
-De Madrid, cielo y suelo; de Valladolid, los entresuelos.
Oyó Vidriera que dijo un hombre a otro que, así como había entrado en Valladolid, había caído su mujer muy enferma, porque la había probado la tierra.
A lo cual dijo Vidriera:
-Mejor fuera que se la hubiera comido, si acaso es celosa.
De los músicos y de los correos de a pie decía que tenían las esperanzas y las suertes limitadas, porque los unos la acababan con llegar a serlo de a caballo, y los otros con alcanzar a ser músicos del rey. De las damas que llaman cortesanas decía que todas, o las más, tenían más de corteses que de sanas.
Estando un día en una iglesia vio que traían a enterrar a un viejo, a bautizar a un niño y a velar una mujer, todo a un mismo tiempo, y dijo que los templos eran campos de batalla, donde los viejos acaban, los niños vencen y las mujeres triunfan.
Picábale una vez una avispa en el cuello, y no se la osaba sacudir por no quebrarse; pero, con todo eso, se quejaba. Preguntóle uno que cómo sentía aquella avispa, si era su cuerpo de vidrio. Y respondió que aquella avispa debía de ser murmuradora, y que las lenguas y picos de los murmuradores eran bastantes a desmoronar cuerpos de bronce, no que de vidrio.
Pasando acaso un religioso muy gordo por donde él estaba, dijo uno de sus oyentes:
-De hético no se puede mover el padre.
Enojóse Vidriera, y dijo:
-Nadie se olvide de lo que dice el Espíritu Santo: Nolite tangere christos meos.
Y, subiéndose más en cólera, dijo que mirasen en ello, y verían que de muchos santos que de pocos años a esta parte había canonizado la Iglesia y puesto en el número de los bienaventurados, ninguno se llamaba el capitán don Fulano, ni el secretario don Tal de don Tales, ni el Conde, Marqués o Duque de tal parte, sino fray Diego, fray Jacinto, fray Raimundo, todos frailes y religiosos; porque las religiones son los Aranjueces del cielo, cuyos frutos, de ordinario, se ponen en la mesa de Dios.
Decía que las lenguas de los murmuradores eran como las plumas del águila: que roen y menoscaban todas las de las otras aves que a ellas se juntan. De los gariteros y tahúres decía milagros: decía que los gariteros eran públicos prevaricadores, porque, en sacando el barato del que iba haciendo suertes, deseaban que perdiese y pasase el naipe adelante, porque el contrario las hiciese y él cobrase sus derechos. Alababa mucho la paciencia de un tahúr, que estaba toda una noche jugando y perdiendo, y con ser de condición colérico y endemoniado, a trueco de que su contrario no se alzase, no descosía la boca, y sufría lo que un mártir de Barrabás. Alababa también las conciencias de algunos honrados gariteros que ni por imaginación consentían que en su casa se jugase otros juegos que polla y cientos; y con esto, a fuego lento, sin temor y nota de malsines, sacaban al cabo del mes más barato que los que consentían los juegos de estocada, del reparolo, siete y llevar, y pinta en la del pu[n]to.
En resolución, él decía tales cosas que, si no fuera por los grandes gritos que daba cuando le tocaban o a él se arrimaban, por el hábito que traía, por la estrecheza de su comida, por el modo con que bebía, por el no querer dormir sino al cielo abierto en el verano y el invierno en los pajares, como queda dicho, con que daba tan claras señales de su locura, ninguno pudiera creer sino que era uno de los más cuerdos del mundo.
Dos años o poco más duró en esta enfermedad, porque un religioso de la Orden de San Jerónimo, que tenía gracia y ciencia particular en hacer que los mudos entendiesen y en cierta manera hablasen, y en curar locos, tomó a su cargo de curar a Vidriera, movido de caridad; y le curó y sanó, y volvió a su primer juicio, entendimiento y discurso. Y, así como le vio sano, le vistió como letrado y le hizo volver a la Corte, adonde, con dar tantas muestras de cuerdo como las había dado de loco, podía usar su oficio y hacerse famoso por él.
Hízolo así; y, llamándose el licenciado Rueda, y no Rodaja, volvió a la Corte, donde, apenas hubo entrado, cuando fue conocido de los muchachos; mas, como le vieron en tan diferente hábito del que solía, no le osaron dar grita ni hacer preguntas; pero seguíanle y decían unos a otros:
-¿Éste no es el loco Vidriera? ¡A fe que es él! Ya viene cuerdo. Pero tan bien puede ser loco bien vestido como mal vestido; preguntémosle algo, y salgamos desta confusión.
Todo esto oía el licenciado y callaba, y iba más confuso y más corrido que cuando estaba sin juicio.
Pasó el conocimiento de los muchachos a los hombres; y, antes que el licenciado llegase al patio de los Consejos, llevaba tras de sí más de docientas personas de todas suertes. Con este acompañamiento, que era más que de un catedrático, llegó al patio, donde le acabaron de circundar cuantos en él estaban. Él, viéndose con tanta turba a la redonda, alzó la voz y dijo:
-Señores, yo soy el licenciado Vidriera, pero no el que solía: soy ahora el licenciado Rueda; sucesos y desgracias que acontecen en el mundo, por permisión del cielo, me quitaron el juicio, y las misericordias de Dios me le han vuelto. Por las cosas que dicen que dije cuando loco, podéis considerar las que diré y haré cuando cuerdo. Yo soy graduado en leyes por Salamanca, adonde estudié con pobreza y adonde llevé segundo en licencias: de do se puede inferir que más la virtud que el favor me dio el grado que tengo. Aquí he venido a este gran mar de la Corte para abogar y ganar la vida; pero si no me dejáis, habré venido a bogar y granjear la muerte. Por amor de Dios que no hagáis que el seguirme sea perseguirme, y que lo que alcancé por loco, que es el sustento, lo pierda por cuerdo. Lo que solíades preguntarme en las plazas, preguntádmelo ahora en mi casa, y veréis que el que os respondía bien, según dicen, de improviso, os responderá mejor de pensado.
Escucháronle todos y dejáronle algunos. Volvióse a su posada con poco menos acompañamiento que había llevado.
Salió otro día y fue lo mismo; hizo otro sermón y no sirvió de nada. Perdía mucho y no ganaba cosa; y, viéndose morir de hambre, determinó de dejar la Corte y volverse a Flandes, donde pensaba valerse de las fuerzas de su brazo, pues no se podía valer de las de su ingenio.
Y, poniéndolo en efeto, dijo al salir de la Corte:
-¡Oh Corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes, y acortas las de los virtuosos encogidos, sustentas abundantemente a los truhanes desvergonzados y matas de hambre a los discretos vergonzosos!
Esto dijo y se fue a Flandes, donde la vida que había comenzado a eternizar por las letras la acabó de eternizar por las armas, en compañía de su buen amigo el capitán Valdivia, dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado.

jueves, 22 de abril de 2010

CERVANTES. NOVELAS EJEMPLARES. "El licenciado Vidriera" (3)

El próximo viernes se celebra el Día del Libro, entre otras cosas porque en esa fecha murió Miguel de Cervantes, en 1616.

Con tal motivo, leeremos (por entregas) una de sus "Novelas ejemplares",

El licenciado Vidriera
Otra vez le preguntaron qué era la causa de que los poetas, por la mayor parte, eran pobres. Respondió que porque ellos querían, pues estaba en su mano ser ricos, si se sabían aprovechar de la ocasión que por momentos traían entre las manos, que eran las de sus damas, que todas eran riquísimas en estremo, pues tenían los cabellos de oro, la frente de plata bruñida, los ojos de verdes esmeraldas, los dientes de marfil, los labios de coral y la garganta de cristal transparente, y que lo que lloraban eran líquidas perlas; y más, que lo que sus plantas pisaban, por dura y estéril tierra que fuese, al momento producía jazmines y rosas; y que su aliento era de puro ámbar, almizcle y algalia; y que todas estas cosas eran señales y muestras de su mucha riqueza. Estas y otras cosas decía de los malos poetas, que de los buenos siempre dijo bien y los levantó sobre el cuerno de la luna.
Vio un día en la acera de San Francisco unas figuras pintadas de mala mano, y dijo que los buenos pintores imitaban a naturaleza, pero que los malos la vomitaban.
Arrimóse un día con grandísimo tiento, porque no se quebrase, a la tienda de un librero, y díjole:
-Este oficio me contentara mucho si no fuera por una falta que tiene.
Preguntóle el librero se la dijese. Respondióle:
-Los melindres que hacen cuando compran un privilegio de un libro, y de la burla que hacen a su autor si acaso le imprime a su costa; pues, en lugar de mil y quinientos, imprimen tres mil libros, y, cuando el autor piensa que se venden los suyos, se despachan los ajenos.
Acaeció este mismo día que pasaron por la plaza seis azotados; y, diciendo el pregón: "Al primero, por ladrón", dio grandes voces a los que estaban delante dél, diciéndoles:
-¡Apartaos, hermanos, no comience aquella cuenta por alguno de vosotros!
Y cuando el pregonero llegó a decir: "Al trasero...", dijo:
-Aquel debe de ser el fiador de los muchachos.
Un muchacho le dijo:
-Hermano Vidriera, mañana sacan a azotar a una alcagüeta.
Respondióle:
-Si dijeras que sacaban a azotar a un alcagüete, entendiera que sacaban a azotar un coche.
Hallóse allí uno destos que llevan sillas de manos, y díjole:
-De nosotros, Licenciado, ¿no tenéis qué decir?
-No -respondió Vidriera-, sino que sabe cada uno de vosotros más pecados que un confesor; más es con esta diferencia: que el confesor los sabe para tenerlos secretos, y vosotros para publicarlos por las tabernas.
Oyó esto un mozo de mulas, porque de todo género de gente le estaba escuchando contino, y díjole:
-De nosotros, señor Redoma, poco o nada hay que decir, porque somos gente de bien y necesaria en la república.
A lo cual respondió Vidriera:
-La honra del amo descubre la del criado. Según esto, mira a quién sirves y verás cuán honrado eres: mozos sois vosotros de la más ruin canalla que sustenta la tierra. Una vez, cuando no era de vidrio, caminé una jornada en una mula de alquiler tal, que le conté ciento y veinte y una tachas, todas capitales y enemigas del género humano. Todos los mozos de mulas tienen su punta de rufianes, su punta de cacos, y su es no es de truhanes. Si sus amos (que así llaman ellos a los que llevan en sus mulas) son boquimuelles, hacen más suertes en ellos que las que echaron en esta ciudad los años pasados: si son estranjeros, los roban; si estudiantes, los maldicen; y si religiosos, los reniegan; y si soldados, los tiemblan. Estos, y los marineros y carreteros y arrieros, tienen un modo de vivir extraordinario y sólo para ellos: el carretero pasa lo más de la vida en espacio de vara y media de lugar, que poco más debe de haber del yugo de las mulas a la boca del carro; canta la mitad del tiempo y la otra mitad reniega; y en decir: "Háganse a zaga" se les pasa otra parte; y si acaso les queda por sacar alguna rueda de algún atolladero, más se ayudan de dos pésetes que de tres mulas. Los marineros son gente gentil, inurbana, que no sabe otro lenguaje que el que se usa en los navíos; en la bonanza son diligentes y en la borrasca perezosos; en la tormenta mandan muchos y obedecen pocos; su Dios es su arca y su rancho, y su pasatiempo ver mareados a los pasajeros. Los arrieros son gente que ha hecho divorcio con las sábanas y se ha casado con las enjalmas; son tan diligentes y presurosos que, a trueco de no perder la jornada, perderán el alma; su música es la del mortero; su salsa, la hambre; sus maitines, levantarse a dar sus piensos; y sus misas, no oír ninguna.
Cuando esto decía, estaba a la puerta de un boticario, y, volviéndose al dueño, le dijo:
-Vuesa merced tiene un saludable oficio, si no fuese tan enemigo de sus candiles.
-¿En qué modo soy enemigo de mis candiles? -preguntó el boticario.
Y respondió Vidriera:
-Esto digo porque, en faltando cualquiera aceite, la suple la del candil que está más a mano; y aún tiene otra cosa este oficio bastante a quitar el crédito al más acertado médico del mundo.
Preguntándole por qué, respondió que había boticario que, por no decir que faltaba en su botica lo que recetaba el médico, por las cosas que le faltaban ponía otras que a su parecer tenían la misma virtud y calidad, no siendo así; y con esto, la medicina mal compuesta obraba al revés de lo que había de obrar la bien ordenada.
Preguntóle entonces uno que qué sentía de los médicos, y respondió esto:
-Honora medicum propter necessitatem, etenim creavit eum Altissimus. A Deo enim est omnis medela, et a rege accipiet donationem. Disciplina medici exaltavit caput illius, et in conspectu magnatum collaudabitur. Altissimus de terra creavit medicinam, et vir prudens non ab[h]orre-bit illam. Esto dice -dijo- el Eclesiástico de la medicina y de los buenos médicos, y de los malos se podría decir todo al revés, porque no hay gente más dañosa a la república que ellos. El juez nos puede torcer o dilatar la justicia; el letrado, sustentar por su interés nuestra injusta demanda; el mercader, chuparnos la hacienda; finalmente, todas las personas con quien de necesidad tratamos nos pueden hacer algún daño; pero quitarnos la vida, sin quedar sujetos al temor del castigo, ninguno. Sólo los médicos nos pueden matar y nos matan sin temor y a pie quedo, sin desenvainar otra espada que la de un récipe. Y no hay descubrirse sus delictos, porque al momento los meten debajo de la tierra. Acuérdaseme que cuando yo era hombre de carne, y no de vidrio como agora soy, que a un médico destos de segunda clase le despidió un enfermo por curarse con otro, y el primero, de allí a cuatro días, acertó a pasar por la botica donde receptaba el segundo, y preguntó al boticario que cómo le iba al enfermo que él había dejado, y que si le había receptado alguna purga el otro médico. El boticario le respondió que allí tenía una recepta de purga que el día siguiente había de tomar el enfermo. Dijo que se la mostrase, y vio que al fin della estaba escrito: Sumat dilúculo; y dijo: ''Todo lo que lleva esta purga me contenta, si no es este dilúculo, porque es húmido demasiadamente''.
Por estas y otras cosas que decía de todos los oficios, se andaban tras él, sin hacerle mal y sin dejarle sosegar; pero, con todo esto, no se pudiera defender de los muchachos si su guardián no le defendiera. Preguntóle uno qué haría para no tener envidia a nadie. Respondióle:
-Duerme; que todo el tiempo que durmieres serás igual al que envidias.
Otro le preguntó qué remedio tendría para salir con una comisión que había dos años que la pretendía. Y díjole:
-Parte a caballo y a la mira de quien la lleva, y acompáñale hasta salir de la ciudad, y así saldrás con ella.
Pasó acaso una vez por delante donde él estaba un juez de comisión que iba de camino a una causa criminal, y llevaba mucha gente consigo y dos alguaciles; preguntó quién era, y, como se lo dijeron, dijo:
-Yo apostaré que lleva aquel juez víboras en el seno, pistoletes en la cinta y rayos en las manos, para destruir todo lo que alcanzare su comisión. Yo me acuerdo haber tenido un amigo que, en una comisión criminal que tuvo, dio una sentencia tan exorbitante, que excedía en muchos quilates a la culpa de los delincuentes. Preguntéle que por qué había dado aquella tan cruel sentencia y hecho tan manifiesta injusticia. Respondióme que pensaba otorgar la apelación, y que con esto dejaba campo abierto a los señores del Consejo para mostrar su misericordia, moderando y poniendo aquella su rigurosa sentencia en su punto y debida proporción. Yo le respondí que mejor fuera haberla dado de manera que les quitara de aquel trabajo, pues con esto le tuvieran a él por juez recto y acertado.
En la rueda de la mucha gente que, como se ha dicho, siempre le estaba oyendo, estaba un conocido suyo en hábito de letrado, al cual otro le llamó Señor Licenciado; y, sabiendo Vidriera que el tal a quien llamaron licenciado no tenía ni aun título de bachiller, le dijo:
-Guardaos, compadre, no encuentren con vuestro título los frailes de la redempción de cautivos, que os le llevarán por mostrenco.
A lo cual dijo el amigo:
-Tratémonos bien, señor Vidriera, pues ya sabéis vos que soy hombre de altas y de profundas letras.
Respondióle Vidriera:
-Ya yo sé que sois un Tántalo en ellas, porque se os van por altas y no las alcanzáis de profundas.
Estando una vez arrimado a la tienda de un sastre, viole que estaba mano sobre mano, y díjole:
-Sin duda, señor maeso, que estáis en camino de salvación.
-¿En qué lo veis? -preguntó el sastre.
-¿En qué lo veo? -respondió Vidriera-. Véolo en que, pues no tenéis qué hacer, no tendréis ocasión de mentir.
Y añadió:
-Desdichado del sastre que no miente y cose las fiestas; cosa maravillosa es que casi en todos los deste oficio apenas se hallará uno que haga un vestido justo, habiendo tantos que los hagan pecadores.
De los zapateros decía que jamás hacían, conforme a su parecer, zapato malo; porque si al que se le calzaban venía estrecho y apretado, le decían que así había de ser, por ser de galanes calzar justo, y que en trayéndolos dos horas vendrían más anchos que alpargates; y si le venían anchos, decían que así habían de venir, por amor de la gota.
Un muchacho agudo que escribía en un oficio de Provincia le apretaba mucho con preguntas y demandas, y le traía nuevas de lo que en la ciudad pasaba, porque sobre todo discantaba y a todo respondía. Éste le dijo una vez:
-Vidriera, esta noche se murió en la cárcel un banco que estaba condenado ahorcar.
A lo cual respondió:
-Él hizo bien a darse priesa a morir antes que el verdugo se sentara sobre él.
En la acera de San Francisco estaba un corro de ginoveses; y, pasando por allí, uno dellos le llamó, diciéndole:
-Lléguese acá el señor Vidriera y cuéntenos un cuento.
Él respondió:
-No quiero, porque no me le paséis a Génova.
Topó una vez a una tendera que llevaba delante de sí una hija suya muy fea, pero muy llena de dijes, de galas y de perlas; y díjole a la madre:
-Muy bien habéis hecho en empedralla, porque se pueda pasear.
De los pasteleros dijo que había muchos años que jugaban a la dobladilla, sin que les llevasen [a] la pena, porque habían hecho el pastel de a dos de a cuatro, el de a cuatro de a ocho, y el de a ocho de a medio real, por sólo su albedrío y beneplácito.
De los titereros decía mil males: decía que era gente vagamunda y que trataba con indecencia de las cosas divinas, porque con las figuras que mostraban en sus retratos volvían la devoción en risa, y que les acontecía envasar en un costal todas o las más figuras del Testamento Viejo y Nuevo y sentarse sobre él a comer y beber en los bodegones y tabernas. En resolución, decía que se maravillaba de cómo quien podía no les ponía perpetuo silencio en sus retablos, o los desterraba del reino.

miércoles, 21 de abril de 2010

CERVANTES. NOVELAS EJEMPLARES. "El licenciado Vidriera" (2)

El próximo viernes se celebra el Día del Libro, entre otras cosas porque en esa fecha murió Miguel de Cervantes, en 1616.



Con tal motivo, leeremos (por entregas) una de sus "Novelas ejemplares",

El licenciado Vidriera:
Para sacarle desta estraña imaginación, muchos, sin atender a sus voces y rogativas, arremetieron a él y le abrazaron, diciéndole que advirtiese y mirase cómo no se quebraba. Pero lo que se granjeaba en esto era que el pobre se echaba en el suelo dando mil gritos, y luego le tomaba un desmayo del cual no volvía en sí en cuatro horas; y cuando volvía, era renovando las plegarias y rogativas de que otra vez no le llegasen. Decía que le hablasen desde lejos y le preguntasen lo que quisiesen, porque a todo les respondería con más entendimiento, por ser hombre de vidrio y no de carne: que el vidrio, por ser de materia sutil y delicada, obraba por ella el alma con más promptitud y eficacia que no por la del cuerpo, pesada y terrestre.
Quisieron algunos experimentar si era verdad lo que decía; y así, le preguntaron muchas y difíciles cosas, a las cuales respondió espontáneamente con grandísima agudeza de ingenio: cosa que causó admiración a los más letrados de la Universidad y a los profesores de la medicina y filosofía, viendo que en un sujeto donde se contenía tan extraordinaria locura como era el pensar que fuese de vidrio, se encerrase tan grande entendimiento que respondiese a toda pregunta con propiedad y agudeza.
Pidió Tomás le diesen alguna funda donde pusiese aquel vaso quebradizo de su cuerpo, porque al vestirse algún vestido estrecho no se quebrase; y así, le dieron una ropa parda y una camisa muy ancha, que él se vistió con mucho tiento y se ciñó con una cuerda de algodón. No quiso calzarse zapatos en ninguna manera, y el orden que tuvo para que le diesen de comer, sin que a él llegasen, fue poner en la punta de una vara una vasera de orinal, en la cual le ponían alguna cosa de fruta de las que la sazón del tiempo ofrecía. Carne ni pescado, no lo quería; no bebía sino en fuente o en río, y esto con las manos; cuando andaba por las calles iba por la mitad dellas, mirando a los tejados, temeroso no le cayese alguna teja encima y le quebrase. Los veranos dormía en el campo al cielo abierto, y los inviernos se metía en algún mesón, y en el pajar se enterraba hasta la garganta, diciendo que aquélla era la más propia y más segura cama que podían tener los hombres de vidrio. Cuando tronaba, temblaba como un azogado, y se salía al campo y no entraba en poblado hasta haber pasado la tempestad.
Tuviéronle encerrado sus amigos mucho tiempo; pero, viendo que su desgracia pasaba adelante, determinaron de condecender con lo que él les pedía, que era le dejasen andar libre; y así, le dejaron, y él salió por la ciudad, causando admiración y lástima a todos los que le conocían.
Cercáronle luego los muchachos; pero él con la vara los detenía, y les rogaba le hablasen apartados, porque no se quebrase; que, por ser hombre de vidrio, era muy tierno y quebradizo. Los muchachos, que son la más traviesa generación del mundo, a despecho de sus ruegos y voces, le comenzaron a tirar trapos, y aun piedras, por ver si era de vidrio, como él decía. Pero él daba tantas voces y hacía tales estremos, que movía a los hombres a que riñesen y castigasen a los muchachos porque no le tirasen.
Mas un día que le fatigaron mucho se volvió a ellos, diciendo:
-¿Qué me queréis, muchachos, porfiados como moscas, sucios como chinches, atrevidos como pulgas? ¿Soy yo, por ventura, el monte Testacho de Roma, para que me tiréis tantos tiestos y tejas?
Por oírle reñir y responder a todos, le seguían siempre muchos, y los muchachos tomaron y tuvieron por mejor partido antes oílle que tiralle.
Pasando, pues, una vez por la ropería de Salamanca, le dijo una ropera:
-En mi ánima, señor Licenciado, que me pesa de su desgracia; pero, ¿qué haré, que no puedo llorar?
Él se volvió a ella, y muy mesurado le dijo:
-Filiae Hierusalem, plorate super vos et super filios vestros.
Entendió el marido de la ropera la malicia del dicho y díjole:
-Hermano licenciado Vidriera (que así decía él que se llamaba), más tenéis de bellaco que de loco.
-No se me da un ardite -respondió él-, como no tenga nada de necio.
Pasando un día por la casa llana y venta común, vio que estaban a la puerta della muchas de sus moradoras, y dijo que eran bagajes del ejército de Satanás que estaban alojados en el mesón del infierno.
Preguntóle uno que qué consejo o consuelo daría a un amigo suyo que estaba muy triste porque su mujer se le había ido con otro.
A lo cual respondió:
-Dile que dé gracias a Dios por haber permitido le llevasen de casa a su enemigo.
-Luego, ¿no irá a buscarla? -dijo el otro.
-¡Ni por pienso! -replicó Vidriera-; porque sería el hallarla hallar un perpetuo y verdadero testigo de su deshonra.
-Ya que eso sea así -dijo el mismo-, ¿qué haré yo para tener paz con mi mujer?
Respondióle:
-Dale lo que hubiere menester; déjala que mande a todos los de su casa, pero no sufras que ella te mande a ti.
Díjole un muchacho:
-Señor licenciado Vidriera, yo me quiero desgarrar de mi padre porque me azota muchas veces.
Y respondióle:
-Advierte, niño, que los azotes que los padres dan a los hijos honran, y los del verdugo afrentan.
Estando a la puerta de una iglesia, vio que entraba en ella un labrador de los que siempre blasonan de cristianos viejos, y detrás dél venía uno que no estaba en tan buena opinión como el primero; y el Licenciado dio grandes voces al labrador, diciendo:
-Esperad, Domingo, a que pase el Sábado.
De los maestros de escuela decía que eran dichosos, pues trataban siempre con ángeles; y que fueran dichosísimos si los angelitos no fueran mocosos.
Otro le preguntó que qué le parecía de las alcahuetas. Respondió que no lo eran las apartadas, sino las vecinas.
Las nuevas de su locura y de sus respuestas y dichos se estendió por toda Castilla; y, llegando a noticia de un príncipe, o señor, que estaba en la Corte, quiso enviar por él, y encargóselo a un caballero amigo suyo, que estaba en Salamanca, que se lo enviase; y, topándole el caballero un día, le dijo:
-Sepa el señor licenciado Vidriera que un gran personaje de la Corte le quiere ver y envía por él.
A lo cual respondió:
-Vuesa merced me escuse con ese señor, que yo no soy bueno para palacio, porque tengo vergüenza y no sé lisonjear.
Con todo esto, el caballero le envió a la Corte, y para traerle usaron con él desta invención: pusiéronle en unas árg[u]enas de paja, como aquéllas donde llevan el vidrio, igualando los tercios con piedras, y entre paja puestos algunos vidrios, porque se diese a entender que como vaso de vidrio le llevaban. Llegó a Valladolid; entró de noche y desembanastáronle en la casa del señor que había enviado por él, de quien fue muy bien recebido, diciéndole:
-Sea muy bien venido el señor licenciado Vidriera. ¿Cómo ha ido en el camino? ¿Cómo va de salud?
A lo cual respondió:
-Ningún camino hay malo, como se acabe, si no es el que va a la horca. De salud estoy neutral, porque están encontrados mis pulsos con mi celebro.
Otro día, habiendo visto en muchas alcándaras muchos neblíes y azores y otros pájaros de volatería, dijo que la caza de altanería era digna de príncipes y de grandes señores; pero que advirtiesen que con ella echaba el gusto censo sobre el provecho a más de dos mil por uno. La caza de liebres dijo que era muy gustosa, y más cuando se cazaba con galgos prestados.
El caballero gustó de su locura y dejóle salir por la ciudad, debajo del amparo y guarda de un hombre que tuviese cuenta que los muchachos no le hiciesen mal; de los cuales y de toda la Corte fue conocido en seis días, y a cada paso, en cada calle y en cualquiera esquina, respondía a todas las preguntas que le hacían; entre las cuales le preguntó un estudiante si era poeta, porque le parecía que tenía ingenio para todo.
A lo cual respondió:
-Hasta ahora no he sido tan necio ni tan venturoso.
-No entiendo eso de necio y venturoso -dijo el estudiante.
Y respondió Vidriera:
-No he sido tan necio que diese en poeta malo, ni tan venturoso que haya merecido serlo bueno.
Preguntóle otro estudiante que en qué estimación tenía a los poetas. Respondió que a la ciencia, en mucha; pero que a los poetas, en ninguna. Replicáronle que por qué decía aquello. Respondió que del infinito número de poetas que había, eran tan pocos los buenos, que casi no hacían número; y así, como si no hubiese poetas, no los estimaba; pero que admiraba y reverenciaba la ciencia de la poesía porque encerraba en sí todas las demás ciencias: porque de todas se sirve, de todas se adorna, y pule y saca a luz sus maravillosas obras, con que llena el mundo de provecho, de deleite y de maravilla.
Añadió más:
-Yo bien sé en lo que se debe estimar un buen poeta, porque se me acuerda de aquellos versos de Ovidio que dicen:
Cum ducum fuerant olim Regnumque poeta:
premiaque antiqui magna tulere chori.
Sanctaque maiestas, et erat venerabile nomen
vatibus; et large sape dabantur opes.
"Y menos se me olvida la alta calidad de los poetas, pues los llama Platón intérpretes de los dioses, y dellos dice Ovidio:
Est Deus in nobis, agitante calescimus illo".
"Y también dice:
At sacri vates, et Divum cura vocamus".
"Esto se dice de los buenos poetas; que de los malos, de los churrulleros, ¿qué se ha de decir, sino que son la idiotez y la arrogancia del mundo?".

Y añadió más:
-¡Qué es ver a un poeta destos de la primera impresión cuando quiere decir un soneto a otros que le rodean, las salvas que les hace diciendo: ''Vuesas mercedes escuchen un sonetillo que anoche a cierta ocasión hice, que, a mi parecer, aunque no vale nada, tiene un no sé qué de bonito!''. Y en esto tuerce los labios, pone en arco las cejas y se rasca la faldriquera, y de entre otros mil papeles mugrientos y medio rotos, donde queda otro millar de sonetos, saca el que quiere relatar, y al fin le dice con tono melifluo y alfenicado. Y si acaso los que le escuchan, de socarrones o de ignorantes, no se le alaban, dice: ''O vuesas mercedes no han entendido el soneto, o yo no le he sabido decir; y así, será bien recitarle otra vez y que vuesas mercedes le presten más atención, porque en verdad en verdad que el soneto lo merece''. Y vuelve como primero a recitarle con nuevos ademanes y nuevas pausas. Pues, ¿qué es verlos censurar los unos a los otros? ¿Qué diré del ladrar que hacen los cachorros y modernos a los mastinazos antiguos y graves? ¿Y qué de los que murmuran de algunos ilustres y excelentes sujetos, donde resplandece la verdadera luz de la poesía; que, tomándola por alivio y entretenimiento de sus muchas y graves ocupaciones, muestran la divinidad de sus ingenios y la alteza de sus conceptos, a despecho y pesar del circunspecto ignorante que juzga de lo que no sabe y aborrece lo que no entiende, y del que quiere que se estime y tenga en precio la necedad que se sienta debajo de doseles y la ignorancia que se arrima a los sitiales?