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domingo, 15 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. "ONG para crear historias". Reportaje

Nick Hornby y los niños del taller literario de una ONG británica. / MINISTRY OF STORIES ("El país")

   En "El País":

ONG para crear historias

Seis organizaciones ofrecen talleres gratuitos de escritura creativa para escritores juveniles

Las edades de los futuros autores oscilan entre los ocho y los dieciocho años

 Madrid 29 JUL 2013

Ella trazó una línea. Él dibujó otra, paralela. Ella volvió a coger el lápiz, y esbozó el comienzo de una flor. Y él lo completó, con todos sus pétalos. Entonces Francesca Frediani se levantó y dejó que su jovencísimo colega siguiera con el trabajo. “Era un niño chino que llevaba cuatro meses en un colegio y sus maestros ni sabían aun si entendía el italiano. Al principio no interactuaba, ni escribía, así que se me ocurrió empezar un dibujo para que él hiciera lo mismo”, cuenta la educadora italiana. El pequeño debió de comprenderle muy bien, ya que Frediani volvió a los 10 minutos y se encontró con una revolución copernicana: “En el papel había casas, personas. Un mundo. Había abierto la caja de Pandora”.

Una vida diferente

  • Fighting words, en Dublín, fue el proyecto pionero en Europa. Arrancó en enero de 2009, siguiendo el modelo de la organización estadounidense 826 Valencia.
  • El mismo año nació La grande fabbrica delle parole, en Milán.
  • En Londres, en 2010, echó a andar Ministry of Stories. El escritor Nick Hornby es uno de sus cofundadores.
  • Desde principios de 2011 es activa en BarcelonaVoxPrima, que ya ha colaborado con más de 700 pequeños escritores.
  • Berattarministeriet, en Estocolmo, y Buch-piloten, en Viena, son los dos proyectos más recientes.
En el fondo, lo hace cada día. La italiana es la responsable de La grande fabbrica delle parole, una suerte de ONG de la escritura creativa que abrió en 2009 en Milán. Y que tiene cinco hermanos esparcidos por Europa, del Ministry of Stories de Londres a VoxPrima en Barcelona, pasando por Berattarministeriet en Estocolmo.
Todas comparten la misma fórmula: un ejército de voluntarios, algunos de ellos escritores de renombre, ofrece talleres gratuitos de creación literaria a miles de jóvenes —sobre todo clases de colegios— de entre ocho y 18 años. Se trata de un antídoto, sostienen desde las cuatro esquinas del continente, contra el dominio imperante de la televisión y un sistema educativo que ha sepultado la creatividad bajo la caza frenética al resultado y al examen. “Nuestra misión es inspirar una nueva nación de contadores de historias en Reino Unido”, reza el lema de Ministry of Stories.
De los pioneros de Fighting words en Irlanda al neonato Buch-Piloten austriaco, cada clase comienza de la misma, irresistible manera. “Les decimos a los niños: ‘Estáis aquí porque creemos que vais a escribir historias maravillosas. En las próximas dos horas lo haréis. Y todas saldrán publicadas”, relata Lucy Macnab, cofundadora de Ministry of Stories junto con el célebre escritor Nick Hornby y Ben Payne. De ahí que lo primero sea una masiva tormenta de ideas a bases de brazos levantados, griterío e imaginación.
Tras el paso del huracán, queda un comienzo de historia. Algo así como “en una isla en el cielo vivía una princesa a la que le gustaba mucho practicar el kárate”, como arranca el cuento que la clase 1ª D de la escuela Pertini Verga de Milán escribió en La grande fabbrica delle parole. Aunque unos párrafos más abajo, tras gusanos que bailan break dancey caracoles hiperrápidos, surge un problema: la princesa se muere de ganas de derrotar al lagarto que hace kung-fu. Ya pero “¿y cómo?”.
“A partir de ahí los niños empiezan a crear el final de la historia, solos o en grupos de dos”, cuenta Roser Ballesteros, encargada de VoxPrima, la representante española de esta lucha continental por la fantasía. En su caso, primero piden a los jóvenes un dibujo que ilustre el epílogo. Y, luego, que conviertan trazos y colores en palabras. La conclusión, que se repite idéntica en los seis países, es un libro impreso por cada pequeño autor. Ya no hay niños tímidos o inseguros. Solo quedan escritores.


Portada de una antología publicada con Fighting words por los estudiantes de la escuela secundaria Newpark de Dublín.
“Una vez que les ayudas a arrancar no hay nadie que no haya podido crear su propia historia”, relata Sean Love, responsable de Fighting words. Y no solo: tras un comienzo únicamente literario, la organización irlandesa ha ampliado su frente de batalla. Ahora también trabaja con adultos discapacitados, y sus alumnos producen guiones cinematográficos, periódicos, discos y hasta obras que han llegado al Abbey Theatre de Dublín. Además, lo que empezó con talleres de un solo encuentro ha alcanzado colaboraciones de hasta un año de duración.
De ahí que no sorprenda que Fighting words reciba cinco veces la cantidad de demandas que puede atender. “Vienen escuelas de todo el país, incluso de Irlanda del Norte. De hecho, nos estamos planteando abrir otro centro en Belfast”, asegura Love. La esperanza, en realidad, es llegar más lejos aún, hasta inundar un continente entero de narradores.
“Entre todas las organizaciones queremos crear una asociación a nivel europeo que nos permita también recibir subvenciones de la UE”, defiende Love. El exdirector de Amnistía Internacional en Irlanda fue el primero en creer en este proyecto. En concreto, pelea por las palabras desde enero de 2009. Aunque para el origen auténtico de esta historia hay que volver todavía más atrás en el tiempo.
Érase una vez un famoso novelista irlandés, Roddy Doyle, que en 2007 promocionaba su último libro por EE UU. De paso por San Francisco, su amigo y también escritor Dave Eggers le invitó a conocer su nueva ocurrencia: se llamaba 826 Valencia y era un centro de escritura creativa gratuito para jóvenes. Doyle se quedó fulgurado. “Tenemos que hacer algo parecido en Dublín”, le dijo a su colega Love al regresar.

El modelo original es el taller del autor estadounidense Dave Eggers
Así, se pusieron manos a la obra. Y, tras un año de estudio, por fin llegó el debut. Y un acelerón que aún no ha parado: cuatro años después han trabajado con unos 40.000 niños y cuentan con 500 voluntarios —sobre todo escritores y maestros, pero no solo—. “Hay cámaras, ingenieros, técnicos de sonido, cineastas o artistas visuales”, cuenta Love. Por cierto, cualquiera con ganas de ayudar puede apuntarse, siempre y cuando supere una entrevista y sus referencias sean convincentes.
Tras el pistoletazo de salida, Fighting words llamó la atención de varios prosélitos. Y, junto con el futuro de la literatura irlandesa, fue acogiendo extranjeros curiosos. Hornby, Frediani, Ballesteros: todos pasaron por Dublín antes de estrenar su versión autóctona de la idea. Aunque, al trasladar el proyecto a otro país, cada uno ha querido darle su toque distinto.
La organización de Milán, por ejemplo, apuesta sobre todo por las escuelas “con una tasa alta de multiculturalidad”, incluso donde el italiano es para muchos niños L2, es decir segundo idioma. Y la fórmula española, activa desde comienzos de 2011, le da un rol privilegiado a la ilustración a la vez que busca la colaboración de bibliotecas e instituciones culturales locales. En Londres, Ministry of Stories intenta avanzar de la mano de su vecindario. “Es un proyecto muy enfocado hacia el barrio, tenemos un área geográfica cerrada. Queremos juntar la comunidad creativa y profesional que vive por aquí con los niños”, explica Lucy Macnab.


La escritora italiana Emanuela Bussolati (centro) participa en un taller de La grande fabbrica delle parole. / THOMAS POLOLI
La elección de Ministry of Stories es en parte obligada. Por mucho que las organizaciones sueñen con no tener límites y ser abiertas a todo aprendiz de escritor, los recursos son los que son. “Confiamos en que en los próximos años haya más Ministry of Stories por todo Reino Unido”, asegura Macnab. De hecho, hasta ofrecen cursos de formación para aspirantes imitadores. Mientras, sin embargo, atender a toda la nación sigue siendo una utopía. Sí hay campamentos de verano o iniciativas de un fin de semana dirigidas a cualquiera, pero en general la selección acaba recayendo en unas cuantas escuelas.
Eso sí, los afortunados escogidos jamás abren la cartera. “No pagamos nada ni recibimos dinero. Si cobráramos sería una forma de exclusión e iría en contra de nuestra misión principal. Queremos ayudar sobre todo a quien posiblemente no tenga nunca la opción de intentar escribir algo”, sentencia Love. Y la misma música se repite en los otros rincones del continente, aunque con un matiz. La española VoxPrima sí cobra una cifra “simbólica”, como la define Ballesteros: unos 20 euros por niño. Eso sí, de momento y a la espera de otros métodos de financiación.

Se ve como antídoto a un sistema educativo centrado en los resultados
Más allá de la solución catalana, cada proyecto busca como puede fondos para mantenerse a flote. La mayoría proceden de privados y fundaciones, tanto que para Fighting words representan casi la totalidad del presupuesto. “No queríamos fondos públicos, para ser libres y llevar el proyecto de la manera que creemos correcta”, agrega Love. Sí cuenta con el apoyo del Gobierno británico Ministry of Stories, que debe a Downing Street un 18% de su presupuesto. Otro 15% la organización londinense lo saca de una tienda que acoge en su sede y donde vende sus creaciones.
Entre ellas, pronto habrá un disco, que saldrá en unos meses con las canciones compuestas por algunos pequeños talentos. En el establecimiento se pueden adquirir también varios dibujos de monstruos. Uno en particular lo ha diseñado un niño del que Lucy Macnab todavía se acuerda. “Vino con su clase y decía que él no podía hacerlo, que era demasiado difícil”. Al final, sin embargo, el pequeño visitaba la tienda cada dos por tres para enseñarles a sus padres y a los maestros la criatura horrible que había sido capaz de concebir.
Otro monstruo, que escupía fuego de la boca, se dirigía una vez a visitar el zoológico de Londres la noche de Halloween. Y se encontró con cuatro fantasmas. Todos juntos decidieron ir a espantar a los animales. Pero esta es otra historia. Fruto, cómo no, de otro pequeño narrador.


viernes, 28 de marzo de 2014

PRENSA. "La tuberculosis no nos deja"

   En "El País":

La tuberculosis no nos deja

Ningún país está libre de la enfermedad

El hacinamiento y el VIH son los grandes aliados de la infección

El tratamiento es el mismo que hace 50 años


Kohinur Begum, enferma de tuberculosis, con su hijo frente a su casa en un suburbio de Chittagong (Bangladesh). / SAIFUL HUQ OMI (THE GLOBAL FUND)
La Dama de las Camelias es un personaje universal. La heroína romántica de Alejandro Dumas, muerta de tuberculosis, fue el retrato por excelencia de una enfermedad urbana y que se creía occidental. Pero el bacilo está en todo el mundo, y los esfuerzos no consiguen erradicarlo. A sus tradicionales aliados —pobreza, malnutrición— se sumó hace 30 años el VIH. La ciencia aportó hace 50 años un tratamiento antibiótico combinado que casi no ha evolucionado. Pesado y caro para muchos de los afectados (seis meses de medicación diaria que cuesta unos 120 euros, una cifra inasumible para gran parte de la población mundial), el abordaje farmacológico solo es eficaz si se lleva a rajatabla. Cuando empiezan los incumplimientos, se convierte en un factor incluso pernicioso: aparecen las resistencias, que necesitan más medicación y durante más tiempo (hasta dos años).
Con este escenario, los datos ante el día mundial contra la enfermedad que se conmemora este lunes no pueden ser optimistas. En el mundo, 8,6 millones de personas contrajeron tuberculosis en 2012, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esto supone unos 125 casos por cada 100.000 personas. De ellos, unas 500.000 tenían ya una variante resistente al tratamiento habitual. 1,3 millones de los afectados murieron. De hecho, la tuberculosis es la enfermedad infecciosa que más muertes causa, después del VIH. Pese a todo, los esfuerzos por reducir la enfermedad parece que empiezan a arrojar sus frutos. La tasa de casos era de 150 por 100.000 en 1990, y se mantuvo estable hasta 2002. También entonces empezaron a bajar las muertes.
En Europa, los datos del Centro Europeo de Control de Enfermedades (ECDC) indican un descenso del 6% anual. Pero hay miedo a que la tendencia cambie. España está en la misma línea. “Llevamos bajando un 4% en los últimos años”, dice Joan Ruiz Manzano, de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ). “Pero tendríamos que estar en 10 casos por 100.000, y estamos en 15 o 16, lo que nos sitúa a la cola de Europa, a los niveles de Estonia, Rumanía y Eslovaquia”. Esto arroja unos 6.000 casos al año. “Pero cada vez hay menos y se tratan mejor”, insiste el médico. El otro buen dato que Ruiz Manzano apunta es que el porcentaje de pacientes con resistencias es muy bajo, de menos del 1%, cuando la media mundial está en cerca del 6%.

Ligero retroceso

Casos. En 2012 hubo 8,6 millones de nuevos infectados por tuberculosis. En 2000 eran 9 millones. La enfermedad tiene una forma pulmonar mayoritaria, pero hay otras (pleural, visceral, cerebral).
Exposición. Un 30% de la población mundial ha estado expuesta al bacilo de la tuberculosis, pero solo una pequeña parte desarrollará la enfermedad. Suelen ser personas vulnerables, por malnutrición o inmunodeficiencia.
Contagio. Para que haya contagio hace falta una exposición cercana a la persona infectada. El bacilo se transmite por el aire.
Mortalidad. Los tratamientos actuales son muy eficaces si se siguen bien. La tasa de mortalidad está en unas 12 de cada 100.000 personas. En 2012 fueron 1,3 millones, incluyendo 320.000 que también tenían VIH.
Países. 22 países reúnen el 80% de los casos. Los asiáticos (China, India, Indonesia, Filipinas... etcétera) representan el 60% de los casos. El resto se concentra en el sur de África y Brasil.
Cuando se habla de esfuerzos por reducir la enfermedad, no se exagera. Lo saben bien el Fondo Global contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria y las ONG que colaboran con él. En los suburbios de Chittagong, la segunda ciudad de Bangladesh (cuatro millones de habitantes), famosa por ser uno de los mayores cementerios de barcos del mundo —y una de las mayores fábricas textiles del planeta—, es la organización BRAC la encargada de llegar hasta el último rincón.
Concretamente en el de Tigerpass Railway Colony, que debe su nombre a que era zona de paso de tigres antes del boom demográfico, en un cubículo de cemento de unos de tres por tres metros, vive Kohinur Begum, una mujer de 25 años con su marido y su hijo. Fue diagnosticada de tuberculosis hace cinco meses. Una vecina, voluntaria de BRAC, se asegura de que tome la medicación cada día. Es algo parecido a lo que en España se conoce como tratamiento directamente observado. Los fármacos son un bien demasiado preciado como para que se malgasten.
Begum trabaja en una de las inmensas fábricas textiles del EPZ (Export Processing Zone, zona de producción para exportación) de Chittagong. Es, de alguna manera, una privilegiada. Ahí, por jornadas de 10 horas seis días a la semana (se libra los viernes, día sagrado de los musulmanes) se pueden cobrar hasta 80 o 90 euros mensuales, un buen sueldo para el país. Varias de estas factorías tienen servicios sanitarios (dos enfermeras para 3.500 trabajadores, en la que visitó EL PAÍS invitado por el Fondo Mundial) dedicadas a diagnosticar precozmente la tuberculosis y otras enfermedades. También hay un hospital dentro del complejo fabril. Es una precaución útil: un infectado podría ser un riesgo para el resto de los trabajadores. También se ocupan del seguimiento del paciente, y le facilitan —gratis— el tratamiento. Además, y eso es muy importante, no despiden a los enfermos. Esos beneficios sociales se notan en la vivienda de una sola habitación de Begum: un enorme televisor en una de las paredes demuestra que se trata de una trabajadora bien pagada. Sin embargo, ella misma admite que no habría podido hacer frente a la medicación. Con un sueldo de unos 9.000 takas bengalíes (unos 100 euros), no podría gastarse 20 euros al mes en los cuatro fármacos que debe tomar.
Este tipo de suburbios, barrios de chabolas donde se apiñan miles de personas sin servicios higiénicos y muchos sin luz eléctrica, son “la zona cero” de la tuberculosis, dice un portavoz del Fondo Mundial. Es el ejemplo de todos los factores que hacen que la infección se mantenga viva en el mundo: pobreza, hacinamiento y mala alimentación. De hecho, los voluntarios de BRAC, aparte de repartir la medicación, también dan consejos nutricionales y venden a bajo precio suplementos alimenticios, lo que les ayuda también a sobrevivir.
Aunque no se puede comparar, son las mismas condiciones que contribuyen a que la tuberculosis no se erradique (y la OMS ha llegado a vaticinar rebrotes) en Occidente. “El 40% de los casos en España se da entre los inmigrantes más pobres o que viven hacinados, no porque la traigan, sino porque la adquieren aquí”, dice el neumólogo Ruiz Manzano.
Begum, por lo menos, tiene una variante normal de la tuberculosis. En las condiciones de países como Bangladesh, eso se comprueba de forma empírica: se repite la prueba del esputo a los dos meses de empezar la medicación. Si el bacilo no se ve al microscopio, no era resistente.
Eso no le sucedió Taramina, un hombre de 55 años —más o menos, él no lo tiene muy claro— del vecino barrio de chabolas de Motijhorna. Este pescadero vivía en un pueblo, pero ha tenido que trasladarse con su mujer a la ciudad para estar cerca del hospital. “Hizo una tontería; dejó de tomar la medicación”, cuenta Akramul Islam, director asociado de BRAC. Ahora recibe una visita diaria de un enfermero que se asegura de que cumpla con la medicación. “Mi hijo se ha tenido que encargar del negocio y mi hija trabaja en una de las fábricas de la zona especial, pero aún me quedan 15 meses de estar aquí”, dice a través de una mascarilla de tela que parece casera (y de dudosa eficacia). Pese a ello, Taramina la mantiene, aunque al principio le costó usarla: le identifica como alguien con tuberculosis, una enfermedad que lleva asociado un estigma por el riesgo que supone para los vecinos (aunque este acaba a los 15 días de tratamiento). Es que, como dice Suresh Konti Chakma, en su pueblo de Joutho Khamar, en el distrito de Rangamati, al este de Bangladesh, “un dicho dice que si tienes tuberculosis es que vas a morir”. Él la superó hace cuatro años, y es, orgulloso, el último de su pueblo de 275 habitantes, un conjunto de chozas de paredes de hojas de palma entretejidas en una ladera de una zona selvática. “Ni sabía lo que era. Me han salvado la vida”.
En este cóctel de circunstancias favorables a la tuberculosis, falta uno: el sida. Pero su relación con la tisis se hace evidente cuando se ve que el 20% de los fallecido con VIH lo hicieron por tuberculosis, o cuáles son los países con mayor tasa de infectados. El primero, Suazilandia: 1.309 casos de tisis por 100.000 habitantes, y también el primero en población infectada por el VIH según Onusida, el 26,5%. El segundo, Suráfrica (y una tasa de tuberculosis de 1.003 de cada 100.000 habitantes y un 17,9% de los habitantes con VIH).
Los Objetivos del Milenio de la ONU estipulaban uno que consistía en revertir la tendencia de casos y muertes por tuberculosis. Y, en términos globales, se está cumpliendo. Pero queda mucho por hacer. Suazilandia, por ejemplo, tenía 267 casos por 100.000 habitantes en 1990. Ahora son más de 1.000. Suráfrica tenía 321. De hecho, de los 24 países con mayores tasas, solo dos, Botsuana y República Centroafricana, están reduciéndolas. Bangladesh, que no está en ese grupo, lo mantiene estable en 225 pese a todos los esfuerzos. “El problema es que en otras enfermedades endémicas como la malaria, la prevención es más médica; con la tuberculosis es más social y económica. Y ahí no podemos llegar”, dice Akramul Islam. La Dama de las Camelias va a ser lectura obligatoria para largo.

lunes, 11 de febrero de 2013

PRENSA. "La revolución de los mil millones de mujeres". Barbara Celis


   En "El País":

La revolución de los mil millones de mujeres

Una ONG lanza una campaña mundial contra las violaciones

 Londres 10 FEB 2013

Hay cifras escalofriantes y se podría dudar de su validez. Por ejemplo: ¿Es realmente cierto que una de cada tres mujeres en el mundo es violada o maltratada a lo largo de su vida? Eso significaría que mil millones de mujeres, es decir, la séptima parte de la población mundial, sufre algún tipo de abuso o vejación. ¿Imposible? Basta con echar una ojeada a las estadísticas oficiales que maneja la ONU para darse cuenta de que esta cifra es tristemente real. Primero se denunció a bombo y platillo en 2003 a través de un informe de Unifem. En 2008 volvió a ser el objetivo de una campaña titulada Unidos para acabar con la violencia contra las mujeres lanzada por el entonces secretario general de la ONU, Kofi-Annan, en la que se denunciaba que “la violencia contra niñas y mujeres continúa perpetuándose en cada continente, país y cultura y aunque muchas sociedades la prohíben la realidad es que a menudo es encubierta o tácitamente condonada”.
Y ahora esa cifra regresa al dominio público pero esta vez como arma arrojadiza. “Una de cada tres mujeres del planeta será violada o maltratada a lo largo de su vida. Mil millones de mujeres violadas es una atrocidad. Mil millones de mujeres bailando es una revolución”. Esta es la consigna con la que la activista estadounidense Eve Ensler, que se hizo mundialmente célebre con sus Monólogos de la Vagina en los años noventa, ha lanzado la campaña One Billion Rising, con la que aspira literalmente a poner a bailar a mil millones de personas el próximo 14 de febrero.

El llamamiento a bailar el 14 de febrero denuncia el patriarcado
“No hay nada más poderoso que el baile. Es contagioso, es sexual, te libera y nadie puede controlarlo. Por eso asusta. La mayoría de las mujeres no nos vestimos como nos gustaría. No vamos con libertad a cualquier sitio a todas las horas del día porque nos da miedo que nos ataquen, nos hagan daño, nos violen. Y cuando bailemos el día 14 la idea es romper esa jaula de patriarcado, de miedo, de intimidación en la que llevamos siglos metidas”. Así explicaba Ensler en Londres el pasado lunes por qué ha querido que el centro de su campaña de concienciación contra la violencia de género sea el baile, un instrumento que ha visto que funciona a la perfección en las almas heridas de cientos de mujeres en Congo, donde a través de su ONG V-Day, ha creado la Ciudad de la Alegría, un centro de acogida para mujeres víctimas de abusos sexuales. “Pero la campaña One Billion Rising no es una llamada solo a las mujeres. Nosotras no nos violamos solas. Por eso es importante que los hombres también se impliquen”.
Recién llegada de la India, donde ha sido testigo directo de la protesta espontánea que ha recorrido el país tras la muerte de una mujer violada y asesinada en un autobús a manos de cinco hombres, Ensler, de 59 años, se mostraba muy entusiasta ante la buena acogida de una campaña a la que ya se han unido 190 países, incluido España, (donde ya hay 40 eventos previstos). Cientos de ONG, asociaciones o simplemente grupos de amigas están haciendo una llamada al activismo a través de flashmobs, convocatorias de bailes colectivos en sitios públicos —en Londres se esperan cientos de mujeres moviendo sus caderas frente al Parlamento— y cadenas humanas.
Solo en Bangladesh, 25 millones de mujeres se han unido a la convocatoria. “No es casualidad que esté encontrando tanto eco precisamente ahora. Todos los problemas están conectados: la crisis económica, el cambio climático, la pobreza. Como la violencia de género, no son problemas nacionales, trascienden las fronteras. En la India he visto por primera vez la indignación también en el rostro de muchos hombres. Es responsabilidad de toda la sociedad acabar con la violencia que sufren las mujeres. Educar es una de las claves, pero para que la sociedad cambie de actitud es fundamental actuar juntos, y que eso se vea” proclamó Ensler en Londres.
Sabe bien de lo que habla, puesto que ella misma fue víctima de los abusos sexuales perpetrados por su padre, un ejecutivo respetable, en su Estados Unidos natal, y por eso ha dedicado toda su vida profesional a concienciar al planeta de la necesidad de acabar con la violencia de género.
Y elegir, además, el 14 de febrero, día de los enamorados, no es casual. La campaña le da la vuelta a una fecha extremadamente comercial, que potencia la imagen ñoña de la mujer y obliga a pensar en lo que significa de verdad amar a tu pareja. Además, ese día Ensler celebra el decimoquinto aniversario de su ONG V-Day, una de las que más ha luchado por educar contra esta plaga cuya vacuna parece aún lejos de conseguirse.

viernes, 20 de febrero de 2009

ECOLOGÍA. MEDIO AMBIENTE. "Amigos de la Tierra"

La ONG internacional Amigos de la Tierra tiene como objetivo fomentar el cambio hacia una sociedad respetuosa con el medio ambiente. Podemos conocer mejor sus actividades en esta página web simple y directa.