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domingo, 12 de junio de 2016

PRENSA. SÁHARA OCCIDENTAL. "Escuelas en el desierto"

   En "El País":

Escuelas en el desierto

Para los niños con discapacidad de los campamentos saharauis no es fácil ir al colegio

Un grupo de profesoras ha impulsado la creación de centros especializados en su cuidado

 Sahara Occidental 7 ABR 2015  

  • Un niño juega con un avión de juguete en uno de los centros para discapacitados de los campamentos saharauis. / JAVI JULIO (NERVIOFOTO)


    "Al principio había gente que tiraba piedras al tejado de la escuela y nos llamaba locas", recuerda Fátima, directora del centro de discapacitados de Dajla, uno de los campamentos de refugiados saharauis de la provincia de Tinduf, en el desierto argelino. Este 2015 se cumplen 40 años desde la ocupación del Sahara Occidental por parte de Marruecos. Desde entonces, alrededor de 180.000 saharauis viven como refugiados en este territorio.
    Fátima no es una docente cualquiera; posee el honor de ser una de las primeras y mayores impulsoras de la educación para niños con patologías mentales y físicas en los asentamientos. Pero ella, por entonces, aún no lo sabía.  "Estudié Educación Infantil en Cuba y, al regresar a los campamentos, comencé a trabajar en una guardería". Corría 1993 y la guerra que mantenían el Frente Polisario y Marruecos había entrado en tablas hacía unos meses. Comenzaban entonces las negociaciones y pronto, el esperado referéndum y la solución al conflicto. "Pensé que estaría trabajando aquí sólo por un tiempo", confiesa mientras baja la mirada y esboza una mueca amarga.
    Mientras ajusta con sus manos una colorida melfa sobre su cabeza, mira hacia el suelo e intenta ordenar sus recuerdos. Y la sonrisa se dibuja otra vez. "Conmigo habían regresado varias amigas más que habían terminado cursos de Educación Especial y, entre las cuatro, intentamos buscar una solución para las personas con deficiencia mental que fueran más allá de lo asistencial".

    Teníamos energía, queríamos construir centros pero no sabíamos por dónde empezar
    Fátima, profesora
    Hasta entonces, los discapacitados vivían apartados o vagaban por la calle, pasando el tiempo sin hacer nada. Otros no salían de sus jaimas. Y a pesar de que algunos se matriculaban en las escuelas ordinarias, no acudían al colegio por miedo o vergüenza de sus familiares. Por aquel entonces, sólo existía un centro para discapacitados en los campamentos. Estaba en el de Smara y fue bautizado como el centro de Castro porque su creador fue un cubaraui, es decir, uno de los saharauis que fueron acogidos y educados en Cuba. "Teníamos energía, queríamos construir centros para todas las wilayas (campamentos saharauis), pero no sabíamos muy bien por dónde empezar", afirma Fátima.
    Tras hablar con varias asistentas que tenían un registro de personas con deficiencias, decidieron dar un paso más. Fátima dejó su trabajo en la guardería y se centró en la creación de estas escuelas. "Al principio nos dedicábamos a ir de jaima en jaima buscando a los chicos, hablando con sus familias... No tuvimos una gran acogida", recuerda, "aunque unas pocas accedieron".
    En estos duros inicios, cuando hay que construir desde cero la creación de las escuelas, comienza la lucha contra las supersticiones o viejos mitos. "¿Para qué quieres llevarte a mi hijo? No sabe hacer nada, no anda, se cae... Sólo mira al cielo y ríe sin sentido", espetaban algunas madres. Respuestas de este tipo ponen a prueba la determinación de estas cuatro mujeres, que no cejan en su empeño. Entonces comienza el trabajo explicando la necesidad de estar escolarizados, de juntarse con otros chicos, de hacer valer su potencial. Al principio, muchas familias se negaban a reconocer la discapacidad de sus hijos, incluso cuando éste era evidente, pues lo consideraban una vergüenza para la familia.
    "El trabajo con los parientes durará años", afirma Mamia Brahim. Mamia, como Fátima, es también directora de un centro de educación especial, en este caso en la wilaya de Auserd. Formada gracias a la ayuda de varias becas, estudia entre Argelia e Italia, de donde conserva el acento cuando intenta chapurrear algunas palabras en castellano. Yamila, como se la conoce en el centro, es una mujer de pequeña estatura pero llena de energía. Llegó siendo una niña con su familia a Tindouf en 1975, huyendo de las bombas y del napalm. El paso del tiempo le ha hecho olvidar Smara, la ciudad del Sahara Occidental donde nació, de la que afirma ya no recordar nada. "La gente no confiaba mucho en nuestro trabajo. Durante años estuvimos trabajando con las familias para que trajeran a sus hijos al centro y vieran nuestro trabajo y se concienciaran. Fueron años duros".
    Sin embargo, ese trabajo de hormiga ha dado con el tiempo sus resultados. "Hemos conseguido que las madres acudan con sus hijos o que vengan a resolver dudas o a buscar orientación cuando éstos son pequeños", afirma la profesora.
    Una vez que logran que varias familias se comprometan a llevar a sus hijos a la nueva escuela, queda por resolver el problema del espacio. "Fuimos a hablar con el gobernador explicando nuestras intenciones y se mostró receptivo: nos cedió un local para trabajar. Ya teníamos un local,  pero ni siquiera había sillas donde sentarnos", exclama entre risas Fátima. "Entonces comenzó la búsqueda de material entre las escuelas ordinarias, consiguiendo que nos cedieran mobiliario, libretas, pinturas...".
    Los refugiados saharauis dependen casi por completo de la ayuda internacional por lo que, al comienzo, la búsqueda de material se emprende dentro de los campamentos, algo que limita el éxito porque no hay muchos lugares a donde ir. "La falta de recursos se suplía con la ilusión del comienzo" sentencia Fátima.

    La integración de los talleres

    Un turbante negro protege a Mohamed Salem Hamudi del implacable sol del desierto. Viene de Rabuni, el campamento donde se encuentran todos los ministerios de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), de donde acaba de terminar una reunión. Su papel como director de los centros es coordinar sus actividades, preparar los viajes de los niños saharauis que pasan los veranos en España, cursos con cooperantes... "No hay tiempo para aburrirse" afirma divertido.
    Al entrar en la jaima, se descalza y comienza a saludar a sus primos. Se tumba en el suelo y busca acomodo con ayuda de un cojín. Ha sido un día interminable. Lembrabit, uno de sus primos, atiza unas brasas y pone a calentar agua en una tetera. En un rato comenzará el ritual del té.
    Mohamed, o Paisano, como le conocen sus vecinos tras su paso por Cuba, lleva coordinando las escuelas desde hace más de 10 años. Este saharaui con acento cubano comienza a haciendo una fotografía de la situación actual:

    Más de 200 alumnos acuden ya a las escuelas donde, además, reciben la comida del día
    "Las cosas han cambiado mucho desde aquellos primeros años. En total hay cinco centros para discapacitados y cuatro más para ciegos. Más de 200 alumnos acuden diariamente a las escuelas donde, además, reciben la comida del día", señala con orgullo. Hay más niños matriculados, pero la falta de transporte las enfermedades o la necesidad de cuidados más específicos les impide acudir, como sus compañeros, con regularidad.
    Los talleres de las escuelas cumplen una función integradora. Hay cursos de carpintería, donde los alumnos hacen puertas y ventanas, o de costura, donde las chicas cosen vestidos o banderas. Los ingresos que logran con su venta son para auto financiarse. "Por ahora no es mucho lo que conseguimos", confiesa Mohamed, "porque dependemos por completo de la ayuda internacional, pero la idea es esa". Mientras tanto, cumplen con su cometido creando sentimientos de confianza y autonomía en sus usuarios para cuando les llegue la hora de comenzar a trabajar.
    El tiempo libre escasea. Además de las actividades educativas, dentro de varias semanas se celebrará, como todos los años, el Sahara Marathon, un acontecimiento en el que también colaboran las escuelas de educación especial. En ediciones anteriores, varios de los alumnos corrieron acompañando a los atletas.
    El té comienza a hervir, y Lembrabit lo reparte lentamente entre varios vasos, volcando el líquido una y otra vez. Por un momento, se hace el silencio en la habitación. Paisano saborea su té dando pequeños sorbos. El sonido de su teléfono móvil interrumpe el descanso. Se levanta y lentamente, comienza colocarse el turbante de nuevo. Varios cooperantes acuden al campamento para realizar un curso de formación para el profesorado, y tiene que ir a buscarlos. "Cómo ves, esto es un no parar", se disculpa antes de salir. "Siempre queda trabajo por hacer".

    sábado, 9 de abril de 2016

    PRENSA. "¿Puede una película mejorar la educación en América Latina?"

       En "El País":

    ¿Puede una película mejorar la educación en América Latina?

    El documental 'El aula vacía' pretende ser un aldabonazo visual para que la deserción escolar esté en la agenda pública de los gobiernos y la sociedad civil

    Fotograma de trailer del documental 'El aula vacía'.
    Fotograma de trailer del documental 'El aula vacía'.

    Hay películas que te cambian la vida. O por lo menos eso dicen. Para probar la hipótesis, de forma poco experimental, pero práctica, decidí preguntar a mis amigos si había alguna película en esta categoría. La respuesta fue un rotundo “sí”.
    A algunos la gran pantalla les enseñó a ser optimistas. Siempre. Aun en las situaciones más difíciles. Quién no recuerda La vida es bella de Roberto Benigni, la historia de un padre que en un campo de concentración nazi crea un mundo de fantasía para proteger la inocencia de su hijo. La lección aprendida es que lo importante no es tanto lo que pasa sino cómo lo vives. La leyenda del indomable, con una actuación estelar de Paul Newman, nos muestra que no poseer nada puede ser bueno. Él que poco tiene que perder y puede ganar mucho. “Luke me enseñó que no hace falta demasiado para salir adelante, solo carácter”, señaló uno de mis amigos. Y añadió: “Nadie te puede derrotar sino te das por vencido”. Y una de mis encuestadas me comentó cómo cambió su forma de consumir tras ver Historias de dos ciudades.
    Otras películas te salvan la vida, literalmente. Este es el caso de Thin Blue Line. La cinta mostró que Randall Dale Adams, que estaba en el corredor de la muerte, no era un asesino. Tras la película se le hizo otro juicio y salió de la cárcel.
    En otras ocasiones, el cine ha hecho que empresas y gobiernos cambien sus políticas. ¿Se acuerdan de Super Size Me? Tras la película, McDonald’s dejó de vender los combos gigantescos. O Bowling for Columbine de Michael Moore, sobre la violencia con armas de fuego, que hizo que Kmart dejara de vender armas. O Una verdad incómoda, de Al Gore; uno de los documentales más taquilleros en la historia de EE UU que no solo contribuyó a que ganase el Premio Nobel de la Paz sino que hizo del cambio climático un tema atractivo.
    Con todos estos antecedentes, la pregunta es: ¿se podría hacer una película que nos ayude a mejorar la educación en América Latina? La necesidad es clara, en la región casi la mitad de los jóvenes no acaba la etapa secundaria. Déjenme que lo repita de nuevo. En las aulas de América Latina no están la mitad de los jóvenes que deberían estar.

    ¿Sería entonces posible mostrar de forma cautivadora, no dogmática y con pasión los retos de millones de jóvenes en lugares tan diversos como San Salvador y Montevideo para acabar la escuela, y en menos de dos horas? ¿Podríamos reclutar al mejor talento de América Latina para contar una historia universal con voces locales? ¿Tendríamos compañeros de viaje para esta aventura? La respuesta, de nuevo, fue un rotundo sí. Así nació la película El aula vacía.
    Gael García Bernal se convirtió en nuestro director creativo, y con él vinieron 11 fabulosos directores de cine que cuentan 10 diferentes historias desde una óptica muy personal. Por ejemplo, Pablo Fendrik, director de El ardor y La sangre brota, entiende muy bien la importancia de acabar la secundaria. Él no lo hizo, y sabe lo duro que puede ser la vida sin educación. A él le salvó el cine, su pasión, pero reconoce ser la excepción.
    Mariana Chenillo, desde México, retrata los obstáculos que enfrentan los jóvenes con discapacidades. En su corto Chenillo cuenta qué pasa si eres sordo en un mundo de oyentes y quieres ir a la escuela. Tras verlo, uno se queda con la duda de si el protagonista es sordo o si el sordo es el sistema escolar al no escuchar las necesidades de los jóvenes.

    Así se hizo el documental 'El aula vacía'.
    La violencia, el tema que más preocupa a los ciudadanos en América Latina, tampoco se escapó de El aula vacíaTatiana Huezo señala cómo la educación es una herramienta poderosa para prevenir la violencia. Pero la trágica paradoja es que, en algunos lugares, hasta las propias escuelas son peligrosas y eso es lo que Huezo muestra en su corto desde El Salvador. Carlos Gaviria, desde Colombia, también investiga los vínculos entre la deserción escolar, la violencia y el bullying. Y va más allá preguntándose qué rol debe jugar el sistema educativo al integrar a los jóvenes que han vivido situaciones de violencia.
    El aula vacía no busca cambiarte la vida, pero sí pretende poner su grano de arena para que la deserción escolar esté en la agenda pública de los gobiernos y la sociedad civil. Busca que millones de jóvenes tengan una mejor educación y pasen más tiempo en las aulas aprendiendo, formándose. Déjenme que me corrija: El aula vacía sí busca cambiar la vida. ¿Nos ayudas?
    Gador Manzano es especialista en comunicaciones del departamento de relaciones externas Banco Interamericano de Desarrollo  (BID).

    sábado, 2 de abril de 2016

    PRENSA. "El último Azaña". Santos Juliá

       En "El País":

    El último Azaña

    Lejos de la vida pública, el presidente de la República dedicó su tiempo en el exilio a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final. Murió hace 75 años, falto de todo poder pero lúcido en su razón y en su palabra


    NICOLÁS AZNÁREZ


    No hay nada que hacer: con esas palabras terminó Vicente Rojo, general jefe del Estado Mayor Central, su análisis de la situación ante los presidentes de la República y del Gobierno, Manuel Azaña y Juan Negrín, en la reunión que mantuvieron la noche del 28 de enero de 1939 cerca de la frontera francesa. Rojo presentó pocos días después un informe al Consejo de Ministros en el que, “para terminar la guerra de una manera digna”, proponía un plan de rendición muy simple: anunciar la suspensión de hostilidades y enarbolar en todas las unidades bandera blanca a la misma hora. El Gobierno no se atrevió a tomar tal decisión, la guerra continuaba y los reunidos atravesaron el 5 y el 9 de febrero la frontera, Negrín para volver de inmediato a la zona Centro-Sur; Azaña y Rojo, con la firme decisión de no regresar.
    Manuel Azaña había insistido, desde que la batalla de Teruel culminó con la llegada de las tropas franquistas al Mediterráneo, en la necesidad de poner fin a la guerra por medio de una mediación internacional. Juan Negrín, sin embargo, mantuvo su política de resistir es vencer planeando en el Ebro una nueva batalla decisiva, de las que valen en teoría para cambiar el curso de una guerra. Pero la singular estrategia de resistir pasando al ataque acabó en un segundo y, ahora sí, decisivo derrumbe del frente republicano, que abrió a Franco las puertas de Cataluña sin encontrar apenas resistencia. Y en este punto, ya no había nada que hacer: la guerra había terminado en derrota para la República.
    Azaña no regresó, pues, a la zona Centro-Sur, y Francia y Gran Bretaña le pusieron en bandeja la ocasión de dimitir cuando reconocieron al general Franco como jefe del nuevo Estado español y procedieron al intercambio de embajadores. Al día siguiente, Azaña dimitió, provocando las iras de quienes aún mantenían la política de resistencia. En la reunión que la Diputación Permanente del Congreso celebró en París el 31 de marzo, Negrín afirmó que la decisión del presidente influyó “de manera decisiva en el proceso de descomposición y rebeldía militar” contra su Gobierno y en el reconocimiento de Franco por parte de Francia y de Inglaterra. Dolores Ibarruri, por su parte, acusó a Azaña de haber traicionado a “este pueblo que durante tres años había estado vertiendo su sangre en defensa de la República”.
    No hacían falta estas condenas de los suyos para que, en el bando de sus enemigos, se repitiera lo que de él se venía diciendo de tiempo atrás: que era un engendro espurio, aborto de logias, pervertido, cruel, infame, una bolsa de odios y de fracasos, que alimentaba un orgullo satánico en anónimas jornadas de burócrata oscuro, incapaz de ternura, ajeno a la emoción, dominado por el resentimiento. Un sapo, una hiena, un monstruo de vientre gelatinoso. Y para colmo, un delincuente común, un forajido, un ladrón que huyó de España llevándose un cargamento de joyas y piedras preciosas, de collares y alhajas, varios lingotes de oro y un cofre conteniendo millones de monedas extranjeras.

    En la derrota fue determinante la política de no intervención de Francia e Inglaterra
    Azaña, mientras tanto, convencido de que la guerra había aniquilado su utilidad política, echó, como él mismo dijo, por el solo camino que le habían dejado: “Un apartamiento radical, del que ha venido a ser símbolo fortuito mi reclusión en esta aldea”, Collonges-sous-Salève, a un paso de la frontera suiza. Hasta allí le llegó noticia de lo que de él decían unos y otros, y hasta allí llegó también la propuesta de firmar, junto al presidente de Cataluña y al presidente de Euskadi, un mensaje que una asociación republicana de amigos de Francia, dividida en tres secciones, española, vasca y catalana, pensaba dirigir al Gobierno francés. Azaña se negó a firmar diciendo que si catalanes y vascos querían continuar en la emigración los costosísimos dislates que habían cometido durante la guerra, allá ellos, y que si pensaban “recobrar la República y hacer la burra nuevamente, sobre la base de las nacionalidades y dels pobles iberiques están lucidos”. Por hacer la burra se refería quizá a los sucesivos memorandos que habían presentado vascos y catalanes al Foreign Office y al Quai d’Orsay en abril, junio y octubre de 1938 con planes de mediación sobre la base de una división territorial de España en cuatro zonas, presentándose ellos como una tercera fuerza, un grupo moderado, “equidistante de los dos elementos extremistas ahora en guerra”. España dividida en cuatro: Cataluña, Euskadi, y los dos Spanish parties now fighting.¿Un dislate? Sí, y también una continuada deslealtad a la República.
    Lejos de la política, dedicó su tiempo a escribir sobre las causas de la guerra y de su catastrófico final: ninguna duda sobre el crimen de lesa patria cometido por los rebeldes, ni lo determinante que fue para su triunfo la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista, tanto como la ciega política de no intervención de Francia e Inglaterra. Pero ninguna duda tampoco sobre el papel que en la derrota tuvieron “los desmanes, la indisciplina y los fines subalternos” del campo republicano, con la revolución sindical, las divisiones en los partidos y el “eje Bilbao-Barcelona”. El resultado no podía ser más desolador: la República había muerto y nada podría restaurar las condiciones mínimas de convivencia entre españoles “mientras vivan las generaciones actuales”.

    Al final de sus días aspiró a que unos cientos de personas dieran fe de que no fue un bandido
    Estas fueron solo algunas de las “verdades penosas de decir, ásperas de oír”, que Azaña no ahorraba a sus lectores, convencido de que la historia de la guerra civil, de sus antecedentes y de sus resultados, “será una gigantesca mixtificación, y que las generaciones hoy vivientes nunca conocerán la verdad”, como había escrito a Lafora en plena guerra. Ahora, en el exilio, esa convicción se convirtió en amarga evidencia cuando sintió caer sobre España la mezcla de crueldad y estupidez fundidas en el nuevo régimen, cuyos “amos y rectores incluyen en el generalato a la Virgen de Covadonga y fusilan en nombre de Nuestro Señor Jesucristo”, según escribió a Blanco Amor.
    A él también pretendieron fusilarlo. Varios esbirros de Falange, con Pedro Urraca al frente, acecharon la ocasión de secuestrarlo con el propósito de someterlo a un consejo de guerra y llevarlo al paredón, como ya había ocurrido con Lluís Companys, y como ocurrirá con Julián Zugazagoitia, Francisco Cruz Salido y Joan Peiró. Azaña logró escapar de su residencia en Pyla-sur-Mer, con los alemanes pisándole los talones, hasta llegar a Montauban. Allí, en el Hotel de Midi, convertido en un despojo, solo aspira “a que queden unos cientos de personas en el mundo que den fe de que yo no fui un bandido”. Entre ellos quedó el eminente historiador Ramón Carande, que muchos años después decía a sus amigos: hay que leer a Azaña; ustedes, los jóvenes, tienen que leer a Azaña. También a este último Azaña, desaparecido hoy hace 75 años, falto de todo poder, pero tan lúcido como siempre en su razón y en su palabra.
    Santos Juliá es historiador.

    miércoles, 23 de marzo de 2016

    PRENSA. CIENCIA. "¿Qué ocurre después de la muerte?"

       En "El País":

    ¿Qué ocurre después de la muerte?

    La mayoría preferimos no pensar en lo que sucede con nuestro cuerpo cuando morimos. Pero esa descomposición es el origen inesperado de una nueva vida


    'Lección de Anatomía del doctor Jan Deyman', del pintor holandés Rembrandt.

    “No va a ser fácil quebrar esto”, dice Holly Williams, de la funeraria, mientras levanta el brazo de John y dobla con delicadeza los dedos, el codo y la muñeca. “En general, cuanto más reciente es un cadáver, mejor se trabaja con él”.
    Williams habla en voz baja, con una despreocupación que contrasta con la naturaleza de su labor. Creció en el norte de Texas, en la funeraria familiar donde trabaja, y ha visto y manipulado cadáveres casi a diario desde la infancia. Unos mil cuerpos, calcula a sus 28 años. Su trabajo consiste en recoger cuerpos de personas recién fallecidas en el área de Dallas-Fort Worth y prepararlos para su funeral.
    “La mayoría los recogemos en residencias de ancianos”, dice Williams, “pero a veces traemos gente que ha muerto por herida de bala o en un accidente de circulación. Pueden llamarnos para que vayamos a por alguien que murió en soledad hace días o semanas, alguien que ya ha empezado a descomponerse, lo que dificulta el trabajo”.

    Lejos de estar muerto, un cuerpo en descomposición rebosa de vida
    John llevaba unas cuatro horas muerto cuando su cuerpo fue trasladado a la funeraria. Había gozado casi siempre de una salud razonable. Su trabajo de toda la vida, en las explotaciones petrolíferas de Texas, lo mantenía activo y en forma. Llevaba años sin fumar y no abusaba del alcohol. Hasta que una fría mañana de enero sufrió un infarto en su casa (por complicaciones inesperadas, al parecer), cayó al suelo y murió casi en el acto. Tenía apenas 57 años.
    La mesa metálica de Williams acoge ahora el cuerpo de John cubierto con una sábana blanca de lino, frío y duro al tacto y con la piel entre gris y purpúrea, síntomas claros de que la descomposición ya ha empezado.

    Autolisis

    Lejos de estar muerto, un cuerpo en descomposición rebosa de vida. Cada vez hay más científicos que hacen del cadáver la piedra angular de un ecosistema vasto y complejo que surge poco después de la muerte, y prospera y evoluciona a medida que la descomposición avanza.
    La descomposición empieza unos minutos más tarde de la muerte con un proceso llamado autolisis, o autodigestión. Poco después de que el corazón se pare, las células se quedan sin oxígeno y su acidez aumenta a medida que los derivados tóxicos de las reacciones químicas se acumulan en su interior. Las enzimas comienzan a digerir las membranas celulares antes de filtrarse por las células rotas. El proceso suele empezar en el hígado, rico en enzimas, y en el cerebro, que tiene un alto contenido en agua. Finalmente, todos los tejidos y órganos se colapsan del mismo modo. Rotos los vasos sanguíneos, las células se depositan, por efecto de la gravedad, en los capilares y las venas pequeñas, decolorando la piel.

    La descomposición es un final, un recordatorio morboso de que toda la materia del universo debe obedecer estas leyes fundamentales. Nos desbarata, equilibrando nuestra masa corporal con su entorno, reciclándola para que otros seres vivos puedan usarla
    La temperatura corporal empieza a caer también, hasta adaptarse al entorno. Es el momento del rigor mortis –“la rigidez de la muerte”-, que comienza por los párpados, la mandíbula y los músculos del cuello y sigue con el tronco y las extremidades. En un cuerpo vivo, las células musculares se contraen y se relajan gracias a la acción de dos proteínas filamentosas (la actina y la miosina), que se deslizan a la par. Tras la muerte, las células se ven privadas de su fuente de energía y los filamentos proteicos quedan inmovilizados. Esto provoca la rigidez de los músculos y la parálisis de las articulaciones.
    En estas primeras fases, el ecosistema del cadáver está formado sobre todo por bacterias que viven en y del cuerpo humano vivo. Nuestro cuerpo alberga una enorme cantidad de bacterias. Cada superficie, cada rincón del cuerpo es un hábitat para comunidades de microbios específicas. Con diferencia, la mayor de estas comunidades está en el intestino, donde residen billones de bacterias de cientos o miles de especies diferentes.
    La microbiota [conjunto de microorganismos localizados en distintos sitios del cuerpo humano] es un tema apasionante para muchos biólogos. Se le han asignado diversos papeles en la salud humana y se la asocia a miles de afecciones y dolencias, desde el autismo y la depresión hasta el síndrome del colon irritable y la obesidad. Pero es poco lo que sabemos de estos parásitos microbianos. Y menos aún lo que sabemos de ellos cuando morimos.


    'El entierro del señor de Orgaz', de El Greco, ubicado en la parroquia de Santo Tomé de Toledo.
    En agosto de 2014, la científica forense Gulnaz Javan, de la Universidad Estatal de Alabama en Montgomery, y sus colegas publicaron el primer estudio sobre lo que llamaron thethanatomicrobiome (del griego thanatos, “muerte”).
    “Muchas de nuestras muestras proceden de casos criminales”, dice Javan. “Alguien se suicida, o es asesinado, o muere por una sobredosis o en un accidente de tráfico, y yo recojo muestras de tejido del cuerpo. Hay cuestiones éticas que nos obligan a solicitar un consentimiento”.
    La mayoría de los órganos internos están libres de microbios mientras vivimos. Poco después de la muerte, sin embargo, el sistema inmune deja de funcionar, lo que permite su expansión por todo el cuerpo. Es algo que suele empezar en las tripas, en el cruce entre los intestinos grueso y delgado –y enseguida en los tejidos vecinos-, de dentro afuera. Alimentándose del cóctel químico que se escapa de las células dañadas, los microbios invaden los capilares del sistema digestivo y los nódulos linfáticos y se propagan por el hígado y el bazo antes de pasar al corazón y el cerebro.
    Javan y su equipo trabajaron con muestras del hígado, bazo, cerebro, corazón y sangre tomadas de 11 cuerpos entre 20 y 240 horas después de su muerte. Para analizar y comparar el contenido bacteriano de cada muestra, combinaron técnicas bioinformáticas con dos tecnologías punteras en secuenciación de ADN.
    Las muestras tomadas de los órganos de un cadáver eran muy semejantes entre sí pero muy distintas de aquellas tomadas de esos mismos órganos en otro cuerpo. La explicación, en parte, podría estar en las diferencias en la composición de la microbiota de cada cadáver, o bien en las diferencias en el tiempo transcurrido desde la muerte. Un estudio anterior con ratones en descomposición demostró que si bien la microbiota cambia considerablemente después de la muerte, ese cambio es uniforme y mensurable. Los científicos lograron reducir a un lapso de tres días el período en que había fallecido una persona que podía llevar casi dos meses muerta.

    Tras la muerte, las células se ven privadas de su fuente de energía y los filamentos proteicos quedan inmovilizados. Esto provoca la rigidez de los músculos y la parálisis de las articulaciones
    El estudio de Javan sugería que ese “reloj microbiano” podría estar aún funcionando dentro del cuerpo humano en descomposición. Demostraba que las bacterias alcanzaron el hígado unas 20 horas después de la muerte y que transcurrieron al menos 58 horas hasta que se propagaron por todos los órganos de los que se tomaron muestras. Es posible, por tanto, que tras la muerte nuestras bacterias se expandan por el cuerpo de un modo sistemático, y que la cadencia con la que se infiltran primero en un órgano interno y después en otro nos ofrezca otro modo de estimar el tiempo transcurrido desde la muerte.
    “El grado de descomposición varía entre los distintos individuos pero también entre los distintos órganos”, dice Javan. “El bazo, el intestino y el estómago, así como el útero de una embarazada, se descomponen antes, mientras que el riñón, el corazón y los huesos sufren un deterioro más lento”. En 2014, Javan y sus colegas obtuvieron una ayuda de 200.000 dólares de la National Science Foundation para continuar investigando. “Seguiremos usando tecnologías punteras de secuenciación y técnicas bioinformáticas con el fin de averiguar qué órgano es el más adecuado para establecer la hora de la muerte. Eso es algo que todavía no está claro”, dice.
    Lo que sí parece claro es que las fases en la descomposición de un cuerpo dependen de la composición bacteriana.

    Putrefacción

    Hay media docena de cadáveres, en diversos estados de descomposición, desparramados entre los pinos de Huntsville, en Texas. En el centro del recinto están los dos últimos en llegar, con los brazos y las piernas en cruz, la piel fláccida y cárdena aún intacta, y la caja torácica y los huesos pélvicos visibles entre la carne que se pudre lentamente. Unos metros más allá hay otro cadáver, reducido a su condición de esqueleto, con la piel negra y endurecida pegada a los huesos, como si llevara un traje de látex y un casquete en la cabeza. Al fondo, tras unos restos esqueléticos diseminados por los buitres, hay todavía otro cuerpo en un armazón de madera y alambre. Está llegando al final del ciclo mortuorio, momificado ya en parte. Varios hongos, grandes y pardos, crecen allí donde una vez hubo un abdomen.
    Para la mayoría de nosotros un cadáver en descomposición es algo perturbador, cuando no repulsivo y espeluznante, una de esas cosas que luego se nos aparece en sueños. Pero para los chicos del Complejo de Ciencia Forense Aplicada del Sudeste de Texas, los cadáveres son el pan nuestro de cada día. Sus instalaciones, abiertas en 2009, ocupan casi 100 hectáreas del National Forest, propiedad de la Universidad Estatal Sam Houston (SHSU). En su interior hay un terreno de 3 hectáreas de bosque espeso que ha sido aislado y subdividido por medio de alambradas de 3 metros erizadas de púas.

    El ecosistema del cadáver está formado sobre todo por bacterias que viven en y del cuerpo humano vivo. Cada superficie, cada rincón del cuerpo es un hábitat para comunidades de microbios. Con diferencia, la mayor de estas comunidades está en el intestino
    A finales de 2011, Sibyl Bucheli, Aaron Lynne y sus colegas del SHSU dejaron descomponerse allí dos cadáveres recientes sin modificar las condiciones del entorno.
    Una vez que la autolisis se inicia y las bacterias van escapando del tracto gatrointestinal, comienza la putrefacción. Es la muerte molecular, la descomposición, aún más aguda, de los tejidos blandos en gases, líquidos y sales. En realidad es algo que ya había empezado, pero es con la intervención de las bacterias anaeróbicas cuando de verdad coge impulso.
    En la putrefacción, las especies bacterianas aeróbicas, que necesitan oxígeno para crecer, ceden el terreno a las anaeróbicas, que no lo necesitan. Estas comienzan a alimentarse de los tejidos corporales, fermentando los azúcares en su interior y produciendo así derivados gaseosos como el metano, el sulfuro de hidrógeno y el amoniaco, que se acumulan en el cuerpo e inflan (o “entumecen”) el abdomen y a veces otras partes del cuerpo.
    De esta forma el cuerpo se decolora aún más. A medida que las células sanguíneas escapan de los vasos en desintegración, las bacterias anaeróbicas transforman las moléculas de la hemoglobina, que llevaban el oxígeno por el cuerpo, en sulfohemoglobina. La presencia de esta molécula en la sangre es lo que da al cuerpo en plena descomposición esa apariencia translúcida, olivácea, tan característica.


    'La autopsia', del pintor valenciano Enrique Simonet.
    Con el aumento de la presión gaseosa en el interior, la superficie del cuerpo se llena de ampollas. A continuación viene la flaccidez y enseguida el desprendimiento de grandes capas de piel, que apenas se sujetan ya al armazón. Finalmente, los gases y los tejidos licuados abandonan el cuerpo, por lo común a través del ano u otros orificios, a veces por la piel desgarrada en otras zonas. Puede ocurrir que la presión sea tan grande que el abdomen se abra de golpe.
    El entumecimiento sirve a menudo para indicar la transición de las primeras fases de la descomposición a las siguientes. Otro estudio reciente ha demostrado que esa transición se caracteriza por un cambio evidente en la composición bacteriana del cadáver.
    Bucheli y Lynne recogieron muestras de bacterias de diversas partes de los cadáveres al inicio y al final de la fase de entumecimiento. A continuación extrajeron ADN bacteriano de las muestras y lo secuenciaron.
    Como entomóloga, a Bucheli le interesan sobre todo los insectos que colonizan los cadáveres. Ve el cadáver como un hábitat específico para las diversas especies de insectos necrófagos, algunas de las cuales completan su ciclo vital dentro, sobre o alrededor de los restos mortales.

    Colonización

    Cuando un cuerpo en descomposición comienza a purgarse queda expuesto al entorno. En esta fase, el ecosistema cadavérico es ya completamente autónomo: un nido de microbios, insectos y carroñeros.
    Dos especies asociadas a la descomposición son la moscarda y la mosca de la carne (y sus larvas). Los cadáveres desprenden un olor fétido, dulzón, nacido de una compleja mezcla de compuestos volátiles que cambia según progresa la descomposición. Las moscardas detectan el olor mediante receptores especializados en sus antenas, se posan en el cadáver y ponen sus huevos en los orificios y las heridas abiertas.
    Cada mosca pone unos 250 huevos que se abren en el espacio de 24 horas. Las pequeñas larvas se alimentan de la carne putrefacta y mudan en larvas más grandes, que se alimentan durante varias horas antes de volver a mudar. Tras seguir alimentándose, estas larvas, ya de mayor tamaño, se arrastran fuera del cuerpo. Entonces pupan y se transforman en moscas adultas, y el ciclo recomienza hasta que no queda con qué alimentarse.

    Es posible que, tras la muerte, nuestras bacterias se expandan por el cuerpo de un modo sistemático, y que la cadencia con la que se infiltran primero en un órgano interno y después en otro nos ofrezca otro modo de estimar el tiempo transcurrido desde la muerte
    En condiciones normales, un cuerpo en descomposición contendrá un gran número de larvas en la tercera fase. Esta “masa larval” genera mucho calor, elevando la temperatura en el interior del cadáver en más de 10ºC. Igual que una piña de pingüinos en el Polo Sur, la masa larval está en constante movimiento. Pero mientras los pingüinos se juntan para darse calor, las larvas se mueven para refrigerarse.
    “Es una espada de doble filo”, explica Bucheli en su despacho del SHSU, rodeada de enormes insectos de plástico y su colección de muñecas Monster High. “Si estás siempre en el borde, puede comerte un pájaro, y si estás siempre en el centro, te puedes cocer. Así que se mueven constantemente entre el centro y los extremos”.
    La presencia de moscas atrae a diversos depredadores, como el escarabajo de la piel, el ácaro, la hormiga, la avispa y la araña, que se alimentan de las larvas y los huevos de las moscas, o bien los parasitan. Los buitres y otros carroñeros, al igual que algunos grandes carnívoros, pueden también aparecer por allí.
    Pero son las larvas, en ausencia de carroñeros, las encargadas de eliminar los tejidos blandos. Como anotó en 1767 Carl Linneo (a quien debemos el sistema usado por los científicos para nombrar las distintas especies), “tres moscas pueden consumir el cadáver de un caballo en el mismo tiempo que un león”. Las larvas de la tercera fase saldrán por fin del cadáver en grandes cantidades, casi siempre siguiendo la misma ruta. Su actividad es tan minuciosa que sus rutas migratorias pueden apreciarse, tras la descomposición, en los hondos surcos que quedan en el suelo emanado del cuerpo.
    Cada especie que visita el cadáver tiene un repertorio único de microbios intestinales y es probable que los diferentes tipos de suelo alberguen diferentes comunidades bacterianas cuya composición esté determinada por factores como la temperatura, la humedad y el tipo y la textura del suelo.

    Dos especies asociadas a la descomposición son la moscarda y la mosca de la carne (y sus larvas). Los cadáveres desprenden un olor fétido, dulzón, nacido de una compleja mezcla de compuestos volátiles que cambia según progresa la descomposición
    Todos estos microbios se mezclan y se relacionan dentro del ecosistema cadavérico. Además de dejar sus huevos en él, las moscas que llegan al cadáver se llevan algunas de las bacterias que encuentran allí y dejan otras propias. Los tejidos licuados que se filtran a través del cuerpo permiten, por su parte, el intercambio de bacterias entre el cadáver y el suelo subyacente.
    Cuando toman muestras de los cadáveres, Bucheli y Lynne reconocen bacterias que tienen su origen en la piel del cuerpo, en las moscas y los carroñeros que lo colonizan, y también en el suelo. “Cuando un cuerpo se deshace, las bacterias intestinales empiezan a emerger, y vemos una mayor proporción fuera de él”, dice Lynne.
    De modo que es probable que cada cadáver tenga su propia firma microbiológica y que esta firma pueda cambiar con el tiempo dependiendo de las condiciones precisas del lugar de la muerte. Si se logra entender mejor la composición de estas comunidades bacterianas, las relaciones entre ellas y cómo se influyen entre sí a medida que avanza la descomposición, algún día los forenses tendrán más información del dónde, cuándo y cómo de la persona muerta.
    Por poner un ejemplo, la detección, en un cadáver, de secuencias de ADN específicas de un organismo particular o un tipo de suelo podría ayudar a los investigadores que trabajan en la escena del crimen a relacionar el cuerpo de una víctima de asesinato con una localización geográfica, o incluso a estrechar aún más –una finca en un área concreta- la zona donde buscar pistas.
    “Ha habido ya varios casos criminales en los que la entomología forense ha aportado piezas vitales para completar el puzle”, dice Bucheli, que confía en que las bacterias puedan suministrar información adicional y se conviertan en una herramienta más para afinar el cálculo del tiempo en que se produjo una muerte. “Espero que en unos cinco años podamos estar usando información bacteriana en un proceso criminal”, dice.
    Con ese objetivo, los investigadores se afanan en catalogar las especies bacterianas dentro y fuera del cuerpo humano mientras estudian las diferencias entre las poblaciones de bacterias en cada individuo. “Me encantaría tener datos que vayan de la vida a la muerte”, dice Bucheli. “Me encantaría encontrar un donante que me dejara tomarle muestras bacterianas en vida y cuando hubiera muerto y mientras se descompone”.

    Purga

    “Estamos estudiando el fluido de la purga que sale de los cuerpos en descomposición”, dice Daniel Wescott, director del Centro de Antropología Forense de la Universidad del Estado de Texas en San Marcos.
    Wescott, antropólogo especializado en estructura craneal, utiliza un escáner de micro-CT para analizar la estructura microscópica de los huesos que le traen de la granja de cadáveres. También colabora con entomólogos y microbiólogos –entre ellos Javan, ocupado últimamente en el análisis de muestras de suelo cadavérico recogidas en las instalaciones de San Marcos- además de ingenieros informáticos y un piloto que opera un dron que toma fotografías aéreas de las instalaciones.
    “He estado leyendo un artículo sobre drones que sobrevuelan tierras de cultivo con el fin de decidir cuáles son más fértiles”, dice. “Utilizan un casi-infrarrojo, y los suelos con una mayor riqueza orgánica presentan un color más oscuro que los otros. Pensé que si eso era posible, entonces nosotros podíamos centrarnos en nuestros pequeños círculos”.
    Esos “pequeños círculos” son islas de descomposición cadavérica. El cadáver altera significativamente la composición química del suelo sobre el que se descompone, provocando cambios que pueden durar años. La purga – la expulsión de desechos de los restos del cuerpo- libera nutrientes en el suelo, y la migración de las larvas transfiere casi toda la energía del cuerpo a un entorno más amplio. Finalmente, el proceso crea una “isla de descomposición cadavérica”, un área muy concentrada de suelo de gran riqueza orgánica. No solo libera nutrientes en un ecosistema más amplio sino que atrae otras materias orgánicas, como insectos muertos y restos fecales de animales más grandes.
    Se calcula que un cuerpo humano normal está formado por entre un 50% y un 75% de agua, y que cada kilo de masa corporal seca acaba por liberar 32 gramos de nitrógeno, 10 gramos de fósforo, 4 gramos de potasio y 1 gramo de magnesio en el suelo. En un primer momento destruye parte de la vegetación del entorno, bien por la toxicidad del nitrógeno, bien por los antibióticos que contiene el cuerpo, secretados por las larvas de los insectos mientras se alimentan de su carne. Pero, al final, la descomposición beneficia al ecosistema de los alrededores.
    La biomasa microbiana dentro de la isla de descomposición cadavérica es mayor que en otras áreas cercanas. Atraídos por los nutrientes que el cuerpo va filtrando, los gusanos nematodos, vinculados a la descomposición, se hacen más abundantes, con lo que la vida vegetal es también más diversa. Estudiar en profundidad cómo los cadáveres en descomposición alteran la ecología del entorno podría facilitar la búsqueda de víctimas de asesinato cuyos cuerpos hubieran sido enterrados de manera superficial.
    El análisis de la tierra de la sepultura podría también proporcionarnos otro modo de calcular el momento de la muerte. Un estudio de 2008 sobre los cambios bioquímicos que tienen lugar en una isla de descomposición cadavérica mostraba que la concentración de lípido-fósforos que fluye del cadáver está en su apogeo unos 40 días después de la muerte, mientras que la del nitrógeno y el fósforo extractable alcanzan su punto más alto a los 72 y a los 100 días de la muerte, respectivamente. Si lográramos entender mejor estos procesos, el análisis bioquímico de la tierra de la sepultura podría algún día ayudar a los investigadores forenses a calcular el tiempo que lleva un cuerpo enterrado en un lugar determinado.

    Entierro

    En el calor seco, sin tregua, del verano de Texas, un cuerpo dejado a su suerte se momificará antes de descomponerse del todo. La piel perderá enseguida toda humedad, y seguirá pegada a los huesos cuando el proceso haya finalizado.
    La velocidad de las reacciones químicas que intervienen en el proceso se dobla con cada aumento de 10º en la temperatura, de modo que un cadáver alcanzará la fase de descomposición avanzada a los 16 días de la muerte en unas condiciones de temperatura media diaria de 25º. Para entonces, el cuerpo habrá perdido casi toda su carne y podrá empezar la migración masiva de las larvas al exterior del esqueleto.
    Los antiguos egipcios aprendieron involuntariamente cómo el entorno afecta a la descomposición. En el período predinástico, antes de que empezaran a fabricar tumbas y féretros, envolvían a sus muertos en lino y los enterraban directamente en la arena. El calor inhibía la actividad de los microbios y la sepultura impedía que los insectos llegaran al cuerpo, de modo que estos se conservaban excepcionalmente bien. Más adelante empezaron a fabricar tumbas elaboradas para los muertos con el fin de asegurarles una buena vida en el más allá, pero el efecto fue el contrario al deseado, ya que al alejar el cuerpo de la arena, la descomposición se aceleró. Así, inventaron el embalsamiento y la momificación.
    El embalsamiento implica el tratamiento del cuerpo con sustancias químicas que reducen la velocidad del proceso de descomposición. Un embalsamador del antiguo Egipto lavaría primero el cuerpo del muerto con vino de palma y agua del Nilo, sacaría casi todos los órganos internos a través de una incisión a lo largo del costado izquierdo y lo llenaría de natrón (una mezcla salina típica del Valle del Nilo). Utilizaría un gancho largo para extraer el cerebro a través de las fosas nasales y luego cubriría todo el cuerpo con natrón y lo dejaría secarse durante 40 días. En un primer momento, los órganos secos se dejaban en jarras canópicas enterradas junto al cuerpo; más adelante, se envolvían en lino y se devolvían al cadáver. Por fin, el propio cadáver era envuelto en múltiples capas de lino para prepararlo para el entierro. Los funerarios estudian todavía hoy las técnicas de embalsamiento de los antiguos egipcios.
    En la funeraria, Holly Williams hace algo parecido, de modo que la familia y los amigos puedan ver a sus seres queridos como alguna vez fueron, y no como realmente son ahora. En el caso de víctimas de muertes traumáticas y violentas, eso implica una reconstrucción facial exhaustiva.
    Al vivir en una ciudad pequeña, Williams ha trabajado con mucha gente a la que conocía o con la que creció: amigos que murieron de una sobredosis, se suicidaron o tuvieron un accidente al volante mientras enviaban un mensaje. Cuando su madre murió hace cuatro años, Williams tuvo que arreglarla también, retocando su cara con maquillaje. “Siempre la peinaba y la maquillaba cuando vivía, así que sabía cómo hacerlo”.
    Lleva a John a la mesa preparatoria, le quita la ropa y le coloca en posición antes de coger de un armario varias botellitas de fluido para embalsamar. El fluido contiene una mezcla de formaldehido, metanol y otros disolventes. Al enlazar las proteínas celulares y fijarlas en su lugar, conserva, durante un tiempo, los tejidos del cuerpo El fluido elimina las bacterias e impide que rompan las proteínas y las utilicen para alimentarse.

    Igual que una piña de pingüinos en el Polo Sur, la masa larval está en constante movimiento. Pero mientras los pingüinos se juntan para darse calor, las larvas se mueven para refrigerarse
    Williams vierte el contenido de las botellas en la máquina embalsamadora. El fluido se despliega en colores que se corresponden con distintos tonos de piel. Williams limpia el cuerpo con una esponja húmeda y hace una incisión diagonal justo sobre la clavícula izquierda. “Alza” la arteria carótida y la vena subclaviana del cuello, las liga con bramante e introduce una cánula (un tubito) en la arteria y unas pinzas pequeñas en la vena para abrir los vasos sanguíneos.
    A continuación enciende la máquina, que bombea fluido embalsamador en la arteria carótida y por todo el cuerpo de John. A medida que el fluido avanza, la sangre sale de la incisión, descendiendo por los bordes acanalados de la mesa de metal hasta la pila. Mientras tanto, Williams coge uno de los miembros para masajearlo con cuidado. “Se necesita cerca de una hora para extraer toda la sangre de una persona de tamaño medio y sustituirla por fluido embalsamador”, dice. “Los coágulos pueden ralentizar el proceso, y el masaje los deshace y facilita el flujo del fluido embalsamador”.
    Una vez sustituida la sangre, introduce un aspirador en el abdomen de John y aspira los fluidos de la cavidad corporal junto con la orina y las heces que aún pudiera haber allí. Por último, cose las incisiones, limpia el cuerpo una segunda vez, le arregla las facciones y vuelve a vestirlo. John está listo para su funeral.
    Los cuerpos embalsamados terminan por descomponerse. Cuándo exactamente, y en cuánto tiempo, es algo que depende de cómo se hiciera el embalsamamiento, del tipo de ataúd donde descansa el cuerpo y de cómo fuera enterrado. Al fin y al cabo, los cuerpos son solo formas de energía atrapadas en masas de materia a la espera de ser liberadas en el universo.
    Según las leyes de la termodinámica, la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. En otras palabras: las cosas se descomponen y, en el proceso, su masa se convierte en energía. La descomposición es un final, un recordatorio morboso de que toda la materia del universo debe obedecer estas leyes fundamentales. Nos desbarata, equilibrando nuestra masa corporal con su entorno, reciclándola para que otros seres vivos puedan usarla.
    Cenizas a las cenizas, polvo al polvo.
    Este artículo se publicó por primera vez en Mosaic y se publica aquí en español con una licencia de Creative Commons.
    Autor: Moheb Costandi
    Editor: Mun-Keat Looi
    Verificadora de información: Kirsty Strawbridge
    Corrector: Tom Freeman
    Traductor: Christian Law Palacín