Mostrando entradas con la etiqueta historia antigua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historia antigua. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de diciembre de 2015

HISTORIA. "Despiadado Julio César"

   En "El País":

Despiadado Julio César

Arqueólogos holandeses identifican el lugar donde el general romano masacró a dos tribus germanas


Restos humanos del siglo I ac encontrados cerca de Kessel. / UNIVERSIDAD DE AMSTERDAM

En el año 55 antes de nuestra era, dos tribus germanas, los téncteros y los usípetes, expulsadas de sus territorios por otros bárbaros, pidieron permiso para cruzar el Rin e instalarse en lo que entonces era el norte de la Galia. Julio César decidió que representaban un peligro para Roma (o quería enriquecerse con los bienes arrebatados al enemigo) y ordenó su exterminio.
Así describe el episodio en el libro IV de La guerra de las Galias: "La conclusión de César fue que no podía tratar de amistad mientras no desocupasen la Galia, no siendo conforme a razón que vengan a ocupar tierras ajenas los que no han podido defender las propias; que no había en la Galia campos baldíos que poder repartir sin agravio, mayormente a tanta gente". En este mismo texto sitúa la matanza en la confluencia de los ríos Mosa y Rin, lo que ha representado un misterio histórico considerable porque los dos cauces no se cruzan en la actualidad. Dos mil años después, este problema ha sido resuelto por un equipo de la Universidad de Amsterdam, dirigido por el profesor Nico Roymans.
El lugar se encuentra en el sur de Holanda, cerca de la ciudad de Kessel y ahí se cruzan el río Mosa y el Waal, un brazo del Rin. "No podemos olvidar que los Países Bajos ocupan el estuario de dos cauces y que la geografía del siglo XXI no se corresponde con la de la época romana", explica por teléfono el profesor Roymans, que anunció el descubrimiento la semana pasada. El Waal y el Rin eran entonces el mismo río.


Reconstrucción de casco romano encontrado cerca de Kessel. / UNIVERSIDAD DE AMSTERDAM
Desde hace tres décadas, en esa misma zona, aparecían los vestigios de lo que parecía una gran batalla: armas, cascos y, sobre todo, cadáveres, muchísimos cadáveres. Sin embargo, dado que había sido removidos por el agua, era imposible datarlos con precisión siguiendo técnicas exclusivamente arqueológicas. "Después de someter los restos humanos a dos procesos científicos, hemos logrado identificar la batalla. Por un lado, con el carbono 14 sabemos que su muerte ocurrió en el mismo periodo del que habla César. Por otro, gracias al estudio de sus dientes, hemos determinado que no provenían de esta zona, sino del norte del Rin. De nuevo, confirma lo escrito en La guerra de las Galias", prosigue el profesor Roymans, un experto en la presencia romana en el bajo Rin y catedrático de arqueología en la Universidad de Amsterdam.
Genocidio es una palabra contemporánea, acuñada al final de la II Guerra Mundial por el jurista judío Raphael Lemkin para tratar de definir los horrores del nazismo. Significa el intento de destruir a un grupo étnico o religioso. Utilizarla para definir la conquista de las Galias es sin duda un anacronismo, pero muchos historiadores han descrito lo que hizo César al otro lado de los Alpes como algo muy parecido a un genocidio. Las decenas de miles de muertos en Kessel —unos 150.000 según los arqueólogos— demuestran hasta qué punto careció de piedad.
Los huesos encontrados resumen todo un gabinete de horrores: víctimas de todas las edades, la inmensa mayoría de ellos con heridas mortales, con lanzas clavadas en el cráneo. "Genocidio es un término moderno, pero si con ello nos queremos referir a la exterminación de un pueblo, se puede aplicar sin duda en este caso. Julio César lo cuenta además sin problemas. La matanza de niños y mujeres no era considerado un tabú en aquellos tiempos", prosigue Roymans. "Su objetivo era claramente el exterminio total de esas dos tribus. La conquista de Galia fue salvaje, no tiene nada que ver con la idea posterior de la Pax Romana".

lunes, 11 de mayo de 2015

PRENSA. Entrevista a Carmen Pérez Die, directora de la misión arqueológica española en Egipto

   En "El País Semanal":

Carmen Pérez Die: “Hoy entendemos el mensaje de los antiguos egipcios”

Pérez Die es un referente de la arqueología en España y lidera la misión del país en Heracleópolis Magna, un espectacular yacimiento egipcio

Ha trabajado en Egipto durante 30 años ininterrumpidos. “Hoy sabemos mejor cómo concebían las cosas los antiguos egipcios”, asegura. “Hoy entendemos su mensaje”


Carmen Pérez Die, en el Museo Arqueológico Nacional. / JORDI SOCÍAS

María del Carmen Pérez Die (Madrid, 1953), la faraona de la egiptología española, recibe en el vestíbulo del renovado Museo Arqueológico Nacional (MAN), en buena medida su casa. Aquí despertó de niña su vocación por las culturas antiguas y lejanas y aquí pasa gran parte de su vida, mientras no excava. Directora de la misión arqueológica española del Ministerio de Cultura y el MAN en Heracleópolis Magna (nombre griego de la faraónica Nen-nesu, actual Ehnasya el Medina), un yacimiento espectacular en el Egipto Medio, ininterrumpidamente desde 1984, Pérez Die es conservadora jefe del Departamento de Antigüedades Egipcias y del Próximo Oriente en el museo.
Parece exultante y con una contagiosa alegría, y eso que, deplorará luego visitando la interesantísima exposición permanente que ha orquestado en las salas que le corresponden, juzga que le han dejado poco espacio. En su despacho destaca en una pared, poniendo ambiente, una magnífica reproducción de la decoración del ataúd de Ankhefenkhonsu, que reproduce escenas del Libro del Amduat, el texto sagrado funerario que describe el tránsito nocturno de regeneración del sol por el peligroso inframundo. Cerca hay colgada otra imagen que no identifico inicialmente. Resulta ser una ecografía. “Es mi nieto, el primero, que nacerá pronto. ¿Ves la manita? ¡Me está saludando!”. Por un momento, pasado, presente y futuro parecen fundirse: las divinidades guardianas de los viejos egipcios, la investigadora que arroja luz sobre las ruinas y el nuevo ser cuyo nacimiento reafirma la renovación del ciclo de la vida.
Le interesa mucho el ataúd de Ankhefenkhonsu, sacerdote de Amón. Sí. Lo he estudiado durante mucho tiempo. Lo tenemos aquí, es una de las joyas del museo. Fue hallado en 1891 en la llamada segunda ca­chette (escondite) de Deir el Bahri. El Gobierno egipcio lo regaló con otros cuatro a España en 1895. Es una maravilla por la delicadeza y precisión de los textos y dibujos.
Aparecen muchas serpientes. Así es, en cada una de las puertas del viaje nocturno y en otras escenas. La serpiente es ambivalente en el mundo del Antiguo Egipto. Símbolo de renacimiento y divinidad protectora bajo algunas formas, con otras es maligna, espiritualmente destructora, como Apofis, aliada de Seth y una de las fuerzas del caos.

Hoy sabemos mejor cómo concebían las cosas los antiguos egipcios”
Un proverbio del papiro Insinger reza: “Al que ha sido mordido por una serpiente le da miedo un trozo de cuerda”. ¿Ha tenido percances con serpientes en Heracleópolis?Hay muchas, abundan en las tumbas, les gustan porque están fresquitas. Afortunadamente no hemos tenido ninguna desgracia. Más de una vez ha habido que recurrir a los servicios de un taaban, el tradicional especialista en serpientes, un encantador diríamos nosotros, para que las sacara.
Será un trance entrar el primero en esas sepulturas. Los egipcios nunca quieren ser los primeros. Yo tampoco les dejo. La primera he de ser yo, por responsabilidad. Tienes que ir con mucho cuidado, puedes encontrarte un bicho, lo mejor es ir haciendo ruido, golpeando con un palo y tirando piedras.
¡Válgame Osiris! En realidad, si te muerde una cobra o una víbora cornuda hay poco que hacer. Dicen que lo mejor es sentarte y beber whisky, porque te vas a morir de todas formas. No da tiempo a llegar a El Cairo, a 130 kilómetros al norte, y no tenemos en la misión antídotos, muy complejos de preparar, de conservar y de aplicar. Así que lo mejor es que no te piquen. En fin, yo tengo una serie de reglas para los miembros de la misión española que es llevar siempre botas, estar vacunados del tétano, eso de llevar un palo por delante cuando entras en las ruinas, para hacer huir a los animales peligrosos; nada de pantalones cortos –no les gustan a los hombres egipcios, ni en chicas ni en chicos, pues dicen de estos que sus mujeres los miran–, beber siempre agua embotellada (el accidente más grave que hemos tenido es la hepatitis que contrajeron dos investigadores por tomar una bebida con cubitos de hielo de agua corriente) y no viajar nunca por carretera de noche, por los gravísimos accidentes de circulación, tan frecuentes en Egipto.
Y todo eso sin hablar de las maldiciones. Cuando descubrimos la tumba número 5 del cementerio del Tercer Periodo Intermedio, los locales me dijeron: “Ten cuidado, no te vaya a dar la maldición”. Pues que me dé.
Una maldición es lo que parece haber caído de un tiempo a esta parte sobre las antigüedades. ¿Qué pensó al ver las imágenes del descerebrado yihadista del Estado Islámico (por cierto, qué triste que el grupo se llame ISIS) destruyendo a martillazos una esfinge de Nínive en Mosul?Me quedé desolada. Un horror. ¿Qué podemos hacer con esa gente? No tienen ningún respeto hacia la antigüedad. Claro que sería absurdo pretender que lo tuvieran a la vista de lo que hacen con sus semejantes. Si degüellas a un hombre, ¡qué no le harás a una estatua! Me han contado que al museo de Beni Suef, la capital de la provincia en que está nuestro yacimiento, llegaron barbudos para destruir las obras faraónicas porque eran ídolos. Eso provoca estupor. ¿Cómo se les puede parar? No sé. Es cierto que hay gente que lucha con mucho valor para preservar las antigüedades. En Bagdad, durante la segunda guerra del Golfo, los conservadores, con riesgo de sus vidas, salvaron el inventario del museo para que al menos no se perdiera la memoria. Me pareció admirable.
Usted misma propuso irse al Museo Egipcio de El Cairo como fuerza unipersonal de interposición cuando la multitud irrumpió en el edificio durante la primavera árabe. Sí. Me hubiera ido para allí a protegerlo. Ese museo es mi segunda casa. Estuve becada en él durante un año. Forma parte de mi vida. Era como defender mi hogar.
No parece que le espere un futuro muy boyante, pobre museo. Cierto. Pronto habrá otros dos museos nuevos a los que se desviará parte de sus colecciones. El de la Civilización Egipcia, cuya apertura está prevista este mismo año, y el Gran Museo Egipcio, conocido popularmente como Museo de las Pirámides, en Giza, que ya veremos cuándo se acaba. Espero que no se desmantele del todo el viejo museo. Amo ese lugar.


Carmen Pérez Die. / JORDI SOCÍAS
¿Pese a la chapuza de pegar con pegamento industrial la barba de Tutankamón? Ja, ja, ja. Eso es parte del Egipto eterno. Cuando viajas allí hay que hacerse a otra mentalidad, comprender cómo ven las cosas ellos. Yo los entiendo. Quizá por eso llevo 30 años trabajando allí.
Pero lo de la barba ha llevado agua al molino de los que se oponen de manera numantina a devolver nada a Egipto.Hay que distinguir entre lo que está en el British Museum o el Louvre desde hace siglos y lo que se saca de Egipto ahora o se ha sacado en los últimos años clandestinamente. Hay piezas emblemáticas en los museos extranjeros que salieron legalmente, con la legalidad de entonces si se quiere. Y en realidad yo creo que los egipcios están contentos de que haya objetos de su antigua civilización en museos de otros países pues despiertan el interés de la gente y son buenos reclamos para el turismo. Es lógico también que quieran reclamar algunas piezas clave, lo entiendo. Pero tienen tanto… Museos y almacenes están llenos. En nuestro almacén tenemos cajas y cajas de cosas muy buenas. Y se sigue excavando y se sigue incrementando el número de objetos. Lo que no tiene discusión es que hay que acabar con el tráfico de antigüedades y que debemos tener todos mucho cuidado con las piezas robadas: no hay que comprar nada para los museos que pueda ser sospechoso y, ante cualquier indicio, avisar inmediatamente a la Interpol.
¿Hay muchos robos? En el Egipto Medio el expolio es tremendo. Piezas de las excavaciones de la necrópolis de Kom el Khamasin, en Saqqara sur, donde excava Josep Cervelló, unos relieves fueron a parar a un galerista de Barcelona. La mayoría se pudo recuperar porque Cervelló los tenía muy bien documentados.
Zahi Hawass, el caído jefe de las antigüedades, era el gran abanderado de las devoluciones: Nefertiti, la piedra Rosetta, obeliscos… Y era buen amigo suyo. Me impuso la Medalla de Oro del Consejo Supremo de Antigüedades Egipcias. Hawass fue un revulsivo para la egiptología. Puso orden, reorganizó el servicio de antigüedades, potenció Egipto y los descubrimientos. También tenía su lado complicado.
¿Cuándo vuelve a excavar? Deberíamos haber salido ya. Se aplazó. Confío en que iremos este mes de abril. Estamos en el Egipto Medio, una zona complicada. La situación es inestable, no sé si peligrosa. Hay más inseguridad. Estoy más inquieta que otras veces. Pero un cuñado mío murió en el 11-M. Eso te hace ver las cosas con una perspectiva diferente.
En Luxor se excava con tranquilidad. Luxor es un oasis de paz. Otra cosa son el delta, El Cairo y el Egipto Medio. Nosotros allí estamos solos, no hay otras misiones. Pero bueno, no tiene que pasarnos nada, somos muy discretos, salimos poco. Nunca hemos tenido problemas de violencia. Casi toda la gente de los pueblos de alrededor trabaja con nosotros y son ellos los que nos protegen. Cuando llego siempre voy a verlos a todos, tomo un montón de tés, conozco a los recién nacidos. Son 30 años.

María del Carmen Pérez Die

Nació en Madrid en 1953. Doctora en Historia Antigua por la Universidad Complutense de Madrid, es directora de la Misión Arqueológica Española en Heracleópolis Magna (Egipto) desde 1984. Conservadora jefe del Departamento de Antigüedades Egipcias y del Próximo Oriente del Museo Arqueológico Nacional (MAN, que dirigió de 1991 hasta 1997), es la responsable de la actual exposición permanente sobre Egipto y Nubia inaugurada en el marco de la reciente remodelación del museo. Premio Nacional de la Sociedad Geográfica Española en 2009 y Comendadora de la Orden de Isabel la Católica, está en posesión de la Medalla de Oro de la República Árabe de Egipto (2010).
¿No siente deseos de cambiar de sitio? Alguna vez me he preguntado quién me habrá mandado ir a excavar ahí. Pero es un lugar con tantas posibilidades… ¡Sigo encontrando tumbas nuevas! Aunque a veces me digo si no son las necrópolis las que me buscan a mí. Mi sitio está allí. Y he sido muy feliz.
¿Qué novedades hay por Heracleópolis? ¿Cuándo estuviste por última vez?
En 1993, durante la visita oficial de Jordi Solé Tura. Qué tiempos. Vaya, no es muy reciente, desde luego. Tras mucho tiempo de centrarnos en las necrópolis, ahora estamos muy metidos en la rehabilitación y restauración del templo de Heryshef, el dios tutelar de la ciudad. Es un recinto que vertebra otros elementos urbanos, cementerios intramuros y quizá otros santuarios. Como pudiste ver, el yacimiento es enorme, de los más grandes de Egipto. La ciudad funciona desde la Dinastía II hasta la época copta.
Heryshef tiene cabeza de carnero. Esas cosas de los egipcios son algo desconcertantes. Hay que entenderlo. El animal no es el dios, es una manifestación simbólica de uno de sus atributos. A Heryshef se le venera también como “Señor del cielo” y “Pilar de las estrellas”. Hay una tendencia hacia su solarización y astralización. Una estela reza: “Aquel que se eleva e ilumina la tierra, cuyo ojo derecho es el disco solar y cuyo ojo izquierdo es la luna, cuya emanación es la luz”. De haber vencido Heracleópolis a Tebas, Heryshef sería lo que fue Amón.
¿Qué más hacen en el yacimiento? Estudios de arqueología del paisaje. Analizar la relación de los monumentos entre ellos y con el entorno. Su orientación astronómica. Hay un trasfondo ideológico religioso en toda la planificación de la ciudad, en las diferentes épocas. Nuestra intención es imbricar todos los elementos en algo general para entenderla bien. En el ínterin encontramos tumbas nuevas y proyectamos convertir el templo del dios en un museo al aire libre, hacerlo visitable. También nos hemos puesto muy al día tecnológicamente. Los días de las excavaciones tradicionales han pasado.
Cuénteme de esos pasadizos subterráneos que aterran a los trabajadores. El dios Heryshef tiene una faceta tenebrosa como “Señor del temor”… En los pozos egipcios te puedes quedar, son peligrosos de verdad. Yo misma me di una vez un golpe en la cabeza.
He de preguntarle si están los tiempos para gastar dinero en excavar en Egipto. Evidentemente, en una época en que falta dinero en hospitales y escuelas hay que adaptarse, pero es fundamental seguir invirtiendo en cultura, en investigación, en ciencia, porque es el futuro. Yo tengo la mitad del presupuesto que otros años, nos ajustamos. Hemos conseguido financiación privada, de la empresa Empty. Pero hay que seguir yendo y explicar a la gente lo que hacemos.
¿Qué opina de sus colegas? La irrupción de la egiptología española está siendo importantísima. Muchos de los jóvenes de ahora han pasado por Heracleópolis. Tenemos una decena de misiones excelentes, con directores como José Manuel Galán, Myriam Seco, Josep Padró… Y españoles integrados en las de otros países.
¿A la gente le siguen interesando los faraones, con la que está cayendo? Desde luego, el Antiguo Egipto continúa apasionando. Ese punto de misterio. Algunos se desvían hacia formulaciones no científicas y hay intrusismo. A mí no me molesta si cada uno está en su sitio. Por suerte, para esclarecer las cosas al que quiera tenemos un magnífico y nutrido plantel de buenos egiptólogos.

Uno de mis dioses egipcios favoritos es Upwaut, 'el que abre caminos. Siempre lo he intentado, rompiendo moldes”
¿Qué ha cambiado en el paradigma de la egiptología?Las grandes líneas ya están trazadas desde finales del XIX. Ahora afinamos más los detalles. Se entiende mejor cómo concebían las cosas los antiguos egipcios. Sabemos más de cómo eran, qué comían, qué enfermedades sufrían. Entendemos su mensaje. Yo lo entiendo. Me pongo ante un relieve y veo surgir la procesión, oigo los salmos y cantos, huelo el incienso. Escucho el sonido metálico de los sistros en las marismas.
Será que ha alcanzado usted la excelencia de la profesión. Se lo digo porque es lo mismo que me contaba la vieja egiptóloga francesa ya fallecida Christiane Desroches Noblecourt. Entendía a la faraona Hatshepsut y compartía, al ver en su templo los relieves de la expedición a Punt, el éxtasis de la reina ante los productos exóticos que de allí arribaban. Eso me llega al corazón porque yo admiraba enormemente a Desroches Noblecourt y ella me quería mucho. A menudo me siento en las ruinas de Heracleópolis a la caída del sol, sola, e imagino que la ciudad muerta vuelve a la vida.
Uno de sus momentos más felices fue en 2009, cuando se inauguró en el Museo Egipcio de El Cairo la exposición sobre 120 años de la egiptología española, de la que era comisaria. En cambio, para el ministro de Cultura César Antonio Molina, que presidió el acto, fue de los más tristes, pues lo cesaron ese mismo día. Qué relativa, la felicidad. Es verdad. Para mí fue un subidón y para él…
El ministro apoyado en un sarcófago del museo me hace recordar que ¡no hemos hablado de momias! Las que salen en Heracleópolis, más de mil hasta ahora, están estropeadas. Son prácticamente individuos esqueletizados. Pero ofrecen muchísima información antropológica.
Tampoco hemos hablado de sexo, con perdón. Algunos dioses egipcios estaban muy bien dotados. Son dioses creadores y evidencian esa función, pero también hay sexo profano en el Antiguo Egipto como muestran los papiros eróticos. Esas cosas han sido tabú durante años en los estudios egiptológicos. En todo caso, yo el sexo lo asocio más a Grecia. A mí me parece más interesante tratar de entender qué respuestas daban los egipcios a los problemas acuciantes de su civilización.
¿Tiene la sensación en su carrera de haber ido por delante? Uno de mis dioses egipcios favoritos es Upwaut, “el que abre caminos”. Siempre lo he intentado, rompiendo moldes, empecinándome, inaccesible al desaliento.
Y siendo mujer le habrá costado. Su mentor, Martín Almagro, cuando la llevó a excavar de estudiante en 1979, le insistía con paternalismo machista: “Maja, tiene usted que dormir sola”. Ja, ja, ja, es cierto, pero he de decir que en realidad ser mujer no me ha supuesto nunca una carga adicional. Jamás me he sentido rechazada por serlo. En Egipto hay que tener cuidado, eso sí, al mandar a hombres árabes. No soportan que los humille una mujer. Pero eso se arregla con mano izquierda, y con mucha educación y respeto. Por su parte, ellos me llaman “Mister Carmen”, y ya está.

martes, 10 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. "Ni Bruto, ni Casio: Décimo es el nombre clave en la muerte de César"

   En "El País":

Ni Bruto, ni Casio: Décimo es el nombre clave en la muerte de César

Una investigación sobre el asesinato de Julio César revela un nuevo personaje clave en el magnicidio de los idus de marzo


Marco Antonio (Marlon Brando) contempla el cadáver de Julio César en la película de 1953 basada en la obra de Shakespeare.

"El asesinato de Julio César es un carajal". Así resumió, con su habitual estilo directo, la gran latinista Mary Beard todos los hechos que rodearon el apuñalamiento del político romano en el pórtico de la Curia de Pompeyo, el 15 de marzo del 44 antes de nuestra era. En cualquier acontecimiento de esta magnitud, resulta casi imposible separar la leyenda de la historia, pero este caso es especialmente complejo por su enorme valor simbólico y porque se cruzó Shakespeare de por medio. La fuerza de su obra es tan grande y la influencia de sus personajes tan profunda que se han apoderado de la realidad. Sin embargo, los historiadores siguen peleándose con los hechos, luchando contra las leyendas. El profesor de clásicas de la Universidad estadounidense de Cornell, Barry Strauss, acaba de publicar The Death of Caesar, un libro en el que lanza una novedosa teoría sobre lo que ocurrió en aquellos idus de marzo. "Hubo un tercer hombre en el complot para matar a César", explica Strauss, un experto en historia militar, autor de libros como La guerra de Espartaco o La batalla de Salamina. "Bruto y Casio no estaban solos. Décimo fue un personaje clave. Los conspiradores no eran aficionados, políticos civiles, sino generales que organizaron el magnicidio con una precisión militar. Los gladiadores también tuvieron un papel importante, al igual que varias mujeres de la élite romana", prosigue Strauss (Nueva York, 1953) en una conversación por correo electrónico.
Décimo Junio Bruto Albino, compañero de armas de Julio César (100-44 antes de Cristo) en las Galias, aparece en todos los relatos sobre el asesinato, pero nunca en un papel protagonista, aunque algunas versiones señalan que las famosas palabras "¿tú también, hijo mío?" iban dirigidas a él, no al Bruto más famoso. De hecho, Shakespeare cambió su nombre y le llamó Decio en su Julio César. En el relato clásico, es la persona que acude a casa de César para convencerle de que, pese a los malos augurios —"cuidaos de los idus de marzo"— y de la pesadilla que ha sufrido su esposa, Calpurnia, que soñó su apuñalamiento, debía acudir al Senado. "En los últimos años, los estudiosos han recuperado a Nicolás de Damasco (64-4 antes de Cristo), una oscura figura, que era un joven en el 44 y que escribió el relato más antiguo del asesinato de César. Durante muchos años, fue desdeñado porque luego trabajó para Augusto, el heredero de César y el primer emperador, y se pensaba que esa relación había contaminado su visión. Sin embargo, ahora se le toma muy en serio y su narración de los hechos es muy diferente, mucho menos idealista, que la de Plutarco, en la que luego se basa Shakespeare", afirma Strauss. Nuevos estudios han demostrado que los textos de Nicolás de Damasco merecen mayor atención, así como su correspondencia con Cicerón, que también había sido olvidada.
En el relato clásico, es Cayo Casio Longino el que impulsa el complot y el que logra convencer a Marco Junio Bruto, un noble patricio romano que nada en dudas entre su lealtad a César y su deber con la República romana, que el creciente poder del conquistador de las Galias está poniendo en peligro. "La culpa, Bruto, no está en las estrellas", es, según Shakespeare, la famosa frase con la que Casio le convence para participar en el magnicidio. Décimo, según esta nueva versión, fue un personaje central tan importante como Casio, uno de los líderes de una conspiración mucho ante todo militar. Combatió con César en la Galia y le apoyó durante toda la guerra civil. Sin embargo, por motivos que no están totalmente claros, cambió de bando. Strauss cree que el poder fue mucho más importante que los principios. Se convirtió entonces en el único conspirador en el círculo íntimo de César y, por lo tanto, en el principal espía.
Pocos autores creen que la intención de los conspiradores (unos 60 aunque solo 20 tienen un nombre) era defender la democracia sino los privilegios de su clase. Mary Beard describe en La herencia viva de los clásicos el magnicidio como "el chapucero asesinato de un ídolo del pueblo por un grupo de aristócratas enojados en el nombre de (su propia) libertad". Ronald Syme, uno de los grandes investigadores del siglo XX de la historia de Roma, fallecido en 1989, escribe en su libro La revolución romana: "Las tragedias de la historia no surgen del conflicto entre el bien y el mal convencionales. Son más augustas y más complejas. César y Bruto, los dos, tenían la razón de su parte".
Es precisamente esta complejidad lo que convierte el asesinato de César en un hecho único, porque concentra todos los elementos que forjan una gran historia, la traición, la amistad, la lucha contra la tiranía, la nobleza, la mentira, la lealtad, la política... Si a ello se suma Shakespeare y una increíble versión cinematográfica de 1953 de Joseph L. Mankiewicz con John Gielgud, James Mason, Deborah Kerr y, sobre todo, Marlon Brando en su apogeo como Marco Antonio ("y, sin embargo, Bruto es un hombre honrado"), la historia se convierte en mito. Julio César encarna un momento clave de la historia de la humanidad, cuando Roma se debatía entre continuar siendo una República o convertirse en un Imperio. Es un personaje que representa una de esas pocas encrucijadas en las que un camino u otro hubiesen cambiado la historia del mundo.
"Shakespeare ofrece un mito bellísimo sobre el asesinato, pero es un mito", afirma Strauss, cuyo libro está publicado por Simon & Shuster aunque aún no tiene editor en España. "Los asesinos reales no fueron amateurs y civiles, fueron generales y oficiales militares que también fueron políticos. Sabían cómo llevar a cabo un complot con precisión militar y reclutar a gladiadores para ayudarlos. Las mujeres también tuvieron un papel más importante del que muestra Shakespeare, desde Cleopatra, que era la amante de César en el momento de su asesinato y se encontraba en su villa de los suburbios de Roma, hasta Fulvia, la esposa de Marco Antonio, y, en mi opinión, la inspiradora de su discurso en el funeral de César".
Todavía quedan muchos misterios en torno a Julio César. Solo hace tres años, un equipo de arqueólogos dirigido por el español Antonio Moterroso, investigador del CSIC, descubrió el lugar donde fue asesinado —en los restos arqueológicos que se encuentran en el Largo Argentina, en pleno centro de Roma—. Los expertos siguen debatiendo sobre el emplazamiento exacto del Rubicón, el río clave en la historia de Julio César y de Europa. Al cruzarlo con sus tropas, violó una de las más profundas prohibiciones romanas (ningún general podía entrar con su Ejército en Italia) y desató la guerra civil que le llevaría al poder absoluto. Como escribió el historiador británico Adrian Goldsworthy al final de su biografía César, "más de dos mil años después su historia nos sigue fascinando. Una cosa es segura: estas no son las últimas palabras que se escribirán acerca de Julio César". Tenía toda la razón.

viernes, 20 de abril de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre una nueva edición de "Decadencia y caída del imperio romano", de Edward Gibbon, reportaje

El óleo 'The course of Empire. Destruction' (1836), de Thomas Cole. ("El País")

   En "El País":
Manual de uso para el declive imperial
   Aparece una nueva traducción al castellano de ‘Decadencia y caída del imperio romano’, de Edward Gibbon.
   Se trata de una de las obras fundamentales de la literatura.

Jacinto Antón Barcelona 17 ABR 2012
 
   “La sucesión de cinco siglos impuso los diferentes males de desenfreno militar, despotismo caprichoso y elaborada opresión”. He ahí sintetizado el diagnóstico de Edward Gibbon de la causa de la ruina de Roma, tema que desplegó con genio insuperable y aliento grandioso en los seis tomos de su monumental Decadencia y caída del imperio romano, una de las cimas de la historiografía y la literatura universales y una inmensa aventura intelectual. A nivel popular, una obra que ha influido poderosamente en nuestro imaginario del declive de Roma desde Fabiola a Gladiator, además de, claro, La caída del imperio romano.
   Publicada en Inglaterra hace más de doscientos años (de 1776 a 1778) y nunca superada en su apasionante mezcla de erudición y estilo, objeto de controversia por su irónica descripción del primer cristianismo en los famosos capítulos XV y XVI —la Iglesia católica lo puso en el índice de libros prohibidos—, la obra aparece ahora —¡suenen cornus y bocinas, agítense con júbilo los estandartes de las legiones!— en una nueva y cuidadísima traducción de José Sánchez de León Menduiña (Atalanta), en dos voluminosos tomos (el primero ya en la calle, el segundo se publicará en octubre), que permite disfrutar plenamente de una de las joyas del pensamiento occidental.
   No son solo la sucesión de las vicisitudes extraordinarias de los romanos y el relato del destino ejemplar de su imperio —narrados con el pulso de un historiador digno heredero de los Dión Casio, Herodiano, Elio Espartiano o Amiano Marcelino (a los que Gibbon leyó)— lo que nos cautiva de la Decadencia..., sino la asombrosa calidad literaria, alabada, entre otros por Borges, adornada además de un carácter moral en el mejor de los sentidos, de exemplum, que hace que la lectura proporcione un placer estético y espiritual, fuente de conocimiento, reflexión y júbilo, cercano a los Ensayos de Montaigne.
   Vean unos ejemplos en los retratos que el escritor británico ofrece de algunos emperadores romanos. Augusto: “Una cabeza fría, un corazón insensible y una disposición cobarde le incitaron a los diecinueve años a asumir la máscara de hipocresía que nunca después abandonó”. Galieno: “Fue maestro de varias ciencias curiosas pero inútiles, orador preparado y poeta elegante, experto jardinero, excelente cocinero, pero el príncipe más despreciable”. Diocleciano: “Sus cualidades eran útiles más que espléndidas. Su valor siempre correspondió a su deber o a la ocasión, pero no parece que tuviera osadía y espíritu generoso de un héroe que busca el peligro y la fama, desprecia el artificio y desafía audazmente la competencia de sus iguales”. Galerio: “ Fue susceptible a las pasiones más violentas aunque era capaz de una amistad sincera y duradera”. Constantino: “Degenera en un monarca disoluto y cruel, corrompido por la fortuna y encumbrado por la conquista por encima de la necesidad y el fingimiento”. Juliano el Apóstata: “Sostuvo la adversidad con firmeza y la prosperidad con moderación. Trabajaba para aliviar la aflicción y reavivar el espíritu de sus súbditos, y siempre intentaba vincular la autoridad con el mérito y la felicidad con la virtud”. Teodosio (¡fíjense que oportuno!): “Olvidando que el tiempo de un príncipe es propiedad de su pueblo se abandonaba al disfrute de los placeres inocentes pero triviales de una corte lujosa”.
   No olvidemos a Marco Aurelio, en el fiel de la balanza del declive: “Su poca severidad constituía al mismo tiempo la parte más amable y la única defectuosa de su carácter”. Y su nefasto vástago Cómodo, el rival del ficticio Máximo Décimo Meridio de Gladiator: “Hasta la plebe más ínfima sentía vergüenza e indignación de ver a su soberano entrar en el anfiteatro como un gladiador y enorgullecerse de una profesión que las leyes y las costumbres de los romanos tenían catalogada con la nota más justa de la infamia”. A Bertrand Russell le fascinaba la descripción de Zenobia, reina de Palmira: “Si era conveniente perdonar, podía calmar su resentimiento, si era necesario castigar, podía imponer silencio a la voz de la piedad”.
   La primera parte de la obra abarca hasta el fin del imperio romano de Occidente (476) y la segunda, más irregular, según los estudiosos, hasta la caída de Constantinopla (1453).
   “Una obra monumental y didáctica”, subraya el especialista en la antigüedad clásica Carlos García Gual, “que demuestra con creces que la Historia es un género literario”. Gual recuerda que la Decadencia... “es la crónica de un derrumbamiento que ha servido y sirve de ejemplo para el fin de otros imperios, el británico, el estadounidense...”. El estudioso señala el eco de Gibbon en Toynbee y en Robin Lane Fox. Para otra especialista, Isabel Roda, directora del Instituto Catalán de Arqueología Clásica (ICAC), la Decadencia... “es la piedra de toque imprescindible para los estudios romanos; aunque en muchos aspectos científicos ha sido superado, resulta un goce leerlo”.
   El novelista Santiago Posteguillo acaba precisamente de terminar de escribir una escena de carrera de cuádrigas de su próximo libro cuando le recabo una opinión de urgencia sobre Gibbon. “Imprescindible. Es el primero que presenta razones de la caída de Roma de manera global y sopesada, y hace accesible al lector común un montón de información procedente de las fuentes clásicas que tan bien conocía”. Posteguillo recalca que hay que reconocerle el valor a su editor Thomas Cadell, que publicó también a Hume y a Adam Smith y al que solo podemos reprochar, apunta, “el pequeño fallo de que se negara a publicar a Jane Austen: por lo visto solo valoraba bien la no ficción”.
   Sánchez de León Menduiña es el hombre que ha realizado la hazaña de traducir el millón y medio de palabras de la Decadencia... “Han sido cinco años intensos, he tenido que esperar a jubilarme para acometerla, pero he disfrutado”. El traductor considera que las traducciones de que disponía hasta ahora el lector en español no hacían justicia al estilo de Gibbon. “La publicada por Ediciones Turner en 1984 era una edición facsimilar de la José Mor Fuentes de 1842 en un castellano arcaico, barroco y castizo, que dejaba mucho que desear. Y la de Alba de 2000 es una edición abreviada”. La suya sigue la inglesa de la Biblioteca Everyman de 1993-94 y ha procurado respetar el estilo de Gibbon. “Afortunadamente, su sintaxis nos está muy próxima, por su dominio del latín”. De hecho Gibbon pensó inicialmente escribir esta obra señera de la literatura anglosajona ¡en francés!
   No es el más pequeño de los atractivos de Gibbon aludirnos en tantos párrafos: “Era poco probable que los ojos de los contemporáneos descubrieran en la felicidad pública las causas latentes de la decadencia y la corrupción...”.