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jueves, 5 de marzo de 2015

PRENSA. "El espejo de la intolerancia". Martín Casariego

   En "El País Semanal":

El espejo de la intolerancia

Leo que el Estado Islámico ha pretendido vender el cadáver de James Foley, el periodista estadounidense decapitado, a sus familiares


El ejecutor de James Foley.

“Hay un libro emocionante de Stefan ZweigCastellio contra Calvino, en el que se cuenta el enfrentamiento entre los dos teólogos, el tolerante y el fanático. “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”, escribió Castellio (en traducción de Berta Vias Mahou; Acantilado). “Cuando los ginebrinos ejecutaron a Servet no defendieron ninguna doctrina, sacrificaron a un hombre. Y no se hace profesión de la propia fe quemando a otro hombre, sino únicamente dejándose quemar uno mismo por esa fe”. Y también: “Buscar y decir la verdad, tal y como se piensa, no puede ser nunca un delito. A nadie se le debe obligar a creer. La conciencia es libre”. Castellio murió en 1563 en Basilea, poco antes de que Calvino, su implacable perseguidor, tuviera el placer de verle en la hoguera.
Desde la lectura de ese libro, pienso que el mundo es –entre otras muchas cosas– el escenario de una eterna lucha entre la tolerancia y la intolerancia. Uno, sentado en su sillón, encontraría increíble que alguien pretendiera obligarle a pensar esto o aquello, a no hablar con quien le plazca, a taparse la cara, a no poder amar a alguien de su mismo sexo… Hasta que se levanta, mira alrededor y ve que así se ha hecho la historia del mundo, entre los que quieren ser libres y los que quieren tiranizar. Que así se está haciendo.
Leo que el Estado Islámico ha pretendido vender el cadáver de James Foley, el periodista estadounidense decapitado, a sus familiares; leo que una ceutí, hermana de un suicida, le ha seguido a Siria y se ha casado con un tal Kokito, que se exhibe en Internet con las cabezas de sus víctimas; veo –no entero– un vídeo donde un niño, aleccionado por sus mayores, ejecuta de un tiro a dos rusos; leo que proyectan en una plaza pública el vídeo llamado La alegría de los musulmanes mientras arde el piloto jordano; un niño de unos ocho años de edad contempla la pantalla sonriendo y dice a la cámara: “Le habría quemado yo mismo”; leo que en Berlín, hace unas semanas, un imán predica: “Como dijo el profeta Mahoma, si un hombre invita a su mujer a la cama y ella se niega y decide dormir, los ángeles la maldecirán hasta que despierte. A la mujer no le está permitido excusarse, ni tampoco puede impedir que su cuerpo sea utilizado para darle placer a su esposo, incluso si está menstruando”; leo que, en la misma mezquita, otro imán oraba por los judíos: “No dejes a ninguno de ellos y hazles sufrir terriblemente”; leo que en Irak los yihadistas venden a unos niños como esclavos sexuales y crucifican a otros; leo que Abderrahmane Sissako se decidió a rodar Timbuktu, película nominada a los Oscar, al leer que una pareja con dos hijos había sido lapidada en Malí por no estar casados. Y dice: “Una minoría ha tomado al islam como rehén”.

Para bien o para mal, la actualidad puede durar siglos
Y es cierto. Como lo es que la lucha contra esa minoría deben encabezarla los propios musulmanes. Solo así se evitará estigmatizar a toda una comunidad religiosa, que es la que más está sufriendo este salvaje brote de intolerancia. Algunos lo están haciendo, personas como Sissako, países como Túnez: los castellios musulmanes brindan, en ese panorama terrible, una esperanza.
A veces, cuando escribes en un periódico, piensas: ¿esto seguirá siendo actual cuando se publique? Libros como Castellio contra Calvino te hacen ver que, para bien o para mal, la actualidad puede durar siglos.

domingo, 8 de febrero de 2015

PRENSA. "Palo de gallinero". David Trueba

   En "el País":

Palo de gallinero

La nueva fórmula de enseñanza universitaria suena bien sobre el papel, pero campanillea con un ruido muy conocido en España, el del elitismo y la separación de clases




  • El ministro José Ignacio Wert

    Aún está por saberse si el plante de los rectores a la aplicación de la nueva fórmula de enseñanza universitaria pergeñada por el Ministerio de Educación es de verdad un plante o solo un aplazamiento puntual. La reforma suena bien sobre el papel, pero campanillea con un ruido muy conocido en España, el del elitismo y la separación de clases. La masterización de las carreras universitarias se calca de modelos europeos y anglosajones. En España partimos de un único acuerdo general: que nuestro sistema educativo es fatal. Pero cuando viajas por ahí y te asomas a ciertas universidades con marca, descubres que la educación es un negocio nada ajeno a la propaganda. Y España lo que quiere es meterle mano al negocio y dejarse de romanticismos.
    En tiempos de Ángel Gabilondo se llegó lo más cerca posible de un pacto político para la reforma educativa. Los líderes de la oposición mandaron parar porque no les cuadraba bien con la pugna electoral. Ahora han sido los rectores los que han mandado parar una reforma que nace con el pecado de no estar pactada con nadie. Pecado que no es menor, pero poco importa en la política española. De esto alguna responsabilidad tienen los medios de comunicación; basta ver la reprimenda que le ha caído a Pedro Sánchez por pactar con el Gobierno, pese a su esfuerzo por dejar claro que el acuerdo no difumina las discrepancias. Nadie quiere una foto complicada de explicar, pero ahí se labra la personalidad de un líder.
    Joan Fuster, que era un inteligentísimo analista de la realidad sin salir de Sueca, gustaba de recurrir a aquel refrán de gallinero: la gallina de dalt caga la de baix. Es decir, que la gallina del palo de arriba defeca irremediablemente sobre la del palo de abajo. No es mala imagen para una reforma universitaria que vuelve a poner el dinero en primer plano, ya sea para ahorrárselo el Estado o para que los padres costeen a sus hijos una titulación competitiva. La reforma sería aceptable, si no acabara por dividir a los estudiantes españoles entre los del palo de arriba y los del palo de abajo. Aunque quizá todo esto da igual en un país que solo crece en desigualdad en cada balance objetivo.

    martes, 19 de agosto de 2014

    PRENSA CULTURAL. "Una historia antigua". Antonio Muñoz Molina

       En "Babelia":

    Una historia antigua

    En el corazón de cualquier relato está el misterio de lo que no llega a decirse


    Cientos de miles de jóvenes en EE UU lucharon en las guerras de la última década, dejando a sus Penélopes detrás. / REUTERS / ERIK DE CASTRO
    "Nos contamos historias a nosotros mismos para seguir viviendo”. Me acordé de esas palabras de Joan Didion conversando con una mujer que probablemente había leído muy poco o nada y que sin embargo era una excelente narradora y hablaba un español empapado de literatura: de novelas sentimentales, de boleros, de telenovelas. Es una mujer de casi sesenta años que no ha tenido mucha suerte en su vida, pero que la cuenta con esa extraordinaria desenvoltura narrativa del habla colombiana, en la que nunca falta el humorismo, y en la que la guasa amortigua o endulza hasta lo más cruel. Emigró a Nueva York cuando era muy joven. Tuvo un hijo con un hombre que desapareció en seguida. Con la esperanza de poder pagarse los estudios de Medicina, su hijo se alistó en el ejército cuando empezaba la invasión de Irak. Lo enviaron allí, y ella dice que le rezaba todos los días al Señor pidiéndole que se lo devolviera vivo y entero. “Dios mío, no me lo devuelvas quemado, o sin piernas, eso no”. Hablaba con él de vez en cuando por Skype y lo notaba trastornado por dentro, horrorizado de lo que veía. “Mamá, esto es el infierno”. Tenía 22 años y se había casado un poco antes de viajar a Irak, “con una gringuita rubia, linda, con los ojos azules”. El hijo la llamó cuando ya solo le quedaba una semana en la zona de guerra. Uno o dos días después de hablar con ella, el blindado en el que viajaba rebotó sobre una mina y murieron él y sus tres compañeros de patrulla.

    ‘La Odisea’ irrumpe
    por primera vez en la imaginación de alguien de alguien, no como una obra solemne, sino como una fábula
    Años después de perder a su hijo, ella sigue extraviada en el mundo, en una rara viudedad que no le impide teñirse el pelo, arreglarse, vestirse con colores claros y oros, con una casi exuberancia muy habitual en esta zona entre colombiana e indostánica donde vive, Jackson Heights, en Queens. Tenía dolores muy fuertes de espalda y le dieron el disability, como ella dice, de modo que pudo jubilarse y cobra una pensión. Pasa temporadas largas en Colombia, en la ciudad querida de su origen, Pereira. A la entrada de su apartamento hay una estantería baja en la que se alinean ordenadamente zapatillas caseras, calzado de deporte, tacones. En medio del calzado femenino hay unos zapatos grandes masculinos que fueron de su hijo. Para seguir viviendo, esta mujer cuenta lo buen chico que fue siempre, lo estudioso en la escuela, siempre alejado de las malas compañías del barrio, resuelto a llegar a ser un buen médico.
    Pero no quiere dar por terminada su vida. Sueña, dice, con encontrar a un hombre que la quiera de verdad, que le hable con dulzura al oído y, si hace falta, le cuente mentiras bonitas. “¿No es eso lo que nos gusta a las mujeres?”, dice medio en broma, entre la guasa y la melancolía, “¿que nos cuenten mentiras?”. Y entonces, ya empapada sin saberlo de literatura, nos cuenta que de joven vivió un gran amor, un verdadero amor, no con el padre de su hijo, sino antes, una vez que se fue a España con todos sus ahorros para buscar trabajo. Él era de Barcelona, pero se conocieron en Canarias. “Recorrimos en su carro las siete islas, una por una”. Terminaban de visitar una isla y embarcaban el coche para explorar la próxima. Buenos hoteles, restaurantes. Luego viajaron por toda la Península, durante un año entero. Dice el nombre y los dos apellidos, complicados y prometedores como los de un galán de telenovela. En vez de buscar trabajo, gastó con él todos sus ahorros, en plena felicidad, yendo a todas partes, comiendo y bebiendo muy bien, a veces demasiado, porque los españoles toman vino con todas las comidas, y además usan mucho el ajo, de modo que a ella le parecía a veces que le olía un poco a ajo el sudor.

    “¿No es eso lo que nos gusta a las mujeres?”, dice medio en broma, “¿que nos cuenten mentiras?”
    Volvió a Colombia enamorada y en quiebra. Habían planeado seguir viéndose, pero había demasiada distancia. “Y entonces no era como ahora, no había celulares, nada más que cartas, que tardaban tanto, y una llamada de teléfono costaba carísima”. Al hablar de él siempre dice su nombre y sus dos apellidos, como para confirmar la realidad administrativa de su existencia. Dice que sigue soñando con él. Sueña con él como era entonces, exactamente así. No lo sabe imaginar gordo, mayor, calvo, con el pelo blanco. Sueña que vuelven a encontrarse. Pero se queda pensativa y dice que ha pasado tanto tiempo que si lo viera quizá no lo reconocería. Su hermana, muy acostumbrada a sus historias, la mira con ironía y le dice: “Eres una Penélope”.
    Pero ella no ha escuchado nunca ese nombre y no conoce la historia. Me veo cumpliendo la singular tarea narrativa de contar la espera de Penélope y el regreso de Ulises a Ítaca a una persona que la está escuchando por primera vez, y que me mira con una expresión muy atenta, con la curiosidad pura de saber qué sucede a continuación, asombrada y conmovida por la obstinación de los dos esposos a lo largo de 20 años, Ulises sobreviviendo a aventuras y naufragios, Penélope destejiendo de noche lo que ha tejido de día para prolongar la espera, el perro viejo y ciego que reconoce antes que nadie a su amo. La Odisea está irrumpiendo por primera vez en la imaginación de alguien, no como una obra literaria solemne, sino como una fábula, una más entre los relatos que nos contamos los unos a los otros a diario, o que nos contamos en silencio a nosotros mismos, fantaseando, mintiendo. Pero lo prodigioso y lejano resulta de inmediato familiar: hay un hijo que abandona muy joven la casa en la que se crio sin la presencia de un padre; hay un soldado que está punto de no volver de una guerra que no parecía terminar nunca; hay un hombre y una mujer que se encuentran después de haberse esperado y recordado tanto y ahora no se reconocen, porque han pasado 20 años. Para estar segura de que el recién llegado es Ulises, Penélope lo pone a prueba. Hay una sola cosa íntima que solo él puede saber. El reconocimiento indudable sucede en el secreto de la cámara nupcial. En la pesadumbre del relato surge un indicio de picardía que a nuestra interlocutora le hace sonreír, porque ni la soledad ni el luto le han apagado una crédula expectación de los placeres de la vida. Se pregunta qué prueba podría ponerle ella a su amante español si volviera a encontrarse con él, si lo mirara y no estuviera segura de reconocerlo, al cabo de una ausencia más larga ya que la de Ulises. Y comprende instintivamente que en el corazón de cualquier historia está el misterio de lo que no llega a decirse.

    lunes, 21 de octubre de 2013

    PRENSA. "Mártires". Manuel Vicent

    Manuel Vicent

       En "El País":
     20 OCT 2013
    Las dos Españas enfrentadas en la Guerra Civil produjeron la misma cosecha de mártires, de uno y otro bando. Desde entonces persiste una profunda cicatriz que aún supura, porque unos mártires están en el altar y otros en la cuneta; a unos los envuelve un coro de ángeles en el cielo, a otros solo les cantan los pájaros en los árboles. El olor a cera e incienso perfuma los pies de escayola de los mártires beatificados; pero los enterrados en los barrancos reciben el aroma de las plantas silvestres, la lavanda, el anís, el tomillo y el espliego. A los mártires de la Iglesia les rezan los fieles de derechas; a los asesinados del otro lado las plegarias las trae el viento que dobla los narcisos salvajes sobre su memoria. En los retablos barrocos envueltos en falso oro, las hornacinas cobijan a los religiosos que fueron vilmente asesinados; los mártires laicos, alcaldes, maestros, obreros, funcionarios y militares demócratas, que cumplieron con su deber y cayeron después de la victoria bajo los fusiles en las tapias de los cementerios solo son glorificados por el sol, que al amanecer y al final de la tarde les ofrece con el incendio de las nubes un retablo de oro puro. A simple vista parecía un acto fanático y provocativo. En medio de la crisis social y política que azota y divide a este país, la Iglesia se ha marcado el farol de beatificar a 522 religiosos asesinados en la Guerra Civil sin importarle en absoluto despertar y poner al día los viejos fantasmas de aquella gran matanza entre hermanos. Durante la ceremonia el papa Francisco mandó un mensaje aséptico, sin atreverse a tocar el hueso. Por lo visto es más fácil echar mermelada sobre los pobres, dejar de calzar las sagradas pantuflas, enfrentarse a los cocodrilos de la curia, montar en coche utilitario y mezclarse entre la multitud sin temor a un atentado que aludir, aunque solo fuera de pasada, a los mártires que generaron los crímenes del franquismo. Es imposible que un argentino no encontrara las palabras siquiera ambiguas, si no es por el miedo cerval a molestar a una derecha dura, que es tenaz con su ideología. Pero, después de todo, lo peor no es esto, sino que un día volverá al poder la izquierda y atrapada en el mismo miedo tampoco va a hacer nada para que cese de una vez esta ignominia.