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domingo, 31 de mayo de 2015

POESÍA. "Como ventana al cierzo". Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963)

Fermín Herrero

De pobres no pasamos ya, eso
está claro. Que a nadie extrañe nuestro
horizonte de pedregada rasa si nos fue
negado el mar y el día después
de la fiesta. Al arrimo del hábito somos
lo que la tierra dicta, lo que deja
en las venas sembrando bien somero. Llevamos
el olor a tomillo, la lentitud
del animal marcada a fuego, un crujido
de granzas como viento en la encina, la sed
por los rastrojos. Sólo crecemos al amparo
de la lluvia, por una linde la sangre
hierve y el frío nos reseca, de por vida,
el corazón. Por eso son anchas las paredes
de las casas y hasta los ríos son
conatos y cada cosecha elegía
y si el dolor nos cruza en lugar de ablentarlo
lo enquistamos, por donde nadie pase. Sólo
quien se resigna vive por estos pegujales,
por eso —huyendo voy de mí— nos sobra
lo poco que juntamos.

—Como ventana al cierzo—

miércoles, 27 de mayo de 2015

POESÍA. "A sueldo". Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963)

Fermín Herrero

Camino de su madriguera lacustre,
siempre con la ansiedad a sus espaldas,
un veterano del Vietcong acaba
de violar a una niña. Le apuntaba al pecho
con desgana. Conviene despreciarse
por completo. Los mismos ojos
de aquel chicano tembloroso a la altura
del paralelo diecisiete. Lleva prisa.
Ha resuelto un encargo muy sencillo
al norte de Namdinh. También lloraba.
La vida es una selva insomne de napalm, fotos fijas
noche tras noche, o niebla en los pantanos,
con frecuencia rociados de gasoil, los camaradas,
ardiendo como teas. La vida es de día
un francotirador que pesca en los manglares.
Lo que caiga.

—A sueldo—

martes, 26 de mayo de 2015

POESÍA. "El fisonomista". Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963)

Fermín Herrero

Vas formando su rostro muy despacio,
rasgos sueltos. A veces en un bar
alguien que te retiene con un tímido
adiós en la mirada. Otras en la sorpresa
de una esquina, melena al viento y cruce
de disculpas, apenas un conato. Gestos.
Su sedimentación es lenta, arbitraria.
Ignoras por completo de dónde procede
su luz ni cómo se perfila, lo que cuesta
fijar la imagen. Como todo se mueve
su permanencia es síntoma de algo
que excede al hábito. No sabes con frecuencia
de su voz y a menudo te pierdes en sus líneas
que raramente reconoces. Sometidos
a rotación, permutan, se presentan siempre
como de paso en la ciudad, con pasaporte
falso, viviendo en la sospecha. Ninguno
te sacia aunque prefieras los que se ponen
tristes en sueños recurrentes. Vas cambiando
de caras porque nada retorna. Gestos.
Dispersos, suspendidos, los adviertes en otros
y acaban solapándose, se eclipsan,
para empezar de nuevo en las facciones.

—El fisonomista—

lunes, 25 de mayo de 2015

POESÍA. "El desvelado". Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963)

Fermín Herrero

De madrugada te despiertas, enciendes
la radio otra vez, velando tus cadáveres
vuelves a la cocina. No hay día que se vaya
sin derrota. A pie quieto aguantas el frío
de un ardor que también perdiste. Ha empezado
a nevar con ganas, mejor, para estas noches
de claro en claro. Quién te recordará, de qué
manera te echará en falta para tomar
aliento. Acaso, alguna madrugada, alguien
se apoye en la primera cicatriz de tu memoria.

—El desvelado—

viernes, 22 de mayo de 2015

POESÍA. "Los perros ladran al atardecer". Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963)

Fermín Herrero

Es la cellisca, su rigor de algún modo
cercano a mis despojos, contiguo al ascua que imprimieron
en la memoria los deseos, sus cicatrices.
Los perros ladran desde lejos mientras las manos
se marean al voltear las campanas, los ojos
en picado se posan sobre sus pechos imprecisos.
Es la cellisca. Nunca llevaba abrigo ni coleta,
buscaba entre los copos, sutilmente,
la razón del desorden, de su reino
cerrado a mis desvelos, todo perfil
en la mirada imperativa, en la pequeñez
de los juegos que ella despreciaba. Y luego
la vergüenza, los nervios farfullando la epístola
a los corintios, sus vaqueros ceñidos que evocaban
el cine, el resplandor de las ciudades
frente a la mezquindad beata de los cirios.
O en los veranos posteriores, en puridad su cuerpo,
aquellos libros suyos que hojeaba con devoción,
los poemas herméticos de pronto, palabras
libres como su pelo sobre la bicicleta
cuando me la pedía prestada y sonreía. Sólo
la nieve con nosotros, su cómplice caricia,
y, después del dolor, la certeza de un reino semejante
que nunca compartimos a manos llenas
porque era demasiado tarde cuando quisimos
desarmarnos de una vez por todas.

—Los perros ladran al atardecer—

jueves, 21 de mayo de 2015

POESÍA. "Fungibles". Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963)

Fermín Herrero

Atan el pequinés a la farola y entran a comprar, falda
de cuero a medio muslo y bolso a juego, medias
negras en mayo. Van seguras. Señoras de, el sueldo
del mes de sus maridos supera el salario mínimo
interprofesional que fijó el gobierno para
todo un año. Han sabido compartir con varios
sus dosis de ternura sin cambiar de monitor ni pista
de tenis, ni de peluquero, ni de masajista, vuelta
y vuelta en rayos uva, en escabeche. Tampoco
de cirujano plástico. Pagan el pan con tarjeta, a veces
me imagino sus pubis tristes recogiendo cadáveres.

—Fungibles—

miércoles, 20 de mayo de 2015

POESÍA. "Suelo no urbanizable". Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963)

Fermín Herrero

Podría declararme en ruinas ya o fingir
hasta el derrumbe, siempre a la defensiva,
y de la noche a la mañana desmoronarme
con el humo de lo quemado, voluntarioso
y sincero por último, vulgar,
como el vacío para los acróbatas. Luego
de tanto frutecer en falso cuando distante
me acomodaba al ritmo de los hielos
sin demandar respuestas, por fascículos,
con una indiferencia legionaria,
me dilapido solo y por entero. Sufro
de carne, tiempo. Agoto las fisuras
de las paredes medianeras que me apuntalan
a golpe de primate y nicotina,
cada vez más estrago en curso, tarde
mal y nunca, pues siempre en guardia
y fuera del alcance de las bocas.
Así, de día en día, me derribo en camisas
de fuerza que la edad va hilando,
vendo de la memoria el humo, lo que tuve
y perdí, con derecho de pernada y vituperio,
mas no me anuncio por palabras, resisto,
os las entrego gratis.

—Suelo no urbanizable—

martes, 19 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. Discurso de Fermín Herrero, Premio Castilla y León de las Letras, 2014

Fermín Herrero

   En "elnortedecastilla.es":

Discurso íntegro de Fermín Herrero, Premio de las Letras

Excelentísimo Señor Presidente de la Junta de Castilla y León, Excelentísima Señora Consejera de Turismo y Cultura, Autoridades, Premiados, Amigos
Siento tener que hacerlo en estas circunstancias tan gozosas, pero debo darles una pésima noticia: el mundo no tiene solución o es muy improbable, a mi juicio, que la alcance. No acudiré a predicciones milenaristas, ni a pavorosas proyecciones demográficas, impactos de cuerpos celestes con explosiones nucleares, apocalipsis terroristas o distopías a partir de seguros desastres ecológicos o del colapso del planeta debido a la sobreexplotación. No, sencillamente lo sé de mala tinta porque me voy conociendo bastante bien a mí mismo y, sin embargo, he resultado elegido para endilgarles este discurso.
A este respecto debe evitarse, para empezar, caer en la tentación, en el fraude de la demagogia fácil. No hay alternativa preferible conocida al Estado de Derecho que nos hemos dado -no quiero ni recordar las aberraciones totalitarias del siglo anterior- y en el que, por tanto, junto a la división de poderes, no cabe sino profundizar. Ahora bien, este sistema de convivencia, el mejor dentro de lo malo, lleva en sí la devaluación, si no la aniquilación, del espíritu; un sacrificio de lo estético, de lo sublime, para regodearse sólo en lo material. Podrá gozar –y qué duda cabe, es algo deseable y difícil de conseguir- una sociedad de un amplio bienestar y progreso, mientras dependa del espectáculo y de los índices de audiencia, entregados, por no necesitar ningún esfuerzo intelectivo, a lo frívolo, a la ordinariez, la zafiedad y la alienación, a la larga, está perdida.
Es imprescindible, en consecuencia, que no dejemos que la muerte, aunque seamos sus rehenes, reine sobre nosotros, que el nihilismo gobierne nuestros actos. No hay que cederle ni un palmo de terreno, que es suyo, pero que interinamente nos ha sido concedido, por una especie de enigmático milagro. Ahora bien, esta gracia regalada, este don sagrado lleva impreso un imperativo moral a favor de sostener el aliento para las generaciones venideras y un deber íntimo: religarse continuamente a lo numinoso, celebrarlo, nombrarlo. Porque además, y acudo en mi defensa a un axioma de François Cheng: “La verdad es que cuando se desvanece toda noción de lo sagrado es imposible para el hombre establecer una verdadera jerarquía de valores”. Lo mismo sucede con la humildad: es un aprendizaje, como todos, por otra parte, que nunca acaba, que se pierde en cada acto, en cada salida a campo abierto, por lo que hay que procurar volver de inmediato, con esperanza, con convencimiento, a su expuesto e intrincado camino.
Lo sagrado, que fija lo espiritual, pervive en la armonía, en la belleza, y que ésta se dé, sin más, “la rosa sin porqué” de Angelus Silesius, sobrecoge. Y a ella nos debemos. En la creación, que ha sobrevivido al mundo, la presencia de la belleza primordial es indudable, pide la palabra poética capaz de traspasar el tiempo, persigue una duración que prolongue el instante hacia la trascendencia o, en su defecto, el espejismo de una percepción durativa que nos sirva en el vivir. Por eso, como necesidad acuciante, como mester de realización y de superación, me di hace años a la poesía. Otros, los aquí premiados, optaron por la ejemplaridad en otras profesiones. En este sentido, cualquier actividad que no sea onerosa para el vecino ni, naturalmente, para el bien público, me parece válida. La poesía, en este orden de cosas tiene una ventaja grande de partida: es una entrega en vez de un oficio y, por añadidura, inútil, en cuanto evita de entrada cualquier trato con el pragmatismo. En esto, como en tantas cosas, por ejemplo a la hora de escoger como amigos a los buenos, tuve suerte, no me equivoqué, puesto que elegí lo más sencillo para escapar como decía Petronio “al viento, las asechanzas y la pálida imagen de la muerte”.
Así que, aunque el mundo me resulte ininteligible y piense, en consecuencia, que no tiene solución, es indudablemente hermoso, es más, hasta es posible que la belleza y la verdad que arrastra, tal y como presagiara Dovstoievski, atañan a su salvación, siquiera sea porque le proporcionan protección y cuidado. No obstante, y eso es lo que quería decir al principio, para intentar arreglarlo, de tener arreglo, por lo pronto para no estropearlo más, hay que empezar en carne propia, sin arrogarse superioridad moral alguna, para después, a ser posible, salirse, mediante la bondad, de uno mismo y darse a los demás. Por ahí podría empezarse en la búsqueda del sentido salvífico: por la defensa de lo menudo, de lo efímero, de lo frágil. Luchar también contra la pérdida de la memoria, que sostiene el hilo que nunca debe romperse, el de la tradición, para vislumbrar, siquiera sea de paso, el punto medio de la sabiduría. Hasta llegar al misterio más grande que engendra nuestra conciencia, el amor, en el que no entraré por entender que, aun siendo sin ningún género de dudas el fundamental, se sitúa fuera de la naturaleza de este acto. No profundizaré, en consecuencia, en este ni en otros asuntos porque no me parece sitio, ni ocasión, y porque, por otro lado, de lo único que puedo alardear es de mi ignorancia y, a veces, del estupor subsiguiente.
También, eso sí, de mis lecturas, que cada quince días comparto desde hace un tiempo dentro del impagable suplemento de culturas de El Norte de Castilla “La sombra del ciprés”, en el que me invitó a participar desde el principio su director. Y, entre ellas, por supuesto, las de quienes me han precedido en este trance. ¿Qué región podría presumir de tener, ya que estamos en esta ceremonia, entre los cinco primeros laureados a tres premios Cervantes y a un poeta crucial, decisivo para la lírica española contemporánea (“Siempre la claridad viene del cielo,/ es un don: no se halla entre las cosas/sino muy por encima…”). Y, posteriormente, algún otro que espero pronto sea distinguido con el máximo galardón de nuestras letras. Pues bien, si otras regiones, no digamos las que se autodenominan de manera agresiva nacionalidades, tuvieran este tesoro nos zumbarían los oídos hasta en la Meseta. Y nunca está de más nuestra proverbial mesura, pero como castellanoleoneses deberíamos enorgullecernos, mimar, escuchar a los que guardan la llama de lo sagrado, potenciar a estos creadores impares para intentar silenciar el ruido procedente de los aparatos y el poder letal de las nuevas tecnologías.
El malentendido que me ha aupado hasta esta tribuna que no merezco y donde me siento un tanto incómodo procede de mi docenilla larga de libros de poesía. Me veo en la obligación, pues, de referirme en concreto, brevemente, a ellos, así que, para terminar, les echaré un poema de ‘El tiempo de los usureros’, que vio la luz hace ya, madre mía, otra docena de años. Se sostiene en su semántica con palabras viejas de Castilla, que tanto amo, decantadas durante siglos, con el sabor, para mí, de lo auténtico, de lo verdadero, e intenta arrimarse a la articulación del pensamiento, entrecortada, elíptica y con sobrentendidos, a esa sintaxis implícita, seca, que caracteriza y delata a las gentes de esta tierra, a muchos de nosotros. Ambos aspectos proceden de una civilización campesina a punto de finiquitarse, la que conservaba un castellano natural propio, por caso, de la hermosura de la prosa de Santa Teresa de Jesús.
Son versos que hablan en su nombre y en el de la generación de mis padres, que apenas pudieron ir a la escuela porque los pilló la guerra y, luego, sufrieron los años de la cáscara amarga. Son palabras que vienen de un lugar olvidado, sumido en la condena del abandono; desde el alto llano numantino y machadiano, desde una comarca con menos densidad de población que el desierto del Sahara. Más allá del poema, son también una llamada de socorro. De no mediar un solidario y sostenido apoyo institucional, más temprano que tarde, la provincia de Soria desaparecerá como tal. Lo digo tirando piedras a mi propio tejado, porque allí, con la naturaleza apenas mancillada por el hombre, sin mundo, la poesía está, anda suelta.
Ahí va, pues, para concluir, el poemilla, titulado, por razones obvias, ‘Catastro’. Está en segunda persona porque me lo dirigí a mí mismo y suelo leerlo en público de cuando en cuando para recordarme quién aspiro a ser y de dónde vengo. Tal vez, si no de consuelo ni de compañía, por lo menos a alguno de ustedes les pueda servir de cierto provecho.
CATASTRO
Donde amapola, di ababol, y, si se puede, cardo. Y al vino,
vino. Donde collado, altozano o alcor, otero,
escribe llanamente cerro, alto o cuesta, loma. No digas
lo que nunca se dijo, lo que no se dice
en tu pueblo. Más vale mayo frío, la paja
poca y el trigo mucho. No impongas a la tarde
la añoranza si es falsa o aprendida, anota
simplemente el silbido del viento
en los linares. No recuerdes la muerte aunque
te tenga, piensa que de tanta mies se emboza
el peine cada día, que eres este momento. Y al vino,
vino, sólo la miga, el tuétano. Tampoco
hables más de la infancia para embaucar al olvido, precisa
simplemente la orfandad del muérdago
en el hayedo. Más vale mayo frío. Si tempero,
arraigas; si membrillo, aromas; si cierzo, tiritas. Di
berro, ortiga, di bálago, acebal. No niegues la palabra
amor, tampoco entrega, ni prodigio, ni tú. Ahora
bien, antes de escribirlas, hazlas.
Muchas gracias.

jueves, 14 de mayo de 2015

POESÍA. "Los murmullos". Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963)

Fermín Herrero

Durante el funeral el rumor de las hojas
en la chopera del camino, su murmullo
cercano y tan ajeno al dolor, de espaldas
a la muerte, entregado al olvido. Luego, como
somos pocos, eché torpemente unas paladas
de tierra sobre el ataúd. Empecé
a sudar, qué vergüenza, recordé de pronto
el olor del almendro cuando estalla, la mirada
en vida del difunto, su sonrisa, que son tierra
también, aunque los muertos hablen, como en Rulfo.

—Los murmullos—

miércoles, 13 de mayo de 2015

POESÍA. "Estado del bienestar". Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963)

Fermín Herrero

Con cerca de setenta años y una hernia
discal que nunca se operó mi madre
está cavando el huerto. La recuerdo
siempre así, sin parar, desviviéndose
por nosotros, sus manos de penuria inquietud
día y noche, la abnegación echada al hombro hasta
dejarlo todo aviado y acabar molida: frota
que te frota ordeñando, acarreando, frota
que te frota barriendo, fregando, vareando
en la era la lana de los colchones, haciendo aulagas
para prender la lumbre y caldear la casa... Siempre
así, sudando como una descosida, sin dar abasto
y pese a todo -igual que el resto de las esclavas
de posguerra- no tiene derecho
a pensión. Cuando puede ver el parte se hace
cruces de lo bien que hablan los políticos.

                                                  - ESTADO DEL BIENESTAR -