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martes, 12 de mayo de 2015

PRENSA. "Mileuristas, diez años después"

   En "El País Semanal":

Mileuristas, diez años después

Fue considerada como la primera generación de los 1.000 euros en España. Han llegado a la edad adulta formando hogares en medio de la crisis más dura desde la Guerra Civil

Su nuevo orden es la inseguridad. La sensación de una vida en el alambre permanece, a pesar del crecimiento económico


Mireia Baixauli, 17 años, apenas recuerda España antes de la crisis. / GIANFRANCO TRIPODO

El mileurista es aquel joven, de 25 a 34 años, licenciado, bien preparado, que habla idiomas, tiene posgrados, másteres y cursillos (…) Ahora echa la vista atrás y quiere sentirse satisfecho, porque al cabo de dos renovaciones de contrato le han hecho fijo, en un trabajo que de alguna forma puede considerarse formal (…) Lo malo es que no gana más de 1.000 euros, sin pagas extras, y mejor no te quejes…”.
Así bautizó Carolina Alguacil el fenómeno económico que en la España del milagro iba a marcar a la generación más formada de su historia. Cuando Carolina escribió esta carta al director de este periódico, en 2005, la economía crecía tendida al sol y cientos de miles de universitarios se habían topado con que no había tantos trabajos cualificados para todos ellos. La ley de oferta y demanda había recortado su sueldo, el flamante euro lo había encarecido todo, la burbuja inmobiliaria se había hinchado hasta la aberración y esos 1.000 euros de jornal se antojaban miserables. Precios europeos con salarios españoles y un boom del ladrillo. Así es como el poder adquisitivo medio de los españoles logró la anomalía de bajar en plena bonanza. Ahora han pasado diez años, dos recesiones y se han evaporado 3,7 millones de puestos de trabajo; la crisis más dura desde la Guerra Civil. La vivienda pinchó, las cajas de ahorros desaparecieron, España pidió un rescate para la banca… Hasta el bipartidismo político, que parecía inmutable, se ha puesto en solfa. En mitad de esa década, China se colocó por delante de Japón como segunda potencia económica. Y la palabra mileurista, esa que Alguacil barruntó un día en un piso compartido de Barcelona, se ha incorporado con toda solemnidad al Diccionario de la Real Academia Española de la lengua. Solo que ahora brotan otrospalabrosseiscientoseuristasniniyayoflauta
–¡Max, compórtate como un perro civilizado!
Carolina llega despacio por la explanada de Madrid Río, con la catedral de la Almudena a lo alto, en uno de esos días de frío y sol tan mesetarios, a punto de terminar el mes de febrero. Un perro de mil razas, torpe y con cara de bueno la acompaña. A Max se lo encontró en una calle de Córdoba y lo llevó a su casa. Ahora la obedece y, sí, se sienta muy civilizadamente durante la conversación. No sabe el animal que dentro de poco va a ser un perro destronado, que su dueña camina lenta porque al cabo de unos días dará a luz a su primer hijo, una niña: Nora.
Los mileuristas se han hecho mayores. Carolina tiene 37 años, se ha casado, ha perdido un trabajo, ha encontrado otro, ha ganado más de 1.000 euros, menos, nada… En 2008 se mudó a Córdoba porque su chico, ingeniero, encontró allí un empleo en el sector de las energías renovables. Ella se llevó el suyo de Barcelona en la mochila, porque era en una empresa de negocio digital. Pero las cosas se torcieron en 2012, cuando las renovables entraron en crisis, y la compañía de su pareja, en barrena. Estuvieron un año sin pagarle y, al final, quedó en la calle. La compañía digital de ella también empezó a tambalearse. Cuando estaban con el agua al cuello, Carolina encontró un empleo en Madrid, en una firma de contenidos digitales, y se mudaron en marzo de 2013. Él encontró otro proyecto.


Fernando Ángel Moreno, profesor de la Complutense de 44 años, gana 1.480 euros limpios. /GIANFRANCO TRIPODO
–¿Sigues siendo mileurista?
–Los dos ganamos ahora más de 1.000 euros, afortunadamente, pero lo suyo es un contrato por obra que en teoría acaba en septiembre, así que…
–¿Vivís bien?
–Hemos vivido de mi sueldo durante un tiempo y eso se te queda, gastamos poco, ahorramos porque sabemos lo que puede venir. Al poco de llegar nos cambiamos de un piso de 800 euros a uno de 650. Vivimos bien, no renunciamos a cierto ocio, a comer fuera con los amigos algún fin de semana, pero no nos damos lujos. Yo creo que esto es general, ahora hay más conciencia para gastar menos…
Ha aprendido que el progreso tiene poco de ley natural: “Las cosas no tienen por qué ir de menos a más: de becario a trabajador temporal, luego fijo… No tiene por qué ser así, ahora lo sabemos, pero nuestra generación lo ignoraba y eso generó mucha frustración”, dice. “Ahora hay que estar preparados para bajar”.
Muchos entrevistados lo han llamado igual, de una forma sencilla y brutal: “Bajar”. Bajar todo: sueldo, patrimonio, expectativas. La recesión ha terminado, pero la angustia tardará en desaparecer en una sociedad con aún 5,4 millones de personas sin empleo, el 24% de su población activa. “El miedo no se ha ido, quien ha perdido el trabajo en esta crisis seguirá temiendo perderlo otra vez, aunque vea que la situación general mejora”, advierte el sociólogo Luis Garrido, catedrático de la UNED. Uno de los legados de la Gran Recesión es la sensación de inseguridad, la incertidumbre o, más bien, la certidumbre de que se puede “bajar” en cualquier momento.
La devaluación salarial se ceba, de hecho, en los que han encontrado ocupación después de perder otra mejor pagada. Según la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea), el recorte en términos reales ha llegado al 17% para hombres y al 14% para mujeres en cinco años. El grueso del empleo que se crea, además, es temporal y la rotación en los fijos ha subido un 23% desde 2011. Despedir es más barato, no solo por la reforma laboral, sino porque la indemnización se calcula sobre salarios más bajos.
Tener trabajo ya no equivale a ganarse la vida, así que la profesora Montserrat Jiménez, de 40 años, tiene dos. Se siente miembro de pleno derecho del club de los españoles que se han empobrecido, que han “bajado”. “Hace 10 años, como becaria predoctoral, cobraba 1.500 euros, y en la estancia en el extranjero podía subir a 1.800. Mi situación se ha visto degradada”. Doctorada, especializada en latín, trabaja como profesora asociada de lengua castellana en la Universidad Complutense. Tres horas de docencia y tres de atención a alumnos semanales en la uni por 270 euros limpios. Además, enseña italiano en la Escuela Oficial de Idiomas por otros 800. Pero en verano pierde esos ingresos. Vive en un piso compartido por unos 500 euros con los gastos.

El miedo no se ha ido, quien ha perdido el trabajo en esta crisis seguirá teniendo miedo a perderlo otra vez”
“Soy mileurista y casi me siento privilegiada. Pero tengo dos trabajos. Estoy como asociada porque no hay plaza de otra cosa”, explica. Montserrat ve también la precariedad a la que se enfrentan sus alumnos de la Complutense, una universidad peleona, reivindicativa, cuyos profesores y estudiantes han llevado a cabo clases en la calle como forma de protesta.
Fernando Ángel Moreno, profesor de Filología y Teoría Literaria, es uno de los que han sacado las clases a las plazas. Ninguno de sus alumnos más brillantes se queda en España, lamenta. “A los jóvenes hoy se les exige muchísima formación para lo que luego se les ofrece. Los que son buenos, muy buenos, se van. Y con los recortes en educación va a ir a peor”.
La estabilidad laboral, esa a la que tradicionalmente han aguardado los españoles para formar familias, no llega en la forma en la que se la concebía, aunque se apure el reloj biológico. Esto es, dice Carolina Alguacil, lo que ve a su alrededor, en los primeros mileuristas que han creado hogares en medio de la crisis. “Si hago una media entre los que me rodean, muchos han formado familias, pero con otra mentalidad, sabiendo que hay que vivir al día, sin la seguridad como antes la entendíamos”.
Los españoles son campeones en retrasar la maternidad, con una media de 30 años para el primer hijo. Y, con la crisis, han recuperado una de las tasas de nacimientos más bajas del mundo, que antes con el baby boom y la inmigración habían mejorado, según explica Teresa Castro, demógrafa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). La media de hijos ha pasado de 1,46 a 1,27 entre 2008 y 2013. Y las proyecciones de natalidad y migración señalan, según Castro, “que no vamos a crecer como país, más bien vamos a decrecer”. Solo en Macao, Hong Kong, Corea del Sur, Singapur, Portugal, Bosnia-Herzegovina, Grecia y Polonia se tienen menos hijos, según datos del Banco Mundial de 2013.
En El precariado. Una nueva clase social, Guy Standing habla de la inseguridad como un rasgo distintivo respecto al viejo proletariado: no tienen un salario estable, ni predecible. “Tres de mis amigas tienen hijos, pero con trabajos temporales o de freelance. Son trabajos sólidos en el sentido de que tienen una continuidad, pero no son seguros como antes”, apunta Carolina, y apostilla: “¿Comprar un piso? Salvo que tengas mucho capital, no lo veo una opción, no te puedes anclar a ese compromiso”.


Juan Alberto Guirao tiene 24 años y dejó su máster para empezar a trabajar en un McDonald’s porque no logró la beca solicitada. / GIANFRANCO TRIPODO
Los mileuristas de 2005 protestaban por su derecho a una vivienda digna. Llegaron a hacer falta hasta ocho años de renta de una familia para pagar una casa. “Pero ahora siguen haciendo falta seis años porque las rentas disponibles han bajado mucho”, advierte José García Montalvo, catedrático de la Universidad Pompeu Fabra (UPF).
“Cuando nació el concepto, los mileuristas eran una gente que aspiraba a dejar de serlo. Ahora hay un sentimiento fatalista”, explica José Luis Nueno, de la escuela de negocios IESE. Eso se nota en el mercado, dice este experto en consumo: “El aspecto del low cost es mucho más digno porque una cosa es ofrecer algo, entre comillas, cutre a alguien que cree que está en una situación transitoria y otra hacerlo a familias que creen que van a estar así siempre o incluso a exricos”.
Carolina Alguacil creció en Colmenar Viejo (Madrid) en una familia de seis hijos. El sueldo de aparejador de su padre dio para mantener a toda la familia y para que todos estudiaran. “Nosotros heredamos la actitud de nuestros padres, que era la de ‘fórmate bien para encontrar un buen empleo fijo’. Pero las cosas no eran así”, apunta.
–¿En qué se diferencian los mileuristas que ahora tienen veintitantos?
–Nosotros no éramos conscientes de lo que se nos venía, pero ahora la gente joven sí lo sabe y está aún más preparada, trabajan muchísimo, nosotros también lo hacíamos, pero ellos… Ellos, por decirlo de alguna forma, salen a matar, ¿entiende?
“Me llamo Juan Alberto Guirao García, tengo 24 años y he tenido que abandonar mis estudios a mitad de curso por no poder pagarlos tras quedarme sin beca, para ponerme a trabajar en un McDonald’s (…) Tirando de mis pocos ahorros y con la ayuda que mis padres me podían ir dando, fui aguantando los primeros cinco meses en Madrid mientras esperaba que la beca me fuera concedida. Pero eso nunca llegó a suceder. El día de Nochebuena, el 24 de diciembre, estando en la biblioteca estudiando para los exámenes de enero, recibí la notificación de la resolución por correo electrónico. La abrí, la leí y recogí mis libros. Esa fue la última vez que toqué mis apuntes del máster”.
La carta iba dirigida simbólicamente al ministro de Educación, José Ignacio Wert, pero Juan la envió también a través de redes sociales y a EL PAÍS. No quiere parecer lastimero. Lo repite de varias formas a lo largo de la conversación en un café del centro de Madrid, cerca del local de Gran Vía en el que trabaja. Y, sin embargo, sí suena amargo. “No somos mileuristas, el concepto ahora es otro: somos trabajadores pobres, ya me gustaría a mí ganar 1.000 euros, pero ahora el mileurismo es ganar 700, 800 euros…”.
Su sueldo se queda en 450 mensuales porque trabaja 20 horas a la semana. Es uno de tantos contratos a tiempo parcial no deseados, por eso se les conoce como subempleos.

Ya no somos mileuristas, el concepto ahora es otro: somos trabajadores pobres"
Con padre carpintero y madre ama de casa, siempre estudió con beca, se graduó en Trabajo Social en Murcia y en octubre comenzó en Madrid un máster de 8.000 euros sobre su área en la Complutense. “Hay gente que cree que ya no tengo por qué tener beca del Estado para un máster, pero para mí eso prueba que no hay igualdad de oportunidades: si tuviéramos más dinero yo ahora seguiría estudiando allí, como mis compañeros”, recalca.
En España familias con diferencias económicas abismales se han identificado tradicionalmente como clase media, pero Juan no ve ahí su sitio. El suyo es un caso de sobrecualificación de manual.
Montalvo, de la UPF, estudia este fenómeno desde hace años y ve un cambio crucial. En 2005, los jóvenes que afirmaban tener un empleo inferior a su nivel de formación eran el 42%, y en 2011 bajó al 28%. Se han destruido empleos poco cualificados, pero además se ha disparado el número de jóvenes a los que no les importa tener un trabajo adecuado a su nivel académico: del 12% en 2005 al 48% en 2011, según datos de Madrid y Barcelona. “Tres años después ya no se sienten sobrecualificados, eso significa que han rebajado sus expectativas. Es dramático”, lamenta el profesor al analizar su último trabajo, financiado por Recercaixa. “Nuestra economía está basada esencialmente en el turismo y servicios y el nivel del empresariado español es más bajo que el de la media de la sociedad, eso hace que se valore menos la formación”, añade.
¿Se rebelarán los jóvenes? “¡Cómo se van a rebelar! El mileurista ya no se mide con el que gana 1.500 o 2.000 euros, se compara con el parado, el que no tiene nada, y su posición relativa ha mejorado”, apunta Luis Garrido.


Carolina Alguacil creció en Colmenar Viejo, en un hogar con seis hermanos sostenido con el único sueldo de su pare, aparejador. / GIANFRANCO TRIPODO
Rubén del Campo, por ejemplo, se siente en buena situación. Estudió Biología, hizo un máster en biodiversidad y ahora, con 25 años, está enfrascado en una tesis sobre la ecología del río con una beca salario de entre 980 y 1.024 euros, en función del mes. “Soy con diferencia de los que están mejor, muy poca gente tiene trabajo de algo relacionado con los estudios, otros buscan prácticas en empresas…”, dice. Y tiene esperanzas de encontrar empleo a medio plazo.
De los 3,7 millones de empleos perdidos, 2,5 millones son de menores de 30 años. Pero el mileurismo y su particular declive “no tiene que ver solo con la crisis, hay cosas estructurales, previas a este declive, y que tampoco van a desaparecer con la recuperación”, advierte Josep Oliver, catedrático de Economía de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Hay un dato clave: la mano de obra disponible en la economía mundializada se ha triplicado en las tres últimas décadas. “Eso produce un fuerte choque en los salarios, como ya estuvo ocurriendo entre 2001 y 2005, pero en la crisis emerge con una fuerza brutal. Y el cambio tecnológico también va a destruir empleo”, advierte el profesor.
En 2001, la estadounidense Lear Corporation decidió cerrar su fábrica de Cervera (Lleida), una planta de cableado para automóviles que daba trabajo a 1.280 personas. Tenía beneficios, pero trasladó la producción a Polonia para ahorrar costes alegando que su competencia lo había hecho y que, si no deslocalizaban, tenían los años contados. Muchas fábricas cerraron así, pero quedó amortiguado por un boom crediticio que disparó la economía. Luego, el crédito se hundió, pero aquellas factorías no regresaron.

¿Comprar un piso? Salvo que tengas mucho capital, no lo veo una opción, no te puedes anclar a ese compromiso”
“Hay una gran paradoja en la globalización: estamos trasladando la producción a otros países para poder fabricar de forma barata cosas que puedan comprar nuestros parados”, destaca Nueno.
–¿Te has arrepentido de estudiar Trabajo Social?
Juan pone de repente la cara muy aniñada, sorprendido por la pregunta.
–No. Nunca…, aunque sí pienso mucho en el futuro. Cuando empezamos la carrera nos dijeron que en ese trabajo no podíamos aspirar a hacernos ricos, pero yo solo quería un trabajo con un sueldo que me dejara vivir.
“Tengo 17 años y aún no soy miembro del censo electoral, pero como más jóvenes de mi edad este año nos estrenaremos en las urnas. Imaginaos, veteranos, si es difícil una primera elección. Tenemos varias alternativas y no sé cuál es peor: unos que nos llevaron a la crisis; otros que están hundidos hasta las cejas de corrupción, y los últimos, que van de salvadores de España, gritando al cielo valores, sin saber ni ellos mismos llevarlos a la práctica. Solo espero que la mía no sea otra generación perdida (…)”.
Mireia Bauxauli conoce el concepto de mileurismo prácticamente desde que tiene uso de razón y el primer presidente que recuerda es Zapatero, pero apenas tiene memoria de la España del milagro. Sí sabe cuándo percibió los primeros embates de la crisis, no tenía más de diez años. “Fue en clase, cuando algunos padres se quedaron sin trabajo y muchos compañeros dejaron el colegio porque no podían pagar las cuotas”.
–¿Y ahora qué decís en tu clase?
–Cuando empezó la crisis había gente que decía: “Para qué voy a estudiar si no encontraré trabajo”. Pero ahora la mayoría lo dice al revés, que van a estudiar más porque hay muy pocos trabajos y así también podrán irse al extranjero. Los profesores nos dicen que no basta con sacar buenas notas, que tenemos que sacar las mejores porque no hay tanto empleo.
Esa hambre por salir adelante de la que hablaba Carolina Alguacil lo irradia esta chica de Picassent (Valencia) que mandó su carta a EL PAÍS, que se debate entre estudiar Periodismo o Administración y Dirección de Empresas y entre votar o no votar. Ha terminado los exámenes, tiene una nota media de 8,2, pero el cuerpo lleno de inquietud.
El mundo que Mireia conoce ofrece llamadas gratis, cultura accesible por Internet, plataformas alternativas de transporte… El bajo coste en prácticamente cualquier ámbito. Pero, al mismo tiempo, su generación es la que tiene definitivamente claro que no va a ser fácil vivir igual o mejor que sus padres.
Son temores fundados, muy fundados. “La riqueza se está concentrando en la parte alta de los salarios”, advierte Josep Oliver, pero el profesor insiste en que esas “fuerzas exteriores” de la globalización sí se pueden contrarrestar. “Unas políticas fiscales más agresivas para reducir los desequilibrios y una mayor apuesta por el valor añadido pueden frenar la desigualdad”, explica.
En pocos sitios como España la crisis ha abierto tanto la brecha entre ricos y pobres. Mireia, de padre ingeniero agrónomo y madre profesora, es muy sincera cuando se le pregunta si le preocupa ser mileurista. “Sí, no estoy acostumbrada a padecer por el dinero. Mis padres no me dan paga, pero si necesito algo lo pido. Con 800 euros para todo, a lo mejor lo pasaría mal”.
Diez años después, los jóvenes siguen escribiendo cartas con lo que les atormenta. Mireia clama por que “cuando acabe la carrera, la crisis haya terminado de verdad”.

miércoles, 9 de abril de 2014

PRENSA. "El empleo de calidad sigue en recesión"

   En "El País":

El empleo de calidad sigue en recesión

Los afiliados a la Seguridad Social con contrato indefinido a tiempo completo bajan un 3% respecto a 2013 y marcan un nuevo mínimo en más de una década

El empleo, tras un larguísimo invierno de más de seis años, comienza a estirarse. Muy poco a poco, pero como reflejan los datos de afiliación a la Seguridad Social de marzo, distribuidos la semana pasada, hay más trabajo que un año atrás. La tendencia se consolidará en los meses de primavera, cuando algunas actividades de temporada, con el turismo a la cabeza, impulsan la contratación.
La estadística revela también que este primer atisbo de recuperación en el mercado laboral es muy débil (unos 115.000 ocupados más) si se compara con lo perdido (tres millones de empleos). Y, sobre todo, emite una grave nota discordante: el empleo de mayor calidad sigue en recesión.


EL PAÍS
El colectivo de afiliados al régimen general de la Seguridad Social que trabajan a tiempo completo y con contrato indefinido no deja de retroceder, aunque sigue siendo el grupo de afiliados más numeroso. En marzo descendió a poco más de seis millones de afiliados (de los 16,3 millones que registra la Seguridad Social en total), muy lejos de los 7,6 millones que cosechaba el empleo de mayor calidad antes de la crisis. Es un 3% menos que en el mismo mes de 2013, y un nuevo mínimo en, al menos, una década.
Si se atiende a las nuevas incorporaciones al mercado laboral, la pérdida de peso del empleo de máxima calidad, del que suelen nutrirse las actividades de mayor valor añadido, es evidente. “De cada 100 personas que han accedido a un empleo en el último trimestre, 42 han tenido un contrato temporal a tiempo completo, 30 un contrato temporal a tiempo parcial, nueve, uno indefinido a tiempo completo y siete, uno indefinido a tiempo parcial. El 12% restante han sido autónomos”, explica Sara de la Rica, catedrática de la Universidad del País Vasco y directora del Observatorio laboral de la crisis, de la fundación Fedea.

En marzo fue el único colectivo con menos ocupados que el año pasado
Para De la Rica, los datos son concluyentes: “Predomina claramente en el acceso a un empleo la contratación temporal y desde luego, la contratación a jornada parcial, tanto indefinida pero sobre todo temporal, está aumentando sensiblemente. Me temo por tanto que la vía de la temporalidad es el modo más habitual de encontrar un trabajo en estos momentos”, añade.
“Obviamente, lo mejor es que se creen muchos empleos de calidad, indefinidos y a tiempo completo. Pero, en las circunstancias actuales, la recuperación del mercado laboral sería mucho más lenta”, tercia Miguel Cardoso, economista jefe del BBVA para España. Cardoso recuerda que éste es un patrón habitual en las fases de recuperación económica. “No solo en España, también en Estados Unidos, la situación ha sido muy similar”.
“La primera reacción de las empresas en una situación de crisis ante los primeros repuntes de la demanda es incrementar la productividad de su plantilla”, añade el economista del BBVA. “Pero eso tiene un techo, y en España ya hemos llegado a máximos históricos. Lo siguiente es empezar a contratar, pero mientras la situación sea frágil, se opta por contratos más fácilmente reversibles, como los temporales o los contratos a tiempo parcial. Esta vez se ha empezado a crear empleo mucho antes que en otras recuperaciones. Y eso es positivo”, concluye.

"Crece la proporción de temporales a tiempo particial", avisa un experto del BBVA
En anteriores crisis, la economía española tuvo que crecer cerca del 2% anual para generar nueva ocupación. La próxima encuesta de población activa certificará el primer repunte del empleo respecto a 2013, aun cuando el PIB apenas se despegó del 0% anual en el primer trimestre. Una explicación a esta rápida respuesta del mercado laboral radica, precisamente, en el calibre de la destrucción de puestos de trabajo durante la crisis, sin precedentes.
Pero también en los cambios legales, con la reforma laboral al frente, que ha introducido el Gobierno. Por ejemplo, los contratos en prácticas, o de formación, han crecido un 40% en el último año. También se ha facilitado que se hagan contratos temporales a menores de 30 años sin justificar la causa, o que los empresarios amplíen las horas de los trabajadores con contrato a tiempo parcial.
La cuestión es si el empleo de calidad recuperará terreno en caso de que el crecimiento económico se acelere. “Los contratos temporales que fomentaron los Gobiernos de Felipe González para salir de la crisis, siguen teniendo un peso determinante 25 años después”, recuerda Manuel Lago, economista del gabinete técnico de Comisiones Obreras. “Es la patología laboral de la economía española, de las recesiones se suele salir con trabajo aún más precario, con la receta de abaratar costes al empresario, ya sea a través del salario, de la jornada o de la cotización. Y eso, además de lo que supone para el trabajador, tiene unas externalidades negativas en la economía muy notables, como la baja cualificación o la pérdida de peso de la demanda interna”, plantea.

La precariedad pone en cuestión el cambio de modelo productivo
La catedrática De la Rica expresa su preocupación porque el fomento del contrato a tiempo parcial “lógico cuando la demanda no es suficiente” sea una medida “que viene para quedarse”, sobre todo cuando la mayoría lo elige porque no encuentra un empleo a jornada completa. Para la investigadora de Fedea, “sería muy perjudicial que la pérdida de peso de los contratos indefinidos a tiempo completo se perpetuase en el tiempo.
La productividad laboral será muy baja, y en consecuencia no se podría pensar en avanzar hacia un modelo productivo que aporte mucho valor añadido que es precisamente al que debiéramos aspirar. Si, además, este tipo de modalidades de empleo se generalizan para los jóvenes cualificados, como por ahora está siendo el caso, muchos de ellos se marcharán, y nuestra sociedad les necesita, sobre todo a medio plazo ante el enorme proceso de envejecimiento”.
El economista del BBVA cree que el contrato a tiempo parcial, si es indefinido, puede usarse también como palanca para la productividad, a través de la formación. “El problema es que la proporción de contratos temporales a tiempo parcial está creciendo. Es un indicador de que el problema del exceso de empleo temporal sigue sin resolverse”, destaca.

martes, 8 de abril de 2014

PRENSA. "Danzad, danzad, obreros"

   En "lamarea.com":

Danzad, danzad, obreros

<em>Danzad, danzad, obreros</em>
03 de abril de 2014
10:40
Los últimos datos del paro con más de 83.000 afiliados a la Seguridad Social han servido al Gobierno y sus seguidores para consolidar su relato de la recuperación económica. Frente a ello, la situación de precariedad y faltas de expectativas de la mayoría de la sociedad española, que ve cómo los datos macroeconómicos no se reflejan en su vida cotidiana. La creación de empleo, que ni siquiera rebaja la tasa del paro al 25%, viene acompañada de una precarización de las relaciones laborales y una característica muy común en países como EEUU, lo que Barbara Ehrenreich llama “la desesperación de ser un esclavo asalariado”.
La pobreza laboral es aquella que te sitúa debajo del umbral de la pobreza a pesar de tener un trabajo y un sueldo.Según un estudio de la Fundación Alternativas, la pobreza laboral en España ha pasado del 10,8% al 12,7% en el periodo que abarca de 2007 a 2010. Esta circunstancia se refuerza debido a la instrumentalización que los grandes empresarios hacen de la tasa de paro y de la necesidad acuciante de los desempleados. Hay mucha gente esperando en la calle para cada puesto de trabajo, por lo que se pueden rebajar con soltura los salarios, que siempre habrá quién los acepte. La dignidad del obrero se acaba vendiendo cada vez más barata.
Unos jornaleros esperaban durante los años 20 en la plaza del pueblo a que un latifundista llegara a ofrecerles algo de trabajo con el que paliar un poco el hambre y la miseria. Era periodo de elecciones y el que ofrecía algo era el dueño de un cortijo, que les daba un par de duros a cambio de que votaran al cacique del pueblo. Casi todos cogieron el dinero, conscientes de que significaba un par de semanas de menos padecimiento. Un jornalero cogió los duros, miró al terrateniente, y los lanzó a los pies del que quería comprar su dignidad. “En mi hambre mando yo”, dijo.
Esta frase prologa el libro España, publicado en 1929 por el periodista Salvador de Madariaga, una sentencia que representa la dignidad del obrero y el trabajador cuando, en la más absoluta de las miserias, hace relucir su dignidad y muestra al poderoso la más efectiva arma de la que dispone un trabajador: la fuerza del que no se doblega ni se pliega y mantiene la cabeza alta incluso en las peores circunstancias.
Una noticia publicada por el diario El Mundo, el pasado mes de febrero, que explicaba cómo una chica denunció a una empresa por haberse lesionado de gravedad durante el proceso de selección para un empleo nos retrotrae a esos momentos donde la dignidad del obrero y el trabajador podían comprarse a cambio de su simple subsistencia. La empresa obligaba a los aspirantes al trabajo a luchar por un billete de 50 euros con sus compañeros para conseguir el ansiado empleo que les permitiera sobrevivir unos cuantos meses a cambio de un sueldo indecente.
La escena recordaba a la película de Sidney Pollack Danzad, danzad, malditos. En EEUU en mitad de la Gran Depresión se organiza un marathon de baile. Multitud de trabajadores hambrientos y desesperados se apuntan al espectáculo a cambio de alojamiento y comida y de la posibilidad de alcanzar un jugoso premio que solucione su situación.
El concurso sirve como entretenimiento para que los más afortunados, los que no fueron afectados por la crisis, disfruten con el sufrimiento del que pierde la dignidad a cambio de un poco de alimento para mitigar su sufrimiento. El punto dulce del capitalismo. Aquel en el que la mano de obra pierde su capacidad de lucha porque la necesidad le supera, pero no sufre la suficiente desesperación como para levantarse contra el sistema.
condiciones de trabajo
La situación que se está viviendo en España con el trabajador autóctono es la misma que se daba con el inmigrante sin papeles. La situación de desamparo y necesidad del inmigrante irregular le obliga a aceptar puestos de trabajo, remuneraciones y condiciones laborales que en una situación normal ningún trabajador aceptaría. Este proceso es el que Nicholas de Geneva llamaba “inclusión por ilegalización”, despojar de papeles a un sector importante de los inmigrantes permite su inclusión salarial en el sistema en condiciones de extrema vulnerabilidad. Su exclusión de la legalidad permite explotarlos intensamente.
Ese mismo mecanismo es el que se instaura entre los trabajadores con papeles cuando tienen que competir por un puesto de trabajo. La escasa oferta de empleo y la amplísima demanda permite jugar a los empresarios con el derecho al trabajo del mismo modo que lo hacen con los precios. Pueden bajar los salarios y disminuir los costes debido a la amplísima demanda de trabajadores dispuestos a acceder a nuevas condiciones. Se trata de despojar de derechos al trabajador para hacerlo más maleable, más servil y menos exigente. De Geneva decía que la precarización por exclusión legal sirve como método de docilización por inquietud. Pero cada vez hacen falta menos inmigrantes sin papeles para cumplir el rol de trabajador dócil provocado por la inquietud. La crisis ha proporcionado al sistema empresarial millones de obreros legales con esas características.
despido
El Gobierno, consciente de la oportunidad que ofrece la crisis, ha configurado una reforma laboral que despoja a los trabajadores de derechos, de modos efectivos de lucha y de herramientas de cohesión y solidaridad. Con esta reforma no se buscaba la creación de empleo, sino dejar al trabajador sin seguridad para que se vuelva menos combativo y exigente y tenga menos capacidad de maniobra y de negociación con la patronal. El fin último de la reforma laboral, y de todas las medidas del Gobierno, es crear un sistema en el que trabajador sea el eslabón más débil y tan sólo le quede aceptarlo y competir entre sus similares por las migajas que le ofrece el mercado laboral. Las continuas declaraciones de la CEOE, Rosell, y otros miembros de la patronal pidiendo los minijobs con el argumento de que es mejor un trabajo de 400 euros que ninguno es el perfecto ejemplo de lo aquí expresado. Joaquín Almunia lo dijo alto y claro “Mejor algo mediocre que nada”. La estrategia generalizada de represión obrera mediante leyes y miedo para que su desesperación le lleve a aceptar trabajar para ser pobres. Ya tenemos dos trabajadores al precio de uno, dentro de poco dos trabajadores serán menos importantes que un apero.
“¿Qué os creéis que valéis uno o dos de vosotros?, lo que sí me importaría sería perder un bote”, decía el patrón del barco del libro Kanikosen, de Tajiki Kobayashi, a sus pescadores.
* Las viñetas que ilustran la noticia son de Ramón y pertenecen a la edición de Hermano Lobo de 1973. 

martes, 12 de noviembre de 2013

PRENSA. "La crisis económica y el paro cambian el perfil de los 'sin hogar' en España"

Tomás, 34 años, estudia la ESO, y pide en Madrid, en la calle. Fotos: Ana Goñi

   En "El Confidencial":

La crisis económica y el paro cambian el perfil de los 'sin hogar' en España

Tomás recuerda todas las fechas. Cuándo le echaron de la empresa de reparto de publicidad en la que trabajaba, hace tres años. Los ocho meses de paro que cobró. Cuándo comenzó a vivir en la calle, en mayo de hace dos años. Cuánto lleva pidiendo: desde el 8 de agosto de 2012, cuándo empezó en el McDonlad's de la calle Atocha, en Madrid. Ya ha colocado su cartel en cinco sitios; el último, en la calle Carretas, donde pide ahora. Al principio ponía que era español; luego, no sabe por qué, le dio vergüenza, y en él se puede leer: "Pido una ayuda. Gracias". Así, a secas. Pero con mayúsculas. 
La sociedad tiene muchos nombres para Tomás. Tomás es un mendigo, un pobre, un excluido. Un 'sin techo', una persona sin hogar. Sin embargo, Tomás es un parado. También un estudiante. También un hombre que imagina otro futuro y que da pasos para hacerlo realidad. Tomás es una de las 22.938 personas que, según los últimos datos del INE, hicieron uso de los servicios asistenciales de alojamiento o restauración en municipios españoles de más de 20.000 habitantes en 2012. Se trata de la Encuesta a las Personas Sin Hogar, que, publicada a mediados de este año, arroja luz sobre un problema social cada vez más intenso —mil personas más de las que figuraban en el anterior estudio, de 2005—, que afecta a 71,3 de cada 100.000 habitantes en España. En su mayoría están en Cataluña (21,3%), Madrid (15,4%) y Andalucía (13,1%). Tomás cuadra bien además con el perfil que arroja ese informe: mayoría de españoles en la calle (54,2%, frente al 51% en 2005), entre los 30 y 44 años de edad (38,4%), que perdió el empleo (un mayoritario 45% atribuye su situación a esa causa) y que lo busca (52,1%),mientras duerme en alojamientos colectivos (43,9%). El número medio de las personas que duermen en alguno de los centros de atención fue de 14.050 en 2012. En ellos (sumando los de alojamiento, restauración, información, etc.)trabajaron más de 16.000 personas (57% de voluntarios), con un gasto de 201,13 millones de euros. El 75,8% de estos centros se financia única o mayoritariamente por las administraciones públicas.
Tomás lleva dos años sin hogar. (Foto: A.G.)Tomás lleva dos años sin hogar. (Foto: A.G.)Durante un tiempo, Tomás durmió en la calle, en la Plaza Mayor. Ahora no. Ahora acude a un albergue cerca del Bernabéu, donde se levanta cada mañana a las 8, desayuna y se marcha a su curso de la ESO, que realiza, a sus 34 años, a través del CEPA (Centro de Educación para Adultos) en la zona de Delicias. Está en cuarto, y en año y medio espera sacárselo entero: "Sí, es fácil, esto no es como en el colegio, aquí casi ni se estudia", dice riendo. Porque Tomás ríe mucho, todo el rato, a veces sin que esté claro de qué, ya sea comentando el día que un municipal le dijo que en la Plaza Mayor habían dormido 200 personas, ya sea alardeando de su ropa (se la compra o acude a un ropero), o explicando lo que sucede en otros albergues, que, según él, "son peores que la calle". También cuando cuenta sus planes: "Quiero trabajar de vigilante jurado" (500 euros por un curso del ministerio de Interior que, cuando acabe la ESO, pagará “con algún trabajillo”).
Tomás ríe, y sigue detallando su horario casi cuartelario, tanto como el de la mayoría de las personas sin hogar, que tienen que tener muy en cuenta a qué hora pueden comer gratis, y dónde (y según el día de la semana), cuándo y dónde reparten un café caliente, a qué hora llegar al albergue para no quedarse fuera o si es mejor hacerse un hueco en la Plaza Mayor o en otro sitio... Un horario "en el que te levantas, te pones a andar para desayunar, te pones a andar hasta el sitio de comer, te pones a andar hasta el sitio donde puedes cenar. Te puedes hacer 30 km. Esa es la vida en la calle", como dirá, al caer la noche, un afgano que duerme en la misma Plaza Mayor que Tomás dejó atrás. 
Él no se queja. No. Tomás coge el metro después de sus clases y a la una se marcha a tomar algo en un comedor gratuito, y en media hora sale "espantadito para acá". Acá es la calle Carretas, donde cumple puntual su horario vespertino: de una y media a cinco y media pidiendo, día tras día, escuchando "venga, que de la calle se sale", confirmando que, "si te ven limpito, la gente se enrolla”, respondiendo con una sonrisa y agradeciendo los 10 euros que se suele sacar por esas cuatro horas. De ahí marcha a la Plaza Mayor —donde deja su cartel, escondido en un pasadizo y al cuidado de un hombre mayor, también 'sin techo'— y de vuelta al albergue. Ducha y a la cama. "Esto no es fácil. No mola dormir en cualquier sitio. Yo lo hacía en la Plaza Mayor porque allí pasan los nacionales y está más controlado", dice, aunque añade también que las cosas han cambiado: "Cuando en España había trabajo, en la calle estaba el yonqui, el drogata. Ahora no. Ahora es gente que se queda sin curro y [cambia la persona del verbo] te ves tan mal, tan mal, que acabas aquí”.
Lola (nombre ficticio), camionera. (Foto: A.G.)Lola (nombre ficticio), camionera. (Foto: A.G.)Lo corrobora Julia Almansa, vicepresidenta de Faciam (Federación de Asociaciones de Centros para la Integración y Ayuda de Marginados) y directora de la obra social del Centro Luz Casanova. Desde el año 2012, cuando se recabaron los datos del INE, han detectado “un incremento y una modificación en el perfil de las personas que atendemos. Aumenta la población española, y entre la inmigrante entran personas que ya tenían un proyecto de larga duración en España, pierden el empleo y esto les lleva a una situación de irregularidad administrativa”, lo que desemboca en una “exclusión sobrevenida”. Hay una parte producida por la crisis: se trata, sobre todo, de personas que estaban ya “en una situación de vulnerabilidad, pero que se mantenían con trabajos precarios, y ya no”. “Ha cambiado el perfil y se han incorporado grupos de población que hasta hace poco tenían una situación ‘normalizada’”, confirman también desde Cruz Roja.
El próximo 24 de noviembre, Faciam reivindica con diversos actos en toda España el Día de los Sin Techo, que en esta ocasión está centrado en la salud de unas personas que padecen en un 30% enfermedades crónicas (16% de ellas, mentales): “Nos gustaría pedir a la Administración que se garantice el acceso al sistema de salud a todos y que se planifiquen estrategias de salud mental”, declara Almansa. La reivindicación ante la sociedad es que “sea consciente de la invisibilidad a la que están sometidos. Muchos de los que acuden a un centro te dicen que hasta llegar a él no han cruzado una sola palabra con nadie”.
“Lo que peor llevo es la indiferencia”, cuenta Lola, que no se llama así, pero prefiere que así se la mencione en este texto. Tiene 36 años y un camión que dejó aparcado en un pueblo de la sierra de Madrid cuando, hace un año, se acabaron los ahorros, el desempleo, todo, y la única solución que vio fue bajar a la capital. Ha dormido en la calle y en un coche (cuando hacía demasiado frío) y ahora en una habitación que les han dejado a ella y a su pareja en una casa okupada, sin luz ni agua. Él, de hecho, anda ahora llenando una garrafa de 25 litros en una de las pocas fuentes que quedan en la capital, para poder utilizarla luego.
Lo último que cobró Lola, hace dos años, fue el subsidio de desempleo. Había trabajado con el camión, como auxiliar en una fundación para discapacitados, repartiendo publicidad, en la vendimia, en Francia, “pero este año no hay trabajo, demasiada gente”… Ahora hace malabares en el centro de Madrid. Se saca, junto a su pareja, unos 15 euros, y ella da las gracias a los que le dan unos céntimos y a los que no, pero al menos le contestan, porque lo que más le duele “es el desprecio de la gente: hay quien te mira mal, y flipo porque a lo mejor tengo más estudios (hasta 3º de bachiller y la Escuela de Artes y Oficios) y más cultura que ellos”.
José María, cinco días en la calle. (Foto: A.G.)José María, cinco días en la calle. (Foto: A.G.)Hay 4.513 mujeres que, como Lola, malviven donde pueden (han pasado del 17,3% en 2005 al 19% en 2012) y que, como ella, quizá hayan pasado miedo más de una ocasión. “Cuando eres una mujer y estás sola… Una vez tuve que salir corriendo de un grupo de chicos que salieron de un coche, con la cabeza rapada y el bate en la mano. Y luego están los hombres que piensan que, si estás pidiendo, es que vas a hacer cualquier cosa por 20 euros”. A Lola no hace falta decirle que un 51% de las personas sin hogar han sido víctimas de un delito o agresión. Ella, desde hace un tiempo, no sale sin su perro: “Lo cogí como defensa”.
José María, que aguarda su turno al caer la noche para recibir un bocadillo en un comedor del centro, pertenece a dos de los grupos que, según el INE, más crecieron entre 2005 y 2012: el de los que llevan menos de un año en la calle (32%) y el de las personas entre 45 y 64 años (38%). Él tiene 49, y lleva, dice, cinco días en la calle, tras varias disputas familiares. Tiene reconocida una invalidez, pero este mes, según cuenta, ha cambiado de banco y no le ha llegado el ingreso. Duerme en un albergue. “La calle está jodida”, resume.
Otro grupo de edad que casi se duplicó entre las dos encuestas del INE es el de los mayores de 64. En la cola del comedor de José María está también Adolfo, de 73 años, que no vive ni en un albergue ni en la acera, sino en una pensión, y que muestra con orgullo su carné de payaso. Una profesión que, cuenta, sigue ejerciendo, “pero no en la calle… Yo soy un artista. Voy donde me llaman”. La actitud de Adolfo –o Fito, su nombre artístico— y la de Tomás contrastan con la voz que se quiebra de Eduardo, 71 años y 431 euros de pensión, que le dan para pagar una habitación de 210 y poco más. Ahora cuenta con ese techo, pero estuvo en un albergue durante última campaña del frío del Ayuntamiento de Madrid (las fechas varían, pero suelen ir de noviembre a marzo en todas las capitales).
Eduardo, 71 años. (Foto: A.G.)Eduardo, 71 años. (Foto: A.G.)Eduardo aguarda, a la mañana siguiente, el desayuno en el comedor Ave María, de la calle Doctor Cortezo, “uno de los mejores de Madrid (un gran café caliente, un bocadillo, a veces tostadas), ante el que desde las 9 hasta las 11 de la mañana se forma una cola de unas 50 personas que desaparece por la puerta del comedor cada cierto tiempo, sólo para volver a formarse, a los pocos minutos, con otras tantas. De lejos, podría parecer la cola de los cines Ideal —en la puerta de al lado—, si no fuera porque muchos de los que allí esperan llevan bolsas, mochilas, bultos. Eduardo, en cambio, sujeta sólo un cartera: “Llevo galletas, un vaso y sacarina, porque soy diabético”, explica. Era conductor (“taxis, camiones, de todo”) y tenía dos pisos, uno que tuvo que entregar a su mujer tras el divorcio y otro que, según relata, ha vendido su hijo, sin darle nada a cambio. “¿Por qué? Por el egoísmo del dinero. Le pedí hasta dormir en el coche y no me dejó”, narra.
A ese mismo comedor irá, hacia las 11, José María —hoy ya cumple seis días en la calle—, y después intentará que le dejen aparcar algunos coches, a ver qué saca, hasta que llegue la hora de la siguiente parada en la rígida ‘agenda’ de los 'sin techo': el comedor, el reparto de cafés, de bocadillos, la hora del albergue. Cerca está Antonio, sevillano, de 40 años, que la noche anterior, en la Plaza Mayor, decía con guasa: “Yo en la calle estoy muy bien”. Antonio lleva desde los 12, cuando se fue de casa, sin techo a ratos, a ratos en la cárcel, a ratos en el extranjero y a ratos hasta con casa y casado (y con hija), y se conoce muy bien a los que duermen calle. A los que llevan mucho así y a los que no: “Cuando a alguno lo ves con muchas bolsas, es que lleva poco tiempo. La primera noche no les pasa nada, pero a la cuarta se vuelven majaretas. Si quieres ver a los de Madrid, vete a Sevilla, ahí están todos. Y al revés: a nadie le gusta quedarse sin trabajo y que su gente le vea así”.
Antonio no piensa salir de la calle hasta el improbable momento en que “los de allí [y señala a la Casa de la Panadería, en una vaga alusión en la que caben las autoridades, los políticos y hasta los indigentes extranjeros de enfrente] no dejen de robar”. Eduardo, con una pensión que le impide trabajar y no le da para vivir, no ve futuro. Otra de las cosas que han cambiado en estos últimos años, según apunta Julia Almansa, es que se alarga el tiempo de permanencia en la calle —“que es muy peligrosa, muy dañina”—, porque para eso se necesita un refuerzo social, que ha disminuido con la crisis, otro laboral (ídem) y también uno personal, que permita dar soluciones individualizadas a cada uno de ellos: “Hay más dificultades para encontrar trabajo; las ayudas para que tengan unos ingresos mínimos han disminuido… En una situación de calle la pérdida de derechos que ha provocado la crisis resulta mucho más peligrosa”, narra la vicepresidenta de Faciam.
Aun así, Tomás sigue acoplando sus clases de ESO a su horario de ‘sin techo’. Lola, buscando en portales de empleo cualquier cosa a la que agarrarse. No pide mucho: “Unos zapatos de invierno, unos de verano y unas zapatillas de casa”. Y un techo, claro está, bajo el que usarlas.