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jueves, 22 de diciembre de 2011

PRENSA. "Si logramos que no nos azoten...", de José María Izquierdo

José María Izquierdo

   En "El País":
Si logramos que no nos azoten...

   Han ganado. Aquí, allá y acullá. Ya nos han vencido, sometido, conquistado. José K. cree que los nuevos amos del universo están convencidos de que lo moderno es volver al siglo XIX y lo antiguo, los avances del siglo XX.

JOSÉ MARÍA IZQUIERDO 21/12/2011

   Confía José K., quizá de forma irresponsablemente ingenua, en que al menos no lleguen a los castigos físicos. Nos recortarán, nos achucharán, nos encogerán, harán papiroflexia -mire qué bonita la pajarita que nos ha salido- con los papeles donde teníamos grabados nuestros derechos, nos cerrarán refugios y si dejan alguno, quizá algún hospital, nos cobrarán la entrada, primero, y cada latido advertido por el estetoscopio sonará con el clic de las cajas registradoras. Pero José K. espera, vaya usted a saber por qué, que no nos apaleen. Algo es algo, se dice mientras ve en el espejo del cuarto de baño esa cara agrietada por los años, sí, pero también por repetir una y otra vez la misma frase: ¿aún quieren más? ¿Aún quieren más? ¿Aún quieren más?
   Mira nuestro hombre, un tanto encorvado, involuntaria muestra de sumisión, a los nuevos amos del mundo, tan triunfadores, tan pavos reales, con esa sonrisa de tampoco es para tanto. Y sí, efectivamente, tampoco es para tanto porque esos que vemos mandan muy poco, que más bien obedecen. ¿Y quiénes son, entonces, se pregunta José K., los que de verdad han conseguido que una señora alemana y un señor francés se repartan un pastel cada vez menos apetitoso y encima nos hagan creer que estamos construyendo una nueva Europa -quiénes, ¿nosotros?-, mientras sus banqueros aguardan a que lleguen los despojos de tanto sucio pig en sus modernos despachos con diseños de la Bauhaus o de Philippe Starck? ¿Quiénes son entonces los que han quitado a un primer ministro -repugnante, bien es cierto- para poner a un obediente empleado de banca? No se sabe, pero lo único que les caracteriza es que siempre, siempre, en cualquier circunstancia, quieren más. Y eso que ya lo tienen todo.
   Así que José K. insiste: puede, incluso, que nos traten bien, piensa, hasta que nos den palmaditas en los mofletes, más bien resecas mejillas según pase el tiempo. Y es que ni tan siquiera necesitan azotarnos o amarrarnos con grilletes. Ya nos han vencido, derrotado, sometido, conquistado. No solo aquí, en este limitado terruño, no. Es sismo de dimensiones apocalípticas por cuanto sacude a todos y cada uno de los continentes. Incluso José K. tiende a pensar que de existir otras galaxias, también en ellas habrían vencido los mismos. Cierto que solo lo han hecho por nuestro bien, que hay que ver cómo hemos gastado tantos años, como unos irresponsables. Por eso vienen ellos -¿quiénes?- a poner orden en este patio de monipodio donde hasta los obreros tenían casa propia -ya ven- y se habían hecho crecer los derechos sociales de las minorías y los más desprotegidos. A tales desmanes, equivocadamente, sin duda alguna, se les había considerado avances de la humanidad. José K., asustado por la velocidad que le arrasa los pensamientos, empieza a verlos como cosas del pasado.
   Y es que ahora ya no necesitan disimular. ¿Para qué? Si ya quitan y ponen primeros ministros y responsables de economía, en un mecanismo de puerta giratoria siempre en movimiento o de alegres, para ellos, tiovivos, hoy en Goldman Sachs o en Lehman Brothers, mañana ministros o gobernadores de bancos centrales para sin solución de continuidad, una vez cumplidos los encargos, retomar sus bien remunerados empleos. José K., con un punto de chulería, producto del enfado, advierte que tiene sus nombres y hasta sus fotos. Aquí están anotados, dice, este, ese otro y aquel de más allá. Y si eso practican esos chafalmejas a escala planetaria, qué no podrán probar en nuestra pequeña granja, minúsculo reducto este en una esquina del muy Viejo Continente.
   Están a punto de lograr, por ejemplo, según ve nuestro hombre, que se haga cierto un sucedido nunca visto a lo largo de la historia: que lleguemos a creer moderno lo que ocurría dos siglos antes y antiguo lo que pasó en el siguiente. Un contradiós. Pero José K. lo ve aquí y allá el siglo XXI. Nos llevan al XIX y abominan del XX. Cuánto mejor aquellos años en que no había regulaciones de sueldos, edades, horarios o contratos. ¿No es excitante comprobar cómo crecía el capitalismo gracias a que aquellos miles de obreros de Manchester se dedicaban a lo suyo, a caerse muertos trabajando, y no a perder el tiempo en vacaciones y horas para el sándwich de pepinillo, que en nada benefician a la producción? Mucho más moderno, dónde va a parar, la vuelta al XIX. Y si me apuran al XVIII, al XVII o al XVI, y no les calienten, ruega José K., que estos nos llevan al antiguo Egipto.
   Convertidos pues contratos, derechos, e incluso los sindicatos, esos entes demoniacos, en antiguallas inservibles del siglo XX que solo retardan el progreso y el futuro, pensemos en su abolición. Cuánto mejor salarios ridículos -400 euros y ya estás dando palmas con las orejas-; olvidarse de convenios colectivos y empieza a picar ahora que ya te diré. Si se me antoja. ¿Dicen que ya ocurre en Alemania, donde empleos a menos de esos 400 euros maquillan de forma vergonzante las cifras de un desempleo muy superior al confesado por el Gobierno de Merkel, mientras los otrora poderosos sindicatos alemanes miran hacia otro lado o quizá ya ni miren porque se han quedado ciegos, mudos y sordos? Pues eso me reafirma en lo que digo, insiste irritado José K., que ellos, esos seres innombrables, nos han desbaratado, pisoteado, laminado, aquí, allá y acullá.
   No quiere nuestro hombre, ya la vena de la frente como una cuerda, perder el tiempo en duques hábiles de manos en distintas disciplinas, ruinosas necrópolis levantadas un día en honor de ridículos caudillos chocarreros, y ni tan siquiera le apetece mencionar lo larga que le quedaba la sisa o corto el tiro en sus galas al presidente pinturero. Prefiere pensar en cómo hemos de levantarnos, unirnos en el lado transparente de la Fuerza, y protegidos por armaduras -yelmo, gorguera, escarcelas-, chalecos antibalas -con kevlar, por supuesto- o trajes NBQ, sin olvidarnos de la imprescindible espada de láser, enfrentarnos, más pronto que tarde, a ese lado oscuro de la Fuerza que ahora todo lo domina y todo lo ensucia.
   ¿Y sabemos quién va a dirigir entonces esta batalla, desde la pura jugada de parchís, dada la desproporción de fuerzas, hasta llegar a la guerra de las galaxias? ¿Quizá el recio agricultor más de izquierdas que nadie será el que nos haga surcar los caminos necesarios para repensarnos la izquierda, española, europea y mundial, necesitada de finas herramientas para desarmar al maligno en este siglo XXI? ¿O será la líder pizpireta, sonrisa amable y compañera de figurillas atirantadas e incluso de raros ejemplares astures con tendencia a la caza del oso? ¿Entonces? ¿Tendremos que dejar nuestras vidas una vez más, tiembla José K., en manos de quienes tanto y tan sonoramente han perdido frente a ese enemigo que ni ahora, después de tan glorioso triunfo, sabe si sube o baja?
   Es posible, es posible, medita pesaroso José K. ¿Y aguardamos el advenimiento de otro querube o volvemos a depositar vida y hacienda en el veterano sarmentoso y tatuado de cicatrices? Cree nuestro hombre que aún queda tiempo para resolver esa pregunta que le quema la lengua nada más plantearla. Ahora, ruega, déjennos un tiempo para llorar a nuestros muertos y rehacer los adentros. Es cosa de poco, lo prometemos. Para calmar el dolor, que un fantasma recorre el universo y la reconquista va a ser inclemente y cuajada de peligros.
   "Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais... atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta Tannhäuser.
   Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
   Es hora de morir".
   (Roy Batty, Blade Runner, Ridley Scott, 1982).
   "Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais... a multitudes despojadas de sus derechos más acá de Orión, y revolverse contra las injusticias y cantar al progreso en esa tierra que habitan los humanos, más allá de la puerta Tannhäuser".
   (Añadido de José K., diciembre 2011).

lunes, 14 de noviembre de 2011

PRENSA. "Dinero mundial frente a política local", por Moisés Naím

Moisés Naím

   En "El País":
Dinero mundial frente a política local

MOISÉS NAÍM 13/11/2011

   La crisis de la Eurozona es la más reciente y furiosa manifestación del choque entre dos de las tendencias más importantes de nuestro tiempo; una muy antigua y otra muy nueva. La tendencia más antigua es que la política está definida por los intereses y pasiones locales. La nueva es que el dinero se ha hecho global. Este choque sacude a la economía y la política de Europa y sus efectos también son evidentes en otras regiones y países.
   "La política es siempre local" es la conocida afirmación del político estadounidense Tip O'Neill. Y es verdad: el éxito de un político depende de su capacidad para captar cuáles son los intereses y preocupaciones más concretas de sus votantes y prometerles soluciones para sus problemas cotidianos. Son esos problemas locales, y hasta personales, y no las grandes pero intangibles ideas lo que más le importa a la mayoría de la gente. Pocos piensan más allá de sus fronteras a la hora de votar o decidir a qué político, partido o causa apoyar.
   La frase de O'Neill sobre la política choca con otra igualmente común: "el dinero se ha hecho global". Basta apretar una tecla del ordenador para invertir o gastar en casi cualquier otro país a la velocidad de Internet.
   Las cifras son extraordinarias: el mercado mundial de divisas es hoy ocho veces más grande de lo que era hace solo 20 años. En ese periodo, los montos destinados a la compra de empresas y activos físicos en otro país (la inversión extranjera directa) se multiplicó por cuatro, creciendo más rápidamente en los países pobres. Esta explosión del movimiento mundial del dinero es un arma de doble filo. Ha creado nuevas y abundantes fuentes de financiamiento y de empleo, y países como China (que atrajo 185.000 millones de inversión en 2010) o Brasil (48.000 millones) no hubiesen podido sacar a tanta gente de la pobreza como lo han hecho en la última década si no hubiese sido por la inversión extranjera.
   Pero... el dinero es cobarde, despiadado y veloz. Como vemos ahora en Europa, cuando los inversionistas se asustan salen a tanta velocidad como entraron, dejando a los países tambaleando. Y también hay especuladores que apuestan a estas crisis y se lucran con ellas, contribuyendo así a desestabilizar economías y gobiernos. Pero los especuladores no crean las crisis; las aprovechan cuando los gobiernos permiten que sus economías se hagan vulnerables.
   Pero si el dinero es mundial y la política es local, el comercio internacional es regional. Sorprendentemente, la globalización no ha llegado al comercio de manufacturas.
   Los volúmenes de importaciones y exportaciones de productos manufacturados son mucho mayores dentro de una misma región que entre países que no son vecinos. Cuando se excluyen de las estadísticas las materias primas (petróleo, hierro, arroz, etc.), vemos que los europeos o los asiáticos comercian más entre sí que con otras regiones, y lo mismo vale para los americanos. Esto es muy relevante, puesto que las exportaciones de manufacturas son una importante fuente del empleo mejor remunerado.
   Y, como sabemos, la fuerza laboral es casi inamovible. Los emigrantes solo constituyen un ínfimo tres por ciento de la humanidad. Y claro está, los impactos de la globalización sobre el empleo ocurren a través del comercio (cuando los productos locales son más caros que los importados) o de la inversión extranjera (cuando una fábrica se muda a un país con costes laborales más bajos). Y no hay nada que tenga mayor impacto concreto en la política local que un desempleado. O millones de ellos.
   Como lo demuestran los eventos en Europa, la mezcla de la política local con el dinero global es tóxica. Cuando se le añade al cóctel el comercio regional y el empleo poco movible, su toxicidad es aún mayor. Lamentablemente, todavía no tenemos antídotos para el cóctel. Proteger a las economías de los vaivenes del dinero global suena tentador y ciertamente algo hay que hacer para atenuarlos. Pero es una tarea difícil, costosa y que fácilmente lleva a tomar decisiones que suenan bien pero hacen mal. "Globalizar" más la política, haciéndola menos local, es también un proyecto tan atractivo como difícil. Está claro que los políticos deben hacer mucho mejor la tarea de concienciar a sus electores de que lo que pasa fuera de las fronteras de su país -o ciudad- tiene consecuencias para lo que pasa dentro de sus hogares. En Europa este trabajo es ahora más fácil. Para millones de europeos, esta crisis se ha transformado en un acelerado y doloroso cursillo sobre los vínculos entre "el allá afuera y el aquí dentro".
   A pesar de todos estos problemas, no tenemos alternativa: hay que globalizar más la política local y hacer más locales las finanzas globales. ¿Muy difícil? Claro que sí. ¿Indispensable? También.

   Twitter @moisesnaim