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martes, 30 de marzo de 2010

PRENSA CULTURAL. AVANCE EDITORIAL. "La Judith de Shimoda", de Bertolt Brecht

En "elpais.com", esta información:

Inédito japonés de Brecht

"Babelia" avanza un fragmento de 'La Judith de Shimoda' (Alianza), pieza del dramaturgo alemán inspirada en una obra de Yamamoto Yuzo

MARCOS ORDÓÑEZ 30/03/2010

En 1940, Bertolt Brecht está exilado en Finlandia. Su amiga y anfitriona, la escritora Hella Wuolijoki, le descubre una obra, La triste historia de Okichi, del dramaturgo japonés Yamamoto Yuzo, que acaba de ser publicada en inglés y de la que ha comprado los derechos. Brecht queda fascinado por las características de la pieza (su modernidad, su feminismo, su crítica al patriotismo en beneficio de los poderosos) y emprende una "reelaboración" que tiene mucho de apropiación, no en vano acababa de hacer lo mismo con un texto de Hella Wuolijoki que firmaría como El señor Puntila y su criado Matti, una de sus comedias más celebradas.
Comprime el texto de Yuzo, remonta pasajes, añade alguna que otra escena y, sobre todo, escribe una docena de interludios en los que nuevos personajes comentan la triste peripecia de la protagonista. Así nace La Judith de Shimoda, una pieza inédita en castellano que esta semana publica Alianza, uno de cuyos fragmentos se puede leer hoy en esta edición de ELPAIS.com.
La Judith de Shimoda narra el "sacrificio patriótico" de Okichi, una gheisha, al servicio del primer cónsul americano en Japón, convertida en leyenda oficial, denostada por sus conciudadanos y destruida, pero no vencida, por la grieta que separa mito y realidad.
El estudioso alemán Hans Peter Neurenter pudo acceder al legado de Hella Wuolijoki y en 2006 descubrió el paradójico material: la versión de una pieza ajena que parece más brechtiana que las obras del propio Brecht (1898-1956).

Aquí podemos leer unos extractos.

domingo, 5 de julio de 2009

LECTURA. "Si los tiburones fueran hombres", relato de Bertolt Brecht

SI LOS TIBURONES FUERAN HOMBRES

— Si los tiburones fueran hombres — preguntó al señor K. la hija pequeña de su patrona—, ¿se portarían mejor con los pececitos?
— Claro que sí — respondió el señor K.—. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían, de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones. Para que los pececitos no se pusieran tristes habría, de cuando en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografía para mejor localizar a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones. Si los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre sí para conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececillos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus pececillos que entre ellos y los pececillos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Si bien todos los pececillos son mudos, proclamarían, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos; por eso jamás logran entenderse. A cada pececillo que matase en una guerra a un par de pececillos enemigos, de esos que callan en otro idioma, se les concedería una medalla al valor y se le otorgaría además el título de héroe. Si los tiburones fueran hombres, tendrían también su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño, los pececillos se precipitarían en tropel, precedidos por la banda, dentro de esas fauces. Habría así mismo una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececillos en el estómago de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños. Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los demás pececillos, y se harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de cajas, etc. En una palabra: habría por fin en el mar una cultura si los tiburones fueran hombres.