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martes, 25 de noviembre de 2014

JUAN GOYTISOLO: "Don Quijote, don Juan y la Celestina"

 

   Un breve ensayo del libro "España y los españoles":
Don Quijote, don Juan y la Celestina
En la literatura española de los siglos XVI y XVII echan raíces algunos de los mitos que devendrán más tarde el símbolo y, a veces, la máscara de los españoles: don Quijote, don Juan, la Celestina. Junto a la literatura representativa de la opinión cristiano-vieja (romancero, novela de caballería, drama de honor, auto sacramental), una minoría de disconformes (ordinariamente conversos o descendientes de ellos) produce una serie de obras cuyo común denominador pudiera cifrarse en la voluntad (más o menos abierta) de trastornar los valores establecidos y ofrecer la imagen de un mundo desquiciado en el que el margen existente entre el «ser» y el «deber ser», la realidad y el deseo constituye un abismo infranqueable. Una literatura, pues, menos armoniosa que conflictiva, y cuyo poder de provocación se disimula mediante la elaboración de un universo autónomo e imaginario (como en El Quijote) o de un mundo unidimensional, embebido de humor negro y de pesimismo. En el momento en que el ideal castellano del héroe religioso y guerrero que lucha por Dios y por la patria se convierte en una realidad exaltante y grandiosa, la novela picaresca crea la imagen invertida de él: el negativo fotográfico del antihéroe. Al linaje limpio e hidalgo de los cristianos de cepa vieja, el pícaro opone, con insolente orgullo, su antilinaje de ladrones, criminales, verdugos, brujas y prostitutas. Al heroísmo del soldado español, que combate por la fe contra turcos y protestantes y somete al dominio del rey de España inmensas extensiones de tierra desde California al estrecho de Magallanes, Estebanillo responde con la frase de «y así no me daba tres pitos que bajase el turco, ni un clavo que subiese el persiano, ni que cayese la torre de Valladolid. Echaba mi barriga al sol…, y me reía de los puntos de honra y de los embelecos del pundonor». Alistado en los ejércitos españoles, el mismo Estebanillo confiesa: «Yo iba a esta guerra tan neutral que no me metía en dibujos ni trataba de otra cosa sino de henchir mi barriga»; y, frente a la impaciencia de eternidad del «muero porque no muero», mantiene, con crudo cinismo, su empeño de vivir «aquí y ahora»: condenado a muerte por deserción e indultado al último momento, escribirá burlonamente más tarde: «Los amigos me consolaban diciéndome que me animara, que aquel era camino que lo habíamos de hacer todos, que sólo les llevaba la delantera; y en lo último se engañaron, porque yo me he quedado de retaguardia y ellos han llevado la delantera, perdonando verdugos, pidiendo misas y haciendo alzar dedos». En la picaresca nos movemos, pues, en un mundo de antivalores (cobardía, robo, mentira, etc.) que contrasta cruelmente con la imagen sublimada que el español se esfuerza en dar de sí mismo y, en algunos casos extremos, como en Estebanillo González, asistimos, de hecho, a una tentativa de reivindicación de sentimientos y acciones generalmente tenidos por viles y abyectos: el pícaro vive y actúa en el no man’s land que media entre la realidad y el ideal, acampando en un presente mudable y problemático, al margen de la sociedad y de sus principios.
El Quijote refleja igualmente la dualidad de la picaresca: don Quijote toma sus deseos por realidades y confunde el «ser» con el «deber ser»; pero allí está, junto a él, Sancho Panza, para restablecer la verdad y mostrar la distancia que separa lo vivo de lo pintado. Desde hace tiempo, los estudiosos de Cervantes han interpretado su héroe como una parodia de los protagonistas de los libros de caballería en una época en que las armas españolas empezaban a decaer y el país se arruinaba y los españoles perdían la confianza en sí mismos. Esto es probablemente cierto, pero la riqueza de la obra cervantina no se agota, ni mucho menos, en una sola interpretación. Cervantes maneja con mano maestra una ironía polifacética y su libro admite infinidad de interpretaciones. Don Quijote y Sancho son, sin duda, cara y cruz de una misma moneda, los elementos complementarios y opuestos que integran la moderna personalidad española (idealismo y materialismo, fe e incredulidad, etc.); pero muy pocos comentaristas han observado que las relaciones que se crean entre los dos personajes provocan una serie de influencias mutuas e interferencias. Ni don Quijote ni Sancho Panza son los mismos el día que el segundo decide servir al primero, o el día en que, vencido don Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, regresa a morir a su aldea, escoltado de su fiel Sancho. Durante el período que media entre los dos episodios, Sancho se «quijotiza» y don Quijote se contamina a veces del realismo un tanto cínico de Sancho Panza. Así, mientras que, por seguir a su amo, el materialista Sancho renuncia al gobierno de su ínsula («Vuesas mercedes se queden con Dios y digan al Duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: no pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas»), don Quijote, consciente de los embustes de Sancho respecto de la imaginaria y burlesca excursión aérea a lomos de Clavileño, le responde: «Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más». Como escribe el poeta Luis Cernuda: «Es quizá la única ocasión en que sorprendemos a don Quijote en una actitud semejante, como si él mismo dudara de la realidad de sus aventuras. Pero no deja de ser significativo». Españoles hasta la médula de los huesos, los personajes de Cervantes no emiten juicios lógicos, sino que se expresan, por lo común, mediante una terminología de valores. Para ellos, la razón o sinrazón está en las personas, no en la realidad objetiva de sus pensamientos —rasgo nacional este que, todavía hoy, lleva a confundir autores y obras, a negar conceptos y abstracciones legales para buscar el «yo real» que se supone escondido tras ellos y a caer muy a menudo en el culto a la fobia, la adoración supersticiosa de las «figuras» o los estériles y vanos procesos de intenciones.
En La Celestina encontramos, por primera vez, una inversión de la jerarquía de valores que influirá luego, decisivamente, en la creación de la picaresca. Hasta entonces, en las novelas u obras dramáticas el amor entre los personajes se desenvolvía en un doble plano: amor ideal y sublimado, a lo Petrarca, entre los señores; amor carnal, «bajo», entre los servidores y personajes humildes. Américo Castro ha subrayado con acierto que en la obra de Rojas, mientras prostitutas como Elicia y Areusa se hacen cortejar como grandes damas, el amor de Calixto por Melibea es de un orden claramente sexual, teñido incluso de ciertos ribetes de sadismo: «No me destroces ni me maltrates como sueles —suplica Melibea—, ¿qué provecho te trae dañar mis vestiduras?». Las cortesanas se burlan alegremente de la elevada condición de la heroína y, expresando el sentir común de los conversos, condenados por la opinión cristiano-vieja, Areusa proclama: «Ninguna cosa es más lejos de la verdad que la vulgar opinión… Ruin sea quien por ruin se tiene; las obras hacen linaje, que al fin todos somos hijos de Adán y de Eva».
Si Fernando de Rojas se sirve de dos meretrices para exponer el punto de vista de los cristianos nuevos (él mismo era ex illis), Melibea y, sobre todo, Calixto encarnan, a su manera, el agudo conflicto que opone el antierotismo cristiano y la sensualidad musulmana. El personaje de Celestina, la vieja alcahueta, entronca con la literatura arábiga de Al-Andalus: morisca sin duda, como todas las hechiceras de la época, Celestina será el instrumento necesario para satisfacer la imperiosa y brutal pasión de Calixto. Este, aunque noble y caballero, es ya, como los españoles futuros, una víctima de la lucha entre dos civilizaciones opuestas: la mahometana y la cristiana. Calixto tiene la sensualidad desbordante del musulmán y la conciencia atormentada del cristiano, o, si se quiere, un alma de cristiano y un cuerpo árabe. Desde la época de los Reyes Católicos, los escritores españoles suelen atribuir todos los desvíos, errores y herejías al sexo (Menéndez Pelayo es un ejemplo típico) y, en 1555, fray Felipe de Meneses no vacilaba en escribir: «Esta inclinación a la sensualidad, a mi juicio, no es natural de la nación española»; pero la realidad era muy otra, y los españoles de entonces, como los de ahora, viven en su carne y espíritu el insoluble conflicto. El pecado inherente al placer sexual encuentra un símbolo en la figura físicamente odiosa y repugnante de Celestina: en Calixto hallamos, en germen, el mito futuro de don Juan, que, desde Tirso a Zorrilla, fluye a lo largo de la literatura española y alcanza, a partir del sigloXVIII, dimensiones universales. Don Juan no es un homosexual que se ignora, como pretendía Marañón: es el resultado de la dualidad cristiano-musulmana y, por tanto, un personaje esencialmente español a quien la nostalgia del harén lleva a buscar su presa en la comunidad femenina que exteriormente más se le asemeja: el convento. Calixto y don Juan no podían surgir sino en España y, como don Quijote y los antihéroes de la picaresca, son una expresión literaria de la convivencia secular de españoles cristianos, musulmanes y judíos, convivencia cuya supresión ha marcado de modo profundo el carácter español y cuyas huellas advertimos aún en nuestros días.


lunes, 23 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. Reseña de "Historia mínima de la literatura española", de José-Carlos Mainer

   En "Babelia":
Mientras el concepto de historia literaria era cuestionado, sin proponer una alternativa posible verosímil, José-Carlos Mainer se embarcó en la empresa casi titánica que supone concebir y dirigir una Historia de la literatura española para la editorial Crítica, cuyos nueve volúmenes se completaron recientemente con éxito. Este nuevo libro podría considerarse descendiente directo de aquel magno empeño, aunque a la vez tenga su origen remoto en la contribución de nuestro autor a la Breve historia de la literatura española de Alianza.
En esta ocasión, Mainer no solo nos proporciona una visión panorámica de la literatura, teoría, historia y crítica estrechamente unidas, como debe ser, sino que además lleva a cabo una reflexión sobre cómo construirla hoy, sin los vicios que venían repitiendo otros manuales al uso. Así, baraja con tino conceptos capitales, épocas, corrientes, temas y procedimientos, autores, colecciones, obras significativas, antologías, editoriales, tertulias, revistas culturales y literarias, poniendo de manifiesto la estrecha relación que mantiene con la ficción hispanoamericana y con hitos fundamentales de la literatura universal. De igual modo, se ocupa de los géneros clásicos (épica, luego novela, lírica y dramática), sin olvidarse del papel que desempeñan los epistolarios, junto a los diarios, los libros de memorias, el poema en prosa, la novela corta o el aforismo, e incluso los sueños como revelación de la verdad, a la manera clásica. De casi todo ello se nos proporcionan muestras abundantes, sin que se eche de menos nada realmente significativo (quizás El público, de Lorca; eImán, para mi gusto la mejor novela de Sender), pues describe la función y el desarrollo que ha experimentado la lengua literaria, al tiempo que cita siempre que es oportuno a los historiadores y filólogos más relevantes.

Claro que conforme vamos acercándonos al presente, podemos sentirnos tentados a disentir, bien apostando por diferentes autores u obras, bien echando de menos alguna mención al auge del microrrelato, deseando la incorporación de nombres concretos: Manuel Chaves Nogales, Ángel Crespo, José Jiménez Lozano o Alberto Méndez; o un comentario, por breve que sea, sobre el reconocimiento que algunos narradores actuales, sobre todo Javier Marías, Rafael Chirbes y Enrique Vila-Matas, están cosechando en otros países, sin ser los únicos.
Cuando se ocupa de las últimas décadas, el periodo más difícil de solventar, cada nombre y título aducido pueden valer su peso en oro, por ello creo que no deberían faltar Los santos inocentes, de Delibes;Mortal y rosa, de Umbral; los últimos libros de Valente, en especialFragmentos de un libro futuroLas bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán Gómez; Olvidado rey Gudú, de Ana María Matute; la trilogía completa de Celama o las Fábulas del sentimiento, de Luis Mateo Díez; los cuentos de Merino; Arde el mar, de Gimferrer; La ciudad de los prodigios, de Mendoza; Corazón tan blanco y los relatos de Marías. Y cerrarse, probablemente, con El viajero del siglo (2009), novela de Andrés Neuman. Pero se trata de minucias si valoramos el libro en su conjunto, en el cual —por cierto— no se elude del todo la polémica sobre el posible autor del Lazarillo, la existencia de un romanticismo español temprano defendido por Sebold, o la añeja antinomia romanticismo/realismo (les recomiendo, al respecto, la sugestiva lectura que hace de Larra, página 144), e integra a los escritores del exilio republicano en el conjunto de la literatura de posguerra, como es preciso realizar, aunque apenas se haga; además de tener el acierto de olvidarse de tantos ruidosos vendedores de humo como han pululado por la novela en los últimos tiempos.
Las 15 páginas finales, oro molido, aparecen bajo el engañoso título de ‘Bibliografía’, pues ofrecen mucho más de lo que su genérico título anuncia, al repasar aquellas historias de la literatura que presentan “un relato coherente y atractivo”; aportando diversas observaciones sobre los “límites y caminos de la historia literaria” y sobre “los hitos (y conflictos) del legado literario español”, en donde se plantea de manera somera cuestiones capitales.
Los que hayan leído otros trabajos de Mainer, escuchado sus conferencias o asistido a sus clases, conocen su capacidad de síntesis, su agudeza lectora y su concepción del sistema literario entendido siempre en relación con el complejo entorno histórico y cultural, nacional y global. Por si lo dicho fuera poco, la aparición de este apetitoso libro dirigido a un público amplio, no necesariamente español, ni estrictamente experto, nos resuelve más de un problema, pues a partir de ahora sabremos qué recomendar a quien le interese hacerse con una historia manejable de nuestra literatura. El libro de Mainer aparece bien armado, escrito en ese estilo ameno y elegante que le es tan propio.
Historia mínima de la literatura española. José-Carlos Mainer. Turner / El Colegio de México. Madrid / México DF, 2014. 273 páginas. 14,90 euros

miércoles, 11 de mayo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica del volumen 7 de "Historia de la literatura española": "Derrota y restitución de la modernidad: 1939-2010"

Un receso de las Conversaciones Literarias de Formentor, de izquierda a derecha: Juan Goytisolo, una persona sin identificar, Italo Calvino, Monique Lange, Luis Goytisolo y Jesús López Pacheco.- Fotos tomadas del libro. ("El País")


   En Babelia, suplemento cultural de "El País".
Los renuevos del viejo Humanismo

ÁNGEL L. PRIETO DE PAULA 26/03/2011

   Así como las traducciones de los clásicos deben renovarse periódicamente para sacudirles las polillas, la historia de la literatura requiere ser reescrita de tanto en tanto, aunque sin caer en el adanismo consistente en partir de cero. Al cabo, la historia cultural construye el pasado desde un presente que obedece a valores contingentes y fungibles, ellos mismos históricos, y registra "un proceso continuado de cambios pero también una tendencia a la solidificación de estructuras", según recuerda José-Carlos Mainer en un preliminar a la Historia de la literatura española que dirige. Este toma y daca se inclina unas veces a la consolidación de estructuras, como cuando se estudia el siglo XVI, y otras al dinamismo del cambio, como cuando se analiza la literatura actual. Esto es lo que sucede en el volumen 7 de dicha 'Historia', cuyo título, Derrota y restitución de la modernidad, resume la idea que sus autores, los profesores Jordi Gracia y Domingo Ródenas, tienen de la evolución estética entre 1939 y 2010. La guerra supuso un "atroz desmoche" de la vida intelectual -la derrota del título-, como escribió Laín a propósito de la universidad en Descargo de conciencia (más una justificación exculpatoria, muy a toro pasado, que una retractación); pero muchos escritores salieron de la humillación franquista -la restitución- bastante antes de que pudieran hacerlo del franquismo.
   De los nueve volúmenes proyectados, algunos ya publicados, este es el que presentaba dificultades mayores. El estado líquido de lo contemporáneo exige del historiador, cuando no exista doctrina incontestable, vigilancia crítica para no dejarse arrastrar por las ocurrencias, las complicidades amicales, el prejuicio ideológico, el prurito de originalidad a toda costa o los lugares comunes. Pero también se precisa responsabilidad, pues lo que aquí se ofrece es el esbozo del canon futuro. Cabría cuestionar la pertinencia de tratar, con el mismo patrón que el usado para la literatura precedente, la de los últimos... digamos cinco años, cuyo conocimiento es por fuerza más limitado y tributario del azar. Por lo demás, y salvados esos ultimísimos años, contamos con ediciones y análisis fiables. Por fortuna, tras el engrudo estructuralista y posestructuralista de hace cuatro décadas, la situación de los estudios filológicos ha cambiado apreciablemente. Ahora el peligro es la ausencia de jerarquías, y ya se sabe que los espacios vacíos tienden enseguida a ser ocupados: si la historia no la hacen los historiadores, la harán los publicistas, los periodistas, los conciliábulos de escritores, los premios, los intereses editoriales o, qué sé yo, el ministerio del ramo.
   Ante la imposibilidad de leerlo todo, es imprescindible escoger bien las autoridades en las que apoyar el juicio propio; y eso lo han hecho admirablemente Gracia y Ródenas. Dicho lo cual, los firmantes de este volumen, entre cuyos méritos no es el menor el que parecen escribir con una sola pluma, conocen por menudo las letras contemporáneas; pero no hacen corvetas ni floreos, y se tientan la ropa antes de emitir sus juicios, siempre medidos. Mucho más descriptivo que prescriptivo, este libro no pretende imponer un orden, sino hallarlo, establecer la secuencia de los movimientos artísticos y su vinculación con el modelo cultural, y examinar la especificidad de los textos para proporcionar al lector los elementos adecuados para el discernimiento.
   Sus más de mil páginas tienen una organización tripartita: una sección para el sistema literario, otra para autores y obras, y una tercera de textos de apoyo. Cada una se dispone, a su vez, en tres estratos temporales: posguerra, años sesenta y setenta, periodo democrático. Los múltiples subapartados recorren las épocas cronológicamente, y la fluencia ensayística no se interrumpe cada poco con dilatados paréntesis monográficos sobre los autores cuya obra se desarrolla a lo largo de mucho tiempo. Así, escritores longevos como Cela y Torrente, o Delibes y Buero, están tratados en varios apartados distantes entre sí, según la ubicación de sus tramos de escritura, lo cual implica la prevalencia de los valores mudables de la época sobre los engañosamente inmutables de la poética individual; y, al paso, permite entender las obras en el caldo en que se cocieron, en detrimento de anaqueles generacionales y de fechas fundacionales (1939, 1975...) o incluso de las barreras de los géneros. De este modo se nos muestra un cuerpo vivo, con constantes contaminaciones verticales y horizontales entre viejos y jóvenes, exiliados y escritores del interior, obras de juventud y de madurez, cultivadores de un género y de otro (anótese la importancia del ensayo y del memorialismo). Y añádase la atención a las obras en lenguas distintas del castellano, por la ósmosis evidente entre sus respectivas producciones literarias. Un índice de nombres facilita la consulta puntual y consiente la reorganización mental de los contenidos según determine el lector.
   Frente al discurso almidonado de tantas publicaciones doctas, el de este volumen es vivaz y jugoso, alejado de todo envaramiento. Claro que esta tampoco será la historia definitiva -vuélvase al comienzo de estas líneas-, pero sí indispensable para ulteriores "historias", que previsiblemente excluirán a muchos de los que hoy figuran aquí (aun si incorporaran a alguno que no figura): en los panoramas de materias contemporáneas hay que optar entre arriesgarse a incluir alguna ganga, que tenderá con el tiempo a desaparecer, o renunciar a alguna perla, que podría no recobrarse nunca. Los autores han elegido, creo que atinadamente, lo primero. En cualquier caso este libro, excelente por tantos conceptos, es ya una ineludible aguja de marear para orientarse en la literatura reciente, y ejemplifica como pocos los renuevos del viejo Humanismo.

Cambios de rasante
   La abundantísima información sobre escritores en Derrota y restitución de la modernidad dista de dar en mero catálogo erudito, como las numerosas citas de textos no convierten el libro en una casa de citas. Lo impide un criterio rector que se resiste a la tentación igualitaria o indiscriminada. Algunos autores aparecen tratados como si su contextura singular, o dígase su genio, convocara razones morales y estéticas colectivas, con las que dialogan confirmándolas, modulándolas o refutándolas enconadamente. Entre esos nombres destacan los del ausente omnipresente Juan Ramón Jiménez, Sánchez Ferlosio (cuya literatura es "la forma más acre del pensamiento trágico del último medio siglo"), Juan Benet (renovador de un estilo que, en sus palabras, desde el XVII solo había salido de la taberna para ir a la iglesia) y otros varios. Y aunque el libro transita con agilidad por un camino de casi tres cuartos de siglo, hay ciertos cambios de rasante que merecen y encuentran un seguimiento minucioso y de notable calor crítico. Así, el primer retorno de los exiliados hacia 1947, cuando España estaba empezando a acostumbrarse a su propia excepcionalidad y comienza el blindaje internacional del franquismo, ya irreversible en 1953: el poema 'Desembarco', de Carlos Sahagún, lo constata con desolación. Así también la matizada decadencia de las fórmulas realistas en los años sesenta, entre la costra del sistema y la restitución de la modernidad europeísta, mientras la conciencia perpleja se debatía agustinianamente entre lo que no se terminaba de ir y lo que no acababa de llegar. De todo ello han dado cuenta Jordi Gracia y Domingo Ródenas sin dejarse los pelos en la gatera; y eso que la tarea parecía, por ciclópea, imposible: quien lo probó, lo sabe.

Historia de la literatura española 7. Derrota y restitución de la modernidad. 1939-2010
Jordi Gracia y Domingo Ródenas
Crítica. Barcelona, 2011
XVI + 1.184 páginas. 39,50 euros

Otros volúmenes de Historia de la literatura española, dirigida por José-Carlos Mainer, que cuenta el proceso histórico de casi mil años de literatura en España, que ya han salido: 3. El siglo del arte nuevo: 1598-1691, de Pedro Ruiz Pérez. 5. Hacia una literatura nacional: 1800-1900, de Cecilio Alonso. 6. Modernidad y nacionalismo: 1900-1939, de José-Carlos Mainer.